{"id":18526,"date":"2026-04-26T16:04:34","date_gmt":"2026-04-26T20:34:34","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18526"},"modified":"2026-04-26T16:14:46","modified_gmt":"2026-04-26T20:44:46","slug":"el-ultimo-tren","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-ultimo-tren\/","title":{"rendered":"El \u00faltimo tren"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Jer\u00f3nimo Alay\u00f3n<\/h4>\n\n\n\n<p><em>No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente y se dedique entera a mezquinas cavilaciones<\/em>. Thomas Burnet<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa vida es un tren que marcha de regreso al cobertizo\u00bb. As\u00ed sol\u00eda decir mi amigo Franz Herzberg hace poco m\u00e1s de sesenta a\u00f1os. Desde que me despert\u00e9 a las 5:30 de esta ma\u00f1ana, lo he recordado con insistencia, quiz\u00e1s porque me he levantado con un dolor opresivo en la boca del est\u00f3mago y una debilidad que me traen a la memoria los d\u00edas en Auschwitz.<\/p>\n\n\n\n<p>Como no ten\u00eda ganas de desayunar, me he ido a mi biblioteca para pasar el rato leyendo. Tom\u00e9 al azar un libro y me sorprendi\u00f3 el hecho de que no sab\u00eda que ese libro estaba all\u00ed. Al menos no lo recordaba. Es la <em>Balada del anciano marinero<\/em>, de Samuel Taylor Coleridge. Un libro que nunca he le\u00eddo. En la primera p\u00e1gina tiene escrito de mi pu\u00f1o y letra lo siguiente: \u00abPhilippe Picard. Caracas, 12.9.1986\u00bb. As\u00ed suelo identificar mis libros. Es una costumbre de familia.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo que me afect\u00f3 leer la palabra <em>anciano<\/em>, as\u00ed que me qued\u00e9 sentado en la butaca con el libro entre las manos. Record\u00e9 que hab\u00eda so\u00f1ado con cumplir los veintiuno. La tradici\u00f3n familiar era celebrarlo con una tarta de manzanas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi madre se esmer\u00f3 aquel d\u00eda. Muy a pesar de lo pobre que \u00e9ramos, hizo la tarta. Desde el d\u00eda antes hab\u00eda buscado tres manzanas rojas y grandes. Ella, las pocas veces que hac\u00eda tartas, se divert\u00eda espolvore\u00e1ndonos algo de harina encima. Cuando estuvo lista para el horno, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Di si quieres cambiarle algo. Despu\u00e9s de que est\u00e9 horneada, no habr\u00e1 forma de hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo sab\u00eda que era solo una formalidad a la que no deb\u00eda atender. Finalmente la introdujo en el horno de una cocina a le\u00f1a que ostentaba la marca Beutin con grandes letras.<\/p>\n\n\n\n<p>Al rato, un aroma poco usual inundaba aquel departamento en un Par\u00eds que hab\u00eda olvidado el placer de vivir. Era el preludio de un festejo familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volv\u00eda todo a su orden pr\u00edstino. Lo hac\u00eda con tal prolijidad que pod\u00eda verse en su rostro el regocijo que le produc\u00eda. Al sacar la tarta del horno, mi t\u00edo Arthur entr\u00f3 a la cocina gritando:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Estamos en guerra!<\/p>\n\n\n\n<p>No recuerdo si comimos la tarta cantando las canciones t\u00edpicas, pero s\u00ed recuerdo los a\u00f1os siguientes a la primavera de 1940.<\/p>\n\n\n\n<p>Este es un libro extra\u00f1o: muy alto y delgado. Me pregunto de qu\u00e9 tratar\u00e1. Tal vez no sea buena idea leerlo hoy. Supongo que pudo ser ideal de leer a los veinte, pero entonces no tuvimos tiempo para leer. A los veinte se nos termin\u00f3 la juventud en un par\u00e9ntesis de guerra. Siempre leemos: unas veces son libros y otras los no tan claros renglones con que la realidad escribe su guion.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi t\u00edo Arthur entr\u00f3 a la cocina profiriendo aquel grito y mi madre se arroj\u00f3 a sus brazos llorando y musitando palabras. Yo no comprend\u00eda mucho lo que estaba pasando, pero algo me dec\u00eda que ten\u00eda que ver con mi padre. Una sola vez mi madre me habl\u00f3 de \u00e9l:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se alist\u00f3 en el frente franc\u00e9s durante la Gran Guerra \u2014me dijo\u2014 al tiempo que los alemanes nos iban a invadir. Cuando march\u00f3, ni yo sab\u00eda que estaba esperando un hijo suyo. T\u00fa naciste al a\u00f1o siguiente y nunca m\u00e1s supe de \u00e9l. Fue un h\u00e9roe.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi t\u00edo Arthur, asomando el rostro por sobre el hombro de mi madre, me dijo con seriedad:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Los nazis no son buenas personas. Hay que huir de Francia.<\/p>\n\n\n\n<p>Me qued\u00e9 mirando a mi t\u00edo sin saber qu\u00e9 decir. Tend\u00ed mi mano para pasarla por la espalda de mi madre, pero a dos dedos de ella me paralic\u00e9. De haberlo hecho, inmediatamente se habr\u00eda volteado, habr\u00eda secado sus l\u00e1grimas y habr\u00eda dicho su t\u00edpico \u00abcon llorar no arreglamos nada\u00bb. Era la primera vez que ve\u00eda flaquear a mi madre.<\/p>\n\n\n\n<p>Este libro es realmente un poema. Parece la historia de un viejo marinero que se echa a la mar, mata un albatros y sufre una serie de castigos. <\/p>\n\n\n\n<p><em>Cargado estaba el barco, sal\u00edamos del puerto,<br>pas\u00e1bamos alegres<br>bajo la iglesia, bajo la colina,<br>bajo la luz del faro<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo comenz\u00f3 una tarde del oto\u00f1o de 1940. Mi madre me hab\u00eda pedido que fuera a la zapater\u00eda de Franz a recoger un par de zapatos que le hab\u00eda dado para remendar. Yo detestaba ir a esa zapater\u00eda. No s\u00e9 a\u00fan por qu\u00e9, pero yo, lo mismo que muchos j\u00f3venes franceses de mi tiempo, odiaba a los jud\u00edos y a los curas. Hab\u00eda o\u00eddo de algunas detenciones de jud\u00edos y hasta me alegraba por ello.<\/p>\n\n\n\n<p>Franz Herzberg y su esposa Frieda, con tres hijos, hab\u00edan venido de Alemania unos a\u00f1os antes. No se establecieron en el barrio jud\u00edo, sino en el barrio La Butte aux Cailles, donde viv\u00edamos. Recuerdo que cuando le ped\u00ed los zapatos a Franz \u00e9l me hizo pasar para que los identificara. Era un local peque\u00f1o y atestado de zapatos, pero bastante ordenado. Hab\u00eda logrado identificar los de mi madre, pero fing\u00ed no encontrarlos para detallar el lugar. Sent\u00eda ese tipo de curiosidad que hace que uno valore un momento como irrepetible.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda varios estantes de caoba. Los entrepa\u00f1os no estaban en posici\u00f3n horizontal, sino inclinados por delante hacia abajo, con un list\u00f3n al centro para retener los zapatos por el tac\u00f3n. Hab\u00eda un estante para zapatos de caballeros, otro para los de damas y uno m\u00e1s para los de ni\u00f1os. Detr\u00e1s de uno de los estantes, hacia una esquina, hab\u00eda un letrero con caligraf\u00eda inglesa que dec\u00eda: \u00abOye, Israel, el Se\u00f1or es nuestro Dios, el Se\u00f1or es uno\u00bb. Mientras lo le\u00eda me percat\u00e9 de la mezcla de los olores del cuero y de la madera.<\/p>\n\n\n\n<p>Franz estaba puliendo unos zapatos sobre el mostrador. Lo observaba afanado por obtener m\u00e1s brillo de los mismos cuando repar\u00e9 en un viol\u00edn que estaba debajo del mostrador.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfTocas viol\u00edn? \u2014pregunt\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed \u2014respondi\u00f3 Franz\u2014. Era de mi bisabuelo y lo dejar\u00e9 a mi primog\u00e9nito. Es la tradici\u00f3n \u2014asent\u00f3 con orgullo.<\/p>\n\n\n\n<p>No pod\u00eda creer que un zapatero tocara el viol\u00edn. Para disipar mi escepticismo, le ped\u00ed que tocara algo. En mi ignorancia no supe qu\u00e9 fue lo que toc\u00f3, pero hoy s\u00e9 que hab\u00eda interpretado el <em>Adagio<\/em> de Albinoni.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1bamos en eso cuando entraron a la zapater\u00eda cinco soldados alemanes. Nos apuntaron a Franz y a m\u00ed y dijeron algo en alem\u00e1n que no comprend\u00ed. Franz respondi\u00f3 y se march\u00f3 con tres de ellos. Los otros dos quedaron en la tienda. Uno de ellos no dejaba de apuntarme con el rifle. Fue la primera vez que sent\u00ed miedo de morir. Al rato, Franz bajaba de su departamento con Frieda y sus tres hijos. Uno de los soldados que ven\u00eda con Franz me hizo se\u00f1as con el rifle y la cabeza para que lo siguiera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Creen que eres jud\u00edo \u2014murmur\u00f3 Franz.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos metieron a empujones en un cami\u00f3n militar mientras los ni\u00f1os lloraban. No s\u00e9 c\u00f3mo Frieda consegu\u00eda abrazar a sus tres hijos a la vez. Nunca olvidar\u00e9 el rostro de desolaci\u00f3n de Franz. Al menos en ese momento sent\u00ed compasi\u00f3n por ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>A medida que avanzaba el cami\u00f3n vi c\u00f3mo quedaban atr\u00e1s la <em>rue<\/em> de la Butte aux Cailles, luego la iglesia Sainte-Anne y por \u00faltimo la Place d\u2019Italie. Se iban empeque\u00f1eciendo y alejando. Pensaba en lo que se angustiar\u00edan mi madre y el t\u00edo Arthur, pero confiaba en que aquel malentendido se aclarar\u00eda en unas horas. Al cabo de un rato comenc\u00e9 a sentir rabia hacia Franz y su familia. Cre\u00eda que todo aquello me ocurr\u00eda por culpa de ellos. Tuve la osad\u00eda de pensar que los nazis ten\u00edan raz\u00f3n al perseguirlos.<\/p>\n\n\n\n<p>El cami\u00f3n se detuvo y nos hicieron bajar. Supe por otro detenido que est\u00e1bamos en el Cuartel de Drancy, al noreste de Par\u00eds. Hab\u00eda varios camiones iguales descargando gente. Un ni\u00f1o de unos cuatro a\u00f1os ech\u00f3 a correr. Un soldado alem\u00e1n sac\u00f3 su pistola y le dispar\u00f3 por la espalda. Luego gir\u00f3 a la izquierda y dispar\u00f3 sobre el pecho de la madre que avanzaba gritando hacia su hijo. Un silencio, que a\u00f1os despu\u00e9s se me har\u00eda familiar, invadi\u00f3 el lugar. Nos alineamos en columnas y empezamos a entrar al cuartel, que ya no era cuartel, sino un campo de concentraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez deber\u00eda dejar de leer este libro y desayunar. Mi hijo no vendr\u00e1 hasta el mediod\u00eda. Pero con esta molestia en la boca del est\u00f3mago no me animo a comer. En fin, seguro que me llevar\u00e1 a almorzar a ese restaurante donde sirven mucha comida en un solo plato. \u00a1Pobre! Con esta obstinaci\u00f3n m\u00eda de vivir solo y a mi aire termina sinti\u00e9ndose culpable. No comprende que la soledad permite sobrevivir al hombre que ya ha visto las entra\u00f1as del mal.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Y lleg\u00f3 la tormenta con su soplo<br>y fue fuerte y tir\u00e1nica:<br>golpe\u00f3 con sus olas dominantes<br>y al sur nos persigui\u00f3.<br>Y entonces hubo a un tiempo niebla y nieve,<br>e hizo un fr\u00edo extra\u00f1o;<br>y el hielo, hasta los m\u00e1stiles, pas\u00f3 flotando al lado.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mu\u00e9vanse, bastardos! \u00a1Suban a prisa! \u2014vociferaba un soldado alem\u00e1n al que no le quedaba bien el franc\u00e9s gritado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00cdbamos subiendo como pod\u00edamos a un tren que no ten\u00edamos certeza de hacia d\u00f3nde marchar\u00eda. Supe que mi madre hab\u00eda hecho algunas diligencias para conseguir mi libertad. Todo acab\u00f3 mal cuando el jefe del campo le puso como condici\u00f3n que satisficiera sus apetencias sexuales.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego de la visita de ella, el jefe del campo me llam\u00f3 a su oficina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Por aqu\u00ed estuvo su madre \u2014me dijo con aire de burla\u2014. Usted fue arrestado en compa\u00f1\u00eda de ese jud\u00edo que pertenece a La R\u00e9sistance, as\u00ed que no se venga a hacer el tonto: \u00a1usted es otro de esos jud\u00edos revoltosos y pagar\u00e1 por conspirar contra el F\u00fchrer!<\/p>\n\n\n\n<p>Fue la primera vez que o\u00ed hablar del F\u00fchrer. Yo era un barbero y todo aquello me parec\u00eda incomprensible.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ma\u00f1ana mismo se me larga de aqu\u00ed \u2014grit\u00f3 sac\u00e1ndome a empujones de su oficina.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel instante cre\u00ed que el jefe me liberar\u00eda al d\u00eda siguiente.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya estaba bien entrado el invierno y no ten\u00edamos ropas adecuadas, por lo cual sospech\u00e9 que el viaje ser\u00eda una calamidad. Era un tren de transporte de animales. El vag\u00f3n que me toc\u00f3 era peque\u00f1o. No ten\u00eda asientos y en el piso hab\u00eda pasto seco y restos de bosta. Era de madera mal acabada y no ten\u00eda ventanas. Solo dos peque\u00f1os respiraderos en la parte alta: uno de ellos con persianas de romanilla y el otro cruzado por alambres de p\u00faas. Cuando cerraron la compuerta quedamos casi a oscuras y muy apretados. En ese instante record\u00e9 a Franz, a quien no ve\u00eda desde la llegada a Drancy.<\/p>\n\n\n\n<p>No podr\u00eda precisar cu\u00e1nto dur\u00f3 el viaje, pero fue muy largo. A poco de partir, mir\u00e9 por la ventanilla y pude ver que atraves\u00e1bamos las campi\u00f1as de Thieux. Dos ni\u00f1as hu\u00edan en bicicleta. Saqu\u00e9 mi mano para saludarlas. Ellas detuvieron su marcha, agitaron sus manos y prosiguieron su rumbo. Cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s una de ellas fue mi vecina en estas monta\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>En alg\u00fan momento del viaje, alguien se asom\u00f3 por una de las ventanillas y grit\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Estamos en Polonia!<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie pareci\u00f3 darle importancia. Yo me preocup\u00e9. Nunca hab\u00eda salido de Par\u00eds. En aquel momento, y en muchos m\u00e1s, sent\u00ed nostalgia de mi casa, del olor a tarta de manzana y a frijoles, de las tardes de domingo en el bar de la <em>rue<\/em> Buot y de las ma\u00f1anas de lunes en la barber\u00eda de la <em>rue<\/em> de L\u2019Esp\u00e9rance. Comenc\u00e9 a echar de menos a mi madre y al t\u00edo Arthur.<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de la penumbra pude reparar en una muchacha que estaba casi frente a m\u00ed. Parec\u00eda de unos quince a\u00f1os. Sobre sus hombros ca\u00eda un chal que la hac\u00eda aparentar m\u00e1s edad. Su cabello, ondulado y con una raya al centro, era de color casta\u00f1o. Su tez, muy blanca, resultaba casi transparente. Su nariz perfilada y sus labios finos luc\u00edan bien compuestos en un rostro ovalado. Dos cejas bien pobladas y una frente estrecha, sin flequillo, le daban un aire de rara delicadeza.<\/p>\n\n\n\n<p>El chico de la ventanilla grit\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Estamos llegando a Auschwitz!<\/p>\n\n\n\n<p>La joven murmur\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Exaltado y santificado sea su gran nombre, am\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando abrieron la compuerta del vag\u00f3n logr\u00e9 quedar muy cerca de la muchacha y le pregunt\u00e9:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 fue lo que dijiste hace un rato?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es el comienzo de la plegaria jud\u00eda por los muertos \u2014me dijo en voz baja\u2014. Moriremos aqu\u00ed. \u00bfO acaso no sabes d\u00f3nde estamos?<\/p>\n\n\n\n<p>Quise seguir conversando con ella, pero la confusi\u00f3n para descender del tren me lo impidi\u00f3. Apenas pude saber que se llamaba Annie.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Y, a la deriva, vimos nevadas escolleras<br>que enviaban un l\u00fagubre fulgor:<br>ni hombres ni bestias vimos;<br>el hielo estaba en medio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Era ya el final de la tarde. Nos formaron en un and\u00e9n. Pude ver la extensi\u00f3n blanca del campo. El fr\u00edo calaba en los huesos y tembl\u00e1bamos m\u00e1s por miedo que por la helada. Avanz\u00e1bamos en direcci\u00f3n a un par de soldados alemanes. Uno de ellos, bajo de estatura, ten\u00eda cruzados los brazos de modo que hac\u00eda un n\u00famero cuatro con ellos. Con el \u00edndice de su mano izquierda iba se\u00f1alando hacia d\u00f3nde deb\u00edamos ir a formarnos en fila. Cuando llegu\u00e9 hasta \u00e9l no movi\u00f3 el \u00edndice. Se me qued\u00f3 mirando con sus ojos azules. Se volte\u00f3 hacia el otro soldado y cruzaron unas palabras en alem\u00e1n. Luego, sin mirarme, apunt\u00f3 hacia la derecha dos veces.<\/p>\n\n\n\n<p>Sent\u00ed un escalofr\u00edo. La fila hacia la que avanzaba era apenas la cuarta parte del tama\u00f1o que alcanzaba la de la izquierda. Tuve un mal presentimiento: \u00abNos van a matar \u2014pens\u00e9\u2014. Esta debe ser la fila de los que van a matar\u00bb. Con mucha zozobra me puse a mirar a los que integraban la fila de la izquierda. Hacia la mitad estaba ella, Annie. Se la ve\u00eda erguida, con entereza. Recuerdo que en su boca se dibujaba un rictus de tristeza. La desolaci\u00f3n de sus ojos me hizo sentir por ella una compasi\u00f3n hasta entonces desconocida, un deseo de protegerla.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya de noche pregunt\u00e9 a un preso m\u00e1s antiguo por el destino de los que estaban en la fila izquierda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Los fusilaron \u2014afirm\u00f3 con naturalidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Y pens\u00e9 en Annie. Record\u00e9 su rostro en la fila del and\u00e9n y me sent\u00ed culpable por estar vivo. Si me hubiesen planteado ocupar su lugar en el Muro Negro, lo habr\u00eda hecho. Nunca m\u00e1s la vi, pero su tristeza se qued\u00f3 en m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos llevaron a duchar para desinfectarnos. Antes nos cortaron el cabello al rape. No fue un buen corte. Luego de desvestirnos nos obligaron a pasar por una fila de soldados de las Schutzstaffel (SS) que nos golpeaban y escup\u00edan. Entramos a una sala amplia y nos dispararon agua fr\u00eda a presi\u00f3n. No s\u00e9 qu\u00e9 ten\u00eda el agua, pero recuerdo que me ard\u00eda en mi sexo y en las axilas. Al salir de all\u00ed nos hac\u00edan se\u00f1as para que nos visti\u00e9ramos a prisa. Cada quien se coloc\u00f3 la ropa y zapatos que primero tom\u00f3, sin importar que no fueran suyos. Tuve entonces conciencia de que a\u00fan ten\u00eda algo precariamente m\u00edo: la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella primera noche en Auschwitz no dorm\u00ed. Trataba de pensar, pero las ideas se agolpaban. Estaba embutido junto a otros seis hombres en un catre de apenas dos metros. Sin cobija, sin almohada y durmiendo directamente sobre la madera. Nunca en mi vida hab\u00eda dormido abrazado a otro hombre, pero el fr\u00edo calaba en los huesos. Unos d\u00edas despu\u00e9s ya no ser\u00eda problema dormir a cuenta del agotamiento, pero aquella noche me di el lujo de no dormir: no pod\u00eda sacar de mi mente el rostro de Annie.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Lejos cruz\u00f3 un albatros;<br>a trav\u00e9s de la niebla apareci\u00f3.<br>Como si hubiera sido alg\u00fan cristiano,<br>en el nombre de Dios lo saludamos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Hacia el final de la primavera de 1941 hab\u00edan muerto dos hombres en nuestro barrac\u00f3n, el XIV. Uno de ellos dorm\u00eda en mi litera, as\u00ed que estaba contento de poder estirarme un poco en las noches. Dos d\u00edas despu\u00e9s trajeron a dos prisioneros para completar la falta. Uno era un sacerdote polaco. No pod\u00eda creer que tuviera que soportar respirando en mi oreja a un cura. La primera noche le advert\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No creo en los curas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues al menos espero que s\u00ed creas en Dios. Aqu\u00ed es la clave para sobrevivir.<\/p>\n\n\n\n<p>Me sorprendi\u00f3 que hablara franc\u00e9s, si bien me resultaron chocantes sus modales comedidos y su aire de imperturbable serenidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Transcurridas unas semanas, el barrac\u00f3n estaba convulsionado con el curita. Se rezaban rosarios nocturnos en cualquier rinc\u00f3n y algunos presos, incluso jud\u00edos, parec\u00edan encontrar fuerzas para paliar la debilidad. A m\u00ed todo aquello me repugnaba. Cualquier cosa que no ata\u00f1era directamente a la supervivencia material me resultaba despreciable. Cierta ma\u00f1ana, uno de los presos se quejaba por tener que meter sus pies llagados en unos zapatos encogidos por la humedad de la faena en el campo. Lo mir\u00e9 con superioridad. \u00ab\u00a1Pobre diablo! \u2014pens\u00e9\u2014. Ser\u00e1 el pr\u00f3ximo en ir al Muro Negro\u00bb. Mientras pensaba esto, el padre Kolbe se aproxim\u00f3 al infeliz, bes\u00f3 sus pies y rez\u00f3. No pude soportar aquello. Sal\u00ed apresurado a formar de primero frente al barrac\u00f3n, antes del alba.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda por fin le dije al curita:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No creo en los curas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed \u2014me respondi\u00f3 serenamente\u2014, eso ya me lo has dicho antes. \u00bfY por qu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>La oportunidad estaba servida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No creo en los curas porque el sinverg\u00fcenza del p\u00e1rroco de mi barrio iba a hurtadillas a meterse en la cama de una mujer casada. Luego, en misa, el curita condenaba el adulterio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l se me qued\u00f3 viendo, entristecido, y me contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Espero que si te ha bastado un mal cura para dejar de creer en la Iglesia, te baste otro cura santo para volver a creer en ella. Uno por otro me parece un buen trato.<\/p>\n\n\n\n<p>Se dio la vuelta y sigui\u00f3 cavando la zanja. El guardia descarg\u00f3 un culatazo sobre sus ri\u00f1ones y lo derrib\u00f3. \u00c9l solo se par\u00f3, musit\u00f3 algo en lat\u00edn y sigui\u00f3 su trabajo. En ese momento no me pareci\u00f3 alguien especial. Solo un cura despreciable.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi opini\u00f3n, sin embargo, vari\u00f3 hacia el verano. Un preso de nuestro barrac\u00f3n se hab\u00eda fugado. Aquella noche no dormimos. Ya sab\u00edamos lo que pasar\u00eda al d\u00eda siguiente. El padre Kolbe convirti\u00f3 otra vez el barrac\u00f3n en una capilla. All\u00ed estaba parado dirigiendo un rosario. Era un hombre no muy alto, de contextura fuerte, rostro redondo y un entrecejo que manten\u00eda fruncido. Mostraba una parsimonia a prueba de insultos. Aquella noche dijo una frase que nunca olvid\u00e9: \u00abEl odio destruye. Solo el amor crea\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes del amanecer nos sacaron a formar delante del barrac\u00f3n. Aquel d\u00eda no fuimos al campo a trabajar. Estuvimos toda la jornada de pie, expuestos al sol del verano. No nos dieron de comer ni de beber. Tampoco se nos permiti\u00f3 hablar entre nosotros. Solo se o\u00eda el murmullo del padre Kolbe y algunos prisioneros rezando. Por fin apareci\u00f3 el comandante Fritzsch y lo incomprensible se har\u00eda realidad: diez hombres, escogidos al azar por \u00e9l, ser\u00edan llevados al S\u00f3tano de la Muerte. As\u00ed pagar\u00edan por la osad\u00eda del preso fugado.<\/p>\n\n\n\n<p>Fritzsch comenz\u00f3 a caminar por entre las filas. Cuando lleg\u00f3 a m\u00ed se me qued\u00f3 mirando con desprecio de abajo a arriba. Luego mir\u00f3 por encima de mi hombro y grit\u00f3 al de atr\u00e1s:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1<em>Raus<\/em>!<\/p>\n\n\n\n<p>Ya hab\u00edamos aprendido que en alem\u00e1n significaba \u2018\u00a1fuera!\u2019. Pude escuchar al infortunado decir:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ay de mi esposa y de mis hijos!<\/p>\n\n\n\n<p>Era un sargento polaco de nombre Francisco. As\u00ed fue el comandante escogiendo uno a uno los diez desafortunados que ir\u00edan al suplicio. Delante de m\u00ed hab\u00eda un muchacho joven, extenuado por la tuberculosis y la tos, a quien Fritzsch sac\u00f3 de \u00faltimo. Al terminar, el comandante se dirigi\u00f3 a nosotros y grit\u00f3 algo en alem\u00e1n. El de mi derecha tradujo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1La pr\u00f3xima vez ser\u00e1n veinte o quiz\u00e1s treinta!<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ya estaban los condenados formados en fila y listos para marchar, me tropez\u00f3 el padre Kolbe. Hab\u00eda salido de la formaci\u00f3n y caminaba apresurado hacia el comandante Fritzsch. Por un momento pens\u00e9 que lo iba a increpar y me dije: \u00abEste idiota va a hacer que saquen a otros diez. \u00bfQu\u00e9 hace?\u00bb El padre Kolbe se par\u00f3 firme frente a Fritzsch e intercambi\u00f3 unas palabras con \u00e9l. El comandante se rasc\u00f3 la nuca. Parec\u00eda dudoso. Y volte\u00e1ndose hacia el sargento polaco grit\u00f3 \u00a1<em>raus<\/em>! El sargento regres\u00f3 a colocarse justo detr\u00e1s de m\u00ed. El padre Kolbe ingres\u00f3 al final de la fila. El comandante volvi\u00f3 a gritar mientras empujaba al padre Kolbe, quien sosten\u00eda por las axilas al tuberculoso. Al cabo de unos segundos, desapareci\u00f3 la fila tras el barrac\u00f3n XIV.<\/p>\n\n\n\n<p>Supe despu\u00e9s que el padre Kolbe hab\u00eda implorado a Fritzsch ocupar el lugar del sargento. Nunca me explicar\u00e9 c\u00f3mo aquel asesino no se llev\u00f3 ese d\u00eda a once presos en lugar de diez. Era lo que su l\u00f3gica criminal ten\u00eda que haberle dictado. El padre Kolbe sobrevivi\u00f3 a la inanici\u00f3n por tres semanas. Al cabo le inyectaron veneno para liquidarlo. D\u00eda a d\u00eda obten\u00edamos noticias del cura. Bruno, el sepulturero, pasaba clandestinamente la informaci\u00f3n. Un d\u00eda le pregunt\u00e9:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCrees que puedas arreglar que baje all\u00e1 para ver al curita?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, pero no podr\u00e9 arreglar que subas de all\u00e1 \u2014a\u00f1adi\u00f3 con iron\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el padre Kolbe muri\u00f3, fue la \u00fanica vez que vi a los presos llorar por la muerte de un compa\u00f1ero. La apat\u00eda y la indiferencia enmascarada nos libraban de sentir conmiseraci\u00f3n por el dolor ajeno. Con el padre Kolbe fue distinto. Nunca podr\u00e9 entender c\u00f3mo en aquel basurero que llam\u00e1bamos <em>anus mundi<\/em> (el ano del mundo) pude hallar algo sublime en m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Definitivamente s\u00ed voy a desayunar. No resisto pasar hambre. Mientras preparo un caf\u00e9 con leche y una tostada miro por la ventana de mi cocina. Diviso lomas de monta\u00f1as, unas tras otra, y al final el mar Caribe. Llegu\u00e9 a estas tierras en 1946 y me adapt\u00e9 a la vida del tr\u00f3pico, a su gente bullanguera. Luego del desayuno me vi tentado de no seguir leyendo, pero soy muy testarudo, me cuesta dejar algo a medias. Hasta para morirse hay que tener constancia.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Pas\u00f3 as\u00ed un tiempo fatigoso. Toda<br>garganta estaba seca,<br>y los ojos vidriosos. \u00a1Qu\u00e9 tiempo de fatiga!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Sobreviv\u00ed en Auschwitz gracias a que era barbero. Al principio solo cortaba el cabello de los que pasaban la selecci\u00f3n del and\u00e9n. Lo clasificaba por forma y color y lo guardaba en bolsas de sayal. Desde 1944 ejerc\u00ed de barbero en una forma diferente. Nos hab\u00edan cambiado el guardia de nuestro destacamento por otro de padres franceses. Conversaba parcamente, pero en buen franc\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda me pregunt\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfSi no eres jud\u00edo, por qu\u00e9 llevas el distintivo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No soy jud\u00edo \u2014asent\u00e9\u2014, pero fui arrestado en la zapater\u00eda de un jud\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas semanas despu\u00e9s, otro guardia me sac\u00f3 de la formaci\u00f3n y me condujo hasta una ambulancia con una cruz roja. Al verla se me hel\u00f3 la vejiga. En ella trasladaban a los jud\u00edos a las c\u00e1maras de gas en Birkenau, el nuevo Auschwitz. Cuando la ambulancia se detuvo, frente a m\u00ed estaba el guardia de las SS que ten\u00eda padres franceses. Se acerc\u00f3 y murmur\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te he conseguido mejores condiciones, pero debes hacerte pasar por jud\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Unos minutos despu\u00e9s yo era un <em>Sonderkommando<\/em> de Birkenau. Formaba parte de un comando especial de jud\u00edos cuyo trabajo era desnudar y conducir a las v\u00edctimas hasta las c\u00e1maras de gas. Luego deb\u00eda sacarlos de all\u00ed, cortarles el cabello, despojarlos de sus piezas de oro en la boca, llevarlos a los crematorios y eliminar las cenizas. A m\u00ed me toc\u00f3 la tarea de cortar el cabello. Est\u00e1bamos aislados del resto de los reclusos y recib\u00edamos una raci\u00f3n extra de sopa o de pan. Tambi\u00e9n era frecuente que algunos soldados de las SS nos contaran sus infidelidades y conflictos matrimoniales. Incluso se permit\u00edan hacer confesiones imprudentes sobre el curso de la guerra o sus jerarcas.<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00bfEs una muerte? \u00bfHay dos?<br>\u00bfEs la muerte quien va con la mujer?<br>Era la pesadilla de la vida en la muerte<br>que con su fr\u00edo cuaja la sangre de los hombres.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>No pude adaptarme a mi nuevo trabajo. Solo hab\u00eda un modo de renunciar a \u00e9l: entrar a la c\u00e1mara de gas. En una ocasi\u00f3n, otro <em>Sonderkommando<\/em> que me ayudaba metiendo v\u00edctimas en la c\u00e1mara IV me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Voy a entrar. No soporto m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Se quit\u00f3 la ropa y entr\u00f3. Estuve a punto de hacer lo mismo, pero un pensamiento me detuvo: \u00abDebo vivir para contar al mundo este horror\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de entrar a las c\u00e1maras de gas, hab\u00eda un amplio local que simulaba ser la antesala de un ba\u00f1o. All\u00ed los reos, en su mayor\u00eda mujeres, se desnudaban y dejaban sus pertenencias apiladas en una gigantesca monta\u00f1a. Al principio hac\u00edan por cubrir su desnudez ante nosotros, pero pronto la verg\u00fcenza desaparecer\u00eda junto con la vida. A\u00fan por las noches despierto con sus rostros en mis pesadillas y los gritos de sus gemidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo a una anciana que ten\u00eda en sus brazos a una ni\u00f1a de dos a\u00f1os. Ella sab\u00eda que morir\u00edan, pero hac\u00eda cosquillas en el cuerpecito desnudo de su nieta. La ni\u00f1a re\u00eda a carcajadas. La abuela completaba el juego con largos y tiernos besos. Hice entonces algo imprudente: fui hacia la pila de ropas, extraje una mu\u00f1eca y se la entregu\u00e9 a la ni\u00f1a. La anciana me sonri\u00f3. No pod\u00eda entender aquella serena sonrisa en v\u00edsperas de la devastaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Se abren las puertas del infierno y el silencio lo domina todo. Ha llegado el momento. Tomo del brazo a la anciana y hago se\u00f1as al grupo para que avance. Caminan hacia el interior de la c\u00e1mara bajo la mirada de algunos soldados de las SS. Dos de ellos cierran la pesada puerta y la aseguran. Es de noche. Dos figuras, fantasmag\u00f3ricas, surgen en medio de la niebla con sendas m\u00e1scaras. Caminan hacia un respiradero de la c\u00e1mara por el que arrojan el contenido de unas latas. Casi inmediatamente comienzan los alaridos que se prolongan por varios minutos. En mi mente resuena la risa de la ni\u00f1a. Aprieto los dientes hasta sangrar. El espanto de la muerte acalla todo. Tambi\u00e9n nuestras conciencias y toda voluntad de protestar. Es la vida en muerte.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se volv\u00edan a abrir las puertas, cada <em>Sonderkommando<\/em> hac\u00eda lo suyo. Yo era un barbero de la muerte. Tropec\u00e9 con la anciana y la ni\u00f1a de dos a\u00f1os. Termin\u00e9 de cortar el cabello de la ni\u00f1a y guard\u00e9 un mech\u00f3n en mi bolsillo. Lo enterr\u00e9 m\u00e1s tarde, junto con la mu\u00f1eca, al pie de un tejo. Muchas veces fui delante del tejo, cada vez que me tocaba afeitar a un ni\u00f1o. Despu\u00e9s de la liberaci\u00f3n quise desenterrar la mu\u00f1eca y el mech\u00f3n de cabello, pero no pude.<\/p>\n\n\n\n<p><em>En torno, en torno, en giro y en org\u00eda,<br>los fuegos de la muerte danzaban por la noche.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Una vez que hab\u00edamos limpiado los cad\u00e1veres, eran subidos a una carreta y trasladados a la sala de crematorios. Treinta bocas no paraban de arder. Los cad\u00e1veres eran colocados en filas de a dos frente a cada boca de horno. De cuando en cuando, entre dos cad\u00e1veres yac\u00eda el tercero de un ni\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Todas las bocas eran iguales: un arco de medio punto con una pesada puerta de metal que nunca cerr\u00e1bamos. Abajo de la boca, otro orificio de forma rectangular recib\u00eda el combustible, aunque el verdadero combustible era la escasa grasa humana. La escena era fuseliana. La peque\u00f1a boca no cesaba de engullir cad\u00e1veres. En veinte minutos el fuego devoraba lo que fue un mundo de sue\u00f1os y esperanzas. Otro <em>Sonderkommando<\/em>, viendo el connubio entre llamas y cuerpos, musit\u00f3 alguna vez:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vasto mundo libre, \u00bfver\u00e1s alg\u00fan d\u00eda esta llama?<\/p>\n\n\n\n<p>Se llamaba Zalmen. Y se hab\u00eda percatado de que yo no era jud\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si fueras jud\u00edo \u2014me increp\u00f3\u2014, tendr\u00edas otro comportamiento ante los hermanos muertos. Los jud\u00edos no aceptamos la cremaci\u00f3n y lo menos que podemos hacer es recordar la oraci\u00f3n por los muertos: \u00abExaltado y santificado sea su gran nombre\u2026\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Annie&nbsp;! \u2014grit\u00e9\u2014, Annie \u2014susurr\u00e9. Zalmen intuy\u00f3 algo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te ense\u00f1ar\u00e9 el <em>kadish<\/em>, la oraci\u00f3n jud\u00eda por los muertos, para que la recites antes de introducirlos a los hornos.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no era jud\u00edo, pero el tiempo que fui <em>Sonderkommando<\/em> la rec\u00e9 como si lo hubiese sido, y recordando a Annie.<\/p>\n\n\n\n<p>Unas semanas m\u00e1s tarde estaba en la enfermer\u00eda atendi\u00e9ndome una lesi\u00f3n en el pie izquierdo. Escuch\u00e9 varias explosiones, muy fuertes. Una sublevaci\u00f3n de los comandos especiales hab\u00eda volado el crematorio IV. Al d\u00eda siguiente me incorporaron al crematorio II. Me ordenaron acarrear cuerpos hasta los hornos. El cad\u00e1ver de Zalmen estaba frente a m\u00ed. Tom\u00e9 las pinzas con pulso tembloroso y lo arrastr\u00e9 hasta el vest\u00edbulo de una de las bocas.<\/p>\n\n\n\n<p>Su rostro luc\u00eda sereno. El horror no hab\u00eda conseguido ajarlo. Rec\u00e9 el <em>kadish <\/em>con respeto e invocando la memoria de Annie y de Franz. Lo introduje al horno, pero las llamas se negaron a hacer su trabajo. Tard\u00f3 m\u00e1s de lo habitual en consumirse. Comprend\u00ed entonces que la maldad es el imperio de unos pocos hombres a quienes los hombres buenos no ponen l\u00edmites, que a pocos kil\u00f3metros de Auschwitz prosegu\u00eda la per\u00edstasis de la vida, que en el mundo hay tanta alevos\u00eda como complicidad.<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Solo, solo del todo,<br>solo en un ancho mar!<br>\u00a1No sinti\u00f3 ning\u00fan santo compasi\u00f3n<br>de la angustia de mi alma!<br>Todos quedaron muertos:<br>y mil viscosos animales<br>siguieron vivos, y lo mismo yo.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Fue antes de ser un <em>Sonderkommando<\/em>. Una ma\u00f1ana, en la litera de enfrente, ocupando el lugar de un recluso gaseado, estaba Franz. No lo pod\u00eda creer. El destino nos hab\u00eda reunido nuevamente. Hice arreglos con un interno para ocupar su lugar junto a Franz, a cambio de mis zapatos relativamente buenos. Pas\u00e1bamos las noches cont\u00e1ndonos historias. Nos hicimos amigos. So\u00f1\u00e1bamos con incre\u00edbles recetas de cocina francesa para cuando sali\u00e9semos de Auschwitz.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba acabado, con el poco pelo que ten\u00eda blanco. Me dio tristeza que me contara c\u00f3mo hab\u00edan asesinado a su esposa e hijos en Treblinka.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nos separaron en el and\u00e9n de Treblinka \u2014me cont\u00f3\u2014. Ella abrazaba a mis hijos mientras me sonre\u00eda. Sab\u00eda que morir\u00edan. A m\u00ed me deportaron a Dachau.<\/p>\n\n\n\n<p>Franz estuvo en la barraca XIV tres semanas. Una noche me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Estoy en la lista del comandante.<\/p>\n\n\n\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente lo vi sentado al borde del catre, limpiando como pod\u00eda sus zapatos. Se los calz\u00f3, me mir\u00f3 y sonri\u00f3. Horas m\u00e1s tarde pregunt\u00e9 por \u00e9l a un recluso que hac\u00eda de correveidile. Me se\u00f1al\u00f3 las chimeneas del crematorio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya est\u00e1 ascendiendo \u2014dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Un nudo de amargura at\u00f3 mi garganta y de nuevo sent\u00ed culpa por estar vivo.<\/p>\n\n\n\n<p><em>D\u00e9jame estar despierto, oh Dios m\u00edo, o si no,<br>d\u00e9jame que me duerma para siempre.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se esparci\u00f3 el rumor de que los rusos se acercaban a Auschwitz, nos mandaron a la c\u00e1mara de gas a todos los comandos especiales. Yo me escap\u00e9. Aprovechando la confusi\u00f3n, recorr\u00ed a pie los tres kil\u00f3metros que nos separaban de Auschwitz I y me mezcl\u00e9 entre los reclusos. Cuando las SS abandonaron el campo, yo fui de los pocos que quedaron para la llegada de los rusos. Al verlos tembl\u00e9, como aquel d\u00eda ante los soldados alemanes en la zapater\u00eda de Franz.<\/p>\n\n\n\n<p>Seis semanas m\u00e1s tarde llegu\u00e9 por carretera a mi barrio en Par\u00eds. Nunca m\u00e1s he tomado un tren. En el departamento no estaban ni mi madre ni el t\u00edo Arthur. \u00a1Qui\u00e9n sabe a qu\u00e9 campo fueron deportados por pertenecer a la Resistencia Francesa! Nada ten\u00eda sentido. Quiz\u00e1s hubiera sido mejor quedarse para la c\u00e1mara de gas. Europa era el continente de la culpa y la desolaci\u00f3n. Decid\u00ed venir a Am\u00e9rica y armar el rompecabezas con el despojo de mi existencia.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Desde entonces, en horas imprevistas,<br>esa angustia me vuelve:<br>y hasta que no se cuente mi relato espectral,<br>me quema el coraz\u00f3n.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Esta opresi\u00f3n en la boca del est\u00f3mago ahora se me expande a todo el pecho. No s\u00e9 si cumpl\u00ed mi misi\u00f3n: vivir para contar el horror. \u00bfPuede el horror decirse con palabras y quedar uno indemne? He comprendido la sonrisa de Frieda, de Franz y de la anciana en la c\u00e1mara IV. Es la sonrisa de <em>La Gioconda<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Solo Annie se resisti\u00f3 a sonre\u00edr. Su rostro no tiene texto posible. Por eso habita en mis sue\u00f1os. He tendido mil veces mis manos, pero no logro alcanzarla. En su rostro est\u00e1n todos los Auschwitz que a\u00fan no son. Sus manos me har\u00e1n c\u00e1lido el regreso al cobertizo del \u00faltimo tren.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo que no alcanzar\u00e9 a almorzar con mi hijo. Pronto se abrir\u00e1 la puerta. Ya no temo. \u00abExaltado y santificado sea su gran nombre, am\u00e9n\u00bb. Ya he pulido mis zapatos. Estoy sentado al borde de mi cama. Listo para sonre\u00edr, Annie.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jeronimo-alayon-gomez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">Cuento finalista en el XXV Concurso Internacional Juan Rulfo (Francia, 2008)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jer\u00f3nimo Alay\u00f3n No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente y se dedique entera a mezquinas cavilaciones. 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