{"id":3512,"date":"2022-02-24T00:05:01","date_gmt":"2022-02-24T00:05:01","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3512"},"modified":"2023-11-24T18:33:33","modified_gmt":"2023-11-24T18:33:33","slug":"memorias-de-altagracia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/memorias-de-altagracia\/","title":{"rendered":"Memorias de Altagracia (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Salvador Garmendia<\/h4>\n<p>El tiempo de aguas se aparec\u00eda de golpe<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana, hal\u00e1ndome agachado en el jard\u00edn, sent\u00eda brotar de ceca un olor tamizado y profundo que ven\u00eda de adentro de la tierra; al mismo tiempo, un temblor de hojas repentinamente ensombrecidas cruzaba como un miedo por el pelo de un animal. Ocurr\u00eda entonces que el mundo comprimido, rodeado de hojas y talos espinosos, que ten\u00eda cabida en un trozo de tierra h\u00fameda delante de mis pies, se disolv\u00eda r\u00e1pidamente, mientras que las formas adultas que me sobrepasaban en tama\u00f1o, emerg\u00edan de pronto en medio de una sacudida brusca. Toda una masa vegetal se crispa en una misma r\u00e1faga de temor y se advierte que la luz ha descendido en una inesperada alteraci\u00f3n de tono que conduce la melod\u00eda a la zona m\u00e1s oscura del teclado. (En el resplandor de una ara\u00f1a que cuelga en mitad de la sala en la casa del General Rald\u00edriz, puedo ver un momento a la ni\u00f1a Josefa, blanca de polvos, con las mejillas tensas, dibujada a plumilla sobre la banqueta del piano. Sus dos manos delgadas saltan al lado izquierdo del teclado donde los marfiles son m\u00e1s luminosos y blancos y all\u00ed pone a vibrar todos los dedos, mientras que un trueno, que parece venir rodando desde lejos, crece en toda la sala, haciendo temblar los mosaicos).<\/p>\n<p>Creo escuchar el sonido de un portazo a lo lejos y de momento no s\u00e9 a d\u00f3nde correr, por el miedo a verme atrapado en una habitaci\u00f3n enorme y alta donde el viento golpea entre las paredes. Finalmente me precipito por entre las plantas, en el instante en que el chaparr\u00f3n se desprende de una sola aventada como si volcara una gran caja de perdigones y as\u00ed consigo llegar al corredor con la camisa h\u00fameda, temblando.<\/p>\n<p>En aquel momento se abr\u00eda el anteport\u00f3n de un manotazo y una figura descalabrada y p\u00e1lida ca\u00eda en el corredor. Por un instante, aquella forma dispareja se detuvo entre los sillones de esterilla, mirando al patio, donde la lluvia, que hab\u00eda completado su asalto, prosegu\u00eda en una sola nota gruesa como el grito de una garganta enorme y descordada. Pero aquella observaci\u00f3n tr\u00e9mula, durante la cual el cuerpo del reci\u00e9n aparecido era sacudido por escalofr\u00edos, dur\u00f3 apenas unos segundos. En seguida, el ser estrafalario se largaba a correr en cualquier direcci\u00f3n, desapareciendo por la puerta de un cuarto para aparecer m\u00e1s all\u00e1, aturdido y girar en redondo a fin de tomar un nuevo rumbo, ganar de un salto los escalones que dan al comedor y por all\u00ed perderse hacia las cocinas y los pasadizos estrechos del fondo, abarrotados de desechos. Desde all\u00ed se escuchaban sus gritos desafinados y torcidos, que al instante ven\u00edan a golpearme en plena cara al verlo cruzar delante de m\u00ed, haciendo unos torpes molinetes con los brazos. De lejos tambi\u00e9n se o\u00edan sonar los gritos agudos de las cocineras, a quienes la presencia intempestiva de la lluvia les embarullaba igualmente las cabezas amoratadas, envueltas en trozos de franela y corr\u00edan por el patio, bajo los chorros de agua, descolgando las s\u00e1banas de los tendederos. Mi t\u00eda Augusta se asomaba a la puerta del cuarto de costura, que en otro tiempo fue la sala y a\u00fan luc\u00eda unos espejos altos enmarcados en conchas doradas, todos ro\u00eddos por la oscuridad que les ven\u00eda de adentro, Al presenciar el correteo del tonto, se soltaban a re\u00edr golpe\u00e1ndose las manos debajo de la boca; mientras mam\u00e1, que era una persona menuda y blanca que parec\u00eda asustarse de s\u00ed misma, aparec\u00eda tras una ventana de reja, lela y con la boca abierta, hundi\u00e9ndose los dedos en las mejillas.<\/p>\n<p>Adelmo terminaba por apaciguarse; se sentaba en el suelo, pegado a la pared y miraba sin expresi\u00f3n al patio que ya se hab\u00eda anegado completa- mente. En los redondeles de las matas de rosa, hechos con fondos de botellas, pascaban miles de burbujas.<\/p>\n<p>El primer sobresalto de la lluvia hab\u00eda cesado por completo; su ca\u00edda era, por el contrario, una continuidad mon\u00f3tona como una vasta superficie sin \u00abolor. En los d\u00edas uniformes que se aproximaban, una humedad enferma frenaba la marcha del tiempo y as\u00ed mismo parec\u00eda que enturbiar las ideas. Uno pod\u00eda sentarse en cualquier lado y pensaba que todas las candelas del d\u00eda se apagaban, tunas tas otra hasta las m\u00e1s lejanas; despu\u00e9s quedaba una claridad mate, en a cual las resonancias huecas del verano, las sonoridades zumbantes y ventosas del tiempo seco desaparec\u00edan en sus confines. En cambio, todo ruido posible proven\u00eda de una materia blanda y esponjosa, y uno mismo se sent\u00eda atravesado por el hilo de un sonido lento que bajaba desde el centro de la cabeza e iba hacia alg\u00fan extremo remoto.<\/p>\n<p>Adelmo ten\u00eda el cerebro suelto. Si se le sacud\u00ed la cabeza se la o\u00eda sonar como una gran bola de piedra. A causa de esto, los ojos giraban continuamente en las \u00f3rbitas y los brazos se mov\u00edan en una gesticulaci\u00f3n absurda. La aparici\u00f3n de le lluvia la transmit\u00eda aquel entusiasmo disparejo, cuan- do \u00e9sta se produc\u00eda, como era habitual, de una manera repentina; es decir, tras algunos amagos lejanos y simulacros de combate que ten\u00edan lugar en cotos reservados, que el sol conced\u00eda para ese fin encima mismo de nosotros: e ennegrec\u00edan las nubes recortadas por filetes de plata y los truenos retumbaban un rato hasta debilitarse y desaparecer del todo, La gente que ven\u00eda de lejos narraba historias de creciente y campos anegados, pues a esas horas deb\u00eda estar lloviendo en todos los extremos del mundo, menos en el nuestro.<\/p>\n<p>De esa manera, el verdadero tiempo de lluvias se prolongaba en d\u00edas cavilosos e in\u00fatiles y cielos aporreados que se echaban sobre los tejados y a veces descend\u00edan hasta tocar el suelo, en el fondo de las bocacalles, o en los solares cubiertos de monte o de ruinas.<\/p>\n<p>En tales condiciones era necesario vivir continuamente dentro de la casa, pues el espacio destinado a los \u00e1rboles las calles y los laberintos de la sabana, quedaba temporalmente vedado. Esto significaba tener que caminar todo el d\u00eda de un punto a otro, en un aire h\u00famedo y friolento que se impregnaba de los e untos del reumatismo clica y los males del pecho. Algunas durante la noche, sac\u00e1ndonos a todos del sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Entonces los mayores abandonaban las habitaciones en ropas de dormir y sal\u00edan a la b\u00fasqueda del derrumbe, La casa era asaltada por resplandores bruscos que se alargaban sobre las paredes y los techos, a medida alguien caminaba, alzando y moviendo hacia los lados una vela encendida y la oscuridad se agolpaba inmediatamente detr\u00e1s de \u00e9l. A veces se encontraban a la vuelta de un corredor y cambiaban murmullos, refiriendo noticias de los lugares explorados, hasta que todo aquello iba resbalando sin ruido a las cavidades del sue\u00f1o, donde prosegu\u00eda interminablemente, urdiendo alguna historia confusa que pod\u00eda volver cien veces a su comienzo, como si in\u00fatilmente tratara de fijarse en la memoria. La ma\u00f1ana entraba, sin llegar a desprenderse del todo de la otra luz difusa del sue\u00f1o.<\/p>\n<p>No deb\u00eda pasar mucho tiempo sin que aparecieran las mujeres largas de la lluvia. Eran unas criaturas livianas, m\u00e1s altas que el com\u00fan de la gente, con las caras afiladas y p\u00e1lidas y los cabellos tensos recogidos detr\u00e1s. Estaban en toda la casa. Alguna sal\u00eda por una puerta, otras se cruzaban en un corredor, volv\u00edan de la cocina con sus pasos menudos y r\u00e1pidos o pasaban de un dormitorio al otro en el mayor silencio.<\/p>\n<p>Sus apariciones eran y breves y no se obten\u00eda ning\u00fan provecho en seguirles los pasos, pues habitualmente desaparec\u00edan del todo al perderlas de vista en un cruce. Sin embargo, se prestaban a un juego que ten\u00eda sus notas excitantes: yo dir\u00eda que intencionalmente, alguna se deten\u00eda en el vano de una puerta y all\u00ed soportaba el tiempo que era necesario para preparar el asalto. Listo a aceptar el desaf\u00edo, retroced\u00eda unos ocho o diez pasos hasta dar con alguna pared, y desde all\u00ed, con todas mis ideas en tensi\u00f3n y los cinco sentidos concentrados en la imagen, apenas consistente, de un camis\u00f3n blanco y enterizo que rozaba el suelo, inclinaba el torso, preparaba adelante una pierna e impuls\u00e1ndome con las manos en la pared, sal\u00eda despedido contra figura.<\/p>\n<p>Ella no iba a hacer el menor movimiento y se dejaba atravesar por el medio, tal como si me lanzara dentro de una oscuridad sin fin, pues en el momento preciso del choque hab\u00eda cerrado los ojos para abrirlos al instante siguiendo, aturdido y lleno de una alegr\u00eda que me hac\u00eda saltar y sacudir los brazos.<\/p>\n<p>Apenas sal\u00eda el sol y comenzaban a espaciarse las lluvias, el polvo aparec\u00eda en todas partes, sin que fuera posible exterminarlo.<\/p>\n<p>Ahora se pod\u00eda salir a la calle y correr entre las tolvaneras que se formaban en la plaza. La luz en el atardecer era dorada y tardaba en desaparecer, a medida que la puesta de sol se desmembraba. En esas horas pasaban vientos encrespados y secos que deban venir de lejos, ya medida que penetraban en las calles, iban dejando atr\u00e1s pedazos que despu\u00e9s evolucionaban por a cuenta; se met\u00edan en las casas, pegaban aletazos en los techos o entraban a los corredores sin consideraci\u00f3n alguna, derribando y rompiendo todo lo que pod\u00edan. En los patios se levantaban remolinos.<\/p>\n<p>El m\u00e1s grande que vi creci\u00f3 en el centro del traspatio, una tarde. Las mujeres del servicio que hab\u00edan estado barriendo al mediod\u00eda, hicieron un montoncito de hojas secas que el viento hab\u00eda dejado misteriosamente intacto, a pesar de que este hab\u00eda permanecido un rato en la casa, molestando los \u00e1rboles y dando bandazos y embestidas de ciego contra las paredes. Quiz\u00e1s ya habr\u00eda encontrado la forma de salir y andar\u00eda lejos.<\/p>\n<p>Sin embargo, en medio de la m\u00e1s completa calma, y cuando ya no era posible volver la cabeza de lado sin que la luz del patio diera un descenso brusco, advert\u00ed que el peque\u00f1o mont\u00edculo de hojas se estremec\u00eda en los bordes como si cobrara vida; aunque lo que verdaderamente ocurr\u00eda, lo supe al momento, era que una espiral en movimiento hab\u00eda escapado del suelo, en el centro mismo de la hojarasca y al cobrar fuerza le transmit\u00eda su propia rotaci\u00f3n De esta manera, el mont\u00edculo comenz\u00f3 a desunirse y a expandirse alrededor en un c\u00edrculo cada vez m\u00e1s extendido y m\u00e1s veloz que sin embargo no llegaba a separarse del suelo.<\/p>\n<p>De pronto, y en el instante mismo en que una rabiosa concentraci\u00f3n de energ\u00eda consigui\u00f3 liberarse el gran embudo giratorio creci\u00f3 en medio del patio y pareci\u00f3 que iba a extremar su furia hasta arrastrar la casa entera y llevarnos a todos por los aires. Sin embargo no fue esto lo que ocurri\u00f3, precisamente, aunque es cierto que en alg\u00fan flanco de mi imaginaci\u00f3n me ya arrastrado al interior del cono y all\u00ed flotaba junto a una pared de aire s\u00f3lido sin el menor temor, como tampoco deb\u00edan sentir las dem\u00e1s personas de la casa que me hac\u00edan compa\u00f1\u00eda; ellos pasaban delante de m\u00ed en actitudes de tranquilo reposo, acostados unos, otros cabeza abajo o realizando sin esfuerzo aparente alguna maniobra divertida, como la de ir sentados abraz\u00e1ndose las rodillas para dar algunas vueltas r\u00e1pidas sobre s\u00ed mismos. Tambi\u00e9n los objetos corrientes de la casa, armarios y sillones, \u00a0as\u00ed como las piezas desclavadas de las camas y de la gran mesa del comedor, flotaban por su cuenta.<\/p>\n<p>La boca del gran remolino ocupaba casi toda el \u00e1rea del patio, elev\u00e1ndose sobre los techos; quiz\u00e1s estaba preparando ya su desaparici\u00f3n, cuando desde los corredores vecinos, las mujeres largas, que en los \u00faltimos d\u00edas hab\u00edan permanecido escondidas, acudieron precipitadamente, atropell\u00e1ndose sin la menor delicadeza, como si temiesen ser abandonadas por el tormentoso veh\u00edculo que hab\u00eda alcanzado ya todo su tama\u00f1o, a pesar de que continuaba unido a la tierra por una cola cada vez m\u00e1s delgada.<\/p>\n<p>Todas se precipitaron en confusi\u00f3n al interior del trompo y desaparecieron en \u00e9l, a medida que \u00e9ste se desprend\u00eda del suelo y se perd\u00eda como un soplo en el aire. No volver\u00edamos a ver la lluvia hasta el pr\u00f3ximo a\u00f1o.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote><p><em>Si t\u00fa me lo paramaun picture<\/em><br \/>\n<em>yo te lo metro goldin meyer<\/em><br \/>\n<em>Dicho infantil en desuso<\/em>.<\/p><\/blockquote>\n<p>Entonces llega uno en carrera y se mete a la fuerza, de una vez, en el mont\u00f3n de gente; entra de lado en aquella paca de gusanos que se agita con la fuerza de veinte hombres y ahora ya est\u00e1 dentro y no podr\u00e1 escapar de un gran nudo de piernas, ciego, sin m\u00e1s que un revuelo de tela sucia que le estriega los ojos y se arrequinta, empujando, sin ver en las rendijas, bloqueado por aquella mara\u00f1a de mugre que no ceder\u00e1 nunca; hasta que alguien, que sale despedido de pronto hacia la gran calma de la noche que se extiende all\u00e1 afuera, deja una grieta entre los cuerpos, por donde uno se precipita en el mismo golpe de p\u00e1rpados durante el cual la abertura se cierra nuevamente y uno ha llegado entonces a la taquilla que es el nicho de un santo abierto en la pared; se agarra al borde del cemento, afinca la rodilla en lo \u00e1spero del friso y consigue asomarse al agujero, donde hinca la barbilla y mete su brazo, entre otros m\u00e1s grandes que manotean a la cara de barro de Jacinto, visible s\u00f3lo por momentos entre las sacudidas de los brazos; una cara brutalmente triste que parece vagar m\u00e1s all\u00e1, bien lejos, en un espacio de silencio y penumbra y nada, ni siquiera los gritos que rebotan entre las paredes del nicho, lo har\u00e1n salir de sus letargos ni podr\u00e1n quebrantar un momento la espantosa lentitud de ciego con que sus dedos negros de u\u00f1as pedregosas van recogiendo las monedas y entregando uno a uno los billetes.<\/p>\n<p>Pero uno ya est\u00e1 fuera del nudo. La noche es una sustancia dulce que permite respirar hasta el fondo. Se agrega entonces a otro bloque de gente apretada a la puerta del cine, que es el Cine Arenas, que antes fue circo de toros y todo lo que deja ver desde afuera es un pared\u00f3n viejo con el pa\u00f1ete de ruinas. Apenas es posible arrastrar los pies, pues el bloque se mueve por mil\u00edmetros.<\/p>\n<p>Chucho es el muchacho flaco con cara de risa que habla sin parar \u2014lleva la camisa desabrochada, las costillas al aire, un costur\u00f3n reseco bajo un tetilla\u2014, bloqueando con sus huesos y la risa que le enchumba la cara, la puerta entreabierta por donde nos deja pasar uno a uno; a m\u00ed me da un golpecito en la nuca, me llama por mi nombre, me grita \u00abpasa, carajito, culo seco\u00bb y ahora vamos todos por un patio de tierra que huele fuerte a orines y adelante se ve el armatoste del circo, medio vuelto pedazos pues esta es la parte m\u00e1s pobre de todas, es la entrada de gallinero y apenas tenemos la luz de un bombillo que cuelga de un alambre sobre las cabezas.<\/p>\n<p>Los hombres suben sin dejar de hablar por unos escalones anchos de madera, mientras uno se mete a orinar debajo. Tropiezan en la oscuridad los chorritos brillantes, que al final se desunen formando pedacitos de vidrio que desaparecen antes de tocar tierra, y por encima pasa, sin parar, como un r\u00edo torrentoso, el ruido de tablones pisoteados y las voces roncas.<\/p>\n<p>En la arena, est\u00e1n los bancos de gallinero por donde se riega el gent\u00edo; las gradas alrededor, iluminadas; atr\u00e1s, en las m\u00e1s altas, se sientan las se\u00f1oras, las personas de familia. La noche pasa por encima de nosotros, reci\u00e9n salida, limpia, llen\u00e1ndose poco a poco de estrellas; los \u00e1rboles se asoman por los lados y el aire es estridente, lleno de m\u00fasica, de luces que hacen retroceder a una distancia muerta, apenas dibujada en la memoria, la imagen de las calles vac\u00edas, apagadas que han quedado atr\u00e1s. Muy temprano, antes que se forme el gent\u00edo y el combate frente a la taquilla, traen al bobo Cesarito en su silla de ruedas y lo instalan por ah\u00ed, entre dos sirvientonas macizas que apenas respiran y parecen figuras de madera que brotan de los costados de la silla. &amp;EACUTE;l debe tener el cerebro al rev\u00e9s, porque todos sus movimientos salen a contramano en el m\u00e1s completo desorden: las manos le tropiezan la cara, la cabeza se le va hacia un lado, los brazos se anudan en unas sacudidas bruscas. En cambio, entre los sombreros oscuros, veo brillar el arito de santo de Bertoldo que es de veras un \u00e1ngel, todo rubio candela, el cuerpo de un metal dorado, los ojos de agua verde. Est\u00e1 solo en un banco con las piernas muy juntas, las manos cruzadas sobre la bragueta, atento, como si escuchara una m\u00fasica dentro de \u00e9l.<\/p>\n<p>Tardar\u00e1 mucho tiempo en llenarse todo aquello de gente y entre tanto veo a mi primo Al\u00ed que me llama de lejos y lo encuentro con su aliento fogoso, el sudor en la frente, los ojos chispeantes, \u00a1por qu\u00e9 llegaste tarde, co\u00f1o!, \u00e9l es Red Rider; los bandidos disparan desde una plataforma iluminada frente a la pantalla.<\/p>\n<p>Antes de que empiece la pel\u00edcula, hay tiempo de caer herido veinte veces; pasa una motocicleta a mil cien; las sirenas a\u00fallan por encima. Cuesta arriba en el caballo Silver, el m\u00e1s veloz de las praderas, con la cara pegada a las crines, se le saca ventaja a la locomotora del Uni\u00f3n Pacific, mientras hago fuego contra el maquinista y los rifles disparan sin tocarme desde todas la ventanillas.<\/p>\n<p>Somos dos contra ciento en el saloon, mientras las chicas bailan sacudiendo refajos y las sillas vuelan por el aire; Al\u00ed es Tom Mix pu\u00f1os de hierro y yo soy su amigo, cuando se aparece Cochocho en el medio de todo, sin camisa, con sus b\u00edceps de hombre y las tetillas arrugadas y negras. Todos los ojos est\u00e1n fijos en \u00e9l y lo vemos pasearse delante de nosotros, sacando el pecho que parece de hierro. Cochocho estuvo dos a\u00f1os en el correccional, ha peleado de verdad mil veces, ha visto salir sangre de quinientas bocas y vive solo en la sabana, al fondo de un zanj\u00f3n. Un olor a podrido le sale de las ropas que no se ha cambiado jam\u00e1s. Sigui\u00e9ndole, entramos por un agujero al castillo de Dr\u00e1cula que es el lugar m\u00e1s oscuro del mundo. Arriba est\u00e1n las gradas donde se oye el ruido continuo de las sillas y los pasos. Al\u00ed me agarra de la mano; siento su respiraci\u00f3n en la cara. Por fin logramos vernos en un lugar donde huele a bo\u00f1iga y pasto seco; la luz de la calle entra por la claraboya. Estos fueron los corrales del circo, hace a\u00f1os; hay una osamenta de animal entre la paja amontonada que se pudre. Entonces Cochocho se tiende en el suelo y todos nos sentamos alrededor, atentos.<\/p>\n<p>Va a hacer como hacen los hombres con las mujeres, que es acostarse boca abajo y jadear, apoy\u00e1ndose sobre los codos y moviendo la mitad del cuerpo sin parar y despu\u00e9s como hacen las mujeres con los hombres, que es casi lo mismo pero boca arriba, con las piernas abiertas.<\/p>\n<p>Estoy solo ahora, de pronto, en medio de la gente que ha comenzado a apaciguarse. Encuentro lugar en un banco y miro hacia atr\u00e1s, a los palcos donde est\u00e1n las se\u00f1oras. Pienso que es imposible que ellas tambi\u00e9n puedan hacer aquello por las noches, desnudas en sus cuartos; tal vez ni siquiera lo saben; nadie se los pudo haber dicho; no lo han sabido nunca.<\/p>\n<p>Ahora todos gritan y otros manotean parados en los bancos: es que ha entrado el marico Saturno que es florista: viene bajando los escalones uno a uno, vestido de negro, la cara vuelta un poco hacia un lado, sin prestar atenci\u00f3n al esc\u00e1ndalo que provoca su aparici\u00f3n todas las noches. Es una criatura enteriza, delgada, llena de filos que anda con la cabeza alzada, muda, sin mover los ojos como si viera que el mundo se inclina a su paso. Aquella andanada de gritos flota por encima de \u00e9l sin tocarlo. Lo veo pasar muy de cerca, despidiendo un olor de pomadas e ir directamente a un lugar apartado, donde siempre se sientan los se\u00f1ores vestidos de negro y azul, gordos y ensombrerados. Despu\u00e9s desaparece porque han apagado las luces, aunque los gritos se hacen m\u00e1s fuertes todav\u00eda, pues en este momento es cuando entran las mujeres, las sirvientas y las mujercitas de la calle que andan de tarde por las plazas y los hombres las siguen en grupos, de cerca. Ellas han permanecido rezagadas afuera, junto a las fritangas y los ventorrillos de man\u00ed y tostones, aguardando la oscuridad que les permita entrar sin ser vistas por las se\u00f1oras de los palcos.<\/p>\n<p>Don Tarcisio, el barbero de La Tijera de Oro, ha entrado tambi\u00e9n con su silla a la espalda, una silla negra de esterilla que trae de su casa y se sentar\u00e1 solo, muy echado hacia atr\u00e1s, con la pierna cruzada y las manos en la rodilla, serio como si presenciara una batalla. En la oscuridad distingo la calva pulida y el flux negro. De pronto lo oir\u00e9 gritar con un vozarr\u00f3n de asustar gente y nadie lo mandar\u00e1 callar, por miedo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah\u00ed est\u00e1! \u00a1Est\u00e1 escondido detr\u00e1s de la puerta! \u00a1Tiene un cuchillo, est\u00fapido! \u00a1Te va a matar!<\/p>\n<p>Pero nadie en la pantalla le hace caso y \u00e9l sigue manoteando y gritando enfurecido:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Esa mujer te enga\u00f1a, pendejo! \u00bfNo ves que te la juega con tu amigo? \u00a1M\u00e1tala de una vez que se est\u00e1 burlando de ti, imb\u00e9cil! Y finalmente va a estallar de furia; va a gritar ladrones, vagabundos, a m\u00ed no se me enga\u00f1a de esa forma; pero todo seguir\u00e1 igual hasta el fin: los caballos correr\u00e1n por el campo, continuar\u00e1n muriendo muchos hombres, la diligencia levantar\u00e1 polvo y estampidos de rifle en los caminos y nosotros estaremos sentados en la oscuridad como figuritas de palo, bajo el gran chorro de luz azul donde se agita el polvo y se esconde el zumbido de abeja de la m\u00e1quina y todo podr\u00e1 ser absorbido al fin por un gran cielo de piedra azul oscuro; mientras el barbero corpulento, resignado ya a devorar \u00e9l solo su furia, dar\u00e1 vuelta a la silla, quedar\u00e1 sentado de espalda a la pantalla, y en adelante mirar\u00e1 con terrible dureza la caseta de madera y zinc de donde salen, pulverizados, los personajes que se hab\u00eda cansado de increpar sin resultado y as\u00ed seguir\u00e1 por el resto de la noche gru\u00f1endo insolencias. Volver\u00e1 al d\u00eda siguiente, sin falta, con su silla al hombro.<\/p>\n<p>No s\u00e9 d\u00f3nde andar\u00e1 ahora mi primo Al\u00ed ni tampoco los otros; pero como la oscuridad se ha deste\u00f1ido un poco alrededor, distingo por all\u00e1 a una sirvienta de mi casa, llamada Natalia, que viste de negro y lleva un pa\u00f1o atado a la cabeza. La brasa de un tabaco que se inflama, le ilumina pedazos de la cara.<\/p>\n<p>\u2014Muchachito \u2014me dice y me siento a su lado, en un huequito m\u00ednimo que ella misma ha abierto para m\u00ed encogiendo un poco sus carnes.<\/p>\n<p>Natalia huele a la casa de uno; huele a ali\u00f1os y a agua estancada en el patio. Ella me pasa su brazo gordo por el cuerpo. La noche se expande all\u00e1 arriba, mucho m\u00e1s alta ahora, y empieza a tener un sonido m\u00e1s dulce y penetrante que las voces la m\u00fasica y el ruido del mar que pasan sobre las cabezas, porque en la pel\u00edcula ha salido un barco y las personas bailan en un gran sal\u00f3n iluminado. El otro es un sonido tenue que crece y se expande por dentro y va borrando todo lo dem\u00e1s alrededor y es como si la noche fuera una forma suave donde uno pudiera reclinarse.<\/p>\n<p>Ahora se oyen gritos, porque la pel\u00edcula es de amor y dos se est\u00e1n besando en la pantalla. Uno encuentro esa altura muy blanda de los pechos, que es como un hueco de la noche, m\u00e1s oscuro y m\u00e1s tibio y uno se reclina m\u00e1s all\u00ed y sue\u00f1a.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/salvador-garmendia\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Salvador Garmendia El tiempo de aguas se aparec\u00eda de golpe Una ma\u00f1ana, hal\u00e1ndome agachado en el jard\u00edn, sent\u00eda brotar de ceca un olor tamizado y profundo que ven\u00eda de adentro de la tierra; al mismo tiempo, un temblor de hojas repentinamente ensombrecidas cruzaba como un miedo por el pelo de un animal. 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