{"id":2643,"date":"2021-12-05T19:55:40","date_gmt":"2021-12-05T19:55:40","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2643"},"modified":"2024-11-29T15:08:01","modified_gmt":"2024-11-29T19:38:01","slug":"senda-dialogos-perdidos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/senda-dialogos-perdidos\/","title":{"rendered":"La senda de los di\u00e1logos perdidos (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Mario Morenza<\/h4>\n<p><b>Dos tazas de caf\u00e9 antes del trig\u00e9simo paso<\/b><\/p>\n<p><b>A-1\/ <\/b><b>Diciembre 2005<\/b><b><\/b><\/p>\n<p>Apoyarme en el balc\u00f3n toda la vida fue un acto religioso. Un ritual equivalente al acto, teatral algunas veces, de se\u00f1oras emperifolladas que han de inclinarse en los muebles de la Iglesia, mientras el cura recita versos ininteligibles (al menos para m\u00ed) de la Biblia, llenos de par\u00e1bolas sabias, consejos milenarios que, con el transcurso de los siglos, no logran desenredarse (al menos para m\u00ed). Imagino a estas se\u00f1oras ponerse de pie. Estrechar palmas con el vecino m\u00e1s pr\u00f3ximo. Secarse la cara enjuagada de l\u00e1grimas propias y ajenas. Despu\u00e9s de este inalterable acto, de tarde en tarde teatral y rid\u00edculo, las l\u00e1grimas vuelven a sentarse en pa\u00f1uelos arrugados o van a morir junto con sus hermanas de agua a cualquier manga de seda oscura, con olor a guardado. La diferencia entre la man\u00eda de mirar el mundo desde mi balc\u00f3n y esta variante parroquiana del yoga, es que mi m\u00fasica de fondo no son las letan\u00edas celestiales. Y no tengo idea de por qu\u00e9.<\/p>\n<p>Escucho carreras de caballo y programas especializados en hipismo durante todo el d\u00eda. Estoy obsesionado con las carreras de caballo. Sin embargo, tengo quince a\u00f1os que no sello ni un 5 y 6. La abstinencia absoluta. Es como ir a una licorer\u00eda y mirar las botellas de vino, whiskey y vodka y jam\u00e1s atreverse a comprar ninguna. Al menos reconozco mi mal. No se trata de una promesa en busca de alg\u00fan milagro esquivo, de alguna cruz o ung\u00fcento purificador. La paradoja es absurda y est\u00e1 te\u00f1ida de una constante de derrotas. Digamos que toda mi vida le apost\u00e9 al caballo equivocado. No el perdedor de los perdedores, ese que siempre se traga el humo de la ambulancia, no. Toda mi vida le he apostado al caballo que siempre estuvo a punto de ganar. Finales de fotograf\u00eda. La ant\u00edtesis del fanatismo, seguro pensar\u00e1n aquellos a quienes le conf\u00edo mi haza\u00f1a descolocada. Yo le llamar\u00eda una met\u00e1fora a la vida de un fan\u00e1tico de la gloria casi alcanzada. Estoy enviciado con paradojas absurdas y no tengo idea de por qu\u00e9.<\/p>\n<p>O la pureza del fanatismo.<\/p>\n<p>El desinter\u00e9s.<\/p>\n<p>El impulso de abandona la memoria y muere.<\/p>\n<p>Que te peguen los coletazos de viento cuando pasa la manada de caballos. Es un viento destilado, que pareciera venir sin esas \u201cbasuritas\u201d que te espolean los ojos y hacen que te los restriegues con tus nudillos.<\/p>\n<p>Me gusta apoyarme en el balc\u00f3n y ver pasar gente, ver la cara de la gente. Ver c\u00f3mo se desencajan sus facciones. Me anima la situaci\u00f3n. Esta actividad, de alg\u00fan modo, me recuerda a las v\u00e1lidas. Todos los habitantes de Bloque 4 retornan y parten a sus propias carreras. Entre esos dos puntos categ\u00f3ricos que establecen momentos, existen fen\u00f3menos de car\u00e1cter concluyente. Una historia. Y en sus bolsos o maletines y carteras llevan su porvenir fragmentado. Piezas m\u00ednimas con las que construir\u00e1n sus sue\u00f1os o terminar\u00e1n por destrozarlos. Se puede llegar a decir que atestiguo principios y fines de jornadas. A veces veo a la chica que se pinta el cabello de colores como si le hubiera ca\u00eddo un arco\u00edris en la cabeza. La chica estrafalaria. La escucho susurrar canciones que se le meten en su cerebro a trav\u00e9s de aud\u00edfonos y, horas despu\u00e9s, cuando ya la noche ha ca\u00eddo, la veo llegar con el maquillaje despanzurrado en su rostro. Tambaleante, atraviesa la vereda. Con las pulseras de metal chillando por el roce. Supongo, que la noche, al caer, le frot\u00f3 el rostro. La chica estrafalaria.<\/p>\n<p>Todos los d\u00edas a eso de las 6 y 30, Chicho saca a pasear a su perro chow-chow. El canino parece llevar un registro de sus pasos, como si los tuviera contados y dar uno menos o dos m\u00e1s de lo permitido, le traer\u00eda consecuencias irreversibles. El perro va y viene de su letra a la m\u00eda. Salta al terreno de la manera en que un ni\u00f1o se zambulle en un mar septembrino. Se detiene. Mira sigiloso. Se paraliza. Algo se mueve entre los arbustos. Corre. Corre como un artefacto teledirigido. Luego, intempestivo, destronca su cintura para cambiar comprometidamente su orientaci\u00f3n y desviarse hacia un mont\u00edculo y echarse y revolcarse en la tierra. Se pone en pie despu\u00e9s de la en\u00e9sima vuelta sobre s\u00ed mismo. Reestabiliza su eje, bordea mi \u00e1rbol favorito, a veces orina en \u00e9l, a veces no, otras, amaga con regarlo y se conforma con levantar su pata trasera por unos segundos. A veces la humanidad realiza un movimiento semejante. Un movimiento perpetuo. Siempre he querido preguntarle eso a alguien.<\/p>\n<p>La biograf\u00eda de una persona puede escucharse en el tono de las pisadas. Confieso que reconozco algunas. El tamborileo. Un pie delante y otro atr\u00e1s. Luego se invierten cincuenta veces hasta detenerse en un punto determinado, durante los segundos en que el andante emplea para sacar sus llaves y hacer crujir cerraduras y rejas. Quiz\u00e1 levante una pierna en el trayecto o tal vez no, o s\u00f3lo se conforme con un amague de chutar una lata de cerveza abandonada en el camino.<\/p>\n<p>S\u00e9 reconocer cuando una persona es impaciente por s\u00f3lo escucharla caminar. El ritmo de los desplazamientos dice mucho. Igual, cuando una persona es solitaria. \u00c9stas, por lo general, caminan r\u00e1pido y no miran a los lados, a veces se les olvida mirar a los lados, cuando cruzan avenidas y calles que suponen solitarias de veh\u00edculos y viene uno y le cruza los huesos y todo por dentro. Deber\u00eda buscar trabajo como int\u00e9rprete de pasos. Que me contraten en alg\u00fan Ministerio. En alg\u00fan bufete de abogados. Y decidir qu\u00e9 personas son aptas para determinado cargo y cu\u00e1les no. <i>D\u00e9jeme contratar por Ud. <\/i>Ese ser\u00eda mi lema.<\/p>\n<p>Ser\u00eda mi slogan. As\u00ed jefes y gerentes encorbatados de escritorio y oficina se ahorrar\u00edan tiempo en entrevistas insulsas, hip\u00f3critas e innecesarias. S\u00f3lo exigir\u00eda, para el \u00f3ptimo despliegue de mi talento, una peque\u00f1a pista de cinco metros en la que ordenase caminar de un lado a otro a los aspirantes. Caminar de izquierda a derecha las veces necesarias. Con la voz distorsionada, oculto en esas cabinas de testigos, que entre sospechosos eligen a quien acusar. Desde all\u00ed dar\u00e9 mis \u00f3rdenes de movilizaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ahora, con la caminer\u00eda reci\u00e9n inaugurada en el terreno, muchos vecinos han bajado a recorrerla. A sudar y exprimir los kilos de m\u00e1s. Los m\u00e1s arriesgados trotan. En la tierra las pisadas no se escuchan. La arena, las piedras y el monte no dejan subir el sonido, o ser\u00e1 la tierra misma que se los traga. Con baldosas de por medio, como una l\u00e1mina de retenci\u00f3n, es la \u00fanica forma en que puedo conocer de qu\u00e9 \u00e1nimos est\u00e1 una persona.<\/p>\n<p>Muchos, en Bloque 4, me han catalogado como un hombre atento, que sabe escuchar (eso s\u00ed). Por un tiempo vivi\u00f3 en el bloque una chica veintea\u00f1era. Yo le llevaba (o le llevo) una d\u00e9cada de ventaja (o de vejez). Por no s\u00e9 qu\u00e9 raz\u00f3n nos hicimos amigos. Tal vez la poes\u00eda. Tal vez mi buen humor, no s\u00e9. Esta chica, al parecer, ten\u00eda varios amantes, entre los cuales yo engros\u00e9 la lista al a\u00f1o de conocerla. De conocerla cuando fuimos presentados, quiero decir, en una maldita reuni\u00f3n de condominios en que la discusi\u00f3n sobre la mala iluminaci\u00f3n del estacionamiento fue desvirtuada para hablar mal de To\u00f1ito. Sab\u00eda qu\u00e9 d\u00edas invitarla a tomarse un caf\u00e9 y cu\u00e1les no con s\u00f3lo escuchar sus pisadas.<\/p>\n<p>Aprend\u00ed a escuchar con la lucidez que da la pr\u00e1ctica apasionada, a escuchar c\u00f3mo camina una mujer despu\u00e9s de hacer el amor. Ella llegaba. Ella abat\u00eda la reja, sin delicadezas ni eufemismos. Ella enfilaba su paso por la vereda. De esa reja a la entrada de la Letra A, hay unos quince metros, que en total ser\u00edan unos treinta pasos. Con veinte pasos ya sab\u00eda si ven\u00eda de beber con sus amigas, de estudiar con sus amigas, o de alg\u00fan encuentro con alg\u00fan amigo. En este caso, yo me regresaba a la cocina antes que ella diera el paso treinta y me tomaba dos tazas de caf\u00e9 (una taza la destinada a ella). Le\u00eda el peri\u00f3dico, el vespertino, que por lo general traen una amplia rese\u00f1a de hipismo y desvergonzados consejos para apuestas.<\/p>\n<p>Me acostaba a dormir. Lo que no quiere decir que me dorm\u00eda al instante. Quiz\u00e1 la duplicada dosis de cafe\u00edna me proclamaba el insomnio. Por lo general, sin cepillarme los dientes me acostaba. Pasaba mi lengua por los incisivos. Por los caninos. Por los molares. Por las enc\u00edas. Y trapeaba con mi lengua los restos lechosos de caf\u00e9. Era una terapia. Una consolaci\u00f3n salivosa por no tener a mi vecina conmigo y una manera de darle ejercicio a mi lengua predispuesta a enredarse. Imaginaba en que esquinas de la ciudad habr\u00eda estado esta chica. Cu\u00e1l rutina hab\u00eda articulado entre estaciones de Metro, paradas de autob\u00fas y una carrera de taxi. Entre uno y otro malabarismo de mi imaginaci\u00f3n me dorm\u00eda pensando en las frases de su pr\u00f3xima visita que sustituyeran mi realidad so\u00f1ada en ella. La realidad desde esos tiempos la med\u00ed en compases, con pausas relativas y no tengo idea de por qu\u00e9.<\/p>\n<p>Cuando uno desarrolla el o\u00eddo para ciertos sonidos es dif\u00edcil ignorarlos. Lo s\u00e9 porque mi madre fue pianista y para ella escuchar teclear un piano desafinado era el grito de un ni\u00f1o cuereado con correas o toallas mojadas. Las pisadas de los vecinos del A-3 son insoportables. Sobre todo cuando sus pies est\u00e1n descalzos. Los pies son la parte m\u00e1s sucia del cuerpo. Es escuchar sentimientos desnudos. Una especie de voyeurismo del Hades.<\/p>\n<p>Y el Hades tiene forma de A-1. Y en el A-3 parece que nadie usa zapatos. \u00bfSer\u00e1n de esa religi\u00f3n asi\u00e1tica que promueve evitar el uso de zapatos dentro de la casa para no llevar al hogar las malas energ\u00edas de la ciudad? O, por alguna raz\u00f3n, se enteraron de mis cualidades y quieren que funja de psic\u00f3logo horas extras, para que un buen d\u00eda les diga, cuando me los consiga por casualidad en las escaleras, todo lo que tienen por dentro. Caminan y caminan, siento las plantas de los pies anteponi\u00e9ndose una a la otra y la otra a la una, en sus chuponzazos de piel sudada \u2014de medias reci\u00e9n salidas de zapatos y de pies reci\u00e9n salidos de medias\u2014 sobre las baldosas fr\u00edas. Las veces que sub\u00eda la-chica-de-muchos-amantes era mi salvaci\u00f3n, pero, ahora, en la era post mudanza de la-chica-con-muchos-amantes, no me queda otra que aguantarme confesiones inconscientes. A veces los dones son maldiciones. Para enero del 2006, cambiar\u00e9 mi habitaci\u00f3n para el cuarto que da a Bloque 5.<\/p>\n<p>Pon los pies en la Tierra y sabr\u00e9 qui\u00e9n eres. Ma\u00f1ana, muy temprano, ver\u00e9 el despertar de otras tantas v\u00e1lidas.<\/p>\n<p>Los pies son la parte m\u00e1s sucia del cuerpo y no he sabido por qu\u00e9.<\/p>\n<p><b>Graba Conversaciones<\/b><\/p>\n<p><b>A-3\/ Julio 2005<\/b><\/p>\n<p>Las man\u00edas son tan variadas como los c\u00f3digos gen\u00e9ticos. Algunas tienden a ser lo suficientemente bizarras para sospechar en el individuo que las perpetra un halito demencial. Es el caso del se\u00f1or Gustavo Seco que, durante los a\u00f1os vividos, padecidos y, de alg\u00fan modo, perpetrados en el apartamento A-3 de Bloque 4, registr\u00f3 con su grabadora todas las reuniones de condominio, conversaciones eventuales con sus vecinos en la vereda, en el estacionamiento, en las escaleras de Bloque 4. Registr\u00f3 con su grabadora conversaciones acodado en la repisa de los balcones, arremangado a la cerca del parque, en los bancos de cemento o madera del parque, en la caminer\u00eda. Su peregrinar de cinco a\u00f1os fue, al mismo tiempo, nutrir los anaqueles de su habitaci\u00f3n con una alimentada biblioteca conversacional que archiv\u00f3 con rigurosidad taxon\u00f3mica. Un diario \u00edntimo de sus conversaciones. Seco era profesor de bachillerato y se peinaba con gomina, ya en estos tiempos escasa.<\/p>\n<p>Por tres gruesas horas, el olor a descomposici\u00f3n sorprendi\u00f3 los olfatos de los vecinos de la Letra A durante el mediod\u00eda de un s\u00e1bado. Cuando se percataron que el \u00fanico de los residentes que faltaba por reportar su queja era el se\u00f1or Seco y que su Sierra estaba estacionado en su puesto habitual, sospecharon que algo andaba mal: la pestilencia ya no era a comida descompuesta, sino a \u00f3rganos humanos en descomposici\u00f3n. Entre Pulusa, El Psic\u00f3logo de Bloque 4 y los poderes mentales de Rafaela forzaron la puerta luego de varios intentos para comunicarse con \u00e9l. Seco era flaco y alto, y con\u00a0 un tic nervioso en el ojo izquierdo que lo hac\u00eda parpadear compulsivamente. El hemisferio derecho de sus bigotes ten\u00eda una proporci\u00f3n de quince canas por cada cien vellos.<\/p>\n<p>El cuerpo de Seco fue hallado sin vida. Todos los vecinos, aunque negaran con falsas miradas y excusas sin convicci\u00f3n, quer\u00edan ver el t\u00e9trico espect\u00e1culo del A-3, as\u00ed las n\u00e1useas complicaran la soltura en el caminar y malabarismos intestinales. A un lado de la cama, hab\u00eda un carnaval de hojas de ex\u00e1menes, al otro, un carnaval de botellas de diversas marcas y porcentajes alcoh\u00f3licos que, a primera vista, se confund\u00eda con la vitrina de un botiqu\u00edn o con una exposici\u00f3n et\u00edlica que le daba la vuelta a un samb\u00f3dromo miniatura. Del otro lado, una pared forrada completamente de cassettes y, en todo el medio, el reproductor encendido reverberaba como una boca cuya dentadura era un armaz\u00f3n de aluminio y teclas. Rafaela, instintivamente, dijo: \u201cEsto parece la emisora radial del infierno\u201d. Extendi\u00f3 el brazo y puls\u00f3 el bot\u00f3n <i>play<\/i>.<\/p>\n<p>Se escuch\u00f3 la voz del se\u00f1or Alfredo Troconis llevando la batuta. Algo distorsionada por el forzado desplazamiento de la cinta a trav\u00e9s de los conductos mec\u00e1nicos del reproductor. Al parecer, se trataba de la \u00faltima reuni\u00f3n de condominios cuya asistencia lleg\u00f3 a las ocho personas.<\/p>\n<p>Pulusa que, por su reacci\u00f3n, pareci\u00f3 m\u00e1s asqueado por las palabras que brotaban de las cornetas que por el espect\u00e1culo dantesco, hundi\u00f3 su dedo en el bot\u00f3n Stop y la voz del administrador, la odiada voz del administrador, se apag\u00f3 en seco. El se\u00f1or Seco, cada vez que los Leones ganaban, pon\u00eda a todo volumen el himno nacional, y fue el estribillo patrio lo que comenz\u00f3 a sonar cuando Pulusa volte\u00f3 el cassette y oprimi\u00f3 Play de nuevo. Segundos despu\u00e9s qued\u00f3 la sensaci\u00f3n de como si el <i>Gloria al bravo pueblo<\/i> hubiera sacudido las entra\u00f1as del aire. Hasta ese momento ning\u00fan vecino hab\u00eda visto ninguna mosca: comenzaron a revolotear numerosos escuadrones de moscas dentro del cuarto. La invasi\u00f3n a\u00e9rea se agudiz\u00f3 en el coro y fue imposible la permanencia en aquella habitaci\u00f3n sin ser acariciado por el aleteo de cientos de puntos negros voladores.<\/p>\n<p>Seco se abotonaba la camisa hasta dejar libre los dos \u00faltimos botones de arriba.<\/p>\n<p><b>Rafaela<\/b><\/p>\n<p><b>A-4\/ Julio 2005<\/b><\/p>\n<p>Despu\u00e9s de pulsar el bot\u00f3n Play, Rafaela parec\u00eda la \u00fanica imperturbable. El resto de los vecinos estaban desorientados. Rafaela, desde ni\u00f1a, una c\u00e1psula la cubri\u00f3 de las emociones y asombros. Los psiquiatras que trataron de indagar sobre el misterio de su car\u00e1cter \u00edgneo, sospecharon la ausencia de una hormona, o cromosoma, o, en fin, la ausencia de un elemento gen\u00e9tico con el que nunca dieron. En el silencio de Rafaela, los vecinos presum\u00edan una promesa o un secreto que tem\u00eda ventilar, o por qu\u00e9 no, a veces le daban raz\u00f3n a la ciencia: lo de Rafael era una falla de origen.<\/p>\n<p>Rafaela pasaba casi todo su tiempo pintando. Cuando no lo hac\u00eda, se dedicaba a imaginar pr\u00f3ximas creaciones. En sus cincuenta a\u00f1os de vida, ha tenido dos ataques catal\u00e9pticos. Casi una met\u00e1fora de su personalidad: simulacros de una muerte. Rafaela pintaba v\u00edrgenes. V\u00edrgenes con sus palmas juntas, rezando. V\u00edrgenes con sus palmas juntas, agachadas. V\u00edrgenes sentadas, de rodillas, volando, o elev\u00e1ndose con \u00e1ngeles; v\u00edrgenes en las monta\u00f1as, en los r\u00edos, en la lluvia, dentro de una gota de lluvia; en el mar, construyendo castillos de corales subacu\u00e1ticos. V\u00edrgenes negras, v\u00edrgenes blancas con sus palmas escondidas, trigue\u00f1as, andinas y orientales. La diversidad racial y costumbrista de su pante\u00f3n beat\u00edfico le daba a su obra la heterogeneidad que siempre escase\u00f3 en los vitrales de las iglesias.<\/p>\n<p>Rafaela, diez a\u00f1os atr\u00e1s, se ganaba la vida leyendo el porvenir de las personas en sus propias c\u00e9dulas de identidad. La atm\u00f3sfera burocr\u00e1tica y laminada del futuro se manejaban ella con soltura verbal y veracidad. D\u00edgitos de siete y ocho cifras bastaban para diagramarle a sus clientes los futuros posibles. Rafaela se negaba a leer c\u00e9dulas vencidas, argumentando que tra\u00edan mala suerte, tanto para el propietario del documento como para ella. Rafaela se ganaba la vida dici\u00e9ndole a la gente lo que quer\u00edan escuchar. Le fue bien.<\/p>\n<p>Rafaela abandon\u00f3 el apartamento A-3. Sin mediar palabras con los vecinos apurru\u00f1ados como en un vag\u00f3n f\u00fanebre. Rafaela cruz\u00f3 el rellano que la separaba de su apartamento. Se hizo un arroz a la cubana. Destap\u00f3 una botella de Frescolita y sac\u00f3 de un anaquel un paquete de galletas Newton. En mitad de un bocado, se detuvo a pensar en la esposa de su vecino. \u00c9sta andaba de viaje y llegar\u00eda ma\u00f1ana, a cualquier hora del domingo. No dudaba que ella misma era la \u00fanica en poseer el tel\u00e9fono de la se\u00f1ora Seco, pues no era una mujer muy sociable. Era profesora de educaci\u00f3n Art\u00edstica en bachillerato y, aunado a esto, la cercan\u00eda geogr\u00e1fica de sus apartamentos, hab\u00eda facilitado la tenue amistad. Una vez la se\u00f1ora Seco la invit\u00f3 a una clase para que mostrase algunas v\u00edrgenes.<\/p>\n<p>Una mosca. Dos y tres m\u00e1s, empezaron a revolotear por la mesa. Rafaela, en el aletear de los insectos, reconoci\u00f3 en ellos su m\u00e1s reciente destino tur\u00edstico y que el olor a huevo y arroz les apetec\u00edan m\u00e1s que los brebajes alcoh\u00f3licos de la muerte.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de almorzar, Rafaela busc\u00f3 su agenda. All\u00ed ten\u00eda anotado el tel\u00e9fono celular de la se\u00f1ora Seco. La llev\u00f3 a las manos de Navarro, el abogado. Qu\u00e9 palabras utilizar, fue la traducci\u00f3n del silencio colectivo de los vecinos que, en la vereda, recordaban una congregaci\u00f3n de pascuas. A todo el que pasaba cerca de ellos, de salida o de llegada, le informaban lo ocurrido con el tono de una agencia de noticias especializada en necrolog\u00edas. La tragedia ocurrida los seduc\u00eda y los llevaba a compartir m\u00e1s, a abrazarse como excusa de quienes nunca se han, ni siquiera, dado un beso de saludo en la mejilla.<\/p>\n<p>A todos le informaban, con exactitud de detalles: la marca de la botella a medias bebida, cu\u00e1ntas moscas planeaban y cu\u00e1ntas aterrizaban sobre el cuerpo de Seco, el promedio de notas de los ex\u00e1menes que correg\u00eda el desgraciado. A la media hora, con la capacidad que tiene una historia de ir de una persona a otra y desfigurarse, todo Bloque 4 ten\u00eda una versi\u00f3n oficial que variaba de Letra a Letra. Por ejemplo, en la Letra D, el se\u00f1or Seco hab\u00eda muerto envenenado por un antigripal vencido. En la C, se hab\u00eda suicidado (que no era descartable). En la G, se hablaba de crimen pasional, sosteniendo esta teor\u00eda en el viajecito de su esposa al interior del pa\u00eds. Y en la E, a\u00fan estaba presente la muerte de las hermanastras Torrealba, y se pensaba que hab\u00eda un psic\u00f3pata asesino entre los bloquecuatre\u00f1os. Pero, comunicarse con su esposa, ya viuda sin saberlo, era algo diferente. No se trataba de una noticia transformada en chisme. Buscar a un familiar no tan cercano para que \u00e9ste se encargara de informar era lo m\u00e1s viable. El olor a podredumbre a las cuatro de la tarde se hab\u00eda acentuado. Urg\u00eda hacer la llamada. Unas horas m\u00e1s y el apartamento iba a ser el cuartel general de las moscas de Coche. Navarro sac\u00f3 su celular del bolsillo, y marc\u00f3 la docena de d\u00edgitos. Son\u00f3 una. Son\u00f3 dos. Son\u00f3 tres, cuatro, siete veces y dos llamadas m\u00e1s. Y otras tres. En la cuarta ocasi\u00f3n, la voz programada de una operadora dijo que el tel\u00e9fono estaba fuera de cobertura e sugiriendo intentarlo de nuevo m\u00e1s tarde. Luego de agradecer por usar el servicio de telefon\u00eda a distancia, surgi\u00f3 de la nada, en la nada del tel\u00e9fono, la voz de la se\u00f1ora Seco, invitando a dejar su mensaje despu\u00e9s del pitido. Navarro cancel\u00f3 la llamada. El se\u00f1or Luis, el psic\u00f3logo del A-1, dijo que, de seguro, dentro del apartamento, hab\u00eda una agenda con los tel\u00e9fonos de las amistades de los Seco. Gerardo, del A-7, dijo con impertinencia que los tel\u00e9fonos de las amistades de los Seco seguro estaban anotados en una sola hoja, para qu\u00e9 iban a tener una agenda. Nadie, obviamente, hubiera ignorado e, incluso, reprochado el comentario de Luis en otra situaci\u00f3n. Bueno, no nos queda otra, dijo Navarro, a ver, \u00bfqui\u00e9nes entramos y resolvemos esto de una buena vez? Nosotros \u00e9ramos los \u00fanicos amigos de Seco.<\/p>\n<p>Navarro no hab\u00eda terminado de hablar cuando Rafaela, casi movi\u00e9ndose como un zombie, se dirigi\u00f3 a la entrada de la Letra A.<\/p>\n<p>\u2014!Bueno! \u2014exclam\u00f3 Navarro\u2014, \u00a1all\u00e1 va la valiente Rafaela!, s\u00e9 que ella podr\u00e1, sin la ayuda de nadie, encontrar la agenda. Ella y la se\u00f1ora Seco se llevan bien, creo que hasta van al Bingo juntas. Y Rafaela, \u00bfse acuerdan?, tiene ese extra\u00f1o s\u00edndrome de no se impresionarse con nada ni con nadie.<\/p>\n<p>Pasaron veinte minutos y Rafaela a\u00fan no bajaba con tel\u00e9fono alguno anotado. Treinta. Cuarenta minutos. \u201cVoy a ir llamando a una funeraria mientras tanto\u201d, dijo Luis. \u201cMejor subamos, sabes c\u00f3mo es Rafaela\u201d, dijo Navarro, llev\u00e1ndose su dedo \u00edndice a la sien para indicar cierto grado de locura.<\/p>\n<p>De pronto, se escuch\u00f3 desde el cuarto del occiso, el sonido de una conversaci\u00f3n entre Navarro y Seco: <i>En esta mierda de bloque a nadie le gusta trabajar<\/i>, dice Navarro. <i>Tienes raz\u00f3n, aqu\u00ed todos son unos zagaletones que quieren que todo se los d\u00e9 el gobierno<\/i>, dice Seco. <i>Muy cierto, no pueden ver una repartidera de algo<\/i>, dice Navarro. Se escuchan unos ladridos, ladridos de Chow-Chow. <i>Ya toda esta situaci\u00f3n me est\u00e1 cansando<\/i>, a\u00f1ade Navarro.<\/p>\n<p>Los vecinos subieron envalentonados con una tropa de bomberos solicitada por alg\u00fan otro vecino bloquecuatre\u00f1o. Cuando entraron al A-3, vieron a Rafaela con sus instrumentos art\u00edsticos, su atril, sus paletas, sus acuarelas, su delantal, sus pinceles y su talento. Retrataba la imagen del se\u00f1or Seco en brazos de una virgen. Una virgen asi\u00e1tica, sobre un pedestal que recordaba a un radio reproductor port\u00e1til.<\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p><b>La piel del humo<\/b><\/p>\n<p><b>A-7 \/ Diciembre 2010<\/b><\/p>\n<p>Azar. Azar. Azar deber\u00eda ser el nombre secreto de Dios cuando no quiere firmar. Es la mejor definici\u00f3n que he escuchado sobre esta palabra. La le\u00ed en la prensa. A\u00fan conservo el art\u00edculo. Es de un escritor portugu\u00e9s que se llama Lobo Antunes. Fue a la guerra. Anduvo en la guerra. Merode\u00f3 en la guerra. Transpir\u00f3. Recolect\u00f3 memorias tanto propias como ajenas. Y es m\u00e9dico. Mi origen portugu\u00e9s me llev\u00f3 a recortar el art\u00edculo. Lo met\u00ed dentro de mi billetera como si cargase en mi bolsillo una vivencia ajena, del mismo modo que Lobo Antunes, con lo que atestiguaban sus ojos, sus o\u00eddos y sus tactos, dobl\u00f3 existencias ajenas dentro de papeles para luego transcribirlas a m\u00e1quinas o con cualquier instrumento que estuviera a mano. En las guerras se ve mucho humo. Se llega a oler su ausencia. Lo vuelve todo niebla. Conocemos el significado de la palabra <i>ef\u00edmero<\/i> cuando el humo apogea al m\u00e1ximo. No s\u00e9 si fueron las ollas. O el gas, tambi\u00e9n en su m\u00e1ximo apogeo. Las hornillas ya se acostumbraron al fuego y su roce constante y diario no les arengar\u00e1 m\u00e1s cicatrices. As\u00ed ocurre con aquellos ilusionistas, creo, que caminan sobre piedras incandescentes. Lo cierto es que mis cigarrillos se me agotaron. Cosa extra\u00f1a un jueves, pues compro los lunes para la semana. Lo que quiere decir que en esta semana de final de d\u00e9cada me siento un poco m\u00e1s nervioso. Ser\u00e1 diciembre que se me hace humo. Mis vivencias ajenas y propias ni siquiera las resguardo yo. En ning\u00fan bolsillo. El incendio volvi\u00f3 ef\u00edmero el pasado. Cuadros. Un arpa heredada y un acorde\u00f3n decimon\u00f3nico. Mis ancestros musicales se desgarraron. La piel del humo acribilla y gime como un gorgoteo en el aire. Las paredes de mi apartamento parecen un mapa meteorol\u00f3gico de tormenta pr\u00f3xima. Una sombra arrastrada y barnizada en los resquicios m\u00e1s inconcebibles. Ten\u00eda una biblioteca de lo mejor de la literatura mundial. Memoria ajena y lejana. Mis \u00e1lbumes de fotos. Memoria ajena y, a menudo, propia cuando las hago m\u00eda en mis manos. Nunca asegur\u00e9 el apartamento. Nunca cre\u00ed en lo seguros, comencemos por ah\u00ed. Mis hijos siempre quisieron asegurarme y yo en todos sus intentos me negu\u00e9 con propiedad y cambiaba el tema. Ahora es vivir como en los esqueletos de las llamas. La piel del humo todas las noches me acaricia. Su aroma es mi perfume. Ni un Hugo Boss ni un prototipo de Talco Mennen para estos casos podr\u00e1 arranc\u00e1rmelo. Vidrios crujieron y estallaron. Cuando llegue la \u00e9poca de lluvia, habr\u00e1 otros nuevos vidrios empotrados en las ventanas. El de los espejos no importan mucho.<\/p>\n<p>Cuando llegu\u00e9 con mi nuevo lote de cigarrillos vi salir de cada una de mis ventanas gruesos brazos de humo, un gris p\u00e9treo que ahorcaba \u00e1rboles. Y luego de asfixiarlos, se estiraban para irse contra las nubes. Los bomberos tardaron como veinte minutos en llegar. Diez minutos antes, ya era in\u00fatil su presencia.<\/p>\n<p>Uno de ellos me pidi\u00f3 un cigarrillo. Le di una caja para que repartiera los veinte cigarros contenidos en ella, entre sus compa\u00f1eros del turno de aquel jueves.<\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p><b>Se vende<\/b><\/p>\n<p><b>A-8 \/<\/b> <b>Mayo 2005<\/b><\/p>\n<p><i>Se vende apartamento<\/i>. <i>Un ba\u00f1o<\/i>. <i>Tres cuartos<\/i>. <i>Balc\u00f3n<\/i>. <i>100 metros cuadrados<\/i>. <i>Dos de los tres cuartos tienen closet<\/i>. <i>Incluimos nevera Kenmore<\/i>. No la pudimos sacar. Cuando lo intentamos, la puerta de la cocina era un imposible. Tendr\u00edamos que haber derribado media pared desde el marco de la puerta. No val\u00eda la pena. Cuando remodelamos el apartamento, hace cinco a\u00f1os, nos olvidamos que alg\u00fan d\u00eda nos mudar\u00edamos y tendr\u00edamos que llevarnos nuestras pertenencias. Cu\u00e1ntas pertenencias se habr\u00e1n quedado en esos 100 metros cuadrados. En ese cubo, en el paralelep\u00edpedo dividido en cub\u00edculos de funciones hogare\u00f1as. En los \u00faltimos tiempos, cuando Emily tiene guardia en el Hospital, recorro cada uno de estos cub\u00edculos.<\/p>\n<p>Sumido en clasificar ropas y adornos para luego meterlos en cajas, atino en que tambi\u00e9n dejaremos algo m\u00e1s que una nevera que refriger\u00f3 nuestras sobras de la cena o el desayuno del d\u00eda siguiente. Recorro el A-8 como un fantasma. En ausencia de Emily, su voz, sus gemidos cuando la recostaba contra las paredes, sus gritos celebrando alguna jugada de Los Cardenales, sus llantos, sus lloriqueos y sus llorantinas a\u00fan siguen presentes en cada metro cuadrado, embutidos y a\u00f1ejados en l\u00e1mparas, ocultos, descansando en nuestras almohadas disputadas por mil noches.<\/p>\n<p>El A-8 es una c\u00e1mara de m\u00fasica. Sent\u00eda la ausencia de Emily cuando recordaba, angustiosamente, lo all\u00ed vivido que no pod\u00edamos embalar. \u00daltimamente, Emily me ha reprochado que, en mis vacaciones, no he organizado nada para nuestra mudanza. Es dif\u00edcil meter en una caja imaginaria recuerdos inasibles, invisibles y completamente reales. Mi padre me dijo una vez, trat\u00e1ndome de explicar la filosof\u00eda de la vida y la muerte utilizando piezas de domin\u00f3, que el pasado no exist\u00eda. Que la planificaci\u00f3n era algo que iba m\u00e1s all\u00e1 de la vida misma y de la muerte. Que el futuro no exist\u00eda. Que lo pasado s\u00f3lo encontraba su forma dentro del cr\u00e1neo, en esas im\u00e1genes l\u00edquidas, a veces carrasposas, de cuando en cuando gruesas y arcillosas como los restos de un ladrillo machacado a martillazos. Y las piezas las mov\u00eda del modo que el Uno Uno estuviera lo m\u00e1s alejado o lo m\u00e1s cerca del Seis Seis.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de esas explicaciones qued\u00e9 alelado. Como si el diccionario que define el comienzo y el fin de una existencia estuviera escrito con puntos duplicados y tallados en un paralelep\u00edpedo que conten\u00eda la sabidur\u00eda de cien mil maestros tibetanos.<\/p>\n<p>Mientras barr\u00eda debajo de la cama, descubr\u00ed cierta proliferaci\u00f3n de part\u00edculas de polvo. Tan acumuladas que pod\u00eda apreciar su olor. Asum\u00ed que una soluci\u00f3n para embalar recuerdos, es que estos fueran del tama\u00f1o de motas de polvo. As\u00ed deben ir de uno a otro lado dentro del cerebro. Agrup\u00e1ndose. Asoci\u00e1ndose. He all\u00ed el aprendizaje. La cosecha de sentimientos de una persona a otra. El milagro de los pensamientos. Los sentimientos cosechados de otra persona a uno. Los hemisferios norte o sur. O izquierdo. O derecho. Qu\u00e9 curioso que el cerebro humano se compone de una manera absolutamente partidista, en dos pedazos contrapuestos c\u00f3mo suele dividirse el mundo. Emily, el izquierdo. Yo, el derecho. Ambos tenemos lo mejor de cada comarca neural. Ejemplo: Emily sabe en qu\u00e9 lugar puede ir un bombillo. Yo manejo a la perfecci\u00f3n el arte de poner un bombillo. Y de destruirlos. Lo primero en el mundo fue el verbo. Este mundo dividido, este A-8 fue verbo. Fue bombillos en cada rinc\u00f3n. Fue gemidos cuando acostaba verticalmente a Emily en las paredes. La columna de Emily entre las columnas del A-8 y mi pecho. Fue verbo mil veces. Con un martillo enterr\u00e9 clavos en esas mismas paredes y colgu\u00e9 cuadros. Colgu\u00e9 retratos.<\/p>\n<p>Y, ahora, en mi mano tengo este mismo martillo.<\/p>\n<p>En total, yo atornill\u00e9 veintid\u00f3s bombillos.<\/p>\n<p>En total, Emily ubic\u00f3 veintid\u00f3s bombillos.<\/p>\n<p>En total, quebrar\u00e9 veintid\u00f3s bombillos con mi martillo. Los quebrar\u00e9 como c\u00e1scaras de huevo. Y es como acabar con los cr\u00e1neos de cien mil sabios, desgarrar cien mil almohadas, desdentar las bocas que se atrevieron a pronunciar mil verbos simult\u00e1neamente. Toda la casa llena de esquirlas. Tan inasibles, tan nobles y fr\u00e1giles como lo noble e inasiblemente fr\u00e1gil que no podemos embalar. Que nos tomar\u00edan por locos en una aduana. En una inspecci\u00f3n de rutina y el azar emblem\u00e1tico de nuestras alcabalas caraque\u00f1as. Toda la furia. El A-8 no tiene luz. La acabo de embalar. Nunca tuvimos una linterna ni un s\u00e9ptimo d\u00eda. Le ped\u00edamos prestada a Pulusa la suya. Hermandad vecinal. Aquellos tiempos, Emily.<\/p>\n<p>Emily, no te quites los zapatos cuando entres por favor. No te los quites. Estoy en un cub\u00edculo que puede ser nuestra habitaci\u00f3n, o el ba\u00f1o. Te escribo mensajes de texto. Espero tengas encendido tu celular. No quiero escuchar m\u00e1s tus gemidos, tus llantos y lloriqueos en este apartamento. Ya no cabe m\u00e1s nada en las cajas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mario-morenza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mario Morenza Dos tazas de caf\u00e9 antes del trig\u00e9simo paso A-1\/ Diciembre 2005 Apoyarme en el balc\u00f3n toda la vida fue un acto religioso. 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