{"id":3747,"date":"2022-03-13T19:31:26","date_gmt":"2022-03-13T19:31:26","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3747"},"modified":"2023-11-24T18:32:59","modified_gmt":"2023-11-24T18:32:59","slug":"dos-cuentos-de-oswaldo-trejo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-oswaldo-trejo\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Oswaldo Trejo"},"content":{"rendered":"<h3 class=\"entry-title\">Aspasia ten\u00eda nombre de corneta<\/h3>\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n<p>Este es un decir que corre de boca en boca en la monta\u00f1a. Lo llaman la voz de Aspasia y nace en la Loma del Viento. Como un eco retumba hacia las cabeceras del Chama, y luego baja con el r\u00edo hasta las cercan\u00edas del Lago de Maracaibo, en la Tierra Llana.<\/p>\n<p>\u2014Escuch\u00e1 las aguas, indio. Cuando joven este r\u00edo se desbord\u00f3, hi\u00adzo bulla y arrastr\u00f3 puentes, casas y animales. Va es viejo. Se ha vuelto un poco necio y loco. Es como un espejo de los p\u00e1jaros.<\/p>\n<p>Aspasia fue la mujer de la peque\u00f1a aldea. Vivi\u00f3 bonito entre la serran\u00eda.<\/p>\n<p>Ten\u00eda un hijo llamado F\u00e9lix, que esperaba cada luna de di\u00adciembre.<\/p>\n<p>El rancho de Aspasia y F\u00e9lix estaba en las m\u00e1rgenes de la lagu\u00adna, arriba, en la Loma del Viento. Eran aguas olvidadas, alimenta\u00addas por un ca\u00f1o. Hab\u00eda tambi\u00e9n para Aspasia, adem\u00e1s del agua, otras cosas: una cabra, gallinas y las cr\u00edas de la puerca; y azules del cielo y de los p\u00e1jaros, \u00e1rboles, colinas y caminos que no eran de ella, pero que estaban en el mundo.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>\u2014Mam\u00e1, \u00bfcu\u00e1ntas lunas han venido? \u2014pregunta F\u00e9lix.<\/p>\n<p>\u2014Las suyas son varias, indio. Hace siete a\u00f1os que la luna le trajo la luz como primer regalo.<\/p>\n<p>F\u00e9lix hab\u00eda venido de lejanas tinieblas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfVerdad que la luz fue su mejor juguete, indio?<\/p>\n<p>En las entra\u00f1as de Aspasia sopl\u00f3 el viento de la laguna. Oy\u00f3 que el hijo la llamaba. Llegaba por el firmamento en la luna de la luz. Fue su compa\u00f1ero en la monta\u00f1a.<\/p>\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n<p>Los dos bajaban de la loma. En el pueblo ten\u00edan un puesto en el mercado. Vend\u00edan flores unas veces. Otras, cestas de frutas; cuan\u00addo no, Aspasia y F\u00e9lix arreaban la puerca con la manada de lechones.<\/p>\n<p>\u2014Cuatro pesos cuesta un cochino de Aspasia \u2014dec\u00edan los pobla\u00adnos.<\/p>\n<p>Son buenos marranitos porque engordan hasta comiendo flores. \u2014Aspasia, la Corneta, ta, ta, ta \u2014le gritaban los muchachos.<\/p>\n<p>De los cabreros del mercado sab\u00eda muchos cuentos. De ella con\u00adtaban el de la serpiente. En el rancho conviv\u00edan con las culebras. F\u00e9lix se las presentaba a los muchachos campesinos <em>y<\/em> era como es\u00adtar con ellos en un circo. Cuando llegaban compradores de galli\u00adnas, el indio con un l\u00e1tigo las espantaba para que fueran a refres\u00adcarse en la laguna.<\/p>\n<p>\u2014Cu\u00e9ntanos un cuento, Aspasia.<\/p>\n<p>\u2014Ahora no.<\/p>\n<p>\u2014Corne\u2026. ta, ta, ta \u2014Los muchachos le tiraban piedras.<\/p>\n<p>\u2014Corneti\u2026 ca, ca, ca \u2014y le quitaban el sombrero de fieltro a F\u00e9\u00adlix con el cual y los calzones, parec\u00eda un hombre recortado.<\/p>\n<p>Cuando pasaba vendiendo frutas se o\u00eda la griter\u00eda de los muchachos, unos para comprarle frutas que era como comprarle cuentos y otros para tirarle piedras. Era un pueblo sin cornetas, que s\u00f3lo tuvo el preg\u00f3n de Aspasia. Exist\u00eda un autom\u00f3vil, de los primeros que salieron. Inservible estaba en la plaza de la iglesia. De la carretera, derrumbada, qued\u00f3 un camino angosto con peda\u00adzos anchos.<\/p>\n<p>\u2014La corneta\u2026 ta, ta, ta. \u2014Esta vez le hab\u00edan soltado la marrana.<\/p>\n<p><strong>IV<\/strong><\/p>\n<p>Por la loma se ven mejor los astros. La luna en nochebuena casi se pone encima de los cerros, y cuando explota, los mu\u00f1ecos, ra\u00adnas, caballitos de celuloide y cajas de sorpresas se desparraman por el cielo.<\/p>\n<p>En el catre se qued\u00f3 dormido el indio. Siempre ocurr\u00eda lo mis\u00admo: el sue\u00f1o era m\u00e1s fuerte que la luna. Sin embargo, Aspasia le rese\u00f1aba el espect\u00e1culo: Por all\u00ed corr\u00edan fugaces los reba\u00f1os y los pastores iban ensartando estrellas. Por aquel lado aparecieron los elefantes. All\u00e1 en el sitio de la nube estaban las pelotas y tambo\u00adres. \u201cComo te quedaste dormido, aqu\u00ed tienes, toma\u201d. Le daba un soldadito de plomo.<\/p>\n<p>Si F\u00e9lix hab\u00eda despertado muy de ma\u00f1ana, volv\u00eda a dormirse y con los objetos que hab\u00eda visto en el Libro de Mantilla, en la Es\u00adcuela Rural, completaba el inventario de juguetes que la luna lan\u00adzaba sobre el cielo.<\/p>\n<p>\u2014F\u00e9lix bobo \u2014le dec\u00edan sus amigos, los muchachos de la aldea\u2014. No hagas caso del cuento de la luna.<\/p>\n<p>Para comprobarlo, Aspasia trat\u00f3 durante el nuevo a\u00f1o de con\u00advencer a los muchachos.<\/p>\n<p><strong>V<\/strong><\/p>\n<p>Volvi\u00f3 la navidad. Cuando la luna estuvo grande, m\u00e1s grande que en a\u00f1os anteriores, todo era bueno porque los ni\u00f1os la espera\u00adban. Aspasia tambi\u00e9n estaba muy contenta. Entonces, compren\u00addieron claramente la verdad que tra\u00edan las lunas de diciembre.<\/p>\n<p>La voz de Aspasia susurraba por los ranchos, por los caminos, en catres de los campesinos. As\u00ed lleg\u00f3 el d\u00eda de sacarlos. A cada uno le fue se\u00f1alando mariposas, peces, ranas, p\u00e1jaros y los inquietos ca\u00adballitos del diablo; y tambi\u00e9n las riqu\u00edsimas frutas y los corpulen\u00adtos \u00e1rboles, as\u00ed como los toros y los caballos grandes.<\/p>\n<p>\u2014Ja, ja, ja \u2014se re\u00eda de alborozo\u2014. \u00bfNo ven que la luna s\u00ed re\u00advienta en el espacio con su cargamento anual de cosas? Como uste\u00addes son ni\u00f1os campesinos, esta vez les trajo toda esa vegetaci\u00f3n y los animales vivos que est\u00e1n sobre la tierra.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os fueron felices con los juguetes de tales reinos. \u00a1Qu\u00e9 de mariposas y de peces!<\/p>\n<p><strong>VI<\/strong><\/p>\n<p>Los que ya eran grandes y los viejos se quitaron el sombrero. Ha\u00adb\u00eda pasado un caj\u00f3n que en romer\u00eda bajaron de la Loma del Vien\u00adto. Aspasia cruz\u00f3 el pueblo con un lazo morado sobre el cuerpo y un ramo de capachos en el pecho. Era como un d\u00eda de fiesta na\u00adcional porque a las ventanas le nacieron pa\u00f1uelos de todos los co\u00adlores. Muy pocos supieron que Aspasia hab\u00eda pasado. Lo dijo des\u00adpu\u00e9s el sacerdote en el serm\u00f3n de una ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>\u2014Se nos ha ido Aspasia.<\/p>\n<p>En la monta\u00f1a todos la lloraron porque en el viaje, para se\u00adguirla, diciembre se desprendi\u00f3 del a\u00f1o.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3 class=\"tit\">En verde, en oscuridad, en carnes<\/h3>\n<p>Semejante al saludo de los escasos conocidos que pasaron, a los sucesos que de tanto repetirse pierden toda significaci\u00f3n para las calles, dijo:<\/p>\n<p>-Ir\u00e9 a visitarte. Quiero conocer tu apartamento. Solt\u00e1ndole la mano, agreg\u00f3 en voz baja:<\/p>\n<p>-Y para estar contigo, naturalmente&#8230;<\/p>\n<p>Irene Loredo escuch\u00f3 el anuncio con dejo parecido al de las manos y los pasos en la comunicaci\u00f3n con las voces, los movimientos y el mutuo decirse de las esquinas y los ruidos, sumida en la calle tumultuosa.<\/p>\n<p>No crey\u00f3 que la peque\u00f1a confianza alojada en la conversaci\u00f3n de aquella tarde creciera tanto como para empujarlo hasta su puerta ni que llegara en un momento de arreglos en el apartamento, con los materos apenas colocados en el balc\u00f3n.<\/p>\n<p>Lo hab\u00eda olvidado. Con quehaceres por delante, Irene no ten\u00eda deseos ni de hablar.<\/p>\n<p>-\u00a1C\u00f3mo encandila ese color, all\u00e1!<\/p>\n<p>La mujer ocupaba su ventana, en los edificios de enfrente. El amarillo del vestido no justificaba la aseveraci\u00f3n del visitante ni el haber tumbado el matero al apartarse bruscamente del balc\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00a1Claro, Irene&#8230; c\u00f3mo puedes verlo si acaba de irse el sol!<\/p>\n<p>Extra\u00f1\u00f3 el proceder y deseo de ocultarse. Quiz\u00e1s no fuera como otros j\u00f3venes que, despu\u00e9s de la primera visita, se quitaban la camisa y sal\u00edan al balc\u00f3n donde terminaba por hacerte se\u00f1as a la mujer en sus apariciones en verde, en oscuridad o hasta en carnes, al fondo de la ventana. A veces, era apenas una mancha de color que cambiaba de posici\u00f3n para contemplar los torsos desnudos y las cabezas hermosas de los amigos de Irene Loredo. Con las facciones perdidas en lo lejos, ninguno hab\u00eda precisado si era vieja o mujer nueva la que tanto curioseaba. Irene sab\u00eda, por voz de un adolescente, que se llamaba Ver\u00f3nica Puma; que se habla hecho una historia del apartamento al percatarse del sentido que encerraba el caer de las persianas en la sala y dormitorio, seguido de la oscuridad en las ventanas; que clasificaba los muchachos, de nuevos en el apartamento; los vestidos, como de la ciudad, los atl\u00e9ticos; de forasteros, los blancos y raqu\u00edticos; de viejos, los que pasaban directamente al dormitorio sin detenerse en el balc\u00f3n; como socios o antiguos amigos de Irene, los que se sentaban a la mesa, con ella.<\/p>\n<p>-\u00bfHay aqu\u00ed gente?<\/p>\n<p>Irene dio un vistazo a la quema de basuras en el patio com\u00fan de los edificios, donde hab\u00eda ropa tendida y animales dom\u00e9sticos. Anochec\u00eda sobre los muros, y los interiores de algunos apartamentos estaban ya iluminados. Ver\u00f3nica Puma hab\u00eda desaparecido de la ventana, melanc\u00f3lica de sombras arriba de los \u00e1rboles y de la calle ciega con perros y sirvientas. En el dormitorio de Irene se repitieron las voces de los pintores por las cuales acababa de preguntar&#8230; Salazar. Aclar\u00f3:<\/p>\n<p>-Ning\u00fan Salazar, Irene&#8230; Me llamo Luciano Monedero.<\/p>\n<p>Mov\u00eda el l\u00edquido en el vaso con igual persistencia a la que ambos ten\u00edan por conocerse. En la m\u00fasica del tocadiscos se hund\u00eda la insistencia y dejaba los gestos como raros insectos extraviados, girando en torno a las palabras un tanto ajenas a sus vidas, amistando.<\/p>\n<p>-\u00bfSe marchar\u00e1n pronto? Como no dispongo de tiempo, salgo al terminar de tomarme esto.<\/p>\n<p>El pintor y el ayudante pasaron varias veces hacia la cocina para dejar los peri\u00f3dicos manchados de tintas, las brochas y latas que se llevar\u00edan al d\u00eda siguiente cuando volvieran para limpiar los pisos, colocar las l\u00e1mparas y cobrar.<\/p>\n<p>-Hay una rota. Es la del cuarto. Ya que se ha hecho esta limpieza ser\u00eda bueno colocar una l\u00e1mpara nueva. Si la se\u00f1ora quiere, yo mismo la traigo, ma\u00f1ana. Ahora&#8230; buenas noches&#8230;<\/p>\n<p>-\u00bfSolos?<\/p>\n<p>Luciano medero pas\u00f3 con Irene al dormitorio. Comprob\u00f3 que el trabajo de los hombres no era bueno. Contrariamente al orden existente en la sala, donde el olor a pintura fresca era menos acentuado, encontr\u00f3 el cuarto inhabitable y con los muebles fuera de lugar.<\/p>\n<p>-\u00bfPara terminar cansado?<\/p>\n<p>-Irene logr\u00f3 convencerlo de que deb\u00eda ayudarla a colocar la cama, el escaparate, las mesitas y los cuadros.<\/p>\n<p>-\u00a1Uff, qued\u00e9 cansado, Irene!<\/p>\n<p>Con la vista puesta en la cama, Luciano no demor\u00f3 en acostarse, largo a largo. Se inclinaba para tomar sorbos de la bebida que ten\u00eda en el vaso, renovada por segunda vez. Solamente se sent\u00f3 para sacarse la camisa.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 calor, Dios m\u00edo! Huele tan mal en este cuarto.<\/p>\n<p>Irene mir\u00f3 el medall\u00f3n de Luciano Monedero, con el signo de c\u00e1ncer en una cara y una fecha en la otra. Ser\u00eda la de su nacimiento. Le acarici\u00f3 el torso de piel suave, casi brillante, con abundantes vellos en el pecho, m\u00e1s negros y numerosos alrededor de las tetillas, el antebrazo y las mu\u00f1ecas.<\/p>\n<p>-Me protege, Irene. Hasta ahora me ha protegido&#8230;<\/p>\n<p>Luciano solt\u00f3 el medall\u00f3n que sosten\u00eda entre los dientes para protestar cuando las cosquillas de Irene lo obligaron a curvarse en la cama.<\/p>\n<p>-\u00a1Noooooo, Irene! Estos juegos te llevan al peligro. Como estos s\u00ed&#8230; \u00a1Aaaah, no te gustan! Cre\u00ed que te gustar\u00edan. Y mi calor, Irene&#8230; \u00bfNo te gusta mi calorcito?<\/p>\n<p>Irene quiso liberarse de la inmovilidad en que la ten\u00eda. Sus carcajadas desaparecieron, lentamente, al adormecerse con el roce y la respiraci\u00f3n de Luciano Monedero, sobre el cuello, las orejas y los hombros. \u00c9l la apart\u00f3 para quitarse, con h\u00e1bil movimiento y sin dejar la cama, los zapatos, los pantalones, los calcetines.<\/p>\n<p>-La persiana no debe quedarse arriba. Dijiste que se llamaba Ver\u00f3nica Puma. Si reaparece en la ventana, puede vernos.<\/p>\n<p>En momentos as\u00ed Irene dejaba de correr la persiana para que Ver\u00f3nica, ahora ausente y sin embargo tan cercana, participara de los sucesos en el cuarto, de escasa claridad. Eran, a un tiempo, la venganza y la d\u00e1diva de Irene, cuando estaba con alg\u00fan hombre. Los hartazgos de las peque\u00f1as porciones que Ver\u00f3nica le hurtara de sus hambres la dejar\u00edan siempre insatisfecha. Estaba segura de que sin la posesi\u00f3n del macho, llam\u00e1rase Luciano Monedero o de cualquier otra manera -a Irene le hab\u00eda ocurrido muchas veces-, Ver\u00f3nica tendr\u00eda que partir de im\u00e1genes borrosas para inventarse muchos besos, ternuras y caricias, hasta adormecerse entre su propio abrazo. Tuvo efecto la raz\u00f3n de su silencio porque Ver\u00f3nica regres\u00f3 a la ventana para encandilarlos en el cuarto con los tonos del deseo<\/p>\n<p>Desde el cuarto de Irene era visible, all\u00e1, el sepia o la noche sobre el amarillo del vestido, de aquel vestido que por la tarde hab\u00eda hecho retroceder a Luciano, quebrando el matero al separarse del balc\u00f3n. O ser\u00eda rojo el deseo, como los rojos, los verdes y los azules de los muchos trajes de Ver\u00f3nica. A medio vestir, Irene hizo luz para que la mujer all\u00e1 comenzara por modelar, desde su ventana, los instantes que la llevar\u00edan a morderse las manos hasta escupir sobre las paredes y las puertas, contemplando a Luciano Monedero en su desnudez sobre la cama.<\/p>\n<p>-\u00a1Carajo con ese olor&#8230; y t\u00fa jugando! Apagas esa luz o te golpeo.<\/p>\n<p>Con rapidez, Luciano se cubri\u00f3 totalmente con la colcha. Apenas sacaba la cabeza para exhalar el humo del cigarrillo hasta cuando se le ocurri\u00f3 lanzar un zapato contra el techo para romper el bombillo que los iluminaba. En actitud de burla y, a la vez, de sacrificio, Irene se mantuvo junto a la pared con el vestido sobre los pechos, cay\u00e9ndole en el vientre. Avanz\u00f3 para meterse, tambi\u00e9n, debajo de la colcha que comenz\u00f3 a preparar su fuga, a desplazar sus l\u00edmites hasta quedar convertida en ignorado laberinto de formas estampadas y de l\u00edneas, fuera de la cama.<\/p>\n<p>Sobre las paredes cayeron desva\u00eddos los colores primarios de una luz-ne\u00f3n. Llegaron ruidos de la ciudad, m\u00fasica y voces de apartamentos vecinos. Irene hubiese querido permanecer prestada a la compenetraci\u00f3n con los muebles, los muros, los reflejos; recortar los instantes y sus formas de morir para colgarlos del futuro, a ser poblado de hombres que viajar\u00edan por ella al igual que sobre los pa\u00edses, sin quedarse.<\/p>\n<p>-Me voy porque este cuarto cada vez apesta m\u00e1s.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n ella abandon\u00f3 la cama para inventar afuera las frases y los gestos con los cuales construir\u00eda la esperanza de retener a Luciano Monedero, porque en el cuarto no quedar\u00edan ni las huellas del viaje de los instantes acabados, de goce, de ternuras.<\/p>\n<p>-No quiero que me roces la cara. Ya te lo advert\u00ed antes. Si no te lo permit\u00ed en la cama, \u00bfc\u00f3mo quieres que te lo permita ahora, parado en este pasadizo, y de salida?<\/p>\n<p>El rechazo deshizo la esperanza, las suposiciones de haber hallado una persona de menor indiferencia. Irene acept\u00f3 la despedida y esper\u00f3 que Luciano bajara por la escalera para cerrar la puerta del apartamento. Adentro, con los efectos renacidos, lo marc\u00f3 como si el hombre fuera suyo, como si estuviera amancebada con Luciano Monedero y ella debiera aguardar su regreso, de un momento a otro.<\/p>\n<p>Pensando en Luciano Monedero se preguntaba si cumplir\u00eda la promesa de volver. Para acostumbrarse al recato que quiz\u00e1s fuera de su agrado, Irene limit\u00f3 las salidas a la calle, que adem\u00e1s le serv\u00edan de descanso mientras duraran los ahorros. Dispuso los muebles y los cuadros de acuerdo con algunas sugerencias que \u00e9l le hab\u00eda hecho y abandon\u00f3 el h\u00e1bito de no comprar flores. A su modo de ver siempre las hab\u00eda observado como orejas, brazos y manos que se cortaran para hacer con ellas ramilletes. Tampoco hallaba diferencia entre las flores naturales y las fabricadas con papel y otros materiales que vend\u00edan en las calles, muchas veces sin faltarles el perfume. Por si Luciano llegaba de improviso, mantuvo el jarr\u00f3n lleno de claveles, tan del agrado de su amigo.<\/p>\n<p>Los claveles se manten\u00edan en la sala, como la ausencia de Luciano Monedero, durante esos d\u00edas. Empez\u00f3 a tejerle un su\u00e9ter que no le tra\u00eda sino recuerdos de familia, cuando, de ni\u00f1a, las peque\u00f1as tareas quedaban atadas a la confianza de lo que Irene quer\u00eda ser: una mujer casada, con hijos junto al crecer de las plantas; con una casa nueva o una tan vieja como aquella de sus padres, donde el tiempo aparec\u00eda como los p\u00e1jaros y las frutas. Por bautizar a sus mu\u00f1ecas con nombre, elegidos para los hijos, Irene jam\u00e1s los hab\u00eda olvidado. Quedaron tan bien seleccionados en aquel pasado como las hormigas enterradas por Irene con los soles, sin establecer ninguna diferencia de tama\u00f1os.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 a cansarse de las sorpresas que le deparaban los viajes a la puerta, alternando con el desenga\u00f1o de no hallar a Luciano Monedero esperando que la abriera. No le produc\u00edan desagrado los repetidos timbrazos en la puerta y el tel\u00e9fono, ni las excusas y negaciones a que la obligaban los amigos, m\u00e1s consecuentes con ella que Luciano Monedero. La ventanilla de la puerta enmarc\u00f3 durante muchos d\u00edas esos rostros de la espera. Sab\u00eda que el decirles \u00abtengo una visita\u00bb, alejarlos, era quedarse m\u00e1s desamparada. De aceptarlos, ninguna visita se hubiese prolongado en conversaci\u00f3n o en simple compa\u00f1\u00eda. Y se lamentaba de que fuese as\u00ed, de que no tuviese ni la amistad de los vecinos. Nada de esto la indispon\u00eda tanto como las frecuentes apariciones de Ver\u00f3nica Puma en la ventana, desde la cual parec\u00eda hurtarle, ahora, la nostalgia de los d\u00edas inh\u00e1biles para el amor, s\u00f3lo con tardes azulosas, con desgano para el roce con los hombres.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 hay, aqu\u00ed?&#8230; \u00bfAlgo de nuevo?<\/p>\n<p>Entrando sigilosamente por la puerta que Irene hab\u00eda dejado abierta, la sorprendi\u00f3 frente al escaparate donde momentos antes de salir se colocaba los zarcillos. En la calle estaba la noche y los hombres transitorios, esper\u00e1ndola, entre los cuales nunca surg\u00eda uno que se dejara amar. Eran como los avisos luminosos que se apagaban con cada amanecer, como los autom\u00f3viles que al acortar la velocidad para seguirle los pasos, se alejaban a mayor velocidad. En sus andanzas, Irene hab\u00eda vuelto a encontrarse con el hombre de \u00abbuenas noches\u00bb, de manos en los bolsillos, de largo tiempo por andar. Era el habitante de las calles que nunca se deten\u00eda, indiferente y siempre inalcanzable.<\/p>\n<p>-Vine una de estas noches&#8230; Dej\u00e9 una nota para ti por debajo de la puerta.<\/p>\n<p>Estaba cansada de esperarlo en aquel apartamento de aspecto renovado, testigo de muchos d\u00edas de salidas a la puerta. Como estimaba sobrancera la incierta afirmaci\u00f3n, decidi\u00f3 no hacerle reclamaci\u00f3n alguna por desaparecer, por el olvido de llamarla por tel\u00e9fono. Siempre se hab\u00eda cuidado de actitudes semejantes para evitar que le dijeran: \u00ab\u00bfCon qu\u00e9 derecho lo haces si eres una puta?\u00bb. Le hizo sentir el agrado que en ella hab\u00eda dejado su anterior visita, lo inevitable de ese buen recuerdo. No le evidenci\u00f3 el deseo que ten\u00eda de llegar a retenerlo.<\/p>\n<p>-No estaba aqu\u00ed. Ahora solamente vendr\u00e9 cuando deje tiempo para m\u00ed el restaurante que he puesto en la nueva carretera. Por fin tengo algo propio&#8230; algo con lo que voy a enriquecerme. En breve tiempo, no lo dudes.<\/p>\n<p>Irene olvid\u00f3 su salida de esa noche para permanecer junto a Luciano Monedero, en torno a la mesa donde com\u00eda, a la expectativa de lo que quisiera hacer: o\u00edr m\u00fasica, quedarse indefinidamente all\u00ed o m\u00e1s all\u00e1. El apartamento ten\u00eda m\u00faltiples lugares para estar: Irene pod\u00eda conducirlo a los del silencio, al lugar de las miradas, al de su coraz\u00f3n que guardaba tanto para \u00e9l. O si quer\u00eda, pod\u00eda llevarlo al lugar donde se deten\u00edan los instantes para ser cuarto, espejo, carcajadas, trozos de existencia.<\/p>\n<p>-\u00bfTiene algo de beber, Irene?<\/p>\n<p>A un tiempo se levantaron. Del bargue\u00f1o, Luciano sac\u00f3, de entre las botellas, una de color verdoso que enmascaraba la ginebra, el an\u00eds, o el aguardiente. Irene estaba entretanto frente al balc\u00f3n, lo cual coincidi\u00f3 con el grito de Luciano que, desde la cocina, le ped\u00eda que bajara la persiana.<\/p>\n<p>-D\u00edgame una cosa, Irene: \u00bfQu\u00e9 pretende usted de m\u00ed?<\/p>\n<p>Luciano Monedero jugaba con los flecos del cobertor y agitaba la bebida. Sin levantar la cabeza y mordi\u00e9ndose los labios, coment\u00f3 con sonrisa burlona a la vez que inquisidora:<\/p>\n<p>-Si no me equivoco, Irene&#8230; si no me equivoco, usted me ha pensado. O, para ser m\u00e1s claro, usted me ha tenido presente. O, por lo menos, ha esperado mi regreso. Usted sigui\u00f3, tambi\u00e9n, mis indicaciones para hacer m\u00e1s grato este apartamento. Todo aqu\u00ed est\u00e1 dispuesto de la mejor manera. \u00bfNo es as\u00ed? La felicito, Irene&#8230; Es de lamentar que sea usted la equivocada&#8230; No soy el hombre que se imagina, \u00bfPor qui\u00e9n me ha tomado? \u00bfAcaso se le extravi\u00f3 este a\u00f1o uno igual o parecido a m\u00ed? Vamos, Irene&#8230; responda. \u00bfQu\u00e9 es lo que usted pretende? Es cierto que deseaba ver la persiana as\u00ed, ocult\u00e1ndonos; que quer\u00eda esta penumbra, pero por razones muy distintas de las suyas&#8230; No fue para sentir, como hace un momento, su mano sobre la m\u00eda ni por el deseo de llegar a otra intimidad. \u00bfComprende, usted? \u00bfQu\u00e9 quiere usted de m\u00ed, Irene?<\/p>\n<p>Descalza, Irene se dirigi\u00f3 al balc\u00f3n para elevar la persiana. Sin los zapatos se ve\u00eda muy peque\u00f1a, como una ni\u00f1a por crecer y todav\u00eda regordeta. Permaneci\u00f3 de espaldas tomando aire para esquivar la turbaci\u00f3n, alguna l\u00e1grima.<\/p>\n<p>-\u00bfQue dejaron un ni\u00f1o en la acera, dices? No es un ni\u00f1o, Irene, ni cosa que se le parezca. Es la sombra de la caja con basuras. Tambi\u00e9n en esto se equivoca usted. No vuelva a equivocarse. Visite un especialista que cure las visiones&#8230; O cualquier enfermedad de los ojos. Ver\u00eda mejor las cosas. Sobre todo, si es para no tomar a la gente por sombras o basuras.<\/p>\n<p>En la mesa Luciano Monedero revisaba el peri\u00f3dico para concluir por irse al cine, sin invitarla. Antes de salir se sirvi\u00f3 nuevamente de beber y, luego, con el \u00faltimo sorbo, se puso en marcha. El segundo \u00abadi\u00f3s\u00bb se produjo conjuntamente con el golpe en la puerta. Casi frente a la escalera volvi\u00f3 el rostro e Irene, que desde la ventanilla presenciaba aquella partida, lo escuch\u00f3 nuevamente.<\/p>\n<p>-Puede que vuelva, Irene&#8230; Entonces usted responder\u00e1 a mis preguntas.<\/p>\n<p>Con la m\u00fasica del tocadiscos dio algunos pasos de baile sobre la alfombra, pero se detuvo al descubrir que Ver\u00f3nica Puma la miraba desde la ventana. Con la seguridad de que Luciano no volver\u00eda y con el cansancio que le hab\u00eda dejado la visita, dejaba de pensar en su salida avanzando hacia el sof\u00e1. Acurrucada, se contemplaba el rojo de las u\u00f1as de los pies y de las manos.<\/p>\n<p>Nunca hab\u00eda sentido mayor desconcierto ante las palabras de un hombre, ante el brusco rechazo de una mano. La suya sobre la de Luciano Monedero se hab\u00eda posado como sobre la de cualquier amigo. Ahora sab\u00eda que ciertas frases eran menos humillantes que todas las frases dichas por Luciano Monedero.<\/p>\n<p>A solas reneg\u00f3 de los d\u00edas anteriores, de su conducta recatada, de la vuelta a los recuerdos de familia. Se arrepent\u00eda de haber tejido aquel su\u00e9ter no entregado. En las cortas vacaciones hab\u00eda dejado los ahorros, hab\u00eda rechazado hombres tras la ventanilla de la puerta, en tardes de visitas. Volver\u00eda a las calles de la noche para regresar acompa\u00f1ada o con el solo recuerdo de haber visto los avisos comerciales. En los rojos, los verdes, los azules, se fund\u00eda siempre la presencia de Ver\u00f3nica, que ahora, a espaldas suyas, estar\u00eda en la ventana. O el tiempo, el amor, el sue\u00f1o, el deseo, la soledad, siempre detr\u00e1s de Irene como los nombres de las ciudades y de los hombres.<\/p>\n<p>Luciano Monedero apareci\u00f3 otra tarde. Not\u00f3 que hab\u00eda algunos cambios: un jarr\u00f3n de porcelana reemplazaba el de barro cocido, y en lugar de los claveles las hortensias le sugirieron la influencia de otro hombre en el apartamento. Hab\u00eda cuadros nuevos y, adem\u00e1s, la ubicaci\u00f3n de los muebles era tan distinta a la dejada por \u00e9l como a la impuesta por Irene antes de conocerla. El sombrero de hombre encima del bargue\u00f1o no pod\u00eda ser sino del autor de los arreglos. Observaba que desde su llegada Irene se hab\u00eda dedicado a oficios innecesarios, sin prestarle mayor atenci\u00f3n a lo que dec\u00eda. Acaso si volv\u00eda el rostro para meterlo en las palabras de \u00e9l, alusivas al restaurante y a las dificultades que un comienzo como el suyo supon\u00eda. De regreso de bajar la persiana, se tropez\u00f3 con Irene. Hubo entonces, una comunicaci\u00f3n de mutua indiferencia. A una mujer que solamente le faltaba dejar la bata, ponerse los zapatos y tomar la cartera no pod\u00eda pregunt\u00e1rsele si estaba de salida. O si esperaba al donante de las hortensias y due\u00f1o del sombrero. De no existir en ella un deseo para que \u00e9l renovara el rastro de su quedarse, la dejar\u00eda salir cuando quisiera.<\/p>\n<p>-Si no tienes compromiso, vuelvo esta noche.<\/p>\n<p>La respuesta de Irene fue la de terminar de arreglarse, la de pararse delante de Luciano Monedero con disposici\u00f3n de marcharse. Atravesaron el pasillo en direcci\u00f3n a la escalera y en la calle se deshizo de Luciano Monedero. Una vuelta a la manzana y luego estaba de regreso al apartamento. Nunca su ausencia hab\u00eda sido m\u00e1s breve, nunca el hambre la hab\u00eda obligado a retomar con el fin de prepararse su cena de esa noche.<\/p>\n<p>-Es la cuarta llamada que te hago. \u00bfNo hab\u00edas regresado?<\/p>\n<p>Cuando frene levant\u00f3 el auricular eran las nueve de la noche. Como Luciano quer\u00eda saber si estaba, si permanecer\u00eda en el apartamento, adem\u00e1s de mentirle que acababa de llegar, Irene fue imprecisa en la respuesta.<\/p>\n<p>-\u00bfAqu\u00ed&#8230;? Me aventur\u00e9 a venir sin saber si hab\u00edas vuelto a salir.<\/p>\n<p>Una malograda gesti\u00f3n la obligaba a permanecer en la ciudad hasta el siguiente d\u00eda. Repiti\u00f3 el acto del atardecer de acercarse al balc\u00f3n para bajar la persiana. Era como si le molestara sorprender a Ver\u00f3nica Puma, en la ventana. Sin cenar, rechaz\u00f3 el ofrecimiento de Irene de recalentarle algo de comer. Lo hizo \u00e9l mismo. Cuando volvi\u00f3 de la cocina, devor\u00f3 los alimentos en silencio, con tristeza, como si viviera alguna humillaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00bfPuedo quedarme aqu\u00ed por esta noche?<\/p>\n<p>En el asentimiento de Irene hab\u00eda el deseo de que la noche transcurriera. Deten\u00eda la mirada en las mu\u00f1ecas de Luciano Monedero, con vellos en las manos quemadas por el sol.<\/p>\n<p>-Puedo dormir aqu\u00ed donde estoy tirado, en el sof\u00e1.<\/p>\n<p>Las sombras se hicieron m\u00e1s visibles cuando se quedaron con la luz de la l\u00e1mpara de pie, que alumbraba la cabeza de Luciano. Le\u00eda una revista en el silencio escasamente interrumpido por el viento que golpeaba la persiana.<\/p>\n<p>En el sof\u00e1 faltaba la colcha que Luciano habr\u00eda de buscar en la cama donde Irene lo esperaba. Cuando lleg\u00f3 la medianoche, Irene se hab\u00eda levantado varias veces para verlo, silenciosamente, a trav\u00e9s del espejo de la sala. Sin hacer ruido permanec\u00eda al acecho de que Luciano se durmiera para llevarle la colcha y arroparlo.<\/p>\n<p>-Ya voy&#8230; Irene.<\/p>\n<p>Como era imposible que dos cuerpos reflejados en el mismo espejo dejaran de encontrarse, desde temprano Luciano la hab\u00eda sorprendido empinada junto a la puerta y en las carreritas a la cama, donde pretend\u00eda hacerse la dormida.<\/p>\n<p>Al siguiente d\u00eda, Luciano anunci\u00f3 el proyecto de vender el restaurante para dedicarse a otra actividad. De ser en la ciudad, los encuentros dejar\u00edan de ser menos espor\u00e1dicos.<\/p>\n<p>En el principio, las visitas y llamadas telef\u00f3nicas ten\u00edan para Irene m\u00e1s de deferencia que de participaci\u00f3n de estar cerca o de anuncio de querer dormir en el apartamento, cuando por alguna circunstancia Luciano deb\u00eda permanecer en la ciudad.<\/p>\n<p>-\u00bfMe puedes dar alg\u00fan dinero para irme? Despu\u00e9s te lo devuelvo&#8230;<\/p>\n<p>Cada partida estaba acompa\u00f1ada de pedidos para el viaje, del beso en la frente o la mejilla, del recuerdo al monto de los pr\u00e9stamos que tanto enorgullec\u00edan a Irene por estar ayud\u00e1ndolo, aunque de manera tan peque\u00f1a.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de peri\u00f3dicas visitas, Luciano lleg\u00f3 con el equipaje, con la buena nueva de haber vendido el restaurante.<\/p>\n<p>-Es un regalo para ti, Irene.<\/p>\n<p>Abierto en la cocina, el bulto conten\u00eda azucareras, cubiertos, vasos, servilletas, frascos con salsas a medio gastar. Esa tarde Irene se ensuci\u00f3 de holl\u00edn las manos y la cara cuando del bulto saco las cacerolas y las ollas.<\/p>\n<p>-\u00bfMe das alojamiento por estos d\u00edas? Es solamente mientras consigo apartamento.<\/p>\n<p>Durante su permanencia all\u00ed, Luciano Monedero no le ofreci\u00f3 mayor afecto. La incomodaba tanto alejamiento, que no la acompa\u00f1ara a comer con m\u00e1s frecuencia, que volviera a medianoche encontr\u00e1ndola acostada. Irene no quiso entregarle llave para escuchar los timbrazos en la puerta y conocer as\u00ed la hora de llegada. \u00c9l se tend\u00eda en el sof\u00e1 y solamente iba a la cama m\u00e1s tarde, despu\u00e9s de leer las revistas y peri\u00f3dicos.<\/p>\n<p>-Ya me enter\u00e9, por la prensa.<\/p>\n<p>Por alegar cansancio, los comentarios de Irene se perd\u00edan en el cuarto, en la cama, en la noche.<\/p>\n<p>A los seis meses de estar juntos, no porque Luciano se lo prohibiera, Irene hab\u00eda perdido muchos amigos. Apenas los saludaba en alguna ocasi\u00f3n inesperada. A pesar de sobrarle tiempo y soledad para recibirlos en el apartamento, Irene decidi\u00f3 mantenerse con la venta de algunas joyas, conservando las que fueran recuerdo de familia. Cuando era de empe\u00f1arlas, Luciano se encargaba de la operaci\u00f3n. Del dinero gastaba en cigarrillos, corbatas, camisas o boletos para llevar a tiene a cualquier espect\u00e1culo. Justificaba as\u00ed Parte de las sumas que de los empe\u00f1os siempre se tomaba.<\/p>\n<p>Sin que su actitud cambiara en absoluto, Irene no pudo ocultarle a Luciano los celos por las desapariciones de los s\u00e1bados, de los domingos, regresando casi siempre en la madrugada de los lunes.<\/p>\n<p>-Si te sigues metiendo conmigo, Irene&#8230; ver\u00e1s que voy a irme de aqu\u00ed. Cuando me ofrezcan alg\u00fan trabajo voy a vivir tranquilo, en mi propio apartamento&#8230; Sin que nadie me eche vaina.<\/p>\n<p>El desagrado de Irene ced\u00eda el martes para retomarlo en su punto de partida al finalizar cada semana. Cansada de que los alegatos fueran tomados por Luciano con actitud de hermano y no de amante, Irene se acostumbr\u00f3 a ese medio vivir con \u00e9l, ano renunciara la tenencia de un hombre, limitada propiedad jam\u00e1s lograda con aquellos desaparecidos visitantes de una noche, que dejaban un dinero, una despedida sin regreso. Era mucha la felicidad de tenerlo, as\u00ed Luciano mezclara los sentimientos amorosos con los de hermandad.<\/p>\n<p>Olvidados los frecuentes abandonos y la indiferencia, Irene sacaba de todas las situaciones con Luciano Monedero lo m\u00e1s hermoso y positivo, como si lo de ella fuera \u00fanico en el mundo. El hecho de tener algo \u00ab\u00fanico\u00bb e \u00abincambiable\u00bb le produc\u00eda una gran satisfacci\u00f3n. A veces, de pensarlo a mitad de semana, ni siquiera deseaba de Luciano un cambio en su manera de ser: para quererla m\u00e1s, para estar menos ausente. De proponerle matrimonio -estaba segura-, rechazar\u00eda semejante idea. En cambio, le ped\u00eda a Dios un hijo que fuera tan extra\u00f1o, tan libre, tan personal como Luciano. Con un hijo -lo pensaba muchas veces- jam\u00e1s perder\u00eda esa cosa \u00ab\u00fanica\u00bb que Luciano representaba para ella. Era de agradecerle que hubiera hecho de las persianas una pared que los ocultara de las miradas de Ver\u00f3nica. Al limpiar las persianas la recordaba de manera tan lejana como el llamado de la ciudad y de los transe\u00fantes para los cuales, ahora, ten\u00eda otras miradas. Por la desaz\u00f3n que le produc\u00edan las flores en jarrones, los materos pasaron del balc\u00f3n a la sala donde Irene form\u00f3 un peque\u00f1o jard\u00edn con mayor n\u00famero de plantas, cuidando en especial, para Luciano, aquellas de claveles. Adem\u00e1s de su jard\u00edn, de no ocuparse m\u00e1s de Ver\u00f3nica Puma, de no volver a recibir hombres, las nuevas relaciones justificaban la permanencia de Luciano Monedero en el apartamento. Algunas personas al referirse a ella la se\u00f1alaban como \u00abla se\u00f1ora Monedero\u00bb. A ella no le importaba que los vecinos y algunos amigos le negaran el saludo, porque ahora disfrutaba del aprecio de gentes que Luciano le hab\u00eda hecho conocer.<\/p>\n<p>Irene no pod\u00eda olvidar -estaba escrita en el medall\u00f3n- la fecha de nacimiento de Luciano Monedero. De sus pertenencias solamente hab\u00edan empe\u00f1ado el reloj pulsera, vendido algunos utensilios del restaurante.<\/p>\n<p>Era muy visible el medall\u00f3n sobre su pecho para que ella pudiera olvidar la fecha. Mucho menos el signo del zod\u00edaco para leerle el hor\u00f3scopo que aparec\u00eda en los peri\u00f3dicos.<\/p>\n<p>-No quiero que ese d\u00eda me compres cosas que no me gusta usar.<\/p>\n<p>Se refer\u00eda Luciano al pijama que, de reci\u00e9n llegado al apartamento Irene le regalara. En las noches, a ella le agradaba mirarle el cuerpo desnudo. Era verdaderamente innecesario el pijama. Luciano ten\u00eda el cuerpo como el de los hombres que conviven con el mar, de un color oscuro que contrastaba con el blanco de sus ropas interiores. Irene no insisti\u00f3 en hacer una historia de su menosprecio por aquel regalo. Prefer\u00eda verlo desvestido y desde la cama tratar de recordar el nombre de un animal mitol\u00f3gico que, seg\u00fan ella, ten\u00eda cierta semejanza con el cuerpo de Luciano Monedero.<\/p>\n<p>-\u00bfUnicornio, Irene?<\/p>\n<p>-\u00bfElefante?<\/p>\n<p>-\u00bfMinotauro?<\/p>\n<p>-\u00bfHipop\u00f3tamo?<\/p>\n<p>Si era un animal legendario, no se explicaba por qu\u00e9 ten\u00eda que asociar algunos movimientos de Luciano con los de esa especie de cabra con flauta en el hocico, cabellera hirsuta y cuerno en la frente. Mientras m\u00e1s le miraba los vellos en los brazos y la abundancia que de ellos ten\u00eda en las piernas, menos daba con el nombre del mitol\u00f3gico animal para evitar que Luciano le citara otros no menos raros, que se riera a carcajadas.<\/p>\n<p>-Hoy quiero retirar el reloj de la casa de empe\u00f1os. En mi aniversario debo llevarlo porque es un recuerdo de mi abuela.<\/p>\n<p>Irene le entreg\u00f3 dinero para un reloj que desde d\u00edas atr\u00e1s ella guardaba como regalo de cumplea\u00f1os. La fiesta que para reunir a los amigos de Luciano ella organizaba, los distrajo, desde tempranas horas, en el apartamento. Irene se esmer\u00f3 en los arreglos por ser la primera celebraci\u00f3n en la cual participaba desde los remotos d\u00edas de su casa. Adem\u00e1s, quer\u00eda demostrarle a los vecinos su nueva situaci\u00f3n. Eran muchas las ciudades donde hab\u00eda vivido sin que se ocupara de algo semejante. Irene complet\u00f3 los detalles por la tarde, despu\u00e9s de regresar con las bebidas, los bocados, la torta ordenada a una pasteler\u00eda. Estuvo pendiente de conocer los comentarios de Luciano cuando volviera de la casa de empe\u00f1os, ocasi\u00f3n en que le dar\u00eda su reloj.<\/p>\n<p>-Mi prima Irene&#8230; Este es julio, Tom\u00e1s, Leonardo.<\/p>\n<p>La inquietud que tra\u00eda, Irene se la atribuy\u00f3 a la p\u00e9rdida del reloj o al encuentro con los tres amigos que acababan de entrar con \u00e9l. Pod\u00eda haberse enterado, tambi\u00e9n, de que ella hab\u00eda bebido un poco de licor, mientras lo esperaba. De no mencionar el reloj, despu\u00e9s ser\u00eda imposible una cierta intimidad para entreg\u00e1rselo. Por lo menos, ahora, pod\u00eda llamarlo al cuarto, dejando a sus tres amigos en la sala. La inquietud de Luciano fue mayor cuando los timbrazos en la puerta anunciaron nuevos invitados. Quiz\u00e1s se tranquilizara cuando todos se sintieran a sus anchas, cuando terminara de presentarla como prima a cuantos entraban en el apartamento. Por la elegancia, por la juventud, la atenci\u00f3n de las personas estuvo puesta en la muchacha que lleg\u00f3 con los abuelos, llevados de la mano. Su nombre, como el de todos los dem\u00e1s, pas\u00f3 inadvertido para Irene que no recordaba cuantas veces hab\u00eda repetido: \u00abIrene, para servirle\u00bb. O, \u00abIrene Loredo, a sus \u00f3rdenes\u00bb. Cuando se estableci\u00f3 la confianza y los invitados empezaron a ser llamados por sus nombres, escuch\u00f3 que entre las mujeres hab\u00eda otra Irene, por coincidencia dos Ver\u00f3nicas, y entre los hombres un Luciano.<\/p>\n<p>Las ocupaciones en la cocina no le permit\u00edan alternar con los invitados. Irene fue atra\u00edda por el cese de la m\u00fasica, del baile. El silencio en la sala parec\u00eda anunciar la iniciaci\u00f3n de una ceremonia. Detr\u00e1s de cuantos se hab\u00edan agrupado, la sorprendi\u00f3 que Luciano Monedero le entregara a la muchacha, colocada en medio de sus abuelos, una cajita. Luego de abierta, \u00e9l mismo mostr\u00f3 a la concurrencia un dije que procedi\u00f3 a coloc\u00e1rselo a la muchacha en la pulsera. Turbados por los aplausos, ambos reiniciaron el baile mientras Irene retroced\u00eda para dejarle espacio a las parejas.<\/p>\n<p>Sin comprender nada de lo que acababa de presenciar, Irene se dirigi\u00f3 al cuatro al que no hab\u00eda entrado m\u00e1s. Fue mayor su desventura cuando mir\u00f3 los variados regalos de uso femenino puestos en su cama. La animaci\u00f3n por la fiesta, despu\u00e9s de los momentos en la sala, se le convirti\u00f3 en aturdimiento, en una embriaguez desapacible. No hab\u00eda logrado que sus miradas se encontraran con las de Luciano Monedero. Pensaba en ello, en qu\u00e9 la hab\u00eda llevado a sumarse a los aplausos, cuando \u00e9l apareci\u00f3 en el cuarto para tomarla de la mano. Puesto que era su prima nada hab\u00eda de extra\u00f1o en que las se\u00f1oras, unas conversando recostadas a la ventana y otras sentadas en torno de la cama, lo vieran conducirla al ba\u00f1o, dejando la puerta entrecerrada.<\/p>\n<p>-Soy el \u00fanico culpable de esta situaci\u00f3n, Irene. Cuando la gente se vaya, te dar\u00e9 una explicaci\u00f3n. Quiero tu prudencia en estos momentos y, desde ahora, tu perd\u00f3n.<\/p>\n<p>Las palabras de Luciano nunca hab\u00edan sido tan cortadas, tan afectuosas, ni con mayor expresividad en las miradas. De grande, jam\u00e1s le hab\u00edan limpiado del rostro unas l\u00e1grimas, ni besado como Luciano acababa de hacerlo sobre los ojos h\u00famedos. Dios deb\u00eda perdonarla, como otras veces, por los sucios pensamientos de esa noche. \u00c9l, por no depender de las personas, pod\u00eda proteger el afecto nuevo, distinto, que acababa de recibir de Luciano, protegerlo como a la hoja no alej\u00e1ndola del \u00e1rbol, como al vagabundo d\u00e1ndole caminos, como a ella permiti\u00e9ndole poner una mano sobre otra para hallarse consigo misma, en lo adelante, en el solo hecho de mir\u00e1rselas.<\/p>\n<p>Las conversaciones y el movimiento de las parejas eran el hast\u00edo para ella. Quer\u00eda ver finalizada la reuni\u00f3n y la atadura de Luciano a la muchacha. Las voces, la m\u00fasica, las carcajadas, ven\u00edan a Irene como de un prost\u00edbulo con parejas manose\u00e1ndose. Tan borrosas eran las figuras en la sala que no pod\u00eda diferenciar entre la pintura de las caras y los colores en los m\u00faltiples vestidos; entre las arrugas de las personas mayores y la piel de las muchachas. Recordaba que, despu\u00e9s de la conversaci\u00f3n con Luciano, la hab\u00eda sacado del ba\u00f1o para bailar, que mientras danzaban, las palabras buscaban otro alojamiento, que los rostros daban vueltas parti\u00e9ndose contra ella.<\/p>\n<p>Todos fueron despidi\u00e9ndose. Los \u00faltimos en salir fueron la muchacha y Luciano Monedero. Para ayudarla a llevar de la mano a sus abuelos la acompa\u00f1\u00f3 al lugar vecino donde habitaban. La oferta hecha por ella para ayudar en un peque\u00f1o arreglo del apartamento fue rechazada por Irene, d\u00e1ndole la excusa de ser la madrugada.<\/p>\n<p>-Se llama Ver\u00f3nica Puma. Reconoci\u00f3 el apartamento o tu persona. Acabo de tener una discusi\u00f3n con ella. Quisiera ahora descansar para buscar trabajo, ma\u00f1ana. Con o sin dinero, quiero otra vida, Irene.<\/p>\n<p>-\u00bfEl aniversario? Era el de Ver\u00f3nica. Sabr\u00e1s que el medall\u00f3n nunca fue m\u00edo. Se lo acabo de devolver con deseos de una mejor suerte para ella, en sus pr\u00f3ximos cumplea\u00f1os.<\/p>\n<p>-\u00bfEl dinero que me diste para el reloj? Lo utilic\u00e9 en comprar el dije. Aqu\u00ed lo tienes si en algo puedes pagarte con \u00e9l lo que tanto te debo.<\/p>\n<p>Vi\u00e9ndolo llorar no sab\u00eda si la buscaba, si el agradecimiento ser\u00eda tan inmenso como el de ella hac\u00eda Luciano, por haberle dado solamente afecto de hermandad, distinto al que le demostrara durante los breves instantes en el banco. Un mueble, un camino -por qu\u00e9 no ella- pod\u00edan ser comprensivos cuando algo estaba por morir. O por nacer, como la ma\u00f1ana que ahora los sorprend\u00eda, mir\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Para acostarse en la alfombra, tuvieron que limpiarla de serpentinas, de cenizas de cigarrillos, empujar los vasos dejados en el piso por los invitados. Irene volvi\u00f3 al cuarto con las almohadas de su cama donde, todav\u00eda, estaban los regalos de Ver\u00f3nica Puma.<\/p>\n<p>Era, tambi\u00e9n, el momento de entregarle el reloj. Desde la mu\u00f1eca de Luciano Monedero el tic-tac avanzaba sobre el m\u00e1s absoluto silencio, sobre los d\u00edas de su permanencia en el apartamento, sobre el vaiv\u00e9n del tiempo, confundido.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de todo -dijo ella cierto d\u00eda- una mujer como Irene Loredo no puede dejarse enterrar por unas persianas. Al levantarlas, mir\u00f3 a Ver\u00f3nica Puma, all\u00e1 en su ventana. No estaba sola, ni al acecho de los hombres que habr\u00edan de seguir llegando al apartamento de Irene Loredo, tan suyo y tan de todos.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/oswaldo-trejo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Aspasia ten\u00eda nombre de corneta I Este es un decir que corre de boca en boca en la monta\u00f1a. Lo llaman la voz de Aspasia y nace en la Loma del Viento. 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