{"id":3872,"date":"2022-03-19T21:41:27","date_gmt":"2022-03-19T21:41:27","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3872"},"modified":"2023-11-24T18:32:37","modified_gmt":"2023-11-24T18:32:37","slug":"tres-cuentos-de-pedro-querales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/tres-cuentos-de-pedro-querales\/","title":{"rendered":"Tres cuentos de Pedro Querales"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Sol rosado<\/strong><\/h3>\n<p>Todas las tardes, Mercedes, Malena y yo jug\u00e1bamos la Semana. Yo agarraba un trozo de palo o una piedra y trazaba un gran rect\u00e1ngulo sobre la tierra. Luego lo divid\u00eda: lunes, martes, mi\u00e9rcoles, jueves, viernes y s\u00e1bado. El domingo era un semic\u00edrculo al final del s\u00e1bado. Comenz\u00e1bamos al atardecer, como a las cuatro y media o cinco, cuando el sol declinaba amarillo y d\u00e9bil tras la bodega del portugu\u00e9s Manuel. Y termin\u00e1bamos al anochecer, cuando ya no pod\u00edamos ver las rayas que divid\u00edan los d\u00edas unos de otros, o cuando nos rega\u00f1aban y nos met\u00edan para adentro a correazos. Al principio, yo jugaba por el puro placer de divertirme con las hermanas Malena y Mercedes. Pero un d\u00eda, cuando Malena se agach\u00f3 para recoger la laja roja que arroj\u00e1bamos sobre los d\u00edas, descubr\u00ed algo: Malena no usaba pantaletas. Y pude ver otro sol, rosado y de\u00a0 rayos cortos, oculto entre sus nalgas que me ilumin\u00f3 c\u00e1lidamente por dentro. Desde ese d\u00eda yo disfrutaba de mi atardecer privado.<\/p>\n<p>Una tarde, despu\u00e9s de planearlo mucho, no aguant\u00e9 m\u00e1s y le dije a Mercedes: \u201cMercedes, b\u00fascame un vaso de agua en tu casa\u201d. Cuando ella se fue y Malena se agach\u00f3 delante de m\u00ed para levantar la laja, yo di un paso al frente, estir\u00e9 una mano y agarr\u00e9 el \u00a0sol. Fue una sensaci\u00f3n extra\u00f1\u00edsima que a\u00fan hoy no he podido volver a sentir ni he podido olvidar. Fue como si agarrara un peque\u00f1o animalito vivo, tibio y palpitante, que sin embargo me colmaba toda la mano. Cuando cerr\u00e9 la mano, uno de mis dedos se introdujo en\u00a0 un orificio caliente, h\u00famedo y muy suave. \u00a1Extremadamente suave! Sent\u00ed que todo el cuerpo de Malena se estremeci\u00f3 d\u00e9bilmente. Pero fue s\u00f3lo un instante. Malena se enderez\u00f3, se volte\u00f3 y me mir\u00f3 entre asustada y complacida con la laja roja entre sus dedos. Despu\u00e9s intent\u00f3 sonre\u00edr, pero ese amago de sonrisa se descompuso en una mueca y sali\u00f3 corriendo y llorando hacia su casa.<\/p>\n<p>Cuando llegaron los padres de Malena tocando en\u00e9rgicamente la puerta de mi casa, yo estaba escondido en el \u00faltimo rinc\u00f3n de la cocina oli\u00e9ndome los dedos. Hubo gritos, insultos y amenazas.<\/p>\n<p>Desde ese d\u00eda se acab\u00f3 el juego de la semana\u00a0 y se acab\u00f3 mi atardecer privado.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>Compulsi\u00f3n<\/strong><\/h3>\n<p>Yo sospechaba, intu\u00eda vagamente pero me negaba a aceptarlo, que exist\u00eda una cierta y subterr\u00e1nea relaci\u00f3n entre el \u00e9xito de mis historias, de mis relatos, y los l\u00e1pices, bol\u00edgrafos o plumas fuentes con las que las escrib\u00eda. M\u00e1s concretamente con el origen o la forma en que consegu\u00eda el l\u00e1piz o bol\u00edgrafo. Si el l\u00e1piz era comprado no escrib\u00eda nada. Pasaba d\u00edas completamente en blanco ante la libreta abierta, hasta que la cerraba y botaba el l\u00e1piz. Si me lo hab\u00edan regalado, el relato escrito con \u00e9l era malo, mediocre u obten\u00eda poco \u00e9xito. Incluso, en un cumplea\u00f1os, mi hijo me regal\u00f3 un Mont Blanc de oro, pero todo lo que escrib\u00eda con \u00e9l era vulgar. Lo dej\u00e9 olvidado en el fondo de una gaveta de mi escritorio. Si me lo hab\u00eda encontrado tirado en la calle u olvidado en el mostrador de una tienda; en la taquilla de un banco; frente a una escuela, las historias ten\u00edan cierto \u00e9xito. Pero si el l\u00e1piz, bol\u00edgrafo o pluma, era robado, las historias escritas con ellos eran un \u00e9xito rotundo. Ganaban premios y eran valoradas por la cr\u00edtica. Yo hubiera podido vivir con esto si se hubiera mantenido dentro de unos l\u00edmites aceptables. Pero no; desbord\u00f3 todo y ca\u00ed en una espiral infinita: mientras m\u00e1s dif\u00edcil me era conseguir el l\u00e1piz m\u00e1s exitosa eran las historias escritas. Donde quiera que iba y donde estuviera, siempre andaba pendiente de sustraer un l\u00e1piz. No pod\u00eda asistir a una reuni\u00f3n, a una fiesta, a la consulta con el m\u00e9dico o con el odont\u00f3logo, una velada literaria, un taller de escritura, una presentaci\u00f3n de libros, sin robarme un l\u00e1piz, bol\u00edgrafo, marcador, pluma fuente\u2026 lo que fuera. Incluso, si no pod\u00eda hacerlo en el momento, volv\u00eda en la noche o de madrugada cuando todo estaba cerrado y, cual ladr\u00f3n en medio de la oscuridad, vestido de negro y con linterna en mano, escalaba muros; abr\u00eda puertas con ganz\u00faas; me met\u00eda por ventanas; desactivaba alarmas\u2026 en pos del bol\u00edgrafo o del l\u00e1piz deseado. El sistema me funcionaba: me hab\u00eda ganado todos los premios habidos y por\u00a0 haber, s\u00f3lo me faltaba el Nobel. Sab\u00eda que para obtenerlo la historia ten\u00eda que ser escrita con un l\u00e1piz muy especial. Esper\u00e9 y esper\u00e9 \u00e9se l\u00e1piz. Hasta que la oportunidad se present\u00f3: me invitaron a la oficina del Presidente de la Rep\u00fablica para hablar de mi obra ante\u00a0 escritores, artistas, gente de la cultura y embajadores de varios pa\u00edses. Antes de comenzar el acto vi al Presidente firmar varios documentos con una magnifica pluma fuente que guard\u00f3 en el bolsillo interior de su palt\u00f3. \u00a1Imposible! me dije. Del bolsillo del palt\u00f3 del Presidente mi vista empez\u00f3 a saltar y a saltar buscando. Err\u00f3 por todo el recinto hasta que se detuvo en un extremo de su inmenso escritorio donde hab\u00eda un recipiente lleno de l\u00e1pices.<\/p>\n<p>Pero nunca me imagin\u00e9 que esto fuera a terminar as\u00ed:<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Habla el centinela sur para comunicar la eliminaci\u00f3n de un sujeto que se introdujo en la oficina del Presidente! \u00a1Cambio! \u2014oigo que dice el vigilante mientras mi sangre mana tibia y a borbotones de mi cabeza y corre zigzagueante, r\u00e1pida y lenta como en los sue\u00f1os, hacia lo \u00fanico que puedo ver de \u00e9l: la punta de su reluciente bota que pisa un l\u00e1piz. S\u00e9 que cuando mi sangre llegue hasta ella morir\u00e9.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El bombillo del carnicero<\/strong><\/h3>\n<p>Cuando le toc\u00f3 el turno a Marco, ya hab\u00edan pasado tres de los cinco que jugaban. El sonido del tambor al girar \u2014esa era la \u00fanica regla del juego: que cada uno lo hiciera girar antes de pon\u00e9rselo en la cabeza\u2014, le recordaba el del rache de su bicicleta cuando le daba a los pedales hacia atr\u00e1s. A Marco siempre le hab\u00eda gustado correr riesgos: peque\u00f1os, grandes o extremos, pero siempre en riesgo. Le pasaron el arma \u2014ni pesada ni liviana, en ese momento eso no se percibe\u2014 y le dio con fuerza al tambor. La levant\u00f3 y se la coloc\u00f3 sobre la sien derecha. Al alzar la cabeza vio el bombillo que mal iluminaba la habitaci\u00f3n con su luz amarillenta, y record\u00f3 cuando le robaba el bombillo de la casa al carnicero. Fue as\u00ed como comenz\u00f3 este vicio por el riesgo y el peligro. \u201c\u00a1A que no le robas el bombillo al carnicero!\u201d le dijeron sus amigos. \u201cA qu\u00e9 s\u00ed\u201d les respondi\u00f3 Marco. En la noche, muy tarde, se reunieron frente a la casa del carnicero. Marco sali\u00f3 de entre las sombras y, sigilosamente, se dirigi\u00f3 hacia el porchecito de la vivienda. Unos perros ladraron desde el interior. Marco se detuvo y esper\u00f3. Los perros se callaron. Con mucho cuidado y lentamente Marco abri\u00f3 la peque\u00f1a reja de hierro, pero de todas maneras chirri\u00f3 en sus goznes. Los perros volvieron a ladrar. Esta vez m\u00e1s fuerte y durante m\u00e1s tiempo. El sem\u00e1foro de silencio le dio luz verde a Marco de nuevo. Se detuvo frente a la puerta de madera y mir\u00f3 hacia abajo: <em>\u201cBienvenido\u201d <\/em>dec\u00eda la alfombra iluminada por la luz que sal\u00eda a trav\u00e9s de la rendija inferior de la puerta. Y pudo escuchar las voces del carnicero y su mujer que se mezclaban con las de la televisi\u00f3n. Respir\u00f3 profundo y se santigu\u00f3. Luego se ensaliv\u00f3 los dedos y afloj\u00f3 el bombillo. Al apagarse, los perros volvieron a ladrar. Incluso, algunos aullaron. Se detuvo y permaneci\u00f3 as\u00ed, congelado e inm\u00f3vil como una estatua viviente, un largo rato. Lo termin\u00f3 de sacar y\u00a0 ech\u00f3 el candente bulbo en la especie de hamaca que se form\u00f3 a la altura de su abdomen al levantarse el borde inferior de la franela. Retrocedi\u00f3 y sali\u00f3 de espaldas, con la luz del bombillo en la sonrisa y el trofeo, ya fr\u00edo, entre sus manos.<\/p>\n<p>Al siguiente d\u00eda Marco tuvo que ir a la carnicer\u00eda a comprarle \u00a0unas costillas a su madre. El carnicero estaba furioso. Todo ensangrentado vociferaba y maldec\u00eda mientras descuartizaba una res que colgaba del techo. \u201cSi lo llego a atrapar lo despellejo\u201d y hund\u00eda el afilado cuchillo y rasgaba la insensible carne. \u201c\u00a1Lo voy a cazar! \u00a1S\u00ed, lo voy a cazar! \u00a1Ese vuelve! Pero yo lo voy a estar esperando\u201d Entonces la situaci\u00f3n se convirti\u00f3 en un reto para Marco: el juego del gato y el rat\u00f3n. Marco esper\u00f3 un tiempo prudencial, quince o veinte d\u00edas, y volvi\u00f3 a robarle el bombillo al carnicero. Al otro d\u00eda se acerc\u00f3 a la carnicer\u00eda para ver su reacci\u00f3n. Y lo escuch\u00f3 rabiar: \u201c\u00a1Maldito ladr\u00f3n! \u00a1Me volvi\u00f3 a robar el bombillo!\u201d le dec\u00eda a un cliente mientras le cercenaba la cabeza a un cerdo de un hachazo. As\u00ed estuvieron hasta que Marco se cans\u00f3 de robarle el bombillo al carnicero. Y un d\u00eda, en la noche, se los dej\u00f3 todos en una caja de cart\u00f3n junto a la puerta.<\/p>\n<p>Los cuatro jugadores, alrededor de la mesa, ve\u00edan a Marco expectantes. Con el ca\u00f1\u00f3n descansando sobre su sien, Marco ve\u00eda el bombillo \u2014y pens\u00f3 en la loter\u00eda de Babilonia, donde el ganador pierde\u2014, y\u00a0 de repente se apag\u00f3.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><strong><em>\u00a0<\/em><\/strong><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/pedro-querales\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sol rosado Todas las tardes, Mercedes, Malena y yo jug\u00e1bamos la Semana. Yo agarraba un trozo de palo o una piedra y trazaba un gran rect\u00e1ngulo sobre la tierra. Luego lo divid\u00eda: lunes, martes, mi\u00e9rcoles, jueves, viernes y s\u00e1bado. El domingo era un semic\u00edrculo al final del s\u00e1bado. 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