{"id":2682,"date":"2021-12-11T20:16:04","date_gmt":"2021-12-11T20:16:04","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2682"},"modified":"2023-11-24T18:35:51","modified_gmt":"2023-11-24T18:35:51","slug":"el-sindrome-de-lisboa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-sindrome-de-lisboa\/","title":{"rendered":"El s\u00edndrome de Lisboa (cap\u00edtulo I)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Eduardo S\u00e1nchez Rugeles<\/h4>\n<p><strong>I. Obertura. <em>Dies irae<\/em><\/strong><\/p>\n<p><strong>U<\/strong>n a\u00f1o despu\u00e9s de la desaparici\u00f3n de Lisboa, el mundo segu\u00eda en el mismo lugar. Los agoreros del desastre tuvieron que resignarse al paso de los d\u00edas, a la repetici\u00f3n incesante de las horas, como si nada hubiera ocurrido, como si la p\u00e9rdida de m\u00e1s de quinientas mil almas hubiera sido una experiencia fugaz y sin importancia. El Juicio Final, anunciado por profetas exaltados, qued\u00f3 suspendido hasta nuevo aviso. La existencia mantuvo su rumbo errante a pesar de que, seg\u00fan los expertos, el eje de rotaci\u00f3n del planeta sufri\u00f3 un grave e imperceptible desplazamiento. Las mareas y los vientos adoptaron comportamientos err\u00e1ticos, una masa de niebla se agolp\u00f3 sobre los cielos lejanos del Caribe, pero el sol continu\u00f3 su recorrido tranquilo y, pasados los meses de zozobra, los pueblos de la Tierra aprendieron a convivir con la memoria de la tragedia.<\/p>\n<p>Pero a pesar de que las vidas humanas siguieron adelante, existe un antes y un despu\u00e9s de Lisboa. Desde que estall\u00f3 la desembocadura del Tajo, el tiempo transcurrido es una experiencia cotidiana de la inanidad y el vac\u00edo. La fatalidad que destruy\u00f3 Portugal fue una bisagra en la trama del mundo, el punto de giro de un argumento macabro y absurdo, una prueba fehaciente de nuestro desamparo frente a los impredecibles designios de Dios, el Azar o la Nada.<\/p>\n<p><strong>U<\/strong>n a\u00f1o despu\u00e9s de la desaparici\u00f3n de Lisboa, tres a\u00f1os despu\u00e9s de la pandemia, me encuentro en el mismo lugar. Hace fr\u00edo. Las moscas revuelan alrededor de las servilletas usadas, tiradas en el suelo. El televisor, anclado en la esquina de la barra, muestra im\u00e1genes intermitentes de un concierto ben\u00e9fico. No ten\u00eda conciencia de la efem\u00e9ride, Gim\u00e9nez fue el que se acord\u00f3: \u00ab\u00a1C\u00f3mo nos enga\u00f1aron con aquello del fin del mundo! Aqu\u00ed seguimos. \u00a1Una verdadera l\u00e1stima!\u00bb. Limpiaba los filtros de cerveza, parec\u00eda hablar para s\u00ed mismo, disgustado por su buena fortuna. Las visiones me invadieron de lleno, como si se tratara de un acontecimiento reciente. Las l\u00e1grimas de Tatiana acapararon el recuerdo. El fin de Lisboa coincidi\u00f3 con nuestro hundimiento.<\/p>\n<p>Me distraigo con el concierto, reconozco a The Edge, el guitarrista de U2, envejecido y enlutado. \u00abLive in Berlin<em>. Lisbon forever<\/em>\u00bb, anuncia el cintillo del noticiero, sobre una marea de gente que conmemora el aniversario de la hecatombe. No se escucha nada. Gim\u00e9nez mira la televisi\u00f3n a diario, pero nunca la oye. Me incorporo en la silla, inclino el cuerpo sobre la barra; el control remoto, envuelto en cinta pl\u00e1stica, descansa al lado de una pila de vasos. Subo el volumen, la canci\u00f3n eleg\u00edaca se cuela entre el polvo. Una pel\u00edcula de grasa porcina cubre la pantalla, provocando el efecto de un filtro amarillo, de un Bono con hepatitis. Miro a mi alrededor, enfocando mi desconsuelo en las fotograf\u00edas colgadas en la pared y en una estanter\u00eda sobre la que reposan algunas medallas de lat\u00f3n. El barullo de los mediod\u00edas fue silenciado por la carest\u00eda. Gim\u00e9nez limpia los filtros de sifones estropeados, a la espera de clientes que no volver\u00e1n, pero que, con sus idas y vueltas, alegr\u00edas y pesares, escribieron la historia privada de Bello Monte. Cierro los ojos. Recupero el abrazo de Tati. Los primeros rumores sobre lo que hab\u00eda ocurrido al otro lado del mundo nos permitieron acercarnos. El miedo a lo desconocido devel\u00f3 la profundidad de nuestros lazos y, durante unas horas, mientras no supimos lo que estaba pasando, cuando solo sab\u00edamos que en alg\u00fan lugar lejano hab\u00eda ocurrido lo impensable, nuestro amor arriesg\u00f3 sus \u00faltimos estertores.<\/p>\n<p>La informaci\u00f3n era imprecisa. Los medios, como era habitual, apostaron por la censura. Internet cay\u00f3, junto con todos los servicios de telefon\u00eda. La muerte de las redes sociales alent\u00f3 la desesperanza de aquellos que hab\u00edan reemplazado los sinsabores de la realidad por una existencia virtual y alternativa. Solo se sab\u00eda que un terremoto o algo parecido hab\u00eda devastado una parte de Europa y que, en cualquier momento, pod\u00eda ocurrir una r\u00e9plica. El temor por la suerte de los seres amados pobl\u00f3 las iglesias de n\u00f3veles feligreses, porque muchos de los hijos y hermanos de nuestros amigos, de nuestros vecinos, de nuestra urbanizaci\u00f3n, de nuestra ciudad, de nuestro pa\u00eds, hac\u00eda tiempo que se hab\u00edan mudado de continente, en busca de la serenidad perdida. Y en las calles, en las panader\u00edas, en las colas de los automercados, empez\u00f3 a circular la idea de que hab\u00eda comenzado el fin del mundo. La pen\u00ednsula ib\u00e9rica, comentaban los m\u00e1s entusiastas, hab\u00eda desaparecido. Al tercer d\u00eda, cuando la angustia le hab\u00eda dado la palabra a los fan\u00e1ticos, cuando la incertidumbre amenazaba con incendiar las embajadas, el Alto Mando Militar, en cadena de radio y televisi\u00f3n, inform\u00f3 lo que en el resto del planeta era un hecho confirmado y fehaciente. Me cost\u00f3 creerlo. Tati lloraba sobre mi hombro, repitiendo en voz baja: \u00ab\u00a1Dios m\u00edo, Dios m\u00edo!\u00bb. Los estragos en la ciudad de Lisboa eran incuantificables. \u00abLa Rep\u00fablica Bolivariana de Venezuela \u2014balbuce\u00f3 un ministro imberbe\u2014, ofrece su solidaridad al pueblo portugu\u00e9s y presenta sus m\u00e1s profundas condolencias a la colonia lusitana radicada en nuestro pa\u00eds\u00bb.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s, permanezco mirando el concierto en la barra de Gim\u00e9nez, desganado e incr\u00e9dulo. Sin nada que hacer, sin nada que perder, con las emociones revueltas por las revelaciones de Moreira, el abandono de Tatiana y la marca indeleble de los \u00faltimos duelos\u2026 los demasiados duelos. En Berl\u00edn, Lady Gaga interpreta una balada con arreglo de piano. La multitud, conmovida y drogada, la observa en silencio. Explosiones distantes. La batalla contin\u00faa en la autopista Francisco Fajardo. Estelas de p\u00f3lvora acompa\u00f1an la brisa. De vez en cuando se escucha alg\u00fan disparo o el grito desesperado de una arenga libertaria, pronunciada por alg\u00fan estudiante cautivo o moribundo. Los combates son parte del paisaje, pero no hay esperanza ni ambici\u00f3n. Lo \u00fanico que queda es el hast\u00edo inagotable de nuestras vidas anuladas y los fuegos fatuos de la resistencia, condenados a desaparecer.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/eduardo-sanchez-rugeles\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Eduardo S\u00e1nchez Rugeles I. Obertura. Dies irae Un a\u00f1o despu\u00e9s de la desaparici\u00f3n de Lisboa, el mundo segu\u00eda en el mismo lugar. 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