{"id":3430,"date":"2022-02-15T19:45:28","date_gmt":"2022-02-15T19:45:28","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3430"},"modified":"2023-11-24T18:33:45","modified_gmt":"2023-11-24T18:33:45","slug":"dos-cuentos-de-antonia-palacios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-antonia-palacios\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Antonia Palacios"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Una plaza ocupando un lugar desconcertante<\/strong><\/h3>\n<p>Todos los d\u00edas lo miraba. Sentado en el mismo sitio. En una punta del banco de cemento, su cuerpo en el \u00faltimo extremo del banco, casi por resbalar, los pies inm\u00f3viles el uno junto al otro, los pies sobre la tierra, Quiz\u00e1s estar\u00eda pensando cosas, recordando hechos, personas&#8230; Quiz\u00e1s proyectar\u00eda algo, algo s\u00f3lido con que llenar los d\u00edas y los proyectos se abrir\u00edan cubriendo vastos espacios, Los pies inm\u00f3viles, el cuerpo en el \u00faltimo extremo del banco de cemento. El banco empotrado en la tierra, al final de la peque\u00f1a plaza que parec\u00eda fuera de sitio, ocupando un espacio desconcertante. Frente a la plaza la calle y m\u00e1s all\u00e1 la calzada, el mac\u00e1dam cubriendo por completo los rieles del tranv\u00eda, los rieles del tranv\u00eda perdidos en el tiempo bajo el mac\u00e1dam y el tranv\u00eda solo persistiendo en la memoria de los muy viejos, los que alcanzaron a mirar su percha transitando en el aire, arrastrando con ella el aire, dejando atr\u00e1s el temblor de los alambres y alg\u00fan p\u00e1jaro inquieto detenido en el alambre que temblaba. Y yo, cada d\u00eda pasando, tratando de descubrir su rostro, el color de su piel, la expresi\u00f3n de su mirada. Yo pasaba y \u00e9l estaba all\u00ed, en su sitio, fijo, en el extremo del banco de cemento. Nunca lo vi de pie. Siempre sentado, tumbado sobre el banco, como si alguien lo hubiese empujado y lo hubiese dejado as\u00ed, inclinado, doblegado sobre s\u00ed mismo, doblegado sobre el banco de cemento, y yo caminando de prisa, muy de prisa, siempre retardada, casi corriendo, pero de pronto demoraba el paso frente a la peque\u00f1a plaza. La hora en sus comienzos, una hora tibia, la plaza en la primera hora, la misma hora cayendo sobre las esquinas, sobre el v\u00e9rtice de los muros, cayendo sobre el cuerpo doblegado sobre el banco de cemento, Demoraba el paso antes de comenzar a mirarlo, demoraba el paso al vislumbrar desde lejos el reborde de hierro que enmarcaba la plaza, y el banco comenzaba a destacarse en el instante mismo en que yo lo miraba, el banco como si se desprendiese de la tierra, de la plaza, como si quisiera escapar, pero el peso del hombre lo deten\u00eda, lo presionaba, y comenzaba a soportar el peso del hombre y el peso de mi mirada. En la calle los ruidos, y todo el trecho, el largo trecho que me separaba de la plaza, la ancha calzada, en el centro un trozo de c\u00e9sped liso, estropeado, y el resto de la avenida que yo miraba lejana terminando en el reborde de hierro que enmarcaba la plaza, todo el trecho estremecido por los ruidos, las voces de los pasantes, el motor de los autos, el ruido que todo lo impregnaba de vida, una vida azarosa, opresiva. En la calle los que iban y ven\u00edan tropez\u00e1ndose, empuj\u00e1ndose los unos a los otros, algunos parec\u00edan sobresaltados como si hubiesen despertado de pronto, quiz\u00e1s hab\u00edan olvidado por un instante que iban por la calle caminando como cualquier pasante, caminando como yo misma, parec\u00edan sobresaltados como si hubiesen despertado de un sue\u00f1o tenebroso, o tal vez un largo sue\u00f1o semejante al final de un d\u00eda de verano, la intensa agon\u00eda del ocaso arrastrando con ella todo lo que hemos levantado en el esperanzado mediod\u00eda y todo comienza a caer, a declinar lentamente junto a la lenta declinaci\u00f3n del d\u00eda y todo parece diluirse por los aires, por los cielos&#8230; Yo comenzaba de muevo a acelerar el paso, a dejarlo a \u00e9l atr\u00e1s -\u2014hasta otro d\u00eda, hasta otra hora\u2014 a seguir anhelante, corriendo, como si alguien me persiguiese \u2014acaso el viento, o el silencio tal vez, el silencio que se filtraba en peque\u00f1\u00edsimos instantes invadiendo la densidad del ruido como si quisiera mostrarnos lo que se hallaba m\u00e1s all\u00e1 de todas las cat\u00e1strofes\u2014 corriendo, sin lugar a dudas, para reparar mi retardo, para llenar la pausa que se hab\u00eda abierto en mi premura, la pausa donde \u00e9l penetraba, tumbado sobre el banco de cemento, en aquella posici\u00f3n de abandono, propicia al sue\u00f1o, al reposo, y junto con \u00e9l penetraba tambi\u00e9n un trozo de aquel escenario cotidiano, aquella representaci\u00f3n que se desplegaba ante mis ojos en la primera hora en medio de una realidad ya prevista que siempre resultaba imprevisible, Una realidad que contrastaba con los sue\u00f1os y en la que a veces los sue\u00f1os tomaban parte activa y todo me parec\u00eda distinto mientras yo corr\u00eda cada vez m\u00e1s a prisa, tropez\u00e1ndome con las gentes que me parec\u00edan todas muy lejanas a pesar de sentirlas rebotar contra mi cuerpo, corr\u00eda, pensando s\u00f3lo en lo que dejaba atr\u00e1s y la peque\u00f1a plaza, enmarcada en su reborde de hierro, que el tiempo o las lluvias le hab\u00edan arrebatado su tersura y se miraba rugoso, enmohecido, la peque\u00f1a plaza tan desva\u00edda y banal como una plaza de provincia donde juegan ni\u00f1os libres, sin vigilancia alguna, donde los ancianos recuerdan el tiempo en medio de una vaga lucidez que los invade de pronto como un fulgor perdido, la peque\u00f1a plaza adquir\u00eda dimensiones desmesuradas en el espacio animado en que se hallaba, con su banco de cemento fijo, inamovible, donde el cuerpo permanec\u00eda sumergido en largo, interminable reposo. Acaso estar\u00eda imaginando cosas, cosas que se desarrollaban lejos de aquella primera hora que ca\u00eda irreductible sobre el banco de cemento, sobre el cuerpo est\u00e1tico, como si fuese s\u00f3lo cuerpo, un cuerpo que nunca hubiese salido de s\u00ed mismo, que nunca hubiese sufrido transformaci\u00f3n alguna. Yo corr\u00eda cada vez con una mayor velocidad y lo que dejaba atr\u00e1s comenzaba a desaparecer en una l\u00ednea curva, y las dimensiones se disminu\u00edan pero todo persist\u00eda en la misma realidad imperturbable. Yo continuaba sin detenerme, el suspenso de la espera aguijone\u00e1ndome, la espera que yo hab\u00eda puesto en lo muy lejos, en un espacio perdido en lo infinito, sin saber que la espera estaba hecha de nada, que no hallar\u00eda nada donde apoyarme, ni muro, ni columna, ni soporte alguno, que el sitio era muy vasto&#8230; \u00a1tan vasto y solitario!&#8230; y desde lo alto nadie me mirar\u00eda. Cada d\u00eda persist\u00eda en mi empe\u00f1o de descubrir el rostro que desaparec\u00eda entre 1ds hombros, sumergido en el vac\u00edo que los hombros abr\u00edan para dejarle sitio al rostro, el cuerpo todo soportando el rostro, el rostro hundido entre los hombros justificando el cuerpo. Y la hora comenzaba a perder su calidad primera avanzando hacia otra hora, acaso muy distinta, a pesas de que ca\u00eda sobre ella el mismo sol, el mismo sol levant\u00e1ndose desde lo invisible, asomando desde lo perdurable, Cada d\u00eda lo miraba, inm\u00f3vil, fijo en su sitio, esperando que el rostro se alzase, se desprendiese de los hombros y comenzase a desafiar la claridad del d\u00eda. Esperando que la plaza comenzase a brillar a trav\u00e9s del azul impalpable del aire. Lejos de la plaza quiz\u00e1s se elevar\u00edan alturas, cumbres que hab\u00edan crecido con los d\u00edas. Convulsiones de la tierra donde el tiempo hab\u00eda estallado. Tal vez se produc\u00edan descensos muy cerca de la plaza, \u00e1ridos descensos inclinados hacia los abismos, y las aguas y el aire, las gentes fatigadas, los oscuros pensamientos, rodaban por los descensos, Yo corr\u00eda con el temor de que nunca llegar\u00eda, sintiendo su presencia a mis espaldas, sabi\u00e9ndolo muy cerca, sabi\u00e9ndolo muy lejos, dej\u00e1ndolo muy solo, doblegado sobre el banco de cemento, ajeno a todo lo que lo rodeaba, sumergido en su largo reposo que era tambi\u00e9n una larga espera. Yo avanzaba y conmigo avanzaban las horas mientras crec\u00eda la pesantez del d\u00eda. Los otros, quiz\u00e1s no lo miraban. Le pasaban muy cerca, sin sentirlo, sin presentirlo, bordeando la plaza, borde\u00e1ndolo a \u00e9l. Yo miraba a los otros, m\u00e1s all\u00e1 de la ancha avenida, atravesando el trozo de c\u00e9sped liso, estropeado, el mac\u00e1dam borrando las huellas de los rieles del tranv\u00eda. Los miraba aproximarse al reborde de hierro que enmarcaba la plaza, Los miraba avanzar hacia \u00e9l, lejos de m\u00ed, las distancias parpadeando entre mis ojos. Los miraba avanzar distorsionados como se miran los seres que se mueven en los sue\u00f1os&#8230; Y de pronto, los deseos de tocar otros espacios, de hacer el camino a la inversa. Entonces la plaza estar\u00eda muy cercana, Avanzar\u00eda hacia m\u00ed en una lenta cadencia, sin rapidez alguna, destac\u00e1ndose serena, viva, presente, El estar\u00eda aguar- d\u00e1ndome en su misma, id\u00e9ntica postura. Desde la plaza mirar\u00eda las cumbres. Las mirar\u00eda elevarse desde el centro de la plaza, el sol proyectando sobre ellas una dulce sombra. No mirar\u00eda los des- censos. Toda la superficie de la plaza estar\u00eda en perfecto equilibrio, protegida por la calma, bast\u00e1ndose a s\u00ed misma. Pero yo s\u00e9 que nunca volver\u00e9 sobre mis pasos. Tengo que aguardar el fin del d\u00eda, el largo comienzo de la noche, ver la noche muriendo inacabable. Tengo que pasar de nuevo por el mismo sitio y mirarlo a \u00e9l siempre distante, en la otra orilla. Continuar\u00e9 pasando igual que el primer d\u00eda, cada vez m\u00e1s desvalida, m\u00e1s despose\u00edda. Avanzar\u00e9 lentamente, sin premura, un andar temeroso, vacilante, las fuerzas ya consumidas. La plaza se hallar\u00e1 desierta y desierta tambi\u00e9n la avenida. Habr\u00e1 un silencio hondo venido de muy lejos. Un impotente desamparo. Yo mirar\u00e9 hacia lo alto donde el aire sopla con tranquilo aliento, recordando la percha del tranv\u00eda que pasaba ligera, arrastrando el aire&#8230; La plaza estar\u00e1 muy lejana, acaso inaccesible, y el banco de cemento estar\u00e1 vac\u00edo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>Y la casa regresaba por fragmentos<\/strong><\/h3>\n<p>\u2014Aqu\u00ed podr\u00edamos colocar la mesa para evitar que la luz nos llegue de frente.<\/p>\n<p>Aquello hab\u00eda sido dicho el primer d\u00eda, el primer d\u00eda que penetraron en la casa, el primer d\u00eda que la hab\u00edan recorrido toda, la casa vac\u00eda. Un d\u00eda cualquiera, quiz\u00e1s, para los que transitaban la calle, para los que entraban y sal\u00edan por las puertas de las otras casas. O tal vez un d\u00eda especial en lo aciago o en lo excepcionalmente dichoso para uno solo entre tantos. El primer d\u00eda que hab\u00eda penetrado en la casa. La casa vista desde lejos, y pasar frente a ella, y pensar en lo que guardaba consigo, en lo que podr\u00eda ofrecer en la participaci\u00f3n de su interior custodiado por los muros. Verla desde fuera y esperar que en alguna forma se iniciara lo inesperado.<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00ed podr\u00edamos colocar la mesa para evitar que la luz nos llegue de frente&#8230;<\/p>\n<p>Y la luz entraba sesgada, desliz\u00e1ndose d\u00e9bilmente hacia los corredores donde la noche se aclaraba en las exhalaciones. Todo estaba en permanencia. Las cosas, invariables, exactas a ellas mismas, semejantes al aire, al espacio inmutable. Y recorr\u00edan la casa \u2014inmensa en el vac\u00edo\u2014 buscando en ella sus preferencias para protegerse en ellas, para defenderse de los cambios que podr\u00edan sobrevenir sorpresivamente. Nada parec\u00eda hallarse impl\u00edcito en aquel primer d\u00eda que recorr\u00edan la casa. Todo, por el contrario, parec\u00eda entregarse en lo que hab\u00eda sido dado como si la plenitud, antes de cumplirse, estuviese ya consumada. Y recorr\u00edan la casa en una suerte de posesi\u00f3n irradiada, la casa que se agrandaba en el suspenso de la espera. Una espera fija, sin digresiones, tan fija como la casa misma en medio del movimiento de las calles, de las luces y de los ruidos de la ciudad.<\/p>\n<p>\u2014Y aqu\u00ed la cama, y junto a la cama colocaremos la mesa y el velador&#8230;<\/p>\n<p>Y las palabras resonaban en su empuje inicial antes de ser alteradas por el tiempo, fieles a la representaci\u00f3n de un instante, buscando su propia ubicaci\u00f3n, desplaz\u00e1ndose en el \u00e1mbito de la casa vac\u00eda como se desplazan los muebles de los rincones, del centro mismo de las habitaciones donde permanecen por un tiempo indeterminado a la espera del apoyo de los muros. Y comenzaban a recordar, incorporando el olvido a la memoria, intentando someterse con fidelidad al recuerdo. En el recuerdo se establec\u00edan de pronto los vac\u00edos, bastaba una densidad cualquiera para que la sombra todo lo invadiese mientras la luz permanec\u00eda en el aire por un tiempo ef\u00edmero en un af\u00e1n de eternidad. Y comenzaban a recordar, a buscar en el impulso de ir hacia el pasado, y el peso del olvido gravitaba en rededor. Todo se hallaba confundido, nada demasiado pr\u00f3ximo ni demasiado lejano, confundido solamente, afirm\u00e1ndose en la confusi\u00f3n y olvidado, acogido en la vasta quietud del olvido. Y recorr\u00edan la casa integrando su estructura al acontecimiento de recorrerla, imaginando cada cosa libre de ser, de moverse y de estar en reposo. Los objetos, los posibles objetos, replegados sobre ellos mismos, en su \u00f3rbita cerrada donde el acontecer no penetraba, y rompiendo la resistencia que opone la materia iban de un lado a otro, abriendo las puertas, las ventanas&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Y aqu\u00ed el tocador, y el gran espejo&#8230;<\/p>\n<p>Y parec\u00edan mirarse, reflejados en multiplicidad, sin relaci\u00f3n directa con los gestos. Los nombres parec\u00edan significativos, adjudicados a un solo ser, y eran dos, muy juntos, dos seres reflejados en el gran espejo, muy juntos. Y podr\u00edan tambi\u00e9n distanciarse, irse, el uno, el otro, a los extremos, sin posibilidad de interrogarse, dejando todo sin respuesta, como si algo entre los dos hubiese sido dicho, algo que dejaba caer su sombra en la distancia. Y de nuevo se aproximaban, se buscaban en la perennidad del tiempo, en la duraci\u00f3n misma de la vida. Solos, y el tiempo a sus espaldas, solos en la inminente soledad de la casa vac\u00eda. Y recorr\u00edan la casa dispersando la soledad, dej\u00e1ndola en libertad de expandirse en cada uno, de ser en cada uno desmesurada, y el confuso presentimiento de c\u00f3mo habr\u00eda de crecer en su desierto il\u00edmite. Y olvidaban, lentamente, con mayor lentitud que la memoria, y en el olvido despertaban las cosas ya vividas, y se\u00f1alaban con el gesto \u2014el gesto que todo lo abarca\u2014 el sitio inmenso, inabordable, que les arrebataba la posesi\u00f3n de las cosas. Todo lo que colmaba la casa comenzaba a moverse abandonando los lugares ya escogidos, y se llenaban de polvo los espacios vac\u00edos. Desde afuera, quiz\u00e1s, pod\u00eda verse mejor todo lo que hab\u00eda invadido ese interior tan custodiado, que se cre\u00eda bien al resguardo y de donde algo hab\u00eda partido. Y el regreso comenzaba lentamente a establecerse. Un regreso sin historia, sin lazos con el pasado, donde algo indecible, indefinido, persist\u00eda imponiendo una voluntad. La debilidad estaba en lo que ellos callaban, los d\u00edas pasaban a trav\u00e9s de los silencios. Y la casa regresaba por fragmentos: esta ventana, aquel muro, como si su conocimiento total desvirtuase lo acontecido. Y buscaban en las fechas, en los nombres, en los d\u00edas, y eleg\u00edan al azar un nombre, una fecha, un d\u00eda que expresara la distancia. Y enumeraban los d\u00edas partiendo desde aquel que predominaba sobre todos, aquel primer d\u00eda que permanec\u00eda en el centro de todos los tiempos, orient\u00e1ndose desde all\u00ed, en todas las direcciones, hacia todos los sitios, los m\u00e1s lejanos, los m\u00e1s olvidados \u2014acaso los m\u00e1s frecuentes\u2014 y sobre los cuales ca\u00eda el abandono que es tambi\u00e9n soledad. Cada sitio atado a un recuerdo, un recuerdo que despertaba bruscamente en un gesto y el gesto aparec\u00eda sin identificaci\u00f3n a pesar de que guardaba una extra\u00f1a semejanza con lo ya sido. Un recuerdo subyugado, sometido a la continua presi\u00f3n de las cosas, de los lugares, de los objetos&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Y aqu\u00ed colocaremos las sillas de paja y miraremos descender el d\u00eda&#8230;<\/p>\n<p>El d\u00eda que tambi\u00e9n podr\u00eda morir, llegar a ser t\u00e9rmino. La luz degrad\u00e1ndose lentamente y la casa a oscuras. Y recorr\u00edan la casa entre las sombras, sin voces, llenando en el tiempo el vac\u00edo, y la casa se llenaba de silencio. Desde afuera, quiz\u00e1s, podr\u00eda verse mejor lo que acontec\u00eda en su interior. Aun cuando nada pudiese verificarse \u2014espesas neblinas velaban la casa en la distancia\u2014, todo se tornaba preciso, ordenado. Y se iniciaban la invasi\u00f3n y la huida, el estar y el partir, y al fin, la fuga silenciosa. En las calles la gente iba y ven\u00eda, las calles que rodeaban la casa. Ni\u00f1os, j\u00f3venes, ancianos, la multitud en su fragor subterr\u00e1neo, en el gesto aut\u00f3mata del ir. Y se mezclaban a la multitud sum\u00e1ndose a los rostros, a los pasos, a las voces. Todos iban, hacia atr\u00e1s, hacia adelante, iban con la sombra, con la luz, en avance y retroceso. Y todos tambi\u00e9n se alejaban, se distanciaban los unos de los otros, y de nuevo se aproximaban, busc\u00e1ndose en la perennidad del tiempo, en la duraci\u00f3n misma de la vida. Desde afuera \u2014quiz\u00e1s se pod\u00eda ver mejor\u2014 se mira lo acontecido en la casa donde ya nada se podr\u00e1 borrar, donde todo quedar\u00e1 esculpido en el tiempo, adquiriendo un relieve irrefutable. Desde afuera, quiz\u00e1s, se mira mejor la casa en la distancia. Se la mira m\u00e1s all\u00e1 de ella misma, buscando en ella el nivel para establecer un nuevo comienzo, el vaho de la ciudad sobre sus techos, los muros defendiendo su interior mientras la luz avanza hasta la l\u00ednea divisoria de la sombra. Se la mira desde afuera, en la distancia, que bien podr\u00eda ser el l\u00edmite establecido para el nuevo comienzo. Todo parece venir desde adentro a trav\u00e9s de una transparencia: las curvas, los descensos, la infinita prolongaci\u00f3n de las estancias. La luz se entrega en ondas, en constante movimiento sobre los arcos, las espirales y las elipses, sobre el trazo vertical de las paredes. Ya todo se oscurece, apenas roza la luz el v\u00e9rtice de alguna torre lejana. Contra el cielo violento, casi en sombras, se recorta la casa, y se aleja, empa\u00f1ada, confundida con el vaho opaco de la ciudad. Y la representaci\u00f3n simult\u00e1nea de los m\u00faltiples acontecimientos que tuvieron lugar \u2014\u00bfcu\u00e1ndo? \u00bfen qu\u00e9 sitio? \u00bfen qu\u00e9 minuto?\u2014 de pronto se hace presente. Desde afuera se mira mejor la casa en la distancia. La casa fija, en medio del movimiento de las calles, de las luces y los ruidos de la ciudad. La casa intemporal y el residuo del tiempo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonia-palacios\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una plaza ocupando un lugar desconcertante Todos los d\u00edas lo miraba. Sentado en el mismo sitio. 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