{"id":3307,"date":"2022-02-08T20:53:57","date_gmt":"2022-02-08T20:53:57","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3307"},"modified":"2023-11-24T18:34:08","modified_gmt":"2023-11-24T18:34:08","slug":"dos-cuentos-de-gustavo-diaz-solis","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-gustavo-diaz-solis\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Gustavo D\u00edaz Sol\u00eds"},"content":{"rendered":"<h4><strong>Ophidia<\/strong><\/h4>\n<p>Mi vida est\u00e1 detenida al margen de su vida apagada. Refugiado en la oquedad de este \u00e1rbol, al abrigo del relente de la madrugada que desciende de lo alto de la selva, evoco sus gestos que ya no podr\u00e1n repetirse. Hace fr\u00edo y la humedad pesa en el aire y en la niebla que se desplaza despacio entre el ramaje. El suelo est\u00e1 mojado, y por el brillo de las hojas carnosas la luz huye de la sombra verde.<\/p>\n<p>\u00a1Ah, qu\u00e9 hermosa era Ophidia! En el duermevela retorna su perfil exacto, sus ojos donde crepitaba una diminuta y misteriosa astronom\u00eda. Ya no podr\u00e9 olvidar su fina boca que aun en los momentos de abrirse desmesuradamente para dar asilo al alimento era tan graciosa; ni su cuerpo pardusco adornado de cruces rojinegras. Persiste en mis sentidos la suavidad de su vasto pecho amarillo, la quietud de sus maneras, su personal garbo al arrastrarse, la inefable elegancia con que iniciaba el ascenso a los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>Hace un momento ha partido Cazadora, mi peque\u00f1a y fiel amiga. Y en el insomnio me he puesto a repasar este amargo suceso de mi vida. Cazadora ha acercado a m\u00ed su gesto de consuelo y, como siempre, ha repetido parte de la triste historia. La parte que yo no vi.<\/p>\n<p>A\u00fan parece que vivieran all\u00ed aquellas gentes. Hab\u00edan construido una caba\u00f1a en la linde de la selva. Eran un hombre y una mujer. El hombre, alto, rubio. La mujer, baja y muy blanca. Curioso que hicieran tal contraste. Ophidia y yo ten\u00edamos mucho parecido. \u00a1Acaso por esto pude amarla tanto! Pero el hombre y la mujer eran distintos. \u00c9l ten\u00eda una voz estent\u00f3rea que hac\u00eda eco. Ella, una voz suave que resbalaba en las cosas.<\/p>\n<p>Viv\u00edan una extra\u00f1a vida. La mujer sal\u00eda poco. No he podido explicarme c\u00f3mo lograba alimento dentro de aquella caba\u00f1a. Seguramente se lo llevaba el hombre, como hacemos nosotros con nuestros familiares cuando est\u00e1n demasiado viejos. El hombre era muy de vida afuera. Tanto, que en varias ocasiones casi nos topamos en la selva. Entonces yo me apresuraba a subir a un \u00e1rbol. O quedaba inm\u00f3vil en la hojarasca. Desde arriba ve\u00eda su cabeza redonda, poblada de pelos amarillos. Desde abajo me aporreaba el ruido s\u00f3lido que hac\u00eda al desplazarse.<\/p>\n<p>Al hombre gust\u00e1bale sorprender a su mujer con rarezas que hallaba en sus incursiones a la selva. Frente a su asombro, \u00e9l soltaba la risa escandalosa, desproporcionada.<\/p>\n<p>Cazadora conoce bien estos detalles que yo nunca he podido verificar, porque ella viv\u00eda en el maderaje de la caba\u00f1a. Desde su discreto mirador pudo ver c\u00f3mo se desarrollaba la vida de aquellos seres y tambi\u00e9n todo lo que despu\u00e9s ocurri\u00f3&#8230;<\/p>\n<p>El hombre a veces entraba en la selva y abat\u00eda las aves con un arma que proyectaba fuego y ruido en el aire. Asimismo alcanzaba otros animales en su carrera. Parec\u00eda que su principal prop\u00f3sito era matarlos para mostrar los cad\u00e1veres a su mujer. Cazadora me ha contado que precisamente las aves m\u00e1s hermosas eran lanzadas a la maleza despu\u00e9s que pasaban la sorpresa y los comentarios. Otras veces, de noche, el hombre sal\u00eda. Entonces botaba un gran chorro de luz por la frente.<\/p>\n<p>Cierto d\u00eda Ophidia me dej\u00f3 antes del alba para regresar al \u00e1rbol de sus padres. Hac\u00eda tiempo que no iba por all\u00e1 y pens\u00f3 que saliendo a esa hora hallar\u00eda algunos conejos que llevarles. (Los pobres estaban tan viejos que pod\u00edan subsistir durante todo el invierno con un par de conejos.<\/p>\n<p>Esforz\u00e1ndome por traer a mi memoria los hechos de aquel amanecer, recuerdo que a\u00fan estaba semidormido cuando por el aire un gran ruido subi\u00f3 como un humo muy r\u00e1pido.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s Cazadora me cont\u00f3 que ese d\u00eda el hombre regres\u00f3 a la caba\u00f1a arrastrando el cad\u00e1ver de Ophidia. Esa vez no entr\u00f3 de s\u00fabito. Esa vez flanque\u00f3 con sigilo la caba\u00f1a, y por la puertecilla lateral se introdujo en la estancia.<\/p>\n<p>Cazadora entonces se desliz\u00f3 r\u00e1pidamente.<\/p>\n<p>El hombre limpi\u00f3 del cuerpo de Ophidia el barro que hab\u00eda recogido en la traves\u00eda y lo dispuso en tal forma que un extra\u00f1o pod\u00eda creer que estaba dormida.<\/p>\n<p>Luego sali\u00f3 afuera de puntillas y s\u00f3lo se alej\u00f3 por la vereda que conduc\u00eda a la caba\u00f1a para devolverse a poco, silbando distra\u00eddamente.<\/p>\n<p>Lo que sucedi\u00f3 despu\u00e9s es rid\u00edculo. Aquel hombre vali\u00f3se para su placer del m\u00e1s abominable procedimiento. No estuvo satisfecho con quitar la vida a Ophidia, sino que prepar\u00f3 aquella farsa.<\/p>\n<p>La mujer entr\u00f3 a la estancia. Vio el cuerpo de Ophidia. Ray\u00f3 de un grito el aire y trat\u00f3 de ganar la puerta. Pero antes de que pudiera hacerlo vino al suelo, tomada de una par\u00e1lisis de p\u00e1nico.<\/p>\n<p>Entonces ocurri\u00f3 algo extraordinario.<\/p>\n<p>El hombre salt\u00f3 de su escondrijo. Entre risotadas desliz\u00f3 melosas palabras a su mujer. Ella se fue sosegando poco a poco y el color habitaba de nuevo su rostro. Mientras tanto el hombre la acariciaba prolijamente. Por \u00faltimo, all\u00ed mismo, realiz\u00f3 con ella un precipitado acto lleno de ruidos y movimientos.<\/p>\n<p>Esto lo supe despu\u00e9s de una larga espera en la que filtr\u00e1base la angustia. Comenc\u00e9 a estar urgido de venganza.<\/p>\n<p>Entonces el \u00e1rbol familiar y las noches l\u00f3bregas de la estaci\u00f3n lluviosa fueron de especial soledad. Un total desgano anul\u00f3 todas mis normales apetencias. Supe en aquella imprevista conjunci\u00f3n, cu\u00e1nto hab\u00eda amado a Ophidia; c\u00f3mo estaba aferrada mi vida a la suya, bruscamente abolida. Quise morir. Pero c\u00f3mo es de cierto que la muerte no prospera donde hay demasiadas fuerzas sosteniendo la vida. As\u00ed, en aquellas tristes horas, mi inmensa energ\u00eda no me dej\u00f3 perecer. Mi aflicci\u00f3n era rechazada por esa vasta posibilidad vital que caracteriza a los seres de mi especie. Prob\u00e9 mudar de paisaje.<\/p>\n<p>Imagin\u00e9 huir a una comarca desierta donde no hubiese espiral de liana ni redondez de \u00e1rbol que me trajese su recuerdo. Intent\u00e9 la evasi\u00f3n. Pero al llegar a la margen del gran r\u00edo me faltaron fuerzas \u2014\u00a1incre\u00edble!\u2014 para cruzarlo. Torn\u00e9, pues, al cotidiano ambiente. Visit\u00e9 los sitios que hab\u00edan sido de nuestra predilecci\u00f3n. Trep\u00e9, tortur\u00e1ndome, nuestros \u00e1rboles favoritos. Verifiqu\u00e9 las sinuosas huellas que hab\u00edamos trazado, sobre las cuales comenzaba a cerrarse la hierba. Experiment\u00e9 no s\u00e9 qu\u00e9 placentero dolor en el dolor de revivir los d\u00edas placenteros. Y en toda aquella peregrinaci\u00f3n de congoja me acompa\u00f1\u00f3 \u2014aguda esquirla\u2014 la idea de la venganza.<\/p>\n<p>Todav\u00eda estaban all\u00ed. Para el asesino la muerte de Ophidia fue seguramente un hecho m\u00e1s, recuerdo a la deriva en el pasado. C\u00f3mo era posible que una aberraci\u00f3n de perspectiva hubiese convertido la m\u00e1s hermosa realidad de mi vida en raz\u00f3n de bastarda, irracional complacencia. Aquellas horas fueron de interior consulta. Medit\u00e9 sobre la importancia que ten\u00eda este desconocimiento de las distintas especies con relaci\u00f3n a sus respectivos ciclos vitales. C\u00f3mo una interven\u00eda violentamente en el ciclo de otra, sin reparar en las consecuencias de su intervenci\u00f3n. Cavilando de esta manera llegu\u00e9 a la conclusi\u00f3n pavorosa de que la creaci\u00f3n era la obra de un poderos\u00edsimo e inspirad\u00edsimo inepto, puesto que no parec\u00eda haber otra manera de subsistir sino por la destrucci\u00f3n de los dem\u00e1s y la incorporaci\u00f3n del organismo de otros seres a nuestro propio organismo. Y por debajo de estas convicciones recurr\u00eda el rencor.<\/p>\n<p>La necesidad de tomar venganza circulaba ya en mi sangre \u2014hielo en el hielo.<\/p>\n<p>Necesitaba explorar, analizar las circunstancias. Ten\u00eda que acercarme a la caba\u00f1a. Y as\u00ed lo hice durante varias noches.<\/p>\n<p>Desgraciadamente, aquella gente no parec\u00eda dejarla a esa hora. Deb\u00edan de temer la oscuridad, porque apenas invad\u00eda llenaban la caba\u00f1a de una gran claridad amarilla. Yo no pod\u00eda observar con precisi\u00f3n, pues la prudencia me aconsejaba instalarme entre las ramas de un \u00e1rbol que se alzaba en el patio. Con todo, conoc\u00ed algo de la apariencia de la compa\u00f1era del hombre. Me llamaron la atenci\u00f3n sus ojos, que eran como diez veces los de Ophidia. Carec\u00edan no obstante, de la vivacidad de \u00e9stos, de su encantadora fiereza. El hombre miraba mucho a su mujer y extend\u00eda hacia ella repetidas veces las manos y los brazos. A mi entender la finalidad de tales movimientos era poner su piel en contacto con la piel de su compa\u00f1era. Advert\u00ed en esto cierta analog\u00eda con nuestros h\u00e1bitos.<\/p>\n<p>La mujer logr\u00f3 interesarme. Debo confesar que ten\u00eda gracia. No s\u00e9 si las flexiones de sus brazos me obligaban a asociar la imagen de los movimientos de Ophidia, o si en su andar hab\u00eda algo de las voluptuosas contorsiones de mi desaparecida compa\u00f1era.<\/p>\n<p>Una noche mientras vigilaba, otro hombre, peque\u00f1o, lleg\u00f3 a la puerta de la caba\u00f1a. Yo nunca le hab\u00eda visto. El reci\u00e9n llegado golpe\u00f3 en la puerta con los nudillos. La puerta se abri\u00f3. El hombrecito penetr\u00f3 en la luz interior. La puerta torn\u00f3 a cerrarse. Poco despu\u00e9s abri\u00f3se de nuevo y salieron el desconocido hombrecito y el hombre.<\/p>\n<p>Era una oportunidad incomparable&#8230;<\/p>\n<p>Avanzaron. Detuvi\u00e9ronse casi debajo del \u00e1rbol donde me hallaba agazapado. El hombre se acerc\u00f3 las manos a la cara. Hizo una peque\u00f1a luz y luego exhal\u00f3 humo por la boca.<\/p>\n<p>Ya estaba pronto a saltar. Y no pude, \u00a1no pude hacerlo&#8230;! Inesperada par\u00e1lisis inmoviliz\u00f3 mi cuerpo. Parec\u00eda estar vivo en piedra. Tem\u00ed caer. Y entonces, sin previa sensaci\u00f3n de alivio, se me aflojaron los m\u00fasculos, como si lo que me manten\u00eda r\u00edgido se hubiese derretido suavemente. Mir\u00e9 hacia abajo. Nada hab\u00eda. Maleza adentro una lucecita saltaba en la oscuridad.<\/p>\n<p>Desconcentrado, comenc\u00e9 a buscar el descenso.<\/p>\n<p>Entonces percib\u00ed que entre la pared y la puerta hab\u00eda una gruesa raya de luz.<\/p>\n<p>Sin vacilaciones me deslic\u00e9 hasta el suelo. Traspuse la peque\u00f1a distancia y me asom\u00e9 por la rendija. Con la cabeza empuj\u00e9 poco a poco y me arrastr\u00e9 pegado a la pared hasta que tuvo fin. Creo haber visto de soslayo que la mujer, sentada, jugaba con unos hilos de colores. Cruc\u00e9 y me hall\u00e9 en una estancia afortunadamente oscura. All\u00ed pude orientarme.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n me brincaba en la espalda.<\/p>\n<p>Resolv\u00ed ocultarme para poder recobrar todos mis sentidos. Pens\u00e9 con regocijo que el hombre ten\u00eda necesariamente que entrar all\u00ed durante la noche. Con esfuerzo pude enrollarme todo debajo de la cama. El recuerdo de Ophidia me estimulaba como una convicci\u00f3n.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s o\u00ed pasos. Eran pasos de la mujer, menudos, nerviosos. El recinto se llen\u00f3 de luz. La mujer mov\u00edase de aqu\u00ed para all\u00e1. Deten\u00edase brevemente y recomenzaba.<\/p>\n<p>Arriba de m\u00ed, la cama se hundi\u00f3 un poco. Sent\u00ed crujir las maderas. Vi muy cerca los pies de la mujer.<\/p>\n<p>Finalmente la estancia qued\u00f3 a oscuras otra vez y se hizo un amplio silencio. Torn\u00e9 a sosegarme.<\/p>\n<p>Record\u00e9 el rostro de aquella mujer. Yo hab\u00eda estado vi\u00e9ndolo tantas noches que manch\u00f3 indeleblemente mis pupilas. \u00a1Por cierto que ella quer\u00eda a aquel canalla! Acaso tanto como Ophidia me quiso a m\u00ed. Ah, pero aquel hombre no pod\u00eda querer como yo a mi compa\u00f1era desaparecida. Ca\u00ed de nuevo, inevitablemente, en mi congoja, en la pena de mi soledad irremediable. Me entristec\u00ed. Estuve a punto de abandonar la caba\u00f1a. Pero la urgencia de vengarme prevaleci\u00f3.<\/p>\n<p>Me confort\u00e9 con el pensamiento de que, antes de entregarme definitivamente a mi dolor, deb\u00eda proporcionar al asesino el m\u00e1s grande que yo pod\u00eda proporcionar. \u00a1Pero era tan f\u00e1cil para m\u00ed estrangularlo! Para \u00e9l ser\u00edan, cuando m\u00e1s, unos pocos momentos de horrible miedo, de angustia, de dolorosa impotencia, cuando mis anillos quebraran sus huesos fr\u00e1giles, aplastaran sus d\u00e9biles m\u00fasculos, exprimieran la vida. El dolor que yo deseaba para \u00e9l deb\u00eda acompa\u00f1arlo conscientemente, irrevocablemente. Deb\u00eda ser como este que desde la muerte de Ophidia yo sufr\u00eda. S\u00ed, \u00a1eso era! Tal vez la venganza perfecta era \u00e9sa. Era producir en \u00e9l un dolor exactamente igual al m\u00edo. Era otorgarle la contrapartida exacta de mi propio dolor.<\/p>\n<p>Entonces vi todo claro, como una pista en la noche.<\/p>\n<p>Distend\u00ed lentamente mis anillos y sub\u00ed, sub\u00ed a la cama.<\/p>\n<p>La mujer estaba inm\u00f3vil. Dorm\u00eda. Un pedacito de piel anulaba el brillo de los ojos. Extra\u00f1amente, esta vez no me hizo recordar a Ophidia.<\/p>\n<p>Experiment\u00e9 hacia aquella mujer un absurdo agradecimiento. Ella hac\u00eda posible esta cabal venganza.<\/p>\n<p>\u00c1rbol de aire, el recuerdo crece en el silencio y en la soledad<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4><strong>Cr\u00f3talo<\/strong><\/h4>\n<p>Hab\u00eda sido un d\u00eda caluroso y ahora estaba puesto el tiempo y el viento gem\u00eda tristemente y las ramas de los \u00e1rboles se agitaban con repentina violencia y se o\u00edan los truenos severos rodando lejos por el cielo. Sin embargo, el suelo permanec\u00eda seco y tibio porque no hab\u00eda llovido en muchos meses y la piedra desde la que vigilaba desped\u00eda un calor agradable.<\/p>\n<p>Tan inm\u00f3vil como la piedra, ella hab\u00eda estado mirando buen rato hacia la caba\u00f1a. No sab\u00eda por qu\u00e9. S\u00f3lo sab\u00eda que cuando el hombre baj\u00f3 los escalones y camin\u00f3 hacia el galp\u00f3n y la mujer se qued\u00f3 en el corredor con el ni\u00f1o en los brazos, ella tuvo que detenerse en su excursi\u00f3n de caza y mirar hacia la mujer y el ni\u00f1o, y que su cabeza hab\u00eda comenzado a oscilar como un fusil que apunta hasta quedar a ras del piso de la caba\u00f1a donde estaban los pies de la mujer. Algo despu\u00e9s, cuando la mujer entr\u00f3, su cuello como de cera fue depositando lentamente la cabeza sobre la arena tibia.<\/p>\n<p>Entonces sinti\u00f3 que en las fauces se le inquietaban los curvos colmillos y que segregaba con mayor abundancia su veneno en las bolsitas receptoras que pronto empez\u00f3 a sentir bastante cargadas.<\/p>\n<p>As\u00ed estuvo largo rato vigilando detr\u00e1s de la piedra, mientras el veneno rezumaba secretamente. O\u00eda por el suelo el ruido de carpinter\u00eda que hac\u00eda el hombre en el galp\u00f3n y por la leng\u00fcita bifurcada que palpaba el aire percib\u00eda de la caba\u00f1a un crepitar inaudible que ocurr\u00eda en las maderas que se resecaban en el sol. As\u00ed estuvo largo rato -el cuerpo en 8 y la cabeza sobre la arena mientras la lengua palpaba el aire intermitentemente.<\/p>\n<p>Poco a poco ces\u00f3 el viento y los truenos se fueron alejando. El sol comenz\u00f3 a declinar hacia las lejanas lomas del oeste y vino un sosiego al lugar y un lado de la caba\u00f1a y los \u00e1rboles tom\u00f3 sombra y la hierba seca y la tierra se volvieron del color de su piel.<br \/>\nY as\u00ed, con la fatalidad del d\u00eda que termina, lleg\u00f3 el momento en que desde atr\u00e1s de la piedra ella comenz\u00f3 a \u00achuir espesamente y en silencio cruz\u00f3 el claro de la caba\u00f1a con un suav\u00edsimo movimiento que s\u00f3lo pod\u00eda v\u00e9rsele a los costados como el viento cuando pasa sobre los trigales.<\/p>\n<p>Se desplaz\u00f3 de una manera impecable, y fue s\u00f3lo cuando lleg\u00f3 a los escalones y se revolvi\u00f3 en una r\u00e1pida vuelta y se enroll\u00f3 apretadamente en el recodo que hac\u00edan con el z\u00f3calo, cuando sacudi\u00f3 la punta de la cola donde sus ocho cr\u00f3talos vibraron con un chischeo seco y corto, lleno de melancol\u00eda y de misterioso imperio.<\/p>\n<p>Mas no se detuvo all\u00ed sino el tiempo necesario para tomar respiro y apreciar la nueva situaci\u00f3n. Subi\u00f3 en seguida por un lado de los escalones, como creciendo, y se desliz\u00f3 por el piso del corredor y pas\u00f3 apretadamente por debajo de la puerta.<\/p>\n<p>Adentro se detuvo completamente. Aquella sombra fresca le era extra\u00f1a. Por la lengua y por los ojos percibi\u00f3 la luz que hab\u00eda en la sombra, el silencio que reposaba entre los muebles quietos, la tenue humedad; separ\u00f3 los olores que permanec\u00edan all\u00ed despu\u00e9s del almuerzo de ese d\u00eda y aun capt\u00f3 otros, m\u00e1s pungentes, que parec\u00edan originarse en una habitaci\u00f3n contigua; oy\u00f3 y constat\u00f3 la inalterabilidad de un goteo de agua que ven\u00eda de m\u00e1s lejos y que no pod\u00eda ver y oy\u00f3 los \u00faltimos truenos que se alejaban. Reuni\u00f3 despu\u00e9s todas estas sensaciones dispersas y se las reserv\u00f3 y las puso a trabajar en su interior hasta que su sangre se tranquiliz\u00f3 y puls\u00f3 acompasadamente otra vez.<\/p>\n<p>Entonces los ojitos opacos le brillaron un poco, como si alguien de un soplo los hubiese desempolvado, la lengua palp\u00f3 el aire en los sitios clave y la cola sacudi\u00f3 sus cr\u00f3talos con confianza, casi al mismo tiempo que se oy\u00f3 un suave y acompasado ronquido que ven\u00eda del cuarto de al lado.<\/p>\n<p>Avanz\u00f3 sin propon\u00e9rselo. Pero esta vez se desplazaba por el piso con el cuello retra\u00eddo en una profunda curva, lista para golpear, mientras el resto de su cuerpo se desenvolv\u00eda en una larga l\u00ednea recta.<\/p>\n<p>La otra habitaci\u00f3n parec\u00eda tener m\u00e1s cosas adentro y tuvo que detenerse otra vez para tomar nota del sitio antes de seguir. Se ve\u00edan muchas patas de muebles y objetos peque\u00f1os por el suelo. Levant\u00f3 entonces un poco la cabeza, atra\u00edda por unas vibraciones muy fuertes, y vio al ni\u00f1o. Estaba parado y en pa\u00f1ales y se agarraba con las manos al borde de la cuna. Brincaba sobre el colchoncito cuyos resortes hac\u00edan un r\u00edtmico chirrido.<br \/>\nSe estaba muy callado un momento y en seguida comenzaba a lalear alegremente, m\u00e1s recio cada vez, mientras brincaba sobre el colch\u00f3n y hac\u00eda movimientos torpes con un brazo fuera de la cuna tratando de alcanzar con la mano un osito que estaba patas arriba en el suelo.<\/p>\n<p>Ella vio todo esto y, sin saber por qu\u00e9, se sinti\u00f3 molesta y contrariada. Atra\u00edda hacia el ni\u00f1o -cuyos movimientos estimaba injustificadamente agresivos- y, sin embargo, sin verdadera voluntad para repelerlo. Otra cosa parec\u00eda haber en aquella habitaci\u00f3n que requer\u00eda su m\u00e1s \u00edntimo y secreto deseo. Pero s\u00f3lo pod\u00eda ver al ni\u00f1o, que se mov\u00eda tanto y hac\u00eda tanto ruido y que parec\u00eda querer salirse de la cuna dobl\u00e1ndose pronunciadamente sobre el borde y estirando el brazo y la mano hacia abajo, hacia ella.<\/p>\n<p>De nuevo empez\u00f3 a desplazarse. Y, de pronto, cuando estuvo cerca de la cuna, el ni\u00f1o la vio. S\u00ed, evidentemente la hab\u00eda sorprendido. No pod\u00eda enga\u00f1arse. Pod\u00eda apreciarlo y, adem\u00e1s, se lo dec\u00edan su lengua agitada y los cr\u00f3talos que no dejaban de sonar en una recia y continua vibraci\u00f3n de alarma.<\/p>\n<p>Y ahora era otra vez esa mano que se le acercaba, agrand\u00e1ndose, desde la cuna donde el ni\u00f1o saltaba. Le era dif\u00edcil, muy dif\u00edcil contenerse. Los m\u00fasculos del cuello estaban tensos en una curva muy cerrada, sus colmillos quer\u00edan incorporarse, y los peque\u00f1os odres del veneno estaban a rebosar. En ese momento el ni\u00f1o dej\u00f3 de saltar y de hacer ruidos. Se par\u00f3 en una esquina de la cuna, se agarr\u00f3 de los bordes con las manos gordezuelas y relumbrosas, y doblando apenas las piernitas rollizas, se qued\u00f3 muy quieto y serio un rato mientras gradualmente el pa\u00f1al mojado se le descolgaba pesadamente entre las piernas. Pero apenas pas\u00f3 esto, reanud\u00f3 alegremente sus ruidos y saltos y volvi\u00f3 a sacar el brazo fuera de la cuna hacia ella que estaba tratando de pensar en otra cosa. La mano del ni\u00f1o la hal\u00f3 repentinamente a su prop\u00f3sito anterior. Y fue tan fuerte aquel est\u00edmulo que la cabeza se le arm\u00f3 sobre el cuello y toda ella tom\u00f3 la forma precisamente necesaria para dar un golpe s\u00fabito y certero. En este instante se oy\u00f3 un tumbo y el ni\u00f1o hab\u00eda desaparecido.<\/p>\n<p>R\u00e1pidamente se reorient\u00f3 y sigui\u00f3 con la vista aquella figura que corr\u00eda atropelladamente hacia la puerta y alcanz\u00f3 a verle los talones \u2014rosados, torneados, sedosos. Fue una revelaci\u00f3n esclarecedora. Los hab\u00eda visto al fin\u2014 despu\u00e9s de ocho largos y tediosos cr\u00f3talos. Lo supo, inmediatamente, y se ensimism\u00f3 en aquella inesperada claridad. Sinti\u00f3 entonces que si no lograba morder en aquellos sonrosados talones por lo menos se hab\u00eda movido certeramente hacia ellos, resistiendo otras muchas tentaciones. Oy\u00f3 voces y pasos que se acercaban. Tendr\u00eda que luchar, y quiz\u00e1 morir\u00eda. Fervorosamente comenz\u00f3 a prepararse para ambas cosas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gustavo-diaz-solis\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ophidia Mi vida est\u00e1 detenida al margen de su vida apagada. Refugiado en la oquedad de este \u00e1rbol, al abrigo del relente de la madrugada que desciende de lo alto de la selva, evoco sus gestos que ya no podr\u00e1n repetirse. 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