{"id":3291,"date":"2022-02-08T18:36:52","date_gmt":"2022-02-08T18:36:52","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3291"},"modified":"2023-11-24T18:34:09","modified_gmt":"2023-11-24T18:34:09","slug":"nostalgia-frustracion-o-percepcion-novelistica-poder-y-revolucion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/nostalgia-frustracion-o-percepcion-novelistica-poder-y-revolucion\/","title":{"rendered":"\u00bfNostalgia, frustraci\u00f3n o percepci\u00f3n?: novel\u00edstica, poder y revoluci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Gisela Kozak<\/h4>\n<p>Con una iron\u00eda a prueba de bala, Julio Miranda comentaba en el pr\u00f3logo de El gesto de narrar (1998), refiri\u00e9ndose a los escritores locales m\u00e1s j\u00f3venes, que la literatura nacional no se hab\u00eda \u201cpacificado\u201d pues continuaba apegada nost\u00e1lgicamente a las aventuras guerrilleras de la d\u00e9cada del sesenta, hoy sorprendentemente de moda en la Venezuela neosocialista del siglo XXI. Miranda hace de pasada una r\u00e1pida, clarividente y mordaz observaci\u00f3n geneal\u00f3gica: la narrativa de la violencia en Venezuela tiene su fecha formal de nacimiento en la belicosa patria nueva del siglo XIX con Venezuela heroica (1881) y Z\u00e1rate (1882), ambas de Eduardo Blanco. Se nos ofrece as\u00ed una clave que contradice el c\u00e1ustico t\u00edtulo del art\u00edculo del no menos c\u00e1ustico cr\u00edtico Carlos Sandoval (2003).Y es que \u201cEl cad\u00e1ver insepulto del sesenta\u201d no era cad\u00e1ver. La d\u00e9cada del sesenta sufri\u00f3 una suerte de catalepsia, como el personaje de Edgar Allan Poe de \u201cEl entierro prematuro\u201d, y despert\u00f3 olorosa a ata\u00fad pero arrebatadora y con apoyo popular en 1998.<\/p>\n<p>Una vez cerrado el cap\u00edtulo de la dictadura de Marcos P\u00e9rez Jim\u00e9nez en 1958, en los propios albores de la democracia, un grupo de venezolanos inteligentes, arriesgados, bienintencionados sin duda alguna, tomaron una decisi\u00f3n que convertir\u00eda a los a\u00f1os sesenta en un momento clave de nuestra modernidad urbana y en un recuerdo persistente transformado en literatura y, hoy, en impulso pol\u00edtico: lanzarse a la lucha armada sin darle a la democracia venezolana la oportunidad de medirse a s\u00ed misma y dej\u00e1ndola en manos de sus factores probablemente m\u00e1s conservadores. Cuando nos referimos a los a\u00f1os sesenta estamos hablando, adem\u00e1s, de un momento estelar de la modernizaci\u00f3n urbana venezolana del siglo XX: crecimiento econ\u00f3mico, oportunidades de ascenso y movilidad social como en pocos pa\u00edses de Am\u00e9rica Latina, entrada de oleadas de inmigrantes, masificaci\u00f3n de la educaci\u00f3n, comienzos de la era democr\u00e1tica en un pa\u00eds de tradici\u00f3n dictatorial, auge urbano. Los cambios internacionales propios de esta \u00e9poca tienen indudable impacto en el pa\u00eds, desde la Revoluci\u00f3n Cubana hasta el feminismo, los movimientos juveniles y la liberaci\u00f3n sexual. Desde luego no todo era color de rosa, pero tampoco color de hormiga como se pretende ahora en la dantesca visi\u00f3n de la democracia venezolana que se ha puesto tan de moda en las \u00faltimas d\u00e9cadas y, sobre todo, en los \u00faltimos a\u00f1os.<\/p>\n<p>Esta cita de Orlando Araujo, perteneciente a Narrativa venezolana contempor\u00e1nea, sintetiza muy bien la constante de la historia venezolana que anim\u00f3 a los revolucionarios de los sesenta y que, igualmente, ha alimentado las visiones nost\u00e1lgicas sobre esta \u00e9poca que tanto cuestiona el antes mencionado Carlos Sandoval en la obra de Israel Centeno, Ricardo Azuaje o Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez:<\/p>\n<p><em>Dije en un libro ya citado que Venezuela es una historia de revoluciones frustradas en la b\u00fasqueda de su liberaci\u00f3n verdadera y que, puesta en esa perspectiva hist\u00f3rica, el auge o depresi\u00f3n de la lucha armada es un fen\u00f3meno coyuntural dentro de la necesidad estructural de aquella liberaci\u00f3n. Sigo sosteniendo esa idea, y la otra fundamental, la de que la violencia es inevitable a la hora de construir un nuevo modelo de sociedad, la sociedad socialista: Chile no ser\u00e1 una excepci\u00f3n. (1988, pp. 252-253)<\/em><\/p>\n<p>Esta visi\u00f3n de Araujo fue compartida por amplios sectores de la intelectualidad local. La desvalorizaci\u00f3n de la experiencia democr\u00e1tica, esa visi\u00f3n lapidaria que Domingo Miliani (1973) adelant\u00f3 en \u201cDiez a\u00f1os de narrativa venezolana (1960-70)\u201d cuando afirm\u00f3 que la democracia representativa se hab\u00eda convertido en democracia represiva, fue el pan nuestro de cada d\u00eda para numerosos escritores y pensadores que engrosar\u00edan las n\u00f3minas universitarias o se dedicar\u00edan con ah\u00ednco a la escritura. Esta generaci\u00f3n, brillante sin duda, fue la que form\u00f3 a la m\u00eda en las aulas de la Universidad Central de Venezuela en los a\u00f1os ochenta. En cuanto a los escritores, Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n, Eduardo Liendo, Carlos Noguera, Laura Antillano, Antonieta Madrid y Luis Britto Garc\u00eda eran nuestros ejemplos literarios, nuestros narradores tutelares. Sin duda, sus influjos fueron ben\u00e9ficos pero tambi\u00e9n tra\u00edan aparejados otros problemas: \u00bfD\u00f3nde quedaba mi generaci\u00f3n, en tanto universitarios, futuros acad\u00e9micos o escritores? \u00bfEra la simple heredera de una frustraci\u00f3n? \u00bfS\u00f3lo le restaba el limbo del nihilismo y de la \u201cantipol\u00edtica\u201d, como dice Colette Capriles en La Revoluci\u00f3n como espect\u00e1culo (2004)? \u00bfO la beatitud de la vida privada? \u00bfO las exigencias de la vida profesional? \u00bfTen\u00edamos algo nuevo que ofrecer frente a \u201cla d\u00e9cada que sacudi\u00f3 al mundo\u201d? Y la democracia, \u00bfqu\u00e9 era para nosotros? \u00bfUn cascar\u00f3n vac\u00edo? \u00bfUna urna electoral cada cinco a\u00f1os? \u00bfUna oportunidad? \u00bfUn privilegio?<\/p>\n<p>No es de extra\u00f1ar entonces la persistencia de los sesenta en la vida literaria y pol\u00edtica venezolana en un pa\u00eds cuyas generaciones m\u00e1s recientes no supimos ofrecer una respuesta alternativa al desgaste institucional, a la orfandad pol\u00edtica y a la crisis econ\u00f3mica, m\u00e1s all\u00e1 de aliarse con un grupo de militares golpistas. No es de extra\u00f1ar, insisto, la nostalgia y frustraci\u00f3n de Centeno, Azuaje y M\u00e9ndez Gu\u00e9dez. Como dice Julio Ortega en El principio radical de lo nuevo\u2026 respecto a la experiencia guerrillera venezolana en los sesenta:<\/p>\n<p><em>\u2026 en la novela esa experiencia se ha convertido en clave de interpretaci\u00f3n de un pa\u00eds cuyo proyecto de modernidad fue disputado con las armas, en una aventura improbable y, quiz\u00e1, juvenil, que seguramente demuestra el car\u00e1cter limitado del proyecto modernizador y las contradicciones que gener\u00f3 en las clases medias. Pero, por otra parte, demuestra que la narrativa\u2026 es un lenguaje en debate por el sentido nacional de lo moderno. Es tambi\u00e9n un mapa de las exclusiones y de los m\u00e1rgenes que genera una modernidad gestionada desde el sistema estatal. Un sistema, en efecto, org\u00e1nico y globalizante pero, por eso mismo, normativo y sancionador, que ocupa el espacio pol\u00edtico tanto como lo desocupa, creando por igual expectativas como desigualdades. (1997, p. 214)<\/em><\/p>\n<p>Es hora de comenzar a hablar de la tercera palabra del t\u00edtulo de esta ponencia: percepci\u00f3n. Aunque coincido con Carlos Sandoval en que la nostalgia por los sesenta es un verdadero lastre en la literatura y, por lo visto, en la vida venezolana, discrepo de su generalizaci\u00f3n respecto al descuido est\u00e9tico que priva en esta narrativa sobre la violencia guerrillera, y discrepo tambi\u00e9n de que s\u00f3lo la nostalgia y la frustraci\u00f3n est\u00e1n detr\u00e1s de esta obsesi\u00f3n. Sin entrar en detalles respecto a las observaciones sobre los textos de Centeno, Azuaje y M\u00e9ndez Gu\u00e9dez, analizados por Sandoval en su art\u00edculo, existen otras alternativas novelescas que exhiben un tratamiento narrativo impecable y no se dejan simplemente enlodar por la a\u00f1oranza. En el caso de estas novelas, ya no se trata solo de nostalgia y frustraci\u00f3n sino de una poderosa y colectiva percepci\u00f3n est\u00e9tica de una corriente hist\u00f3rica militarista y revolucionaria \u2013con ra\u00edces decimon\u00f3nicas retomando las ideas de Julio Miranda y Orlando Araujo ya citadas\u2013 que se consideraba cancelada pero s\u00f3lo estaba sumergida, silenciada en medio de la decadencia econ\u00f3mica, pol\u00edtica e institucional de la democracia venezolana inspirada en la concertaci\u00f3n de partidos pol\u00edticos fuertes (Pacto de Punto Fijo). Me refiero a El round del olvido (2002), de Eduardo Liendo (1942), La flor escrita (2003), de Carlos Noguera (1943), Los \u00faltimos espectadores del acorazado Potemkin (1999), de Ana Teresa Torres (1945), y El diario \u00edntimo de Francisca Malabar (2002), de Milagros Mata Gil (1951).<\/p>\n<p>Las cuatro novelas coinciden en su visi\u00f3n desencantada de la democracia venezolana, resaltan el impacto de los movimientos revolucionarios de la d\u00e9cada del sesenta y critican de forma m\u00e1s o menos expl\u00edcita las contradicciones y desaciertos de esos movimientos. Apelan igualmente a la fragilidad de la memoria como la imprescindible mediaci\u00f3n entre el sujeto y el pasado personal y colectivo, entre la \u201crealidad\u201d y la literatura, y este \u00e9nfasis condiciona una permanente evaluaci\u00f3n del g\u00e9nero de escritura escogido y una decidida inclinaci\u00f3n por acentuar el car\u00e1cter ficticio y entra\u00f1able de sus respectivas visiones sobre nuestra sociedad. Estas visiones resaltan el hacerse mismo de la subjetividad frente al acontecer colectivo en franca oposici\u00f3n a lo que Ana Teresa Torres en \u201cLa memoria m\u00f3vil: entre el odio y la nostalgia\u201d (2001), ha descrito como el \u00e9nfasis pol\u00edtico, econ\u00f3mico y militar de la historia venezolana en tanto disciplina. Cr\u00f3nicas, memorias, cartas, diarios, autobiograf\u00edas, entrevistas, narraciones en tercera persona de un narrador testigo, ficciones intercaladas en las novelas, parodias de g\u00e9neros de la cultura de masas evidencian una voluntad expresa de indagaci\u00f3n metaficcional, una conciencia est\u00e9tica indudable. En personajes como Olivier Alcal\u00e1 (El round del olvido), Francisca Malabar (El diario \u00edntimo de Francisca Malabar), el hermano revolucionario (Los \u00faltimos espectadores del acorazado Potemkin) y Fernando, Diego, la Flaca y Carmen Luisa (La flor escrita), militantes y lectores de poes\u00eda y narrativa reconocemos, adem\u00e1s, la estrecha conexi\u00f3n existente hasta los a\u00f1os sesenta o setenta entre revoluci\u00f3n y literatura, propia de las utop\u00edas letradas de la modernidad.Todos los textos se interrogan acerca del sentido mismo de narrar en una \u00e9poca en que la sensibilidad, la memoria, la experiencia, han sido cuidadosamente moldeadas por el auge de la industria cultural, los medios de comunicaci\u00f3n y la inform\u00e1tica. \u00bfTiene sentido la literatura sin la revoluci\u00f3n y sin el poder de la letra en otros momentos hist\u00f3ricos? Dicho de otro modo, \u00bfpara qu\u00e9 hacer literatura en esta \u00e9poca? Por \u00faltimo, las cuatro novelas dan por canceladas las utop\u00edas del siglo XX para abrirse a diversas formas del compromiso personal o del desencanto.<\/p>\n<p>Estas coincidencias tienen un origen si se quiere azaroso, en el sentido de que no existe ning\u00fan acuerdo previo a la escritura por parte de los cuatro autores estudiados; si acaso podr\u00eda hablarse de cercan\u00eda generacional. Sus textos obedecen a tendencias de car\u00e1cter cultural en las que se cifra de modo particular la historia venezolana; se trata en otras palabras, y como ya indiqu\u00e9 en l\u00edneas anteriores, de una percepci\u00f3n colectiva de la historia de una sociedad que se niega a abandonar su pasado en tanto que el presente no satisface las enormes expectativas de la modernizaci\u00f3n urbana alimentada por la renta petrolera. Esta insatisfacci\u00f3n es evidente en Olivier Alcal\u00e1, protagonista de El round del olvido. Siempre sinti\u00f3 una gran admiraci\u00f3n por su t\u00edo Gerardo, luchador antiperezjimenista y miembro del legendario Partido Comunista de Venezuela, quien es asesinado por las fuerzas de seguridad de la reci\u00e9n inaugurada democracia. Marcado por esta circunstancia familiar y por sus propias inquietudes, deja los estudios de m\u00fasica, adem\u00e1s de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, y se incorpora al Partido Comunista y, posteriormente, a las Fuerzas Armadas de Liberaci\u00f3n Nacional. Olivier cumple as\u00ed un anhelo heroico inspirado tanto en su t\u00edo Gerardo como en sus lecturas de infancia. Hace valer su percepci\u00f3n literaria de la vida y se maneja en m\u00faltiples roles: durante varios a\u00f1os cambia de identidad y de pa\u00eds hasta que en plena revoluci\u00f3n sandinista queda ciego en un enfrentamiento y regresa a Venezuela. Aunque se dedica a la m\u00fasica y es testigo, antes de morir en un accidente automovil\u00edstico, del desplome del mundo socialista, Olivier no modifica sus ideales ni tampoco su visi\u00f3n sobre las carencias de la democracia venezolana. Esta cita de su reacci\u00f3n frente a estos hechos es elocuente:<\/p>\n<p><em>\u2026 Aunque ya no era un activista revolucionario, siempre mantuvo la fe de los socialistas de coraz\u00f3n. Ten\u00eda la esperanza de una supuesta democratizaci\u00f3n del socialismo real. Fue muy doloroso para \u00e9l enterarse de que el sue\u00f1o del t\u00edo Gerardo hac\u00eda aguas [\u2026] Le result\u00f3 decepcionante que los cambios de Europa Oriental no condujeran a una sociedad m\u00e1s libre y democr\u00e1tica, sino a un retorno de las estructuras y modos ya trajinados del capitalismo. La posterior disoluci\u00f3n de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica le impresion\u00f3 profundamente, seg\u00fan le escuch\u00e9 decir, en su opini\u00f3n el hombre hab\u00eda fracasado (no s\u00f3lo el hombre comunista) en el intento de crear una sociedad superior a su propio ego\u00edsmo. Pero la mayor contrariedad la tuvo meses despu\u00e9s, cuando la revoluci\u00f3n nicarag\u00fcense sufri\u00f3 una derrota pol\u00edtica que produjo la p\u00e9rdida del poder, al someterse a una elecci\u00f3n popular. \u00bfQu\u00e9 hab\u00eda pasado? \u00bfDe qu\u00e9 hab\u00eda servido el martirio de Dinora y de tantos abnegados combatientes?\u2026 (Liendo, 2002, p. 497)<\/em><\/p>\n<p>En La flor escrita, de Carlos Noguera, Fernando, Carmen Luisa, Diego y la Flaca tratan de mantener su compromiso \u00e9tico y militante en pie por diversas v\u00edas: el teatro, el trabajo comunitario, la investigaci\u00f3n y el periodismo. Diego, el Cronista, particip\u00f3 en la guerrilla y en la Renovaci\u00f3n Universitaria de 1969 como indiscutible l\u00edder de la Escuela de Letras y de la Universidad Central. Los ideales de la juventud del Mayo franc\u00e9s de 1968 tomaron un enorme protagonismo como alternativa libertaria frente a los rigores y dogmatismos de los partidos comunistas, que entraban en crisis por la invasi\u00f3n a Checoslovaquia en el mismo a\u00f1o y por el fracaso del movimiento guerrillero. Diego, el Cronista, se dedica posteriormente al periodismo e intenta, en consonancia con su \u00e9tica juvenil, esclarecer un caso de corrupci\u00f3n pol\u00edtica ligada al sector financiero que lo pone en peligro de perder la vida. Al igual que Olivier Alcal\u00e1, en El round del olvido, Diego lleva la revoluci\u00f3n como una herencia pues es hijo de un comunista que particip\u00f3 en la guerra civil espa\u00f1ola y le toc\u00f3 el exilio como destino. La visi\u00f3n sobre la democracia en los a\u00f1os ochenta no puede ser m\u00e1s lapidaria:<\/p>\n<p><em>La ca\u00edda de los precios del aceite negro, que en la d\u00e9cada anterior se hab\u00eda disparado a cifras c\u00f3smicas para alimentar los desprop\u00f3sitos de ese gigante fofo que la propaganda oficial rotul\u00f3 como \u201cLa Gran Venezuela\u201d, determinaron una hinchaz\u00f3n en los n\u00fameros rojos del bolsillo de la rep\u00fablica como no se ve\u00eda desde los tiempos de las vacas flacas. Previendo el derrumbe de la moneda y el correlativo control cambiario, los menos desavisados rasparon las ollas para hacerlas divisas y, espaldas a cubierto, las colocaron a buen seguro en cuentas, como dijo despu\u00e9s la noticia,\u201cm\u00e1s all\u00e1 de las playas\u201d\u2026 (Noguera, 2003, p. 427) <\/em><\/p>\n<p>La militancia y la cr\u00edtica a la democracia inspiran tambi\u00e9n a Francisca Malabar, la protagonista de la novela de Milagros Mata Gil, quien se entrega a una vida rigurosamente dedicada a sus ideales, al estudio, a la vida cultural. Sigue as\u00ed la senda de una infancia en la que ya su individualidad se manifestaba conduci\u00e9ndola incluso a cierto aislamiento. La m\u00fasica, las lecturas, las figuras de los sesenta como el Che Guevara, centellean por toda la novela, referencias a una edad dorada sin vuelta a\u00f1orada por Francisca, quien detesta los tiempos esc\u00e9pticos y fr\u00edvolos de los a\u00f1os noventa. Francisca desea escribir una novela sobre el hero\u00edsmo guerrillero, inspirada en personajes como el Che Guevara y como Roberto, un idealizado e idealista amor juvenil. Francisca se expresa, adem\u00e1s, desde la lucidez cruda de su locura, desde las revelaciones de un \u00e1ngel profeta que cuando le habla del Che Guevara le indica que:<\/p>\n<p><em>Todos hablan del fin de las ideolog\u00edas. Pero los \u00e1ngeles dicen que \u00c9l [el Che] ha regresado. No se pudo quedar quieto, dondequiera que haya estado durante estos a\u00f1os. Hay gente as\u00ed. Hay mucha gente que no puede y regresa, cargada de buenas intenciones. El asunto es que ya los que fuimos estamos muy viejos y los j\u00f3venes de hoy quiz\u00e1s no lo reconozcan.Tendr\u00e1 que esperar. A veces, uno ve en un pecho adolescente una franela con el rostro de Lennon o del Che o con los Beatles o con el mismo Cristo y es como si llevaran un letrero en ingl\u00e9s, sin saber con exactitud qu\u00e9 dice lo que llevan. Un letrero a la moda: new fashioned. (Mata Gil, 2002, p. 25)<\/em><\/p>\n<p>En el extremo opuesto de la actitud comprensiva pero sin nostalgia de Liendo, de la idealizaci\u00f3n de Mata Gil y del respeto por el pasado revolucionario de Noguera, se encuentra la amarga reflexi\u00f3n del hombre y la mujer sin nombre y apellido, protagonistas de Los \u00faltimos espectadores del acorazado Potemkin, de Ana Teresa Torres. Ambos reconstruyen la vida del hermano revolucionario del hombre a trav\u00e9s de sus memorias, de los recuerdos de \u00e9ste y de las averiguaciones que realizan \u00e9l y la mujer, que los llevan incluso a Francia. Descubren que detr\u00e1s del esp\u00edritu revolucionario del hermano del protagonista subyacen sus deseos juveniles e infantiles de heroicidad rural, encarnados en la figura del general Pardo, su supuesto abuelo materno, por el que siente una admiraci\u00f3n desmedida que no profesa por su propio padre, un inmigrante exitoso entregado a los negocios y al progreso individual y muy urbano. M\u00e1s le interesaba, pues, la vida aventurera, caudillista, de patriarca f\u00e9rtil e indomable de general Pardo: en ocasiones un guerrillero puede parecerse demasiado a un montonero detr\u00e1s de un caudillo. Esta mezcla de ansias modernas de progreso material \u2013encarnadas en la utop\u00eda comunista\u2013 con cierto bucolismo premoderno, fue favorecida en los a\u00f1os sesenta por corrientes internacionales. Veamos esta cita de Los \u00faltimos espectadores del acorazado Potemkin:<\/p>\n<p><em>He visto pasar todo como una ni\u00f1a que se queda en el and\u00e9n mientras el tren parte dej\u00e1ndola abandonada. Como alguien que llega tarde a un encuentro fundamental. As\u00ed han pasado de largo todas nuestras expectativas, todas las prefiguraciones de un mundo que nunca tuvo lugar sino en nuestra propia imaginaci\u00f3n. Mi paisaje es un vendaval de frases, prohibido prohibir, la imaginaci\u00f3n al poder, unidos venceremos, patria o muerte, qu\u00e9 se yo. [\u2026] \u00bfEn qu\u00e9 cine veremos La hora de los hornos o Luc\u00eda? \u00bfEn cu\u00e1l Quai pasear\u00e1 Julio? \u00bfD\u00f3nde encontrar\u00e1 a la Maga? [\u2026] Pasan frente a m\u00ed las im\u00e1genes de aquellos d\u00edas y pienso que vali\u00f3 la pena vivir para ser parte del sue\u00f1o. DEL SUE\u00d1O, s\u00ed. No habr\u00e1 m\u00e1s sue\u00f1os, s\u00f3lo proyectos, planes, propuestas. Pero en alguna parte debe quedar constancia de que alguna vez la humanidad so\u00f1\u00f3 con un mundo nuevo, distinto, pleno, solidario, universal. El sue\u00f1o, es verdad, vivi\u00f3 una d\u00e9cada, no es mucho pero a la vez s\u00ed lo es, diez a\u00f1os es mucho tiempo para la vida de un sue\u00f1o. (Torres, 1999, pp. 271-272 )<\/em><\/p>\n<p>\u00bfY estos sue\u00f1os d\u00f3nde quedaron? \u00bfEn las novelas venezolanas que he mencionado en este trabajo y en tantos otros textos narrativos nacionales que tratan el tema? \u00bfSon el cad\u00e1ver insepulto del sesenta, como dir\u00eda Carlos Sandoval? \u00bfO quiz\u00e1s tales sue\u00f1os se convirtieron en una corriente subterr\u00e1nea que permanecer\u00eda en hibernaci\u00f3n por d\u00e9cadas y los escritores venezolanos no han hecho otra cosa, con mejores o peores resultados, que poner en evidencia esta corriente? El \u00e1ngel de Francisca Malabar estaba bien informado: El Che volvi\u00f3 a Venezuela. En el caso venezolano la realidad salta a la vista: la revoluci\u00f3n bolivariana neosocialista, comandada por el presidente Hugo Ch\u00e1vez, militar, de origen rural y nieto de Maisanta, uno de los tantos antecedentes reales del imaginario general Pardo de la novela de Torres. Las simpat\u00edas del presidente y sus partidarios por el movimiento guerrillero de los sesenta y por los caudillos decimon\u00f3nicos rurales al estilo de Ezequiel Zamora y Cipriano Castro no son un secreto para nadie. No se equivocaba Orlando Araujo al extender un hilo de continuidad entre todas las revoluciones frustradas en Venezuela, como no se equivoc\u00f3 Julio Miranda al relacionar la nada pac\u00edfica narrativa reciente con sus antecedentes del siglo XIX. No se ha equivocado tampoco el historiador Manuel Caballero al afirmar en Las crisis de la Venezuela contempor\u00e1nea (1903-1992) que en Venezuela hay un \u201cfondo de autoritarismo nost\u00e1lgico\u201d que contagia, por cierto, a la izquierda nacional y que se traduce en el apoyo a las aventuras golpistas militares (2003). El esp\u00edritu revivido de los sesenta hoy es, en parte, una herencia hist\u00f3rica que se remonta no solo hasta hace cuarenta a\u00f1os sino hasta el mism\u00edsimo siglo XIX. El caudillismo y el militarismo se han entroncado perfectamente con la sensibilidad de los sesenta respecto a las deudas sociales no saldadas de una modernidad todav\u00eda y con la idea de la riqueza petrolera por repartir propia de una sociedad dependiente de un estado rentista. Estas particularidades de la sociedad venezolana explican, quiz\u00e1s, que nosotros a diferencia de Brasil, Argentina, Uruguay y Chile recientemente, no le dimos la oportunidad de gobernar a un civil curtido de izquierda sino a un militar sin trayectoria pol\u00edtica.<\/p>\n<p>Para decirlo literariamente, Andr\u00e9s Barazarte, protagonista de Pa\u00eds Port\u00e1til, de Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n, triunf\u00f3 y est\u00e1 en el gobierno actual \u2013codo a codo con el general Pardo, personaje de la novela de Torres\u2013 entre otras cosas para reivindicar a su alzada parentela de liberales decimon\u00f3nicos y h\u00e9roes caudillistas rurales. Venezuela, o parte de ella, sigue siendo militarista, revolucionaria, bolivariana y, desde luego, heroica, seducida todav\u00eda, en palabras de Tulio Hern\u00e1ndez en \u201cPosesi\u00f3n e instrumentalidad del h\u00e9roe criollo\u201d, \u201c\u2026 por una cultura de la contramodernidad y un sentimiento redentor y jacobino para el cual la institucionalidad democr\u00e1tica es secundaria al lado de la justicia.\u201d (2004, p. 31). Entre el revolucionario del a\u00f1o 2005, el revolucionario marxista de los sesenta, el montonero del siglo XIX hay un parentesco que se explicita en la siempre renovada esperanza de que la violencia y la ruptura institucional sean la panacea para nuestros persistentes males nacionales. Olivier Alcal\u00e1, Francisca Malabar, Diego S\u00e1nchez, el hermano revolucionario, todos personajes de novelas escritas a finales del siglo XX, son encarnaciones de esta voluntad hist\u00f3rica que no muri\u00f3 con los sesenta. No obstante, las novelas analizadas est\u00e1n muy lejos de reducirse a la nostalgia y la frustraci\u00f3n o de suscribir una posici\u00f3n pol\u00edtica incontrovertible. En su complejidad narrativa que se traduce en puntos de vista contradictorios, en sus historias, en sus otros personajes, y en su inter\u00e9s por la memoria y la subjetividad, se evidencia una perspectiva profundamente cr\u00edtica, rebelde a las seguridades de los dogmas de cualquier signo, y absolutamente atravesada por las experiencias de la segunda mitad del siglo XX, que incluyen, por supuesto, la siempre vituperada democracia y sus logros \u201cformales\u201d. Como dice El\u00edas Pino Iturrieta en \u201cLa eterna festividad de San Sim\u00f3n\u201d:<\/p>\n<p><em>\u2026 Pero el desgarramiento que provoca el encumbramiento reciente de un solo personaje poderoso, conspira contra las explicaciones del cesarismo y contra la propaganda abrumadora que data de la Independencia. La idea del hombre que manda y la multitud que obedece, la idea del benefactor prodigando sus bienes desde las alturas para que sobreviva una masa incompetente y parasitaria, no cuenta con la clientela de antes. Tal vez est\u00e9 todav\u00eda de salida, quiz\u00e1s se pueda aferrar a\u00fan a su tribuna y a sus tributarios, pero encuentra el valladar de una tradici\u00f3n de republicanismo capaz de subsistir a trav\u00e9s del tiempo, choca con una costumbre de democracia formal aclimatada en el siglo XX. (2004, p. 35)<\/em><\/p>\n<p>Esperemos que el republicanismo y la democracia nos acompa\u00f1en. Por ahora hay que reconocer que en esta \u00e9poca, sorprendentemente, le quedan muchos espectadores a El acorazado Potemkin (1925), la revolucionaria pel\u00edcula del ruso Sergei Eisenstein, y en cuanto a la pregunta de Irene L\u00e9nirov, en la novela de Torres, respecto al cine que proyectar\u00eda a estas alturas La hora de los hornos, del argentino Fernando Solanas, una obra cl\u00e1sica del cine social latinoamericano de los sesenta, la realidad ha dado su respuesta a la ficci\u00f3n. La hora de los hornos se proyect\u00f3 en la Cinemateca Nacional, Caracas,Venezuela, en el marco del Encuentro Mundial de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (diciembre 2004), propiciado por el gobierno nacional. El cad\u00e1ver de los sesenta, cual L\u00e1zaro, ha resucitado, si es que era cad\u00e1ver, por obra y gracia de nuestros cristos criollos.<\/p>\n<p><strong>Bibliograf\u00eda<\/strong><\/p>\n<ul>\n<li>Araujo, O. (1988). Narrativa venezolana contempor\u00e1nea. Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Caballero, M. (2003). La crisis de la Venezuela contempor\u00e1nea (1903-1992). Caracas: Alfadil Ediciones.<\/li>\n<li>Capriles, C. (2004). La revoluci\u00f3n como espect\u00e1culo. Caracas: Debate.<\/li>\n<li>Gonz\u00e1lez L., A. (1976). Pa\u00eds port\u00e1til. Caracas: Monte \u00c1vila.<\/li>\n<li>Hern\u00e1ndez,Tulio. Posesi\u00f3n e instrumentalidad del h\u00e9roe criollo. Veintiuno. Cultura y tendencias, 1.01, 29-32.<\/li>\n<li>Liendo, E. (2002). El round del olvido. Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Mata Gil, M. (2002). El diario \u00edntimo de Francisca Malabar. Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Miliani, Domingo. (1973). Diez a\u00f1os de narrativa venezolana. Prueba de fuego. Narrativa venezolana-ensayos. (pp. 13-37). Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Miranda, Julio. (1998). Introducci\u00f3n. El gesto de narrar. Antolog\u00eda del nuevo cuento venezolano. (pp. 7-44). Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Noguera, Carlos. (2003). La flor escrita. Caracas: Monte \u00c1vila Editores.<\/li>\n<li>Pino Iturrieta, El\u00edas. (2004). La eterna festividad de San Sim\u00f3n. Veintiuno. Cultura y tendencias, 1.01, 33-35.<\/li>\n<li>Ortega, Julio. (1997). El principio radical de lo nuevo. Postmodernidad, identidad y novela en Am\u00e9rica Latina. M\u00e9xico: Fondo de Cultura Econ\u00f3mica.<\/li>\n<li>Sandoval, Carlos. (2003). El cad\u00e1ver insepulto del sesenta. Memorias. Caracas, del 29 al 31 de octubre de 2003. XXIX Simposio de docentes e investigadores de la literatura venezolana. Proyecciones en el siglo XXI (tomo II) (pp. 652-658). Caracas: UCV, UCAB.<\/li>\n<li>Torres, Ana Teresa (1999). Los \u00faltimos espectadores del acorazado Potemkin. Caracas: Monte \u00c1vila Editores, 1999.<\/li>\n<li>______. (2001). La memoria m\u00f3vil: entre el odio y la nostalgia. Estudios, 18, 13-20.<\/li>\n<\/ul>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gisela-kozak-rovero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gisela Kozak Con una iron\u00eda a prueba de bala, Julio Miranda comentaba en el pr\u00f3logo de El gesto de narrar (1998), refiri\u00e9ndose a los escritores locales m\u00e1s j\u00f3venes, que la literatura nacional no se hab\u00eda \u201cpacificado\u201d pues continuaba apegada nost\u00e1lgicamente a las aventuras guerrilleras de la d\u00e9cada del sesenta, hoy sorprendentemente de moda en la [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":3292,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[14],"tags":[44,3],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3291"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3291"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3291\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6904,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3291\/revisions\/6904"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/3292"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3291"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3291"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3291"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}