{"id":2759,"date":"2021-12-19T18:19:48","date_gmt":"2021-12-19T18:19:48","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2759"},"modified":"2023-11-24T18:35:37","modified_gmt":"2023-11-24T18:35:37","slug":"dos-relatos-de-francisco-suniaga","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-relatos-de-francisco-suniaga\/","title":{"rendered":"Dos relatos de Francisco Suniaga"},"content":{"rendered":"<h3 dir=\"auto\">Retrato<\/h3>\n<p>Me acuerdo muy bien de ese retrato. Por a\u00f1os colg\u00f3 de un clavo en una pared de la casa de la abuela Luisa Ramona en El Mamey. Era una foto en blanco y negro, tama\u00f1o postal, montada en una l\u00e1mina de vidrio enmarcada por una tira de papel adhesivo verde de unos dos cent\u00edmetros de grosor, esquineros azules del mismo material y, escrita al pie, con letras blancas de una mano insegura, la palabra <em>Recuerdo.<\/em>\u00a0 Montura obra de unos mercaderes turcos ambulantes, devenidos en artesanos de la marqueter\u00eda, que hace unos cuarenta a\u00f1os, de puerta en puerta y en un par de d\u00edas, enmarcaron la corta historia fotogr\u00e1fica de las familias de nuestro barrio.<\/p>\n<p>El \u00fanico retrato donde estamos mi hermano y yo, agarrados de la mano, vestidos con unos pantalones cortos oscuros, de perneras muy anchas para nuestras piernas menudas, y unas camisas blancas cruzadas por tirantes, rojos probablemente. Los dos paraditos en un rinc\u00f3n decorado con una cortina indefinible y una alfombra gastada a la que, incluso en el blanco y negro de la fotograf\u00eda, se le notaba el escandaloso color de sus flores. Escenograf\u00eda que Savignac, el fot\u00f3grafo de Porlamar, suerte de c\u00e1mara oficial de la Margarita de entonces, prestaba a todos los retratados de aquellos a\u00f1os y que uno invariablemente encontraba en otras casas sirviendo de fondo a parejas de reci\u00e9n casados, bachilleres con diplomas, a reclutas militares estrenando uniforme o a ni\u00f1os y ni\u00f1as en trajes de primera comuni\u00f3n. Seg\u00fan la fecha al dorso, yo ten\u00eda seis a\u00f1os y mi hermano cinco. En mi cara parec\u00eda reflejarse el susto que pudo haberme causado el aparataje del estudio fotogr\u00e1fico, mezclado con alguna solidaridad por mi hermano, quien tiene una cara triste, trist\u00edsima, incre\u00edblemente triste, tanto que todav\u00eda quien mira la foto siente su congoja y no puede evitar preguntarse por qu\u00e9 aquel ni\u00f1o estaba tan compungido.<\/p>\n<p>\u00abNo estaba triste. Estaba enfermo y, como yo cre\u00eda que se iba a morir, le ped\u00ed a su pap\u00e1 que los llevara a Porlamar y les sacara un retrato juntos para que despu\u00e9s \u00e9l no se olvidara de su hermanito\u00bb. Esa era la explicaci\u00f3n que mi madre le daba a quienes preguntaban, pero creo que se confund\u00eda en algo o simplemente ignoraba, por no haber estado con nosotros aquel d\u00eda \u2014y por la ley de la omert\u00e1 que rige las relaciones entre los varones\u2014 la verdadera causa de la melancol\u00eda de mi hermano. La raz\u00f3n de aquella cara triste estaba all\u00ed, en la misma foto, en los zapatos que llev\u00e1bamos puestos ese d\u00eda. Los m\u00edos, unas botas de vaquero, marrones, con dos franjas blancas en forma de V y con una estrella, la de Texas supongo, en el centro. Botas que, s\u00f3lo de pon\u00e9rmelas, me convert\u00edan en un vaquero aut\u00e9ntico, como los de las pel\u00edculas del matin\u00e9 dominical, y que terminaron siendo m\u00edas por una fortunosa casualidad; se las hab\u00edan tra\u00eddo de Estados Unidos, y le hab\u00edan quedado peque\u00f1as, al nieto de la se\u00f1ora \u00abGi\u00f1a\u00bb, vecina, amiga y compa\u00f1era de infortunios pol\u00edticos de mis padres. Botas vaqueras maravillosas, m\u00e1s a\u00fan si se les comparaba con las botas convencionales, citadinas, negras, de correa y hebilla, que mi hermano llevaba, que aunque estaban bien para la ciudad \u2014y a pesar de que nuestro padre se empe\u00f1\u00f3 en present\u00e1rselas como \u00abde detective\u00bb\u2014 no serv\u00edan para montar a caballo y batirse a tiros con los bandidos y los indios.<\/p>\n<p>Antes de hacernos el retrato y por insistencia de mi hermano, recorrimos todas las zapater\u00edas de Porlamar buscando unas botas iguales a las m\u00edas, pero vaqueras como \u00e9sas no se consegu\u00edan en aquella Margarita de pescadores y contrabandistas. Para empeorar las cosas, esa tarde llovi\u00f3 muy fuerte, est\u00e1bamos cansados de caminar Porlamar y nuestro padre nunca fue un tipo paciente. Creo que fue en la tienda del italiano Coppola, cerca del viejo mercado, donde finalmente compr\u00f3 esas botas negras, de correa y hebilla, \u00abde detective\u00bb, con las que, no obstante su obstinado berrinche, mi hermano termin\u00f3 retratado con la cara triste, trist\u00edsima, incre\u00edblemente triste, tanto que parec\u00eda que estaba enfermo y se iba a morir.<\/p>\n<h3><\/h3>\n<h3>El Maestro fiel<\/h3>\n<p>La infancia y la escuela se amalgamaron en el Grupo Escolar Francisco Esteban G\u00f3mez y ser\u00eda imposible tratar de distinguir donde terminaba una y comenzaba la otra. En aquellos a\u00f1os, la escuela era el lugar donde uno aprend\u00eda m\u00e1s cosas y donde nuestros ojos margarite\u00f1os, rodeados de agua por todas partes y, encima, privados de la televisi\u00f3n, pod\u00edan mirar m\u00e1s lejos. La escuela fue tambi\u00e9n el lugar donde m\u00e1s se ejerci\u00f3 la infancia, el escenario donde recrear la pel\u00edcula del domingo, a galope tendido por sus espacios abiertos, en nuestros caballos de dos patas, o a toda vela, blandiendo las espadas y con las dagas apretadas entre los dientes, para dar caza y abordar nav\u00edos enemigos, desde el flamboyant m\u00e1s grande del patio, el buque insignia de nuestra flota pirata.<\/p>\n<p>La Francisco Esteban fue asimismo la fuente de nuestros primeros temores, de ese miedo universal de los ni\u00f1os por la escuela, de ese terror \u2013incomprendido por los adultos\u2013 a estar prisionero detr\u00e1s de una cerca que clausuraba, puertas afuera, el \u00fanico mundo en el que hasta entonces hab\u00edamos vivido. Temor que en mi caso estaba exacerbado por la idea que ten\u00eda entonces de lo que significaba salir \u201cquebrado\u201d. Y es que en mi azorada mente infantil imaginaba que a los pobres alumnos que no hab\u00edan aprendido sus lecciones los paraban en el \u00faltimo pelda\u00f1o de la escalera principal de la entrada y all\u00ed, con un garrote, los maestros les golpeaban el espinazo, justo a la altura de la cintura, y eran arrojados escaleras abajo a la vista de todos, quebrados para siempre. Ahora no recuerdo cu\u00e1ndo ni qui\u00e9n corrigi\u00f3 mi falsa creencia, pero hasta ese momento, viv\u00ed aterrado con el comienzo de mi escolaridad que, inexorable, me expon\u00eda a llevar de por vida a la ignominia de \u201csalir quebrado\u201d.<\/p>\n<p>Corregida mi err\u00f3nea idea del quebrado, el miedo m\u00e1s grande de la escuela estaba entonces en cuarto grado y se llamaba Fiel Malaver. En aquellos tiempos en que el castigo f\u00edsico era una t\u00e9cnica pedag\u00f3gica de amplia difusi\u00f3n \u2013muy bien acogida en La Asunci\u00f3n por los padres que quer\u00edan que sus hijos sirvieran para \u201calgo\u201d\u2013, el maestro Fiel era uno de sus cultores m\u00e1s ortodoxos. Como los buenos boxeadores, pegaba duro con las dos manos y, por si eso fuese poco, sol\u00eda auxiliarse con una gruesa y pesada regla de madera que encarg\u00f3 a un amigo que trabajaba en la carpinter\u00eda del Estado.<\/p>\n<p>Cuando termin\u00e9 el tercer grado y esa amenaza magisterial apareci\u00f3 en el horizonte, aprovech\u00e9 que en las vacaciones de agosto previas al comienzo de clases hab\u00eda hecho la primera comuni\u00f3n y busqu\u00e9 la ayuda divina. Pero, por m\u00e1s que le ped\u00ed a la Virgen del Valle que hiciera el milagro de ubicarme en la otra secci\u00f3n de cuarto grado, con una maestra mucho m\u00e1s amable, la fatalidad se impuso y me convert\u00ed en alumno del temible maestro Fiel.<\/p>\n<p>Fiel Malaver, sin embargo, no parec\u00eda tan fiero como lo pintaba la leyenda; por lo menos eso fue lo que cre\u00edmos durante las primeras semanas que estuvimos bajo su tutela. Las clases durante ese per\u00edodo inicial fueron una suerte de\u00a0<em>rounds<\/em>\u00a0de estudio donde el maestro se limitaba a establecer la rutina del aprendizaje, a explicarnos pacientemente las materias, sobre todo la aritm\u00e9tica, y a responder a todas nuestras preguntas. Las sesiones de la ma\u00f1ana, de nueve a once y media, se dedicaban a matem\u00e1tica y lenguaje y las de la tarde, de dos a cuatro y media, a las ciencias naturales y sociales. Infantes al fin y al cabo, no prest\u00e1bamos mucha atenci\u00f3n a las advertencias que el maestro Fiel nos hac\u00eda con aquella voz nasal de la que todos\u00a0 nos mof\u00e1bamos y que algunos pod\u00edan imitar muy bien: \u201cEstudien, estudien, hagan caso, no se conf\u00eden.\u00a0 Miren que ustedes son como el\u00a0 agua de un rio que pasa rauda y tranquila hasta que se encuentra con un dique, un dique como el de El Valle, es decir, conmigo, y no puede seguir pasando\u201d, anunciaba. Amenaza que no tom\u00e1bamos muy en serio porque se parec\u00eda mucho a las que recib\u00edamos de padres y abuelos en nuestras casas. (Desde tiempos inmemoriales la amenaza con un castigo futuro incierto ha formado parte de la cultura pedag\u00f3gica margarite\u00f1a dentro y fuera de clases).<\/p>\n<p>Y el dique se apareci\u00f3 una ma\u00f1ana infausta con tres divisiones ins\u00f3litas de n\u00fameros decimales, algo as\u00ed como 0,107039 entre 0,0035091 acompa\u00f1adas de una sentencia terrible: \u201cPor cada cuenta mal sacada, un reglazo en la mano abierta\u201d. El agua de mi peque\u00f1o r\u00edo se estanc\u00f3 en el dique de Fiel Malaver con dos reglazos que regu\u00e9 con copiosas e inevitablemente indiscretas l\u00e1grimas que, aunque no quer\u00eda derramar, me saltaban de los ojos con la misma intensidad de mi rabia y mi dolor. Esa noche, por primera vez en mi vida estudiantil, me qued\u00e9 hasta tarde practicando las infaustas operaciones y repasando sus reglas, ya no hubo m\u00e1s castigos por esa raz\u00f3n.<\/p>\n<p>En las tardes, las condenas no eran tan severas. Despu\u00e9s de las explicaciones, el maestro se limitaba a recorrer las filas y, uno a uno, nos interrogaba sobre los misterios de la biolog\u00eda o la historia, o sobre cuestiones que parec\u00edan ciencia y eran imposibles de responder, como aquella de por qu\u00e9 a los viejos de Margarita les daba frio cuando soplaba la brisa en las tardes de diciembre. (Para quienes no tuvieron\u00a0 el privilegio de ser alumnos de Fiel Malaver: \u201cporque han perdido el tejido adiposo\u201d). Salvo que la respuesta fuese muy disparatada \u2013como la de un compa\u00f1ero que asegur\u00f3, con demostraci\u00f3n incluida, que el frontal, adem\u00e1s del maxilar inferior, era el otro hueso de la cara que se mov\u00eda y recibi\u00f3 el trancazo en la misma frente\u2013, el maestro dejaba descansar la tormentosa regla. Sin embargo, seg\u00fan el calibre de la ignorancia manifestada en las respuestas, se prodigaba en jalones de orejas y de cabello acompa\u00f1ados de una profec\u00eda por el estilo de: \u201cporquer\u00eda no vas a servir para nada. Ni para recoger pepinos vas a servir\u201d, o m\u00e1s simplemente, un ep\u00edteto: \u201canimal\u201d.<\/p>\n<p>No obstante su dolorosa contundencia, la experiencia de ser alumno de Fiel Malaver ten\u00eda grandes compensaciones; era probablemente el mejor pintor de pizarrones del mundo y sus dibujos con tizas de colores nos revelaron las maravillas de la bot\u00e1nica, la zoolog\u00eda y la anatom\u00eda humana. Sus clases de geograf\u00eda f\u00edsica y pol\u00edtica universales fueron inolvidables y cualquiera de sus alumnos podr\u00eda todav\u00eda recitar las capitales de Europa con la certidumbre de quien ha pateado sus calles, o ganar un concurso en la televisi\u00f3n enumerando las monta\u00f1as m\u00e1s altas de Am\u00e9rica del Norte: el Mac Kinley en Alaska, el Whitney en California, el Rainier en Washington y el Popocatepetl en M\u00e9xico, recitado como un mantra, con la pronunciaci\u00f3n arcillosa del maestro y acentuadas, todas, en las \u00faltimas s\u00edlabas. O saber exactamente cu\u00e1les son las dimensiones del r\u00edo Orinoco: \u201cel m\u00e1s grande de Venezuela, el tercero de la Am\u00e9rica del Sur, el quinto del Nuevo Mundo y el noveno de toda la Tierra\u201d.<\/p>\n<p>Con la llegada de junio, el maestro Fiel dio inicio a una de sus campa\u00f1as m\u00e1s intimidantes: \u201cEstudien que por ah\u00ed viene el examen final, pero tambi\u00e9n vienen los d\u00edas de San Juan y San Pedro y todos ustedes se van a ir a playa Guacuco a ba\u00f1arse. Yo tambi\u00e9n voy a ir, pero yo no tengo que presentar ning\u00fan examen. Ustedes van a estar gozando y ninguno me va a ver, pero debajo de una de las matas de uva voy a estar yo mir\u00e1ndolos a ustedes saltar entre las olas. Y ninguno se va a ahogar all\u00e1 en ese mont\u00f3n de agua pero, por no estudiar, se van\u00a0 ahogar aqu\u00ed. Ni siquiera en un vaso de agua, como dicen por ah\u00ed, sino en un platico llano que les voy a poner en el examen\u201d.<\/p>\n<p>El temido d\u00eda de nuestro juicio final, sin embargo, Fiel Malaver, el duro maestro, se nos revel\u00f3 como el sentimental que era y, a guisa de despedida, con gran sentimiento, nos asegur\u00f3 que pasados unos a\u00f1os nos olvidar\u00edamos de \u00e9l y ni siquiera lo saludar\u00edamos cuando nos lo cruz\u00e1ramos en la calle. Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces. La Francisco Esteban no parece la misma ni a La Asunci\u00f3n la cubre ahora esa calina perfumada a pan reci\u00e9n horneado que al final de la jornada escolar nos acompa\u00f1aba en la vuelta a casa. Fiel Malaver muri\u00f3 hace ya varios a\u00f1os. La \u00faltima vez que lo vi, ten\u00eda blancos el pelo y el m\u00edtico bigote, su cuerpo estaba m\u00e1s enteco, hab\u00eda perdido mucho de su tejido adiposo, y pens\u00e9 que en las tardes de diciembre ahora sentir\u00eda frio.<\/p>\n<p>En cuanto a que lo olvid\u00e1ramos, creo que el maestro se equivoc\u00f3. Creo que por m\u00e1s de una raz\u00f3n, quienes fueron sus alumnos, como hago yo, al pasar frente a la escuela, miran nost\u00e1lgicos el sal\u00f3n de hace tantos a\u00f1os y lo recuerdan bien. O, por lo menos, recordaran sus viejas lecciones, como aquella de los puntos cardinales. Aun puedo mirarlo en el medio del sal\u00f3n, con los brazos en cruz, apuntando la mano derecha hacia donde sale el sol \u201cas\u00ed se da con el Este\u201d. Y que, hecho eso, \u201cel Norte es el que siempre est\u00e1 al frente de uno\u201d, y as\u00ed, con tener clara esa t\u00e9cnica, encontrar\u00edamos nuestro camino en cualquier lugar de la Tierra y en cualquier tiempo. En la vida una lecci\u00f3n como \u00e9sa, maestro Fiel, es demasiado\u00a0 grande como para olvidar a su autor.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/francisco-suniaga\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Retrato Me acuerdo muy bien de ese retrato. Por a\u00f1os colg\u00f3 de un clavo en una pared de la casa de la abuela Luisa Ramona en El Mamey. 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