{"id":18314,"date":"2024-09-23T16:29:00","date_gmt":"2024-09-23T20:59:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18314"},"modified":"2026-02-19T17:37:22","modified_gmt":"2026-02-19T22:07:22","slug":"aproximaciones-a-la-ficcion-breve-de-antonio-lopez-ortega","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/aproximaciones-a-la-ficcion-breve-de-antonio-lopez-ortega\/","title":{"rendered":"Aproximaciones a la ficci\u00f3n breve de Antonio L\u00f3pez Ortega"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Carlos Pacheco<\/h4>\n\n\n\n<p>Traviesos, nerviosos, irreverentes, los textos de Antonio L\u00f3pez Ortega se niegan a quedarse quietos sobre la mesa del cr\u00edtico. A pesar de present\u00e1rsenos en los sucesivos libros organizados por sus respectivas fechas de publicaci\u00f3n, su estructura de secciones y su secuencia marcada por un \u00edndice normativo, este conjunto de casi trescientos relatos, la mayor\u00eda de ellos de llamativa brevedad, se niega a ser fijado en eso que solemos llamar un corpus narrativo. Prefieren moverse \u00e1gilmente, intercambiando correspondencias y variantes, refractando unos en los otros sus brillos y opacidades, reaccionando a la mirada lectora como una inquieta escuela de peces que por un instante nos ofrece una cierta forma de conjunto, para inmediatamente transformarse, cambiar s\u00fabitamente su contorno y su rumbo, y dispararse \u00e1vida en otro sentido, en busca de otro sentido.<\/p>\n\n\n\n<p>Las calidades de esa escritura est\u00e1n all\u00ed sin duda. Y a lo largo de ese viaje lectural que es ante todo la operaci\u00f3n cr\u00edtica, voy registrando, en notas a\u00fan provisionales las recurrencias de factura y de tem\u00e1ticas, los \u00e9nfasis y peculiaridades de las estrategias narrativas, el dise\u00f1o de personajes y episodios, de tramas y desenlaces. Al vincular notas, marcas y subrayados, percibo, es cierto, un conjunto de rasgos que singularizan al escritor, al tiempo que permiten visualizar su pr\u00e1ctica est\u00e9tica tambi\u00e9n como un viaje, como un itinerario a la vez cumplido y en proceso. Pero no dejo de constatar la renuencia de estos textos a ser caracterizados, definidos, sistematizados.<\/p>\n\n\n\n<p>En lugar de seguir entonces, en mi viaje, la ruta establecida por ese c\u00f3digo vial de lectura que son los libros, decido infringirla, ignorarla. Acepto el reclamo del cardumen a continuar vivo, movi\u00e9ndose ante mis ojos. Con la intenci\u00f3n probablemente vana de captar ese movimiento de unos textos refractarios a la caracterizaci\u00f3n est\u00e1tica, a la captura conceptual, me dispongo m\u00e1s bien ofrecer en estas palabras de presentaci\u00f3n una secuencia de algunas instant\u00e1neas de ese cardumen narrativo tal como fueron captadas por mi retina de subacu\u00e1tico lector.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de iniciar ese despliegue, en beneficio de la audiencia, y cediendo por un momento a mis usos y costumbres de docente y de investigador que me inclinan a ubicar y a documentar, enumero los t\u00edtulos y fechas que conforman una trayectoria literaria de m\u00e1s de 20 a\u00f1os que ha alcanzado ya relieve significativo en el proceso de la narrativa venezolana. La participaci\u00f3n de Antonio en esa aventura juvenil y colectiva que fue <em>Ritos c\u00edvicos<\/em> (1980), as\u00ed como los textos de <em>Larvarios<\/em> (1978) y el volumen <em>Armar los cuerpos <\/em>(1982) conforman lo que \u00e9l suele llamar la prehistoria de su escritura. Son conjuntos de relatos que surgen de la experiencia del grupo La Gaveta Ilustrada, de la Universidad Sim\u00f3n Bol\u00edvar, y del taller de narrativa del CELARG; conjuntos que albergan las indagaciones iniciales de un narrador decididamente encaminado a encontrar y a desarrollar sus propios impulsos est\u00e9ticos. <\/p>\n\n\n\n<p>A un segundo momento, lo que \u00e9l ha llamado \u201cla etapa parisina\u201d pertenecen <em>Cartas de relaci\u00f3n<\/em> (1982) y los inclasificables textos de <em>Calendario<\/em> (1990), dos conjuntos en cuya concepci\u00f3n y realizaci\u00f3n est\u00e9ticas relucen ya indiscutibles la autonom\u00eda y la originalidad de un creador maduro. <em>Naturalezas menores<\/em> (1991) y <em>Lunar<\/em> (1997), libros hermanados por una propuesta com\u00fan y m\u00e1s propiamente narrativa, constituyen lo m\u00e1s reciente de su producci\u00f3n y ser\u00e1n, junto a <em>Calendario<\/em>, el objeto principal de mi atenci\u00f3n en adelante.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La instant\u00e1nea inicial, la pulsi\u00f3n b\u00e1sica que primero impacta en la narrativa de L\u00f3pez Ortega es la mirada, la pr\u00e1ctica de la observaci\u00f3n, la preeminencia de lo visual. Los narradores de estos relatos alojan en sus \u00f3rbitas unos ojos atentos y voraces que no quieren perder detalle de lo que pueda ser visto. Por eso la frecuencia de descripciones puntual\u00edsimas y exactas a pesar de ser sucintas. Por eso a menudo la historia, a partir precisamente de observaciones minuciosas, se construye como una escena y se desarrolla como una puesta en escena que la escritura despliega ente los ojos del lector-espectador. El narrador cuenta en primera instancia lo que ha visto, lo que recuerda haber visto con los ojos entrenados de un fot\u00f3grafo como el Roberto Michel de \u201cLas babas del diablo\u201d , de Cort\u00e1zar.<\/p>\n\n\n\n<p>Secundariamente, participan los dem\u00e1s sentidos que son siempre m\u00e1s de cinco y que andan tambi\u00e9n por el mundo con apetito de percibir. Por eso el relato parte en ocasiones de una fotograf\u00eda, esa met\u00e1fora mec\u00e1nica de la impresi\u00f3n visual, y el enfoque narrativo es comparable a un encuadre con una gama de amplitudes que va desde la panor\u00e1mica de un paisaje hasta el close-up de p\u00e1rpado, de un tobillo, de una semilla de aguacate. Se trata pues de mirar intensamente. En Calendario, de manera especial, se trata de mirar lo rara vez mirado, el env\u00e9s de las cosas, su lado oscuro, imperceptible, explorando en la sin\u00e9cdoque la trascendencia de los detalles no advertidos, para alcanzar un sentido m\u00e1s profundo, existencial o po\u00e9tico, que yace en lo mirado. Se trata en definitiva de un magnetismo hacia la experiencia del acontecer, una necesidad de no dejar pasar la vida por delante sin asirla a trav\u00e9s de la percepci\u00f3n, sin atesorarla a trav\u00e9s de la memoria, sin registrarla a trav\u00e9s de la escritura.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 es lo que observa ese ojo avizor? Los objetos predilectos, los focos de atenci\u00f3n de esas asiduas miradas podr\u00edan configurar un segundo abordaje a este d\u00factil conjunto de relatos. Si nos pregunt\u00e1ramos entonces por los ejes tem\u00e1ticos, por los tipos de personajes m\u00e1s frecuentes y por los emplazamientos favoritos de estas historias, notar\u00edamos enseguida que, aunque en los diversos libros ellas se propongan alternadas, aunque fluyan entremezcladas como peces de diferentes formas y colores, muy pronto, al avanzar la lectura, empezamos a constatar afinidades develadoras de tendencias y de impulsos que permitir\u00edan una doble clasificaci\u00f3n: por una parte -pulsi\u00f3n centr\u00edfuga- las que tienden a una multiplicidad dispersiva de escenarios y protagonistas; por la otra -pulsi\u00f3n centr\u00edpeta- las que se organizan en torno<br>a la trayectoria vital de un rara vez nombrado protagonista ficcional. <\/p>\n\n\n\n<p>En el primer caso, en relatos como \u201cTransfusi\u00f3n\u201d , \u201cTanto depende\u201d o \u201cLa china Chen\u201d, los espacios ficcionales son por supuesto m\u00faltiples (desde la barcaza sobre el Misissippi hasta una imaginada habitaci\u00f3n conyugal en Ciudad del Cabo), mientras la concepci\u00f3n de las tramas pareciera entretenerse en la contemplaci\u00f3n de la diversidad cosmopolita de personajes muy dis\u00edmiles cuyos destinos se cruzan por azar para revelar en ese instante de confluencia su com\u00fan y compartida humanidad. Las historias que responden al segundo impulso llegan a organizarse n\u00edtidamente en torno al itinerario vital de ese personaje reiterado como sujeto de experiencias, observaciones, memorias y recuentos. <\/p>\n\n\n\n<p>Sentidas evocaciones de sus mayores, tiernas y tambi\u00e9n terribles memorias de infancia se intercalan entonces a lo largo de los libros con an\u00e9cdotas de cofrad\u00edas adolescentes y primeros amores, con instant\u00e1neas de viaje, con episodios de encuentros y desencuentros de m\u00faltiples parejas, con escenas s\u00f3lo aparentemente banales de vida familiar. Los lugares reiterados de estas ocurrencias (el campo petrolero, el club, ciudades como Caracas o Par\u00eds, paisajes de las Canarias, la villa de Bellagio, en el norte de Italia, las rutas y parajes vacacionales) no tardan entonces en identificarse como los escenarios de una vida cuyos vestigios van siendo rescatados a trav\u00e9s de la memoria y la escritura. Una vida, entonces: \u00bfla vida de qui\u00e9n?<\/p>\n\n\n\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La aparente correspondencia de situaciones narrativas como las que acabamos de mencionar con la trayectoria biogr\u00e1fica del autor real propone una nueva clave de lectura que abre la posibilidad de un tercer acercamiento. No se trata por supuesto, me apresuro a aclarar, de asumir una lectura de estos relatos a partir de alg\u00fan supuesto verismo testimonial. Ellos son, definitivamente y sin lugar a dudas, ficciones. S\u00f3lo que son ficciones organizadas, como propusiera acertadamente Julio Miranda, en torno a un \u201cprotagonista intratextual\u201d que asoma ya en algunos textos de <em>Armar los cuerpos<\/em> y que \u201cseguir\u00e1 cont\u00e1ndonos su vida en <em>Cartas de relaci\u00f3n, Naturalezas menores y Lunar<\/em>\u201d. <\/p>\n\n\n\n<p>Lo que presenciamos a trav\u00e9s de la secuencia fragmentaria de estas narraciones es entonces la construcci\u00f3n de un sujeto, de un yo, de un personaje y narrador ficticio que funcionar\u00e1 como n\u00facleo organizador de la galaxia de historias que nos ocupa. A ese casi siempre an\u00f3nimo protagonista pertenece el ojo avizor que nos encandilaba con su perspicacia en nuestra primera instancia cr\u00edtica. El es el sujeto de las experiencias que fragmentariamente se nos van entregando a lo largo de la mayor\u00eda de los relatos. Es \u00e9l quien las vive, quien las rememora, quien las reconstruye minuciosamente a trav\u00e9s de una incansable dedicaci\u00f3n a la escritura en aquellos relatos que, por esa precisa raz\u00f3n, hemos denominado centr\u00edpetos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no s\u00f3lo en ellos. Es \u00e9l tambi\u00e9n, me atrever\u00eda a proponer, o una variante suya, quien reflexiona sobre esa experiencia en la quietud de  una biblioteca parisina, quien la problematiza, quien la elabora po\u00e9ticamente, en esos textos compactos, esf\u00e9ricos, sin desperdicio alguno, que conforman el volumen Calendario. Es m\u00e1s, podr\u00eda pensarse que es ese mismo narrador quien recoge y enuncia las historias dispersivas de los textos que hemos llamado centr\u00edfugos, quien acopia las experiencias ajenas (vividas a veces frente al televisor, como en \u201cEl muro\u201d) para luego reimaginarlas y elaborarlas desde su propia perspectiva, desde su insaciable sed de contar. <\/p>\n\n\n\n<p>Es exactamente eso lo que ocurre, como permiten establecer las dedicatorias y los nombres de los protagonistas, en textos como \u201cCriaturas\u201d o \u201c Identidad\u201d, donde se juega con la referencia a sujetos reconocibles por el lector como Armando Romero o Manuel Espinoza. De esta manera, aunque la mediaci\u00f3n de ese omnipresente narrador ficticio nos obligue a descartar del todo una plana lectura autobiogr\u00e1fica, m\u00faltiples indicios de ordentem \u00e1tico (entre ellos los nombres propios de los personajes, como sucede en \u201c El nadador\u00bb o en \u201cMiraca\u201d) nos se\u00f1alan una consciente voluntad de velar y revelar a la vez, en el propio texto, esa relaci\u00f3n fantasm\u00e1tica entre el protagonista ficcional y su creador, en un juego de complicidades con el lector que forma parte en muchos textos de la letra gruesa del contrato de lectura.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ese yo del narrador se transforma en un nosotros, como sucede a menudo, se pone de manifiesto m\u00e1s claramente lo que podr\u00edamos llamar su funci\u00f3n dentro de la din\u00e1mica narrativa. En efecto, ese narrador cuando se manifiesta, a trav\u00e9s de la primera persona del plural, como parte de distintas colectividades (como hijo o como padre dentro de un grupo familiar, como miembro de un clan adolescente, de un grupo de amigos adultos o de una pareja), queda claro su papel como catalizador en el acto de contar. A parece entonces el cronista, aqu\u00e9l que asume la responsabilidad de ser memoria y voz de esas \u201ctribus\u201d particulares y diminutas. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l encarna esa necesidad, seguramente sentida tambi\u00e9n por otros, de que ciertos eventos no sean olvidados, de que perduren como historias, como cuentos, respondiendo a un impulso ancestral vinculable, como nos recuerda Walter Benjamin, con la misi\u00f3n de los narradores en las culturas orales tradicionales. En algunos relatos (como en el caso de \u201cRetrato hablado\u201d) el nosotros incluye tambi\u00e9n al lector, expresando as\u00ed una nueva complicidad con \u00e9l al referirse, dentro de la historia, a las operaciones narrativas mismas, en una nueva vuelta de tuerca discursiva que hace ingresar estos relatos en la \u00f3rbita<br>de la metaficcionalidad.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>V<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En algunas de las historias ocurren hechos que podr\u00edamos llamar trascendentes en s\u00ed mismos a causa de la gravedad de sus implicaciones, de la presencia de la muerte que parece acechar a menudo en cualquier esquina: un asesinato como en \u201cFisuras\u201d o en \u201cLa r\u00e9plica\u201d , un accidente probablemente fatal como en \u201cRamo de lim\u00f3n florido\u201d, el asalto de \u201cRetrato hablado\u201d. En muchos de los relatos de <em>Lunar<\/em> y de <em>Naturalezas menores<\/em>, sin embargo, nos movemos en el territorio de lo ordinario, de lo banal; en ocasiones, en la m\u00e1s absoluta cotidianeidad. <\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los logros de esta narrativa es precisamente rescatar esa banalidad de la insignificancia. Al ser mirada con atenci\u00f3n, al ser percibida o recordada y luego narrada con tanta intensidad y gracia, la an\u00e9cdota olvidable, prescindible, se transforma en cuento. Y es que podr\u00eda decirse, usando un t\u00e9rmino de la narratolog\u00eda, que en muchos de estos textos lo cotidiano se narrabiliza a trav\u00e9s de esos procedimientos; es decir, se vuelve digno de ser contado. <\/p>\n\n\n\n<p>Como hay un af\u00e1n de aprehender algo de la evanescente realidad, una avidez de acceder al \u201crev\u00e9s de las cosas\u201d, los archivos de la memoria son saqueados de todas sus semillas de historias. Aunque sea por retazos, por fragmentos apenas, aparentemente inconexos, las ficciones de L\u00f3pez Ortega, revelan as\u00ed una voluntad de no olvidar, de revelar y mantener vivas como ficciones las potencialidades de trascendencia, de significancia, que alientan en cualquier acto y situaci\u00f3n humanos. En \u201cPor una literatura menor\u201d y en varios otros textos de su volumen de ensayos <em>El camino de la alteridad<\/em>, puede leerse la formulaci\u00f3n de esta propuesta est\u00e9tica como una n\u00edtida po\u00e9tica narrativa.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>VI<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>No es nada extra\u00f1o, por cierto, que varias de esas po\u00e9ticas se encuentren tambi\u00e9n en los libros ficcionales de L\u00f3pez Ortega, como ocurre con el fragmento de Calendario correspondiente al 15 de mayo. Nada extra\u00f1o tampoco que algunos relatos se dilaten en exploraciones metanarrativas. Y es que en este cardumen de ficciones que hemos venido observando, la pr\u00e1ctica de la escritura, ese trayecto de innumerables opciones que es el acto de escribir, no es s\u00f3lo un instrumento trabajado con tenacidad a la vez profesional y devota, sino un objeto ella misma de observaci\u00f3n y reflexi\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Lo mismo ocurre con el acto de narrar en que esa escritura resulta de manera preeminente. Las instancias de la producci\u00f3n del relato (la fuente de un sucedido, el contraste y confiabilidad de las diversas versiones, la perspectiva m\u00e1s adecuada para referirlo) emergen as\u00ed para formar parte de la historia misma. Este inter\u00e9s de Antonio por el oficio, por las vetas y pulsiones internas, menos obvias del acto de escribir y de narrar se manifiesta tambi\u00e9n y finalmente en la heterodoxia gen\u00e9rica que caracteriza sus textos.<\/p>\n\n\n\n<p>Podr\u00edamos por supuesto denominar cuentos o minicuentos a muchos de ellos; a otros, poemas en prosa. Y lo son sin duda de alguna manera. Pero hay algo m\u00e1s. Los paradigmas de g\u00e9nero se agrietan, se fracturan por varios lados. Se fracturan por el l\u00fadico engarce con lo autobiogr\u00e1fico de que habl\u00e1bamos<br>antes. Fracasan tambi\u00e9n por la frecuentaci\u00f3n no menos l\u00fadica y est\u00e9ticamente consciente de algunos g\u00e9neros llamados menores y de alguna manera anacr\u00f3nicos o latentes como los apuntes de viaje, los cuadernos de notas, las cartas o el diario. Se vuelven especialmente in\u00fatiles frente a los textos de <em>Calendario<\/em>, que -aunque amparados en apariencia por la forma diario- permanecen renuentes a la clasificaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>La tersura del estilo y el juego con el ritmo, la intensificadora brevedad en un arriesgado juego con lo impl\u00edcito y lo fragmentario, el marco narrativo aportado por el personaje narrador y su ubicaci\u00f3n en la biblioteca, re\u00fanen tipos de enunciado muy diversos: de la confesi\u00f3n y el soliloquio introspectivo al ensayo, pasando por el poema en prosa, por el minirrelato motivado por la m\u00e1s fugaz de las percepciones, por la novela en gestaci\u00f3n o los materiales para escribirla, como acertadamente<br>apuntara Julio Ortega.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>VII<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuidadosa y meditada, esta apuesta por la renuncia al formato, a la convenci\u00f3n, a la norma, es un nuevo argumento para postular finalmente cada uno de los textos de Antonio L\u00f3pez Ortega como parte de una b\u00fasqueda persistente de lo nuevo y de lo propio; tanto de lo que por sincronismo epocal corresponde al momento de su escritura, como de aquella otra correspondencia m\u00e1s \u00edntima, m\u00e1s raigal, con los dilemas y las preocupaciones que lo marcan como hombre y como escritor. Una b\u00fasqueda, en otras palabras, que acusa claramente los signos de su inserci\u00f3n en las est\u00e9ticas de la posmodernidad y el fin de siglo, mientras al tiempo hace visible sus gestos y pulsiones caracter\u00edsticas e intransferibles.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque renuente a cualquier fijaci\u00f3n y persistente en su vivacidad en movimiento, este cardumen de ficciones nos ha cedido sin embargo algunos de sus perfiles: la mirada implacable; la cacer\u00eda tenaz de historias virtuales en los territorios de la memoria y la percepci\u00f3n; la construcci\u00f3n de un sujeto, de una alteridad ficcional, que se divierte jugando a ser la sombra de su autor; la exitosa persecuci\u00f3n de lo contable, de lo relevante, de la significaci\u00f3n, en aquello que pareciera ocurrencia fugaz y deleznable; la iluminaci\u00f3n del env\u00e9s de la realidad; la meditaci\u00f3n sostenida sobre ese escribir y ese narrar en el momento mismo de realizarlos como pr\u00e1cticas; la productiva violaci\u00f3n de los c\u00f3digos gen\u00e9ricos\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Los puntos suspensivos cedan paso ahora a la lectura. Pronto, estoy seguro, con la participaci\u00f3n de este auditorio de lectores, ella permitir\u00e1 que aparezcan nuevas y tambi\u00e9n fugaces siluetas de ese cuerpo plural y en movimiento.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/carlos-pacheco\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Pacheco Traviesos, nerviosos, irreverentes, los textos de Antonio L\u00f3pez Ortega se niegan a quedarse quietos sobre la mesa del cr\u00edtico. 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