{"id":3221,"date":"2022-02-05T18:43:39","date_gmt":"2022-02-05T18:43:39","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3221"},"modified":"2024-01-19T20:45:12","modified_gmt":"2024-01-19T20:45:12","slug":"dos-cuentos-de-orlando-chirinos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-orlando-chirinos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Orlando Chirinos"},"content":{"rendered":"<h3>\u00daltima luna en la piel<\/h3>\n<p>Desde all\u00e1 arriba lo he venido a buscar, Padre, porque nos dijeron que su vida est\u00e1 hecha un desastre. He dejado el musgo apelusando la piedra y la humedad entre la hojarasca renegrida. Dej\u00e9 los rincones ahumados, las figuras gelatinosas de Madre y los otros, en la penumbra de los cuartos que Usted conoce. Me he bebido la niebla por un solo canal, aquella humareda amasada desde las tejas cariadas por el sol y la lluvia de enero. Hice de m\u00ed la angustia del camino en despe\u00f1o, la voz de Madre en la boca oscura, mientras apu\u00f1aba las cabecitas contra su cuerpo.<\/p>\n<p>Desde all\u00e1 arriba he venido en su busca, Viejo, porque Usted parece haber olvidado el canto del Titirij\u00ed sobre la cerca, el olor a animal sudado, las cuerdas vegetales abotonadas en rojo.<\/p>\n<p>En otro tiempo Usted fue Usted, almidonado y blanco en el lino, protegido en el ala ancha y tejida, montado sobre el animal, d\u00f3cil bajo su mano. Antes Usted tuvo un nombre y una voz, Padre, sin importar los santos de la abuela flotando en la alberca. Eran cosas del r\u00edo de fuego inclemente que iba cociendo sus palabras en el suelo, hasta dejarlo macerado en noche y lodo.<\/p>\n<p>Usted despotricaba en la melaza, aturdido sin remedio en las pencas cocidas bajo el reino de Heres.<\/p>\n<p>Ya est\u00e1bamos acostumbrados a esto, a su voz nasal, de cuando llegaba tomado y comenzaba a insultar los mu\u00f1equitos presos tras los vidrios. El otro sol lo alejaba entre las copas morro\u00f1osas de las pi\u00f1as, so\u00f1oliento y ensedecido, la noche anterior devor\u00e1ndole como una pira incre\u00edble las v\u00edsceras reblandecidas. Ahora era Tot\u00f3n, Padre, El Viejo, manso y callado entre el olor a barras derretidas de chocolate, tranquilo en la sala, hasta donde llegaba el incienso ardiendo en el cuarto de los santos. Era entonces Usted, con la piel magullada, enrojecida\u2026 Gaide escarbando entre su pelo, triturando entre las u\u00f1as los peque\u00f1os globos gris\u00e1ceos, llenos de sangre suya:<\/p>\n<p>\u2014Esto sucedi\u00f3 hace mucho tiempo, cuando el Sol y la Luna y la Tierra eran todos lo mismo\u2026<\/p>\n<p>Tras Usted he venido, Tot\u00f3n, aunque haya sido preciso echarme a cuestas todo el susto de la ciudad, la mucha luz de las superficies lisas, en las pupilas ardidas de calles angostas y de tejados milenarios. La soledad me ha roto todo el moho del bronce, aquellas masas acampanadas chorreando trinos en negro y blanco, el roble labrado y seco, los macasares agriando el viento nacido en La Vela.<\/p>\n<p>\u2014Por aqu\u00ed pasa, dicen, coge la Zamora hacia arriba y se va ara\u00f1ando el barro te\u00f1ido, la cara se le va desmoronando como si fuera un terr\u00f3n\u2026<\/p>\n<p>\u201cPor aqu\u00ed pasa\u2026\u201d, dicen, sin saber su ra\u00edz, ni su piel verdadera y pura, sin saber que antes Usted fue Padre, con la piedra de la vida misma en el pecho, con las manos talladas en las rugosidades de las rocas de Pitirr\u00ed, hombre que se atrevi\u00f3 a mirar cara a cara al hijo de Bengala.<\/p>\n<p>He venido porque es preciso que la sangre vaya buscando el cauce final, porque se acab\u00f3 Nostradamus y Pigmali\u00f3n en la casa, porque se nos volvi\u00f3 una pura agua amarga la espiga en la boca, la noche se hizo un solo caos en la bo\u00f1iga revuelta en el solar\u2026las patas se arremolinan y dan golpes aguados en la yerba mojada\u2026<\/p>\n<p>Se nos disolvi\u00f3 el aro c\u00e1lido y las noches derretidas en la cera taponada de cobre manoseado, un palpitar angustioso cobija los peque\u00f1os, y Madre no se resigna a olisquear solo en sue\u00f1os su olor a cajeras y abejas.<\/p>\n<p>\u201cPor aqu\u00ed pasa\u2026\u201d, dicen, y se\u00f1alan sus rutas nocturnas, sus caminos de San Gabriel arriba, cuando Usted se va todo cocuyo, ardido en el l\u00edquido generoso y fuerte.<\/p>\n<p>El dedo me ha llevado a quebrar la plata en las aguas distantes, he flechado Chimpire con el cuerpo de canto, evitando el hierro ensombrecido o la voz envejecida del fraile de Catedral. Conozco los espantos de Cruz Verde, los zeretones del Pantano, las sombras de la Aurora, no tiemblo ante el cuj\u00ed moliendo a vidrio en los ramales gruesos, ni evito el grito que lame los portones de San Clemente.<\/p>\n<p>Me dijeron \u201cPor all\u00ed\u2026\u201d, y por all\u00ed tir\u00e9 los pies, tras la esperanza llena de miedo y temor.<\/p>\n<p>Ol\u00ed la lluvia lejana que ven\u00eda trepidando sobre Santa Rosa y Mataruca, pod\u00eda so\u00f1ar las palmas erizadas de espinas, desgajadas sobre las tetas arenosas, el san Antonio asaltando la teja m\u00e1s alta, y quiz\u00e1 beberme de un sobresalto acre el encuentro de la savia olvidada y primitiva.<\/p>\n<p>Me fui tras el \u00edndice y la voz, persiguiendo sus a\u00f1os estropeados y duros. Cuando empez\u00f3 a llover, ya estaba hacia Bobare, las gotas ven\u00edan arreciando en los frontones, y el bulto estaba all\u00ed, Padre, como un mont\u00f3n de ropas mal tiradas, empapado, los cueros sobre el pu\u00f1o de dedos. Su rostro mugriento, manchas de grasa tatu\u00e1ndolo lastimosamente. Vestigios de un casimir decente, los bolsos llenos de nader\u00edas. Padre.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s amain\u00f3 el agua, hasta convertirse en un aliento tibio y sinuoso buscando los altos de las casas. Las piernas absorb\u00edan las luces all\u00e1 abajo, mientras la Luna se adue\u00f1aba de su casa, Padre. Las voces preguntaban la ligaz\u00f3n vital, su sangre y la m\u00eda, buscaban la huella perdida all\u00e1 arriba, Tot\u00f3n, donde los otros se quedar\u00e1n esper\u00e1ndole por los siglos de los siglos, borrados en las veredas de la lluvia, camino de Santa Cruz o de El Banqueo. Los ojos se le ir\u00e1n rodando sobre Uria, hasta amarillarles las pupilas y quem\u00e1rseles con el sol de Santa Mar\u00eda.<\/p>\n<p>Hasta aqu\u00ed he venido a buscarlo, Viejo, hasta el m\u00e1s nunca, con toda la tristeza del mundo en su piel \u00faltima de luna, sin querer comprender su cuerpo endurecido y quieto.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Hombre que viene de lejos<\/h3>\n<p>Por all\u00ed se present\u00f3 Arqu\u00edmedes anoche, Leo, como una mala cosa. Sudado y azufroso, con las huellas invisibles de las hendiduras y grietas resecas de la calle mal iluminada. Debe haberse venido liviano y suave como una hoja, a un palmo del suelo. Pasar\u00eda frente a \u00abEl Murall\u00f3n\u00bb sin hacer caso del vidrio contra el cemento, ni de la conga reventando los surcos del disco, digo yo. Sin ver a Gissela gamuzeando los c\u00edrculos aplanados de metal erosionado y mic\u00f3tico. Gissela vacilando en los tacones altos y de rayas culebreadas, sonando a glugl\u00fa la cerveza en los vasos. Sin ver a Gissela sacando el busto, pronunciando m\u00e1s el trasero, sacando pasitos y figuras cerca de la voz de El Benny.<\/p>\n<p>Debe haber pasado indiferente, sin ver el aglutino de sillas y mesas, las manos golpeando las planchas met\u00e1licas. La prisa le com\u00eda los pies, las manos tiesas, fr\u00edo y verde como una estatua abandonada, sin o\u00edr el amasijo de ruidos del sitio. Seguramente salt\u00f3 sobre la casa misma de Arturo, para evitarse el cruce de la calle, tropez\u00f3 las hojas sobre la cerca y desde all\u00ed grit\u00f3 \u00a1Arturo!, y sigui\u00f3 para ac\u00e1.<\/p>\n<p>Nadie lo esperaba y ni siquiera lo hab\u00edamos mencionado en estos d\u00edas. Por eso nos agarr\u00f3 de sorpresa, cuando se coloc\u00f3 en el marco de la puerta, apenas baboseado por la miga de luz que le llegaba de la sala. No sentimos cuando abri\u00f3 la reja, ni cuando sacudi\u00f3 los zapatos contra el quicio. Desde aqu\u00ed los vimos, en el hueco sin luz, medio inclinado hacia las hojas pulposas esas que est\u00e1n all\u00ed. Lleg\u00f3 en una hora hueca, en uno de esos momentos calmos, en uno de esos retazos de tiempo vaciados de todo y todo\u2026 Nosotros fuera del ruido, la ciudad como una gran larva viva, a lo lejos. Nosotros atrapados dentro de una nostalgia dulzona y consistente.<\/p>\n<p>Estaba delgad\u00edsimo el Arqu\u00edmedes, Leo. La cara medio barbada, las mejillas y los ojos escurri\u00e9ndose del rostro. Desmejorado y lejano. Ya no era aquel de cuando nos vinimos, alegre y parlanch\u00edn. Hab\u00eda cambiado mucho. Claro, esto no nos preocup\u00f3 mayor cosa, porque todos hemos cambiado, unos m\u00e1s que otros, pero hemos cambiado.<\/p>\n<p>Bueno, lo cierto es que se puso all\u00ed, calladito y triste, sin hacer caso de la se\u00f1a para que entrara. Pero, de verdad, se ve\u00eda mal, te digo. Nos pondr\u00edamos a hablar de all\u00e1, con toda seguridad, para que el sol nos crujiera en la piel y se nos abrillantara en el agua viva sobre la carne, llenos de brozas h\u00famedas y pegajosas. Acostados sobre las llemas y los tallitos tiernos, el o\u00eddo sobre el vientre terroso, o de cara al cielo, los ojos entrecerrados, las nubes columpi\u00e1ndose de cerro a cerro o haci\u00e9ndose tiras entre los montes m\u00e1s altos.<\/p>\n<p>De eso hubi\u00e9ramos hablado o de Justina\u2026 La casa escondida entre los naranjos, desliz\u00e1ndose en el lomo yerboso y ondulante. Justina oliendo a ca\u00f1a verde, desnud\u00e1ndose, tendi\u00e9ndose en el catre, abriendo los muslos fofos y viejos. Hubi\u00e9ramos hablado de muchas cosas si \u00e9l traspone el umbral, pero ya no somos los mismos que vinimos, ni siquiera los de un tanto atr\u00e1s, cruz\u00e1ndose ahora por la calle, inflados de una falsa prisa, postizos, con una afectaci\u00f3n innecesaria, maquillados para los actos vitales, o para comer salchichas chorreantes de mostaza, cualquier domingo en cualquier esquina. Son otros, realmente, los de los tragos del d\u00eda de pago, con otras caras y otros amigos, gente de otros lugares, con otras voces y otros gestos. Entalcados, enlavandados, Dios sabe cu\u00e1n lejos de nosotros mismos, Leo.<\/p>\n<p>A nosotros nos hab\u00edan contado que \u00e9l, Arqu\u00edmedes, se hab\u00eda mudado ahora poco, que estaba tocando, que se hab\u00eda plantado, con casa y mujer. Creo que ya ten\u00edan un hijo. Todo eso nos hab\u00edan contado de \u00e9l. Imag\u00ednate cu\u00e1nto tiempo har\u00eda que no lo ve\u00edamos, hasta anoche, cuando lleg\u00f3 y se fue, en segundos:<\/p>\n<p>\u2014 A lo mejor lo so\u00f1amos \u2014dijimos\u2014 o fue alguna sombra parecida a \u00e9l.<\/p>\n<p>Por eso ten\u00edamos que alegrarnos de su visita. Vicente no lo ve\u00eda desde donde estaba, en el piso, y se qued\u00f3 pas\u00e1ndose las manos sobre la panza abultada y peluda. Pero Mauricio y yo si pod\u00edamos verlo:<\/p>\n<p>\u2014Mira qui\u00e9n est\u00e1 ah\u00ed \u2014me dijo Mauricio, d\u00e1ndome con el codo.<\/p>\n<p>\u2014Cre\u00edamos que te hab\u00edas muerto hace tiempo\u2014 le dije, sin moverme de la silla, haci\u00e9ndole se\u00f1as para que entrara, sin fijarnos seriamente en sus huesos alargados, en sus manos amplias y nudosas sosteniendo la puerta. Sin tomar en serio su aspecto de cosa mustia, marchita, su vellosidad de enfermo, sus ropas estropeadas.<\/p>\n<p>Nadie lo vio apearse de bus, ni integrarse a las sombras, ni llegar donde Arturo y llamarlo, sin detenerse. En esas condiciones le debe haber resultado f\u00e1cil, de hab\u00e9rselo propuesto, atravesar el alambre, filtrarse como un aire por la malla y retirarse hasta abajo. Pero nadie lo vio cruzar la corona de luz de \u00abEl Murall\u00f3n\u00bb. Nadie. Se adue\u00f1\u00f3 de la entrada cuando \u00e9l quiso, suspir\u00f3 con todo el cuerpo, estremecido lentamente sobre toda la piel maltratada. Suspir\u00f3 y baj\u00f3 un poco la cabeza, sin importarle el grueso olor a sudor viejo, alquitranado, aquel olor a natas fermentadas que parte de los zapatos en reposo y de las telas \u00edntimas colgadas en ciertos salientes.<\/p>\n<p>\u00bfRecuerdas la otra vez cuando vino? Andaba medio ebrio, hablando sin parar, con los ojos brillantes y agrandados, con el tema del conjunto que estaba formando. Agarr\u00f3 la guitarra y cant\u00f3 hasta la madrugada. De aqu\u00ed se fue con Vicente y Robertico. Desde esa fecha no lo ve\u00eda.<\/p>\n<p>Arturo fue quien lleg\u00f3 esta ma\u00f1ana, temprano:<\/p>\n<p>\u2014Anoche mataron a Arqu\u00edmedes, por all\u00e1 donde viv\u00eda: Un tipo le rompi\u00f3 el pecho.<\/p>\n<p>Arturo llorando contra la pared.<\/p>\n<p>La cabeza recogida, como un glande fl\u00e1ccido. Serio entre el terciopelo negro. Muerto. Arqu\u00edmedes muerto, Leo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/orlando-chirinos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Foto: Jos\u00e9 Antonio Rosales<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00daltima luna en la piel Desde all\u00e1 arriba lo he venido a buscar, Padre, porque nos dijeron que su vida est\u00e1 hecha un desastre. He dejado el musgo apelusando la piedra y la humedad entre la hojarasca renegrida. 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