{"id":18459,"date":"2026-03-27T16:28:40","date_gmt":"2026-03-27T20:58:40","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18459"},"modified":"2026-03-27T16:30:14","modified_gmt":"2026-03-27T21:00:14","slug":"cuentos-jose-napoleon-oropeza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-jose-napoleon-oropeza\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Jos\u00e9 Napole\u00f3n Oropeza"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El hu\u00e9sped invisible<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u00abEl hombre es un muerto que juega con muertos\u00bb. Jorge Luis Borges<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>A Leonardo Mazzei, por las horas compartidas tratando de comprender el misterio de la poes\u00eda y a Maritza Quintero: por los caminos de luz que abren en m\u00ed su amistad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Sof\u00eda, justo antes de atravesar la puerta que separaba a los pasajeros de las oficinas de Extranjer\u00eda, respir\u00f3 hondo. Contuvo el llanto: no quer\u00eda que Jorge Luis se deprimiese al verla tan triste. Luego de un tierno beso en las mejillas y un fuerte apret\u00f3n de brazos a sus padres, entreg\u00f3 a Jorge Luis, su padre, quien luchaba por no soltar el llanto, un abultado sobre envuelto en papel de seda, cruzado por un lazo. Le pidi\u00f3 que no lo abriese. Deb\u00eda dejarlo sobre la cama vestida la noche anterior, con una s\u00e1bana nueva, adquirida precisamente dos d\u00edas antes, entre la corredera que supon\u00eda dejar todo ordenado en el apartamento antes del viaje. Carmen, su madre, siempre eficiente en preparar equipajes, meti\u00f3 en las maletas solo lo necesario. As\u00ed evitaba exceder el peso de los veinte kilogramos concedidos a cada pasajero. Requer\u00eda las cosas m\u00e1s elementales para los tres meses que pasar\u00eda fuera de casa, antes de retornar al pa\u00eds, si acaso no decid\u00eda pasar la Navidad en Buenos Aires, en la cual esperaba cursar una maestr\u00eda en Museolog\u00eda ofrecida \u2014entre muchas opciones de Gerencia para los Museos de Arte\u2014 por<br>la Universidad Nacional de Tres de Febrero.<\/p>\n\n\n\n<p>La puerta de vidrio del pasadizo que conduc\u00eda ante la hilera de funcionarios de Emigraci\u00f3n se cerr\u00f3 una vez que Sof\u00eda pas\u00f3 bajo el dintel, con un ejemplar de El Libro de arena que llevaba con ella, f\u00e9rreamente sujeto en su mano izquierda. En la derecha llevaba el pasaporte, la planilla de emigraci\u00f3n y sus sandalias. La fila que seleccion\u00f3 para esperar el turno de chequear su documentaci\u00f3n ten\u00eda delante trece pasajeros. Tentada, por primera vez, a volver la mirada hacia sus padres, rechaz\u00f3 ese impulso. Jorge Luis, inm\u00f3vil, conten\u00eda las l\u00e1grimas. Se apoy\u00f3 contra el amplio ventanal de vidrio, levemente empa\u00f1ado por la humedad causada por la respiraci\u00f3n de otras personas que, como \u00e9l, oteaban hacia el interior de las oficinas de Emigraci\u00f3n los \u00faltimos movimientos de sus familiares, separados de ellos por escasos metros, pero dispuestos a partir y a dejarlos, desconsolados, moment\u00e1neamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Sof\u00eda, una vez que atraves\u00f3 el amplio ventanal, nuevamente, se sinti\u00f3 deseosa de buscar la imagen de sus padres entre las siluetas dibujadas tras el vidrio. Pero no volvi\u00f3 la mirada hacia ellos. Durante varios d\u00edas, se sentir\u00edan tristes. No aumentar\u00eda su pesar deteni\u00e9ndose a mirar a Jorge Luis o buscar la imagen de Carmen, parada junto a \u00e9l, impert\u00e9rrita, siempre imperturbable. Aunque, por esta vez, su estad\u00eda en Buenos Aires no pasar\u00eda de tres meses, como repiti\u00f3 a sus padres en varias ocasiones. Les prometi\u00f3 retornar a Venezuela tan pronto concluyese el curso proped\u00e9utico de la maestr\u00eda. Sus pensamientos se cruzaban: se agolpaban como los puntos y rayas dibujados en la pantalla detectora de metales por las pertenencias contenidas en el bolso de mano. Le parec\u00eda rid\u00edcula esa \u00faltima medida introducida en las normas de Emigraci\u00f3n de que los pasajeros se quitasen los zapatos y pasaran descalzos frente a ellos. Menos mal que hab\u00eda decidido calzar las sandalias m\u00e1s livianas.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de pasar bajo el dintel que tambi\u00e9n detectaba metales y, desganada, dejase caer el bolso de mano sobre las correderas que arrastraba las pertenencias de los pasajeros, ley\u00f3 la planilla de emigraci\u00f3n y guard\u00f3 en su bolso el sobre que Jorge Luis le entreg\u00f3 con el ruego de que solo lo abriese cuando estuviera establecida en Buenos Aires: llegar\u00eda el instante de sentir el impulso de leer su contenido, exclam\u00f3 su padre, o pens\u00f3 ella que le hab\u00eda dicho, como si se estuviesen intercambiando encomiendas. \u00bfQu\u00e9 habr\u00eda escrito en ese mensaje que con tanto misterio le entreg\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 a revisar la planilla detenidamente. Deseaba constatar que hubiese vaciado de manera correcta sus datos personales. Dentro de unos escasos segundos lucir\u00eda su mejor sonrisa ante el funcionario de Emigraci\u00f3n. De nuevo, calz\u00f3 sus sandalias. Se sent\u00eda serena. Olvid\u00f3 por unos segundos el sobre metido por su padre entre las p\u00e1ginas del libro de cuentos de Jorge Luis Borges: no sent\u00eda ninguna curiosidad en tratar de adivinar su contenido. Sof\u00eda y Jorge Luis se entend\u00edan muy bien. Llegar\u00eda el momento de rasgar el sobre.<\/p>\n\n\n\n<p>Los funcionarios, sentados frente a las m\u00e1quinas de rayos X, atentos a las im\u00e1genes, sombras, rayas y puntos creados por el rayo de luz disparado por la m\u00e1quina, quiz\u00e1 fing\u00edan atenci\u00f3n a los contenidos. A ella le importaba muy poco lo que pensaran sobre su persona. Cuchicheaban mientras observaban los objetos dibujados en la pantalla, entre rayas y manchas que, seguramente, alg\u00fan artista habr\u00eda tomado como motivos para sus indagaciones. \u00bfLo har\u00eda ella un d\u00eda? \u00bfQu\u00e9 tal si Sof\u00eda reinventase esas rayas y bocetos de objetos con crines de caballo, pelos humanos o hermosas crinejas? Tal vez ya lo hizo Paula Santiago, con su juego creado con manchas de sangre, papel de arroz, hilos y cabellos. Quiz\u00e1 Giannis Kounilis en una pr\u00f3xima instalaci\u00f3n, con caballos y zorros amarrados a carretas que atravesasen pasajes de niebla.<\/p>\n\n\n\n<p>Claro que lo pensar\u00eda: le importaba poco si no fuese original en la idea de reinventar esos dibujos: Jorge Luis, su maestro de vida, siempre repet\u00eda que lo verdadero de cada obra de arte, lo original, subyac\u00eda en el nuevo nacimiento de un tema, en la gen\u00e9sica vuelta formal a un contenido por parte del artista: nunca cerrar\u00eda el nudo, el abordaje y resoluci\u00f3n gen\u00e9sica del t\u00f3pico arquet\u00edpico subyacente en cada obra. Cada coito, si nace de una entrega inocente, la mantendr\u00eda virgen mientras viviese, se dijo y se sonri\u00f3 tras su ocurrencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Distinta a Jorge Luis, quien dec\u00eda que los aeropuertos lo volv\u00edan paranoico, ella disfrutaba la experiencia de que los funcionarios de las aduanas pensaran sobre ella lo que se les ocurriese. Siempre andaba, apurada, empe\u00f1ada en la idea de ser puntual en todo momento, en las citas amorosas, en la entrada a casa despu\u00e9s de su trabajo y, sobre todo, en su af\u00e1n de ser la primera en llegar a todos los compromisos. Nunca llevaba libreta para anotar ideas, pues siempre guardaba, dentro de s\u00ed, las im\u00e1genes que, de manera continua, estimulaban la reinvenci\u00f3n constante. Lo vivido cada d\u00eda dejaba la sensaci\u00f3n de un nuevo \u00abnacimiento\u00bb a partir de lo visto en el aula de clases, en la calle, en una exposici\u00f3n o le\u00eddo en alg\u00fan reportaje, en un poema, en un ensayo. Trataba siempre, de no dejarse intimidar por nada, mucho menos, ahora, por esos est\u00fapidos y cretinos funcionarios de aeropuerto, afanados en atrapar a un contrabandista de drogas entre los pasajeros, o a un terrorista, supuestamente dispuesto a secuestrar el vuelo armado con un corta\u00fa\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Su pap\u00e1, tan honesto, \u00bfpor qu\u00e9 deb\u00eda sentir miedo en los aeropuertos, si era casi un monje que se pasaba todo el d\u00eda entre libros, dispuesto siempre a crear nuevos espejos a partir de lo le\u00eddo? \u00abSiempre afanado en inventar un espejo\u00bb, una de las im\u00e1genes m\u00e1s recurrentes en su literatura, pens\u00f3 Sof\u00eda, sin volver la mirada hacia el ventanal al cual se recostaba Jorge Luis, como si quisiera atravesarlo, volverse una hormiga, seguir los pasos de su hija, y reanudar, de esa forma, en aquella madrugada, el juego con los espejos cuando apretaba en su pu\u00f1o tres hebras de cabellos de su hija ca\u00eddas en su hombro mientras se abrazaron, como si ella hubiese querido dejar una prueba de amor y las hebras creasen, ahora, un diminuto r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi nunca lloraba frente a Carmen, su esposa, invariablemente impasible, mucho menos frente a su hijo Luis Eduardo, o frente a Lara, la tercera de sus hijos, quien ser\u00eda, por siempre, la m\u00e1s peque\u00f1a de la casa: demorar\u00eda en casarse o en buscar pareja. Prefer\u00eda, por ahora, vivir junto a sus padres y pasar casi todo el d\u00eda en los tribunales, atenta a los lentos movimientos de los jueces, perversos en su empe\u00f1o en atrasar sus resueltos, pensaba Jorge Luis. Todos los d\u00edas ve\u00eda a Lara salir de casa cargada de carpetas, muy temprano en la ma\u00f1ana. En la tarde volv\u00eda, cansada de bajar y subir escaleras, en busca de resoluciones a los libelos que introduc\u00eda todos los d\u00edas. \u00abA su manera, mi pap\u00e1 vivir\u00e1 siempre jugando a armar, reinventar y fragmentar espejos, desde los cuales trata de comprender el universo\u00bb, pens\u00f3, mientras se agach\u00f3 para ajustarse las sandalias. Luego, tom\u00f3 el bolso de mano. Se apresur\u00f3 en busca de la puerta de salida, porque se hab\u00eda retrasado y, cosa rara, ya le hab\u00edan dicho en el mostrador de la aerol\u00ednea que el avi\u00f3n arrancar\u00eda a la hora pautada.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez en el avi\u00f3n, sinti\u00f3 que todos los pasajeros la observaban. Se apur\u00f3 en buscar el asiento asignado (prefer\u00eda los asientos de ventana, para otear las nubes, ver hacia abajo, durante el despegue, atenta a las im\u00e1genes de carros y casas transformados r\u00e1pidamente en puntos y, finalmente, en focos de luz y de sombra). El \u00fanico asiento todav\u00eda vac\u00edo le estaba destinado. Una vez sentada, sinti\u00f3 un enorme alivio. Record\u00f3 que no le hab\u00eda dicho a Jorge Luis que, cuando fuese a la casa, al amanecer del d\u00eda siguiente y hubiese dejado la comida lista en la mesita asignada para Grey del Carmen Torres Landa, regara las matas y se asegurase de que ning\u00fan bombillo quedara encendido, pens\u00f3, en el instante en que, por fin, se sent\u00f3 en el asiento asignado; ajust\u00f3 el cintur\u00f3n, luego de constatar que los dispositivos de la luz y del aire, sobre el asiento, funcionasen bien. Aunque su padre le hab\u00eda repetido que leyera el mensaje solo cuando llegase a Buenos Aires, de pronto, lo vio al fondo de su cartera, al buscar un caramelo. Pero, no deber\u00eda leerlo a\u00fan, pens\u00f3. Se sent\u00eda un poco cansada. Se quedar\u00eda dormida tan pronto el avi\u00f3n se estabilizara en posici\u00f3n de vuelo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sof\u00eda ya acomodada en el asiento, en el aire, con el avi\u00f3n en posici\u00f3n estable, pero sin desabrochar el cintur\u00f3n de seguridad, recost\u00f3 la cabeza. No tard\u00f3 en cerrar los ojos, aunque a pesar del cansancio, no se durmi\u00f3. Se sent\u00eda levemente mareada. Trat\u00f3 de no pensar en si Jorge Luis cumplir\u00eda las recomendaciones \u00faltimas sobre c\u00f3mo colocar el regalo para Grey del Carmen Torres Landa, sobre la cama, sino que imagin\u00f3 a sus padres y a su hermano Luis Eduardo saliendo de las instalaciones del aeropuerto, no tan r\u00e1pido como hubiese querido Luis Eduardo, quien conducir\u00eda en el viaje de retorno a Caracas: algo le dec\u00eda que permanecer\u00edan varados en una cola antes de que el tr\u00e1fico comenzara a fluir en la autopista. Una vez que atravesaran los t\u00faneles, avanzar\u00edan m\u00e1s r\u00e1pido.<\/p>\n\n\n\n<p>Jorge Luis, quien hab\u00eda preferido ocupar el asiento trasero, le pidi\u00f3 a su esposa que se ubicara delante. Ya m\u00e1s tranquilo, coloc\u00f3, justo en el espacio entre los asientos delanteros, el sobre que conten\u00eda el regalo. Al d\u00eda siguiente, al despuntar el d\u00eda, se preparar\u00eda para ir al apartamento de Sof\u00eda a dejar sobre la cama el presente, tal como ella se lo encomend\u00f3. Carmen \u2014deseando adivinar el contenido del paquete\u2014 fingi\u00f3 que lo acomodaba junto al asiento del conductor. Palp\u00f3 el abultado sobre. Luego, lo apret\u00f3, levemente, mientras lo acomodaba entre los dos asientos. Jorge Luis, como si intuyese la curiosidad de su esposa, sonri\u00f3 pero no hizo ning\u00fan comentario. Carmen no adivin\u00f3 qu\u00e9 pod\u00eda contener el sobre. Seguramente cartas, mensajes para ese extra\u00f1o hu\u00e9sped que nadie conoc\u00eda. Viv\u00eda en el apartamento de su hija, pero permanec\u00eda en su cuarto todo el d\u00eda. Tal vez bajaba de la habitaci\u00f3n solo a comer en la cocina. O se llevaba el plato al cuarto. Tanto Sof\u00eda como Hermes, antiguo jardinero de la familia, quien ten\u00eda un cuarto alquilado en el apartamento y sal\u00eda en la ma\u00f1ana y retornaba en la noche, nunca hablaban de ese personaje. Carmen y Jorge Luis, solo conocieron su extra\u00f1o nombre, justo en el momento de la despedida en el aeropuerto, cuando su hija advirti\u00f3 a su padre que no tratara de abordar al personaje, porque, hura\u00f1o y esquivo, no aceptaba que nadie, excepto ella y Hermes, lo viesen. Gastaba unos diez minutos entre bajar y subir las escaleras. Luego, se encerraba en el cuarto todo el d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Carmen volvi\u00f3, disimuladamente, a tratar de palpar el sobre que Jorge Luis acababa de colocar, casi pegado a la palanca de cambios. Pero advirti\u00f3 que el sobre hab\u00eda desaparecido. \u00bfPero qu\u00e9 se hizo? \u00bfHabr\u00eda ca\u00eddo bajo uno de los dos asientos? No hizo ning\u00fan comentario a su hijo Luis Eduardo. Aferrado al volante, trataba de esquivar los autom\u00f3viles que marchaban delante, como si de esa manera llegara m\u00e1s r\u00e1pido al peaje. De all\u00ed a la casa, tardar\u00edan una media hora, pens\u00f3 Luis Eduardo. Su madre baj\u00f3 el asiento quiz\u00e1 para dormir unos minutos. \u00abSeguramente est\u00e1 cansada\u00bb, se dijo. No imaginaba la verdadera causa de esa decisi\u00f3n: realmente Carmen deseaba mayor comodidad para meter la mano derecha bajo el asiento y seguir afanada en busca del sobre extraviado.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras la madre trataba de hallar el sobre para tomarlo, nuevamente, entre sus manos y seguir palp\u00e1ndolo en su af\u00e1n de adivinar su contenido, su hija Sof\u00eda, acomodada en el asiento, en el aire, a cuarenta mil pies de altura, segu\u00eda los movimientos de sus padres. Los imagin\u00f3 entrando a casa, ya resignados a la ausencia de su hija mayor, dispuestos a descansar despu\u00e9s de una buena ducha con agua tibia, entre la niebla nacida del vapor que emanaba de la regadera mientras se terminaba de llenar la tina. Sof\u00eda sigui\u00f3 la imagen de su padre ante el espejo empa\u00f1ado. Lo limpi\u00f3 con su mano y, luego, con la toalla humedecida antes de salir de la sala de ba\u00f1o, con los interiores y el pantal\u00f3n ya puesto, porque \u00bfcu\u00e1ntas veces, no tuvo que devolverse a la sala de ba\u00f1o, al descubrir que, en el cuarto, lo esperaba la peque\u00f1a Sof\u00eda, con su gato cargado? Ella, siempre empecinada en su afectos, desde muy ni\u00f1a, buscaba a su gato Tiky tan pronto llegaba de la escuela. Luego de alzarlo, se encaminaba hacia la biblioteca en busca de su padre. Si no lo hallaba all\u00ed, de seguro lo consegu\u00eda en el cuarto, en compa\u00f1\u00eda de Carmen, acostados en la cama compartiendo revistas y peri\u00f3dicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Jorge Luis se dormit\u00f3. Por unos segundos so\u00f1\u00f3 que su hija Sof\u00eda, veinte a\u00f1os antes, se acurrucaba junto a \u00e9l. En el sue\u00f1o le pidi\u00f3 que repitiese, otra vez, el poema Oda al gato, de Pablo Neruda, porque deseaba anotar esos versos que, cuando comprendi\u00f3 mucho m\u00e1s el poema, siendo ya adolescente, a punto de egresar del bachillerato, recitaba siempre: \u00ab\u2026 el viento del amor en la intemperie \/ reclamas cuando pasas y posas \/ cuatro pies delicados en el suelo, \/ oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, \/ porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato\u2026\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se aprendi\u00f3 todo el poema, lo recitaba, en voz alta, mientras paseaba con Tiky en los jardines, hasta el d\u00eda de la muerte del gato, atropellado, frente a su casa. Siempre corr\u00eda a la espera del retorno de su due\u00f1a del liceo, acurrucado de patas cruzadas, en posici\u00f3n se\u00f1orial. Le toc\u00f3 enterrarlo junto con su padre, mientras Carmen, desde el amplio ventanal de la cocina, los ve\u00eda afanados, terminando el hueco. Se acomod\u00f3 contra la ventanilla del avi\u00f3n. Por segundos, tuvo nuevamente la extra\u00f1a sensaci\u00f3n de que su gato se acomodaba a sus pies. Incluso crey\u00f3 o\u00edr sus maullidos, ajena a los posibles comentarios de reproche que efectuar\u00eda su madre si le contara esa experiencia vivida en el avi\u00f3n: nadie creer\u00eda tama\u00f1a historia de que no solo oy\u00f3 los maullidos del gato, sino que lo sinti\u00f3 acomodado entre las piernas.<\/p>\n\n\n\n<p>Trat\u00f3 de dormir mientras pensaba que no habr\u00eda ning\u00fan consejo en el mensaje escrito por mi padre. Quiz\u00e1, dentro del sobre, meti\u00f3 una copia del poema de Neruda al gato que ambos recit\u00e1bamos, en contrapunto, varias veces al a\u00f1o. Mi padre, comprensivo y feliz como siempre, acaso tambi\u00e9n, en este momento, ya habr\u00eda decidido: el poema de Neruda Oda al gato ser\u00eda mi compa\u00f1ero perfecto en este viaje. Lo he adivinado: el sobre contiene una transcripci\u00f3n total de ese poema. \u00bfCu\u00e1ndo me tocar\u00e1 rasgar el sobre y leerlo o recitarlo, en voz alta, en la avenida 4 de Mayo, sin importarme si la gente me imaginase loca? Feliz y c\u00f3mplice, Jorge Luis le sonri\u00f3 en medio del cielo, flotando entre las nubes, acostado encima del ala del avi\u00f3n, vestido con su mono rayado, a manera de un tigre de Bengala, con su amplia sonrisa c\u00f3mplice tan solo para ella, al tiempo que yo trataba de olvidar la experiencia del gato que tanto am\u00e9 y revis\u00e9 mi cartera en busca de la direcci\u00f3n que entregar\u00eda al taxista que me conducir\u00eda del aeropuerto a la calle S\u00e1nchez de Bustamante, donde espero pasar solo tres d\u00edas, mientras encuentro cupo en otra residencia, situada en la avenida Santa Fe.<\/p>\n\n\n\n<p>Llov\u00eda con vientos huracanados cuando, muy temprano en la ma\u00f1ana del siguiente d\u00eda, Jorge Luis entr\u00f3 en el apartamento de Sof\u00eda. Hermes hab\u00eda salido a trabajar. Sigiloso, dej\u00f3 la comida para Grey del Carmen Torres Landa. Se dispuso a subir los escalones de madera, en forma de caracol, que llevaba a los tres dormitorios y la sala de ba\u00f1o. Sin hacer bulla, ascendi\u00f3 como si caminara sobre algodones. Entr\u00f3 en el cuarto de Sof\u00eda y encontr\u00f3 la puerta semiabierta. Seguramente el extra\u00f1o personaje andaba por el vestier, o quiz\u00e1, tambi\u00e9n habr\u00eda salido del apartamento, pens\u00f3, mientras, apresurado, dej\u00f3 la encomienda de Sof\u00eda, tal como su hija le hab\u00eda indicado, encima de la cama. Cuando se acerc\u00f3, se dio cuenta de que la s\u00e1bana ten\u00eda dos gotas de sangre resecas. Pas\u00f3 la mano por ellas. Un tanto extra\u00f1ado por ese detalle, abri\u00f3 el amplio closet; busc\u00f3 en el vestier; en la sala de ba\u00f1o. Baj\u00f3 la escalera apresurado, como si huyese de algo.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante los pr\u00f3ximos tres d\u00edas, Jorge Luis trat\u00f3 de comunicarse con Hermes, pero el tel\u00e9fono se hab\u00eda descompuesto y por m\u00e1s que lo hab\u00eda reportado a la compa\u00f1\u00eda de tel\u00e9fonos, todav\u00eda no hab\u00eda sido reparado. Segu\u00eda llevando la comida a Grey del Carmen Torres Landa. La dejaba sobre la mesa y sub\u00eda. Todav\u00eda no lograba ninguna se\u00f1al de ese personaje. Hab\u00eda renunciado a la idea de conocerlo. Al s\u00e9ptimo d\u00eda de su primera entrada al apartamento, ascendi\u00f3 la escalera, con sumo cuidado, tratando de no efectuar ning\u00fan ruido que incomodase a Grey. El papel que envolv\u00eda el regalo se hab\u00eda convertido en a\u00f1icos esparcidos en el suelo. Sobre la cama permanec\u00eda, efectivamente, lo que \u00e9l siempre imagin\u00f3: un espejo ovalado. \u00bfTambi\u00e9n con manchas de sangre reseca sobre su superficie? Una y otra vez pas\u00f3 la mano por el espejo empa\u00f1ado. Quiz\u00e1 se trataba de otras gotas de sangre. Las anteriores, de color gris\u00e1ceo, ya luc\u00edan desle\u00eddas.<\/p>\n\n\n\n<p>Jorge Luis, preocupado por conocer la suerte del hu\u00e9sped de su hija, baj\u00f3 los escalones muy apresurado. Se acerc\u00f3 a la cocina. El plato luc\u00eda totalmente limpio al lado del que acababa de traer. Levant\u00f3 el tel\u00e9fono. La l\u00ednea permanec\u00eda muerta. Trat\u00f3 de comunicarse con Hermes a trav\u00e9s de su celular, pero se repiti\u00f3 nuevamente el mensaje de la grabadora. Su tel\u00e9fono celular o lo hab\u00eda perdido, definitivamente, por falta de pago, o la l\u00ednea permanec\u00eda averiada. Busc\u00f3 en los espacios de la planta baja se\u00f1ales del hu\u00e9sped.<\/p>\n\n\n\n<p>Jorge Luis dej\u00f3 el apartamento, un tanto preocupado. Sof\u00eda, ya instalada en una de las habitaciones de la residencia que ocupar\u00eda, moment\u00e1neamente, en la calle S\u00e1nchez de Bustamante, se dirig\u00eda a pie a la universidad: as\u00ed disfrutar\u00eda de la belleza de esa gran ciudad. Atraves\u00f3 la calle Per\u00fa con la avenida 4 de Mayo y a una cuadra de la Catedral, cuando ya se encaminaba hacia el bulevar Florida, para caminar directo hacia la universidad, como se\u00f1al\u00f3 su amigo Oscar el primer d\u00eda, sinti\u00f3 que alguien le rozaba levemente sus piernas, como si quisiese caminar con ella. Pens\u00f3 en su compa\u00f1ero Grey del Carmen, quien siempre, voluptuoso, se met\u00eda entre sus piernas, como si quisiera formar un nudo con ellas.<\/p>\n\n\n\n<p>Apresur\u00e9 mis pasos, porque no deseaba llegar retrasada a la sexta conferencia del curso. Me olvid\u00e9 de la idea de seguir tomando fotograf\u00edas: hab\u00eda tantos rincones y edificios hermosos en ese bulevar, que ya tendr\u00eda tiempo de capturar la mayor\u00eda de ellos. Cuando solo faltaban unas cuadras para llegar a la universidad, son\u00f3 mi tel\u00e9fono celular. Se extra\u00f1\u00f3 porque alguien la llamase y, al tercer timbrazo, respondi\u00f3. Jorge Luis la llamaba. Su coraz\u00f3n lati\u00f3 apresuradamente porque le intrig\u00f3 el hecho. Ya hab\u00edamos acordado que yo lo har\u00eda el fin de semana, o dentro de tres d\u00edas, me dije mientras me detuve; me llev\u00e9 la mano al o\u00eddo, porque casi no entend\u00eda lo que mi padre trataba de explicarme entre sollozos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entend\u00ed, finalmente, que \u2014hac\u00eda unas dos horas\u2014 mi compa\u00f1ero de vida, Grey del Carmen Torres Landa, hab\u00eda muerto. Que pese a que mi madre le hab\u00eda dicho que no me lo dijera, sino dentro de unos d\u00edas, \u00e9l no hizo caso a su recomendaci\u00f3n. Quer\u00eda que yo supiese que, por lo menos, tuvo un entierro digno. Les pidi\u00f3 a Luis Eduardo y a Hermes que lo envolviesen en una s\u00e1bana, junto con el espejo que Grey destroz\u00f3 con sus patas y hocico \u2014seg\u00fan me cont\u00f3 despu\u00e9s\u2014, mientras \u00e9l se dispon\u00eda a abrir el hueco para sepultarlo. No s\u00e9 todav\u00eda si eso que he relatado forma parte de alg\u00fan sue\u00f1o. Imaginando que hab\u00eda inventado todo, me limpi\u00e9 las l\u00e1grimas y, como si fuese una aut\u00f3mata, camin\u00e9 los metros que faltaban para llegar a la universidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La procesi\u00f3n de los caballos solos<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\">\u00ab\u2026 No lo vi m\u00e1s. \u00c9l se hab\u00eda ido.<br>Porque al caballo no se le pueden<br>nombrar las \u00e1nimas ni siquiera<br>lo que dura un breve,<br>vertiginoso rel\u00e1mpago\u00bb.<br>Juan S\u00e1nchez Pel\u00e1ez<br><em>Un caballo redondo<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\">A la memoria de mi amigo Manuel Medina Polo, desaparecido en<br>plena juventud creadora, y para la poeta Milagro Haack: una lecci\u00f3n<br>de vida en la b\u00fasqueda del poema perfecto.<\/p>\n\n\n\n<p>Como todos los d\u00edas, hace m\u00e1s de veinte a\u00f1os, David Alleno apart\u00f3 el pedazo de trapo que hac\u00eda de ventana en la habitaci\u00f3n del conventillo ocupado por \u00e9l frente a las m\u00e1rgenes del R\u00edo La Plata. Al abrir los ojos, despu\u00e9s de un sue\u00f1o entrecortado, en el cual se ve\u00eda como ni\u00f1o, lleno de laga\u00f1as, corriendo tras un caballo sobre el cual cabalgaban sus compa\u00f1eras de juego Milich\u00e9 y Aurora, se reconoci\u00f3 a s\u00ed mismo ya hombre, vestido para salir, sin m\u00e1s demoras, a tomar el tranv\u00eda. Aun despierto, desde su recuerdo, el ni\u00f1o miraba otra vez el cielo buscando a las ni\u00f1as. La imagen del caballo y de sus compa\u00f1eras de juego se hab\u00eda desvanecido. David termin\u00f3 de apartar el pedazo de trapo y mir\u00f3 hacia el cielo: de nuevo amanec\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya habr\u00eda tiempo de fantasear que segu\u00eda el curso del r\u00edo, junto a Milich\u00e9 y Aurora, sus amigas de infancia, quienes a\u00fan cabalgaban en la niebla, siguiendo el sonido de una sombra. Prefer\u00eda llevar ese recuerdo hasta la puerta, cuando Aurora y Milich\u00e9 entrar\u00edan tras \u00e9l al Cementerio en busca de un p\u00e1jaro. Deb\u00eda vestir su ropa tan r\u00e1pido como pudiese. No quer\u00eda arriesgarse a perder el tren que lo dejaba a solo cinco cuadras del Cementerio La Recoleta, donde manten\u00eda una implacable hoja de servicios como jardinero. Entre los cincuenta y tres obreros, jardineros y aseadores de tumbas, se enorgullec\u00eda de llegar siempre el primero y en ser el \u00faltimo en abandonar su sitio de trabajo, luego de despedirse de algunos de los personajes sepultados all\u00ed, con los cuales conversaba largo rato, mientras limpiaba sus sepulcros: Milich\u00e9 y Aurora, cabalgando en sus caballos de niebla y los p\u00e1jaros que doblaban la esquina guiando su vuelta a casa, podr\u00edan esperar. Siempre lo hac\u00edan, a tientas, en la niebla, se dijo, mientras se preparaba a tejer el invisible fuego: otro d\u00eda en el Cementerio. Quiz\u00e1, tambi\u00e9n, durante la noche de hoy le correspondiese amanecer all\u00ed, para suplir la ausencia de alg\u00fan celador. \u00bfSe cumplir\u00eda ese deseo secreto con el cual se dispon\u00eda a iniciar un nuevo d\u00eda?<\/p>\n\n\n\n<p>Entr\u00f3 en el tranv\u00eda. Se encontraba repleto de pasajeros. No quedaba un asiento vac\u00edo. Pero eso no impedir\u00eda que, aun de pie, agarrado con firmeza al tubo de seguridad, (como si anduviese de pie y recorriera las quince cuadras desde su casa hasta La Recoleta) no dejara de pensar en sus compa\u00f1eros de tr\u00e1nsito, sus amigos que, incluso muertos, no cesaban en sus ch\u00e1charas mientras \u00e9l limpiaba las veredas y tumbas. Milich\u00e9 y Aurora, a caballo, marchaban tras el tren. Aparec\u00edan y desaparec\u00edan a medida que terminaba de salir el sol y sus rayos entraban al tren, semejando crines de luz. As\u00ed la traves\u00eda se tornar\u00eda mucho m\u00e1s grata, lo mismo que la caminata cuando descendiese del tranv\u00eda seguido de las ni\u00f1as y el caballo de niebla.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando bajase del tren, disfrutar\u00eda de la caminata por la avenida Libertador; por la plaza Sicilia; por la calle Colombia hasta arribar a la avenida General Las Heras. En la traves\u00eda, se alegraba siempre de los p\u00e1jaros de Milich\u00e9 y de Aurora volando por la avenida Pueyrred\u00f3n, todos los d\u00edas. Al llegar all\u00ed, entrar\u00eda en el para\u00edso, donde no le importaba si ca\u00eda la noche; si se cerrasen las puertas y de nuevo quedara toda la noche como celador y prosiguiese, entonces, la conversaci\u00f3n con las almas de Macedonio Fern\u00e1ndez, de Eduardo Mallea, o de la joven Rufina Cumbaceres.<\/p>\n\n\n\n<p>Cumplida su faena, antes de salir del cementerio, cuando no se quedaba como celador, sacaba de su morral el cuaderno donde anotaba algunas an\u00e9cdotas del d\u00eda o retazos de historias, de leyendas sobre los personajes que dorm\u00edan all\u00ed. Solo despertaban cuando \u00e9l, provisto de su equipo de trabajo, empezara a limpiar sus moradas. Entonces, algunos de ellos, dispuestos a animar su faena, despertaban.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus labores de jardinero y celador, iban siempre acompa\u00f1adas de una atenci\u00f3n furtiva a las historias que sobre los personajes sepultados all\u00ed relataban los gu\u00edas del cementerio. Se las ingeniaba para pasar inadvertido. Escuchaba alguna an\u00e9cdota distinta sobre la joven que muri\u00f3 al despertar de un ataque de catalepsia a dos metros bajo tierra, o la historia del joven que insist\u00eda en creer que a\u00fan viv\u00eda: paseaba al atardecer, por veredas y calles, seguido de la misteriosa ni\u00f1a que, divirti\u00e9ndose, se escabull\u00eda de la mirada de su abuelo, que, asustado, la buscaba entre las tumbas. El anciano se tranquilizaba y respiraba hondo solo cuando encontraba a su nieta, unos treinta metros m\u00e1s adelante, con un ramito de claveles en sus manos, sin que el abuelo preguntase a la ni\u00f1a de d\u00f3nde hab\u00eda arrancado aquellas flores si nada m\u00e1s exist\u00edan rosales a la entrada al cementerio de La Recoleta. David desconoc\u00eda si ese relato lo imagin\u00f3 su hermano Juan. \u00bfAcaso aconteci\u00f3 realmente? Lo cont\u00f3 a Aurora y a Milich\u00e9, uno cualquiera de los d\u00edas en que ellas vinieron a visitarlo al cementerio, justo en el momento de su almuerzo. Como si tuviese alguna prisa en hablar con David, Milich\u00e9 se sent\u00f3 a su lado y de su bolso extrajo un papel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ven. Escucha esto. Quiero leerte un bello poema sobre el caballo. Se llama Un caballo redondo. Lo leer\u00e1s dentro de un siglo. Cuando vuelvas a nacer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo es eso? No pienso vivir tanto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Claro que vivir\u00e1s m\u00e1s de un siglo. No morir\u00e1s nunca.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo eso formaba parte de las excentricidades de Milich\u00e9, quien pas\u00f3 su vida encerrada, leyendo y escribiendo poemas que luego recitaba a Aurora, jugando a reescribir lo que le\u00eda hasta el d\u00eda que cumpliera los veinte a\u00f1os. Entonces decidi\u00f3 quedarse para siempre, noche y d\u00eda, sentada bajo un frondoso roble, en la calle Montes de Oca de La Recoleta. Siempre le\u00eda y reescrib\u00eda el mismo poema: Un caballo redondo, escrito, seg\u00fan dec\u00eda, por el poeta venezolano Juan S\u00e1nchez Pel\u00e1ez, quien volver\u00eda a nacer en Venezuela, un siglo despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando David decidi\u00f3 pasar el resto de su vida en el cementerio, se sentaba en el mismo banco y esperaba por Milich\u00e9, para o\u00edrla otra vez recitando el hermoso poema de S\u00e1nchez Pel\u00e1ez: lo le\u00eda de abajo hacia arriba, de arriba abajo, saboreando las palabras, como si fuesen hojas tiernas: \u00ab\u2026 un caballo redondo entra a mi casa \/ luego de dar muchas vueltas \/ en la pradera\u2026\u00bb, y tiene manchas en la sombra, como la ni\u00f1a trajeada con un abrigo color lila se paseaba entre las tumbas y jugaba a completar el poema antes de que Aurora llegara en su busca. La ni\u00f1a se acercaba a m\u00ed: me dec\u00eda que no tuviese miedo. Yo, David Alleno, quien no soy su abuelo y tan solo busco <em>las muchas manchas en la sombra y la estrella errante de las \u00e1nimas, \u00bfc\u00f3mo iba a sentir miedo de una ni\u00f1a aunque ambos fu\u00e9semos tan solo manchas en la sombra?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La ni\u00f1a del cuento que imagin\u00e9 mientras esperaba a Milich\u00e9 desapareci\u00f3 de mi vista como si formara parte de los caballos que vi entrando a mi casa, despu\u00e9s de haber le\u00eddo el reportaje sobre La procesi\u00f3n sobre los cien caballos, un rito celebrado en Cracovia: los caballos entraban en la catedral, uno a uno, conducidos por jinetes trajeados como caballeros medievales. Acced\u00edan por la puerta principal; los jinetes rezaban por un instante y, luego de orar, sal\u00edan a trav\u00e9s de una puerta lateral, mientras diez coros infantiles entonaban himnos y canciones en lat\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>David cerr\u00f3 el cuaderno: el sue\u00f1o hab\u00eda concluido. Al caballo no se le pueden nombrar las \u00e1nimas. Quiz\u00e1 Milich\u00e9 lo esperase sentada sobre el banco para volver a leer el poema. Apenas entrara en el tranv\u00eda, si consiguiese un asiento, extraer\u00eda su libreta de apuntes donde ella llevar\u00eda otro registro similar al m\u00edo, d\u00eda a por d\u00eda, a\u00f1o a a\u00f1o, de los retazos de conversaciones con sus amigos Juan Alberto Lartigau, secretario del jefe de Polic\u00eda, y Ram\u00f3n Falc\u00f3n, cuyo cuerpo reposaba muy cerca del joven que dorm\u00eda en brazos de su madre desde el d\u00eda del acto an\u00e1rquico que acab\u00f3 con su vida. Pero ni \u00e9l; ni Luz Mar\u00eda Garc\u00eda Velloso, muerta el d\u00eda de la celebraci\u00f3n de sus quince a\u00f1os, acostada ah\u00ed para toda la eternidad, aparec\u00edan en el registro. David cerr\u00f3 el cuaderno: qued\u00f3 con la imagen de la doncella que esperaba el inicio de la fiesta en su honor. Dorm\u00eda junto a su madre: desconsolada, tras la muerte de su hija. Su madre obtuvo permiso del administrador del cementerio para permanecer a su lado, durante casi un siglo, desde el atardecer hasta el rompimiento de la luz del alba. \u00bfCu\u00e1ntas veces no encontr\u00e9 a la se\u00f1ora saliendo del camposanto cuando yo me dispon\u00eda a entrar?<\/p>\n\n\n\n<p>Milich\u00e9 y Aurora, sentadas junto a \u00e9l, compartiendo el asiento en el tranv\u00eda, camino al cementerio, con un p\u00e1jaro sobre su hombro, se intrigaron al ver la fotograf\u00eda de Liliana Crociati, parada frente a la puerta del monumento construido por su padre, junto a Sab\u00fa, su perro muerto, en el mismo momento en que su due\u00f1a, a diez mil kil\u00f3metros de distancia, mor\u00eda tapiada por un alud de nieve en unas monta\u00f1as de Austria, el primer d\u00eda de su luna de miel. Quiz\u00e1, ni Milich\u00e9 ni Aurora, viajasen con \u00e9l en esta traves\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero David intu\u00eda su presencia. Las sinti\u00f3 pasear junto a \u00e9l, a trav\u00e9s de un paisaje olvidado. Milich\u00e9 le\u00eda el poema titulado <em>Un caballo redondo<\/em>. \u00bfEse caballo entr\u00f3 con ella al tranv\u00eda? Acaso el caballo y David, dispuestos a seguir a las ni\u00f1as al cementerio, se habr\u00edan bajado del tranv\u00eda como tambi\u00e9n lo hizo el general Tom\u00e1s Guido, quien habitaba el monumento m\u00e1s humilde, levantado con cemento y piedras por su hijo Carlos Guido: su padre se sentir\u00eda c\u00f3modo en aquella humilde gruta, hasta el d\u00eda que sus restos fueran trasladados a la catedral de Buenos Aires, junto a su compa\u00f1ero inmortal el general Jos\u00e9 de San Mart\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi no se le ve\u00eda entrar o salir de su gruta, pens\u00f3 David, un tanto nost\u00e1lgico, sin que la tristeza ahogase el sentimiento de exaltaci\u00f3n que se produc\u00eda, a diario, entrada ya la noche, cuando ve\u00eda deambular por calles y avenidas de La Recoleta al coro de las hermosas \u00e1nimas de Luz Mar\u00eda Garc\u00eda Velloso, Liliana Crociani, Aurora Ramos, Rufina Cambaceres, quien fue enterrada viva y mor\u00eda dos veces a cada amanecer, al despertar y caer en cuenta que hab\u00eda sido sepultada en vida. Todas ellas corr\u00edan detr\u00e1s de caballos que avanzaban seguidos por los p\u00e1jaros. Acaso los p\u00e1jaros revoloteaban tras ellas en el sue\u00f1o. Pero a Aurora le daba lo mismo ser caballo o p\u00e1jaro.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde el 29 de noviembre de 1882, cuando su hermano Juan, uno de los primeros celadores del cementerio, lo invit\u00f3 a venir a unirse al grupo de jardineros y cuidadores, han transcurrido m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Esperaba con ansia los amaneceres y atardeceres que marcar\u00edan el tr\u00e1nsito por un mundo que desde ni\u00f1o le atra\u00eda: cu\u00e1nto desespero emerg\u00eda de mi alma de infante mientras esperaba vestir pantal\u00f3n largo y unirme al grupo de celadores para confundirme con las \u00e1nimas que entraban y sal\u00edan del cementerio; paseaban por las avenidas, calles y veredas del cementerio La Recoleta, o atravesaban el port\u00f3n aunque estuviese cerrado. Una vez en la calle, se desplazaban por la avenida General Las Heras, mientras, David cavaba o bat\u00eda mezcla; amontonaba piedras y, finalmente, junto con su hermano Juan o los hermanos Guido, contemplaban dos, tres, cinco monumentos concluidos en una semana.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella ciudad crec\u00eda todos los d\u00edas. Incluso para \u00e9l, que ya ten\u00eda quince, veinte a\u00f1os en aquel templo de trescientas dos calles y sesenta veredas, unos dos mil quinientos monumentos, uno m\u00e1s hermoso que otro, la ciudad nac\u00eda todos los d\u00edas. \u00bfCu\u00e1l ser\u00eda el m\u00e1s bello de los monumentos? \u00bfAcaso el de Liliana Crociani, muerta cuando se encontraba en su luna de miel? Una puerta triple, de tres hojas en forma de agujas, rodeadas de flores que nunca se marchitaban, velaban, para toda la eternidad, su sue\u00f1o inmortal junto a Sab\u00fa, su amado perro. A veces pensaba que el monumento m\u00e1s hermoso ser\u00eda el edificado a la memoria de Rufina Cambaceres, construido en estilo barroco con triples arabescos anudados a la puerta doble: una puerta de entrada y otra que conduc\u00eda al sepulcro. Una tumba que \u2014seg\u00fan su hermano Juan\u2014 asemejaba parte del carro del profeta El\u00edas. A veces cre\u00eda que el monumento m\u00e1s fastuoso ser\u00eda el erigido a la memoria de Federico Leloir: un templo cuadrangular coronado en una c\u00fapula en cuyo interior resaltaba el Cristo redentor con los brazos abiertos, tan parecido a su hermano David, remarcaba Juan, cuando guiaba a alg\u00fan visitante y lo animaba a admirar a ese Cristo realizado en telas de colores, todas bordadas en oro.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 deb\u00eda a su hermano el brote de un profundo deseo empozado en su alma y en su coraz\u00f3n: una especie de ahogo, de impaciencia. Casi no lo dejaba realizar sus labores cotidianas con tranquilidad. Dejaba la pala por un rato. Apartaba la ch\u00edcora y el barret\u00f3n; empujaba la carretilla cargada de piedras; se sentaba unos segundos a observar el cielo. \u00bfC\u00f3mo ver\u00eda yo las nubes y el cielo desde una tumba, en la cual, de pie, atento al paso de los visitantes que me observar\u00edan, trajeado con mi uniforme de faenas con un gran lazo que adornar\u00e1 mi cuello, sosteniendo la pala en la mano izquierda y un enorme candado con distintas llaves? El sombrero, levemente ladeado, no permitir\u00eda discernir hacia d\u00f3nde veo realmente: si hacia el cielo o hacia uno de los siete dibujos que adornan el frontis del cementerio. Quiz\u00e1 me quedar\u00e9 con las im\u00e1genes del huso y la tijera, que los gu\u00edas del camposanto, en sus charlas a los visitantes, interpretaban como signos de la lucha, de la muerte y de la vida. O mirar\u00e9, para toda la eternidad, a la abeja convertida en carne por m\u00ed mismo: carne viva, a cada momento, noche y d\u00eda, hasta el instante de tomar la decisi\u00f3n de construir mi propio mausoleo, aunque tardase veinte o m\u00e1s a\u00f1os para terminarlo. As\u00ed, como la abeja, fui amontonando monedas y piedras. Fui tambi\u00e9n el b\u00faho y el reloj de agua mientras mezclaba r\u00edo y piedra: no dejaba de pensar en el momento en el cual yo pasara a ser el due\u00f1o del monumento m\u00e1s admirado de La Recoleta.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando mi hermano Juan Jos\u00e9 gan\u00f3 el primer premio en la loter\u00eda del municipio, reparti\u00f3 la mitad del dinero, hasta el \u00faltimo peso, entre mis padres, mi hermana Silvina, entre mis hermanos Jorge Luis, Manuel, tambi\u00e9n celadores en el cementerio, yo intu\u00ed que mi sue\u00f1o se tornar\u00eda real. Al d\u00eda siguiente de tener el dinero donado por mi hermano, no hab\u00edan pasado diez minutos de aquel 23 de julio de 1885, cuando \u2014estando limpiando el Mausoleo de don Eustoquio D\u00edaz V\u00e9lez, patriota de la Revoluci\u00f3n de Mayo, como si \u00e9l mismo me animara a suspender mi faena\u2014 retorn\u00e9 a la entrada del lugar. Me tom\u00e9 una fotograf\u00eda de frente, vestido con mi uniforme y todos los aperos de faena de David Manuel Alleno. Sal\u00ed de La Recoleta decidido a cumplir mi sue\u00f1o. De pie, como permanecer\u00eda en mi monumento, esboc\u00e9 una sonrisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Tom\u00e9 la fotograf\u00eda entre mis manos y volv\u00ed al principio. La serpiente se mord\u00eda la cola, como lo hac\u00eda la culebra del frontis. El \u00e1nima de don Eustoquio me ilumin\u00f3 el siguiente paso. \u00bfPor qu\u00e9 raz\u00f3n demorar su viaje a G\u00e9nova, si ya lleg\u00f3 el momento de que usted contacte al escultor Antonio Canessa, artista que ha dise\u00f1ado muchas de las obras de arte de este cementerio?, parec\u00eda repetirme don Eustoquio, a manera de sabio consejo. Sin pensarlo dos veces, tom\u00e9 un vapor. Me march\u00e9 a G\u00e9nova a contactar al artista y pagar por adelantado el encargo. No importaba si pasaran meses o un a\u00f1o en tener todas las partes de mi estatua. Con suerte, quiz\u00e1 don Antonio Canessa me la enviase ensamblada.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni Juan, ni mis padres, ni el resto de mis hermanos sabr\u00edan de mis noches y amaneceres fundidos en la espera de aquella encomienda que vendr\u00eda de G\u00e9nova, a mi nombre, directamente al cementerio. Nadie se extra\u00f1ar\u00eda del hecho. Hab\u00eda recibido anteriores env\u00edos. Pero como no imaginaba cu\u00e1ndo ni a qu\u00e9 hora arribar\u00eda este, decid\u00ed, por d\u00edas, meses, casi un a\u00f1o, dormir en el cementerio, junto a la b\u00f3veda destinada al mausoleo de David Alleno, el celador m\u00e1s fiel del camposanto. Pasaba largas noches, d\u00edas enteros, tratando de adivinar o de incluir m\u00e1s significados a las once alegor\u00edas del frontis de La Recoleta. Ya lo dije: yo era la abeja. Lo anot\u00e9 en el grueso cuaderno en el cual registraba o inventaba historias nuevas a los habitantes de los distintos mausoleos, mis pr\u00f3ximos compa\u00f1eros de vida en ese templo, nombrado, tambi\u00e9n, por la cruz y la P: la paz de Cristo en todos los cementerios; la corona: voto del recuerdo permanente; La esfera y las alas: David Alleno con distintos nombres; el manto sobre la urna: el cofre y la corona de rosas y de malabares que jam\u00e1s me faltar\u00edan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfAcaso no soy el due\u00f1o de todos los jardines, de ciento dos calles, de trece avenidas y de diecisiete veredas destinadas a m\u00ed, confiadas por quienes a\u00fan so\u00f1aban en sus mausoleos? La serpiente: noche y d\u00eda, sin comienzo ni fin, seguida de Las antorchas con llamas descendientes, como si siguieran tras las crines de los cien caballos que entraban y sal\u00edan del cementerio: yo mismo repartido en sus crines. Los caballos, \u00bfcu\u00e1ndo volver\u00edan?, \u00bfcu\u00e1ndo retornar\u00edan para quedar trotando entre mis ojos? Yo mismo ser\u00e9 El B\u00faho que no despierto; que no duermo. Me convierto en La serpiente en busca del Reloj de agua o quiz\u00e1 de la propia Clepsidra: ese reloj no se\u00f1alaba si anochec\u00eda o si amanec\u00eda en mi cabeza al trote de los cien caballos que ya part\u00edan; ya retornaban de su \u00faltimo viaje. Volver\u00edan como arrib\u00e9 yo mismo, fragmento por fragmento. Primero mi cabeza con mi lazo: esa cabeza que luc\u00eda un sombrero ladeado y un cresp\u00f3n en el cuello. David dibujar\u00e1 un amago de sonrisa. Porque quedar\u00eda atento en su dulce sue\u00f1o al trote de los cien caballos que me empujaron sobre las piedras, cuando me vi completo, entero, de pie, mirando a los visitantes, oyendo sus susurros, su trote, el golpe de mi cabeza contra un mont\u00f3n de piedras. \u00bfPara qu\u00e9 seguir esperando el alba en mi cuarto, frente al R\u00edo La Plata, si ten\u00eda ya mi casa, mi cuerpo de pie, con la mirada atenta hacia la amplia rotonda de donde part\u00edan las avenidas principales, con la escultura de Cristo de Pedro Zonza Briano, y no podr\u00eda seguir viviendo ahora cuando, finalmente, termin\u00e9 mi morada?<\/p>\n\n\n\n<p>Las piedras sobrantes, una vez que termin\u00e9 de ensamblar mi monumento en La Recoleta las hab\u00eda tra\u00eddo a casa. Una por una, seguido de los caballos que parec\u00edan reconocer ese espacio como otra morada y no su pampa. O su pampa era mi cabeza, mi d\u00e9bil cabeza de abeja, mi atenta mirada de b\u00faho para calcular mi ca\u00edda sobre las piedras. Los caballos no reconocieron mi sangre. Pero mis padres y hermanos me levantaron. Milich\u00e9 y Aurora, la ni\u00f1a del abrigo lila, se acercaron. Dejaron caer sobre mi cuerpo p\u00e9talos de rosa y de claveles, mientras los caballos se dispon\u00edan a seguirlas. Mis padres, mis hermanos comprobaron que, supuestamente, hab\u00eda muerto al caer sobre las piedras colocadas justo al borde de aquel quicio, camino hacia el reducido espacio del ba\u00f1o, que marcaba el inicio de mi otra estampida, tras uno de los cien caballos que pas\u00f3 de largo frente a mi estatua, desde donde David Alleno se qued\u00f3 mir\u00e1ndolo, antes de reiniciar el trote siguiente, el otro vuelo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-napoleon-oropeza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El hu\u00e9sped invisible \u00abEl hombre es un muerto que juega con muertos\u00bb. Jorge Luis Borges A Leonardo Mazzei, por las horas compartidas tratando de comprender el misterio de la poes\u00eda y a Maritza Quintero: por los caminos de luz que abren en m\u00ed su amistad. Sof\u00eda, justo antes de atravesar la puerta que separaba a [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":10294,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18459"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=18459"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18459\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":18463,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18459\/revisions\/18463"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/10294"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=18459"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=18459"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=18459"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}