{"id":2416,"date":"2021-11-16T22:08:08","date_gmt":"2021-11-16T22:08:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2416"},"modified":"2023-11-24T18:36:26","modified_gmt":"2023-11-24T18:36:26","slug":"cuentos-breves-de-ednodio-quintero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-breves-de-ednodio-quintero\/","title":{"rendered":"Cuentos breves de Ednodio Quintero"},"content":{"rendered":"<h4>El gallo pinto<\/h4>\n<p>Mi t\u00edo ten\u00eda un gallo pinto que se alimentaba de alacranes vivos, Un domingo de Ramos el gallo amaneci\u00f3 cantando y aleteando, euf\u00f3rico, alborozado, como si celebrara alg\u00fan sue\u00f1o grato. Mi t\u00edo se contagi\u00f3 con la alegr\u00eda del gallo. Le tante\u00f3 las patas\u00a0\u2011que le transmitieron una oleada de calor\u2011, y mirando el cielo sin nubes decidi\u00f3 que el d\u00eda era propicio para poner a prueba la capacidad guerrera de aquel soberbio animal de alas negras, pecho atigrado y espuelas de marfil.<\/p>\n<p>En la gallera bulliciosa la estampa del pinto impresion\u00f3 a los apostadores, que se mov\u00edan inquietos en sus asientos de madera mientras mi t\u00edo aguardaba desafiante en el centro del ruedo. De la primera fila se levant\u00f3 un viejo patilludo, ojos como brasas, sombre\u00adro ladeado, que sosten\u00eda entre sus manos un hermoso gallo pareci\u00addo a un \u00e1guila. Con voz ronca, atronadora, se dirigi\u00f3 a mi t\u00edo: \u201cMi mara\u00f1\u00f3n contra su pinto, don Marcos, al bulto y sin igualar espuelas\u201d.<\/p>\n<p>El combate fue breve y habr\u00eda de prolongarse para siempre en la memoria de los espectadores, pues, a los primeros aletazos del cuerpo del gallo pinto comenzaron a brotar alacranes que en un instante devoraron al mara\u00f1\u00f3n. En la confusi\u00f3n que antecedi\u00f3 a la desbandada salieron a relucir pu\u00f1ales, garrotes y alg\u00fan rev\u00f3lver de ca\u00f1\u00f3n ahumado. Se escuch\u00f3 el ruido seco de un disparo, y mi t\u00edo se desplom\u00f3, largo y pesado como un cedro de las monta\u00f1as. Gritos, resoplidos, maldiciones. Luego el silencio. Y del pico y de las alas Y de la cola reluciente del gallo pinto continuaron brotando alacranes, que se com\u00edan los portones y las vigas, los \u00e1rboles de la plaza, el puente colgante, las estatuas.<\/p>\n<h4><strong>La muerte viaja a caballo<\/strong><\/h4>\n<p>Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo crey\u00f3 ver una extra\u00f1a figura, oscura, fr\u00e1gil y alada volando en direcci\u00f3n al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levant\u00f3 con calma y entr\u00f3 en la sala. Y con gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignaci\u00f3n, descolg\u00f3 la escopeta.<\/p>\n<p>A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al r\u00edo, avanzaba la muerte en un fren\u00e9tico y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoci\u00f3 la silueta del enemigo. Se atrincher\u00f3 detr\u00e1s de la ventana, apront\u00f3 el arma y clav\u00f3 la mirada en el coraz\u00f3n de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la l\u00ednea imaginaria del patio. Y el abuelo, que hab\u00eda aguardado desde siempre ese momento, dispar\u00f3. El caballo se par\u00f3 en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abri\u00f3 los brazos, se dobl\u00f3 sobre s\u00ed mismo y cay\u00f3 a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.<\/p>\n<p>La detonaci\u00f3n interrumpi\u00f3 nuestras tareas cotidianas, reson\u00f3 en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubi\u00e9ramos establecido un acuerdo previo, en semic\u00edrculo rodeamos al caido. Mi t\u00edo se desprendi\u00f3 del grupo, se despoj\u00f3 del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo a\u00fan caliente de aquel desconocido, lo volte\u00f3 de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.<\/p>\n<h4>Tatuaje<\/h4>\n<p>Cuando su prometido regres\u00f3 del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido hab\u00eda aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en pr\u00e1ctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibuj\u00f3 en el vientre de la mujer un hermoso, enigm\u00e1tico y afilado pu\u00f1al.<\/p>\n<p>La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivi\u00f3 alguna extra\u00f1a enfermedad contra\u00edda en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la l\u00ednea vaga del horizonte, el marino emprendi\u00f3 el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase alg\u00fan consuelo, se acariciaba el vientre\u00a0adornado por el precioso pu\u00f1al.<\/p>\n<p>El dolor fue intenso, y tambi\u00e9n breve. El otro, hombre de tierra firme, comenz\u00f3 a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno.\u00a0Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguard\u00f3 desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le qued\u00f3 muerto encima, atravesado por el pu\u00f1al.<\/p>\n<h4>Venganza<\/h4>\n<p>Empez\u00f3 con un ligero y tal vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y el mirarse sorprendidos. \u00bfPor qu\u00e9 ellos? \u00bfQu\u00e9 oscuro designio los obligaba a reconocerse de pronto? Despu\u00e9s largas noches y soleados d\u00edas en inacabable y fren\u00e9tica fiebre.<\/p>\n<p>Cuando a ella se le notaron los s\u00edntomas del embarazo, el padre enfurecido grit\u00f3: \u201cVenganza\u201d. Busc\u00f3 la escopeta, llam\u00f3 a su hijo y se la entreg\u00f3 dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>-Lavar\u00e1s con sangre la afrenta al honor de tu hermana.<\/p>\n<p>\u00c9l ensill\u00f3 el caballo moro y se march\u00f3 del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba la sed de venganza, pero s\u00ed la tristeza del nunca regresar.<\/p>\n<h4>Un caballo amarillo<\/h4>\n<p>Si yo so\u00f1ara que soy algo m\u00e1s que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condici\u00f3n de b\u00edpedo pensante, enfilar\u00eda mis pasos rumbo a la ciudad m\u00e1s cercana, aquella que se vislumbra all\u00e1 en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de holl\u00edn el cielo sin nubes de esta ma\u00f1ana de septiembre.<\/p>\n<p>Me confundo entre la multitud sudorosa que sale del estadio. A empujones y codazos logro abordar un destartalado autob\u00fas repleto de escolares macilentos y ancianas desdentadas. A trav\u00e9s de la ventanilla contemplo el desfile de \u00e1rboles raqu\u00edticos que bordean la avenida. Un desconocido de rostro patibulario se me acerca sonriendo y me da una feroz patada en la espinilla. En silencio lo maldigo mientras me retuerzo como un gusano fulminado por un rayo de sol.<\/p>\n<p>Desciendo en la esquina del mercado y me envuelve el olor a pescado podrido mezclado al vaho que asciende del fondo de las alcantarillas. Las moscas oscurecen el aire, y una rata asoma el hocico desde el bolsillo del saco de un mendigo ciego. M\u00e1s all\u00e1, sentada en el umbral de una puerta rosada, una anciana prostituta se asolea las rodillas. Siento hambre, escarbo in\u00fatilmente en mi faltriquera, y me alejo poco a poco sin darme cuenta del sosegado ritmo de mis pasos.<\/p>\n<p>Por un rato ando extraviado entre el humo de las f\u00e1bricas, el ruido de los autos, el bullicio de los chicos que juegan al f\u00fatbol, las piernas rollizas de una mujer alta y rubia que arrastra un perro de pelaje oscuro. Y un viejo amigo que me saluda llorando. Otra vez escapo y creo refugiarme en la silenciosa intimidad de una iglesia. Me aturde la voz afeminada e irritante de un joven sacerdote, ojos azules y mejillas reci\u00e9n rasuradas, que agita un cristo con cara de perro rega\u00f1ado y vocifera en un idioma extra\u00f1o, mezcla de lat\u00edn; s\u00e1nscrito y arekuna. Me escurro sigilosamente y vomito en la acera.<\/p>\n<p>Casi sin interrupci\u00f3n me veo ahora sentado en un sof\u00e1, en la sala de unos parientes idiotas. Celebran mi visita con cuchicheos y sonrisas sesgadas. Me ofrecen caf\u00e9 o t\u00e9 o limonada. Revolotean a mi alrededor como p\u00e1jaros bobos. Recuerdan a la abuela asesinada durante una fiesta de carnaval de los a\u00f1os cincuenta y a la t\u00eda Margarita atacada de sarna perruna. Asqueado me despido, y con el golpe de la puerta comienzan, por tumo, torpemente, a enterrarme en la espalda los pu\u00f1ales que ocultaban entre sus vestiduras.<\/p>\n<p>Afuera la tarde es una flor anaranjada desgaj\u00e1ndose lentamente. Las puntas de mis zapatos mellados se\u00f1alan el camino de regreso. Me resisto a pensar. Mi cerebro es una cueva blanquecina, limpia y desolada, en la que, a intervalos muy breves, se desliza una sombra. Apenas una sombra y el obstinado revolcarse del viento entre los \u00e1rboles. Tarareo una melod\u00eda triste y desafinada, y desciendo por el callej\u00f3n pateando una lata de cerveza.<\/p>\n<p>Al llegar a mi casa me aguardan los gritos de mi mujer y el llanto de nuestros hijos. Mi mujer ha enflaquecido y los senos le cuelgan como una piltrafa. Los chicos tienen hambre. Patalean y me saltan encima y se me suben por todas partes como hormigas. Me derriban, a\u00fallan y pisotean mi cuerpo fatigado. Entonces me despierto y libre ya de pesadillas me afinco en mis patas traseras, de un salto me levanto, relincho de contento, galopo y el viento sacude mis crines amarillas.<\/p>\n<h4><strong>Jinete<\/strong><\/h4>\n<p>En mi pueblo viv\u00eda un loco que montaba un caballo de palo. Una noche, por encima de los tejados alumbrados por la luna, pas\u00f3 una bruja encaramada en una escoba. El loco la vio pasar, y sin pensarlo dos veces clav\u00f3 las espuelas al caballo. Nunca m\u00e1s supimos del jinete.<\/p>\n<h4><strong>Amputaci\u00f3n<\/strong><\/h4>\n<p>Los m\u00e9dicos decidieron amputarle la pierna, pero el paciente se opuso. Dijo que conoc\u00eda un remedio eficaz que lo sanar\u00eda en un par de semanas. Los m\u00e9dicos le advirtieron que la infecci\u00f3n podr\u00eda invadirle otros \u00f3rganos. El enfermo mantuvo su posici\u00f3n y se aplic\u00f3 el remedio con esmero&#8230; y ceguera, pues mientras la pierna mejoraba, el mal se ramificaba en todas las direcciones. La pierna san\u00f3 por completo, lo que no dej\u00f3 de asombrar a los m\u00e9dicos. Sin embargo, considerando el triste estado del paciente, decidieron amputarle el resto del cuerpo.<\/p>\n<h4><strong>Mu\u00f1ecas<\/strong><\/h4>\n<p>Cuando muri\u00f3 mi hermanita la enterramos junto con sus mu\u00f1ecas para que le hicieran compa\u00f1\u00eda. Transcurridos noventa a\u00f1os de aquel triste suceso, he llegado a convencerme que las muertas fueron las mu\u00f1ecas, y enterramos tambi\u00e9n a mi hermanita para que les hiciera compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ednodio-quintero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">\u00a0Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El gallo pinto Mi t\u00edo ten\u00eda un gallo pinto que se alimentaba de alacranes vivos, Un domingo de Ramos el gallo amaneci\u00f3 cantando y aleteando, euf\u00f3rico, alborozado, como si celebrara alg\u00fan sue\u00f1o grato. Mi t\u00edo se contagi\u00f3 con la alegr\u00eda del gallo. 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