{"id":18170,"date":"2026-01-06T15:08:00","date_gmt":"2026-01-06T19:38:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=18170"},"modified":"2026-01-18T15:10:12","modified_gmt":"2026-01-18T19:40:12","slug":"los-suenos-de-la-selva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-suenos-de-la-selva\/","title":{"rendered":"Los Sue\u00f1os de la Selva"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Renny Loyo<\/h4>\n\n\n\n<p>Debo comenzar diciendo que no fue idea m\u00eda la de ir de vacaciones en agosto al estado Bol\u00edvar de la Rep\u00fablica Bolivariana de Venezuela, Seg\u00fan las redes sociales y medios de comunicaci\u00f3n internacionales, Venezuela era un pa\u00eds lleno de conflictos, contradicciones, y sobre todo, muy inseguro. Un destino poco atractivo para un peruano como yo y mi esposa Katy, oriunda de los Estados Unidos.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;A pesar de estas advertencias, nos sorprendi\u00f3 que las empresas consultadas para nuestras vacaciones en Latinoam\u00e9rica nos recomendaran a Venezuela como primera opci\u00f3n. Era dif\u00edcil de comprender. Al mencionar el nombre del pa\u00eds, not\u00e1bamos una seguridad y alegr\u00eda genuinas en los rostros de los consultores que contrasta enormemente con lo que ve\u00edamos a diario.<\/p>\n\n\n\n<p>No es que Venezuela nos resultara extra\u00f1o; al contrario. La ve\u00edamos constantemente en las p\u00e1ginas de los peri\u00f3dicos norteamericanos y en los noticieros de m\u00e1s de 300 canales de televisi\u00f3n. Sin embargo, por primera vez, una imagen diferente emerg\u00eda. Una imagen de aventura, y no de conflicto.<\/p>\n\n\n\n<p>La recomendaci\u00f3n final fue visitar los tepuyes. Para ello, iniciamos nuestro viaje desde Miami, tomando un vuelo directo a Colombia, en la aerol\u00ednea Avianca. Elegimos esta ruta por su cercan\u00eda con el aeropuerto internacional Sim\u00f3n Bol\u00edvar en Maiquet\u00eda, desde donde partir\u00edamos hacia Canaima.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego, en Bogot\u00e1 hicimos escala antes de abordar un vuelo de Conviasa aerol\u00ednea nacional que nos ofreci\u00f3 tarifas m\u00e1s accesibles. Como turistas, busc\u00e1bamos optimizar nuestros gastos sin sacrificar la experiencia.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed comenz\u00f3 nuestra traves\u00eda hacia el coraz\u00f3n ancestral de Venezuela, donde los tepuyes nos esperaban como gigantes dormidos, envueltos en niebla, leyendas y un misterio que parec\u00eda respirar desde las piedras. En una de las tiendas de souvenirs del aeropuerto, adquirimos un mapa tur\u00edstico que nos delineaba la ruta a seguir, como si nos entregaran un fragmento del destino.<\/p>\n\n\n\n<p>Tras pasar los controles de aduana e inmigraci\u00f3n&#8211; donde revisaron nuestros documentos y equipaje con meticulosa atenci\u00f3n&#8211;nos detuvimos a almorzar en el restaurante del aeropuerto. Fue all\u00ed, entre conversaciones y expectativas, donde trazamos el primer tramo de nuestro recorrido: el viaje hacia Puerto Ordaz.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;No s\u00e9 si les mencion\u00e9 que nos acompa\u00f1aban dos parejas m\u00e1s, sin hijos, que se unieron a nuestra traves\u00eda para aprovechar el paquete tur\u00edstico. Compart\u00edan con nosotros el entusiasmo por descubrir Venezuela, y desde el inicio se integraron con calidez y buena energ\u00eda. Seg\u00fan nuestros asesores tur\u00edsticos que nos recibieron con afecto en el aeropuerto, despu\u00e9s de almorzar tomar\u00edamos un vuelo nacional hacia Puerto Ordaz, donde aterrizar\u00edamos en el aeropuerto internacional Manuel Piar.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar, nos esperar\u00edan los gu\u00edas, que nos conducir\u00edan finalmente a los majestuosos tepuyes. Para acceder a esos parajes remotos, nos explicaron que el viaje a Canaima se har\u00eda en avionetas, peque\u00f1as naves que aterrizar\u00edan directamente en el aeropuerto de Canaima.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1bamos maravillados al ver como cada detalle del itinerario se iba cumpliendo con precisi\u00f3n y comenz\u00e1bamos a comprender la alegr\u00eda genuina con la que nuestros anfitriones nos hab\u00edan recomendados este destino para nuestras vacaciones de quince d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar a Puerto Ordaz, el aroma de las comidas criollas que emanaban de los restaurantes tradicionales nos envolvi\u00f3 como invitaci\u00f3n irresistible. &nbsp;El hambre, agudizada por el viaje, se convirti\u00f3 en entusiasmo colectivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Aun dispon\u00edamos de una hora antes de partir hacia el Parque Nacional Canaima, nuestro verdadero destino, as\u00ed que decidimos almorzar. Uno de los meseros \u2014un ind\u00edgena de la etnia Warao, de habla fluida y c\u00e1lida en espa\u00f1ol aprendido en la escuela biling\u00fce de su comunidad, nos recomend\u00f3 un plato t\u00edpico de la regi\u00f3n: el \u201cPalo a pique Guayan\u00e9s\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>El almuerzo fue memorable. El plato consist\u00eda en frijoles bayos mezclados con arroz, carne frita crujiente, tres trozos de pl\u00e1tano maduro sancochado, queso rallado y un toque de cilantro fresco. La combinaci\u00f3n ofrec\u00eda un sabor agridulce y profundo, caracter\u00edsticos de la cocina guayanesa, que parec\u00eda resumir en cada bocado la generosidad de la tierra y la memoria de sus pueblos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al culminar el almuerzo lleg\u00f3 una furgoneta de 12 puestos destinada al grupo. El chofer ven\u00eda acompa\u00f1ado por dos ayudantes, tambi\u00e9n de la misma etnia del mesonero, quienes se encargaron de organizar cuidadosamente todo el equipaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde puerto Ordaz, nuestro siguiente destino era el Parque Nacional Canaima. El trayecto se realizar\u00eda en avionetas&#8211;peque\u00f1as aeronaves que aterrizan directamente el aeropuerto de Canaima\u2014y que, durante el vuelo, ofrecen las primeras vistas a\u00e9reas de la sabana infinita y los imponentes tepuyes que emergen como monumentos sagrados en medio del verde paisaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar al aeropuerto de Canaima, nuestros gu\u00edas bajaron r\u00e1pidamente el equipaje y nos condujeron a uno de los hangares. All\u00ed presentaron los tickets de vuelo a un piloto de piel morena, quien nos recibi\u00f3 con una sonrisa encantadora. Hablaba el ingl\u00e9s con fluidez, lo que facilit\u00f3 una interacci\u00f3n c\u00e1lida y afectuosa entre todos.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez montados en la avioneta, escuchamos toser el motor. Lo hizo varias veces, con el mismo sonido \u00e1spero. Al principio, nos miramos todos con una mezcla de frustraci\u00f3n y duda; pens\u00e1bamos\u2014sin comentarlo entre nosotros\u2014que no lo lograr\u00eda.&nbsp; Sin embargo, tras emitir un ruido distinto, como un rugido extra\u00f1o, el motor finalmente se enciende. La avioneta comienza a salir del hangar y se dirige hacia una pista llena de baches, cubierta por un pasto verde que recubre todo el lugar. Unas l\u00edneas blancas, pintadas de cal de lado a lado \u2014semejante a un campo de futbol&#8211; se\u00f1ala el camino de la pista.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos los pasajeros ten\u00edamos las manos apretadas en los asientos, algunas mujeres la apoyaban sobre los muslos de sus maridos, sin dejar de mirar la ventanilla. El est\u00f3mago, como en cada vuelo, se revolv\u00eda con mezcla de emoci\u00f3n y cierto p\u00e1nico. Los corazones lat\u00edan n con fuerza, y el ritmo inevitable de la avioneta intensificaba a\u00fan m\u00e1s la emoci\u00f3n compartida.<\/p>\n\n\n\n<p>Observ\u00e1bamos, mientras la tensi\u00f3n comenzaba a disiparse, c\u00f3mo el piloto\u2014 &nbsp;muy tranquilo y sereno, incluso con una sonrisa ligeramente sarc\u00e1stica\u2014 &nbsp;revisaba cada detalle, palancas, interruptores, medidores. Luego con una expresi\u00f3n afectuosa, mir\u00f3 hacia atr\u00e1s para tranquilizar a los pasajeros, explicando con naturalidad los movimientos de la aeronave, los vientos, las corrientes de aire. Sus ojos brillaban de emoci\u00f3n mientras hablaba, revelando no solo su conocimiento y experiencia, sino tambi\u00e9n el amor profundo que sent\u00eda por volar en el cielo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Justo antes de empujar el acelerador a fondo, su voz reson\u00f3 en el intercomunicador, clara y decidida: \u00abEstamos en la cabecera. Mantengan sus manos en las rodillas. Aqu\u00ed vamos&#8230; \u00a1Sujetamos el volante!\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Volez! La avioneta comenz\u00f3 a elevarse, con movimientos temblorosos. Por momentos parec\u00eda que iba a desarmarse. Incluso algunos tornillos, cerca de las paredes y los asientos, se bamboleaban como si quieran salir disparados. Nos mir\u00e1bamos incr\u00e9dulos ante lo que ve\u00edamos. Pero el miedo, lejos de paralizarnos, nos provocaba una risa nerviosa al descubrir nuestras propias expresiones. Mientras ascend\u00eda, el piloto exclamaba \u2014 \u00a1R\u00edan, r\u00edan&#8230; as\u00ed es la vida!<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la altura de la avioneta, el suelo se desplegaba como un tapiz de verde intenso y vibrante.&nbsp; La sabana se extend\u00eda ante nuestra vista, parec\u00eda un mar de vegetal, que se reflejaba en el cielo abierto de Canaima.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>En menos de 30 minutos, la avioneta captura una visi\u00f3n sobrecogedora al adentrarse en el al reino de los tepuyes. A medida que se aproxima, emergen como gigantes de piedras: dioses silenciosos que nos revelan su capa cuaternaria, tejida por siglos de creaci\u00f3n maravillosa, y una evoluci\u00f3n incesante continua y permanente.<\/p>\n\n\n\n<p>La ceremonia del paisaje nos envuelve. Un silencio s\u00fabito se posa sobre nosotros, como si el mundo contuviera el alienta ante tanta maravilla. La avioneta desacelera, envuelta en niebla, y gira con la suavidad de quien retorna a un lugar secreto\u2014 quiz\u00e1s el campamento que nos espera. Son las cinco de la tarde. Una llovizna empa\u00f1a los cristales, y el viaje, ya cargado de emociones que hemos so\u00f1ado, se vuelve a\u00fan m\u00e1s misterioso.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Al descender de la avioneta nos miramos con asombro por tanta belleza revelada. Sin necesidad de palabras, coincid\u00edamos en que hab\u00eda valido la pena el esfuerzo de llegar hasta aqu\u00ed. &nbsp;Un canto de ave se escuchaba como una orquesta dispuesta en medio de la selva. El lugar ten\u00eda algo de m\u00e1gico: &nbsp;animales salvajes caminaban tranquilamente alrededor de la posada. nos observan brevemente y luego se desentend\u00eda, como si fu\u00e9ramos conocidos. Quiz\u00e1s, en el fondo, todos los humanos somos iguales en algo \u2014al menos a los ojos de la naturaleza.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Nos acomodaron en habitaciones destinadas a cada pareja matrimonial.&nbsp; La caminata hacia el Tepuy ser\u00eda a pie; el viaje en avioneta ya hab\u00eda impregnado nuestras vacaciones con un sabor de aventura. La aeronave se alej\u00f3 lentamente, perdi\u00e9ndose en el cielo. Volver\u00eda en catorce d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora qued\u00e1bamos a merced de los gu\u00edas ind\u00edgenas, conocedores profundos de los peligros de la selva, de sus caminos y trochas. con ellos uno se sentir\u00eda seguro, pero el miedo a lo desconocido, aun nos helaba la sangre y nos erizaba la piel. El misterio de la selva nos hab\u00eda vuelto silenciosos.<\/p>\n\n\n\n<p>En contraste, en la posada hab\u00eda turistas venezolanos, bulliciosos, que fotografiaban todo. Daban gracias a Dios con frecuencia, celebraban estar vivos y poder conocer esta maravilla de divina. Lo repet\u00edan una y otra vez, como si se tratara de un ritual colectivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Por la ma\u00f1ana, los gallos cantaron puntualmente a las 5, tal como lo hab\u00edan anunciado los gu\u00edas. A las seis ser\u00eda el desayuno, y a las siete comenzar\u00eda la caminata. La emoci\u00f3n era palpable entre quienes nos sent\u00e1bamos a desayunar: hab\u00eda unos treinta turistas de diferentes nacionalidades&#8211;rusos, chinos, coreanos, italianos y alemanes\u2014 Adem\u00e1s de los venezolanos.<\/p>\n\n\n\n<p>A las seis y 45 fuimos convocados al lobby del restaurante de la posada, all\u00ed nos informaron que el plan incluir\u00eda una ruta fluvial y una ruta terrestre. Caminar\u00edamos aproximadamente mil metros hasta encontrarnos con el rio Carrao y el r\u00edo Chur\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo result\u00f3 mu emoci\u00f3nate. Se notaba el nerviosismo de todos; el agua nos chispeaba el rostro y nos hac\u00eda re\u00edr con alegr\u00eda y satisfacci\u00f3n durante el recorrido de los ca\u00f1os. A la orilla, ind\u00edgenas con el pecho desnudo y tiras que cruzaban sus senos nos saludaban con sus beb\u00e9s en brazos. Los hombres lanzas en mano, llevaban pescados atravesados.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego de m\u00e1s de una hora serpenteado los r\u00edos\u2014 a veces contra corriente&#8211; llegamos a un paradero de madera, donde nos esperaban ind\u00edgenas con rostros alegres y manos generosas. Sobre mantos y tejidos, ofrec\u00edan sus creaciones en madera y moriche. Otros vend\u00edan carne de venado salado, y cerdo salvaje, tambi\u00e9n hab\u00eda los que ofrec\u00edan una salsa embotellada en taparas, elaborada a base de bachacos culones, como afrodisiaco. Entre otros productos hab\u00eda cremas hechas con plantas, amuletos, collares y adornos de plumas multicolores.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed nos entretuvimos durante unos treinta minutos. Algunas personas compraron diversos objetos como recuerdo; otros adquirieron productos para preparar m\u00e1s adelante, ya que estaba permitido acampar y cocinar.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La primera caminata ten\u00eda como destino el mirador del salto \u00c1ngel, actividad planificada para el segundo dia del plan vacacional. Caminamos alrededor de noventa minutos, hasta que escuchamos el canto del salto, y contemplamos la magia de un chorro que ca\u00eda como un tul blanco.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos ba\u00f1amos, tomamos fotos, re\u00edmos y sentimos la energ\u00eda que brotaba del chorro. El agua nos impregnaba de magia; la sensaci\u00f3n de relax era espectacular. Aquello nos extasiaba: era un sue\u00f1o hecho real, un momento paradisiaco.<\/p>\n\n\n\n<p>De verdad, aquello era el para\u00edso. Se respiraba una paz y un aire distinto al de la ciudad: limpio, fresco y puro.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed estuvimos disfrutando del ba\u00f1o del gran salto. En un momento salimos del agua para comer unos emparedados, pero un sonido extra\u00f1o comenz\u00f3 a escucharse cerca: eran golpes que sonaban contra el pecho, gritos infernales que helaban la sangre.<\/p>\n\n\n\n<p>La preparaci\u00f3n de alimentos se interrumpi\u00f3. Los gu\u00edas nos miraban con seriedad y nos indicaron que permaneci\u00e9ramos donde est\u00e1bamos, sin movernos y en completo silencio. Entonces comenzaron a despojarse de su ropa de civil, quedando vestidos con atuendos de sus etnias. Guardaron sus armas de fuego y de un saco que tra\u00edan, sacaron sus arcos y flechas, pinturas y collares. Se pintaron y se distribuyeron alrededor de nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de ellos hablo en su dialecto y le orden\u00f3 a otro que fuera a investigar o llevar un mensaje. Conversaron brevemente, y luego el mensajero sali\u00f3 corriendo en direcci\u00f3n a donde sal\u00edan los ruidos como si la misma selva lo atrajera.<\/p>\n\n\n\n<p>El miedo helaba la sangre. Todo lo hermoso, se transforma en tragedia, en terror, en p\u00e1nico. Nos mir\u00e1bamos y no entend\u00edamos nada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfC\u00f3mo es posible que, en este para\u00edso lleno de paz, estuviese ocurriendo esto?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPor qu\u00e9, la agencia no se hab\u00eda percatado del peligro?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfAcaso no hab\u00eda ocurrido antes?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfSer\u00eda esta la primera vez?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPero por qu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>El silencio era absoluto. Hasta los p\u00e1jaros dejaron de cantar, convertidos en testigos mudos de aquella escena cruel, marcada por el p\u00e1nico y el miedo.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas mujeres comenzaron a llorar en silencio. Sus esposos las miraban con l\u00e1stimas, y de sus ojos brotaban l\u00e1grimas c\u00f3mplices del temor que compart\u00edan como pareja.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde lo alto de los \u00e1rboles comenzaron a descender numerosos ind\u00edgenas, con cuerpos pintados de blanco y rojo y algunas l\u00edneas negras que cruzaban sus torsos.<\/p>\n\n\n\n<p>Su presencia impon\u00eda respeto y temor. En sus cuellos colgaban peque\u00f1as calaveras, lo que intensificaba el miedo, especialmente entre los venezolanos que hab\u00edan o\u00eddo hablar de tribus can\u00edbales en esos territorios a\u00fan no explorados. El mensajero lleg\u00f3 en el preciso momento que los hombres bajados de los arboles comenzaban a mira detenidamente la cara de todo el mundo. Especialmente de los hombres. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Ven\u00edan desde el coraz\u00f3n de la selva amaz\u00f3nica de Brasil siguiendo a un americano que les hab\u00eda robado un Dios de piedra, del tama\u00f1o de un ni\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Le segu\u00edan las huellas, y se dec\u00eda que rondaba por estos lares.&nbsp; Nuestros gu\u00edas conversaban con dos de ellos, que parec\u00eda ser l\u00edderes de una tribu importante.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s tarde supimos que el gringo, no comprend\u00eda lo que hab\u00eda hecho. Los ind\u00edgenas dibujaban en el suelo una figura m\u00edtica, mientras uno de los nuestro traduc\u00eda al espa\u00f1ol las palabras de uno de sus l\u00edderes. La talla robada hab\u00eda sido arracada de su pedestal, sin que el extranjero supiera que se trataba de un dios, y no una decoraci\u00f3n u ornamento de la tribal. Al cerciorare que entre nosotros no se encontraba el gringo, se abrieron paso entre los \u00e1rboles, avanzaron sin prisa, como si la selva misma les ofreciera el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que todos analizamos en el grupo, una vez que la calma cubri\u00f3 nuestras preocupaciones como un manto, fue que el atuendo de los inesperados visitantes nos aterroriz\u00f3.&nbsp; Sin embargo, en sus gestos no hab\u00eda sa\u00f1a ni rencor, ni intenci\u00f3n de hacernos da\u00f1o. &nbsp;Solo quer\u00edan restaurar, con urgencia, el orden quebrado de su pueblo. El gringo hab\u00eda traicionado la confianza depositada en \u00e9l, y al tomar lo que no le pertenec\u00eda, trastoc\u00f3 el ritmo vital de aquella comunidad. La estatuilla-su t\u00f3tem&#8211;no era solo un objeto: era para ellos lo que el sol y la noche son para nosotros, secreto profundo que solo su pueblo pod\u00eda comprender.<\/p>\n\n\n\n<p>El retorno fue tranquilo y seguro, solo perturbado por las corrientes y olas del rio en su viaje de regreso. Hac\u00eda mucho tiempo que no recordaba c\u00f3mo rezar, pero esta vez todas las oraciones llegaron a m\u00ed. Me encomend\u00e9 \u2014 y encomend\u00e9 a mi esposa y a los pasajeros de la curiara&#8211; a nuestra santa patrona Santa Rosa De Lima. Durante el trayecto, desde el celular de un venezolano se escuch\u00f3 la voz de un cantautor ya fallecido. Cantaba sobre un grupo de m\u00fasicos populares que hab\u00edan muerto en estos mismos r\u00edos. La canci\u00f3n que todos entonaban con alegr\u00eda se llamaba Tin Mar\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa noche, el sue\u00f1o me llev\u00f3 a la orilla de un r\u00edo. No era el Amazonas que todos conocemos, sino uno que parec\u00eda respirar, como si estuviera en un sue\u00f1o, con sus aguas resonando al ritmo de un tambor en la distancia. Yo navegaba en una canoa de madera viva, esculpida con canciones y lamentos. A mi alrededor, las figuras del Grupo Madera emerg\u00edan del agua, no como fantasmas, sino como guardianes de un comp\u00e1s ancestral.<\/p>\n\n\n\n<p>El flujo era apasionado, como si el r\u00edo quisiera contar su propia historia. Sin embargo, nosotros grit\u00e1bamos en su contra, no para avanzar, sino para romper la cadena del miedo. Cada movimiento del remo era una nota, un ritmo que un\u00eda el recuerdo con la esperanza. El agua nos enviaba mensajes en lenguajes extra\u00f1os, y la curiara respond\u00eda con un crujido que parec\u00eda decir: \u00abNo todo lo que se hunde pierde la vida\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En un torrente, el r\u00edo revel\u00f3 la tragedia: cuerpos a la deriva, tambores mudos, voces apag\u00e1ndose sin despedida. Pero la historia no termin\u00f3 ah\u00ed. Se inclin\u00f3 hacia el abismo, como si quisiera abrazarlo, y al hacerlo, el agua se transform\u00f3 en luz. Los ahogados emergieron, no como fantasmas, sino como bailarinas de espuma. Sus tambores resonaron de nuevo, y por primera vez, el r\u00edo se dej\u00f3 llevar por ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al abrir los ojos, sent\u00ed una extra\u00f1a sensaci\u00f3n en el pecho. No sab\u00eda si hab\u00eda estado so\u00f1ando o si el r\u00edo me hab\u00eda compartido alg\u00fan secreto. Pero me di cuenta de que la curiara no era solo un bote: simbolizaba un recuerdo y un proceso de sanaci\u00f3n. Y que, en alg\u00fan rinc\u00f3n del Amazonas, el Grupo Madera segu\u00eda tocando, no para ser escuchados, sino para asegurarse de que el r\u00edo los mantuviera en su memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>La luz entraba oblicua por la ventana, filtrada por las cortinas de lino de la habitaci\u00f3n. Ella se levant\u00f3, fue al lavabo y luego se duch\u00f3. Yo me hab\u00eda levantado muy temprano. Hoy tendr\u00edamos el dia libre; solo recorrer\u00edamos los alrededores para visitar algunos pueblos ind\u00edgenas y compartir con ellos. Me hab\u00eda tra\u00eddo el caf\u00e9 en un termo que ofrec\u00edan en la posada.<\/p>\n\n\n\n<p>Al terminar su ducha, mi mujer se acerc\u00f3 a la mesa donde le esperaba. El caf\u00e9 humeante servido en una taza de cer\u00e1mica azulada con motivos ind\u00edgenas, comenz\u00f3 a ser sorbido por ella con lentitud. La mir\u00e9, y not\u00e9 unas ojeras que me hizo preguntarle si hab\u00eda dormido bien. Me respondi\u00f3 que hab\u00eda tenido un sue\u00f1o, m\u00e1s que un sue\u00f1o una pesadilla. &nbsp;Le dije que yo tambi\u00e9n. Y comenc\u00e9 a contarle mi sue\u00f1o&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Ella escuch\u00f3 atentamente. Luego, mientras termin\u00e1bamos el pan tostado bajo la mantequilla, mientras, revolv\u00eda el caf\u00e9 con una lentitud casi ritual. Inmediatamente nos fuimos al balc\u00f3n que estaba un poquito m\u00e1s alto del suelo, la caba\u00f1a estaba levantada como si fuera una casa de los palafitos. Seguramente para evitar la entrada de alima\u00f1as, roedores y reptiles. Nos sentamos a ver la inmensa sabana y a lo lejos a\u00fan se ve\u00eda la punta del salto \u00c1ngel. El cielo azulado, la brisa fresca, y el cantar de las aves invitaba a la quietud. Pero yo no pude callar y fue entones que le ped\u00ed me contara su sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando comenz\u00f3 su relato, su voz ten\u00eda esa textura que reconoc\u00eda: algo la hab\u00eda tocado en lo profundo. Ella estaba en el metro de Brooklyn\u2026 pero con la pasi\u00f3n que le pon\u00eda al sue\u00f1o, parec\u00eda m\u00e1s bien un r\u00edo subterr\u00e1neo. Y hab\u00eda un hombre con una m\u00e1scara. No le rob\u00f3. Al contrario, le devolvi\u00f3 algo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al preguntarle qu\u00e9 fue lo que le devolvi\u00f3, me mir\u00f3 fijamente, como si me recriminara haberla interrumpido. Call\u00e9 y la mir\u00e9, arrepentido. Ella sonri\u00f3 levemente y dijo: \u2014No s\u00e9. Y con una sonrisa m\u00e1s amplia, agreg\u00f3 que era como un t\u00f3tem. Una especie de estatuilla.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos miramos y nos reconocimos en la escena. Nos quedamos en silencio. Ella buscaba en su memoria las palabras que deb\u00edan venir a continuaci\u00f3n para seguir relatando su sue\u00f1o. Sinti\u00f3 que ya no recordaba m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Ambos coincidimos en que estaba relacionado con lo sucedido el d\u00eda anterior. Pero el sue\u00f1o se hab\u00eda convertido en un enigma, al borrarse de su memoria lo m\u00e1s impactante. Solo recordaba que hab\u00eda comenzado una carrera interminable sobre el metro, y que se deslizaba sobre \u00e9l como si fuera la corriente de un r\u00edo que serpenteaba. Al final, sent\u00eda que persegu\u00eda a alguien\u2026 pero no pudo recordar m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Al tener la ma\u00f1ana libre, decidimos aprovechar el balc\u00f3n de su habitaci\u00f3n. La temperatura era agradable y la luz del sol se filtraba a trav\u00e9s de las hojas, dando la impresi\u00f3n de que el d\u00eda apenas comenzaba. Nos sentamos sin prisa, sosteniendo las tazas humeantes, y empezamos a conversar sobre nuestras expectativas para este viaje: no solo sobre los paisajes, las caminatas o incluso la cima. Lo que anhelamos era algo m\u00e1s significativo, una experiencia que a\u00fan no lograban articular del todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Discut\u00edamos lo que dese\u00e1bamos vivir al llegar a la cima de los tepuyes. No se trataba \u00fanicamente de alcanzar una altura, sino de ser transformados por ella. Dese\u00e1bamos sentir que algo se abr\u00eda dentro de nosotros, como si el silencio de las antiguas rocas pudiera desvelar una verdad ancestral, una que solo se percibe cuando el cuerpo ha sido atravesado por la neblina, la fatiga y la reflexi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El balc\u00f3n se convirti\u00f3 en un umbral. Desde ese lugar, visualizab\u00e1mos la ascensi\u00f3n como un ritual, una promesa que se ir\u00eda revelando gradualmente, paso a paso. Y mientras intercambi\u00e1bamos, el susurro del viento entre las ramas parec\u00eda respondernos, como si la monta\u00f1a ya estuviera atenta a nuestras aspiraciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerca de las 2 de la tarde, comenzamos un recorrido con la compa\u00f1\u00eda de dos gu\u00edas de la comunidad Warao. La atm\u00f3sfera que nos rodeaba ten\u00eda un matiz de ritual cotidiano: \u00e1rboles susurrantes al comp\u00e1s del viento, peces que se mov\u00edan alegremente bajo el agua, corrientes que flu\u00edan como venas vivientes en la tierra, burbujas que ascend\u00edan en espiral, cuerpos disfrutando del agua, y otros que se relajaban con cigarrillos y copas de vino o cerveza en sus manos. En la orilla, algunos se entregaban al descanso.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;Al llegar a la posada, con las piernas cansadas por la caminata, nos acomodamos en el balc\u00f3n natural del sitio. Cada noche, ese umbral se convert\u00eda en un escenario de revelaciones: danzas tradicionales que evocaban recuerdos ancestrales, narraciones ind\u00edgenas que entrelazaban mitos de creaci\u00f3n, y voces que hablaban de duendes y deidades que a\u00fan residen en la selva. Era como si el bosque, a trav\u00e9s de un lenguaje ritual, nos murmurara fragmentos de verdades que solo se revelaban al anochecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche, sent\u00ed una fatiga intensa, como una ofrenda tras un esfuerzo f\u00edsico y momentos de danza ritual. Durante el sue\u00f1o, experimentaba que regresaba al balc\u00f3n; a pesar de alejarme, siempre volv\u00eda. Era como si hubiese una necesidad de estar all\u00ed, aunque mi deseo era partir.<\/p>\n\n\n\n<p>El sue\u00f1o pose\u00eda un toque de premonici\u00f3n, sugiriendo una conexi\u00f3n con mi ser interno que surg\u00eda del eco de sus voces en las canciones de la danza. Pero luego, todo se tranquiliz\u00f3, como si hubiera aceptado cumplir una tarea; de repente, me vi caminando sobre un r\u00edo et\u00e9reo que reflejaba los rostros de los antepasados Warao, mientras melod\u00edas silenciosas de ca\u00f1as tej\u00edan lazos con las estrellas y los planetas.<\/p>\n\n\n\n<p>Figuras danzantes aparec\u00edan ante m\u00ed y, al moverse, dejaban tras de s\u00ed un humo azul que me invitaba a seguirlas, atravesando una dimensi\u00f3n que parec\u00eda destinada a descubrir un mundo muy diferente del m\u00edo. De pronto, me elev\u00e9 casi hasta tocar la Luna y sent\u00ed una sed intensa, llegando a beber agua lunar.&nbsp; El l\u00edquido ofrecido por una mujer de rostro pintado me envolv\u00eda en la neblina, inmersa en una felicidad indescriptible.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba tan inmerso en este sue\u00f1o lleno de imaginaci\u00f3n que mi mente no pudo manejarlo y de repente me despert\u00e9. El despertador en la mesita marcaba las 4:30 de la ma\u00f1ana. Era casi el amanecer. Decid\u00ed levantarme, corr\u00ed las cortinas y abr\u00ed las ventanas del balc\u00f3n. Me sent\u00e9 a reflexionar sobre todos los misterios que conten\u00eda ese sue\u00f1o. Hasta que el sol surgi\u00f3 radiante, iluminando el Churun Mer\u00fa, que tambi\u00e9n se conoce como el salto del \u00e1ngel. Solo logr\u00e9 pensar que la selva comparte sus sue\u00f1os con nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca compart\u00ed con Katy lo que so\u00f1\u00e9; consider\u00e9 que era algo personal.&nbsp; Mi herencia peruana me llama y soy parte de esa tradici\u00f3n. Aunque ella no capta completamente mi espiritualidad, siempre tenemos charlas, pero estos \u00faltimos sue\u00f1os los mantuve guardados como parte de mi tiempo en Canaima.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde que llegu\u00e9 a los Estados Unidos, he estado entendiendo las complejidades de una nueva cultura: se valora mucho la puntualidad, el silencio se interpreta como respeto y la eficacia se considera una forma de cari\u00f1o. Mi esposa, con su ternura pr\u00e1ctica y su mirada genuina, me ha ense\u00f1ado a apreciar este pa\u00eds de maneras que nunca esper\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Disfrutamos de cenas frente al televisor, paseamos por parques dise\u00f1ados con cuidado, y aunque hablamos poco, nuestras palabras llevan peso. Pero hay noches \u2013especialmente en invierno, cuando el cielo se torna gris\u2013 en las que siento una inquietud interna. No es nostalgia, es algo m\u00e1s profundo. Es como si la selva me llamara desde lo m\u00e1s profundo de mi ser.<\/p>\n\n\n\n<p>No me refiero a la selva como un simple paisaje, sino como una madre, como un recuerdo, como una voz que se niega a quedarse en silencio. A veces, mientras saboreo un caf\u00e9 en nuestra cocina en Boston, su fragancia me transporta a la finca de mi abuelo en Ucayali. Viene a mi mente su rostro bronceado por el sol, sus manos trabajando la tierra, y escucho su risa, que parec\u00eda brotar del r\u00edo. Mi pareja se muestra preocupada y me pregunta si estoy bien. Le devuelvo la sonrisa y le aseguro que s\u00ed, aunque no le cuento que esta ma\u00f1ana tuve un sue\u00f1o donde aparec\u00eda un jaguar. En ese sue\u00f1o, regresaba a mi infancia, correteando descalzo entre los \u00e1rboles, mientras el jaguar me observaba sin miedo, como si me reconociera. Existen aspectos que son permanentes, algo que es dif\u00edcil de expresar en ingl\u00e9s o encajar en lo n\u00f3rdico. Es esa llamada interna. No estoy seguro si regresar\u00e9 por completo alg\u00fan d\u00eda, pero estoy consciente de que la selva vive dentro de m\u00ed. A pesar de estar rodeado de hormig\u00f3n y tecnolog\u00eda, una parte de m\u00ed sigue percibiendo el eco distante de ca\u00f1as, el canto de aves ocultas y el murmullo de hojas intactas. Cuando esa llamada se intensifica, cierro los ojos, respiro profundamente y permito que el esp\u00edritu del bosque me abrace. Porque, aunque haya cruzado l\u00edmites, hay ra\u00edces que jam\u00e1s se pueden desenterrar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Renny Loyo Debo comenzar diciendo que no fue idea m\u00eda la de ir de vacaciones en agosto al estado Bol\u00edvar de la Rep\u00fablica Bolivariana de Venezuela, Seg\u00fan las redes sociales y medios de comunicaci\u00f3n internacionales, Venezuela era un pa\u00eds lleno de conflictos, contradicciones, y sobre todo, muy inseguro. 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