{"id":3274,"date":"2022-02-06T19:59:17","date_gmt":"2022-02-06T19:59:17","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3274"},"modified":"2023-11-24T18:34:23","modified_gmt":"2023-11-24T18:34:23","slug":"visiones-de-caracas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/visiones-de-caracas\/","title":{"rendered":"Visiones de Caracas"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Jes\u00fas Semprum<br \/>\n<\/strong><\/h4>\n<p>Tras los meses de la desolaci\u00f3n, durante los cuales, despojada de hojas, erig\u00eda al cielo sus brazos macilentos y retorcidos, la ceiba de San Francisco pimpollece de nuevo. Los pimpollos, primero t\u00edmidos y rubicundos, cobran ya matiz verde; y el \u00e1rbol magn\u00edfico aparece enteramente vestido con sus hojas nuevas, verdegaye las m\u00e1s fuertes, de un tinte anaranjado y rojizo las m\u00e1s tiernas. En el momento transitorio que ahora vive es como m\u00e1s me agrada contemplarla, porque produce una profunda impresi\u00f3n de vida rara y jubilosa.<\/p>\n<p>En las otras \u00e9pocas del a\u00f1o, cuando aparece desnuda, la ceiba ofrece un aspecto \u00e1spero y duro, llena de hoscos erizamientos en sus ramas peladas, cuyas puntas, vistas a la distancia, parecen p\u00faas agresivas. Y luego, su conjunto ofrece entonces una sequedad est\u00e9ril y repulsiva, como la huella de un dolor malvado. Al fin se siente contagiado uno, si la observa por mucho tiempo, de un sentimiento angustioso de aridez y de muerte, como si lo penetrara la convicci\u00f3n trist\u00edsima de la inutilidad den todo esfuerzo por la belleza, de lo perecedero de todas las galas; el viejo y obscuro abatimiento que sobrecoge a la humanidad cuando ve de cerca la destrucci\u00f3n final de sus individuos.<\/p>\n<p>En cambio, cuando su follaje llega a la plenitud del crecimiento, impresiona como una fuerza formidable de la naturaleza. Las hojas maduras, de tonos densos, que sugieren algo as\u00ed como la robustez de poderosos m\u00fasculos animales, se agrupan y aprietan y convierten el \u00e1rbol en una gran tienda de verdura, amparadora de p\u00e1jaros que cantan y de abejas que acendran miel; amada de las brisas que le mecen a comp\u00e1s sus luengos follajes; amiga de los hombres a quienes presta sombra y abrigo; c\u00f3mplice del artista a quien sugiere imaginaciones y fantaseos de clara hermosura.<\/p>\n<p>Mas ni siquiera es as\u00ed como me place contemplarla, sino como se nos aparece ahora, como una juventud llena de gallarda ufan\u00eda, como una promesa de bellezas futuras. Manifestando ya el br\u00edo y la opulencia de sus ramajes, posee todav\u00eda la gracia suave ligera de las infancias que se desvanecen en potentes nubilidades. La hoja endeble y temerosa apenas puede vacilar a\u00fan al soplo del viento; y el sol se cuela todav\u00eda por los claros de la fronda y pinta en el suelo extra\u00f1as manchas luminosas. Y as\u00ed es como un ejemplo de renovaci\u00f3n triunfante, como una lecci\u00f3n para el permanente esfuerzo que debemos realizar en la existencia, a fin de cambiar a la continua: es como un alegato fren\u00e9tico del supremo vigor de la esperanza.<\/p>\n<p>En las primeras horas de la ma\u00f1ana y en las postrimer\u00edas de la tarde, cuando el sol dora su copa y lanza, al herirla, rutilaciones deslumbrantes, brinda a los ojos que la contemplan con amor una extraordinaria fiesta de luces, relampagueos, tonalidades inesperadas y maravillosas. Es a tales horas cuando ostenta con mayor encanto el secreto de su hermosura, cuando parece predicar con toda su esplendidez imponente que la gracia de hoy no es m\u00e1s que preludio de la belleza de ma\u00f1ana, y que las fealdades y asperezas de ayer eran necesarias para la gracia de hoy.<\/p>\n<p>Y entre tanto, Caracas discurre indolente bajo el m\u00e1s hermoso de sus \u00e1rboles&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Cuando la ciudad reposa y duerme, el arrabal impuro vela todav\u00eda. Arrebujado en su tristeza, como un mendigo en sus harapos, espera, cual un mendigo a la vera de la ruta, la bastarda limosna del vicio, que al d\u00eda siguiente ser\u00e1 pan, alimento de su vida mezquina y repugnante. La callejuela, alumbrada por opacos y t\u00edmidos faroles de gas, tiene un aspecto de macilenta pesadumbre. La mugre y la impureza parece como si juntaran sus emanaciones en un solo perfume casi doloroso, que nos infunde malestar y desasosiego; como una r\u00e1faga impregnada de los olores de un hospital enorme y lejano. En el ambiente flota ese abominable y confuso olor de sentina, as\u00ed como una desgarrada invitaci\u00f3n del vicio.<\/p>\n<p>Las casas vierten en la calle luces indecisas. Ahora pobres fulgores vacilantes de candil, ahora claros brillos de l\u00e1mpara. Y por las ventanas se vislumbra el interior, bien como una tentaci\u00f3n o una sonrisa. \u00a1Y qu\u00e9 triste sonrisa de tentaci\u00f3n muestran algunas! Son p\u00e1lidas, angustiosas, llenas de resignaci\u00f3n muda y de tormento, esas sonrisas de la luz trasnochadora en las ventanas abiertas.<\/p>\n<p>Por la callejuela pasan raros transe\u00fantes. Unos con premura r\u00e1pida, como azorados fugitivos, otros con lentitud escudri\u00f1adora, tal vez pose\u00eddos sordamente de indecisi\u00f3n y secreta desconfianza, tal vez sofocando impetuosa avidez brutal. En la esquina, sentados en la acera, dos hombres discuten con calor, villanamente ebrios. En la taberna pr\u00f3xima otros muchos hablan, beben y fuman. El humo denso del tabaco forma una di\u00e1fana niebla, a trav\u00e9s de la cual los bebedores gesticulantes, risue\u00f1os o torvos, aparecen un poco fant\u00e1sticos, principalmente uno, gre\u00f1udo y solitario, de faz truculenta, que se inclina con silenciosa curiosidad sobre la sart\u00e9n en que debe de crepitar la fritura. A lo lejos, un vendedor ambulante pregona su caf\u00e9.<\/p>\n<p>A la esquina llega entonces un organillero con su organillo. Lo instala con grandes cuidados que podr\u00edan decirse cari\u00f1osos y principia a darle vueltas al manubrio con indolencia mon\u00f3tona. Entonces, invadido por la m\u00fasica, el suburbio despierta de su perezoso letargo y su languidez se anima como si se desperezara de su modorra habitual y oyera con atenci\u00f3n complaciente la canci\u00f3n de un dulce coro de \u00e1ngeles. Y sin embargo, la m\u00fasica del organillo es triste. De su vientre torturado surgen las notas rotas, agrias, como desgarradas por un diente oculto y feroz. Y se arrastran miserablemente por el suelo, como lisiados, o suben en un vuelo torpe, a malas penas, con incertidumbres y dolor de aves heridas. Expresan toda la congoja, el desaliento del propio suburbio enfermo y nefando. Y en la hora tranquila, en el ambiente poblado de quejumbres, parece escucharse la sinfon\u00eda ruda del arrabal adolorido. Es como un concierto de voces innumerables, pla\u00f1ideras, suplicatorias, como si la podrida callejuela en que se refugia la miseria bajo el yugo del vicio, vertiera en los sones del organillo errabundo una queja mortal, un clamor canallesco y hondo, desolado como la propia afrenta que ella ampara en sus ruines casucas, est\u00e9ril como el vientre mismo de las mujeres que en ella moran.<\/p>\n<p>Desparramadas en aquel sitio las lentas y gallardas contorsiones del tango, pierden su encanto penetrante y l\u00fabrico, y se convierten en siniestras contorsiones de tortura y de muerte, como en el mac\u00e1brico baile amoroso de un esqueleto, que intentase adular al deseo con el movimiento serpentino y horripilante de todas sus v\u00e9rtebras.<\/p>\n<p>Y sin embargo los borrachos que disputaban, sentados al borde de la acera, se levantan y aproximan al organillo complacidos, bien como si la m\u00fasica les acariciase, los refrescase interiormente, los arrancara a la so\u00f1olencia brutal de la borrachez. En la taberna alguien se ha asomado a la puerta y marca los compases con un bast\u00f3n sobre el pavimento. Y otro silba, con un silbido agudo, desagradable, acompa\u00f1ando la m\u00fasica. En las ventanas de las viviendas asoman rostros manchados de bermell\u00f3n, de labios \u00e1ridos y sangrientos como llagas, de ojos profundos, cercados de obscuras ojeras, anegados de estupefacci\u00f3n, de indiferencia o de fastidio, tal vez de una com\u00fan y fatal resignaci\u00f3n ante la existencia engendradora de podredumbre.<\/p>\n<p>El organillo calla. El organillero se aleja. Y sobre la callejuela cae entonces una mudez absoluta, aplastante como una losa funeraria. Y el silencio l\u00fagubre de la alta noche va a refugiarse en aquel lugar maldito como un enorme y f\u00e9tido can vagabundo, ro\u00eddo de sarna y de hambres. Me imagino ese grave silencio cual un gran perro sucio, tendido en la callejuela miserable bajo el temblor de silencio y de oro de las altas estrellas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>La colina, sembrada de bamb\u00faes verdes est\u00e1 casi solitaria en esta hora en que el mediod\u00eda acaba y la tarde principia. Apenas veo dos hombres, el uno sentado a mitad de la grader\u00eda ya resquebrajada, entre cuyas grietas prospera la hierba mezquina; el otro al pie de la estatua de Col\u00f3n, que desde la primera plataforma, en la que termina la escalinata, se\u00f1ala con el dedo, obstinadamente, en su pesada inmovilidad de bronce, cierto caser\u00f3n del feo suburbio extendido al mismo pie del cerro, orilla del barranco profundo, en cuyo fondo se desliza el agua silenciosa y exigua del Caroata. Con la frescura de la tarde llegar\u00e1n nuevos visitantes, casi todos gente de blusa, jornaleros sin trabajo, de manos rudas y rostro serio, ociosos profesionales y muchachos vagabundos.<\/p>\n<p>Pero en esta hora, casi de bochorno a\u00fan, el paseo est\u00e1 lleno de soledad. Uno que otro desocupado, dormitar\u00e1 all\u00e1 arriba, en un banco, bajo la frescura de la arboleda.<\/p>\n<p>El panorama caraque\u00f1o, contemplado desde el t\u00e9rmino de la grader\u00eda, es amplio y bello y permite sorprender una faz, por muchos inadvertida, de la ciudad. Puede uno verla como si ella reposara en descuido, as\u00ed como a hurto contemplar\u00edamos a una mujer en la intimidad de su aposento. Pero Caracas s\u00f3lo nos muestra sus espaldas, su lomo abigarrado e irregular. Es una confusi\u00f3n de techos rojos, paredes blancas, torres y c\u00fapulas. Desde las faldas del \u00c1vila, la ciudad desciende como con languidez perezosa, por el muelle declive, extendi\u00e9ndose por sus puentes innumerables, hasta el valle deleitoso y las vegas del Guaire, vestidas de puro verde claro en la gloria de una interminable primavera.<\/p>\n<p>Sobre el abigarramiento de los techos, en el cual alterna el rojo sombr\u00edo o intenso de los tejados con las manchas sucias del zinc, predominan con severa y muda vanagloria, las torres eminentes; las del Pante\u00f3n, en la lejan\u00eda azulada por tenues brumas, como dos flacos brazos de s\u00faplica, tendidos al cielo p\u00e1lido, donde sonr\u00ede una tranquilidad azul; las de la Pastora, achatadas, borrosas en la distancia; la de Catedral, pesada y \u00fanica, con su color de antig\u00fcedad impasible, mirando imperturbable con miradas de tedio a cuanto la circunda, con las miradas de los cuatro ojos \u00e1ridos de su reloj; las de la Merced, amarillentas. El Capitolio se alza plomizo y herrumbroso; el Municipal ense\u00f1a la mitad de su estatura corpulenta y junto al Teatro Nacional que da al Oeste con juvenil petulancia, una espalda blanca y nueva, Santa Teresa erige sus torres y c\u00fapulas distintas, con sus aires de bas\u00edlica orgullosa. Y m\u00e1s cerca, al Norte, como la nota m\u00e1s viva del paisaje, la \u00fanica bandera, izada en Miraflores, ondula a las brisas del Este su orgullo de iris.<\/p>\n<p>El sol derrama a\u00fan vivos fuegos. En las lejan\u00edas el ardor solar se amortigua, se enternece entre difusas neblinas. Y la ciudad parece llena de modorra bajo la luz c\u00e1lida. El \u00c1vila limpio de nieblas y brumas aparece muy claro, muy pr\u00f3ximo y ense\u00f1a como en una indulgente confianza, todos sus matices. Ant\u00f3jaseme as\u00ed ben\u00e9volo, lleno de cari\u00f1o suave hacia la vieja ciudad que vive hace siglos al amparo de su mole y a la cual ha visto, empavesada de j\u00fabilos en las horas felices o inundada de sangre, convertida en ruinas y llena de congojas; a la cual vigila desde el propio instante de su fundaci\u00f3n; a quien vio emprender la fuga, abandonando sus hogares, hacia el orto enigm\u00e1tico, en un d\u00eda de pavura y de l\u00e1grimas, y cuyo \u00faltimo d\u00eda presenciar\u00e1 tambi\u00e9n, sino es que a una misma hora la destrucci\u00f3n final los hiere juntos&#8230;<\/p>\n<p>Al continuar subiendo la colina, bajo el verdor de los \u00e1rboles, en la sombra fresca y dulce, por entre cuadros de flores, sobre innumerables hilos de agua de riego, que discurren por la tierra con un imperceptible rumor de caricia, semejante al que produce el vuelo de una mariposa en la calma y el silencio de un jard\u00edn solitario, veo la soledad habitual del paseo con ojos de tristeza. En un gran claro unos negritos mueven algazara ensayando un base-ball rudimentario, torturando la paz de los follajes con atroces chillidos. Un extranjero vestido de blanco los contempla con atenci\u00f3n y con todas las trazas de hallarse muy satisfecho. No lejos la voz nasal y \u00e1spera de un jardinero increpa a alguien, de seguro a alg\u00fan muchacho travieso, invisible para m\u00ed al trav\u00e9s de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>Abandonado a la soledad de su propia belleza, el Calvario se ha rodeado de melancol\u00eda. Los bamb\u00faes esbeltos se me antojan llenos de murria en su perpetuo cimbrarse bajo las manos de la brisa. Y el agua que fluye de la guarura rosa en ca\u00f1o pla\u00f1idero, llora la pesadumbre de la colina abandonada. Suspira tal vez la Naturaleza del sitio por un cuadro rumoroso, c\u00e1ndido y vivaz, digno del marco hechicero que ella misma forma. Sue\u00f1a tal vez con frescas risas de ni\u00f1os, con juegos de ni\u00f1os en alborozo, con coloquios de enamorados bajo las frondas indulgentes, con m\u00fasica de besos en el misterio de las penumbras. Sue\u00f1a acaso con todas esas cosas bellas y puras, que no le interrumpen ahora su sue\u00f1o solitario, sino fugazmente, como un r\u00e1pido y ef\u00edmero gesto de gozo.<\/p>\n<p>Al descender fatigado, me paro otra vez al pie del bronce de Col\u00f3n, que sigue se\u00f1alando con su dedo el caser\u00f3n contiguo. Pero el cielo no est\u00e1 ya limpio de toda nube como antes. Hacia el Norte y por el Oeste cruzan lentamente densos jirones blancos, de un blancor luminoso, como espesos copos de algod\u00f3n flotante. Todos se dirigen pausadamente, como en una marcha muy fatigosa, al occidente incendiado de sol. El \u00c1vila permanece a la misma distancia aparente, siempre mostrando todos sus matices a trav\u00e9s del aire muy di\u00e1fano. Pero las nubes errantes echan sobre el monte sus sombras, tambi\u00e9n m\u00f3viles. Y a trechos obscuro, y a trechos claro, el monte tiene un extra\u00f1o aspecto de tapiz ilusorio.<\/p>\n<p>Mi compa\u00f1ero, grande amigo de figuras extravagantes, me dice:<\/p>\n<p>\u2014Mira el cerro. Parece una vasta piel de tigre. El cerro, ataviado de ese modo, tiene algo de ferocidad tranquila. \u00bfNo es verdad que parece, con ese vestido que le prestan las nubes, un enorme, un fant\u00e1stico tigre, echado a la vera de Caracas, entre Caracas y el mar? Un formidable tigre paterno, echado all\u00ed por los siglos de los siglos, a velar el sue\u00f1o y las vigilias de la ciudad, d\u00e9bil y pobre ante el monstruo pintoresco&#8230; entre la mar perversa y llorosa y la ciudad fr\u00edvola y confiada, ser\u00eda como un centinela amoroso y terrible&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Por la noche, los alrededores de la plaza Bol\u00edvar, alegrados de luz el\u00e9ctrica, con sus tiendas de escaparates llamativos y sus botiller\u00edas llenas de luces, cobran un aspecto de melancol\u00eda confusa, a despecho del tr\u00e1fico numeroso y de las casas resplandecientes de alegr\u00eda. Los edificios oficiales, con sus puertas y ventanas cerradas, parecen dormir obscuramente; la Catedral conserva su aire austero y taciturno, arropada en su desd\u00e9n de piedra, pregonando las horas con insolencia despreciativa. Los transe\u00fantes pasan apresurados, llenos de preocupaci\u00f3n, sin mirar en torno. Los paseantes tienen una indolencia augusta y triste, como de cansancio, las manos a la espalda, el cigarro en la boca, buscando el compa\u00f1ero habitual con quien hablar del \u00faltimo suceso ruidoso. Los \u00e1rboles de las orillas de la plaza padecen un fastidio negro, vestidos de miseria y de sombra, escuchando el palique mon\u00f3tono de los hombres ocupados en sus f\u00fatiles problemas all\u00e1 abajo. Y se vuelven hacia arriba, a conversar ellos a su vez no s\u00e9 qu\u00e9 cosas con los rubios luceros. Seguramente los luceros piadosos consolar\u00e1n a sus buenos amigos de la tierra, con brillantes razones, desde el terciopelo \u00edndigo que los aprisiona en los cielos inalcanzables. Los focos el\u00e9ctricos parpadean en las esquinas con sus ojos deslumbrantes de centinelas. Alguna cigarra atrevida chirrea entre los follajes su canci\u00f3n aguda.<\/p>\n<p>La soledad y el silencio van invadiendo aquellos contornos. Cuando el pito de los gendarmes comienza a desgarrar la noche, como una aguja fina y resonante, los paseantes, los visitadores del lugar se han ido casi todos. Queda alg\u00fan ocioso remiso, alg\u00fan infeliz, que no encuentra en donde dormir; alg\u00fan desocupado que espera los primeros bostezos del sue\u00f1o para irse a la cama. Ciertos coches cruzan entre tanto las calles con lentitud, buscando clientes.<\/p>\n<p>Pero la nota cruel, dolorosa, es la del vicio errabundo por las aceras, que va pescando con su gancho de oprobio la vida de ma\u00f1ana. Las mozas del partido halconean por aquel sitio como un enjambre de l\u00e1stimas. Van, vienen, pasan junto a los hombres indiferentes, exasperan la invitaci\u00f3n de sus andares, claman, m\u00e1s con sus bocas marchitas, con el silencio desolado y descarado de sus ojos \u2013flores de impureza y de hast\u00edo\u2013, anegados de inconsciente desesperaci\u00f3n ante la vida l\u00fagubre. Pero en vano aletean como mariposas de ignominia y miseria las pobres cortesanas (\u00bfde qu\u00e9 corte de Angustias?), en vano giran en \u00e1rida ronda por el arroyo, bajo los \u00e1rboles que dialogan con las puras estrellas. El reloj va ta\u00f1endo las horas desde la alta torre. La soledad va dilatando su silencio. Ellas entre tanto, discurren sin ideas, llenas de sorda inquietud, como animales que presienten c\u00f3mo el hambre se avecina, y prolongando sus sonrisas de fiebre y mirando con ojos dilatados de estupor, profundos de azoramiento.<\/p>\n<p>Pero la nota de piedad no falta. \u00bfD\u00f3nde que hubo y gimi\u00f3 una pesadumbre no asoma un consuelo? Un mendigo trasnochador, lisiado de una pierna, va recorriendo esos parajes en las horas desiertas de la noche, rompiendo el silencio so\u00f1oliento con los golpes de sus muletas, secos e is\u00f3cronos, mientras las busconas pasean su b\u00fasqueda. Ese viejo canoso, in\u00fatil y medio borrach\u00edn, va habl\u00e1ndolas, bromeando, consol\u00e1ndolas a su manera, con extra\u00f1as razones, de una sabidur\u00eda y dulzura extravagantes. Algunas r\u00eden, sin comprender los discursos estrafalarios del viejo; las m\u00e1s no le hacen caso y siguen su camino de desespero sin o\u00edrlo; otras lo escuchan largamente y se van medio consoladas con sus palabras. El viejo sigue su camino, parlanch\u00edn y meditabundo, acaso pensando en cosas tristes, acaso lleno de ef\u00edmeras venturas alcoh\u00f3licas&#8230;<\/p>\n<p>Y muchos hombres, si lo vieran en esa tarea, pensar\u00edan que este viejo desarrapado y cari\u00f1oso, es el mismo Satan\u00e1s, vigilando y dirigiendo su aprisco&#8230; Y otros supondr\u00edan que por su boca hablaba humildemente Jes\u00fas, Nuestro Se\u00f1or.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Un rinc\u00f3n de silencio y de paz, lujoso de \u00e1rboles y de sombra, oculto entre las callejuelas de Candelaria. Por la noche su soledad inculta tiene mucho de nemoroso, y en ciertos parajes podr\u00eda uno creerse en medio de un oquedal, si no fuera por los faroles de gas que se fastidian en la tiniebla. Grande y umbroso, el parque tiene en las horas nocturnas un aire de severa desolaci\u00f3n. La soberbia de sus altos \u00e1rboles se viste de luto, el c\u00e9sped claro y pr\u00f3digo que tapiza la tierra se ennegrece y los rumores se apagan en su t\u00e9rmino opaco. S\u00f3lo el fr\u00edo chirrido pertinaz de los grillos, la canci\u00f3n viuda de alguna cigarra o el grito de una errante ave nocturna rompen el silencio. El mismo viento no alborota mucho entre los follajes. El parque en su antig\u00fcedad y su descuido parece vivir en una lejana ciudad muerta.<\/p>\n<p>En la prima noche los valses de alg\u00fan piano dom\u00e9stico de las cercan\u00edas suelen turbarle su reposo. Por la tarde algunos chiquillos corren y chillan bajo la arboleda. Nada m\u00e1s turba la perfecta tranquilidad, sino son los amores discretos del gendarme con la cocinera o el idilio de alguna otra pareja errante. Los perros vagabundos tambi\u00e9n buscan amparo en la frescura de la hierba.<\/p>\n<p>Sentado en una piedra de las que forman la gruta inmunda que se levanta en todo el centro de la plaza, miro la soledad y escucho el silencio. En la alta noche el cielo se abisma en tremendas profundidades cr\u00edtica, visiones y di\u00e1logos y las estrellas p\u00e1lidas parecen mirar hacia la tierra con ojos inundados de sue\u00f1o. Las ramas de los \u00e1rboles se inclinan como pose\u00eddas tambi\u00e9n de una invencible so\u00f1olencia. S\u00f3lo los chaguaramos paralelos erigen con imperturbable firmeza sus copas hacia el espacio triste. Una neblina muy tenue y di\u00e1fana se difunde en el \u00e1mbito y pone en torno de los faroles de llama amarillenta un halo mortuorio y blanquecino, como alrededor de un ojo una ojera. Un ligero h\u00e1lito fr\u00edo se exhala de no s\u00e9 d\u00f3nde e inunda el paraje: quiz\u00e1s venga de la sombra de los ramajes, tal vez de la bruma, tal vez de los cielos distantes en que est\u00e1n tiritando las estrellas. Es como la impresi\u00f3n de una presencia misteriosa y aciaga en el recinto lleno de mudas gestaciones. Un perro gris, muy flaco, atraviesa el claro central con pasos mustios.<\/p>\n<p>Ahora la ciudad duerme. Y yo procuro adquirir, in\u00fatilmente, en el sosiego del sitio, la imagen completa y viva de la ciudad que reposa. Me parece entonces una ciudad remota y desconocida, ya libre de la zozobra y de las fiebres de las ciudades, petrificada en un olvido de centurias, yerta en una quietud prehist\u00f3rica.<\/p>\n<p>Pero en el regazo de este silencio escucho voces confidenciales. Los c\u00e9spedes tenebrosos bajo la noche, que a la luz del sol florec\u00edan en verdores p\u00e1lidos y resplandecientes, tienen la tristeza confusa de un hermoso tapiz vuelto al rev\u00e9s. La gloria verde y gallarda de la hierba florida dura muy poco espacio&#8230; Los \u00e1rboles viejos, cubiertos de par\u00e1sitas innumerables y doblegados en muda melancol\u00eda sobre la tierra como con ansiosa curiosidad, poseen una confianza pura y sencilla. Vieron al hombre agitado en la alegr\u00eda o en el duelo y tambi\u00e9n moribundo; vieron tremolar banderas y apagarse los v\u00edtores ardientes en los labios desencantados, tal como la hierba fresca se qued\u00f3 a sus plantas convertida en secos manojos que barrieron las brisas.<\/p>\n<p>El poeta sinti\u00f3 correr con acerba y dulce abundancia la vena l\u00edrica en su coraz\u00f3n y cant\u00f3 en el secreto de su vida rec\u00f3ndita las ant\u00edfonas contrarias del gozo y de la pena, en el refugio de la selva min\u00fascula. No vio los perros de encarnizados ojos feroces y \u00e1vidos dientes, que contempl\u00f3 en cierta ocasi\u00f3n, en las callejuelas vecinas, un fil\u00f3sofo que tal vez se sent\u00eda lleno de lobreguez tr\u00e1gica. No quiso buscar la ma\u00f1ana bajo las frondas ni ver la plaza a la cruda luz desolada de los mediod\u00edas y evit\u00f3 la luna como debemos evitar que nos miren con insistencia casual las pupilas de las mujeres hermosas e indiferentes, por temor de caer en rid\u00edculo&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Tambi\u00e9n el dolor es un oficio como la risa. No ya cual las pla\u00f1ideras alquilamos nuestro lamento y nuestro llanto, sino que vendemos el mismo dolor sincero de nuestro esp\u00edritu. No son ya s\u00f3lo lamentaciones y l\u00e1grimas de f\u00f3rmula. La pesadumbre se explota como una rica mina de obscura obsidiana. Una mina honda y l\u00fagubre, como una gehena&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Mientras andamos en el comercio con los hombres en lo m\u00e1s escondido del pensamiento van acumul\u00e1ndose lentas gotas de angustia. Y nos revestimos interiormente de una capa de excrecencias deformes, como la corteza de algunos \u00e1rboles enfermos&#8230; Suplantamos con el delirio de las pasiones o con el tormento de las ansias no cumplidas, la vestidura de ingenuidad de los corazones.<\/p>\n<p>\u2014Bajo la inmensa noche sembrada de turbios luceros, en el lugar casi agreste, donde impera una gracia r\u00fastica, podemos despojarnos del artificio y de la tortura cotidiana y tejer una tranquila meditaci\u00f3n bajo los follajes dormidos&#8230; Como a los brazos de la madre tras una larga ausencia, llegamos al seno de la Naturaleza con amorosa alegr\u00eda tras el olvido continuo en que la tenemos durante la existencia diaria. Aunque sea naturaleza vigilada y protegida por el ojo municipal&#8230; Madre Naturaleza&#8230; S\u00f3lo nos est\u00e1 permitido so\u00f1ar o leer buc\u00f3licas, porque no somos amigos de la \u00e9gloga real, y para nosotros los prados existen in\u00fatilmente. Y sin embargo, el gendarme burdo y la fregona en su coloquio de enamorados deben mucho de su ventura a los pobres \u00e1rboles hojosos de quien nadie se acuerda&#8230; En los ojos del perro refugiado bajo la espesura, una chispa de agradecimiento se dilata con infinita mansedumbre. Dij\u00e9rase que los \u00e1rboles reparten dicha y toman para s\u00ed parte de la amargura que junto a ellos pasa, tal como hacen con las sustancias de la atm\u00f3sfera&#8230;<\/p>\n<p>La neblina se ha ido tornando m\u00e1s densa. Los faroles est\u00e1n m\u00e1s tristes. Sobre la plaza cae la mirada tediosa de las estrellas con una imponderable languidez. Y el aire se me antoja como saturado con el rumor imperceptible y piadoso de una palabra pronunciada en guisa de confidencia&#8230; La misma palabra que es el nombre de la plaza hermosa y desierta&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Desde la hondura que exhala ligeros frescores, el r\u00edo diafaniza en el ambiente lleno de calma su largo, perpetuo y h\u00famedo murmullo. Los \u00faltimos destellos del crep\u00fasculo agonizan en el poniente taciturno y viol\u00e1ceo, donde poco antes esplendi\u00f3 en un lujo sacr\u00edlego de sangres y oros, una fauna fant\u00e1stica de dragones, endriagos y quimeras de cruda p\u00farpura o violentos amarillos. Apenas una l\u00f3brega franja c\u00e1rdena, tendida sobre los cerros tenebrosos, delata la fuga de la tarde. El lucero vespertino late con un brillo casi de llama, cual un vivo coraz\u00f3n de oro en los cielos oscuros.<\/p>\n<p>Ya los coches han abandonado el paseo. Una victoria pasa mirando con sus dos ojos gualdos, sacudiendo en una vibraci\u00f3n estrepitosa la armadura del puente. El r\u00edo calla entonces, para emprender de nuevo, tras la fuga veloz del carruaje, su fresco murmullo, bajo el alto puente sonoro. El v\u00e9spero riega sobre las linfas errabundas su brillo de oro en manojos tr\u00e9mulos; y su reflejo finge en las ondas min\u00fasculas del agua una inquieta palpitaci\u00f3n de escamas rubias. Las luces el\u00e9ctricas azoran el paisaje con sus r\u00e1pidos parpadeos repentinos.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1ntos poetas han cantado las arenas, las m\u00fasicas y el l\u00edquido caudal de este r\u00edo que entona all\u00e1 abajo su permanente ant\u00edfona dulce! En los buenos tiempos de anta\u00f1o los trovadores comenzaron a decirle rimas p\u00e1lidas con filial veneraci\u00f3n. En la inocente era rom\u00e1ntica, cuando los poetas gordos, sencillos y bonachones, se cre\u00edan obligados a estar tristes, como un saucedal cuando anochece, y a imprecar y gemir siguiendo a los pobres poetas de Espa\u00f1a, cu\u00e1ntas veces no mirar\u00edan con deleite el discurrir de los exiguos raudales, y escuchar\u00edan con placidez afable, mientras el crep\u00fasculo se ajaba en los cielos como un desmesurado heliotropo, la voz discreta y melanc\u00f3lica del Guaire, desde sus riberas floridas. Y acaso m\u00e1s de una vez comprendieron entonces que la vida es dulce y bella, que la propia melancol\u00eda suele posarse sobre el \u00e1nima cual una caricia ben\u00e9vola, sin resabios de amargura; y se acordaron de sus cantinelas l\u00fagubres y de sus ritmos de congoja con una sonrisa bondadosa y confusa&#8230;<\/p>\n<p>No ha sido nunca muy caudaloso el pobre Guaire. D\u00edcenme que un tiempo trajo m\u00e1s copia de aguas para su ruta risue\u00f1a, y hasta que navegaron en \u00e9l barquichuelos y botes. Estas pueden ser malignas cuchufletas de los hombres. Es verdad que ning\u00fan cantor puso \u201cel esquife\u201d, usual en cierta \u00e9poca, a romper sus ondas pac\u00edficas. \u00bfPero no se desmand\u00f3 alguien a pintarnos \u201czagalas y pastores\u201d que divagaban por sus orillas cantando endechas? Solo falt\u00f3 el caramillo, porque hubiera sido demas\u00eda y desacato, no obstante que bien puede prosperar el tomillo r\u00fastico o juguetear el cefirillo por las vegas.<\/p>\n<p>Pero nadie le ha repetido al riachuelo enjuto aquel verso ir\u00f3nico que dirig\u00eda al Manzanares Francisco de Quevedo, seguramente acompa\u00f1\u00e1ndolo con una mirada de malicia detr\u00e1s de sus antiparras burlonas. \u201cArroyo aprendiz de r\u00edo&#8230;\u201d<\/p>\n<p>El Guaire no es vanidoso ni presume de gran se\u00f1or. Se desliza humildemente por el valle deleitoso, ci\u00f1endo con un abrazo de amor a la ciudad, ampar\u00e1ndose a sus t\u00e9rminos con morosa lentitud de enamorado. Es antes hijo que padre de Caracas. No tiene la paterna majestad de los r\u00edos fuertes. Es vocinglero y pueril. No relata cuentos heroicos ni aventuras tr\u00e1gicas ni viene de los bosques profundos, poblados de visiones y leyendas, a decir con lengua ruda el secreto de comarcas ignotas y tribus desaparecidas. En su fr\u00edvola locuacidad se ha borrado el recuerdo de los viejos Caracas que un d\u00eda habitaron sus riberas. Ha olvidado todo lo antiguo, grande y sangriento y no sabe sino balbucir en ingenuo idioma las travesuras cristalinas del agua en los manantiales remotos.<\/p>\n<p>Aseguran, sin embargo, que algunas veces su cordial sonrisa se transforma en mueca de rabia; que crece y se cubre de espumas de ira y ruge, como una alima\u00f1a col\u00e9rica, sobre la modestia de su cauce. Ha llegado hasta empurpurar con reflejos luctuosos de tragedia la habitual mansedumbre de su curso&#8230; C\u00f3leras fugaces de ni\u00f1o&#8230;<\/p>\n<p>Mi solitaria pesadumbre interpret\u00f3 en el silencio de la noche el murmullo claro de las aguas. Y eran como voces salidas de un coraz\u00f3n gemelo. Acaso tiene el r\u00edo sus horas de tristeza. En el silencio profundo vibraba una invocaci\u00f3n pat\u00e9tica al amor y al olvido, que parec\u00eda brotar de las entra\u00f1as de la linfa corriente. Sonrisa de humildad y de resignaci\u00f3n, odio al estruendo importuno de los torrentes y a la perfidia azul de las praderas oce\u00e1nicas:<\/p>\n<p>\u2014Canta y sue\u00f1a bajo las frondas ignoradas: construye tu huerto de invulnerable alegr\u00eda bajo los altos puentes, lejos de las muchedumbres que se embriagan de j\u00fabilos ruines, lejos de las enormes monta\u00f1as orgullosas&#8230;<\/p>\n<p>Convertido en un r\u00edo urbano que adula a la ciudad con sus lamidos y su asidua canci\u00f3n, acaso no dir\u00e1 lo mismo en otras noches y a otros o\u00eddos. Acaso prefiera entonces a la libertad perfecta, sin puentes, ni labranzas, ni paseos, el deleite de copiar de continuo un desfile de carruajes sonoros o la delgada silueta de tentaci\u00f3n de una se\u00f1orita vestida de claro, que contemple con divinos ojos est\u00fapidos la desnudez armoniosa de las aguas&#8230;<\/p>\n<p>V\u00e9spero entretanto hace ligeras cabriolas \u00e1ureas sobre las ondas fugitivas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Bajo mi balc\u00f3n, en la calle abrasada de fuegos solares, la recua est\u00e1 inm\u00f3vil, al borde mismo de la acera. En esta calle de comercios y almacenes no falta nunca una de estas filas de burros rabiatados, que llegan de caminatas melanc\u00f3licas por las rutas asoleadas y polvorientas, o aguardan la carga para emprender el camino. Impasibles y resignados, esperan, alineados bajo el brav\u00edo riego del sol, en tanto que los arrieros de rostros curtidos y largas blusas mugrientas acarrean los fardos, charlan en su lenguaje pintoresco o refrescan con el carato que un rapag\u00f3n escrofuloso y flacucho pregona a voz en cuello, acompa\u00f1\u00e1ndose con el rumor cristalino e igual que arranca h\u00e1bilmente de la botella, choc\u00e1ndola contra el vaso amarillento y nada limpio que lleva en una misma mano, mientras en la otra balancea un c\u00e1ntaro rebosante de agua fresca, que sirve a la vez para lavar el vaso y para que se mantengan fr\u00edas otras botellas de la bebida que \u201calimenta, refresca y fortalece\u201d seg\u00fan su preg\u00f3n continuo y sonoro.<\/p>\n<p>El traj\u00edn de los carreteros, la bulla de los vendedores ambulantes, el chirrido \u00e1spero de los convoyes de carretas, ni los innumerables ruidos del ajetreo, que llenan la calle junt\u00e1ndose en un solo zumbido, arrancan a la recua macilenta de su actitud inm\u00f3vil. Gachas las cabezas, los ojos lacrimosos entrecerrados, apenas denuncian su propia vida cuando agitan las orejas peludas y grandes para sacudir las moscas importunas que los acosan, revoloteando en el aire c\u00e1lido con irritante zumbido. Mueven las orejas un punto y tornan a su inmovilidad de desolaci\u00f3n.<\/p>\n<p>No tienen siquiera la curiosidad, que es lo \u00faltimo que suelen destruir las tristezas. Permanecen del todo indiferentes a cuanto ocurre en torno.<\/p>\n<p>No es la indiferencia majestuosa, rica en desdenes, casi despreciativa, de los gatos esbeltos y taciturnos, que se deslizan por los corredores familiares con lentitud de reyes hastiados. Es el aniquilamiento total de los deseos de ver y de ser, la resignaci\u00f3n profunda y definitiva, la aceptaci\u00f3n del oficio fatigoso, de los tremendos varapalos, de los \u00e1ridos y ardorosos caminos, del perpetuo ir y venir con la carga a cuestas, al son de la campanilla triste que va repicando al cuello del asno delantero, y regando por las sendas solitarias, por los paisajes silenciosos y magn\u00edficos, sus tenues clamores de melancol\u00edas, con un aviso claro y mon\u00f3tono.<\/p>\n<p>La sonrisa luminosa de las ma\u00f1anas, la vibraci\u00f3n febril de los mediod\u00edas o el tibio y pesaroso encanto de los crep\u00fasculos, pasan sucesivamente sobre las recuas infatigables que conducen su carga y su tristeza por los senderos sin fin. Los burros avanzan, avanzan, impasibles. Los p\u00e1jaros del camino suelen burlarse en sus parler\u00edas melodiosas de aquellas bestias graves. Se burlan de sus fachas desgarbadas y zurdas, de sus feas patas nudosas, de sus orejas inquietas y enormes. Los burros pasan sin o\u00edr el coloquio fisg\u00f3n de los p\u00e1jaros.<\/p>\n<p>Cuando alguno se retrasa o desv\u00eda, un garrotazo oportuno corrige el error o destruye el cansancio. El d\u00edscolo, tras un trotecillo de excusa, vuelve a sumirse en su apat\u00eda; las orejas le cuelgan m\u00e1s lacias y entrecierra los ojos lacrimosos con mayor indiferencia ante el espect\u00e1culo de las amplias carreteras. El cristal de sus ojos copia los campos verdes, las monta\u00f1as, los aldeorrios que se agrupan entre los \u00e1rboles, a la vera de los caminos; pero ellos no ven nada. Algunas veces los seducen las hierbas h\u00famedas y apetitosas, junto a las cuales caminan, pero el garrote listo y vigilante del arriero, pone en fuga a tiempo sus malos pensamientos de refocilo. Acaso alg\u00fan d\u00eda contemplan con tristeza infinita sus propias im\u00e1genes reproducidas en el agua risue\u00f1a y l\u00edmpida de alguna quebrada. En la frescura del espejo l\u00edquido las figuras de sus cabezas rid\u00edculas y deformes les parecer\u00e1n una mofa maligna, una burla cruel de las aguas vocingleras y regocijadas.<\/p>\n<p>Ahora, inm\u00f3viles all\u00e1 abajo, con sus pelajes astrosos y las cabezas inclinadas a tierra con irremediable pesadumbre, me parecen m\u00e1s tristes, m\u00e1s lastimosos, m\u00e1s dignos de piedad que toda criatura de Dios; m\u00e1s que los mismos bueyes de ojos abismados en un asombro doloroso y eterno, m\u00e1s que los bueyes tardos y gordos que uncidos a la carreta o al arado, arrastran su obesidad indolente de eunucos; m\u00e1s que las fieras de circo; m\u00e1s que el hombre&#8230;<\/p>\n<p>Por la noche en el corral\u00f3n convertido en cuadra, bajo la luna complaciente, mientras mascan las \u00faltimas hojas de malojo cruzar\u00e1n los pescuezos escu\u00e1lidos sobre el pescuezo acogedor del hermano, y se quedar\u00e1n as\u00ed, cabizbajos, contemplando melanc\u00f3licamente las tristes y extra\u00f1as sombras que en el suelo manchado de celeste blancura, pinta la clara luna llena.<\/p>\n<p>Y ma\u00f1ana resonar\u00e1 con angustia por los senderos el tenue y penetrante clamor de la esquila que gu\u00eda a la recua.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jes\u00fas Semprum Tras los meses de la desolaci\u00f3n, durante los cuales, despojada de hojas, erig\u00eda al cielo sus brazos macilentos y retorcidos, la ceiba de San Francisco pimpollece de nuevo. 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