{"id":18258,"date":"2026-02-05T16:44:43","date_gmt":"2026-02-05T21:14:43","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18258"},"modified":"2026-02-05T16:44:44","modified_gmt":"2026-02-05T21:14:44","slug":"naturalezas-menores","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/naturalezas-menores\/","title":{"rendered":"Naturalezas menores (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>El despertar<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Reunidos una tarde en el dique que resguardaba al campo del lago, pescando con los ojos las agujetas que nadaban bajo los co\u00e1gulos flotantes de petr\u00f3leo y se aproximaban suspicaces a las rocas de la base, Daniel hizo nuestras las im\u00e1genes de una historia que \u2014le\u00edda o vista en la televisi\u00f3n\u2014- lo obsesionaba:<br>\u00abUn capit\u00e1n de barco est\u00e1 en un bar de mala muerte. Imag\u00ednatelo vestido de negro y con uniforme antiguo. El hombre est\u00e1 apoyado en la barra y empina un vaso tras otro despu\u00e9s de atravesar por meses el Pac\u00edfico. Desde un extremo del bar, alguien mira: un viejo, s\u00ed, un viejo zorro de los mares ya retirado de todo oficio. El viejo sabe que el capit\u00e1n sufre, el viejo lo intuye con s\u00f3lo verle las arrugas del rostro. El capit\u00e1n volver\u00e1 a partir al d\u00eda siguiente y ahoga un lamento secreto en el c\u00edrculo vidrioso que le devuelve cada vaso vac\u00edo. El capit\u00e1n zarpa al amanecer y el velamen amplio del nav\u00edo se confunde en el horizonte nebuloso. El viejo ley\u00f3 en ese rosti\u00f3 deshecho por el salitre los d\u00edas venideros del capit\u00e1n: sab\u00eda que esa angustia se apagar\u00eda en alta mar, sab\u00eda que en alguna isla remota del Pac\u00edfico la tripulaci\u00f3n divisar\u00eda un pez grande y arqueado a la deriva, sab\u00eda que tirar\u00edan una red y que lo traer\u00edan a bordo, sab\u00eda que nadie creer\u00eda lo que los ojos revelaban: una sirena adormecida, p\u00e1lida, de belleza irrenunciable. El viejo la ve a trav\u00e9s de la mirada del capit\u00e1n, el viejo la acaricia desde la distancia y no se sorprende de que el capit\u00e1n la forre en un manto y la aparte de la vista de los dem\u00e1s encerr\u00e1ndola en su camarote. El capit\u00e1n vela por la lenta recuperaci\u00f3n de lo que ya es un sordo amor pa\u00f1os calientes en el rostro sublime, toallas de seda en los senos perfectos, cepillo de cubierta en las escamas tornasoladas. <\/p>\n\n\n\n<p>El hombre besa ese rostro cuando despierta, el hombre recorre con la lengua cada pedazo de esa piel inaudita. Pasan algunos meses antes de que, en el d\u00eda fijado, el viejo vea regresar al capit\u00e1n al mismo bar. El amor\u2014lo sabe\u2014 no puede ser una experiencia a medias, no puede ser un deseo impedido por esa torcida naturaleza. Por eso se acerca al capit\u00e1n, por eso se le acerca y deja caer en sus manos un frasco peque\u00f1o con el elixir milagroso. Sin decir palabra, el capit\u00e1n recibe la p\u00f3cima secreta mientras el viejo le cierra las manos con las suyas y asiente con la cabeza. Esa noche, esa noche con el nav\u00edo atracado en puerto, esa noche con la luna derramada en cada objeto de cubierta, el capit\u00e1n vaci\u00f3 el elixir en la boca de la sirena dormida y le acarici\u00f3 la frente hasta que el sue\u00f1o lo derrumb\u00f3 en el suelo. Al d\u00eda siguiente, como un obsequio definitivo de los dioses, como una bendici\u00f3n que calmara su alma atormentada, el hombre abre los ojos a ras del suelo y descubre que unos pies tenues caminan de un lado al otro del camarote como reconociendo un espacio, como buscando ejercitar sus primeros pasos. El hombre quiso besar esos pies, el hombre quiso acariciar esas piernas, el hombre quiso morder esos muslos antes de descubrir que, m\u00e1s arriba de la cintura, la cabeza de un pez antediluviano agitaba su mirada desorbitada mientras abr\u00eda la boca pastosa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\"><strong>El muro<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Durante tres semanas seguidas, echando el cuento a quien se le atravesara en el camino, mi hermano refiri\u00f3 repetidamente un episodio visto en la televisi\u00f3n: \u00abUna mujer enferma y paral\u00edtica est\u00e1 en su cuarto. Hay muy poca luz. Maniobrando de un lado a otro la silla de ruedas, te das cuenta de que la vieja est\u00e1 levantando un muro de ladrillos en la mitad del cuarto. Con la ayuda de una cuchareta de alba\u00f1il, va colocando y pegando trabajosamente un ladrillo tras otro. La vieja sonr\u00ede: no sabes por qu\u00e9 pero sonr\u00ede. De pronto oyes una voz, oyes una voz que dice&nbsp;<em>no me hagas esto, mam\u00e1, no me hagas esto<\/em>. La c\u00e1mara te descubre a un hombre que est\u00e1 del otro lado del cuarto. El hombre llora y se amarra el cuerpo con las manos. T\u00fa supones que es el hijo, t\u00fa lo supones porque el hombre no cesa de decir&nbsp;<em>no me hagas esto, mam\u00e1, no me hagas esto<\/em>. Pero la vieja, nada. Est\u00e1 abstra\u00edda, est\u00e1 fuera de s\u00ed. S\u00f3lo una sonrisa ciega la sostiene. El muro va creciendo y el hombre ya no puede hacer nada. Queda un \u00faltimo orificio, s\u00ed, queda el \u00faltimo orificio en el que la vieja va a calzar el ladrillo final. Y es entonces cuando la vieja asoma un ojo desorbitado y dice&nbsp;<em>es mejor as\u00ed, hijo m\u00edo, es mejor as\u00ed<\/em>. La vieja coloca la \u00faltima pieza de su obra y el hombre cae de rodillas tapiado para siempre. Pero hay una cosa que no entiendes: \u00bfpor qu\u00e9 sigue habiendo luz si el hombre ha quedado tapiado? La c\u00e1mara va abriendo lentamente la toma y es entonces cuando te das cuenta. No es el hombre el que ha quedado tapiado: es la vieja la que se ha encerrado a s\u00ed misma, es la vieja la que r\u00ede del otro lado mientras el hijo golpea el muro con los pu\u00f1os\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Los labios de Laura<\/p>\n\n\n\n<p>Entre la hilera de cayenas que bordeaba la piscina y el muro exterior de la cancha de squash, Laura se escond\u00eda para ense\u00f1arnos a besar. Con un traje de ba\u00f1o floreado de dos piezas nos hac\u00eda pasar uno a uno. Hern\u00e1n-cegato y temeroso- se colocaba de primero en la fila; Daniel-enamoradizo- se reservaba para el final. Algunos- como \u00c1ngel-intentaban abrazarla para recibir de golpe un rodillazo que bien sab\u00eda asestar en la entrepierna. \u00abSolo besos\u00bb-recalcaba para nuestra sorpresa.<\/p>\n\n\n\n<p>Los domingos en la tarde la cola de aspirantes aumentaba y las disputas por el correcto orden de los turnos se hac\u00edan frecuentes. Sumidos en la espera, arranc\u00e1bamos las flores de cayena para estrujarlas lentamente en nuestros pu\u00f1os. Laura llamaba al de turno doblando el \u00edndice y entornando los ojos, le cerraba los p\u00e1rpados con la palma de la mano izquierda, le susurraba est\u00e1te quieto al o\u00eddo y proyectaba sus labios hasta tocar los nuestros y abandonar su lengua como pez vivo en la red.<\/p>\n\n\n\n<p>Debe, pues, entenderse que, al quedar desierto el club, termin\u00e1ramos siempre arrojando las sillas de extensi\u00f3n al fondo de la piscina y construyendo castillos submarinos por los que atraves\u00e1bamos haciendo piruetas y transformando nuestros pulmones en burbujas. Debe, pues, entenderse que, al anochecer, termin\u00e1ramos siempre esperando la reprimenda de Reynaldo el portero, quien nos sacaba de la piscina tirando de nuestras orejas y quien a\u00fan debe estar buscando a la escurridiza Laura cada vez que se topa con una mata de cayenas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La lengua<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Mayra siempre sacaba la lengua. La estiraba hasta casi rozar la nariz. Primero la punta temerosa que ensalivaba los labios y luego el cuerpo robusto que se arqueaba dejando entrever los r\u00edos azules de la base.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed la ve\u00edamos llegar todas las ma\u00f1anas: el lunar invariable del p\u00f3mulo derecho, el rizo que constantemente se recog\u00eda detr\u00e1s de la oreja, los resoplones que daba a cada paso\u2026 Entraba siempre tarde al sal\u00f3n de clases, saludaba al profesor de turno con una media sonrisa y dejaba caer sobre el tercer pupitre de la primera fila el bulto de libros que apilaba contra el pecho. Desde el flanco derecho del<br>sal\u00f3n comenzar\u00edamos a buscarle la mirada: Gustavo escrutando por sobre los lentes, Eduardo mostrando el sacapuntas de acero inoxidable, Carlos completando los apuntes con dilatada caligraf\u00eda. Mayra se volv\u00eda de golpe y, entorn\u00e1ndole los ojos al primer afortunado, dejaba escurrir la lengua.<\/p>\n\n\n\n<p>Signo creciente y perturbador de los d\u00edas, nos disput\u00e1bamos su lengua en las tribunas del recreo, nos llev\u00e1bamos su lengua a los oscuros camerinos del gimnasio. Poco, en verdad, supimos despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Recordamos, s\u00ed, una fiesta de fin de a\u00f1o en la que su madre -hecha a\u00f1icos tras un divorcio- prepar\u00f3 galletas saladas con jam\u00f3n y distribuy\u00f3 cervezas. Recordamos, s\u00ed, un encuentro fortuito en el cafet\u00edn de una universidad donde nos entretuvo con una sonrisa lozana y ecuaciones infinitesimales.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos la devolvi\u00f3 abruptamente un obituario: viajando en \u00e9poca de lluvia por la carretera de tierra que une a Carenero con Chuspa, un r\u00fastico conducido por el novio hunde las ruedas en un charco de barro y cae del lado derecho expulsando a Mayra por la ventanilla y aplast\u00e1ndola contra el suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces, quisi\u00e9ramos creer que Mayra a\u00fan nos pertenece; desde entonces, quisi\u00e9ramos borrar esa \u00faltima imagen a la que algunos tuvimos acceso: la lengua amoratada entre los dientes, la lengua cercenada bajo el impacto de la carrocer\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>En la palma de la mano<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Dianela era nueva en el club. Sus ojos, sus labios y la forma hundida de su ombligo tambi\u00e9n eran cosa nueva para nosotros. La vimos masticando chicle en el trencito del parque, la vimos comiendo pizza en el cine bajo los aullidos de Tarz\u00e1n, la vimos tomando sol en la piscina con un bikini que todos quisimos desanudar..<\/p>\n\n\n\n<p>Dianela hablaba poco. Se limitaba a mirarnos fijamente de vez en cuando y a soltar una risa seca, un jajaja. Llegaba y paseaba sin m\u00f3vil fijo mojando sus pies en la grama reci\u00e9n regada. Llegaba y abr\u00eda sus grandes ojos verdes por entre la cabellera rubia que recog\u00edan con dificultad sus hombros.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un designio que todav\u00eda celebro, Dianela coincidi\u00f3 con mi hermana en clases. Una tarde, llegando sediento a casa, la descubro junto a mi hermana haciendo un gran mapa de Venezuela. El cart\u00f3n mojado -lo adivin\u00e9-ser\u00edan los Llanos; la estopa que estrujaba en sus manos, los Andes. Sumando otras texturas a lo largo de la tarde, las ayud\u00e9 a terminar el mapa. Intu\u00ed una risa seca en Dianela, un jajaja.<\/p>\n\n\n\n<p>En la noche, caminando de rodillas desde mi cuarto, le susurr\u00e9 a mi hermana que estaba enamorado de Dianela, que el amor era una costra dura que crec\u00eda en el pecho, que me ten\u00eda que ayudar.<\/p>\n\n\n\n<p>A partir de esa confesi\u00f3n, los hechos se ordenan de manera irregular. S\u00e9 que la semana siguiente fuimos al cine, s\u00e9 que mi hermana se sentar\u00eda a su lado, s\u00e9 que la vi pasar con una pizza cuyo queso derretido colgaba entre el plato de cart\u00f3n y sus dientes, s\u00e9 que en la pantalla Tarz\u00e1n luchaba a muerte con un gladiador negro, s\u00e9 que desde las filas traseras alcanc\u00e9 a pasar la papeleta de mi declaraci\u00f3n de mano en mano hasta Dianela, s\u00e9 que la abri\u00f3 mientras el gladiador negro ca\u00eda derrotado en un caldero hirviente, s\u00e9 que inesperadamente la luz se fue y la funci\u00f3n tuvo que ser interrumpida a la fuerza.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre la mara\u00f1a de caras que salen del cine, busco ansiosamente el rostro de Dianela. La descubro a lo lejos, no sin cierta verg\u00fcenza, y noto que me sonr\u00ede. A\u00fan hoy me pregunto c\u00f3mo habr\u00e1n resonado en su mente las palabras de la papeleta. A\u00fan hoy espero su respuesta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Luna llena<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Pronunciamos su nombre en coro, como deteni\u00e9ndonos en cada s\u00edlaba: Ana Cecilia. La vimos llegar con una cabellera casta\u00f1a clara y suelta, paso lento, mirada perdida. No pareci\u00f3 interesarse por lo que pod\u00eda ofrecerle un club de campo petrolero: un bar con hombres cansados, un sal\u00f3n con damas jugando canasta, una cancha de bolas criollas, una piscina para ni\u00f1os, una funci\u00f3n de cine a la semana.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos convertimos r\u00e1pidamente en su s\u00e9quito secreto, en unos babosos. La mir\u00e1bamos entrar displicente al club, pasearse como si nada, atravesar los espacios sin tener que rendirle cuenta al m\u00ednimo obst\u00e1culo, a la m\u00ednima distracci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa ofensa, esa inquietud, esa naturaleza salvaje -nos dijimos, deb\u00eda ser domada de cualquier manera. H\u00e9ctor -cejijunto y sagaz prometi\u00f3 acometer la empresa. La distrajo en el cine con atenciones, la introdujo en ese mundo de peque\u00f1as escalas: el equipo de f\u00fatbol, las verbenas, los sitios de baile. Pudo ser cuidadoso, elegante y gentil. Trajo raquetas y reserv\u00f3 canchas cuando ella quiso jugar tenis, consigui\u00f3 bolas y zapatos de cera cuando ella quiso ejercitarse en boliche. No que hubiera ca\u00eddo en la trampa pero al menos mostraba simpat\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Meses despu\u00e9s, bajo un bucare en flor, H\u00e9ctor anunciaba un cap\u00edtulo especial. Mal\u00e9volos y ansiosos, nos apostar\u00edamos detr\u00e1s de las cayenas de la piscina una vez que anocheciera.<\/p>\n\n\n\n<p>En medio de la funci\u00f3n de cine, H\u00e9ctor y Ana Cecilia salen caminando lentamente. Dos siluetas avanzan hablando en voz baja rumbo a la piscina. La noche es bastante clara y una luna llena tiembla en la superficie del agua. Van borde\u00e1ndola y, de pronto, se detienen. Ella se alarga en una silla de extensi\u00f3n y \u00e9l se sienta en el extremo donde caen sus pies. Desde lejos, notamos que permanecen casi quietos y un susurro confundido entre el aire pesado de la noche se cuela hasta nuestros o\u00eddos. La escena se derrama en s\u00ed misma y, tibiamente, sin que comprendamos nada, H\u00e9ctor comienza a subir la franela de Ana Cecilia hasta descubrir dos senos que vibran como rev\u00f3lveres en manos que apuntan.<\/p>\n\n\n\n<p>La imagen definitiva no recurre a esa desnudez s\u00fabita y gratuita, no recupera las manos agitadas de H\u00e9ctor sobre esas esferas carnosas, no repite la secuencia vibr\u00e1til en la que los senos se descubren como dos resortes\u2026 La imagen definitiva quiere retener el instante en el que la luz de la luna incidi\u00f3 en su pecho para alimentar nuestra mirada desde la distancia y fijar esas dos aureolas rosadas en la sustancia de nuestros d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio L\u00f3pez Ortega El despertar Reunidos una tarde en el dique que resguardaba al campo del lago, pescando con los ojos las agujetas que nadaban bajo los co\u00e1gulos flotantes de petr\u00f3leo y se aproximaban suspicaces a las rocas de la base, Daniel hizo nuestras las im\u00e1genes de una historia que \u2014le\u00edda o vista en la [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":18259,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18258"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=18258"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18258\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":18260,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/18258\/revisions\/18260"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/18259"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=18258"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=18258"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=18258"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}