{"id":2143,"date":"2021-10-31T17:32:47","date_gmt":"2021-10-31T17:32:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=2143"},"modified":"2023-11-24T18:36:58","modified_gmt":"2023-11-24T18:36:58","slug":"dos-cuentos-alfredo-armas-alfonzo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-alfredo-armas-alfonzo\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Alfredo Armas Alfonzo"},"content":{"rendered":"<h3>Santo de cabecera<\/h3>\n<p>I<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEntonces usted cree, Pacheco, que me salga?<\/p>\n<p>Los dedos largos, de u\u00f1as romas, del platero, extend\u00edan sobre la palma de la mano pedacitos de oro.<\/p>\n<p>Se quit\u00f3 el cigarrillo de la boca y abri\u00f3 una gaveta de de la mesa, esterada de ruedas y piezas de un viejo reloj que, m\u00e1s all\u00e1, en el rinc\u00f3n de la derecha, junto a una vieja l\u00e1mpara de bronce, con la figura de un Cupido gordinfl\u00f3n en actitud de danzar sosteniendo una l\u00e1mpara con la visera quebrada, y ente tablas y peroles viejos, mostraba a trav\u00e9s el cristal redondo, lleno de lamparones, una hora irremediablemente caduca.<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed hay unos treinta gramos \u2014se atrevi\u00f3 a aclarar la mujer.<\/p>\n<p>\u2014Eso es lo que voy a ver \u2014repuso \u00e9l. Extrajo un peso peque\u00f1o de la gaveta y lo acomod\u00f3 en la mesa. Despu\u00e9s, con una gran tranquilidad, deposit\u00f3 el oro en uno de los platillos, haciendo que el otro subiera bruscamente. Logr\u00f3 el equilibrio del fiel poniendo uno tras otro pedacito de plomo en el platillo vac\u00edo. El cigarrillo casi se le ca\u00eda de los labios.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014dijo, mientras el humo le rastreaba la cara\u2014 No hay ni veinte gramos. La rob\u00f3 el que le vendi\u00f3 este oro.<\/p>\n<p>\u2014Yo lo ten\u00eda guardado desde hace a\u00f1os. Se lo cambi\u00e9 a un quincallero por seis gallinas. Entonces ten\u00eda un patio lleno de gallinas. Pero de esto hace mucho tiempo. Tuve que salir de ellas porque me acababan las matas. Me dijo que hab\u00eda veinticinco gramos justos. El reto era de una orificaci\u00f3n que se me cay\u00f3\u2014 La mujer hablaba despacio y parec\u00eda complacida con la explicaci\u00f3n<\/p>\n<p>\u2014De todos modos le sale la pulserita. \u2014El oro hab\u00eda vuelto a la mano apu\u00f1ada del platero y los dedos de su diestra, hundidos en el cuenco, se pon\u00edan a\u00fan m\u00e1s amarillos\u2014. \u00bfQuiere que le grabe su nombre? Es m\u00e1s trabajo, pero le quedar\u00e1 m\u00e1s bonita. Y, total, como no le va a costar m\u00e1s. Eso s\u00ed, le advierto que le va a quedar muy delgadita.<\/p>\n<p>Diciendo esto mir\u00f3 la mu\u00f1eca de la mujer y demor\u00f3 un rato en hablar, como si no atinara con lo que quer\u00eda decir<\/p>\n<p>\u2014No es para m\u00ed \u2014rebati\u00f3 ella, escondiendo las manos tras la espalda, repentinamente apenada\u2014. Es para un regalo.<\/p>\n<p>El hombre se levant\u00f3 y camin\u00f3 hasta el otro rinc\u00f3n. Agarr\u00f3 una pimpina pintada de azul que estaba sobre una repisa y la inclin\u00f3 sobre un vaso.<\/p>\n<p>La mujer no le quitaba la vista de encima. Ten\u00eda una nuca flaca y un cuello demasiado largo. Las orejas eran largas y el pelo le ca\u00eda sobre la camisa. Los brazos tambi\u00e9n los ten\u00eda largos. Se ve\u00eda a leguas que \u00e9l mismo ten\u00eda que arreglarse su ropa. Ese feo remiendo en la camisa no hab\u00eda sido cogido por ninguna mujer. Parec\u00eda sediento y beb\u00eda agua a grandes tragos, haciendo mucho ruido.<\/p>\n<p>\u2014Yo siempre cre\u00ed que usted era una mujer sola-\u2014. Segu\u00eda de espaldas todav\u00eda y ella no hac\u00eda sino mirarlo, de pies a cabeza. La cabeza era lisa y aplanada por detr\u00e1s. Ten\u00eda un lomo en la espalda.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfEn qu\u00e9 piensa, D\u00e9bora? \u2014El hombre estaba de frente a ella, y la contemplaba a su vez.<\/p>\n<p>\u2014Le pregunt\u00e9 si usted viv\u00eda sola \u2014y arrugaba los labios, en una sonrisa forzada.<\/p>\n<p>\u2014Tanto como sola, no \u2014por la manera de hablar parec\u00eda confundida\u2014. Me acompa\u00f1an dos mujeres que cri\u00f3 mam\u00e1 en casa, desde chiquitas \u2014 Le hab\u00edan dejado de temblar las manos.<\/p>\n<p>\u2014No. Yo no me refer\u00eda ellas. Yo me refer\u00eda otra cosa \u2014y caminaba hacia la mesa.<\/p>\n<p>\u2014Ah, \u00bfya usted se enter\u00f3 de esto?<\/p>\n<p>\u2014Uno sabe la vida ajena sin estarla preguntando. \u00bfQu\u00e9 es lo que no se sabe en un pueblo? \u2014al inclinarse para tomar asiento, ella sinti\u00f3 la respiraci\u00f3n de \u00e9l en el brazo.<\/p>\n<p>\u2014Apuesto a que usted tambi\u00e9n conoce la m\u00eda \u2014y sub\u00eda una mirada risue\u00f1a hasta la cara de la mujer. As\u00ed sentado, con una pierna montada sobre la otra, se ve\u00eda peque\u00f1o y rid\u00edculo.<\/p>\n<p>\u2014Bueno&#8230; Tanto como saberla de un todo, no. Lo que s\u00ed s\u00e9, porque anda en boca de todo el mundo, es que usted est\u00e1&#8230; \u00bfc\u00f3mo dir\u00eda yo? \u2014y vacilaba, turbada hasta la exageraci\u00f3n\u2014 bueno, separado de su mujer, por decirlo de alg\u00fan modo, usted me entiende&#8230; \u2014Evidentemente, le hab\u00eda costado un trabajo inmenso salir del paso y a \u00e9l le hab\u00eda causado mucha gracia, tanto que se puso a re\u00edr mirando el suelo.<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed se pelaron \u2014y todav\u00eda se re\u00eda, con una risita gutural que le abultaba la manzana del cuello, encarnada como la piel de un gallo de pelea \u2014: Ni pas\u00e9 nunca por ante cura ni tuve&#8230; \u00bfc\u00f3mo fue que usted dijo?&#8230; una mujer. Nunca fui hombre de hogar y nunca calent\u00e9 silla. Ahora, usted ve, ya es distinto&#8230; Me est\u00e1n pegando los a\u00f1os y siento m\u00e1s que nunca la necesidad de una compa\u00f1era que me haga m\u00e1s llevaderos estos \u00faltimos a\u00f1os de mi vida.<\/p>\n<p>Ella, al principio, hab\u00eda querido tomar todo esto a broma y hasta celebrar la ocurrencia, como \u00e9l lo hab\u00eda hecho hac\u00eda un rato. Pero la intenci\u00f3n se la frustr\u00f3 un nuevo acaloramiento que le puso tensas las rejas y le devolvi\u00f3 el temblor de las manos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfViejo? Viejos son los caminos reales&#8230;<\/p>\n<p>Fue sin querer como lo dijo. Y despu\u00e9s de dicho, quedaba en piel insinuaci\u00f3n inevitable.<\/p>\n<p>Los ojos de \u00e9l se animaron con un brillo c\u00e1lido e inusitado. Y toda la cara se le llen\u00f3 de una alegr\u00eda candorosa. Por un momento, a los ojos de la mujer desaparecieron aquellos profundos canjilones de las mejillas, las arrugas de los ojos y los negros puntos de las espinillas que le cubr\u00edan toda la piel. Se le perfil\u00f3 solemnemente la nariz, que le ca\u00eda como un moco de pavo sobre la boca grande. Hasta el mismo pelo, rete\u00f1ido de amarillo, como los dedos, cerotudos de aceite y tiempo, parec\u00eda cobrar lustre.<\/p>\n<p>\u2014Usted, D\u00e9bora&#8230; Usted, D\u00e9bora, \u00bfser\u00eda capaz de casarse entonces con un hombre como yo?<\/p>\n<p>Nunca, en sus 46 a\u00f1os, D\u00e9bora \u00c1lvarez hab\u00eda o\u00eddo proposici\u00f3n. Cerr\u00f3 los ojos, tr\u00e9mula, arrebatada de dulc\u00edsima lasitud.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs capaz, D\u00e9bora? \u00bfSe casar\u00eda usted conmigo?<\/p>\n<p>Una mano \u00e1spera, sudada, \u00e1vida, caliente, le agarr\u00f3 la suya, temblorosa, fr\u00eda, y, lo que era m\u00e1s raro, \u00e1speramente callosa. Siguieron cay\u00e9ndole las palabras vehementes en el o\u00eddo.<\/p>\n<p>\u2014D\u00edgame que s\u00ed, D\u00e9bora&#8230; D\u00edgame que s\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014No, no, Pacheco \u2014y casi la ahogaba la emoci\u00f3n\u2014. Tendr\u00eda que pensarlo con tiempo&#8230; Usted me ha cogido de sopet\u00f3n casi. \u00bfQu\u00e9 dir\u00eda la gente del pueblo si nosotros result\u00e1ramos cas\u00e1ndonos de la noche a la ma\u00f1ana? \u00bfQu\u00e9 dir\u00eda de m\u00ed la gente? Se burlar\u00edan de nosotros&#8230; \u00a1Qui\u00e9n sabe cu\u00e1ntas cosas ser\u00edan capaces de decir!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9, D\u00e9bora? \u00bfPor qu\u00e9? \u00bfNo es usted una mujer libre? \u00bfNo soy yo un hombre libre? Todav\u00eda estamos a tiempo&#8230; \u00a1No me diga que usted crey\u00f3 ese cuento de camino de mi&#8230; esposa! \u00bfQu\u00e9 pueden decir de nosotros?<\/p>\n<p>Mientras la mano izquierda de \u00e9l acariciaba la de ella, la otra trat\u00f3 de escurr\u00edrsele sinuosa y \u00e1gil, entre ahogos de respiraci\u00f3n jadeante, forzando la botonadura, bajo la cota de cretona estampada y all\u00ed resbalaba, sin que nada pudiera detenerle, como fuera la gruesa costura del t\u00fanico y la perceptible dureza de las costillas. La sala se llenaba de acecidos.<\/p>\n<p>Ella sent\u00eda que su cuerpo se rend\u00eda a la caricia turbia de las manos. El repugnante mal olor del cigarro le lleg\u00f3 a la nariz, mientras la quijada dura y \u00e1spera de pelos canosos sele apretaba contra el hombro y la saliva, gruesa como nata, le mojaba las mejillas.<\/p>\n<p>\u2014No, no, Pacheco. No haga eso. Deme tiempo para pensarlo<\/p>\n<p>La mano trepadora le mordi\u00f3 la blanduzca y apagada forma del pecho. Y ella tuvo miedo entonces del avance de aquella caricia porque sab\u00eda, desde las trastiendas de largas noches torturadas, de lo que era capaz de moldear una mano enardecida. Se sacudi\u00f3, violenta:<\/p>\n<p>\u2014Eso s\u00ed que no, Pacheco. Eso s\u00ed que no.<\/p>\n<p>El platero, casi doblado sobre sus piernas temblequeantes, la vio abandonar la sala, con un aire de dignidad ofendida, presurosa, a cabeza levantada, taconeando fuente. El \u00faltimo sol de la tarde ca\u00eda sobre los cogollos de los \u00e1rboles de la plaza y moldeaba los troncos rugosos. Por entre los balaustres de la ventana divis\u00f3 un techo de paja, una pared amarilla y un burro, con una enorme matadura en el lomo, que pastaba, tranquilamente, junto a una alta cruz de madera, con las orejas tambi\u00e9n llenas de la desmayada luz del crep\u00fasculo.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>D\u00e9bora \u00c1lvarez se debate en su cama, mientras la luz de la lamparilla de aceite va sacando de la pared, con chisporroteos intermitentes, del marco dorado mismo, la sangu\u00ednea faz de un Jes\u00fas de litograf\u00eda. Sube el resplandor, gradualmente, y aviva en el dorso de la mano la roja herida del clavo y, al extremo de los dedos, como sostenido por ellos, un coraz\u00f3n que arde en fuegos violetas, ce\u00f1ido de una corona de osas. El oro de la ca\u00f1uela tiembla y parece estirarse, Ella ve, sobre las puntadas de sus pies el reflejo de la llama en el vidrio del cuadro, y se le antojan las dos luces oscilantes el inmenso brasero del purgatorio. Si hasta siente que le lamen las u\u00f1as de los pies.<\/p>\n<p>Culmina as\u00ed una noche de pesadilla, estremecida de asqueantes n\u00e1useas donde naufraga la madura virtud de tantos a\u00f1os, Ha sido \u00e9sta un s\u00f3lo dar vueltas y m\u00e1s vueltas en la cama, para seguir hallando, en cada arruga de la s\u00e1bana, algo del caliente resplandor de la lamparilla, Volteaba y volteaba la almohada. Y era el de la cabeza un dolor latente como de espinas que e taladraran las sienes. Y era la l\u00e1grima que le tostaba los ojos. Y era aquella sensaci\u00f3n indefinible, vaga y patente a la vez que le sub\u00eda desde las corvas hasta la garganta y le rodeaba la cintura en rara mezcla de caricia suave y mordisco doloroso.<\/p>\n<p>Para completar, una lechuza la hab\u00eda cogido por pasar una y otra vez por encima. de la casa, haciendo aquel ruido que parec\u00eda el de tijeras presurosas rasgando una tela de mortaja. Pasaba y volv\u00eda a pasar el graznido sobre la casa, como si la tijera nunca acabara de encontrarla otra orilla de la tela.<\/p>\n<p>\u2014Riquirriquirriquirriqui.<\/p>\n<p>\u2014Riqui\u2014riqui\u2014riqui&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Riqui..riqi..riquiriquiriqul<\/p>\n<p>Un perro aull\u00f3, medroso, en el medio de la calle, Y se hizo profundo el silencio.<\/p>\n<p>\u2014Riquirriqui<\/p>\n<p>Se sintieron ruidos en la cocina. Alguien sac\u00f3 agua de la tina. Alguien se puso a enjuagarse la boca. Alguien hundi\u00f3 una totuma en el bongo del destilador, Ella sinti\u00f3 una brusca frescura, como si hubiera empezado a llover o fuera r\u00e1faga de brisa la verde claridad del d\u00eda que se colaba por la rendija de la puerta que daba al patio. Oy\u00f3, claramente, cuando la gota de agua se desprendi\u00f3 de la piedra del destilador y cay\u00f3, resbalando entre los helechos, Estaban bonitos, por cierto, y apretados de hojas. Cada reto\u00f1o era como un gusano verde, retorcido, lleno de pelusa blanca. Todo el mundo ten\u00eda que hacer con ellos. Tambi\u00e9n hab\u00eda un sabroso olor de diamelas. Deb\u00eda ser que estaban abriendo los treinta botones que ella le cont\u00f3 ayer. En una sola rama hab\u00eda trece solamente. Estar\u00edan abri\u00e9ndose, blancos como papel decanta y fr\u00edos, con blancura y frialdad de pared de cementerio, \u00bfPor qu\u00e9 la obsesionaban estos pensamientos? No iba a pensar m\u00e1s en nada. S\u00f3lo iba a dormir. S\u00f3lo quer\u00eda dormir y descansar.<\/p>\n<p>Se despert\u00f3 al cabo rato, como a las dos horas. El corredor de la casa estaba lleno de voces abismadas. Una, que al principio no supo de qui\u00e9n era, e llenaba la boca de cruces.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ave Mar\u00eda Pur\u00edsima! Se cuenta y no se cree. El pobre estaba en calzoncillos con todo el cuerpo fuera del moriche y el chorro de sangre sal\u00eda la calle, Por eso fue que supieron, porque si no ah\u00ed se pudre, Cuando la gente entr\u00f3 ya estaba tieso. Miren c\u00f3mo se me ponen los pelos todav\u00eda.<\/p>\n<p>D\u00e9bora siente embotada la cabeza y est\u00e1 reacia a todo pensamiento concreto. Pero aun as\u00ed puede medir el alcance de aquel hecho ins\u00f3lito donde \u2014lo presiente con un repentino fr\u00edo en el coraz\u00f3n\u2014 acaba de sellarse su horrez, Y como de alegr\u00eda y pudor violentado hace apenas unas horas, ayer tarde nada m\u00e1s, hoy el dolor le moja, con l\u00e1grimas amargamente saladas y angustiosas, los contornos de sus ojos afiebrados.<\/p>\n<p>\u2014Ya trajeron el agua, ni\u00f1a . El sol est\u00e1 alto y se le hace tarde para regar las matas.<\/p>\n<p>Pero ella est\u00e1 sorda y ciega a cualquier otra voz que no sea la de su dolor; insensible al reclamo de su jard\u00edn, obra de sus manos, hechura de su ternura de mujer inconforme, suspirante , una Sola, una sola vez correspondida.<\/p>\n<p>Tendida en la cama, como deslumbrada, los ojos cerrados, se complace en torturarse imaginando aquel momento de la caricia, aquel rostro suplicante, aquel contorno de la nuca, aquellos dedos amarillos, aquella nariz, aquella boca, aquellos ojos. A ratos, la importuna el recuerdo de las treinta flores de la mata de diamela.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 pasar el entierro por la calle, crujiente la urna que deb\u00eda ser larga y angosta, pegostosa todav\u00eda del charol fresco, cruzada de plateadas chapas que semejaban ramos de laurel, y una cruz con tres puntas redondas a la cabecera, oculta bajo el peque\u00f1o ramo de las treinta diamelas amarradas con larga cinta blanca que flotar\u00eda en el viento con tristeza de despedida, Fue lo \u00fanico que hizo todo el d\u00eda, aparte de llorar. Salir al patio y cortarlas flores de la diamela, amarrarlas con la cinta y encomendarle a Dominga el encargo de dejarlas sobre la tapa de la urna. Ya estar\u00edan marchita, con ese color sucio que la muerte les deja a las flores, con ese oscuro color, cada vez m\u00e1s oscuro, cada vez m\u00e1s feo, que el silencio pone en los rostros y en las manos de los muertos. As\u00ed pasar\u00eda, ce\u00f1ida de sombras, la cara de \u00e9l, bajo la tapa, bajo las flores, bajo la cinta. As\u00ed pasar\u00edan sus manos, cruzadas sobre el pecho, tiesas como un palo, llenas tambi\u00e9n de muerte y del color de las diamelas marchitas, fr\u00edas y vac\u00edas de vida, ciegas de caricias arbitrarias, pero todav\u00eda ungidas de una. gran pasi\u00f3n desesperada y del recuerdo de aquel \u00fanico gran amor de sus vidas Adelante ir\u00eda el cura, cerrado de pa\u00f1os negros, rezando frases en lat\u00edn, recargado de encajes y de salmos, ignorante de que llevaba a enterar el coraz\u00f3n de ella, Y \u00e9l, en su urna de madera encharolada, pensando en ella, con la imagen de ella aprisionada en sus ojos cerrados, como en un espejo que nadie descubrir\u00eda, con el coraz\u00f3n de ella entre sus manos, como una l\u00e1mpara, y a la sombra de sus treinta diamelas. Nadie, m\u00e1s que ella, lo hab\u00eda querido en su vida, y ahora nadie lo iba recordar en su ausencia porque \u00e9l se llevaba consigo todo su pensamiento.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>La descubrieron tendida sobre los ladrillos, sin aliento y sin calor, colgada del techo la mirada vidriosa. La soledad cerraba una inmensa puerta de piedra sobre su pecho.<\/p>\n<p>Estaba livianita como una pluma. Dominga, que era quien m\u00e1s se ocupaba de ella, la cogi\u00f3 por llorar, vi\u00e9ndola en ese estado,<\/p>\n<p>Le sostuvieron la cabeza con almohadas y le hicieron beber de un agua donde hab\u00edan echado catorce gotas de tintura de ac\u00f3nito, despu\u00e9s de friccionarle el cuerpo con una mezcla, del color de un vino, del que se desprend\u00eda un fuerte olor de jengibre, clavoespecie, guayabilla, canela y ron.<\/p>\n<p>Por un rato largo el rostro mantuvo su afilado perfil est\u00e1tico y la repulsiva mirada de vidrio roto. Despu\u00e9s, los ojos adquirieron brillo y movimiento. Tembl\u00f3 la s\u00e1bana en el lugar de las manos. Los labios, de descoloridas l\u00edneas lilas, se abrieron lentamente, Parec\u00eda que quer\u00eda decir algo. Y no dec\u00eda nada.<\/p>\n<p>El pulso se hizo regular en los dedos rugosos, blancos de jab\u00f3n azul, de la desconsolada Dominga.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfSe siente mejor, ni\u00f1a D\u00e9bora? \u00bfQu\u00e9 es lo que tiene? D\u00edgamelo a m\u00ed, ni\u00f1a; a m\u00ed solita,<\/p>\n<p>Unos ojos duros, desmesuradamente abiertos, cercados por la lisa cabellera entrecana y apenas sostenidos en el aire por las negras ojeras, se \u00a0levantaron de entre las almohadas. Las profundas comisuras de los labios apretados, extendidas a los propios lacrimales, parec\u00edan apuntalar aquella repentina luz \u00e1spera como lija. Las manos, entretanto, andaban bajo las s\u00e1banas con sigilo de ara\u00f1as.<\/p>\n<p>Segu\u00eda moviendo los labios en un balbuceo hecho de aire y rito apagado, sin voz, sin acento. Encog\u00eda el coraz\u00f3n verla.<\/p>\n<p>Lo que quedaba de ella era la sola presencia alucinada: los ojos, que viraba en tomo de su propio cuerpo. Primero los pase\u00f3 por los rincones y la oscura masa del techo de viguetas. Lentamente los fue bajando hasta que dio con el altar, donde parpadeaba la luz de aceite, y all\u00ed se clav\u00f3, casi con miedo, cubriendo la mano traspasada, el coraz\u00f3n hirviente, la barba lisa y limpia, los labios dulces, los ojos donde la fe hab\u00eda puesto tanta bondad.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de absorber toda la tina de la antigua litograf\u00eda, la mirada se hizo pesta\u00f1as y p\u00e1rpados cerrados.<\/p>\n<p>El sue\u00f1o entr\u00f3 a elaborar livianas arquitecturas: borr\u00f3 el rictus agrio de la boca, alis\u00f3 la ancha superficie de la frente, redujo los alargados planos de las mejillas ya marchita.<\/p>\n<p>\u2014Es mejor que duerma.<\/p>\n<p>La luz se quebr\u00f3 en la boca de Dominga y se hizo la sombra en el cuarto,<\/p>\n<p>V<\/p>\n<p>Bien avanzada la ma\u00f1ana la vieron salir, el pelo suelto, flotante al caminar, la ancha bata blanca, y perderse entre las matas del patio, vaga como un \u00e1nima.<\/p>\n<p>Y la vieron llegar, despu\u00e9s, a la puerta de la cocina, entrar sin decir nada, y tomar un machete del rinc\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 va a hacer, ni\u00f1a D\u00e9bora? \u2014le preguntaron.<\/p>\n<p>La vista se le volv\u00eda ceniza.<\/p>\n<p>Otra vez la escondieron las ramas. Se miraron una a otra. A poco, oyeron golpes.<\/p>\n<p>Trataron de mirar por las claraboyas de la cocina y no ve\u00edan sino los pesados gajos de las berber\u00edas, el profuso color violento de las trinitarias, los blancos mazos de amapolas en el tope de las varas, la fina fragancia de los alhel\u00edes, las rosadas rosas de Alejandr\u00eda, las carrubias rosas mineras, las enredaderas de coronillas, los bosquecillos verdiblancos de azahar de novia, los macizos de reseda, las ramas retorcidas de las diamelas y, esterando el suelo, las siemprevivas, las cuarentad\u00edas, los lirios. Cubriendo la empalizada estaban los gajos de blancos jazmines de Arabia, grandes como estrellas de papel dorado y, al fondo, una frondosa mata de cautaro, toda amarilla de flores hasta la copa, alta, de verdes gu\u00edas rectas.<\/p>\n<p>Al pie de \u00e9l estaba, tratando de derribarlo a golpes de machete. El filo iba y ven\u00eda abriendo anchas cicatrices en la corteza.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 va a hacer, ni\u00f1a D\u00e9bora?<\/p>\n<p>La mano, armada del machete, tajaba el tronco.<\/p>\n<p>\u2014Por m\u00e1s que usted se mate no va poder, ni\u00f1a \u2014insist\u00eda Dominga\u2014. \u00bfNo ve lo duro que es? Yo le voy a llamar a Ram\u00f3n. \u00bfSe lo llamo? \u00c9l, s\u00ed. \u00c9l est\u00e1 ah\u00ed mismo y viene en un momentico. \u00a1Ah, Ram\u00f3n! Que vengas ac\u00e1, te dice la ni\u00f1a D\u00e9bora.<\/p>\n<p>Apartando las ramas llegaron unos gruesos brazos morenos, una franela blanca y una cara redonda de indio.<\/p>\n<p>\u2014Es para que le tumbes este cautaro a la ni\u00f1a D\u00e9bora \u2014con los ojos, la mujer le hac\u00eda se\u00f1as al pe\u00f3n. Y \u00e9l pareci\u00f3 entenderlas, cuando dijo, respetuoso y decidido:<\/p>\n<p>\u2014Deme ac\u00e1 el machete, se\u00f1orita.<\/p>\n<p>Una mano p\u00e1lida se apart\u00f3 para hacer sitio al brazo moreno, y entonces s\u00ed se estremeci\u00f3 el \u00e1rbol, mientas el machete abr\u00eda surcos cada vez m\u00e1s hondos en la corteza, haciendo volar las astilla. Y cay\u00f3, sobre la empalizada, entre una lluvia de flores y hojas, y un estr\u00e9pito de ramas quebradas.<\/p>\n<p>\u2014 Ah\u00ed lo tiene, pues. \u00bfSe lo desramo como los otros?<\/p>\n<p>El filo volvi\u00f3 a hendir el tronco. Con el mismo machete, engarz\u00e1ndolas por la horqueta, el hombre apartaba las ramas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY ahora? \u2014apenas la mir\u00f3 con el rabo del ojo.<\/p>\n<p>Con un movimiento de la cabeza, la mujer se\u00f1al\u00f3 la casa. El pe\u00f3n correspondi\u00f3 al gesto ech\u00e1ndose el tronco al hombro y siguiendo tras la mirada imperiosa. Se enredaba en las ramas y no le quedaba entonces m\u00e1s remedio que retroceder y seguir de nuevo, y aun as\u00ed no pod\u00eda evitar que el tronco se engarzara en alg\u00fan bejuco y se lo llevara por delante,<\/p>\n<p>Llegaron al corredor. El se detuvo, indeciso, hasta que otro movimiento de cabeza le mostr\u00f3 la puerta de la galer\u00eda, contigua a la sala, de la cual lo \u00fanico que sab\u00edan era que se comunicaba con \u00e9sta por una puerta peque\u00f1a por donde apenas pod\u00eda pasar una persona.<\/p>\n<p>El no se decid\u00eda a avanzar. La mujer repiti\u00f3 el gesto imperioso por sobre su brazo. extendido. No hab\u00eda para d\u00f3nde coger.<\/p>\n<p>Con cara de asombro, desde la cocina, las mujeres vieron al hombre dirigirse hacia la galer\u00eda y, una vez enfrente de la puerta, dejar caer el tronco en el suelo y volverse, callado y silencioso. Vieron cuando la ni\u00f1a D\u00e9bora entr\u00f3 a su cuarto y cuando abri\u00f3 la puerta de la galer\u00eda y cuando arrastr\u00f3 el tronco hacia adentro. Y vieron, por \u00faltimo, cuando aquellas puertas pesadas, sobre cuya madera se hac\u00edan m\u00e1s p\u00e1lidas las manos de la ni\u00f1a D\u00e9bora, volvieron a cerrarse, con estr\u00e9pito.<\/p>\n<p>Y fue, entonces, aquel incesante golpetear tras las paredes, todo el santo d\u00eda. En vano la llamaron desde el lado afuera, a la hora del mediod\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs que no piensa ni probar bocado de nada, ni\u00f1a D\u00e9bora?<\/p>\n<p>El martilleo \u2014porque era con golpes de martillo \u2014segu\u00eda, incesante, incesante, incesante. Martillazo tras martillazo.<\/p>\n<p>Era muy tarde ya: las dos de la tarde. Insistieron frente al ojo de la llave. Nada. Dominga trat\u00f3 de empujar la puerta y ten\u00eda pasado el aldab\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Coma algo, ni\u00f1a, y despu\u00e9s termine. Es que no puede seguir as\u00ed, sin tomar ni siquiera caf\u00e9<\/p>\n<p>Y de adentro s\u00f3lo llegaba el golpetear incesante.<\/p>\n<p>Toda la noche lo estuvieron oyendo y entonces el silencio lo elevaba y le daba eco. Toda la ma\u00f1ana del otro d\u00eda lo siguieron oyendo. Y la tarde del mismo d\u00eda.<\/p>\n<p>Al anochecer persist\u00eda, pero ya mediaba tiempo entre uno y otro golpe. Y a las nueve era d\u00e9bil, apagado, como a trav\u00e9s de dos paredes seguidas. Casi ni se percib\u00eda, ni aun pegando la oreja de la puerta.<\/p>\n<p>Dominga, seguida de la otra, fue en busca del pe\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Nadie me quita de la cabeza que algo le est\u00e1 pasando a la ni\u00f1a D\u00e9bora. Vamos a forzar la puerta. Yo no me perdonar\u00eda nunca si, por nuestra culpa, la dejamos cometer una locura. La ni\u00f1a D\u00e9bora ha dado demostraciones muy raras estos \u00faltimos d\u00edas \u2014y se mostraba encalamocada.<\/p>\n<p>Bastante trabajo cost\u00f3 hacer saltar los goznes. Lo consiguieron con la ayuda de una ch\u00edcura y s\u00f3lo despu\u00e9s de agotantes esfuerzos. La ni\u00f1a D\u00e9bora le hab\u00eda metido una tranca por detr\u00e1s, adem\u00e1s del aldab\u00f3n, adem\u00e1s de pasar la llave. Fue por eso por lo que apenas consiguieron hacer un estrecho boquete entre el marco y la hoja. El pe\u00f3n entr\u00f3 de primero, encogiendo el cuerpo.<\/p>\n<p>\u2014Esto aqu\u00ed adentro est\u00e1 muy oscuro. Traigan ac\u00e1 una vela.<\/p>\n<p>Tras la luz, que temblaba en la mano de Dominga, entr\u00f3 \u00e9sta, siempre seguida de la otra.<\/p>\n<p>La ni\u00f1a D\u00e9bora estaba tirada en el suelo, abrazada al largo tronco del cautaro, en cuyo extremo, reciamente tallado, emerg\u00eda el rostro de un hombre con un enorme parecido al difunto platero. \u00a0Las manos, hinchadas y sangrantes, lo iban llenando de lentas caricias y del viscoso color de que estaban sucias.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfVerdad, mi amor, que ya no te vas? \u2014era un susurro la voz, gruesa y ronca, y la boca dolorosa inventaba besos apasionado\u2014: J\u00farame, mi amor, que no te ir\u00e1s y me dejar\u00e1s sola&#8230; \u00bfNo comprendes que yo ten\u00eda que pensarlo\u2014y el cuerpo ce\u00f1\u00eda el tronco con ganas de muerte voluptuosa.<\/p>\n<p>Las dos mujeres estaban clavadas en los ladrillos, sin poder comprender aquello.<\/p>\n<p>\u2014J\u00faramelo, mi amor&#8230; J\u00farame que no me vas a dejar sola \u2014y el cuerpo era como una culebra voluptuosa que se enrollaba al palo.<\/p>\n<p>El pe\u00f3n dio un paso hacia atr\u00e1s y la luz abri\u00f3 la peque\u00f1a puerta de la galer\u00eda. Lo que ten\u00edan eran ganas de correr.<\/p>\n<p>Y entraron, con el miedo hereje en el cuerpo, a la galer\u00eda. Pero no dieron sino un paso. Toda la pared, por los cuatro lados, estaba llena de figuras colgadas por mecates de gruesos clavos enterrados en la lisa superficie encalada. Eran rostros de madera, nucas blancas, formas humanas duras, que flotaban en la penumbra como desasidas de sus cuerpos. Ojos, de negras pesta\u00f1as inm\u00f3viles. Bocas peque\u00f1as y sangrientas, como la herida de la mano del Cristo. Narices torcidas, curvas, redondas, perfiladas. Rosadas mejillas flacas y gordas. Quijadas puntiagudas, cuadradas, precisas o imprecisas, Gestos distintos. Bigotes anchos, ca\u00eddos, espesos.<\/p>\n<p>A algunos el pincel le hab\u00eda negado una pupila o una ceja, un pedazo de labio o un p\u00e1rpado. Otros ni siquiera estaban pintados, y eran del solo color de la madera, blancuzcos o terrosos. Y hab\u00eda cabezas donde el cincel s\u00f3lo hab\u00eda formado bien una nariz, bien una boca, un ojo hondo o como volcado de la \u00f3rbita, bien una oreja, bien las sienes.<\/p>\n<p>Pero todos ten\u00edan los cr\u00e1neos mondos, como esperando que la mano artista, aquella paciente mano creadora de mujer les completara su atav\u00edo f\u00edsico. Una sola escultura estaba completa trajeada de morada bata orlada de encajes de oro, calzada de peluca rizada, barba de palo las manos estirada, como aguardando abrazo o cruz, los pies descalzos sobre peana verde. Y \u00e9ste aun bajo aquellos rasgos inconfundibles, ten\u00eda algo de la ni\u00f1a D\u00e9bora.<\/p>\n<p>Ahora les estaban encontrando parecidos. El rostro del rinc\u00f3n, bofo y abombado, bigotudo, era el de musi\u00fa Vicente. Lo \u00fanico que le faltaba era el caj\u00f3n de quincalla. El de la derecha era el padre Gonz\u00e1lez. Lo sacaron por la nariz fruncida, como fruta de merey. El de m\u00e1s ac\u00e1 era el del viejo Ramos, que puso una escuelita en la casa al lado del mercado, hac\u00eda casi veinte a\u00f1os, o quiz\u00e1s m\u00e1s. Y esta manera \u00a0de arrugar la boca era del pulpero que viv\u00eda en la casa de teja de la esquina de la plaza, que ya se cay\u00f3, debido a los aguaceros. Y este otro era el barbero, aquel hombrecito chiquito y nervioso, a quien mat\u00f3 la hematuria. Era de \u00e9l la mirada resbalosa. Y el de m\u00e1s all\u00e1, boquineto con aire abobado, Valero, el viejo cargador de agua. Hab\u00eda m\u00e1s. Pero eran facciones que se comi\u00f3 la tierra o la ausencia. Nombres ya extintos y olvidados.<\/p>\n<p>Las mismas caras del pe\u00f3n y de las dos mujeres parec\u00edan de madera. De madera dura y amarilla. \u00a0Las expresiones suyas, de verdadero p\u00e1nico, eran las \u00fanicas de que carec\u00eda aquel espectacular cementerio desenterrado, por la luz, en la vasta galer\u00eda de la se\u00f1orita D\u00e9bora \u00c1lvarez.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"alignnone  wp-image-2450\" src=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/haiman-el-troudi-el-cundeamor-y-los-colores-del-amanecer-7-300x210.jpg\" alt=\"\" width=\"559\" height=\"391\" srcset=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/haiman-el-troudi-el-cundeamor-y-los-colores-del-amanecer-7-300x210.jpg 300w, https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/haiman-el-troudi-el-cundeamor-y-los-colores-del-amanecer-7-768x539.jpg 768w, https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/haiman-el-troudi-el-cundeamor-y-los-colores-del-amanecer-7.jpg 1024w\" sizes=\"(max-width: 559px) 100vw, 559px\" \/><\/p>\n<h3>La ni\u00f1a de cundiamor<\/h3>\n<p>Ese a\u00f1o la escuela no comenz\u00f3 sino en abril, porque mam\u00e1, advertida por do\u00f1a Mar\u00eda Marrero de que la supervisi\u00f3n de la zona de Barcelona hab\u00eda nominado a un maestro, que era hermano mas\u00f3n, para atender las clases, le escribi\u00f3 al obispo, y \u00e9ste a su vez se movi\u00f3 ante el ministro de la instrucci\u00f3n y logr\u00f3 aplazar aquella elecci\u00f3n perjudicial para la formaci\u00f3n cristiana de los hijos, seg\u00fan logr\u00f3 leerlo el hermano mayor en un borrador descuidado en una gaveta del escritorio de la biblioteca. Nosotros ya est\u00e1bamos familiarizados con esa letra, que copiaba el modelo de la cursiva inglesa, pero a\u00fan m\u00e1s adornada con signos en forma de zarcillos, semejantes a esos de que se val\u00edan algunas especies de enredaderas del monte para sostenerse sobre el arbusto al que trepan, cuando no era la letra inicial la que se desplegaba en el espacio como una lazada. Hab\u00eda signos que remedaban el vuelo de la garza en el cielo de agosto.<\/p>\n<p>El forzado tiempo de las vacaciones que otros alumnos ocuparon en los hechos corrientes de aquella sociedad rural, y que iban desde las ociosas ma\u00f1anas y tardes del r\u00edo y la cacer\u00eda de animales contra los cuales volcaban sus instintos, en cambio a m\u00ed me impuso solitarios viajes por paisajes de las afueras que de otra manera nunca, jam\u00e1s, mam\u00e1 me hubiese permitido recorrer. Portaba conmigo una libreta hecha de hojas cortadas del papel que ven\u00eda envolviendo los paquetes de peri\u00f3dicos que llegaban en las valijas del correo con membrete impreso dirigido a pap\u00e1. Yo mismo me cos\u00eda los cuadernos. La man\u00eda de entonces de mam\u00e1 tend\u00eda a aficionarme al dibujo art\u00edstico, del que eran finos cultores sus propios hermanos. Apuntes del natural, como ella insist\u00eda, de los \u00e1speros contornos del paisaje entre cuya floresta descollaba la iglesia de bien altos muros de piedra de canter\u00eda, los terrenos arcillosos erosionados por los aguaceros torrenciales, donde apenas crec\u00edan elementos del espinar, siempre visitados por conejos silvestres que dejaban sus deposiciones en un solo sitio. Adem\u00e1s, el silencio de esos derredores me predispon\u00eda a reflexiones que no me hubiesen sido posibles entre la burla de condisc\u00edpulos de distinta educaci\u00f3n a la m\u00eda.<\/p>\n<p>Pap\u00e1 nos hab\u00eda ense\u00f1ado que los conejos montaraces siempre acuden por las noches a un lugar, sea \u00e9ste el pie de un yaque, el contorno de unos pichig\u00fceyes, un peque\u00f1o caracueyal de hojas amarillas, un bosquecito de tuna, un card\u00f3n ca\u00eddo, y que ese cagadero no lo cambiaban a menos que ocurriese algo que afectara Au costumbre; pod\u00eda ser tambi\u00e9n que no volviesen m\u00e1s porque esos animalitos fueren presa de un cazador que buscaba en tal entretenimiento un recurso para el escaso sustento de su hogar, Coa siempre manten\u00eda extendidas en la culata de su cuna, sec\u00e1ndose al aire, pieles de conejo. Coa les pon\u00eda trampas, y cuando no estaba haciendo esto, cebaba caimanes en las pozas del r\u00edo y a los que mord\u00edan el anzuelo los mataba a palos dando grandes gritos. Los mataba por los viriles.<\/p>\n<p>Pap\u00e1 tambi\u00e9n nos convenci\u00f3 de que el mejor estado del hombre era la soledad, porque as\u00ed pod\u00edan ejercitarse mejor los recuerdos y reservar s\u00f3lo los m\u00e1s satisfactorios. Una persona sola, a la que le guste caminar por extremos del campo donde no transiten los dem\u00e1s, est\u00e1 adem\u00e1s en condiciones para juzgar sobre sus propias acciones y determinar en qu\u00e9 momento ha cometido yerro o ha faltado a las obligaciones de la amistad o del deber con los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Una de esas picas de los aleda\u00f1os fue la que me condujo, en un mediod\u00eda muy alumbrado por el caliente sol de abril, al acceso del ancho muro del cementerio de abajo, fracturado y medio derruido debido a una escorrent\u00eda que ven\u00eda desde adentro. En la ancha grieta pod\u00eda verse una secci\u00f3n de un cr\u00e1neo con todos sus molares intactos y otro hueso del extremo de una r\u00f3tula. Desde ese punto se apreciaban unos panteones blancos, uno con un \u00e1ngel y otro con una cruz con un santo. En el cementerio de arriba todas las tumbas ten\u00edan cruces de madera, y, cuando ven\u00eda el tiempo de sequ\u00eda y se prend\u00eda el pajal, los muertos se quedaban sin su marca y los familiares perd\u00edan el rastro de su deudo. As\u00ed pas\u00f3 con Mar\u00eda Amaricua y con la mam\u00e1 de Jose\u00edto Carpabire, que era compa\u00f1ero de uno en la Escuela Federal de Varones.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Trep\u00e9 sobre la piedra suelta hasta alcanzar la parte superior de la ancha pared que separaba a los muertos ricos de las tres casas pajizas que se ve\u00edan del extremo de abajo, en la direcci\u00f3n del r\u00edo. Ya yo sab\u00eda que despu\u00e9s del cementerio lo que hab\u00eda era un varejonal de guatacaros, cinco boleperros y unos cuantos olivos j\u00f3venes. El monte bajo se compon\u00eda del escobillar que tanto abunda. Despu\u00e9s ven\u00eda aquel curso barroso, de superficie colorada, y los barrancos, esterados de huellas del ganado sediento.<\/p>\n<p>Caminando hacia los ranchos, aparecieron los patios de ciruela. Todos los tres Tondos estaban llenos de matas de ciruela, y \u00e9stas no ten\u00edan un solo lugarcito de sus ramas donde no hubiese fruta a punto de madurar, en ese estado entre verdusco y morauzco que antecede a la madurez y la mayor dulzura de ese regalo con que Dios compens\u00f3 la aridez de los suelos desde los roquedales salinos de P\u00edritu. No hab\u00eda cerca entre los tres solares, como no fuera una enramada de cundiamores aferrada a unos alambres correspondientes a la casita intermedia. No s\u00e9 si por la naturaleza de la historia, las ciruelas de ese lugar me parecieron a los ojos las de mayor tama\u00f1o y m\u00e1s atractiva forma, se\u00f1ales anticipadas de su suculencia.<\/p>\n<p>Hasta ese momento no hab\u00eda advertido tras de una de las puertas, entre miedosa y t\u00edmida, a una jovencita de mi parecida edad, el pelo liso revuelto y sin peinar, los grandes ojos azorados, el camis\u00f3n desgarrado sobre los hombros. La imagen que siempre he guardado de ella preserva una belleza poco com\u00fan y un tono de melancol\u00eda que nunca he vuelto a sorprender en ning\u00fan otro ser humano.<\/p>\n<p>As\u00ed como se aparec\u00eda, medio en penumbra medio en la luz, as\u00ed desapareci\u00f3. Ese d\u00eda anot\u00e9 en mi gu\u00eda de amistades a Mar\u00eda Campos. Nunca he podido recordar qui\u00e9n me dio su nombre.<\/p>\n<p>Mi\u00e9rcoles 14. A mediod\u00eda. M.C. se parece a la Bernardette de la gruta de mam\u00e1, pero esto nadie debe saberlo. Jueves. No sali\u00f3. Los p\u00e1jaros azulejos est\u00e1n atacando las ciruelas de mi amiga secreta.<\/p>\n<p>S\u00e1bado. Me sonri\u00f3 una sola vez. S\u00e1bado tambi\u00e9n, en la tarde. Vino caminando hasta cerca de la pared donde yo estaba parado. Me sonre\u00eda de nuevo. No se pone ni zapatos ni alpargatas.<\/p>\n<p>Lunes 19 de abril. Le llev\u00e9 una banderita nacional que le hice con papel, y se la tir\u00e9 hacia donde ella estaba. La cogi\u00f3 y se fue corriendo para dentro.<\/p>\n<p>Lunes en la tarde, a las 4. Me devuelve la banderita, porque su pap\u00e1 no se la deja tener. Tiene se\u00f1ales de lastimaduras en la cara y debe de haber llorado.<\/p>\n<p>Martes. Perd\u00ed el viaje. No sali\u00f3 ni un momentico, ni se abri\u00f3 siquiera la puerta que da hacia el patio de los cundiamores. Hoy hab\u00eda m\u00e1s azulejos picando las ciruelas.<\/p>\n<p>Jueves. Debe de haberse mudado. Le hice una cartica donde yo le dec\u00eda que quer\u00eda ser amigo de ella, le pint\u00e9 un tr\u00e9bol de cuatro hojas al lado de la firma y se la dej\u00e9 lo m\u00e1s cerca de donde ella pueda encontrarla.<\/p>\n<p>S\u00e1bado 24. El papelito estaba en el mismo sitio, entre los dos ladrillos de tierra cocida. La vi pasar de un cuartico de tablas del fondo, que parece un lavadero, y caminar apurada hacia la casa. No se volte\u00f3 para verme. Llevaba un canar\u00edn.<\/p>\n<p>30. Sali\u00f3 y cerr\u00f3 detr\u00e1s de ella la puerta. Tiene puesto un camis\u00f3n azul que le queda corto. Sigue descalza. Desde lejos me hizo se\u00f1as con las manos que me fuera. Me parece haber o\u00eddo una voz gruesa.<\/p>\n<p>31. Parec\u00eda estarme esperando. Sali\u00f3, y, mirando hacia los lados, corri\u00f3 hacia donde yo me encontraba y me lanz\u00f3 una piedrita a la que hab\u00eda atado un hilo de pabilo, y al otro extremo de \u00e9ste, a su vez, un paquetico hecho con papel de estraza viejo. Parec\u00eda aterrada de algo. El envoltorio conten\u00eda cinco ciruelas de las de teta.<\/p>\n<p>Domingo 8 de mayo. Yo me hab\u00eda sentado en el muro del cementerio y mec\u00eda las piernas. Todo aquello estaba solo. Se apareci\u00f3, pero no por la puerta del fondo, y camin\u00f3 a lo largo de la cerca de cundiamores, con la cabeza doblada hacia abajo, como para que no la viesen de la vivienda vecina. Lleg\u00f3 hasta m\u00ed y me dijo una frase muy agitada y dicha de prisa, que yo he interpretado como \u00abT\u00fa eres mi amor querido\u00bb, pero acaso yo divague, o haya escuchado mal.<\/p>\n<p>Mi\u00e9rcoles 11. En todos estos d\u00edas no la he visto. La casa parece vac\u00eda. Alguien cort\u00f3 las ramas del ciruelo que estaba m\u00e1s pr\u00f3ximo al cementerio.<\/p>\n<p>Viernes 13. Tiempo perdido. Hoy enterraron a un viejo avaro que se ahorc\u00f3 de una solera. No le trajeron flores. Lo enterraron, y despu\u00e9s, Isaac Sifontes, luego que \u00e9l y otro hombre palearon toda la tierra que hab\u00edan juntado en un borde de la fosa, se puso a saltar sobre la sepultura para asentar el relleno. Alcanc\u00e9 a leer el nombre en la l\u00e1pida del pante\u00f3n al lado, que ocultaba a un se\u00f1or que ocasion\u00f3 la ruina comercial de pap\u00e1 y la pobreza de todos nosotros. Me fui a casa con ganas de llorar, y Renato Chac\u00edn, un primo de pap\u00e1, que me ve llegar, me rega\u00f1a, porque llorar no es cosa de hombre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Estaba colgando mi bulto del gancho donde pap\u00e1 nos ha ense\u00f1ado a dejarlo, cuando oigo que el agente viajero Luci\u00e9n Pedauga, quien lleva dos d\u00edas alojado en el hotel que mam\u00e1 ha abierto usando la casa de abajo donde siempre salen muertos y se oye que ruedan cadenas de las que usaban en las c\u00e1rceles espa\u00f1olas, le comenta a mam\u00e1, que le est\u00e1 sirviendo el almuerzo, que qu\u00e9 llevar\u00eda a esa muchacha a eso. La palabra es la clave de un horror que yo presiento.<\/p>\n<p>Echo a correr desde la calle El Sol, donde queda ahora el Hotel Familia, y paso por la casa de do\u00f1a Anita, por frente a las ventanas del tel\u00e9grafo, bajo por la acera de do\u00f1a Fidelia de Medina, por ante el tamarindo de las Requena, y ah\u00ed cruzo hacia Los Ciruelitos. Al llegar advierto que todo el sector, hasta el camino que lleva al r\u00edo, est\u00e1 lleno de gente. Como puedo, me abro paso hacia la puerta, pero me lo impide materialmente la muchedumbre curiosa. Me agacho y empiezo a gatear a trav\u00e9s de las piernas del gent\u00edo. M\u00e1s de uno me suelta una palabrota o me golpea con los pies, pero aun as\u00ed, decidido, alcanzo el quicio ante el cual se detiene la avalancha humana. Traspongo la puerta doblado sobre la secci\u00f3n de madera ya gastada por el uso, y ah\u00ed la veo, cercana ante mis ojos.<\/p>\n<p>Mi amiga yace sobre una cobija marca Crist\u00f3bal Col\u00f3n cuidadosamente extendida sobre el piso de tierra. Es de Telares Los Andes, y en la etiqueta de la marca, donde se ostenta una bellota de algod\u00f3n abierta y entre las hojas, haci\u00e9ndole un marco, aparece impresa en colores la escena del desembarco del descubridor en la playa de Guanahan\u00ed; est\u00e1 cosida al borde del tejido, casi debajo de la cabeza de Mar\u00eda. Tiene el pelo liso y negro peinado y sujeto a cada extremo por dos ganchitos, los ojos entrecerrados, las pesta\u00f1as muy largas, los labios extremada mente blancos, el pecho desnudo y, junto al ombligo, la boca oscura de un balazo venadero. De la tela de moteado gris y rojo se desprende el olor inconfundible del producto textil nuevo, que desde entonces signa, junto a una fragancia de ciruelas de hueso maduras, como un estigma doloroso, el recuerdo de mi infancia. Alguien en la misma salita detallaba a otro, que deb\u00eda ser el juez del distrito, que se hab\u00eda disparado una de las cargas de la escopeta morocha de su padre, usando un gancho preparado con una rama de palosano, y mostraba el palo cuidadosamente despoja do de su corteza. A m\u00ed se me ha antojado cada vez que evoco esos d\u00edas, cada vez m\u00e1s lejanos, un hueso de un esqueleto de morrocoy.<\/p>\n<p>De rodillas en la galer\u00eda del tanque, me he echado a llorar ante las im\u00e1genes de San Expedito, ante Santa Rosa de Lima, ante Santa Luc\u00eda, ante Santa In\u00e9s, ante el Sacrat\u00edsimo Coraz\u00f3n de Mar\u00eda, ante San Ram\u00f3n Nonato, ante Santa B\u00e1rbara, que son las advocaciones de las mujeres de la familia all\u00ed colectadas y veladas, hasta que ante mis ojos se desdibujan el cuervo pisoteado, los manojos de rosas rojas, los ojos arrancados por la tenaza del verdugo, la llamarada del amor ofrendado, la mano con la palma del sacrificio, el halo fulgurante de \u00e1ngeles y serafines. Ya no me cabe m\u00e1s sufrimiento bajo mis costillas oprimidas por el duelo, y Lourdes, mi hermanita, va a traer a mam\u00e1 para que ella sea quien me proporcione aliento para la resignaci\u00f3n. Mam\u00e1 viene y se abraza a m\u00ed, c\u00e1lidamente tierna. \u00abNo, Sixto \u2014me reclama\u2014, deja esas l\u00e1grimas para cuando yo me muera\u00bb.<\/p>\n<p>Alumbrado por las velas de los santos, huyendo del miedo entre los representantes del poder de Dios, en el borde de la duermevela, siento pasar el entierro apresurado de una caja de tabla verde donde reposa el misterio de cierta dulzura. No lleva acompa\u00f1amiento ni la van a llevar antes a la iglesia para que San Antonio le abra las puertas del cielo, porque \u00e9se es el castigo de la sociedad para el suicida. Tampoco le proporcionar\u00e1n la luz del d\u00eda. La urna deja escapar un ruido de fricci\u00f3n de madera mal clavada. Envuelto en la s\u00e1bana, me llega adem\u00e1s el comentario de Natalia, que le trae a los de mi casa la espantosa noticia de que el hombre del ciruelar de all\u00e1 abajo, en la v\u00eda hacia el r\u00edo, ha amanecido ahorcado en una alcayata de la jefatura. Pap\u00e1 ha mandado que no se hable m\u00e1s nada de ese suceso frente a las rosas berber\u00edas cuyo perfume da a los cuartos y que se le guarde respeto a la muerte ajena. Mam\u00e1, por su parte, manda a Isidro a traer aceite para que la l\u00e1mpara que siempre arde en la repisita del rinc\u00f3n para que las almas no penen, para que los infiernos de la tierra se apaguen, para que ning\u00fan hijo de mujer vuelva a ser crucificado, cargado de una cruz y escarnecido, Santo, Santo, Santo, para que la verdad sea la que resplandezca siempre entre los papeles de los c\u00f3digos, Se\u00f1or Dios de los Ej\u00e9rcitos&#8230;<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/alfredo-armas-alfonzo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Santo de cabecera I \u2014\u00bfEntonces usted cree, Pacheco, que me salga? 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