{"id":18692,"date":"2026-07-16T16:38:20","date_gmt":"2026-07-16T21:08:20","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18692"},"modified":"2026-07-16T16:38:21","modified_gmt":"2026-07-16T21:08:21","slug":"lucifugo-capitulo-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/lucifugo-capitulo-i\/","title":{"rendered":"Luc\u00edfugo (cap\u00edtulo I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Alberto Jim\u00e9nez Ure<\/h4>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 a Ciudad Kentucfield a las 9 a.m. del Domingo 22 de diciembre de 1991. Hac\u00eda fr\u00edo. Mientras transit\u00e1bamos por las modernas calles forjadas con una aleaci\u00f3n de plata, oro y cobre, yo me preguntaba d\u00f3nde me hospedar\u00eda la noche de aquel d\u00eda. De s\u00fabito, le dije al conductor del autob\u00fas que me dejase en la Calle Arturo Uslar Pietri. Mi equipaje era escaso y liviano. Un viento helado acarici\u00f3 mi rostro. Abr\u00ed los ojos en pleno, estir\u00e9 mis brazos y camin\u00e9. Repentinamente, cuando pasaba bajo uno de los edificios, una voz femenina grit\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oye, oye, ven aqu\u00ed!<\/p>\n\n\n\n<p>Detuve mi andar, levant\u00e9 la cabeza y vi a cuatro mujeres asomadas en uno de los balcones. Sonrieron. Yo las imit\u00e9. Una de ellas, muy blanca y de cabellos cortos, me dispar\u00f3 una mirada extremadamente dulce. Experiment\u00e9 alegr\u00eda. A\u00fan el viento soplaba fr\u00edo. Me lanzaron una llave y me gritaron que subiera. O\u00ed con claridad: \u00abel piso 4 apartamento 16\u00bb. Aprehend\u00ed mi equipaje y penetr\u00e9 al Edificio Paracelso. El ascensor no funcionaba. Busqu\u00e9 las escaleras y pronto alcanc\u00e9 el apartamento 16. La puerta se abri\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfC\u00f3mo es tu nombre? -me interrog\u00f3 una rubia, de ojos verdes, que luego dijo responder al nombre de Casandra.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfC\u00f3mo o cu\u00e1l es mi nombre? &#8211; repliqu\u00e9, sonre\u00eddo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Tienes raz\u00f3n: debo emplear el cual no el c\u00f3mo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Mi nombre es Nomus Macedonios de la Fortuna.<\/p>\n\n\n\n<p>Casandra ten\u00eda los cabellos largos y una gracia envidiable. Sus movimientos eran delicados, muy femeninos, y sus caderas algo prominentes. Se\u00f1al\u00f3 a Annabella, Laurie y Dalia. Annabella fue quien, la v\u00edspera, me mir\u00f3 con dulzura desde el balc\u00f3n. Hermosa, alta e incisiva, se acerc\u00f3 y, en silencio, me bes\u00f3 los labios. Laurie y Dalia ostentaban rasgos masculinos: expresi\u00f3n facial dura, hombros musculosos y un poco de bigotes.<\/p>\n\n\n\n<p>Qu\u00e9date a dormir conmigo -pronunci\u00f3 Annabella-. \u00bfTe atreves?<\/p>\n\n\n\n<p>-Lo har\u00e9 -dije, sin pensarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Empezaba a gustarme Ciudad Kentucfield. Nunca hubiese imaginado semejante recibimiento. Annabella me llev\u00f3 a su habitaci\u00f3n. Contempl\u00e9 su cuerpo y movimientos, con admiraci\u00f3n y profundo deseo. Nuevamente, se acerc\u00f3 a m\u00ed con un cepillo en la mano y jug\u00f3 con mis largos cabellos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Eres due\u00f1o de un lindo pelo -sentenci\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Dej\u00e9, mansamente, que me cepillara los cabellos. Yo acariciaba sus caderas y piernas. A trav\u00e9s de la bata de dormir que la ocultaba pude ver sus rosados pezones y, de modo m\u00e1s n\u00edtido, su vellosidad vaginal. Sent\u00ed calor entre mis piernas: era mi pene que se ergu\u00eda, soberbio, con la pretensi\u00f3n de atravesar mi pantal\u00f3n. Despu\u00e9s de peinarme, Annabella me quit\u00f3 la chaqueta de lana negra y la camisa. Cerr\u00f3 la puerta del habit\u00e1culo y yo me despoj\u00e9 del pantal\u00f3n. Desnudo, con el miembro a\u00fan r\u00edgido, la esper\u00e9. Tambi\u00e9n desnuda, se coloc\u00f3 sobre m\u00ed y sus carnosos labios me besaron. La cama, de madera y matrimonial, no emiti\u00f3 ruido ninguno. Yo mord\u00ed sus senos, con cuidado, y mi paladar se empalag\u00f3 como si se tratase de un caramelo. Mis manos se aferraron a sus bien formadas nalgas. Hondo, muy hondo, mi pene se introdujo. Nuestra respiraci\u00f3n, al unisono, se agit\u00f3. Un l\u00edquido caliente, esponjoso, brotaba de su vagina y me rociaba las piernas. Ard\u00eda y se mov\u00eda al igual que una serpiente lo hace alrededor de su<br>v\u00edctima.<\/p>\n\n\n\n<p>No supe en qu\u00e9 momento me dorm\u00ed. En plena madrugada despert\u00e9 y orin\u00e9. Antes de volver a dormir, escrut\u00e9 los senos y caderas de Annabella.<\/p>\n\n\n\n<p>Amaneci\u00f3 y mis ojos se explayaron. Me di la tarea de observar la habitaci\u00f3n. Med\u00eda tres metros cuadrados y del techo colgaba una l\u00e1mpara de rub\u00ed. En una esquina yac\u00eda un escritorio con una m\u00e1quina de escribir, varios libros y papeles. Una c\u00f3moda silla parec\u00eda protegerse bajo el escritorio. El closet estaba cerrado. Cristo, pintado con \u00f3leo en lienzo, se destacaba en las grises paredes.<\/p>\n\n\n\n<p>Las manos de Annabella sobaron mi espalda. Sin duda, despert\u00f3 feliz. Yo mir\u00e9 fijamente sus ojos que, hasta entonces no me di cuenta, eran grandes. Sus cortos y casta\u00f1os cabellos le escond\u00edan, sin embargo, las orejas. Sonri\u00f3 insinuante:<\/p>\n\n\n\n<p>-No puedo hacerte el amor porque est\u00e1s dormida -declar\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>-Te equivocas -se apresur\u00f3 en refutarme: te palpo y me gustas much\u00edsimo\u2026 &#8211; Tengo suerte.<\/p>\n\n\n\n<p>-Sabes hacer feliz a cualquier mujer. Nos conoces. \u00bfEn qu\u00e9 lugar aprendiste tanto de nosotras?<br>Me agrada tu excesiva feminidad. Yerras, Nomus. Soy lesbiana.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfHablas en serio?<\/p>\n\n\n\n<p>-Jam\u00e1s miento\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Su confesi\u00f3n, sin dejar de sorprenderme, me interes\u00f3. Juzgu\u00e9 incre\u00edble que una mujer como ella, tan femenina, atractiva y tierna, fuese lesbiana. Pero: los finales de siglo han sido siempre desconcertantes. Annabella se arrodill\u00f3 encima de la cama, busc\u00f3 mis ojos y me oblig\u00f3 a mirarle los suyos.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfTe aterra? -inquiri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>-No lo apruebo. Eres demasiado mujer\u2026 &#8211; Por ello soy lesbiana. Soy tan femenina, tan mujer, que s\u00f3lo amo a un hombre cuando es lind\u00edsimo o a una chica encantadora como yo. &#8211; Pretendes confundirme y justificar tu conducta sexual irregular\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-Un escritor, y t\u00fa lo eres, no debe expresarse de esa forma: con parquedad, radicalmente. Sabes que la moral es mera invenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-Quiz\u00e1 yo no sea m\u00e1s inteligente que t\u00fa. <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Vanidoso, eres vanidoso\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>La conversaci\u00f3n fue interrumpida por varios golpes secos que una de las muchachas dio a la puerta. Annabella grit\u00f3 que, en breve, saldr\u00edamos y se puso la transparente bata de dormir. Persegu\u00ed con los ojos sus elegantes y er\u00f3ticos movimientos. Me orden\u00f3 que me vistiese. Me coloqu\u00e9 el pantal\u00f3n y colgu\u00e9 una toalla en mi cuello. Salimos. Casandra me abraz\u00f3 efusivamente. Annabella la mir\u00f3 con cari\u00f1o y se acomod\u00f3 en una de las sillas junto a la mesa. Dalia y Laurie tomaban caf\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfNo sientes fr\u00edo? -me pregunt\u00f3 Casandra.<\/p>\n\n\n\n<p>-Si lo sintiese, querida m\u00eda, no estuviese semidesnudo.<\/p>\n\n\n\n<p>-No seas antip\u00e1tico, Nomus -se interpuso Dalia.<\/p>\n\n\n\n<p>La amabilidad que Casandra me prodigaba era inexplicable. Apenas conoc\u00edamos nuestros nombres. Ella y Annabella me reservaban, a juzgar por los hechos, cosas maravillosas. Ciudad Kentucfield me divert\u00eda, s\u00ed. Fr\u00eda y llena de gente joven. Muchos escritores fueron ah\u00ed a procrear sus mejores obras. Era un refugio para artistas y estudiantes. Y su vida comercial se desarrollaba en torno a las dos universidades: Lucifer y Para\u00edso. Annabella expuso:<\/p>\n\n\n\n<p>-Chicas: Nomus es un escritor. <\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 has publicado? indag\u00f3 Dalia, desafi\u00e1ndome.<\/p>\n\n\n\n<p>No habl\u00e9 durante unos segundos. Despreciaba el aspecto masculino, recio y de injustificada arrogancia, de Dalia. Ni siquiera un hombre endurec\u00eda sus rasgos con el fervor de ella. Hice un esfuerzo por aceptar que mi fragilidad no era una atribuci\u00f3n o precepto, infalible, para que condenase la rigidez tanto de Dalia como la de Laurie.<\/p>\n\n\n\n<p>-Relatos, novelas y ensayos -respondi, al fin.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPodr\u00edas conseguirme los libros? -irrumpi\u00f3 Casandra admirada, obviamente contenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Me sent\u00e9 entre Casandra y Annabella. Las otras quedaron exactamente en la parte frontal. Annabella me sirvi\u00f3 caf\u00e9 con leche y me concedi\u00f3 la mitad de su pan azucarado. Moj\u00e9 el trozo de pan con el estimulante y com\u00ed. Dalia me mir\u00f3 con odio.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfTrabajas en una compa\u00f1\u00eda editorial? -curiose\u00f3 Laurie.<\/p>\n\n\n\n<p>-Trabaj\u00e9 en la Universidad del Logos, en Ciudad Parnaso. Mi cargo era burocr\u00e1tico. M\u00e1s tarde, hered\u00e9 un bill\u00f3n de tortugas de plata y, de inmediato, renunci\u00e9. Ahora aqu\u00ed me tienen. Vine en busca de aventuras y a escribir. Igual estudiar\u00e9\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEn cu\u00e1l de nuestras universidades? &#8211; investig\u00f3 Annabella.<\/p>\n\n\n\n<p>-Estudiar\u00e9 Filosofia -prosegu\u00ed-; pero: lo har\u00e9 solitariamente, seg\u00fan mi costumbre. <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Bendito sea tu autodidactismo -rog\u00f3 Casandra.<\/p>\n\n\n\n<p>Not\u00e9 que las manos de Annabella sudaban. Las toqu\u00e9 con cuidado, examin\u00e1ndolas, como si fuesen las flores m\u00e1s sutiles del mundo. Casandra sonri\u00f3 al verme preocupado por la sudoraci\u00f3n de su amiga. Ley\u00f3 mi mente. Contest\u00f3 a la interrogante que deambulaba en mi cerebro:<\/p>\n\n\n\n<p>-Es de origen nervioso, Nomus. <\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9? \u00bfPor qu\u00e9 est\u00e1s nerviosa, Annabella? -insist\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>-No s\u00e9, no s\u00e9, no s\u00e9\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed culmin\u00f3 aquella reuni\u00f3n en la cocina. Me vest\u00ed con una camisa blanca, depurada, al salir de la ducha. Annabella se puso un Bluejeans claro. Ir\u00edamos a caminar por el largo Parque Gaviota, al sur de Ciudad Kentucfield.<\/p>\n\n\n\n<p>A trav\u00e9s de la ventanilla del autob\u00fas contempl\u00e1bamos, Annabella y yo, la abundante vegetaci\u00f3n que bordeaba las espaciosas avenidas La Cumbre y Marfil. Callada, con las manos sudorosas, Annabella disfrutaba del panorama. Yo tom\u00e9 sus manos y las sequ\u00e9 con las mangas de mi blanca camisa. Me mir\u00f3 con perplejidad, beso mis labios y sonri\u00f3. El conductor par\u00f3 el autob\u00fas un minuto despu\u00e9s que activ\u00e9 el timbre. Al bajar, vi una chica id\u00e9ntica a Tetraela de la Tinta: la compa\u00f1era que dej\u00e9 en Ciudad Parnaso. <\/p>\n\n\n\n<p>Annabella caminaba en direcci\u00f3n al Parque Gaviota y yo, ensimismado, observaba a la chica. Mi amiga me grit\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 ves? \u00bfPor qu\u00e9 te has quedado ah\u00ed? Disculpame -implor\u00e9 en voz alta-. Te alcanzar\u00e9\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>C\u00f3modamente sentados en un banquillo, dos ni\u00f1os jugaban con un rev\u00f3lver. Annabella se sobresalt\u00f3. Yo sent\u00ed fr\u00edo. Los peque\u00f1os peleaban por el arma, en tanto que los p\u00e1jaros revoloteaban. Mi cuerpo flot\u00f3. Las aves perdieron el control y se estrellaban unas a otras. La atm\u00f3sfera obscureci\u00f3, varias hojas cayeron y se oy\u00f3 una detonaci\u00f3n. Vi sangre emanar de una de las cabezas..<\/p>\n\n\n\n<p>Absorto, su acompa\u00f1ante trataba de sostenerlo. Annabella y yo corrimos hacia el banquillo. En sus brazos el ni\u00f1o, ya moribundo, ya en el umbral de otro mundo, respiraba con dificultad.<\/p>\n\n\n\n<p>En la oficina del Inspector de Homicidios, Joseva Dobleu, Annabella fumaba. En silencio, ambos mir\u00e1bamos puntos imprecisos. Frente a nosotros, un individuo tecleaba la m\u00e1quina: tac, tac, tac\u2026 Sus ojos eran tristes, grandes y azules. En ning\u00fan momento alz\u00f3 la cabeza. Se limit\u00f3 a escribir cosas que ignoro. Supongo, no obstante, que redactaba el preludio del interrogatorio. Abruptamente, la puerta de la oficina se abri\u00f3. Entr\u00f3 un hombre alto, de enormes bigotes, cabellos canosos y tez inexpresiva. Por instantes, su mirada se mostraba dulce. El desasosiego nos invadi\u00f3. Annabella se manten\u00eda inmersa en el mutismo. Tuve la sospecha de que ese sujeto era el Inspector. Incluso, record\u00e9 que una vez vi su fotografia en el Diario del P\u00f3rtico.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfUstedes hallaron el ni\u00f1o muerto? -interrog\u00f3 El Inspector, acomod\u00e1ndose en el sill\u00f3n detr\u00e1s del escritorio, mientras el secretario le encend\u00eda su cigarrillo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Acierta, Se\u00f1or -dije. <\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 le ocurre a ella? <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Est\u00e1 afligida, Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfPor qu\u00e9?<br>-\u00bfLe parece poca cosa que un ni\u00f1o haya fallecido en sus brazos?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEn sus brazos?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfNo lo sab\u00eda? \u00bfNo se lo comunicaron los gendarmes?<\/p>\n\n\n\n<p>-Entienda que no estoy obligado a creerles\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfNo les cree?<\/p>\n\n\n\n<p>-Soy El Inspector.<\/p>\n\n\n\n<p>Su insidioso circunloquio me precipit\u00f3 algunas reflexiones. Lo mir\u00e9 fijamente y \u00e9l, con facilidad, conserv\u00f3 su inamovible quietud. Annabella volvi\u00f3 en s\u00ed misma, me agarr\u00f3 una mano y vio a El Inspector que a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-Ustedes no han advertido, j\u00f3venes, que hab\u00eda otro testigo y que los acusa: el hermano del infortunado.<\/p>\n\n\n\n<p>Annabella, ofuscada, se levant\u00f3 de la butaca azul y replic\u00f3 al intimidador:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Se han vuelto locos, locos, locos! <\/p>\n\n\n\n<p>Un frio imprevisto, sepulcral, supranormal, se propag\u00f3 en el recinto. Levant\u00e1ndome tambi\u00e9n, puse mis manos en los hombros de Annabella y la forc\u00e9 a sentarse. Acarici\u00e9 sus cortos y casta\u00f1os cabellos, con infinito amor, sucesivas veces. Repet\u00ed el acto de secarle las manos con las mangas de mi camisa. Opt\u00e9 por acogerme a nuestros derechos y us\u00e9 el audifonovocal para hablar con las amigas de Annabella.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; No declarar\u00e9 sin consultar a mi abogado-hab\u00eda yo amenazado a El Inspector-. Le exijo me permita usar el audifonovocal.<\/p>\n\n\n\n<p>-Puede hacerlo-se apresur\u00f3 a replicarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro funcionario surgi\u00f3 en la oficina esposado a un desconocido. Todos nos volteamos a mirarlos. El Inspector cambi\u00f3 su actitud agresiva hacia m\u00ed. El funcionario que irrumpi\u00f3 vocifer\u00f3, emocionado, que el tipo que tra\u00eda era el asesino del ni\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfConfes\u00f3? -articul\u00f3 El Inspector. <\/p>\n\n\n\n<p>-Firm\u00f3 la confesi\u00f3n, Jefe -sostuvo el subalterno-. Los remordimientos lo atormentaban y, por ello, se entreg\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Presa de la confusi\u00f3n, me abrac\u00e9 con Annabella. Sent\u00ed el calor de su cuerpo m\u00e1s vehementemente, sus suspiros y su aliento. Me murmur\u00f3 que nada comprend\u00eda. Le suger\u00ed que callase. Dejar\u00edamos que El Inspector decidiera. El fr\u00edo nos acosaba. El presunto homicida se sent\u00f3, cabizbajo, en la butaca donde estuvo mi compa\u00f1era. El Inspector orden\u00f3 nuestra libertad y su secretario nos custodi\u00f3 hasta la salida del Edificio de la Justicia. El secretario nos abandon\u00f3, nos dio la espalda y fue cuando vimos entrar (apurado) al peque\u00f1o que en el Parque Gaviota muri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>En las escaleras del Edificio Paracelso nos encontramos con Casandra que, extasiada, nos pregunt\u00f3 d\u00f3nde pernoctamos. Sus largos y fluidos cabellos me cautivaron: ca\u00edan sobre sus diminutos hombros. Sus verdes y vivaces ojitos me miraron con amor. Tom\u00f3 mi mano izquierda y la apret\u00f3 apasionadamente. Annabella le sonri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/alberto-jimenez-ure\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alberto Jim\u00e9nez Ure Llegu\u00e9 a Ciudad Kentucfield a las 9 a.m. del Domingo 22 de diciembre de 1991. 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