{"id":271,"date":"2021-07-30T13:44:42","date_gmt":"2021-07-30T13:44:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=271"},"modified":"2023-11-24T18:40:09","modified_gmt":"2023-11-24T18:40:09","slug":"el-piano-viejo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-piano-viejo\/","title":{"rendered":"El piano viejo"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">R\u00f3mulo Gallegos<\/h4>\n<p>Eran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ram\u00f3n, Ester, Mar\u00eda. La vida los fue dispersando, llev\u00e1ndoselos por distintos caminos, alej\u00e1ndolos, male\u00e1ndolos. Primero, Ester, casado con un hombre rico y fastuoso; Mar\u00eda, despu\u00e9s, unida a un joven de nombre sin brillo y de fama sin limpieza; en seguida, Carlos, el aventurero, acometedor de toda suerte de locas empresas; finalmente, Ram\u00f3n, el mis\u00e1ntropo que desde ni\u00f1o revelara su insana pasi\u00f3n por el dinero y su \u00e1spero amor a la soledad; todos se fueron con una diversa fortuna hacia un destino diferente.<\/p>\n<p>S\u00f3lo permaneci\u00f3 en la casa paterna Luisana, la hermana mayor, cuidando al padre, que languidec\u00eda paral\u00edtico lament\u00e1ndose de aquellos hijos en cuyos corazones no viera jam\u00e1s un impulso bueno ni un sentimiento generoso. Y cuando el viejo mor\u00eda, de su boca recogi\u00f3 Luisana el consejo suplicante de conservar la casa de la familia dispersa, siempre abierta para todos, para la cual se la adjudicaba en su testamento, junto con el resto de su fortuna, a t\u00edtulo de dote.<\/p>\n<p>Luisana cumpli\u00f3 la promesa hecha al padre, y en la casa de todos, donde viv\u00eda sola, conserv\u00f3 a cada uno su habitaci\u00f3n, tal como la hab\u00eda dejado, manteniendo siempre el agua fresca en la jarra de los aguamaniles, como si de un momento a otro sus hermanos vinieran a lavarse las manos, y en la mesa com\u00fan, siempre aderezados los puestos de todos.<\/p>\n<p>T\u00fa ser\u00e1s la paz y la concordia, le hab\u00eda dicho el viejo, previendo el dulce porvenir, y desde entonces ella sinti\u00f3 sobre su vida el dulce peso de una noble predestinaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Menuda, fe\u00facha, insignificante, era una de esas personas de quienes nadie se explica por qu\u00e9 ni para qu\u00e9 viven. Ella misma estaba acostumbrada a juzgarse como usurpadora de la vida, parec\u00eda hacer todo lo posible por pasar inadvertida: hu\u00eda de la luz, refugi\u00e1ndose en la penumbra de su alcoba, austera como una celda; hablaba muy paso, como si temiera fatigar el aire con la carga de su voz desapacible, y respiraba furtivamente el poquito de aliento que cab\u00eda en su pecho hundido, seco y duro como un yermo.<\/p>\n<p>Desde peque\u00f1ita tuvo este humildoso concepto de s\u00ed misma: mientras sus hermanos jugaban al pleno sol de los patios o corr\u00edan por la casa alborotando y atropellando con todo, porque tomaban la vida como una cosa propia, con esa confianza que da el sentimiento de ser fuertes, ella, refugiada en un rinc\u00f3n, ahogaba el dulce deseo de llora, \u00fanico de su ni\u00f1ez enfermiza, como si tampoco se creyera con derecho a este disfrute inofensivo y simple. Crecieron, sus hermanas se volvieron mujeres, y fueron cortejadas y celebradas, y amaron, y tuvieron hijos; a ella, siempre preterida- que hasta su padre se olvidaba de contarla entre sus hijos-, nadie le dijo nunca una palabra amable ni quiso saber c\u00f3mo eran las ilusiones de su coraz\u00f3n. Se daba por sabido que no las pose\u00eda. Y fue as\u00ed como adquiri\u00f3 el h\u00e1bito de la renunciaci\u00f3n sin dolor y sin virtud.<\/p>\n<p>Ahora, en la soledad de la casa, segu\u00eda discurriendo la vida simple de Luisana, como agua sin rumor hacia un remanso subterr\u00e1neo; pero ahora la confortaba un \u00edntimo contentamiento. \u00a1T\u00fa ser\u00e1s la paz!&#8230; Y estas palabras, las \u00fanicas lisonjeras que jam\u00e1s escuch\u00f3, le hab\u00edan revelado de pronto aquella raz\u00f3n de ser de su existencia, que ni ella misma nadie encontrara nunca.<\/p>\n<p>Ahora quer\u00eda vivir, ya no pensaba que la luz del d\u00eda se desde\u00f1ase de su insignificancia, y todas las ma\u00f1anas, al correr las habitaciones desiertas, sacudiendo el polvo de los muebles, aclarando los espejos empa\u00f1ados y remudando el agua fresca de las jarras; y cada vez que aderezaba en la mesa los puestos de sus hermanos ausentes, convencida de que esta pr\u00e1ctica manten\u00eda y anudaba invisibles lazos entre las almas discordes de ellos, reconoc\u00eda que estaba cumpliendo con un noble destino de amor, silencioso, pero eficaz, y en m\u00edsticos transportes, sin sombra de vanagloria, sent\u00eda que su humildad hab\u00eda sido buena y que su simpleza era ya santa.<\/p>\n<p>Terminados sus quehaceres y anegada el alma en la dulce fruici\u00f3n de encontrarse buena, se entregaba a sus cadenetas; y a veces, turbada por aquel silencio de la casa y por aquel claro sol de las ma\u00f1anas que se romp\u00eda en los patios, se hilaba por las rendijas y se esparc\u00eda sin brillo por todas partes arreba\u00f1ando la penumbra de los rincones; mareada por aquella paz que le produc\u00eda suav\u00edsimos arrobos, se sentaba al piano, un viejo piano donde su madre hiciera sus primeras escalas, y cuyas voces desafinadas ten\u00edan para ella el encanto de todo lo que fuera como ella, humilde y desprovisto de atractivos.<\/p>\n<p>Tocaba a la sordina unos aires sencillos que fueran dulces. Muchas teclas no sonaban ya; una, rompiendo las armon\u00edas, daba su nota a destiempo, cuando la mano dejaba de hacer presi\u00f3n sobre ella; o no sonaba, qued\u00e1ndose hundida largo rato. Esta tecla hac\u00eda sonre\u00edr a Luisana. Dec\u00eda:<\/p>\n<p>&#8211; Se parece a m\u00ed. No servimos sino para romper las armon\u00edas.<\/p>\n<p>Precisamente por esto la quer\u00eda, la amaba, como hubiera amado a un hijo suyo, y cuando, al cabo de un rato, despu\u00e9s que hab\u00eda dejado de tocar, aquella tecla, subiendo inopinadamente, deba su nota en el silencio de la sala, Luisana sonre\u00eda y se dec\u00eda a s\u00ed misma: \u201c\u00a1Oigan a Luisana! Ahora es cuando viene a sonar.\u201d<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana Luisana se qued\u00f3 muerta sobre el piano, oprimiendo aquella tecla. Fue una muerte dulce que llego furtiva y acariciadora, como la amante que se acerca al amado distra\u00eddo y suavemente le cubre los ojos para que adivine qui\u00e9n es.<\/p>\n<p>Vinieron sus hermanos; la amortajaron; la llevaron a enterrar. Ester y Mar\u00eda la lloraron un poco; Carlos y Ram\u00f3n corrieron la casa, registrando gavetas, revolviendo papeles. En la tarde se reunieron en la sala a tratar sobre la partici\u00f3n de los bienes de la muerta.<\/p>\n<p>La vida y la contraria fortuna hab\u00edan resentido el lazo fraternal, y cada alma alimentaba o un secreto rencor o una envidia secreta. Carlos, el aventurero, hab\u00eda sido desgraciado: fracas\u00f3 en una empresa quim\u00e9rica, arrastrando en su bancarrota dinero del marido de Ester, el cual no se lo perdon\u00f3 y quiso infamarlo, acus\u00e1ndolo de quiebra fraudulenta; Mar\u00eda no le perdonaba a Ester que fuera rica y no partiera con ella su boato y la estimaci\u00f3n social que disfrutaba; Ester se desde\u00f1aba de aceptarla en su c\u00edrculo, por la obscuridad del nombre que hab\u00eda adoptado; y todos despreciaban a Ram\u00f3n, que hab\u00eda adquirido fama de usurero y los avergonzaba con su sordidez.<\/p>\n<p>Pero todas esas malas pasiones se hab\u00edan mantenido hasta entonces agazapadas, sordas y latentes, pero secretas; hab\u00eda algo que les imped\u00eda estallar, una dulce violencia que acallaba el rencor y desamargaba la envidia: Luisana. Ella intercedi\u00f3 por Carlos, y porque ella lo exig\u00eda, el marido de Ester no le lanz\u00f3 a la verg\u00fcenza y a la ruina; ella intercedi\u00f3 siempre para que Ester invitase a Mar\u00eda a sus fiestas; ella pidi\u00f3 al hermano avaro dinero para el hermano pobre, y a todos amor para el avaro; pero siempre de tal modo que el favorecido nunca supo que era a ella a quien le deb\u00eda agradecer, y hasta el mismo que otorgaba se quedaba convencido y complacido de su propia generosidad.<\/p>\n<p>Ahora, reunidos para partirse los despojos de la muerta, cada uno comprend\u00eda que se hab\u00eda roto definitivamente el v\u00ednculo que hasta all\u00ed los uniera, y que iban a decirse unos a los otros la \u00faltima palabra; y en la expectativa de la discordia tanto tiempo latente, que por fin iba a estallar, enmudecieron con ese recogimiento instintivo de los momentos en que se echa a perder la suerte, y al mismo tiempo la idea de la hermana pas\u00f3 por todos los pensamientos, como una \u00faltima tentativa conciliadora a cumplir el encargo paterno: \u00a1T\u00fa ser\u00e1s la paz y la concordia!<\/p>\n<p>Entonces comprendieron a aquella hermana simple que hab\u00eda vivido como un ser insignificante e in\u00fatil y que, sin embargo, cumpl\u00eda un doble destino de amor y de bondad, y fue as\u00ed como vinieron a explicarse por qu\u00e9 ellos inconsciente que los obligaba a esconder en su presencia las malas pasiones.<\/p>\n<p>En un instante de honda vida interior, temerosos de lo que iba a suceder, sintieron que se les estremeci\u00f3 el fondo incontaminado del alma, y a un mismo tiempo se vieron las caras, asust\u00e1ndose de encontrarse solos.<\/p>\n<p>Pero fue necesario hablar, y la palabra dinero viol\u00f3 el recogimiento de las almas. Rebulleron en sus asientos, como si se apercibieran para la defensa, y cada cual comenz\u00f3 a exponer la opini\u00f3n que deb\u00eda prevalecer sobre el modo de efectuar el reparto de los bienes de la hermana y a disputarse la mejor porci\u00f3n.<\/p>\n<p>La disputa fue creciendo, convirti\u00e9ndose en querella, rayando en pelea, y a poco se cruzaron los reproches, las invectivas, las injurias brutales, hasta que por fin los hombres, ciegos de ira y de codicia, saltaron de sus asientos, con el arma en la mano, desafi\u00e1ndose a muerte.<\/p>\n<p>Las mujeres interced\u00edan suplicantes, sin lograr aplacarlos, y entonces, en un s\u00fabito receso del clamor de aquellas voces descompuestas, todos oyeron indistintamente el sonido de una nota que sal\u00eda del piano cerrado.<\/p>\n<p>Volvieron a verse las caras y, sobrecogidos del temor a lo misterioso, guardaron las armas, as\u00ed como antes escond\u00edan las torpes pasiones en presencia de Luisana: todos sintieron que ella hab\u00eda vuelto, anunci\u00e1ndose con aquel suave sonido, dulce, aunque destemplado, como su alma simple, pero buena.<\/p>\n<p>Era la nota de Luisana, sobre cuya tecla se hab\u00eda quedado apoyado su dedo inerte, y que de pronto sonaba, como siempre, a destiempo.<\/p>\n<p>Y Ester dijo, con las mismas palabras que tanto le oyeron a la hermana, cuando en el silencio de la sala gem\u00eda aquella nota solitaria:<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Oigan a Luisana!<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gallegos-romulo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/p>\n<h6><em>Obras completas<\/em>. Ed. Aguilar. Tomo I. Pp. 1154-1160.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>R\u00f3mulo Gallegos Eran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ram\u00f3n, Ester, Mar\u00eda. La vida los fue dispersando, llev\u00e1ndoselos por distintos caminos, alej\u00e1ndolos, male\u00e1ndolos. 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