{"id":2928,"date":"2021-12-31T16:00:42","date_gmt":"2021-12-31T16:00:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2928"},"modified":"2023-11-24T18:35:18","modified_gmt":"2023-11-24T18:35:18","slug":"john-kennedy-toole-genio-de-neon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/john-kennedy-toole-genio-de-neon\/","title":{"rendered":"John Kennedy Toole: Genio de ne\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Daniel Centeno Maldonado<\/h4>\n<p>\u00bfPuede el remordimiento guiar grandes empresas? De entrada, la pregunta luce una negativa por respuesta. <span id=\"more-3083\"><\/span> Luego, habr\u00eda que pensar en algunos casos particulares que colman la galaxia hist\u00f3rica de los hombres. El que sigue, por lo menos, encaja a la perfecci\u00f3n: una anciana,\u00a0Thelma Ducoing Toole, espera sin cuartel en la antesala de la oficina del profesor Walker Perci. No es la primera vez que va para all\u00e1. Con una terquedad digna de una mula, la se\u00f1ora se sienta y pide hablar con el acad\u00e9mico. Las excusas y negativas caen como hojas de oto\u00f1o, pero Thelma sigue y sigue. Perci est\u00e1 cansado, pensaba que era un experto en quitarse de encima a gente molesta, pero, como luego escribir\u00eda en su pr\u00f3logo m\u00e1s comentado, la tenacidad de la vieja lo desarma. Es ella quien le entrega una mala copia al carb\u00f3n de un manuscrito redactado hac\u00eda m\u00e1s de 10 a\u00f1os atr\u00e1s por un autor sin obra. El maestro coge las cientos de p\u00e1ginas y pregunta de qui\u00e9n es: \u201cDe mi hijo ya fallecido\u201d, dice la anciana. \u201c\u00bfY por qu\u00e9 debo leerlo?\u201d, interroga Perci. \u201cPorque es una gran novela\u201d, responde Thelma.<\/p>\n<p>La se\u00f1ora se va, satisfecha, despu\u00e9s de una d\u00e9cada de tocar puertas en editoriales y universidades sin mayor \u00e9xito. Perci se siente derrotado y comienza a repasar las p\u00e1ginas con cierto desd\u00e9n; tambi\u00e9n con la seguridad de descartar el libro a los cinco minutos de lectura. Pero pasa otra cosa: el acad\u00e9mico no suelta el manuscrito, se embriaga de \u00e9l, no puede creer la calidad de lo que est\u00e1 leyendo y estalla en carcajadas con cada episodio que le sucede al protagonista principal, Ignatius Reilly. Dicen que en esa \u00e9poca, acercarse a su oficina era como pasar al lado de un manicomio.<\/p>\n<p>Al llegar al punto final, Perci contacta a la se\u00f1ora y le promete ser el mejor defensor de esta novela. Por \u00e9l se logra la publicaci\u00f3n en la editorial de su universidad. Y es el profesor quien escribe el pr\u00f3logo -quiz\u00e1s su trabajo m\u00e1s comentado- antes de lanzar al mercado un libro que al a\u00f1o siguiente conseguir\u00eda el primer Premio Pulitzer p\u00f3stumo, como tambi\u00e9n el de la mejor novela en lengua extranjera en Francia, sin contar con el rosario de traducciones y editoriales que llover\u00edan sobre \u00e9l. Su t\u00edtulo:\u00a0<em>La conjura de los necios<\/em>. Su autor: John Kennedy Toole.<\/p>\n<p>Thelma va a su casa y piensa en la muerte de su hijo. Se acuerda del contenido de la carta de suicidio, que s\u00f3lo ella ley\u00f3 antes de destruir. Cree haber arreglado el entuerto: ya la gente conoce el genio de su ni\u00f1o, todos hablar\u00e1n de \u00e9l tal como quer\u00eda. De repente, el remordimiento baja de intensidad. Ken, como sol\u00eda llamarlo antes de la tragedia, quiz\u00e1s ya la haya perdonado en la otra vida.<\/p>\n<p>Pocos saben lo que pas\u00f3 en verdad. Revisar las fotos de John Kennedy Toole es casi un misterio. Las pocas que hay lo muestran como un tipo sin gracia, salido de otro anuario m\u00e1s. Un treint\u00f3n siempre encorbatado, de frente amplia, algo mofletudo, con cara de soso y ojos achinados. Tres rasgos podr\u00edan definirlo: pulcro, rancio, peinado. Y ser definido en esos tres rasgos es bien triste para cualquier mortal.<\/p>\n<p>Algo no menos injusto ser\u00eda pensar a qu\u00e9 se parece el personaje de las fotos. En este caso, el hombre encaja en la tipolog\u00eda de muchachote que vive con su mam\u00e1. No extra\u00f1ar\u00eda imaginar que fue vestido por su madre, peinado por la se\u00f1ora Toole e incluso acompa\u00f1ado por ella adonde el fot\u00f3grafo. Es un acto cruel hacer este ejercicio. Sin embargo, todos los estereotipos se ajustan al personaje.<\/p>\n<p>John Kennedy Toole fue el \u00fanico hijo de un matrimonio mayor sin esperanzas de descendencia. Nacido en New Orleans en 1937, desde que tuvo uso de raz\u00f3n siempre estuvo Thelma detr\u00e1s de \u00e9l, control\u00e1ndolo, midiendo sus pasos, sobreprotegi\u00e9ndolo, prohibi\u00e9ndole jugar con otros ni\u00f1os. Su viejo apenas era una sombra en la familia, un mec\u00e1nico sordo que poco habr\u00e1 intervenido en los planes que ten\u00eda su esposa para con su reto\u00f1o: la mejor educaci\u00f3n, las mejores lecturas, los mejores modales.<\/p>\n<p>Y Ken cumpli\u00f3 con las expectativas. Estudi\u00f3 como pocos, sorprendi\u00f3 con sus notas y redefini\u00f3 la palabra precocidad. Antes de llegar a los 30 a\u00f1os en su curr\u00edculum figuraban carreras, especializaciones, becas y trabajos en universidades como Tulane, Columbia, Lafayette y el Colegio Hunter. Para entonces no se le conoc\u00eda novia. Thelma met\u00eda las narices hasta all\u00ed, y su hijo vivi\u00f3 reprimido. Quiz\u00e1s un poco sin saber qui\u00e9n era.<\/p>\n<p>Por eso busc\u00f3 la vida en la literatura. En crear mundos, inventar y practicar la osad\u00eda. Con 16 a\u00f1os, en un receso escolar, termin\u00f3 de escribir una novela faulkneriana que meti\u00f3 en un caj\u00f3n. En el fondo, el acto de encierro y ocultamiento parec\u00eda una met\u00e1fora de s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>A los 24 a\u00f1os conoci\u00f3 algo de mundo de la manera menos esperada. Una llamada del ej\u00e9rcito le conmin\u00f3 a acudir a las filas. Era 1961 y su pa\u00eds pens\u00f3 que John Kennedy Toole podr\u00eda ser de utilidad en la base Fort Buchanan de Puerto Rico, pero como profesor de ingl\u00e9s de los reclutas hispanoparlantes. All\u00ed estuvo dos a\u00f1os y, en sus ratos libres, se le ocurri\u00f3 una idea: arrancar una novela mejor que la anterior. Su protagonista ser\u00eda un gordo de 30 a\u00f1os, culto, egresado de una universidad, que viviera con su madre controladora en Nueva Orleans y que se pasara el d\u00eda en su cuarto escribiendo en cuadernos baratos todas las invectivas que se le ocurrieran sobre el siglo XX. Cualquier semejanza con la realidad, al parecer, no era pura coincidencia.<\/p>\n<p>El t\u00edtulo de su novela vino de un libro de ensayos, epigramas y apotegmas de Jonathan Swift,\u00a0<em>Thoughts on Various Subjects, Moral and Diverting:<\/em> \u201cCuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identific\u00e1rsele por este signo: todos los necios se conjuran contra \u00e9l\u201d.<\/p>\n<p>De regreso a su casa materna, Ken sab\u00eda que ten\u00eda entre manos una obra maestra. Asimismo se lo confes\u00f3 a sus allegados. De seguro pensaba que estaba por alcanzar la gloria, que su manuscrito le dar\u00eda el \u00e9xito y con \u00e9ste la total independencia.<\/p>\n<p>Pero no fue as\u00ed.<\/p>\n<p>El escritor toc\u00f3 una puerta editorial y no se le abri\u00f3. Tampoco se amilan\u00f3. Volvi\u00f3 a otra oficina y dej\u00f3 su libro. Nadie lo llam\u00f3. Ken, sin entender nada, fue a otro sello. Le dijeron que luego se comunicar\u00edan con \u00e9l. Y as\u00ed estuvo: recibiendo negativas y respuestas tibias, reformulando cap\u00edtulos, desechando otros, reescribiendo como un loco. El genio estaba en manos de los necios. Un d\u00eda,\u00a0<strong>Simon and Schuster<\/strong> mostr\u00f3 inter\u00e9s y el aliento volvi\u00f3 al cuerpo de Kennedy Toole. Pero fue una falsa alarma. A las pocas semanas, el rechazo min\u00f3 su autoestima. \u201cLos necios no dejan de joder, por eso son necios\u201d, quiz\u00e1s pens\u00f3 antes de tirar la toalla.<\/p>\n<p>En su casa, su madre controladora lo esperaba. El panorama no era bueno. Ken se volvi\u00f3 un alambique humano. Bebi\u00f3 todo lo que pudo, los floreros, los acuarios con los peces, el fermento de los jugos. Descuid\u00f3 su trabajo de profesor, empez\u00f3 a vestirse raro. Un d\u00eda, hasta vendi\u00f3 tamales en un carrito callejero. La gente pens\u00f3 que estaba loco. Sus alumnos le perdieron el respeto. Thelma no entend\u00eda nada. El genio se comportaba como un zoquete. Pero \u00e9l lo que ya no ten\u00eda era ni un miligramo de esperanza. Y sin esperanzas todo lo que te rodea es un mal chiste, un simulacro, un sainete.<\/p>\n<p>Un 20 de enero de 1969, el ni\u00f1o Ken desapareci\u00f3 de Nueva Orleans, despu\u00e9s de la en\u00e9sima discusi\u00f3n con su mam\u00e1. Dio varios portazos, se meti\u00f3 en el carro y se fue hasta Midgeville, Georgia. All\u00ed visit\u00f3 la tumba de Flannery O?Connor. Se arrodill\u00f3 y le dijo a la l\u00e1pida que alg\u00fan d\u00eda conocer\u00eda a sus pavos reales. Volvi\u00f3 al carro y, en una carretera secundaria de Biloxi, Mississippi, fren\u00f3. Utiliz\u00f3 el tablero del auto para escribir algo en un papel, lo ley\u00f3 despacio y lo guard\u00f3 en la guantera. Despu\u00e9s sali\u00f3 y se dirigi\u00f3 al maletero. Lo abri\u00f3 y sac\u00f3 la manguera con la que regaba las plantas de la casa de Thelma. La conect\u00f3 al escape y el otro extremo lo meti\u00f3 en la ventana del conductor, antes de darse el fest\u00edn de mon\u00f3xido de carbono que lo llevar\u00eda a las sombras. Eso sucedi\u00f3 el 26 de marzo de 1969. Ese fue el d\u00eda en el que Ken viaj\u00f3 a la otra vida; cuatro meses antes de que el hombre llegara a la luna. Dos trayectos para salir de la Tierra, pero de diferentes recorridos.<\/p>\n<p>\u00bfY qu\u00e9 pas\u00f3 despu\u00e9s? Thelma destruy\u00f3 la carta que estaba en la guantera, pero se hizo la promesa de conseguir lo que su hijo no pudo en vida: la publicaci\u00f3n de su obra maestra. Lo logr\u00f3 y, despu\u00e9s de muerta, en 1984, la gente pudo leer la novela de adolescencia en la que la figura materna tampoco queda muy bien del todo:\u00a0<em>La biblia de ne\u00f3n<\/em>.<\/p>\n<p>Ahora todos echan de menos a Ken. Los necios lo celebran como uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX, e incluso hicieron una estatua de Ignatius Reilly en la calle 800 de Canal Street, Nueva Orleans.\u00a0La conjura de los necios\u00a0se vende por millones, se ha montado en teatro y los intentos de llevarla al cine se ven tan entorpecidos como los que tuvo su autor por publicarla: el actor John Belushi muri\u00f3 por sobredosis de drogas un d\u00eda antes de reunirse con los productores para firmar su contrato en el papel protagonista, a John Candy lo sorprendi\u00f3 un infarto en medio de las negociaciones para meterse en la piel de Ignatius, a Chris Farley tambi\u00e9n se lo llev\u00f3 la hero\u00edna a escasas semanas de concretar lo que sus otros colegas no pudieron. Cuando la maldici\u00f3n estuvo a punto de superarse, con un elenco encabezado por Will Ferrell, Drew Barrymore, Mos Def y Olympia Dukakis, el hurac\u00e1n Katrina apareci\u00f3 para acabar con Nueva Orleans.<\/p>\n<p>Entre el remordimiento y la justicia divina, parece columpiarse esta historia. Quiz\u00e1s en la otra vida un Ken eterno, de 32 a\u00f1os, lleve una manguera en las manos, mientras busca otro carro. Mientras tanto, como ya lo dijo Swift, en \u00e9sta los necios no bajan la guardia.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Daniel Centeno Maldonado \u00bfPuede el remordimiento guiar grandes empresas? De entrada, la pregunta luce una negativa por respuesta. Luego, habr\u00eda que pensar en algunos casos particulares que colman la galaxia hist\u00f3rica de los hombres. 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