{"id":2377,"date":"2021-11-12T00:07:26","date_gmt":"2021-11-12T00:07:26","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2377"},"modified":"2023-11-24T18:36:41","modified_gmt":"2023-11-24T18:36:41","slug":"diaz-rodriguez-dos-cuentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/diaz-rodriguez-dos-cuentos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de color (Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez)"},"content":{"rendered":"<h3>Cuento blanco<\/h3>\n<p style=\"text-align: left;\">La abuela estaba muy p\u00e1lida y triste. Una fiebre sorda minaba su vida y hac\u00eda brillar extra\u00f1amente sus ojos bajo los cabellos albos. Reclinada en el c\u00f3modo sill\u00f3n de respaldo muelle, ve\u00eda hacia el patio lleno de luz, por donde se desparramaba en risas, charlas y juegos locos la fresca alegr\u00eda de los nietos. Algunos de los hijos y dos o tres de los nietos m\u00e1s formales rodeaban el sill\u00f3n, atentos al rostro de la enferma, extenuado y melanc\u00f3lico.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">La enferma no se quejaba: nunca, ni en medio de los m\u00e1s crueles dolores, la queja hab\u00eda roto la l\u00ednea suave y harmoniosa de sus labios. Era sabia en sufrimiento, porque lo era en amor, y su existencia no hab\u00eda sido sino amor y sufrimiento. Quien ama sufre y hace sufrir, pues el amor m\u00e1s vive de l\u00e1grimas que de sonrisas. Amor siempre tranquilo, o siempre en fiesta, debe de ser privilegio de almas dudosas, almas peque\u00f1as, almas p\u00e1lidas de cretinos o eunucos.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Aun menos pod\u00eda quejarse la abuela en aquella ocasi\u00f3n, cuando hijos y nietos festejaban su cumplea\u00f1os. Antes bien parec\u00eda aletargada en un reposo feliz, saboreando las dulzuras del d\u00eda claro y del afecto filial. Gozaba de la ruidosa algazara de sus nietos y de la luz del sol, tan intensamente como si esa luz y esa algazara fuesen las \u00faltimas caricias de la vida a su vejez expirante.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Pero su tristeza, a pesar de todo el amor filial y toda la luz, continuaba siendo la misma, quiz\u00e1 m\u00e1s honda y oscura. Algo extra\u00f1o suced\u00eda en su alma de abuela: nadie dud\u00f3 jam\u00e1s de su valor, pero tampoco nadie dej\u00f3, por aquel entonces, de advertir su desaliento. Algunos achacaron a la enfermedad su primera cobard\u00eda de mujer brava. Sin embargo, su valor no era de los que se turban ante la enfermedad y la muerte. Su tristeza era la tristeza de una ilusi\u00f3n imposible, de un deseo irrealizable, abierto en lo m\u00e1s rec\u00f3ndito de su alma como una flor tard\u00eda. \u00a1Pobre, dulce abuela! Se daba cuenta de lo irrealizable de su deseo, y guard\u00e1base de manifestarlo, llam\u00e1ndolo para sus adentros locura, delirio de vieja chocha. Y el deseo, no expresado, la consum\u00eda lentamente.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Poco tiempo atr\u00e1s, al sentirse enferma, comprendi\u00f3 que esa enfermedad ser\u00eda la \u00faltima y, con el presentimiento de su pr\u00f3ximo fin, entr\u00f3 en su coraz\u00f3n un hu\u00e9sped melanc\u00f3lico: la nostalgia. La abuela no conoc\u00eda a ese hu\u00e9sped; por lo tanto, nada sab\u00eda de sus abrazos tristes, de sus caricias amargas, ni de sus languideces voluptuosas. En su vida, colmada de amor y sufrimiento, no cupo jam\u00e1s la nostalgia. Primero, el noviazgo; luego, el marido con sus empresas y luchas de batallador incorregible; despu\u00e9s, los hijos con sus enfermedades y educaci\u00f3n y sus problemas de porvenir; por \u00faltimo, los hijos de los hijos con sus gracias y tambi\u00e9n con sus dolores le impidieron echar de menos la patria, el rinc\u00f3n por el cual se deslizaron los d\u00edas de su ni\u00f1ez, el paisaje alegre y sano de su campi\u00f1a tudesca.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">No quer\u00eda decir esto que hubiese renegado de su patria: pensaba mucho en ella, y de ella hablaba mucho, pero sin dolor ni amargura, como se habla de un pasado bello y apacible que no dej\u00f3 ni un pesar, ni una sombra.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Y cuando menos lo esperaba, cuando se cre\u00eda cerca, muy cerca de la tumba, ya bien apercibida al \u00faltimo viaje, la nostalgia, la gran melanc\u00f3lica, se abraz\u00f3 a ella, convirti\u00e9ndola en juguete de una veleidad, de un deseo agudo, tanto m\u00e1s agudo cuanto menos realizable, el anhelo de ver, antes de cerrar los ojos al vano panorama de las cosas, la casa paterna, el jard\u00edn de la casa paterna y todo el paisaje nativo. Por primera vez hall\u00f3 mon\u00f3tona y fea su segunda patria, la patria de su prole, el pa\u00eds de Venezuela, con su clima tropical, su naturaleza brav\u00eda, su verano perpetuo que mata los follajes y hunde las almas en est\u00e9ril modorra surcada de ardores bruscos y ef\u00edmeros.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">V\u00edctima de su nost\u00e1lgico af\u00e1n, la abuela se la pasaba desgranando sus recuerdos uno a uno, remontando cada d\u00eda el curso de los a\u00f1os, esforz\u00e1ndose por vivir nuevamente, con el poder evocador de la memoria, su infancia pura y tranquila. El d\u00eda de su cumplea\u00f1os la mortific\u00f3, tal vez como nunca, su veleidad. Mientras miraba desde el c\u00f3modo y venerable sill\u00f3n de respaldo mullido los juegos de sus nietos y gozaba del sol que sobre pilastras y baldosas del patio repart\u00eda sus caricias brutales, ella, de vez en cuando, olvidaba los retozos infantiles y se olvidaba del sol, para irse lejos, lejos, y al fin de su viaje ideal hallarse a s\u00ed misma jugando con otros ni\u00f1os por primavera, o sola con su \u00fanica hermana por invierno, en tanto que del cielo oscuro, color de plomo, ca\u00eda nieve. Y gozando del sol de los tr\u00f3picos, la abuela en su honda nostalgia suspiraba por un poco de nieve:<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014\u00a1Ver un poco de nieve, y luego morir&#8230;!<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Ausent\u00e1ndose unas veces en alas del deseo, atendiendo otras veces a las travesuras de los chiquillos en el patio lleno de luz, la abuela sinti\u00f3 como unidas por un lazo invisible su propia infancia y la de sus nietos. De pronto sonri\u00f3, y sus labios, al sonre\u00edr, parecieron a la vez murmurar algunas palabras.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014\u00bfQu\u00e9 quieres, abuelita? \u2014 dijo, fij\u00e1ndose en ella, una muchacha de trece a catorce a\u00f1os.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Nada, hija.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Me pareci\u00f3 que dec\u00edas algo.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014\u00a1Ah, s\u00ed! Estaba pensando en una historia muy vieja, casi tan vieja como yo, pero que guarda, a pesar de los a\u00f1os, la frescura juvenil de los rostros como el tuyo. Es la historia de unos novios chiquitines.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no la cuentas, abuela?<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014No es muy alegre esa historia, hija.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Cu\u00e9ntala. No importa que no sea alegre. Te distraes. \u00bfLos llamo a todos para que te escuchen? \u2014Y sin esperar contestaci\u00f3n, llam\u00f3 a todos los chicuelos que alborotaban en el patio.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">La abuela se vio rodeada en seguida de muchas miradas curiosas, de muchas mejillas tersas, de muchos labios en flor y bucles indomables, y al verse de este modo, en estado de sitio, se rindi\u00f3, sacudiendo por un instante su letargo y empezando a decir, como principiaba a menudo:<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Entonces tendr\u00eda yo siete a\u00f1os, m\u00e1s o menos&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Invariablemente, cuando la abuela comenzaba as\u00ed, aparec\u00eda en las caras de algunos de los nietos una expresi\u00f3n de incredulidad candorosa:<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00ab\u00bfSer\u00e1 posible que la abuela haya tenido nunca siete a\u00f1os?\u00bb, parec\u00edan preguntarse aquellos incr\u00e9dulos. Mas a la expresi\u00f3n de sorpresa y duda suced\u00eda la expresi\u00f3n del contento, porque la abuela, cuando empezaba as\u00ed, hablaba de su ni\u00f1ez y de su patria, y dec\u00eda muchas cosas bellas. Dec\u00eda de praderas alfombradas de margaritas y amapolas; de unos \u00e1rboles muy hermosos, de follaje verde claro, llamados tilos, en cuyas copas cantan los ruise\u00f1ores; dec\u00eda de una gran chimenea de piedra en donde gimen las brasas; dec\u00eda de nieve, de brumas, de noches de escarcha, muy fr\u00edas, tras de las cuales vienen ma\u00f1anas tambi\u00e9n muy fr\u00edas, pero claras, luminosas, de cielo azul transparente sobre los \u00e1rboles vestidos de caprichosos trajes blancos.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Entonces tendr\u00eda yo siete a\u00f1os, m\u00e1s o menos. Mi hermana Elsa era menor que yo. A fines de primavera ven\u00edan los t\u00edos y con ellos los primos Juan y Rosa, para no volver a la ciudad sino a mediados o a fines de oto\u00f1o. Y todo ese tiempo lo pas\u00e1bamos juntos los cuatro primos, jugando a m\u00e1s no poder en el vasto jard\u00edn delicioso, a la sombra de \u00e1rboles corpulentos.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014\u00bfEran tilos, abuela?<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Tilos y encinas&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014Y los tilos echan florecitas blancas, \u00bfverdad?<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u2014S\u00ed, florecitas blancas&#8230; Pues con esas flores y otras muchas flores engalanamos a Elsa un d\u00eda de la \u00faltima primavera que nos vio juntos a los cuatro. Jug\u00e1bamos a novios, y a Elsa, la novia, la vestimos de flores, de la cabeza a los pies. En los cabellos, en el seno, por todas partes le prendimos flores de tilo, margaritas y rosas. Despu\u00e9s de haberla ataviado, la aplaudimos mucho, porque estaba muy bella la novia de ojos azules con su traje en flor. Toda era flores la novia: flores el traje, flores ella misma, con sus ojos como violetas y sus labios como rosas.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbJuan hab\u00eda propuesto el juego; adem\u00e1s, \u00e9l ejerc\u00eda sobre nosotras el doble ascendiente del sexo y de la edad, y se daba aires de tirano: nada m\u00e1s natural que \u00e9l fuese el novio. Rosa fue la madrina, y yo&#8230;, \u00a1ah!, yo desempe\u00f1\u00e9 un papel muy serio, el m\u00e1s importante en apariencia, en realidad el m\u00e1s tonto: yo era el cura, y como tal hab\u00eda de bendecir la uni\u00f3n de la novia adorable y el novio fuerte. \u00a1Nadie sabe c\u00f3mo me arrepent\u00ed despu\u00e9s, de haber sido cura! Algunos remordimientos de conciencia me cost\u00f3 el oficio.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbBueno&#8230; Pues desde esa ocasi\u00f3n en que por primera vez jugamos a novios, muchas veces durante aquella temporada jugamos al mismo juego, y siempre, aunque Rosa y yo protest\u00e1ramos, era Juan el novio, la novia Elsa, Rosa la madrina y yo el cura. Imposible trocar los papeles: Juan no admit\u00eda otra novia que Elsa, y \u00e9sta andaba un tantico orgullosa de las preferencias de Juan.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbEn casa, nadie sab\u00eda de nuestro juego: de \u00e9ste no habl\u00e1bamos jam\u00e1s delante de las personas mayores, por miedo a las burlas. Rara vez iba alguien hasta el rinc\u00f3n del jard\u00edn en donde jug\u00e1bamos, a la casita de madera construida para nosotros al pie de un tilo. Nuestras chiquilladas y travesuras no las presenciaba sino el perro de casa, un perro muy leal, muy fiel y valeroso como un le\u00f3n. Mejor que ninguna ni\u00f1era nos cuidaba ese perro: para llegar hasta nosotros era necesario toparse con \u00e9l y, sin su venia, no era posible seguir adelante.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbJugando a los novios, descuidados y felices, dimos inconscientemente ocasi\u00f3n de que brotara y creciera una chispa de un fuego raro e ideal, conocido de muy pocos. Juan lleg\u00f3 a tomar en serio su papel de novio, y, adem\u00e1s de hacer cuanto agradaba a Elsa, permiti\u00f3se forjar colosales proyectos, como el de construir, cuando hubiese estudiado lo bastante y fuese m\u00e1s hombre (porque ya \u00e9l se cre\u00eda un hombre), una casa grande, muy grande, como un palacio de reyes, y regal\u00e1rsela a su novia Elsa, con la mar de joyas, vestidos y dulces, muchos dulces.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbEn oto\u00f1o, los t\u00edos regresaron a la ciudad, y Elsa y yo, apesadumbradas alg\u00fan tiempo, nos consolamos pronto, viviendo con la esperanza fija en la primavera futura y en la futura vuelta de los primos.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbMientras tanto, Juan viv\u00eda sin consuelo. Desde su llegada a la ciudad, su tristeza aument\u00f3 cada d\u00eda, hasta alcanzar proporciones que alarmaron a todos los de su casa. Del antiguo car\u00e1cter jovial del pobre chico no quedaron al fin sino indecisos rel\u00e1mpagos p\u00e1lidos. Melanc\u00f3lico y displicente, el juego y el estudio no lo absorb\u00edan como antes, y su desgana era absoluta e invencible. S\u00f3lo hablaba con placer de nuestra casa, y suspiraba por ella, por el jard\u00edn y sus tilos, por nosotros y nuestra heredad plantada de manzanos. De las extra\u00f1ezas melanc\u00f3licas de Juan nos enter\u00f3 una carta de los t\u00edos que mi padre ley\u00f3 en presencia de nosotras una noche de invierno, cerca de la chimenea monumental donde el chisporroteo de los tizones y los aullidos del viento en el ca\u00f1\u00f3n humero contaban un cuento l\u00fagubre de fr\u00edo, hambre y lobos. Todos comentaron la carta de los t\u00edos y las tristezas de Juan, pero ninguno dio con el motivo de esas tristezas. A nadie se le ocurri\u00f3 pensar que nosotras pudi\u00e9ramos conocer la verdadera causa del mal humor del primo. \u00a1Qu\u00e9 iban a saber unas chiquillas!<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbSin embargo, mientras yo o\u00eda los comentarios de los otros, una convicci\u00f3n echaba ra\u00edces m\u00e1s y m\u00e1s profundas en mi cabecita de chicuela. \u00a1Ah! Yo sab\u00eda con seguridad por qu\u00e9 Juan estaba triste, por qu\u00e9 no estudiaba, por qu\u00e9 viv\u00eda pensando en nosotras. Esa convicci\u00f3n me alegr\u00f3 extremadamente; me encant\u00f3 saber algo que las personas mayores ignoraban y guard\u00e9 ese algo para m\u00ed sola. Ya empezaba yo a ser mujer, porque ya empezaba a sentir esa necesidad femenina, irresistible, que hace malas a muchas mujeres: la necesidad del secreto. Yo ten\u00eda ya mi secreto, y lo celaba como si fuese un tesoro o un secreto grave, muy grave, del cual dependiera la suerte de los mundos. Por nada me lo hubiera dejado arrancar. Adem\u00e1s, de poco me habr\u00eda servido el revelarlo: se hubieran burlado de m\u00ed las personas mayores, porque as\u00ed somos casi todos los viejos. Mani\u00e1ticos y ego\u00edstas, creemos que nuestra mezquina experiencia personal es compendio y resumen de todo el saber y desde\u00f1amos a los j\u00f3venes, con m\u00e1s raz\u00f3n a los ni\u00f1os. Afortunadamente, mi secreto no era grande ni malo; antes bien, era peque\u00f1o y puro como gota de roc\u00edo, como centella de oro, como grano de incienso.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbA la primavera siguiente los t\u00edos volvieron en \u00e9poca anterior a la de costumbre, obligados a ello tanto por la tristeza incurable de Juan como por la muerte de Rosa. El invierno, el implacable rey anciano de barbas de nieve, se hab\u00eda llevado a Rosa a sus fr\u00edos palacios de columnas de hielo y techumbres de escarcha y granizo.\u00bbEl cambio de Juan, a su llegada, fue muy brusco: de repente recobr\u00f3 la salud y el buen humor perdidos, y todos notaron la transformaci\u00f3n con gran asombro y contento. En el jard\u00edn, bajo los mismos \u00e1rboles, jugamos los mismos juegos, y para vivir como antes no faltaba sino Rosa. Aun puede decirse que ni \u00e9sta faltaba, porque la hab\u00edamos convertido en objeto de un culto noble. Nuestros labios la nombraban a cada momento, y cuando nos repart\u00edamos los papeles de un juego o juguetes u otras cosas de regalo, a la muerta, a la compa\u00f1era ideal, reserv\u00e1bamos un papel o una porci\u00f3n. En el juego de novios, y aun fuera del juego, ella segu\u00eda siendo la madrina, y los novios arrapiezos hablaban de ella y con ella, como si Rosa estuviera presente, al menos en esp\u00edritu.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbAs\u00ed pasamos muchos d\u00edas, y muchos m\u00e1s habr\u00edamos pasado de igual modo si la enfermedad y la muerte, incansables perseguidores de los ni\u00f1os, no hubiese de nuevo entristecido nuestras almas. Elsa enferm\u00f3, y hacia los comienzos del verano muri\u00f3, v\u00edctima, seg\u00fan supe despu\u00e9s, del mismo mal de Rosa. Entonces fue cuando mi secreto dej\u00f3 de ser mi secreto, para convertirse en amarga evidencia de todos.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbJuan recay\u00f3 en la tristeza y el dolor. Cuanto se hizo por distraerlo, por disipar la negra nube de su melancol\u00eda, fue in\u00fatil. Ni de m\u00ed hac\u00eda caso el pobre Juan. \u00a1Qu\u00e9 iba a hacer caso del cura, cuando la madrina y la novia estaban ausentes! Su dolor, dec\u00edan, era como el dolor de las personas grandes, intenso y mudo. Al fin llegaron a temer por su vida, y su padre resolvi\u00f3 curarlo vali\u00e9ndose de un remedio heroico, f\u00e1cil de conseguir, conocido de los enfermos del alma: la fatiga del cuerpo. Casi diariamente se lo llevaban lejos, a trav\u00e9s de los campos, hacia aldeas remotas, en excursiones cada vez m\u00e1s largas y dif\u00edciles, de las cuales volv\u00eda Juan rendido de sue\u00f1o, laxitud y cansancio. En realidad, pronto pareci\u00f3 como si las fatigas ahogaran el dolor y desvanecieran las nubes grises del tedio. Y poco antes de irse a la ciudad con su familia, Juan lleg\u00f3 a casa, en una tarde purp\u00farea de oto\u00f1o, muy risue\u00f1o, casi alegre, mostr\u00e1ndonos con un gesto de triunfo de su mano izquierda, alzada al nivel de su frente, un racimo de dos manzanas maduras cortado en la heredad pr\u00f3xima, y despu\u00e9s de mostrarnos el racimo, se\u00f1al\u00f3 con su mano derecha libre las dos manzanas, diciendo con expresi\u00f3n grave:<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bb\u2014Una es para Elsa, la otra para m\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbLuego suspendi\u00f3 el racimo de la cabecera de su cama.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbNadie se fij\u00f3 entonces en el acto ni en las palabras del primo. No se fijaron en ese acto y esas palabras, record\u00e1ndolos bien, medit\u00e1ndolos con miedo religioso, sino dos meses m\u00e1s tarde, en invierno, cuando Juan se durmi\u00f3, p\u00e1lido el cuerpo, el rostro con manchas negras y azules, en un ata\u00fad chiquit\u00edn forrado de blanco&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00bbY el pobre cura, hijos m\u00edos, el pobre cura qued\u00f3 solo, para contar, cuando llegara a viejo y estuviera cerca del \u00faltimo viaje, la historia de los dos ni\u00f1os candorosos que crecieron juntos y juntos maduraron como las manzanas del racimo.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Al terminar la abuela, el soplo de misterio desprendido de sus labios acariciaba todas las frentes, despertando, en las de los hijos y de los nietos mayores, pensamientos graves, pasando como un beso sin rumor sobre las de los chiquillos, demasiado tiernos para comprender la historia sutil de la anciana. En cambio, \u00e9sta se hab\u00eda serenado y estaba alegre, muy alegre, como si hubiera podido libertarse de toda su nostalgia, vaci\u00e1ndola \u2014 amor y belleza \u2014 en el molde casto y pulcro de aquel idilio triste, delicado y fr\u00e1gil como un p\u00e9talo, delicado y tenue como un matiz, delicado y penetrante como un perfume: el perfume de la ni\u00f1ez y de la patria.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Cuento verde<\/h3>\n<p>Yo meditaba, apoyado en el tronco de un \u00e1rbol. Mi amigo, acostado en la hierba, de codos en el suelo, la cara entre las manos, me miraba de cuando en cuando con ojos cada vez m\u00e1s escrutadores. A pesar m\u00edo, sus ojos me penetraban como pu\u00f1ales. Y cada vez, despu\u00e9s de observarme por alg\u00fan tiempo, y como si quisiera libertarse de una obsesi\u00f3n, tend\u00eda su mirada, ya por el lago azul, dormido al pie de la Roca Borromea, ya por las vi\u00f1as cercanas, entre cuyos p\u00e1mpanos, a\u00fan verdes, los racimos, pr\u00f3ximos a la madurez perfecta, empezaban a re\u00edr al sol con risas de oro y p\u00farpura.<\/p>\n<p>De pronto mi amigo empez\u00f3 a hablar, y parec\u00eda como si sus palabras vinieran de muy lejos:<\/p>\n<p>\u2014S\u00e9 en lo que est\u00e1s pensando. Piensas en lo mismo que hace d\u00edas te trae meditabundo y caviloso; piensas en la Marzuchelli, esa italiana, reciente amiga nuestra, cuyo cuerpo es flor de gracia y perfume inefables. Pero no es la belleza de su cuerpo, sino la m\u00fasica de su voz lo que ha turbado tus sentidos.<\/p>\n<p>\u201cEs in\u00fatil negarlo: a mi experiencia no se oculta un solo repliegue de tu alma. Y, si no deseas caer v\u00edctima de un maleficio, escucha mis consejos. En tus o\u00eddos canta continuamente esa voz dulce y tentadora. Parte, huye, o el encanto de esa voz pasar\u00e1 a tus venas y emponzo\u00f1ar\u00e1 tu sangre como un t\u00f3sigo. \u00a1Ah! Bastante conozco esa voz de seducci\u00f3n y perfidia. Yo asist\u00ed a sus primeros balbuceos t\u00edmidos en la ca\u00f1a sonora de un instrumento r\u00fastico. Los labios de un dios la despertaron y esparcieron por bosques y praderas, y fue, al nacer, paz y alegr\u00eda de pastores y reba\u00f1os. Inofensiva y pura, al resonar en las praderas y en los bosques, pasaba como una bendici\u00f3n por sobre los seres y las cosas; y nadie la hubiera cre\u00eddo destinada a ser la autora implacable de una venganza tremenda. Hoy, al resonar, suspende su hechizo como una espada de fuego sobre la cabeza de los hombres. Y como yo s\u00e9 el secreto de su origen y el misterio de su conversi\u00f3n, por eso tembl\u00e9 por ti al reconocerla d\u00edas atr\u00e1s en la voz de Teresa Marzuchelli. \u00bfNo recuerdas c\u00f3mo se estremeci\u00f3 todo mi cuerpo al o\u00edrla cantar, en el ambiente perfumado del jard\u00edn, impetuosa y vibrante como alondra sedienta de luz? En mi memoria se alzaron, inacabable teor\u00eda de figuras resplandecientes, los recuerdos de una edad maravillosa y lejana. Entonces era yo uno de aquellos s\u00e1tiros, divinos habitadores de la selva, m\u00e1s tarde fugitivos por ciudades y montes cuando el advenimiento del dios nuevo, ante cuyos altares te arrodillas. \u00bfNo lo crees? Bajo mis apariencias de juventud palpita un alma casi tan vieja como el mundo, y dentro de mi feo disfraz de hombre del siglo se aburre un pobre s\u00e1tiro medio muerto de pesadumbres y nostalgia. \u00bfR\u00edes? \u00bfAcaso no has visto c\u00f3mo enarco las cejas cuando una emoci\u00f3n brusca rompe la monoton\u00eda de mis horas, ni te has burlado muchas veces de mi pie izquierdo, contrahecho y deforme?\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEn la manera como enarco las cejas, conservo el recuerdo m\u00e1s fiel de mi antigua m\u00e1scara sard\u00f3nica, y mi pie deforme es el residuo viviente de mis primitivas pezu\u00f1as de cabra\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPues bien, en esa \u00e9poca feliz, cuyas memorias guardo como si fuesen oro acendrado, era Pan el dios omnipotente de la campi\u00f1a. Todos los seres y las cosas le rend\u00edan homenaje: los pastores le sacrificaban los cabritos m\u00e1s tiernos; para \u00e9l criaba el campo azafr\u00e1n y jacintos; para \u00e9l danzaban las ninfas en los claros del bosque; los manantiales le dec\u00edan, en su lengua pura y cristalina, los secretos de la tierra; y los \u00e1rboles mismos, a fin de proteger el sue\u00f1o del dios a la hora del bochorno, entrelazaban sus ramajes, haciendo mayores la sombra y la frescura. De Pan, soberanamente dichoso, flu\u00eda, derram\u00e1ndose por la tierra, el contento del vivir. El vino era alegre, y el amor no turbaba los corazones, como eso que llaman amor los hombres actuales\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPero un d\u00eda se interrumpi\u00f3 la placidez augusta de Pan y germinaron las tristezas. Una hija del hombre se atrevi\u00f3 contra el poder del dios capr\u00edpede. Se llamaba Siringa y era virgen montaraz y guardadora de cabras. De virtud \u00e1spera y fuerte como tronco de encina, su virginidad se conservaba sin mengua como la del m\u00e1rmol no acariciado ni por los besos de la luz en las entra\u00f1as del monte. Los ocios del pastoreo, Siringa los llenaba cantando con voz blanda y melodiosa ingenuas canciones. Y fue siguiendo el sonido de su voz como Pan lleg\u00f3 a ver, sin ser visto, oculto en la sombra del boscaje, el esplendor de su belleza. Entre zagalas y boyeros nadie recordaba hermosura comparable a su hermosura: eran sus ojos como agua de la mar, turbadores y verdes; sus mejillas, como rosas de Jonia; sus labios, rojos y dulces, como vino de Chipre y canto de cigarras; su garganta, como un torrente fresco y harmonioso; y cada seno, entreabierta magnolia henchida de roc\u00edo\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPan am\u00f3 a Siringa, pero esta desde\u00f1\u00f3 su amor divino y rechaz\u00f3 con repugnancia el abrazo de sus miembros velludos. Los desdenes incendiaron el pecho del dios, y con rabia, tristezas y dolores corrompieron la fuente de la antigua alegr\u00eda. El furor de Pan, desde\u00f1ado por primera vez, no tuvo l\u00edmites. Jur\u00f3 no darse punto de reposo hasta ver prisionera de sus brazos a la pastora temeraria; y la persigui\u00f3 por valles y oteros, como antes a las ninfas por la espesura de las frondas. Lleno de furia y entregado por completo a perseguir a la humilde guardadora de cabras, Pan olvid\u00f3 los placeres de la vida: en vano los campos le ofrecieron jacintos y azafr\u00e1n, en vano los pastores le sacrificaron los cabritos m\u00e1s tiernos y lo invocaron las ninfas, tristes e inconsolables, a orillas de las fuentes. Pan no echaba de menos la belleza ni el amor de las ninfas; antes recordaba con n\u00e1usea y hast\u00edo sus formas blancas, tersas, lustradas en la onda de arroyos impolutos. Sus deseos iban todos, como tropel de leones hambrientos y brav\u00edos, detr\u00e1s de los pies de Siringa, menudos y ligeros como p\u00e9talos con alas. Pero por m\u00e1s desenfrenados que corrieran, los deseos del dios no llegaron ni aun a rozar la piel de la hermosa fugitiva. Detr\u00e1s de los \u00e1rboles, detr\u00e1s de las rocas, Pan espi\u00f3 los movimientos de la virgen zagala, esperando la ocasi\u00f3n oportuna para caer sobre ella; y cuantas veces intent\u00f3 sorprender a Siringa, otras tantas, \u00e1gil y despierta, Siringa se le escap\u00f3 de entre las manos, como una sombra\u201d.<\/p>\n<p>\u201cSin duda la virtud, como una coraza inquebrantable, defend\u00eda a la pastora esquiva y zahare\u00f1a. Y el buen dios Pan, fatigado de una persecuci\u00f3n larga y dif\u00edcil, desbordante de c\u00f3lera ante aquella virtud incapaz de ceder a ruegos, lisonjas ni violencias, implor\u00f3 el auxilio de J\u00fapiter, a fin de vengarse de Siringa y de la raza de Siringa\u201d.<\/p>\n<p>\u201cA\u00fan perseguida de Pan, Siringa se convirti\u00f3, por deseo y mandato de los dioses, en bosquecillo de ca\u00f1as flexibles y verdes. Sonriendo con sarc\u00e1stica sonrisa, Pan se lleg\u00f3 a las ca\u00f1as, las cort\u00f3, y con desiguales ca\u00f1utos, puestos en orden, uno a otro ligados, construy\u00f3 su flauta famosa\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPero si muchos conocen el origen de esa flauta, solo unos cuantos conocemos el mal de ella proveniente. Cuando los labios del dios le arrancaron un torrente de m\u00fasica, la naturaleza toda vibr\u00f3 alborozada ante el prodigio, y no vio en la venganza de Pan sino algo as\u00ed como una venganza de artista, bella y generosa. Pan llev\u00f3 por todas partes el hechizo extrahumano de la m\u00fasica nueva, y tan furiosamente apretaba la flauta con labios y dedos, que parec\u00eda como si el dios pretendiera satisfacer en la d\u00e9bil siringa de ca\u00f1a todos los deseos inspirados por la Siringa de carne, hecha de lirios y claveles. Bajo sus labios, y seg\u00fan los deseos del momento, la flauta cantaba, sollozaba o re\u00eda, pero siempre dulce y melodiosa. Y la naturaleza entera escuchaba sin comprender, extasi\u00e1ndose o riendo: dejaban de pastar los reba\u00f1os; las fuentes paraban su curso, tratando luego de remedar, en su murmullo fresco y delicioso, la canci\u00f3n de la flauta; y en los vi\u00f1edos, entre los p\u00e1mpanos, los racimos repicaban alegres como resonantes campanillas de oro\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPero nosotros, los s\u00e1tiros, penetr\u00e1bamos el misterio doloroso y cruel de la m\u00fasica nueva; con toda claridad le\u00edamos en el porvenir el destino de la flauta, y sab\u00edamos todo lo que encerraba de desventura y dolor para muchos hombres. Abandonada de Pan, la flauta hab\u00eda de recobrar, con el tiempo, su primitiva figura de virgen monta\u00f1esa; y este milagro se realiz\u00f3 cuando las se\u00f1ales anunciadoras del advenimiento de Jes\u00fas, el nuevo dios cuya ley domina al mundo\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEntonces, precisamente, fue cuando los semidioses, faunos y s\u00e1tiros nos dispersamos por la tierra y el mismo dios capr\u00edpede huy\u00f3 despavorido, olvidando, al pie de una encina, la flauta prodigiosa. Si algunos s\u00e1tiros, proscritos de los perfumados bosques helenos, han sucumbido a la nostalgia, la mayor parte perduran, m\u00e1s o menos conformes con sus actuales condiciones de vida. Por ah\u00ed existen muchos disfrazados de poetas, disfrazados de labradores, disfrazados de pol\u00edticos, y no falta uno que otro s\u00e1tiro acad\u00e9mico. Pero nadie sabe hoy de Pan: tal vez en el fondo de una gruta espera que vuelva a reinar, sobre tierras y mares, en ciudades y villorrios, la vieja alegr\u00eda del paganismo\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEn el momento de aquellas se\u00f1ales, Pan dorm\u00eda a la sombra, descuidado y feliz, so\u00f1ando con fugas de radiantes desnudeces de ninfas al trav\u00e9s del follaje traspasado de saetas luminosas. Un clamor inmenso lo despert\u00f3, y sus ojos, dilatados de terror, presenciaron un espect\u00e1culo fat\u00eddico: en medio de un estr\u00e9pito colosal se desgajaban los bosques; las monta\u00f1as, vacilando sobre sus cimientos, parec\u00edan bailar como ebrias; la tierra era toda convulsiones, como un epil\u00e9ptico; una gran tiniebla envolv\u00eda las cosas, y en el seno de la gran tiniebla ca\u00edan rodando los soles como l\u00e1grimas de diamante\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPan, sobrecogido de pavura, huy\u00f3 dejando olvidadas las coronas de jacintos, la bermeja piel de lince y la flauta de sones m\u00e1gicos\u201d.<\/p>\n<p>\u201cM\u00e1s tarde, ya en reposo la tierra, apagado el estr\u00e9pito, inm\u00f3viles las monta\u00f1as, desvanecida la sombra, se realiz\u00f3 el milagro previsto. Siringa, la virgen agreste, libre de los dedos y labios de Pan, volvi\u00f3 de su largo sue\u00f1o harmonioso, bella como antes. Pose\u00eda los mismos ojos verdes y turbadores, las mismas rosas de las mejillas, los mismos labios dulces y purp\u00fareos, la misma garganta como un torrente fresco, y los mismos senos como botones de magnolia, firmes y blancos. Pero su alma no era la misma, y en eso consist\u00eda la venganza de Pan. Este hab\u00eda transformado aquella alma, recia como tronco de encina, fuerte como el bronce, inexpugnable como una fortaleza, en alma de ca\u00f1a endeble o de rosales huecos, dispuesta a vibrar a cada instante. Lleno de ira contra aquella virtud orgullosa que siempre rechaz\u00f3 el abrazo de sus miembros nervudos y el beso de sus labios sensuales, Pan convirti\u00f3 esa virtud, prisionera de su flauta, en m\u00fasica, sonido, rumor vano\u201d.<\/p>\n<p>\u201cPoco despu\u00e9s de tomar su primitiva figura, Siringa estaba condenada a ser bot\u00edn de un soldado de Roma. Luego, de brazo en brazo y de caricia en caricia, hab\u00eda de ir, voluntariosa y f\u00e1cil, caprichuda y liviana, sembrando por dondequiera una simiente maldita. Y de la simiente, sembrada con profusi\u00f3n, viene toda esa casta de mujeres de voz blanda como el terciopelo, suave como plum\u00f3n de cisne, dulce y melodiosa como son de flauta, y de virtud quebradiza como el cristal muy tenue. Son criaturas hechas de fragilidad y harmon\u00eda, de gracia y de pecado, y, semejantes a las ca\u00f1as fr\u00e1giles y a los rosales hueros, al menor soplo ceden, cantan y se rompen. Guardan un eco para todas las voces, contestan a todo reclamo y, ejecutoras de una venganza cruel e injusta, esparcen con la m\u00fasica de su voz un filtro ponzo\u00f1oso. \u00a1Ay de aquel a quien halague y turbe esa voz hechicera! V\u00edctima d\u00f3cil del encanto, ver\u00e1 un d\u00eda su destino encadenado para siempre al voluble y perverso de una hija de Siringa; envuelto en una red inextricable de maldad, ir\u00e1 tropezando de traici\u00f3n en traici\u00f3n, de asechanza en asechanza, hasta dar en el crimen o la muerte. Y ninguna de las voces de mujer que he o\u00eddo hasta hoy recuerda tan bien las suavidades de seda, las frescuras de arroyo, las finezas de cristal y las dulcedumbres de miel de la voz de Siringa, como la voz de Teresa Marzuchelli. Por eso este viejo s\u00e1tiro, amigo tuyo, te aconseja que partas; de lo contrario, el maleficio de esa voz penetrar\u00e1 en tus venas y quemar\u00e1 tu sangre, como un t\u00f3sigo\u201d.<\/p>\n<p>Unas veces mudo de admiraci\u00f3n, sospechando otras veces una falaz jugarreta del sabroso vino italiano, o\u00eda yo sin decir palabra la historia narrada por mi amigo.<\/p>\n<p>\u2014No dudo \u2013me atrev\u00ed por \u00faltimo a responder\u2013, no dudo de la verdad de tu historia, delicada y sutil como rayo de luz, ni de tu origen y alcurnia celestes; pero he conocido y conozco mujeres de voz \u00e1spera y ruin, como la voz de las campanas rotas, y de virtud vana y deleznable como el vidrio. Ah\u00ed est\u00e1&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, s\u00ed! \u2013me interrumpi\u00f3 mi amigo el s\u00e1tiro, consider\u00e1ndome a la vez con cierto aire ambiguo, entre enojado y menospreciador\u2013. Esas de voz cascada y de virtud ef\u00edmera deben de provenir de alg\u00fan ca\u00f1uto roto de la flauta de Pan, ca\u00edda en lecho de piedras o guijarros mientras el dios trepaba, como sol\u00eda, alguna cuesta penosa.<\/p>\n<p>De improviso, muy cerca de nosotros, reson\u00f3, turbando el silencio y la calma del mediod\u00eda, la voz de Teresa Marzuchelli. Como de un solo resorte movidos, el s\u00e1tiro y yo nos pusimos en pie y nos apresuramos a ir al encuentro de la italiana encantadora. En el mismo instante la brisa, hasta entonces quieta, sopl\u00f3 como obedeciendo a un conjuro; agit\u00f3, al pie de la Roca Borromea, la superficie del lago, como un sue\u00f1o de amor agita el seno de una virgen dormida; acarici\u00f3 nuestras frentes, mojadas de sudor; bes\u00f3 nuestros labios, h\u00famedos de vino, y penetr\u00f3 en la vi\u00f1a cercana, murmurando no s\u00e9 qu\u00e9 discursos burlones. Y entre los p\u00e1mpanos verdes, los racimos danzaban y re\u00edan al sol con risas de oro y p\u00farpura.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/manuel-diaz-rodriguez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuento blanco La abuela estaba muy p\u00e1lida y triste. Una fiebre sorda minaba su vida y hac\u00eda brillar extra\u00f1amente sus ojos bajo los cabellos albos. 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