{"id":2351,"date":"2021-11-07T20:49:05","date_gmt":"2021-11-07T20:49:05","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2351"},"modified":"2024-01-19T12:13:45","modified_gmt":"2024-01-19T12:13:45","slug":"mujer-espaldas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mujer-espaldas\/","title":{"rendered":"La mujer de espaldas"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Jos\u00e9 Balza<\/h4>\n<p>Tras el indiscriminado entusiasmo dejado en su estilo por el\u00a0modo\u00a0de Tom Wolfe, el joven periodista (en verdad: con m\u00e1s de treinta a\u00f1os; dos divorcios) quer\u00eda que sus reportajes tuviesen algo de poema, de novela, de drama; o quer\u00eda redactar noticias tan vivaces que fuesen como novelas. Tal vez s\u00f3lo ansiaba escribir ficci\u00f3n, pero el oculto y parad\u00f3jico temor de narrar con f\u00f3rmulas period\u00edsticas, lo mantiene prisionero del gran diario en el cual trabaja. Su simpat\u00eda, su desparpajo cultural, sus gui\u00f1os mentales me permitieron asociarlo con cierta idea exterior de lo que debe ser un escritor.<\/p>\n<p>Durante una hora de la ma\u00f1ana hab\u00eda cumplido conmigo -sin que yo pudiese resistir o reaccionar- la entrevista acordada. El tema: un gran diccionario elaborado por el equipo a mi cargo. S\u00e9 que cualquier diccionario omite precisamente aquello que un lector urgido desea encontrar; tambi\u00e9n que es un libro incompleto para siempre. Pero el resto del equipo estaba satisfecho, y termin\u00e9 aceptando lo glorioso de cinco a\u00f1os en tal tarea. Mientras el periodista destac\u00f3 su entusiasmo por la exactitud de los datos, por el m\u00e9todo aplicado, por las novedosas clasificaciones (que obliteraban el orden alfab\u00e9tico), no sospech\u00e9 que ni siquiera hab\u00eda (h)ojeado el ejemplar remitido por nuestra oficina de Relaciones una semana antes. \u00c9l es as\u00ed: puede improvisar preguntas como si supiera a qu\u00e9 se refieren. Y convence a millones de lectores.<\/p>\n<p>Cuando nuestra secretaria advirti\u00f3 -desde el cristal vecino- que ser\u00eda oportuno hacerlo, trajo caf\u00e9 para ambos. Ya el hombre guardaba sus cassettes y una libreta que realmente no abri\u00f3. Por segundos imagine c\u00f3mo afrontar\u00eda la noticia; tem\u00ed que destacara -m\u00e1s que al diccionario, seg\u00fan su\u00a0new\u00a0periodismo- dos inoportunos estornudos m\u00edos. Evidentemente no ten\u00eda prisa (el equipo que al verlo supuso un destacado lugar para el d\u00eda siguiente, tuvo que esperar semana y media; y ni siquiera vino la foto del grupo, que el acompa\u00f1ante del entrevistador nos hizo antes de la sesi\u00f3n) en aquel momento ni despu\u00e9s: habl\u00f3 del entusiasmo con que su mujer -\u00bfla tercera?- recorr\u00eda ya el primer tomo de nuestra edici\u00f3n. S\u00f3lo entonces comenz\u00f3 a contar cuanto realmente te interesaba. Pienso que hubiera dado cualquier cosa por ser, el entrevistado, \u00e9l; por responder sutilezas acerca del proyecto que empezaba a exponer. Lo inici\u00f3 como una vasta idea para su pieza de teatro (ha cundido ahora, entre otros vicios, la creencia de que cualquier novelista escribe mejor teatro): con dos actos tensos e ineludibles. Aludi\u00f3 al esfuerzo para diluir la trama, y cont\u00f3 alg\u00fan rasgo de la protagonista: extranjera, borracha o drog\u00f3mana. Si no me distraje, creo que indic\u00f3 como absolutamente suya la trama central; pero con total naturalidad, al segundo cigarrillo (\u00ab\u00bfPodr\u00edamos tener un poco m\u00e1s de caf\u00e9?\u00bb) adjudic\u00f3 el argumento a un limpiabotas de la Plaza Central. De ese hombre anciano y fiel a su oficio, de ese ni\u00f1o que lleg\u00f3 en 1910 al mismo lugar donde est\u00e1 hoy, el periodista hab\u00eda captado la extra\u00f1a an\u00e9cdota. S\u00ed: ocurri\u00f3 ayer, cuando en una manifestaci\u00f3n m\u00e1s de su pluralidad entrevist\u00f3 al viejo limpiabotas del centro.<\/p>\n<p>Fue f\u00e1cil imaginar que convenci\u00f3 al jefe de redacci\u00f3n (tan anhelante de la moda y el \u00e9xito como \u00e9l) para que lo enviara a hacer un reportaje en la Plaza Central, con sus humildes personajes. Algo novedoso, distinto de pintores y poetas, se dir\u00edan ambos.<\/p>\n<p>Por eso lleg\u00f3 ayer, cuenta antes de irse, a la Plaza: esperaba ver s\u00f3lo muchachitos, pero encontrar\u00eda al anciano. Con \u00e9l se qued\u00f3 algunas horas (antes lustr\u00f3 sus zapatos) y lo invit\u00f3 a un bar. El anciano no acept\u00f3 el brindis: en cambio le otorg\u00f3 esa interesante historia de 1930, ese suceso que \u00e9l -desde ayer- imagina convertido en un texto policial o en una obra dram\u00e1tica.<\/p>\n<p>El viejo a\u00fan puede recordar los t\u00edtulos de la prensa: fue un esc\u00e1ndalo mayor y el limpiabotas (que es a la vez el muchachito de 1910 y el anciano de ahora) no ha olvidado ciertos rasgos de los participantes.<\/p>\n<p>Comprendo que el periodista, ansioso de ser entrevistado, est\u00e1 buscando mis preguntas, que le anote sus contradicciones, pero no hablo. Retomo el segundo caf\u00e9, y lo escucho hasta que decide \u00a0irse. Ni le reclamar\u00e9 la oferta de que el argumento era suyo ni destacar\u00e9 c\u00f3mo se la escuch\u00f3 ayer a un viejo lustrabotas. All\u00e1 \u00e9l; sabr\u00e9 esperar hasta que la convierta en ficci\u00f3n o en trazos de una cosa teatral. (L\u00e1stima por mis compa\u00f1eros de equipo que, m\u00e1s all\u00e1 del vidrio de la oficina, imaginan al periodista comentando nuestro Diccionario, mientras \u00e9l narra su argumento).<\/p>\n<p>Y aun escuch\u00e1ndolo el asunto es confuso: no posee el periodista los claros hilos que exige un relato de muerte; se extiende en detalles, en la moda de los &#8217;30, interpola tonos locales, se complace con una frase. En fin&#8230; un franc\u00e9s gordo, envejecido, absolutamente desconocido, con s\u00f3lo una semana en el puerto, mat\u00f3 a la extranjera, apu\u00f1al\u00e1ndola en un lunar con forma de lis, que ten\u00eda en la espalda. La someti\u00f3 hasta dejarla en tal posici\u00f3n que pudiera operar mil veces sobre el lunar. Ella era fuerte y pudo defenderse (\u00bfuna r\u00e9plica de Simone Signoret?), pero \u00e9l actu\u00f3 por sorpresa e iba equipado.<\/p>\n<p>La historia se conoci\u00f3 por el asesino mismo: no ten\u00eda deseos ni fuerzas para escapar. Le daba igual volver a Francia, quedarse en las c\u00e1rceles de Guyana o morir envuelto por un clima y por un idioma que desconoc\u00eda. Cont\u00f3 que durante cuarenta a\u00f1os hab\u00eda lamentado la ausencia de esa mujer; ni siquiera form\u00f3 pareja o pudo casarse; la am\u00f3 en exceso. Muri\u00f3 a los veintisiete a\u00f1os cuando ella muri\u00f3, y desde entonces sigui\u00f3 como aislado. Permaneci\u00f3 siempre en la Petite Ville, antes de ella y despu\u00e9s de enterrarla all\u00ed, pero su alegr\u00eda, sus amores estuvieron en Marseille. La vida del puerto repet\u00eda la de esa mujer: cambiante, transitoria. Quiz\u00e1 en una ocasi\u00f3n as\u00ed lo dijo; y sin embargo, \u00e9l prefer\u00eda creer en su fuerza para hacerla distinta con su amor: un amor formal y loco al mismo tiempo. \u00bfTendr\u00eda ella entonces dieciocho a\u00f1os? \u00c9l andaba por los veinticinco; y aunque la mujer fuese muy joven, parec\u00eda haber vivido todo: menos un amor tan leal como \u00e9ste que \u00e9l ofrec\u00eda. En alg\u00fan momento debi\u00f3 reconocer que, tal vez, ni ella ni \u00e9l pod\u00edan aspirar a ese afecto por \u00e9l pintado; sin padres, sin familiares, la mujer hab\u00eda andado siempre entre hombres. (Estaba seguro de que, en su soledad, un fin\u00edsimo l\u00edmite -el azar- habr\u00eda podido convertir a la mujer en monja, en enfermera). Carec\u00eda de arrugas y quiz\u00e1 nunca tuvo prolongadas relaciones de afecto con otro ser. Sexo, dinero, fiestas. As\u00ed la encontr\u00f3 \u00e9l: al comienzo como una \u00f3ptima oportunidad para alg\u00fan negocio. A pesar de su alegr\u00eda, de sus peque\u00f1os esc\u00e1ndalos con marinos y polic\u00edas, borracha y feliz a ratos, nadie la hubiese imaginado metida en negocios serios. Era demasiado habladora y franca para guardar misterios. \u00c9l supo enamorarla y aprovecharla. Sensual, golosa, Marie-Jos pod\u00eda encarnar los bruscos deseos de alg\u00fan hombre sin ser realmente atractiva; tal vez su propia espontaneidad le restaba artificio, pero encantaba. No s\u00f3lo contribuy\u00f3 firmemente con \u00e9l en esa oportunidad sino que desde entonces comenzaron a practicar dos costumbres: la de escapar del puerto, de venirse a Petite Ville, y gozar como en un hogar seguro; tambi\u00e9n la de cumplir negocios cada vez m\u00e1s audaces. Burlaron a los especializados del puerto y a las autoridades. En el refugio se acumulaba una fortuna. Pero Fran\u00e7ois no cont\u00f3 con el sentimiento que iba a nacer: ahora le cuesta dejarla volver al puerto, admitir su vida con otros hombres, sus noches de borrachera. Supo que deb\u00eda permitirlo para despistar y por los nuevos negocios. Pero un extra\u00f1o escozor lo impulsaba a Marseille en horas en que no deb\u00eda hacerlo. Muchas veces la vio, fingiendo naturalidad: ella te hac\u00eda un gui\u00f1o y dos o tres d\u00edas despu\u00e9s recomenzaba la dicha. Entonces Marie-Jos era exclusivamente su mujer; la huella del desorden, del trasnocho y de la sexualidad sin due\u00f1o, desaparec\u00eda; asomaba en ella su casi adolescente frescura, el verdadero deseo: una identidad tierna y l\u00fadica, tal vez fraternal.<\/p>\n<p>Fran\u00e7ois no ignoraba los peligros: antiguos compa\u00f1eros suyos, traficantes rivales detectaban su discreci\u00f3n, su manera de operar. Nadie ten\u00eda pruebas de su contacto con los barcos (para eso estaba Marie-Jos), pero se sab\u00eda vigilado. \u00bfDur\u00f3 dos a\u00f1os el asunto? Hab\u00eda programado cuatro a\u00f1os para ser millonario y desaparecer; pero la muerte de la muchacha interrumpi\u00f3 el ascenso de su fortuna. La tragedia ocurri\u00f3 una noche, mientras curiosamente \u00e9l estaba en el puerto y la chica en el refugio. Al volver hall\u00f3 la casita arrasada: ni un billete ni una joya. Sangre en el piso y una cita a la morgue. Comprendi\u00f3 que hab\u00eda sido trabajo de rivales: \u00bfqui\u00e9n de ellos? Durante a\u00f1os no logr\u00f3 una pista ni un sospechoso y eso debi\u00f3 alertarlo, pero no fue as\u00ed: la amaba demasiado. La p\u00e9rdida lo aniquil\u00f3 todo.<\/p>\n<p>Realmente, algunos empleados del puesto de asistencia (pas\u00f3 \u00a0por alto entonces que el cad\u00e1ver no hab\u00eda sido llevado al hospital principal, sino a esta especie de triste dispensario) ofrecieron mostrarte el cuerpo destrozado a pu\u00f1aladas, pero \u00e9l rehus\u00f3. Una horrible debilidad le imped\u00eda ver aquellos senos y aquella piel, tan protegidos por \u00e9l, ya destrozados. Firm\u00f3 los documentos necesarios. Pag\u00f3 el entierro, y durante meses acudi\u00f3 al peque\u00f1o cementerio. \u00abMarie-Jos\u00bb y nada m\u00e1s dec\u00eda la breve l\u00e1pida. A ella dedic\u00f3 horas de silencio, de adoraci\u00f3n. Con los a\u00f1os olvid\u00f3 el lugar, envejeci\u00f3. Como ninguna otra cosa sab\u00eda hacer, sigui\u00f3 adherido al negocio; pero ahora asociado con cualquiera (incluso con alguno que pudo ser el ladr\u00f3n, el asesino). No le interesaba averiguar; la hab\u00eda perdido, era suficiente vivir un poco. Tal vez carec\u00eda de condiciones para millonario u hombre rico, como crey\u00f3 poseer estando cerca de ella. El tiempo lo volvi\u00f3 manso y hasta respetado dentro de los comprometidos.<\/p>\n<p>Tuvo el primer rumor hace cinco a\u00f1os; alguien, un ex recluso que volv\u00eda de Am\u00e9rica lo hab\u00eda contado a un amigo com\u00fan del puerto. La noticia era escueta: una mujer id\u00e9ntica a Marie-Jos viv\u00eda al otro lado del mar, en un puerto como \u00e9ste; no discerni\u00f3 bien los componentes del comentario, pero algo agudo se revolvi\u00f3 en su cuerpo. Esa tarde tom\u00f3 el bus y visit\u00f3 el cementerio. Bajo la hojarasca descubri\u00f3 la antigua l\u00e1mina: el nombre querido, su propia historia, segu\u00edan all\u00ed, detenidos. Dedic\u00f3 una noche confusa a evocarla, y se emborrach\u00f3.<\/p>\n<p>Por azar, meses despu\u00e9s encontr\u00f3 a ese mismo amigo, y tomaron el tema con calma. El hombre tampoco hab\u00eda llegado a aquel puerto; sin embargo, conoc\u00eda datos concretos a trav\u00e9s del ex recluso. La mujer del otro lado se llamaba Mar\u00eda In\u00e9s, ten\u00eda ya cierta edad y, a pesar de su lenguaje local, su acento extranjero era inconfundible. El recluso, para entonces en su vida de aventuras, hab\u00eda pasado una noche con Mar\u00eda In\u00e9s; y \u00e9sta luc\u00eda un lunar en forma de lis, en su espalda.<\/p>\n<p>Fran\u00e7ois se estremeci\u00f3. La coincidencia era exagerada. \u00a1Una flor de lis! \u00a1Un tatuaje: no un lunar! Rememor\u00f3 entonces los primeros encuentros, la alegr\u00eda de tener a Marie-Jos como a un juguete. \u00c9l, Fran\u00e7ois mismo, hab\u00eda grabado aquella flor en la piel de la mujer; ella so\u00f1aba con los tatuajes de los marineros, quer\u00eda gozar de alguno. Se inform\u00f3 sobre los procedimientos; ebrios practicaron \u00a0-donde ahora pasa su mano- con la piel de \u00e9l, porque quiso complacerla sin riesgos. Poco despu\u00e9s la oblig\u00f3 a aceptar que el tatuaje fuese en la espalda: tem\u00eda arruinar un detalle notable del amado cuerpo, mas la flor tom\u00f3 forma y color, triunfante. Marie-Jos estuvo feliz: hasta aprendi\u00f3 a mirarse, divertida, su \u00ablunar\u00bb con dos espejos.<\/p>\n<p>Ahora el viejo Fran\u00e7ois estaba alerta con los viajeros que llegaban de Am\u00e9rica; la intuici\u00f3n le indicaba exactamente a cu\u00e1les consultar: un detalle de la ropa, ciertas leves grietas en la piel, una marca en el brazo: indicios de vida en los suburbios y en los puertos. As\u00ed estableci\u00f3 contacto con un joven viajero que, curiosamente, no era europeo. (\u00ab\u00bfDebo -me pregunt\u00f3 el periodista- colocar aqu\u00ed una tinta oscura sobre el limpiabotas? \u00c9l indic\u00f3 que un c\u00f3mplice venezolano iba a ayudar a Fran\u00e7ois, pero no se adjudic\u00f3 tal funci\u00f3n\u00bb, \u00abNadie va a reconocer que \u00e9l era malandro, y adem\u00e1s ya pasaron cuarenta a\u00f1os -respond\u00ed. El ni\u00f1o limpiabotas de la Plaza que narr\u00f3 la historia es el vicio que a\u00fan recuerda los titulares de prensa. Por lo tanto tambi\u00e9n pudo ser \u00e9l un joven aventurero, el v\u00ednculo insospechado entre Marie-Jos y Fran\u00e7ois\u00bb).<\/p>\n<p>Cierto que Fran\u00e7ois no volvi\u00f3 a la situaci\u00f3n floreciente de su juventud; pero viv\u00eda adecuadamente y ten\u00eda ahorros. Tampoco le importaba perder ese dinero en una obsesi\u00f3n como la que lo invad\u00eda. Si antes enloqueci\u00f3 de amor, ahora estaba asediado por la sospecha (o por la venganza). Acept\u00f3 que el joven aventurero viviera de \u00e9l; en su casa, con mujeres del puerto y bebiendo sin parar. Un extra\u00f1o v\u00ednculo de afecto (el otro parec\u00eda necesitar conversaciones, calor) y de chantaje, se produjo entre ambos. Realmente lo compr\u00f3. En medio de tantas fiestas y complacencias, el aventurero supo corresponderle: adem\u00e1s el trabajo que le ofreci\u00f3 ser\u00eda un placer: volver a su pa\u00eds, instalarse brevemente en Puerto Cabello y encontrar una dama algo mayor, tal vez inclinada a las drogas, y un tanto borracha. Su misi\u00f3n: retener cualquier dato acerca de ella, y lograr una noche en su cama, hasta poder observar cuidadosamente su espalda.<\/p>\n<p>S\u00f3lo fue necesario un viaje del malandrito. Mientras estuvo ausente Fran\u00e7ois se las ingeni\u00f3 para obtener el permiso de abrir la tumba; logr\u00f3 la mayor discreci\u00f3n (al fin y al cabo hab\u00eda prestado favores especiales a una persona del gobierno) y un mediod\u00eda, \u00a0 en la soledad del cementerio, comprob\u00f3, ansioso, que aparte de los restos de un pa\u00f1o y algunas piedras, nada m\u00e1s hab\u00eda contenido la urna de su mujer. Tal vez era demasiado viejo para sentir una emoci\u00f3n parecida, pero oleajes de pasi\u00f3n, una furia tensa, la impotencia, lo invadieron desde entonces. El desprecio y el odio ocupaban el lugar de su gran amor. Sin embargo, volvi\u00f3 a la ternura de los veinte a\u00f1os, a su entrega: a su necesidad de ella y a la violenta decisi\u00f3n de destruirla, de cerrar aquel prolongado sue\u00f1o. Marie-Jos, concluy\u00f3 entonces, hab\u00eda sido un objeto desconocido, alguien capaz de enga\u00f1ar en todo (como debi\u00f3 hacer con sus clientes en la cama): un alma intocada, tras la cercan\u00eda de los licores, de las noches. Fran\u00e7ois se aisl\u00f3 durante algunas semanas indeciso, desconsolado. Solo, volvi\u00f3 a vivir como en los d\u00edas de Marie-Jos; sonidos, detalles de las esquinas, lo reten\u00edan en un tiempo ya muerto. Cuando extirp\u00f3 ese desdoblamiento \u00fanicamente quedaba el puro odio.<\/p>\n<p>Necesitaba esperar al viajero pero ya para \u00e9l todo estaba confirmado. Utiliz\u00f3 entonces esos d\u00edas tratando de obtener (\u00a1tan tarde!) una pista. \u00bfPor qu\u00e9 lo traicion\u00f3 Marie-Jos? \u00bfCon qui\u00e9n se hab\u00eda ido? Pas\u00f3 revista a centenares de rostros con los cuales la hab\u00eda encontrado en los bares. Pudo haber sido cualquier marino, cualquier pasajero transitorio, alguien de quien \u00e9l jam\u00e1s habr\u00eda sospechado (como nadie hubiera imaginado la profunda relaci\u00f3n de ellos).<\/p>\n<p>Gast\u00f3 noches llenando ese rostro vac\u00edo, la figura de un hombre imprecisable; el fantasma lo humill\u00f3 con su ausencia. Y entonces reapareci\u00f3 el viajero. Sus noticias (ya que ignoraba la historia) contrastaron con las interrogantes de Fran\u00e7ois, por su precisi\u00f3n, por su frescura, por su fatalidad.<\/p>\n<p>Aquella mujer era Marie-Jos. Ahora, al final de la plenitud, tampoco a ella parec\u00eda importarle el secreto que guard\u00f3 durante d\u00e9cadas: habl\u00f3 en exceso de su vida al aventurero. \u00c9ste tuvo cierto asco al comienzo ante la marchita mujer, pero se dej\u00f3 llevar por su eficacia en la cama, por su jugueteo. Y cuando la sinti\u00f3 dormida descubri\u00f3, con sorpresa, los p\u00e9talos violetas de una peque\u00f1a flor en la mujer de espaldas. Pasaba borracha, en efecto, casi todas las noches y padec\u00eda de un mal: la nostalgia por Marseille. A\u00f1o tras a\u00f1o consider\u00f3 la posibilidad de regresar, de pedir perd\u00f3n a alguien, pero la lenta dulzura del tr\u00f3pico la inmovilizaba. Nunca hizo un gesto para volver, aun cuando -averiguando con cautela- lleg\u00f3 a saber que ese \u00abalguien\u00bb hab\u00eda desaparecido de la vida activa del puerto, durante los \u00faltimos a\u00f1os. Hubo un tipo que le jur\u00f3 haber asistido a su sepelio.<\/p>\n<p>\u00bfY con qui\u00e9n vive, qu\u00e9 hace? El viajero destac\u00f3 detalles de la casa, de c\u00f3mo la mujer hab\u00eda administrado una gran fortuna. Vivi\u00f3 para divertirse, pero como ciega: sin aspiraciones, sin b\u00fasquedas. Y lo menos cre\u00edble: sin hombre fijo. Gozaba y padec\u00eda los encuentros. S\u00f3lo en dos o tres ocasiones acept\u00f3 a un extranjero, porque la enloquec\u00edan esos hombres criollos -de nalgas estrechas y macizas, con empuje- (\u00abComo yo, \u00bfno crees?\u00bb, dijo el moreno), a los cuales manten\u00eda por per\u00edodos. \u00bfTal traici\u00f3n, reflexion\u00f3 Fran\u00e7ois, tan largo viaje, tanto cambio de identidad para ser nada, una simple mujer? All\u00e1 sus amores segu\u00edan siendo fugaces. Puerto Cabello la recibi\u00f3 con festiva comicidad; tuvo problemas ante algunas esposas, pero la aceptaron gradualmente, y hasta algunas familias decentes llegaron a ser sus amigos.<\/p>\n<p>El viajero hablaba, completando el mosaico del pasado, ignorante de la precisi\u00f3n con que Fran\u00e7ois ajustaba cada detalle. Era Marie-Jos. Pero \u00bfpor qu\u00e9 hab\u00eda hecho todo aquello?<\/p>\n<p>All\u00ed conclu\u00eda su complicidad con el viajero, y quedaba instaurado un nuevo deseo: ya no tanto el de venganza, el de destruir a la mujer, sino el de saber qu\u00e9 hab\u00eda determinado a Marie-Jos a planificar su abandono, el robo y la indiferencia de tantos a\u00f1os. Para ello el malandrito no le servir\u00eda, tampoco ning\u00fan nuevo intermediario. S\u00f3lo \u00e9l podr\u00eda obtener de la mujer la confesi\u00f3n certera; pero volver a verla significaba matarla.<\/p>\n<p>Organiz\u00f3 de nuevo su vida en torno a Marie-Jos: como si nada suyo pudiera ser excluido en el reino de ella; como si el pasado, su vida actual y cualquier invenci\u00f3n futura \u00fanicamente pudieran girar en ella, por ella. Revis\u00f3 sus papeles; orden\u00f3 su dinero y, alg\u00fan negocio pendiente; sin decirlo fue despidi\u00e9ndose de su idioma, de los pocos amigos casuales, del refugio dom\u00e9stico, de su aire predilecto, el aroma de Marseille.<\/p>\n<p>El limpiabotas lo sigui\u00f3, por s\u00fabita decisi\u00f3n, en su b\u00fasqueda de Puerto Cabello. Pr\u00e1cticamente no se separaron durante el trayecto: un trago, alg\u00fan chiste, las interminables conversaciones del \u00a0malandrito, Fran\u00e7ois no aludi\u00f3 m\u00e1s a la mujer; el otro se qued\u00f3 sin algo concreto sobre los motivos del viaje. Ya en Puerto Cabello el viejo pareci\u00f3 aturdido; el excesivo brillo del cielo, el calor, lo inhib\u00edan. Tal vez no deseaba ser visto con claridad. Y entonces el amigo result\u00f3 de gran utilidad: casi lo guard\u00f3 en una discreta pensi\u00f3n, le sirvi\u00f3 de int\u00e9rprete y, sobre todo, por las noches -a ratos caminando, a veces en taxi- fue mostr\u00e1ndole los pasos de Mar\u00eda-In\u00e9s. Fran\u00e7ois se convenci\u00f3 de que nada hab\u00eda sentido la primera vez que la vio: ella sal\u00eda de su gran casa, conduciendo un auto. Algo gorda, deca\u00edda, en nada se parec\u00eda a su graciosa muchacha de Marseille: pero en tal diferencia supo encontrarla: bajo cierta fijeza de los gestos, en la boca, en un olvidado movimiento de los ojos.<\/p>\n<p>El criollo jam\u00e1s not\u00f3 en la parsimonia del otro alguna violencia: s\u00f3lo parec\u00eda rememorar, comparar la imagen de una antigua amante con su presente. Tres d\u00edas despu\u00e9s, en la madrugada, Marie-Jos muri\u00f3 atravesada por el pu\u00f1al de Fran\u00e7ois; el cuerpo permaneci\u00f3 \u00edntegro, menos en el lugar de la flor.<\/p>\n<p>\u00bfEs producto del periodista o comentario verdadero del anciano limpiabotas que Fran\u00e7ois la oblig\u00f3 antes a responder una pregunta? \u00bfNecesita un relato o un drama en dos actos la confesi\u00f3n del protagonista? Las voces de aquellos, en todo caso, coincid\u00edan en un punto: Marie-Jos hab\u00eda actuado exclusivamente por s\u00ed misma; adivin\u00f3, utiliz\u00f3 la confianza de Fran\u00e7ois en ella, y lo abandon\u00f3 cuando quiso. Ni otro hombre ni una verdadera traici\u00f3n: apenas el juego de sus deseos. Fran\u00e7ois nunca supo que aquel d\u00eda, cuando fue a la morgue, Marie-Jos a\u00fan estaba escondida en Marseille; si \u00e9l hubiese abierto la urna; si hubiese descubierto la mascarada, los enfermeros -\u00edntimos amigos de la mujer- la habr\u00edan llamado. Ella hubiera acudido, pidi\u00e9ndole perd\u00f3n, explicando de alg\u00fan modo tan terrible broma; lo habr\u00eda convencido, y tal vez nunca se separaran. Pero \u00e9l crey\u00f3 su muerte desde el primer minuto.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-balza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Balza Tras el indiscriminado entusiasmo dejado en su estilo por el\u00a0modo\u00a0de Tom Wolfe, el joven periodista (en verdad: con m\u00e1s de treinta a\u00f1os; dos divorcios) quer\u00eda que sus reportajes tuviesen algo de poema, de novela, de drama; o quer\u00eda redactar noticias tan vivaces que fuesen como novelas. 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