{"id":3080,"date":"2022-01-23T18:56:25","date_gmt":"2022-01-23T18:56:25","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3080"},"modified":"2024-09-06T00:13:14","modified_gmt":"2024-09-06T00:13:14","slug":"dos-cuentos-julio-calcano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-julio-calcano\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Julio Calca\u00f1o"},"content":{"rendered":"<h3>Trist\u00e1n Cataletto<\/h3>\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ea! \u00a1Marco Larvato, tabernero de los infiernos! Mu\u00e9vete y tr\u00e1eme un jarro de ponche espumoso, que como el agua del pa\u00eds de los Ciconios tenga la virtud de petrificarme las entra\u00f1as. Anda, querido Larvato, y tr\u00e1eme tambi\u00e9n una gran pipa holandesa, que me haga olvidar que estoy en el mundo.<\/p>\n<p>El que as\u00ed entraba en la taberna de <em>La Cruz Negra<\/em> era un joven de tez p\u00e1lida, de rostro melanc\u00f3lico que contrastaba con la volubilidad que acusaban sus palabras, y vestido todo de negro.<\/p>\n<p>\u2014Calle usted, se\u00f1or Ubaldo Cataletto \u2013d\u00edjole al o\u00eddo el tabernero, al poner la pipa y el ponche sobre la mesa a que se hab\u00eda sentado el joven\u2013, calle usted, por vida m\u00eda, no sea que al tomar el ponche suceda a su lengua lo que al palo que introduc\u00edan en la fuente de Athamant\u00eds, que cuenta la leyenda que sal\u00eda hecho viva ascua; vea que hoy estamos a trece y tenemos malas visitas, a\u00f1adi\u00f3 luego gui\u00f1ando los ojos hacia uno de los extremos de la sala.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A trece!, \u00a1funesta idea la tuya, Larvato, ave de mal ag\u00fcero! Verdad es que en d\u00eda trece, y hoy hace un mes, muri\u00f3 mi padre; pero tal infortunio est\u00e1 resarcido, porque en d\u00eda trece naci\u00f3 mi hijo, y hoy aunque no est\u00e1 en buena salud, cumple felizmente trece meses.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1As\u00ed sea! \u2013dijo Larvato en voz alta, y murmur\u00f3 al alejarse: no en balde dicen los cabalistas que el n\u00famero trece es el de la muerte y el nacimiento.<\/p>\n<p>Ubaldo Cataletto llen\u00f3 el vaso de ponche, encendi\u00f3 la pipa y se arrellan\u00f3 en dos sillas, no sin ver antes de reojo hacia el rinc\u00f3n que Larvato le hab\u00eda indicado.<\/p>\n<p>En aquel rinc\u00f3n, envueltos en espesa nube de humo, apuraban fermentada y bullidora cerveza dos raros personajes.<\/p>\n<p>Entrambos vest\u00edan de negro. El uno, de peque\u00f1a estatura y regordete, de rostro malicioso y burl\u00f3n, ten\u00eda ojillos picarescos y vivos que brillaban con mirada extra\u00f1a que parec\u00eda una mezcla de la del basilisco y la de la boa. El otro era alto y flaco, y sus ojos se hallaban ocultos por espesos espejuelos verdes.<\/p>\n<p>El resto del sal\u00f3n estaba desierto, y solo en el patio inmediato ve\u00edase un grupo de hombres que jugaban a los bolos, y gritaban y maldec\u00edan como si estuviesen en una feria diab\u00f3lica.<\/p>\n<p>Por aquella \u00e9poca, en que la religi\u00f3n se hallaba perseguida y combatida, hab\u00edan revivido todas las pr\u00e1cticas supersticiosas, y con frecuencia se quemaba a los brujos y encantadores, que se dec\u00eda abundaban en las ciudades y los campos. Los hombres m\u00e1s graves se preocupaban con singulares acontecimientos que, por no encontrarles explicaci\u00f3n racional, atribu\u00edan a las artes de Satan\u00e1s.<\/p>\n<p>D\u00edas hac\u00eda que la ciudad estaba conmovida y atemorizada con muertes s\u00fabitas y aparici\u00f3n de fantasmas, de que personas juiciosas certificaban, y la imaginaci\u00f3n del pueblo se manifestaba cada vez m\u00e1s excitada e inquieta. Nervioso y pensativo meditaba en tan misteriosa situaci\u00f3n Ubaldo Cataletto, a la vez que arrojaba espesas columnas de humo de su pipa holandesa, cuando una estrepitosa carcajada del hombre de la mirada de basilisco atrajo su atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>A poco percibi\u00f3 distintamente la voz de los interlocutores, y prest\u00f3 o\u00eddo, lleno de ansiedad.<\/p>\n<p>\u2014Bien sabe usted, doctor Lanternuto, que as\u00ed como entierran no poca gente llena de vida, hay por el mundo algunos cad\u00e1veres ambulantes que para su locomoci\u00f3n y funciones vitales necesitan del fluido de las personas vivas.<\/p>\n<p>\u2014Sin duda ninguna, maestro; pero mi ciencia no alcanza hasta adivinar qui\u00e9n sea el que trae hoy revuelta y en alarma a esta poblaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Pues es muy f\u00e1cil saberlo: yo ten\u00eda aqu\u00ed un amigo, hombre de car\u00e1cter triste y pendenciero, el cual desesperaba de vengarse de su enemigo, mucho m\u00e1s fuerte y poderoso que \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY bien?<\/p>\n<p>\u2014El pobre hombre lleg\u00f3 a viejo, contrariado por no poderse vengar del enemigo, que le hab\u00eda arrebatado el afecto y la fidelidad de su esposa.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY le facilit\u00f3 usted el medio de vengarse?<\/p>\n<p>\u2014Ha acertado usted: cierto d\u00eda me le present\u00e9 y le propuse un negocio muy sencillo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 le ofreci\u00f3 usted?<\/p>\n<p>\u2014La facultad de introducirse en todas partes y de matar impunemente a quien quisiera.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 le daba \u00e9l en cambio de tal facultad? \u00bfSu sombra?<\/p>\n<p>\u2014No.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSu reflejo?<\/p>\n<p>\u2014Tampoco, \u00bfqu\u00e9 hab\u00eda yo de hacer con su sombra o con su reflejo? \u00bfPara qu\u00e9 atormentarlo m\u00e1s, si el pobre hombre era ya m\u00edo?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEntonces?&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Le exig\u00ed su fluido vital, y lo tom\u00e9.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah!, exclam\u00f3 el doctor Lanternuto, riendo de la mejor gana, \u00a1un brucolaco!<\/p>\n<p>\u2014Esa misma noche recibi\u00f3 una pu\u00f1alada, a consecuencia de la cual muri\u00f3 aparentemente, y fue enterrado; pero dos d\u00edas despu\u00e9s mor\u00eda casi de s\u00fabito su eterno enemigo; y \u00e9l, loco de contento, ha seguido su camino de destrucci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014De modo que el tal brucolaco&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Es el viejo Trist\u00e1n Cataletto, cuyo aniversario se cumple hoy trece.<\/p>\n<p>Ubaldo, aunque tr\u00e9mulo y preocupado, no pudo contenerse y exclam\u00f3 con ira:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Callad!, \u00a1farsantes! \u00a1No insult\u00e9is la memoria del hombre a quien debo el ser!<\/p>\n<p>El individuo de la mirada de basilisco solt\u00f3 al o\u00edrlo una nueva carcajada, y le dijo:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCon que usted es hijo de Trist\u00e1n Cataletto? Pues tenga cuidado con el n\u00famero trece.<\/p>\n<p>\u2014Caballero, dijo el doctor Lanternuto, perd\u00f3neme usted, pero en este momento iba a su casa.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA mi casa?, \u00a1usted!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo me ha mandado llamar usted esta noche para examinar el cad\u00e1ver?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1El cad\u00e1ver! \u2013exclam\u00f3 Ubaldo p\u00e1lido y tr\u00e9mulo\u2013, \u00a1dej\u00e1dme!, \u00a1idos al infierno!<\/p>\n<p>Los dos extra\u00f1os personajes se inclinaron con cierta burlesca actitud de respeto, y se retiraron.<\/p>\n<p>Apenas hubieron salido, cogi\u00f3 Larvato una taza y un hisopo, y comenz\u00f3 a rociar el piso y las paredes, despu\u00e9s de hacer la se\u00f1al de la cruz.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 haces, Larvato? Pregunt\u00f3 con asombro Ubaldo Cataletto.<\/p>\n<p>\u2014Ya lo ve usted, se\u00f1or, conjurar con agua bendita, lo que hago siempre que vienen esos bribonazos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfLos conoces?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo no?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qui\u00e9nes son ellos?<\/p>\n<p>\u2014El m\u00e1s peque\u00f1o es el maestro Mateo Scampaforca.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfScampaforca? \u00bfEs decir que se ha librado de la horca?<\/p>\n<p>\u2014Bien puede ser, que nada de extra\u00f1o tendr\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY el otro?<\/p>\n<p>\u2014El doctor Lanternuto.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfDos canallas, verdad, dos infames farsantes?<\/p>\n<p>\u2014Dos bribones, se\u00f1or, dos grand\u00edsimos bribones que han vendido su alma al diablo, yo lo juro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo que han vendido su alma al diablo?<\/p>\n<p>\u2014Como lo oye usted, se\u00f1or Ubaldo Cataletto; todos los concilios han anatematizado a los amigos del diablo; el de Narbona los excomulga sin dejarles esperanza de salvaci\u00f3n, seg\u00fan dice el viejo monje fray Pacomio, y ordena fustigarlos donde se les encuentre.<\/p>\n<p>\u2014Para fustigarlos con fruto ser\u00eda necesario el bast\u00f3n de santo Tom\u00e1s de Aquino.<\/p>\n<p>\u2014Fray Pacomio ha dicho que el bast\u00f3n de santo Tom\u00e1s no es sino la Suma Teol\u00f3gica, se\u00f1or Cataletto.<\/p>\n<p>\u2014El viejo monje es un taumaturgo, y el \u00fanico que otras veces nos ha librado del diablo y de los vampiros.<\/p>\n<p>\u2014Vea usted si nos libra de estos grand\u00edsimos p\u00edcaros y de la alarma que reina en el pueblo.<\/p>\n<p>Entrambos quedaron meditabundos; y Ubaldo Cataletto, despu\u00e9s de arrojar algunas monedas en el mostrador, tom\u00f3 silencioso y triste el camino de su morada.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>La noche, ya avanzada, era oscura y fr\u00eda. El viento soplaba sobre las terrazas y los tejados, y azotaba las calles con un sonido l\u00fagubre al modo de quejidos. De los vecinos bosques y de las hondonadas arrastraba emanaciones sutiles y h\u00famedas que her\u00edan el olfato. Por lo dem\u00e1s, reinaba tal silencio y quietud como si la naturaleza estuviese entumecida.<\/p>\n<p>Aunque por entonces la gente estaba ya acostumbrada a los acontecimientos y a los relatos de duendes, brujas y aparecidos, Ubaldo Cataletto no iba muy sosegado que digamos; funestos presentimientos le apretaban el coraz\u00f3n como en un torno. \u00bfHabr\u00edan dicho verdad aquellos dos bribones? \u00bfNo hab\u00eda muerto su padre? \u00bfEra su padre el causante del infortunio que pesaba sobre tantas familias? \u00bfEsper\u00e1bale a \u00e9l alguna cat\u00e1strofe en su propia casa? No pod\u00eda contestarse con seguridad a aquellas preguntas; pero se sent\u00eda algo aterrorizado, y apretaba el paso por llegar cuanto antes a su morada. P\u00edcaros redomados, se dec\u00eda dando al diablo el hato y el garabato, \u00bfy por qu\u00e9 la autoridad no los ha llevado ya a la hoguera, si es que son seres de este mundo?<\/p>\n<p>Cerca de su casa, como si hubiesen penetrado en su pensamiento, pasaron por su lado, cual dos sombras, el maestro Scampaforca y el doctor Lanternuto, que le dijeron cort\u00e9smente quit\u00e1ndose el sombrero:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Que pase usted muy buena noche, se\u00f1or Ubaldo Cataletto!<\/p>\n<p>Maravillado el mozo sinti\u00f3 fr\u00edo, palpit\u00f3le el coraz\u00f3n con mayor fuerza, y penetr\u00f3 en el hogar, que, con sorpresa suya, estaba a\u00fan abierto.<\/p>\n<p>Una escena inesperada y lamentable se le present\u00f3 a los ojos.<\/p>\n<p>En la alcoba, medio alumbrada por un triste vel\u00f3n que chisporroteaba l\u00fagubremente, estaba su mujer, Annunziatta, abrazada, casi sin sentido, al cad\u00e1ver de su hijo, que se hallaba tendido en el lecho.<\/p>\n<p>El infeliz crey\u00f3 que era presa de una pesadilla, sinti\u00f3 como un mareo en la cabeza, en el coraz\u00f3n como un susto, y se frot\u00f3 los ojos y llam\u00f3 con acento tr\u00e9mulo:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Annunziatta! \u00a1Annunziatta!<\/p>\n<p>Y como Annunziatta no respondiese, trat\u00f3 de despertarla, le dio a oler un frasquito, y la carg\u00f3 y la sent\u00f3 en sus rodillas, dejando correr las l\u00e1grimas ante tanto infortunio.<\/p>\n<p>Annunziatta suspir\u00f3 profundamente, abri\u00f3 los ojos, y se asi\u00f3 con fuerza al cuello de Ubaldo.<\/p>\n<p>\u2014Annunziatta, amada m\u00eda, soy yo, mira, soy yo, \u00bfqu\u00e9 ha pasado?, \u00bfqu\u00e9 desolaci\u00f3n es esta? \u00bfDuerme nuestro hijo, o est\u00e1 muerto?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Muerto, muerto! \u2013respondi\u00f3 Annunziatta entre sollozos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Muerto, muerto! \u2013repiti\u00f3 con desesperaci\u00f3n Ubaldo; y sentando a Annunziatta en un sill\u00f3n, se lanz\u00f3 ba\u00f1ado en l\u00e1grimas al lecho de su hijo, le bes\u00f3, y con las manos juntas le contempl\u00f3 largo rato con intenso dolor.<\/p>\n<p>\u2014Annunziatta, amor m\u00edo, murmur\u00f3 al fin; \u00bfqu\u00e9 fatalidad es la que pesa sobre nosotros? \u00bfQu\u00e9 ha sucedido? \u00bfC\u00f3mo ha muerto nuestro hijo?<\/p>\n<p>\u2014Lo ignoro, contest\u00f3 Annunziatta sollozando, dej\u00e9le aqu\u00ed durmiendo tranquilamente, y pas\u00e9 al oratorio, mientras t\u00fa regresabas. Oraba, cuando sent\u00ed ruido en la alcoba, y me incorpor\u00e9&#8230; y oye, a\u00f1adi\u00f3 Annunziatta temblando, vi salir a un hombre, a tu padre, yo lo jurara, a tu padre, que al pasar r\u00e1pidamente, me dijo, as\u00ed lo he o\u00eddo:<\/p>\n<p>\u2014Annunziatta, tengo fr\u00edo, mucho fr\u00edo, \u00a1dame una manta!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A mi padre!, \u00a1con que vive!, \u00a1con que solo ha tenido uno de sus ataques de catalepsia!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 dices?, \u00bfest\u00e1s loco, loco, Ubaldo?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY t\u00fa le diste la manta?<\/p>\n<p>\u2014\u00c9l la tom\u00f3, mientras yo, temblando y llena de espanto, corr\u00ed y ca\u00ed sin fuerzas sobre mi hijo para protegerlo&#8230; \u00a1el infeliz estaba muerto!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Horrible!, \u00a1horrible!, \u00a1misterio horrible! \u00bfHabr\u00e1n dicho verdad aquellos dos demonios?<\/p>\n<p>Y ante el asombro y pavor de Annunziatta, que le miraba como si se hallase en presencia de un loco, Ubaldo Cataletto cont\u00f3 a su mujer todo lo que le hab\u00eda pasado aquella noche, y resolvieron ir juntos al rayar el alba a la ermita del monje de Vernio, fray Pacomio, que gozaba fama de sabidur\u00eda y santidad.<\/p>\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n<p>La ermita del monje de Vernia no estaba distante de la ciudad. Al amanecer tomaron Ubaldo y Annunziatta el camino de la ermita. Estaban p\u00e1lidos, intensamente p\u00e1lidos, y con los ojos hundidos y rojos de llorar. Caminaban en silencio, entregados a su pensamiento, que no les presentaba sino im\u00e1genes de ruina y desolaci\u00f3n, de trasgos y duendes, de vampiros y l\u00e9mures, como si viviesen en un mundo fant\u00e1stico lleno de peligros y de apariciones maravillosas.<\/p>\n<p>El murmurar del r\u00edo, el silbido del viento en las ramas secas o en el follaje de los \u00e1rboles, el ruido de las aves que hu\u00edan al verlos acercarse, o el salto de alguna liebre les hac\u00eda estremecerse, y su terror se acrecentaba con las medias tintas del alba y la soledad del campo. Por donde quiera cre\u00edan ver un fantasma, cuando no era sino un peque\u00f1o arbusto, o la sombra de alg\u00fan \u00e1rbol o alg\u00fan tronco seco y tronchado que serv\u00eda de asilo a los lagartos; que tales terrores infunde el miedo en la imaginaci\u00f3n excitada y calenturienta, para atormentar el coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Al fin llegaron y penetraron en la ermita.<\/p>\n<p>Fray Pacomio los recibi\u00f3 en la puerta del refectorio.<\/p>\n<p>Fray Pacomio era un hombre alto, flaco, de proporciones gigantescas, p\u00e1lido y severo. Hondas arrugas, hijas de serias y continuas meditaciones o de imponderables sufrimientos, le surcaban la frente y el rostro, cuya larga barba, \u00e1spera y de color blanco terroso, contrastaba con su gran calva que brillaba como una luna de Venecia, tersa y pulida.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Entrad!, exclam\u00f3 el monje, veo el dolor, herencia del mortal, retratado en vuestros semblantes; y contra los sufrimientos del alma, no hay m\u00e1s b\u00e1lsamo que la oraci\u00f3n y la penitencia. Acaso se\u00e1is de las v\u00edctimas de las artes con que el demonio est\u00e1 castigando a los justos, por los cr\u00edmenes y la corrupci\u00f3n de los pecadores de la ciudad viciosa; acaso se\u00e1is tambi\u00e9n de los atormentados por el brucolaco Trist\u00e1n Cataletto.<\/p>\n<p>Ubaldo y Annunziatta se vieron a las caras llenos de asombro.<\/p>\n<p>\u2014Conozco en vuestros rostros que no me he enga\u00f1ado. D\u00edas hace que se me viene dando aviso de las desgracias y de los esc\u00e1ndalos promovidos en la ciudad por ese infeliz; pero quiero mayores seguridades para poder proceder.<\/p>\n<p>Mientras as\u00ed hablaba, introd\u00fajoles el monje, tom\u00f3 asiento en un sitial, y les hizo sentar a su lado. Luego inclin\u00f3 la cabeza, meditabundo y sombr\u00edo.<\/p>\n<p>En un extremo del sal\u00f3n hab\u00eda varios individuos, arrodillados unos, y otros de pie en el mayor recogimiento. Todo all\u00ed impon\u00eda el m\u00e1s profundo respeto e infund\u00eda en el alma tranquilidad y bienestar, como si todo estuviese en olor de santidad.<\/p>\n<p>Sobre un pedestal de piedra labrada se alzaba un inmenso Cristo, de nervudos miembros, con llagas que parec\u00edan naturales, y verdaderos cabellos que ca\u00edan sueltos, imponiendo terror y fr\u00edo al contemplarlo, que no parec\u00eda sino que iba a bajar de la cruz y a adelantarse y hablar.<\/p>\n<p>El monje alz\u00f3 la cabeza, y dijo con tristeza:<\/p>\n<p>\u2014Todas estas personas que veis aqu\u00ed han venido como vosotros a quejarse de los atentados y travesuras de Trist\u00e1n Cataletto, y aseguran haberlo visto. Vamos, \u00bfqu\u00e9 ten\u00e9is que decirme?<\/p>\n<p>Ubaldo y Annunziatta narraron entonces al monje de Vernio todos los acontecimientos de la noche, sus desgracias, sus terrores y su angustia, y el monje en medio de un silencio solemne les escuch\u00f3, atento y fr\u00edo.<\/p>\n<p>\u2014Hijos m\u00edos, les dijo, Trist\u00e1n Cataletto era de car\u00e1cter taciturno y pendenciero, que es el que escoge el esp\u00edritu malo para atormentar a la humanidad. Trist\u00e1n abri\u00f3 su alma al odio, que es Satan\u00e1s, y su alma le abandon\u00f3 en vida dej\u00e1ndole el cuerpo y la envoltura sideral, con la cual llena de terror a los hombres. Es necesario exorcizarlo y destruirlo. Cuanto a Mateo Scampaforca y al doctor Lanternuto, son almas r\u00e9probas, dejadas de la mano de Dios, y ya la autoridad ha ordenado aprisionarlos y conducirlos a la hoguera. Hay quienes crean, a\u00f1adi\u00f3 muy pensativo, que Scampaforca es el mismo Satan\u00e1s en persona \u2013y el monje se santigu\u00f3 devotamente murmurando algunas frases al modo de conjuro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 cree usted del n\u00famero trece? \u2013pregunt\u00f3 con voz apagada Ubaldo Cataletto.<\/p>\n<p>\u2014El n\u00famero trece, contest\u00f3 el monje, es el s\u00edmbolo de la muerte y el dolor.<\/p>\n<p>Un silencio fr\u00edo e imponente volvi\u00f3 a reinar en el vasto sal\u00f3n del refectorio.<\/p>\n<p>El monje se levant\u00f3, abri\u00f3 sobre la mesa un enorme libraco empolvado, de cuero de elefante con grandes broches de bronce, y despu\u00e9s de pasar algunas hojas ley\u00f3 atentamente largo rato, y se sumi\u00f3 en una meditaci\u00f3n profunda.<\/p>\n<p>\u2014Hijos m\u00edos, dijo al fin, Salom\u00f3n era un gran sabio, lleno del esp\u00edritu de Dios. D\u00edas hace que digo misas por la tranquilidad de Trist\u00e1n Cataletto, y ya veo que toda mi obra ha sido in\u00fatil. Es necesario desenterrar el cad\u00e1ver, pasarle el coraz\u00f3n con una larga aguja ba\u00f1ada en agua bendita, y clavar luego alrededor de su tumba largas espadas con la punta al aire, porque estos fantasmas de luz sideral, el\u00e9ctrica o magn\u00e9tica, solo se descomponen por la acci\u00f3n de las puntas met\u00e1licas que atraen el fluido o luz al lugar com\u00fan que le tiene reservado el Eterno.<\/p>\n<p><strong>IV<\/strong><\/p>\n<p>El monje de Vernio, con el signo de redenci\u00f3n en las manos, seguido de sus ac\u00f3litos y de numeroso cortejo, sali\u00f3 aquella tarde en peregrinaci\u00f3n al cementerio, cantando salmos y letan\u00edas, y rociando con el hisopo al gent\u00edo que se agrupaba en las calles.<\/p>\n<p>Desenterr\u00f3 el cad\u00e1ver de Trist\u00e1n Cataletto, que estaba en perfecto estado de conservaci\u00f3n, envuelto en la manta de Annunziatta, y cuyos cabellos hab\u00edan crecido extraordinariamente; y despu\u00e9s de hacerle pasar el coraz\u00f3n con la aguja, y de clavar las espadas, volvi\u00f3 a colocarlo en la tumba, y dijo en alta voz los exorcismos del ritual ba\u00f1ando al mismo tiempo con el hisopo el sepulcro del brucolaco.<\/p>\n<p>Cuentan que desde tal d\u00eda la ciudad permaneci\u00f3 en completa tranquilidad, y que nadie volvi\u00f3 a ver a Trist\u00e1n Cataletto.<\/p>\n<p>Cuanto a Mateo Scampaforca y al doctor Lanternuto, hab\u00edan desaparecido.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<h3>El ingeniero Chatillard<\/h3>\n<p><em>A Achille Millien<\/em><\/p>\n<p>I<\/p>\n<p>El conde de Chatillard entr\u00f3 a su aposento, encendi\u00f3 una buj\u00eda, y sin quitar se siquiera el abrigo ni el sombrero, abri\u00f3 una carta que acababa de entregarle unmandadero que le hab\u00eda estado esperando en la esquina.<\/p>\n<p>La carta, de letra de mujer, solo conten\u00eda dos l\u00edneas sin firma y un billete plegado con estudiado esmero. Las dos l\u00edneas dec\u00edan simplemente: \u201cAl fin va la prueba que ofrec\u00ed a usted al darle el primer aviso. Solo usted lo ignoraba.\u201d<\/p>\n<p>El conde, p\u00e1lido y tr\u00e9mulo, abri\u00f3 el billete y ley\u00f3:<\/p>\n<p><em>Luis de mi vida:<\/em><br \/>\n<em>La suerte se cansa de perseguirnos. Como el trayecto est\u00e1<\/em><br \/>\n<em>ya terminado, \u00e9l tiene que ir a T., donde permanecer\u00e1 ocho<\/em><br \/>\n<em>d\u00edas. Te espero con ansiedad a la hora convenida.<\/em><br \/>\n<em>Tu Antonia<\/em><\/p>\n<p>\u2014\u00a1Luis, Luis! \u2014murmur\u00f3 el conde ahogando la ira\u2014 \u00a1Luis Fourcaud, el miserable, y la que me escribe es su mujer, Mar\u00eda Ribagorza!<\/p>\n<p>Y el conde, l\u00edvido y como desvanecido, se sent\u00f3 a su escritorio con los pu\u00f1os apretados y permaneci\u00f3 con la cabeza inclinada, sumido en una meditaci\u00f3n profunda.<\/p>\n<p>El conde de Chatillard, ingeniero del ferrocarril de Mollendo a Titicaca, era uno de esos nobles franceses arruinados a quienes el deseo de rehacer su caudal perdido en las revoluciones de la patria, lanza por el mundo y principalmente por los pa\u00edses inexplorados de Am\u00e9rica, cuya prodigiosa riqueza los atrae poderosamente.<\/p>\n<p>Desde los principios logr\u00f3 hacerse notar por sus conocimientos cient\u00edficos y al fin alcanz\u00f3 una de las plazas principales en el ferrocarril de Mollendo. Su posici\u00f3n, su juventud, su comprobado valor y, m\u00e1s que todo, su t\u00edtulo de conde \u2014que aunque sea un contrasentido, ejerce influencia favorable entre los republicanos de la Am\u00e9rica Espa\u00f1ola\u2014 le abrieron todas las puertas y puede decirse que era el partido m\u00e1s codiciado por las familias distinguidas.<\/p>\n<p>Fuese por amor o por conveniencia, el conde de Chatillard se cas\u00f3 en Mollendo con Antonia Ruiz de Lima, heredera de una antigua y poderosa familia a la cual pertenec\u00edan las m\u00e1s ping\u00fces posesiones de Titicaca, valoradas en muchos millones.<\/p>\n<p>Antonia era hermosa y casquivana y se dej\u00f3 seducir por el t\u00edtulo de condesa, que ostent\u00f3 en los salones de Par\u00eds, para regresar a Mollendo m\u00e1s aturdida e insustancial de lo que antes era; y como adem\u00e1s no hab\u00eda logrado tener hijos, no era extra\u00f1o que en tales circunstancias y con aquel car\u00e1cter hubiese hecho liga con Luis Fourcaud, \u00edntimo amigo y compatriota del conde, y mozo arrogante, audaz y astuto cuyas aventuras amorosas le hab\u00edan dado cierta celebridad.<\/p>\n<p>El conde de Chatillard, hombre de leales sentimientos en sus relaciones de amistad, estaba lejos de sospechar que fuese Luis Fourcaud \u2014su amigo y protegido\u2014 el c\u00f3mplice de su mujer. As\u00ed fue que la evidencia lo hundi\u00f3 en una meditaci\u00f3n intensa y dolorosa, de la cual sali\u00f3 al fin con una terrible resoluci\u00f3n en el alma; su admirable sangre fr\u00eda le ayudaba a salir siempre airoso en sus proyectos.<\/p>\n<p>Pensaba que quit\u00e1ndole la vida a \u00e9l, no por eso quedaba menos deshonrado; que suicid\u00e1ndose, les daba completa libertad para amarse; y que mat\u00e1ndola a ella, Fourcaud quedaba impune y su honra no ganaba gran cosa, ni dejaba \u00e9l tampoco de sentir la mordedura de serpiente que le sangraba el coraz\u00f3n; y que, por lo tanto, deb\u00eda tomar venganza m\u00e1s segura y provechosa.<\/p>\n<p>El conde se acost\u00f3 aquella noche en su aposento, pero no pudo dormir, inquieto e impaciente, anhelando ver la luz del alba.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>Cuando la claridad del d\u00eda penetr\u00f3 en su aposento, el conde de Chatillard se puso en pie, se visti\u00f3 y pas\u00f3 a la alcoba de Antonia. Ella dorm\u00eda a\u00fan, apoyada la cabeza sobre el brazo desnudo: un brazo como cincelado, muelle y blanco al modo de un copo de nieve. Sus cabellos, negros y espesos, ca\u00edan en desorden sobre el seno y en sus labios se dibujaba una sonrisa.<\/p>\n<p>El conde se detuvo, a pesar suyo, y contempl\u00f3 con tanta admiraci\u00f3n la hermosura de su mujer, que suspir\u00f3 y murmur\u00f3: te amo. El conde se estremeci\u00f3, pero domin\u00e1ndose inmediatamente, la despert\u00f3. Estaba p\u00e1lido, si bien tranquilo y sonre\u00eddo, con toda la cort\u00e9s amabilidad de un parisiense de la vida elegante.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah!, \u00bfes usted? \u2014exclam\u00f3 Antonia ruboriz\u00e1ndose.<\/p>\n<p>\u2014Soy yo, amiga m\u00eda; no he querido irme sin despedirme y sin avisar a usted que por \u001ffin ser\u00e1 esta tarde cuando iremos a Titicaca.<\/p>\n<p>\u2014Verdad es que ustedes los franceses se mueren por una cacer\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Si usted no quiere pasar unos d\u00edas con sus padres, iremos solos Luis Fourcaud y yo.<\/p>\n<p>\u2014No, conde, no lo dec\u00eda por eso; crea usted que lo acompa\u00f1o con sumo placer. Con usted ir\u00eda hasta el extremo del mundo.<\/p>\n<p>\u2014No lo dudo \u2014dijo el conde, asombrado de la tranquilidad y disimulo de su mujer\u2014, puede ser que cualquier d\u00eda hagamos juntos un viaje bien largo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA la China? \u2014pregunt\u00f3 Antonia, riendo.<\/p>\n<p>\u2014O m\u00e1s lejos \u2014repuso el conde con abandono.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA qu\u00e9 hora partimos hoy?<\/p>\n<p>\u2014A las dos; debo avisar a Luis.<\/p>\n<p>\u2014Estar\u00e9 lista, amigo m\u00edo.<\/p>\n<p>\u2014Hasta las dos, pues.<\/p>\n<p>Y el conde estrech\u00f3 la mano muelle y suave que le tend\u00eda Antonia, y sali\u00f3. El conde hizo avisar a Fourcaud, prepar\u00f3 un tren expreso \u2014que dijo de paseo y quiso guiar \u00e9l mismo\u2014 y a las dos el silbido de la locomotora anunciaba la partida de nuestros viajeros.<\/p>\n<p>No era esta la primera vez que en tales excursiones ten\u00eda el conde el capricho de dirigir la m\u00e1quina, con gran contentamiento de Fourcaud y de Antonia; pero s\u00ed la primera vez que hac\u00eda uso de frenos autom\u00e1ticos, de aire comprimido, que hab\u00eda hecho construir por la Sociedad Westinghouse y cuya fuerza retardatriz \u2014perm\u00edtase la palabra en gracia de la precisi\u00f3n\u2014 aumentaba proporcionalmente a la velocidad adquirida. De modo que pod\u00eda pararse el tren en las tres cuartas partes de la distancia necesaria con los frenos comunes.<\/p>\n<p>\u2014Con estos admirables frenos \u2014les dijo el conde sonri\u00e9ndose\u2014 no hay peligro y todo se me hace in\u00fatil, por lo que he hecho salir hasta al fogonero. Es un ensayo magn\u00edfico; ya lo ver\u00e1n ustedes.<\/p>\n<p>Fourcaud, sin embargo, sinti\u00f3 hel\u00e1rsele el alma al considerar su situaci\u00f3n respecto al conde; y lo desigual y peligroso de aquella l\u00ednea boliviana, que atraviesa enormes alturas y extraordinarias pendientes. Pero Antonia se sonre\u00eda y lo tranquilizaba.<\/p>\n<p>\u2014No sabe nada \u2014le dec\u00eda\u2014, \u00bfy c\u00f3mo lo adivinar\u00eda? Luego, \u00e9l va con nosotros.<\/p>\n<p>El tren llevaba una velocidad extraordinaria; se conoc\u00eda que estaba recargada de vapor la m\u00e1quina; trepaba ya la cumbre y Fourcaud y Antonia comenzaban a sentir el soroche o mal de monta\u00f1a, que en aquellas incre\u00edbles alturas se apodera con intensidad de los viajeros no acostumbrados a la influencia fisiol\u00f3gica que produce tan sensible descenso en la presi\u00f3n atmosf\u00e9rica. Y fue en aquellos momentos de angustia, de dolores neur\u00e1lgicos y desfallecimiento de fuerzas, cuando el conde de Chatillard en pie, imponente, soberbio, con la cabellera en desorden batida por\u00a0 el viento de las monta\u00f1as, se sonri\u00f3 con ferocidad y, asom\u00e1ndose a la puerta del vag\u00f3n, arroj\u00f3 a los pies de Antonia el papel que ella hab\u00eda escrito a Fourcaud, y le dijo:<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed va el pasaporte, ya vamos en el largo viaje, m\u00e1s all\u00e1 de la China.<\/p>\n<p>Antonia arroj\u00f3 un grito de desesperaci\u00f3n y cay\u00f3 desmayada. Y antes que Fourcaud \u2014lleno de s\u00fabito asombro y de terror\u2014 pudiese volver en s\u00ed, el conde de Chatillard, aprovechando una curva de poco radio en la incre\u00edble pendiente de aquella parte de los Andes, ech\u00f3 mano al contrabajo y precipit\u00f3 violentamente el tren; con tal \u00edmpetu, que saltando sobre los rieles fue a caer despedazado en el abismo.<\/p>\n<p>Dos d\u00edas despu\u00e9s el diario de Mollendo daba noticia de la terrible cat\u00e1strofe, y agregaba: \u00abNo se sabe a qu\u00e9 se debe tan lamentable suceso; probablemente el maquinista se hallar\u00eda en estado de embriaguez. Ign\u00f3rase el n\u00famero de v\u00edctimas, pues hasta ahora solo se han podido recoger tres cad\u00e1veres, horriblemente desfigurados. Cr\u00e9ese que dos de ellos son los del se\u00f1or conde de Chatillard y su amante esposa\u00bb.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/julio-calcano\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Ilustraci\u00f3n de David D\u00e1vila para el volumen de los cuentos de Julio Calca\u00f1o publicado por El perro y la rana.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Trist\u00e1n Cataletto I \u2014\u00a1Ea! \u00a1Marco Larvato, tabernero de los infiernos! Mu\u00e9vete y tr\u00e1eme un jarro de ponche espumoso, que como el agua del pa\u00eds de los Ciconios tenga la virtud de petrificarme las entra\u00f1as. Anda, querido Larvato, y tr\u00e1eme tambi\u00e9n una gran pipa holandesa, que me haga olvidar que estoy en el mundo. El que [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":5293,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3080"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3080"}],"version-history":[{"count":8,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3080\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13116,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3080\/revisions\/13116"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/5293"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3080"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3080"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3080"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}