{"id":2506,"date":"2021-11-21T20:53:00","date_gmt":"2021-11-21T20:53:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2506"},"modified":"2023-11-24T18:36:24","modified_gmt":"2023-11-24T18:36:24","slug":"dos-cuentos-de-milagros-mata-gil","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-milagros-mata-gil\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Milagros Mata Gil"},"content":{"rendered":"<h4><strong>El p\u00e1jaro imposible<\/strong><\/h4>\n<p style=\"padding-left: 150px;\"><em>El deseo por esa figura salvaje y graciosa\u00a0<\/em><em>\u00a0<\/em><em>me acompa\u00f1a siempre: o por lo menos revive cuando el amor o lo inesperado, me invitan<\/em>.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 150px;\">Jos\u00e9 Balza: La sombra de oro<\/p>\n<p>Todo comienza con los esplendores de un adjetivo hallado en el relato de un ni\u00f1o que desea seducir un p\u00e1jaro. Desde el fondo de la luz, me voy sumergiendo en el sue\u00f1o.\u00a0\u00a0En el cuaderno est\u00e1n guardadas las hojas del \u00e1rbol de oro y la fotograf\u00eda que capta a un hombre y una mujer posando juntos, sonrientes, recortados contra un fondo oscuro. A su derecha, un espejo refleja la otra cara del d\u00eda.<\/p>\n<p>Las hojas del \u00e1rbol y la foto me devuelven a las zonas m\u00e1gicas por donde transitamos aquellos d\u00edas. Siempre pr\u00f3ximos. Comiendo juntos. Adivin\u00e1ndonos el destino en los signos de la baraja, o en las palabras del hor\u00f3scopo. Revel\u00e1ndonos gustos y recuerdos. Recibiendo el asombro de los otros. A ratos, cada quien volaba hacia sus particulares espesuras, para resguardar los misterios. Es agosto. La claridad de este domingo, silencioso y solemne,\u00a0me trae visiones de muerte. Las letras se destacan sobre la pantalla. Corren. Se agrupan a un leve golpe de teclas.<\/p>\n<p>La habitaci\u00f3n del hotel tiene ventanales cubiertos por persianas amarillas. Toda la luz est\u00e1 apenumbrada hacia tonos nost\u00e1lgicos. Hay cierta cualidad de lo clandestino en el aire. Alfombras y tapizados marrones. Cubrecamas verdeoscuro. L\u00e1mparas que jam\u00e1s iluminan directamente. En habitaciones paralelas, dos seres construyen su versi\u00f3n de los hechos: las adaptaciones de sus biograf\u00edas. El lee una carta escrita a mano, en papel bond\u00a0\u00a016 con membrete de oficina p\u00fablica. La letra es firme y a veces desordenada por el arrebato. Ella intenta leer un libro, adormecida por la m\u00fasica que brota de un peque\u00f1o artefacto: se reproducen temas de famosas pel\u00edculas de amor. Lee, deslumbr\u00e1ndose por la elegancia del lenguaje del escritor, por su breve eficacia. Piensa tambi\u00e9n en un gran tablero de ajedrez: en una partida muy larga que es\u00a0\u00a0a veces\u00a0\u00a0\u00a0un ejercicio literario. Piensa en la lentitud de las jugadas, en su car\u00e1cter ambiguo, en ese silencio mortal que envuelve el bosque lleno de trampas donde se mueven las piezas. Quiz\u00e1 escribi\u00f3 una carta ese mediod\u00eda. De cualquier manera, s\u00f3lo son ficciones.\u00a0\u00a0Movimientos que la pueden volver o no invisible. De pronto, alguien toca la puerta. El sonido es apagado por el rumor de los acondicionadores de aire. Sin embargo, ella lo escucha y se levanta. Abre sin preguntar, porque adivina.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la cena copiosa, fueron los tragos en el bar de los boleros. Nunca tuvieron la necesidad de sentarse juntos para ir construyendo la atm\u00f3sfera de los encuentros. Tampoco pronunciaron palabras que fueran m\u00e1s all\u00e1 de las estrictas trivialidades sociales. Con lo vivido. Con la carta que ella le entregara al mediod\u00eda, todo estaba dicho. Esa noche se despidieron en el pasillo, dese\u00e1ndose descanso. Ni promesas, ni seducciones contenidas. Ahora, \u00e9l atraviesa el espacio entre sus puertas enfrentadas. Y ella abre, reci\u00e9n ba\u00f1ada, cubierta por una dom\u00e9stica franela ancha, azul y un poco deste\u00f1ida. No lo esperaba, pero tampoco se sorprende. Es el riesgo de lo inextinguible. El entra. La mira. Tampoco ahora se dicen palabras. Ambos saben que todo lo que ocurra ya habr\u00e1 sido\u00a0\u00a0minuciosamente deseado. El abrazo es espont\u00e1neo, fuerte, por un momento, casi fraternal. Despu\u00e9s, los labios se buscan febrilmente. Se funden los jugos de las lenguas encendidas. Los espejos rectangulares\u00a0\u00a0repiten sus im\u00e1genes. En la penumbra de la habitaci\u00f3n, iluminada por la l\u00e1mpara de cabecera, s\u00f3lo se destaca la cama, con el cubrecama corrido sobre la s\u00e1bana blanca. En los espejos est\u00e1n los dos cuerpos: \u00e9l la empuja contra la pared. Sus manos peque\u00f1as y sensibles, han\u00a0\u00a0levantado el borde inferior de la tela y tocan con delicadeza los senos, detallan los pezones, mientras los besos se intercambian con lenta ferocidad. Ella le acaricia los cabellos recortados en la nuca, en las sienes, toca los l\u00f3bulos de sus orejas, desliza las manos por sus hombros y su espalda. Hay un aire salvaje y paradis\u00edaco en medio de la milim\u00e9trica precisi\u00f3n de ese hotel civilizado. El recorre su cuerpo, tantea sus formas. Ella abre la camisa. Muerde la piel, respirando ansiosa el olor. Aspira el aire con cierta desesperaci\u00f3n. A ratos se curva, estremecida. \u00c9l la acaricia por encima de la pantaleta de suave textura, provoc\u00e1ndole escalofr\u00edos y gemidos. Ella corre los dedos por el borde del cintur\u00f3n hasta encontrar el cierre. \u00c9l la ayuda a despojarse de la franela, de la pantaleta, contempla su s\u00f3lida desnudez. Pasa las manos abiertas por la rotundidad de las caderas, por la estrechez de la cintura, lame los pezones exaltados. Ambos parecen estar envueltos en azules chispas siderales cuando caen en la cama. Tiemblan descubri\u00e9ndose en olores y sabores. Se desvanecen entre las s\u00e1banas. Prueban el vac\u00edo. Se sienten, piel contra piel. Se convierten en electricidad pura: reflejos de un arco voltaico. El deseo es simple, coherente, concreto.<\/p>\n<p>Entonces abro los ojos, y la m\u00fasica acab\u00f3 hace rato. En el silencio, trato de captar los sonidos de la noche. Un coro de grillos despu\u00e9s de la lluvia. El aire acondicionado est\u00e1 demasiado fr\u00edo y me cobijo. Recuerdo el sue\u00f1o, lo voy recuperando lentamente. Todav\u00eda una nota apasionada vibra brutalmente dentro de m\u00ed. Tambi\u00e9n recupero el relato que le\u00eda: el p\u00e1jaro de la selva en manos del ni\u00f1o, el p\u00e1jaro imposible que el ni\u00f1o cautivara entre las ramas del \u00e1rbol de oro: lo hab\u00eda deseado tanto que pens\u00f3 que la fuerza de su deseo tendr\u00eda el poder necesario para retenerlo. Prefiri\u00f3 no tocarlo. Poseerlo con la sola abstracci\u00f3n del pensamiento. Saberlo suyo sin tener el derecho de los sentidos, ni de la raz\u00f3n. Lo dej\u00f3 intacto. No cort\u00f3 sus alas. No alter\u00f3 su plumaje. No lo someti\u00f3 a la jaula. S\u00f3lo contaba la felicidad que compart\u00edan ni\u00f1o y p\u00e1jaro, y que ven\u00eda del reflejo perfecto de ambos en el prisma. Todo error, toda carencia, quedaban soslayados, porque era imposible permitir que una secuencia infame rompiera la maravilla del ejercicio. Desde el centro de la madrugada, llega el d\u00eda certero. Las emociones del sue\u00f1o y el texto se han ido desvaneciendo. Una extra\u00f1a felicidad madura en m\u00ed. Me siento como si fuera navegando en una barca tibia y dorada, una barca de oro, s\u00f3lo yo entre el sol y el r\u00edo.<\/p>\n<p>Y ahora, cuando he regresado a mi casa, se van difuminando las im\u00e1genes del hotel, la fingida carta y el sue\u00f1o. Reviso el calendario para\u00a0\u00a0comprobar que esos d\u00edas transcurrieron, porque parecen diluirse en una materia on\u00edrica. Aqu\u00ed las luces son blancas, crudas: dibujan con espec\u00edfica realidad todas las cosas. Los ventanales son amplios. Las cortinas, claras. No hay resquicios para lo ambiguo. Todo lo dem\u00e1s parece fantas\u00eda. Pero la foto en el cuaderno, las hojas del \u00e1rbol de oro, la memoria del reverberante color met\u00e1lico del r\u00edo, y hasta la certeza de la barca dorada, me aseguran el paso del tiempo.<\/p>\n<p>Escribo, voy creando un mundo: su atm\u00f3sfera. Voy inventando los sentimientos, las pasiones, los deseos. Las letras doradas se re\u00fanen en la pantalla, forman palabras. Materia prima. Realidad impl\u00edcita del texto. Ignoro el v\u00ednculo entre lo vivido y lo escrito. Por un instante, que es para siempre inaprehensible, yo soy el ni\u00f1o que posey\u00f3 el p\u00e1jaro,\u00a0\u00a0soy el p\u00e1jaro,\u00a0\u00a0soy la mujer que escribi\u00f3 la carta, el hombre que la le\u00eda, soy la que so\u00f1\u00f3, lo so\u00f1ado y los protagonistas del sue\u00f1o: soy aquella que recuerda y es recordada, y la que escribe este domingo, en medio de la ma\u00f1ana solar de agosto, cuando la muerte se anuncia, justo para que la muerte no venga.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4><strong>En busca de la rosa invisible del para\u00edso<\/strong><\/h4>\n<p style=\"padding-left: 180px;\"><em>Una sola rosa es todas las rosas Y es \u00e9sta: el irreemplazable, El perfecto, el d\u00f3cil vocablo, Que encuadra el texto de las cosas. C\u00f3mo lograr decir sin ella Lo que fueron nuestras esperanzas, Y las tiernas intermitencias En nuestro incesante partir.\u00a0<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 180px;\"><em>Rainer Mar\u00eda Rilke: Las Rosas<\/em><\/p>\n<p><strong>I.<\/strong><\/p>\n<p>Contra lo que todos habr\u00e1n considerado, la muerte de la esposa no le fue desamparo sino una inconfesable liberaci\u00f3n. Despu\u00e9s de casi 50 a\u00f1os de un matrimonio avenido a las rutinas, despu\u00e9s de los \u00faltimos siete a\u00f1os y de las terribles crisis que sobrevinieron sobre ellos y que le hicieron sentir c\u00f3mo el alma se le iba marchitando dentro del cuerpo, y c\u00f3mo el cuerpo se le iba afectando de innumerables dolencias y amarguras, ahora iba sintiendo el crepitar de la vida, que siempre busca una manera de surgir. Siete a\u00f1os antes, su coraz\u00f3n se hab\u00eda alegrado con la visi\u00f3n de un idilio portentoso, pero prohibido. Nunca pas\u00f3, y quiz\u00e1s nunca habr\u00eda pasado, de unos textos intercambiados, unas miradas que llevaban gozo, unos gestos compartidos, alguna caricia iniciada y resistida en el intento, la \u00edntima alegr\u00eda de los encuentros en los dos servicios semanales que \u00e9l dirig\u00eda como pastor: una mujer lo hab\u00eda amado sin pedirle nada a cambio de su amor, pero \u00e9l la sentenci\u00f3, o ayud\u00f3 a sentenciarla, a la ignominia y la verg\u00fcenza. Una mujer hab\u00eda cre\u00eddo en \u00e9l, hab\u00eda pensado que \u00e9l ten\u00eda extraordinarios dones, inclusive hab\u00eda cre\u00eddo, contra toda l\u00f3gica, que le ser\u00eda posible regenerar los \u00f3rganos dados por perdidos, como \u00e9l le confes\u00f3 que deseaba. Y \u00e9l no pudo tan siquiera otorgarle a ella una regeneraci\u00f3n en su congregaci\u00f3n, reconociendo las fallas que se cometieron y las injusticias. Una mujer hab\u00eda asumido sobre ella todas las culpas para salvarlo y, al hacerlo, salv\u00f3 adem\u00e1s a todos aquellos que la acusaron y la execraron: la acusaron de acosarlo con mensajes de texto er\u00f3ticos, aunque nunca hubo tales mensajes y los que hubo y bordeaban en la seducci\u00f3n, siempre fueron los suyos. Su esposa reg\u00f3 la acusaci\u00f3n, mujeres de la congregaci\u00f3n se erigieron en guardianas de la virtud pastoral: se\u00f1alaron a la mujer como culpable, la insultaron en las plazas y los atrios y en las esquinas y en los patios maldijeron de ella. Y \u00e9l call\u00f3, minti\u00f3 y volvi\u00f3 a mentir para resguardar su ministerio, se justificaba, y la santidad de su matrimonio: a la esposa le prometi\u00f3 que jam\u00e1s la volver\u00eda a ver y fue necesario entonces que la expulsaran de la iglesia. Pero cu\u00e1nto de la renuncia a aquella promesa de felicidad en el amor se le hab\u00eda convertido en dolor y soledad y sequedad de esp\u00edritu.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong>.<\/p>\n<p>A estas alturas \u00e9l se pregunta a\u00fan \u00bfqui\u00e9n los incit\u00f3 a su infame acci\u00f3n sino fue la infernal Serpiente, como dijo el Poeta? Una mujer de la congregaci\u00f3n la encarn\u00f3, fue la propagadora por excelencia de las semillas de ciza\u00f1a, Mileida era su nombre, y con malicia animada por envidia y deseo de poder ofusc\u00f3 a la esposa. Cuando pens\u00f3 que peligraba su intento de control, impuls\u00f3 en la iglesia una guerra imp\u00eda, una lucha temeraria que finalmente le fue in\u00fatil: la congregaci\u00f3n se fue desbaratando: algunos se enfriaron por un tiempo, o para siempre. Otros, emigraron a otra iglesia, tocados por el escepticismo. Y pasaron meses, largos y tediosos, para que volviera a haber alg\u00fan ritmo m\u00e1s o menos armonioso en un espacio donde todos se hab\u00edan mirado con sospecha. Dentro de su casa, se instauraron zonas de penumbra y secreto que tardaron en hacerse rutinarias hasta volverse parte de la historia personal de cada cual: \u00e9l, su esposa, sus hijos, sus hermanos: la familia. Como alguien coment\u00f3, sobrevivieron al final los m\u00e1s fuertes. Pues, despu\u00e9s de todo, nada pas\u00f3: todo fue rumor e insulto soterrado: nada pas\u00f3.<\/p>\n<p><strong>III<\/strong>.<\/p>\n<p>Ahora, \u00e9l llamar\u00e1 por tel\u00e9fono a aquella mujer. Nueve meses antes, la esposa habr\u00e1 fallecido en medio de incomodidades sin fin y le habr\u00e1 pedido que la buscara y le pidiera perd\u00f3n por la injusticia, pero no se atrever\u00e1 a hacerlo sino en estos momentos, porque supo por personas interpuestas que ella se propon\u00eda irse de viaje por un tiempo largo, indefinido, quiz\u00e1s para siempre. La llamar\u00e1, pues, para pedirle una entrevista, y ella fingir\u00e1 que no reconoce la voz, ni el n\u00famero. O quiz\u00e1s no lo reconoce, qui\u00e9n lo sabe, y le dir\u00e1 que como para qu\u00e9, y \u00e9l, para aclarar de una vez todo aquel asunto, tan lejano, porque ya estamos viejos y cercanos al final, y me gustar\u00eda, si es posible, sanar las heridas y reanudar nuestra amistad, y ella, con esa ligera tesitura de duda que las mujeres imprimen cuando est\u00e1n al tel\u00e9fono, y quieren, pero no quieren acceder, dir\u00e1 s\u00ed, claro, no hay problema, pero hoy es martes, dir\u00e1, y no podr\u00e9 recibirte sino el viernes a las 5, dir\u00e1, resaltando el tuteo. Cosas de trabajo. Compromisos, ya sabes. Y \u00e9l lo que sabr\u00e1 es que lo hace para darle crueles largas al asunto y vengarse as\u00ed de su indecisi\u00f3n y su silencio Aquel viernes, frente a la reja, puntual, se detendr\u00e1 y aspirar\u00e1 los olores del cerco vivo de c\u00edtricos que circundar\u00e1 el terreno: limones, mandarinas, naranjas, toronjas, sembrados al azar y luego recortados para que crezcan horizontalmente y se mantengan a metro y medio del suelo. Por el borde de la casa ver\u00e1 una jardinera llena de flores semisilvestres: campanillas azules y amarillas, margaritas de muerto anaranjadas, las que llaman viudalegre, en blanco y en violeta, cariaquitos amarillos y morados, hibiscos rojos y buganvilias de diversos matices. Todo respirar\u00e1 fortaleza y supervivencia, y \u00e9l temer\u00e1 que le falten fuerzas para ingresar a esa casa en la hora crepuscular que los alcanza \u00bfqu\u00e9 quiere en realidad, qu\u00e9 busca? \u00bfRedenci\u00f3n, restauraci\u00f3n, esperanza, el cumplimiento de un sue\u00f1o largamente guardado, clandestina, secretamente? Llamar\u00e1, sin embargo, por el celular, para avisar de su presencia y casi de inmediato sentir\u00e1 el zumbido de la reja de entrada, y ella abrir\u00e1, a la vez, la puerta principal, como si lo esperara all\u00ed mismo, y \u00e9l entrar\u00e1 al porche iluminado por los colores de la tarde, el porche donde cuelgan los helechos, tal y como \u00e9l lo recordaba. Bienvenido, le dir\u00e1, extendi\u00e9ndole la mano, y su sonrisa parecer\u00e1 genuina. Conservar\u00e1 la prestancia gentil, el gesto desenvuelto y el perfume, oh, el inolvidable perfume. Llevar\u00e1 una especie de t\u00fanica azul oscuro hasta las corvas, de una tela vaporosa, que caer\u00e1 sobre un pantal\u00f3n gris ce\u00f1ido y sandalias cerradas, sin tac\u00f3n. Lo invitar\u00e1 a la cocina donde ya estar\u00e1n servidos el caf\u00e9 y los pasteles de hojaldre y el quesillo y el queso y la mermelada, todo eso que a \u00e9l le gusta en la celebraci\u00f3n \u00bfde qu\u00e9? \u00c9l le contar\u00e1 de su viudez, y ella guardar\u00e1 silencio, no le expresar\u00e1 sus condolencias, \u00e9l le dir\u00e1, insistiendo en la conciliaci\u00f3n, que su esposa, al final, hab\u00eda querido que los perdonara, y ella desestimar\u00e1, ha pasado mucho tiempo y est\u00e1 olvidado, pero \u00e9l insistir\u00e1, solicitando el perd\u00f3n expl\u00edcito de aquella mujer, y ella dir\u00e1 que hace mucho que recuerda en paz, seguir\u00e1 indiferente a esa muerte, y lo invitar\u00e1 a visitar su huerto: las filas ordenadas de aj\u00ed dulce, de papaya, de pimientos, de yuca, de tomates, de pl\u00e1tanos, los caminos de batata, los alm\u00e1cigos de las hierbas medicinales y de cocina, ella explicar\u00e1 los tiempos de cosecha, lo llevar\u00e1 hasta el vivero circular y le mostrar\u00e1 la vida: es la vida, y \u00e9l se ir\u00e1 desesperando porque no parece haber sitio para \u00e9l en esa vida donde ella reinar\u00e1 tranquilamente, y \u00e9l le dir\u00e1 que quiere una oportunidad, y ella dir\u00e1 si acaso no le basta que le abriera su casa tan confiada y compartieran el pan, y \u00e9l, no, pues quiere demostrarle a ella su amor, y ella se reir\u00e1 \u00bfde qu\u00e9 clase de amor se est\u00e1 hablando? \u00bfEl de un pastor por su oveja desechada, que logr\u00f3 sobrevivir en el desierto? No: el de un hombre que la am\u00f3 y no la ha olvidado. Un hombre que la am\u00f3 como mujer. Que la am\u00f3 hasta el delirio doloroso. Y ella se reir\u00e1, porque ya ha ca\u00eddo la noche tibia y hay luceros y se encienden los faroles de la calle, y regresar\u00e1n a la casa.<\/p>\n<p><strong>IV<\/strong>.<\/p>\n<p>\u00bfY c\u00f3mo ser\u00eda esa demostraci\u00f3n? Preguntar\u00e1 curiosa, incr\u00e9dula, burlona, ahora frente a las tazas de caf\u00e9 con leche espumosa. Yo s\u00e9 que no soy digno, pero \u00bfaceptar\u00eda casarse conmigo, ser mi compa\u00f1era, mi amiga, mi ayuda id\u00f3nea? (todav\u00eda sin tutearla, aunque ella s\u00ed lo hace, y lo llama por sus dos nombres) Porque, dir\u00e1, s\u00f3lo quiere ofrecerle algo que sea digno y honesto y mostrable a todos los ojos, y ella reir\u00e1, pues por supuesto es una locura, y luego se enseriar\u00e1: hay tantas preguntas y tantos obst\u00e1culos y tantos resentimientos y ella va desgran\u00e1ndolos, va desmigajando su propuesta, va fragment\u00e1ndola en una especie de an\u00e1lisis quir\u00fargico al que \u00e9l se somete, esquivando, aclarando, respondiendo, hasta que no queda sino el esquema b\u00e1sico del asunto: ya no importan los prejuicios, la opini\u00f3n de la familia, ni de la congregaci\u00f3n, ni la tiran\u00eda de sus pastores, ni el lugar donde vivir\u00edan, ni las cuestiones econ\u00f3micas: \u00e9l, dir\u00e1, ya est\u00e1 rendido y dispuesto a renunciar a todo aquello que una vez lo detuvo: s\u00f3lo quiere emprender la b\u00fasqueda de esas rosas invisibles que los poetas dicen que crecen en el Para\u00edso.<\/p>\n<p><strong>V.<\/strong><\/p>\n<p>Es entonces cuando ella le preguntar\u00e1 si sabe bailar y \u00e9l se desconcertar\u00e1, dir\u00e1 s\u00ed, dir\u00e1 no, y ella le responder\u00e1 que eso podr\u00eda ser un problema, porque siempre le han dicho que un hombre que no sabe bailar\u2026 y deja en suspenso la alusi\u00f3n que \u00e9l ahora entender\u00e1 y se sentir\u00e1 retado y desconcertado, y ella lo conducir\u00e1 a una salita iluminada indirectamente, una cama matrimonial, un televisor, una computadora de escritorio con pantalla grande, un aparato de sonido, una nevera peque\u00f1a y una cocineta: una especie de apartamento en miniatura que ella presentar\u00e1 como su habitaci\u00f3n propia, otra vez mostr\u00e1ndole su reino e independencia, otra vez haci\u00e9ndolo sentir las dudas, y pondr\u00e1 m\u00fasica: lenta, baladas, Sandro,\u00a0<em>Penumbras<\/em>, y lo invitar\u00e1 a bailar: fuego lento que quema ansias y coraz\u00f3n: incendios que van desde el o\u00eddo sensibilizado a la m\u00fasica y la letra y la voz hasta la piel y la entra\u00f1a. Bailar\u00e1n, firmemente unidos, y \u00e9l sentir\u00e1 su respiraci\u00f3n tibia en el cuello, tratar\u00e1 de no estrecharla, se contendr\u00e1, porque no sabe hasta d\u00f3nde llegar, indeciso ante la provocaci\u00f3n que parece evidente, pero quiz\u00e1s no lo sea, y cauteloso ante la sonrisa de ella que \u00e9l no ve, pero percibe, quiz\u00e1s su iron\u00eda, indescifrable para \u00e9l, pues su experiencia con mujeres no es mucha, y no sabr\u00e1 nada m\u00e1s sino que su cuerpo est\u00e1 tenso de deseo, respondiendo al roce suav\u00edsimo del de ella. Entonces, canta El Puma:\u00a0<em>atr\u00e9vete\/ crucemos el Jord\u00e1n\/<\/em>\u00a0Y ambos evocar\u00e1n a Josu\u00e9: ella recordar\u00e1 c\u00f3mo \u00e9l la ech\u00f3 de su congregaci\u00f3n sin darle ciudad de refugio y se tensar\u00e1, la sonrisa imperceptible detenida. \u00c9l, recordar\u00e1 su incapacidad para cruzar su personal Jord\u00e1n, todos sus miedos.\u00a0<em>Yo s\u00f3lo quer\u00eda ayudarte a desarrollar tus potencialidades, servir al Se\u00f1or sirvi\u00e9ndote,<\/em>\u00a0le dir\u00e1 ella, quebrantada de congojas, y \u00e9l entonces la envolver\u00e1 y buscar\u00e1 su boca con la suya para callarla y consolarla. Ser\u00e1 un beso c\u00e1lido y hondo, su lengua buscando la de ella, ambos rendidos a la emoci\u00f3n. Por primera vez. Se separar\u00e1n y ambos estar\u00e1n llorando y ambos se abrazar\u00e1n como reci\u00e9n llegando de un largo largu\u00edsimo viaje. Y volver\u00e1n a besarse, detenidos en el baile detenido mientras Raphael canta\u00a0<em>como yo te amo.<\/em>\u00a0\u00c9l pasar\u00e1 la mano por la tela de la t\u00fanica, buscando la piel que sabe suave y caliente. Ella le preguntar\u00e1 si tiene vellos en el pecho, y \u00e9l se reir\u00e1, se extra\u00f1ar\u00e1, pensar\u00e1 que ella tiene esas cosas, esas salidas, y le dir\u00e1 que s\u00ed y que si quiere verlos, y ella le dir\u00e1 que no, que quiere\u00a0<em>tocarlos\u00a0<\/em>y \u00e9l se apartar\u00e1 un poco para desabrochar la camisa y los dedos de ella, \u00e1vidos, audaces, exploradores, se enredar\u00e1n en los vellos y buscar\u00e1n los pezones erizados, mientras los de \u00e9l habr\u00e1n encontrado la ruta hasta los senos de ella, y temblar\u00e1n ambos, y ella se alejar\u00e1 un poco y le besar\u00e1 con unci\u00f3n la frente y la mejilla y otra vez se prender\u00e1 a su boca, e ir\u00e1n despoj\u00e1ndose de sus ropas, tajantes y eficientes, mientras la m\u00fasica sigue sonando\u00a0<em>de vez en cuando la vida\/ nos va besando la boca\u00a0<\/em>canta Serrat y ellos ser\u00e1n como ni\u00f1os que descubren un campo m\u00e1gico al que tienen que entrar de puntillas para no romper el hechizo: \u00e9l dudar\u00e1 \u00bfno quieres esperar hasta despu\u00e9s de la boda?, preguntar\u00e1, porque en verdad estar\u00e1 asustado ante la perspectiva del abismo para el que no estaba preparado al llegar. Y ella le dir\u00e1, endureciendo el cuerpo, estableciendo una distancia: si t\u00fa quieres, esperemos, pero recuerda que no he aceptado a\u00fan, y \u00e9l la besar\u00e1 otra vez, se sumergir\u00e1 en ella, cansado ya de tantos caminos desandados y tantas excusas, y se olvidar\u00e1 de las dudas, tan improcedentes para ellos, que van rumbo al ocaso. Y as\u00ed, con pasos de alegre danza, caer\u00e1n en la cama, desnudos y dichosos, \u00e9l la buscar\u00e1 perentorio, ya listo para la entrega, la montar\u00e1 sin dejar de besar su boca, para \u00edrsela bebiendo, embriag\u00e1ndose de ella, apretar\u00e1 con manos fuertes las caderas, hechas para los amantes y las maternidades, y ya probadas, y ella abrir\u00e1 las piernas, cincho ardiente. Ciertamente, las carnes ya no tendr\u00e1n la firmeza de otros d\u00edas y la belleza de los cuerpos es distinta, y se fundamenta en la pasi\u00f3n y los matices de la luz y los perfumes, pero la liturgia ser\u00e1 la misma que ha creado mundos desde que el mundo existe. \u00c9l penetrar\u00e1 confiadamente, rotundamente, en la h\u00fameda caverna donde encuentran respuestas rec\u00f3nditos misterios y lo sacudir\u00e1 la certeza de la epifan\u00eda tan ansiada, tan imaginada. Ella lo recibir\u00e1, trastornada por tanta ventura y tanto fausto. \u00c9l embestir\u00e1 y se conmover\u00e1 cuando ingrese en el orgasmo inevitable, derram\u00e1ndose en ella, abrumado por el placer, pero sintiendo verg\u00fcenza por la rapidez de un final que es principio, y musitar\u00e1 disculpas, que ella acoger\u00e1 dici\u00e9ndole que no hay mayor homenaje que su urgencia. Se enlazar\u00e1n luego, desnudos, \u00edntimos, mojados en sus jugos animales: una sola carne. Finalmente. \u00c9l le susurrar\u00e1: ahora tienes que casarte conmigo para hacerme un hombre honrado, y se reir\u00e1n suave, calladamente<\/p>\n<p><strong>VI<\/strong>.<\/p>\n<p>Mira el celular, con inmensa duda y temor y temblor \u00bfSe atrever\u00e1? \u00bfY c\u00f3mo ser\u00e1 recibido?<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/milagros-mata-gil-por-si-misma\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>Tomado de: La bisagra, el fog\u00f3n y el candil; blog oficial de la escritora. https:\/\/bfcrevistaliteraria.blogspot.com\/p\/cuentos.html<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El p\u00e1jaro imposible El deseo por esa figura salvaje y graciosa\u00a0\u00a0me acompa\u00f1a siempre: o por lo menos revive cuando el amor o lo inesperado, me invitan. Jos\u00e9 Balza: La sombra de oro Todo comienza con los esplendores de un adjetivo hallado en el relato de un ni\u00f1o que desea seducir un p\u00e1jaro. 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