{"id":17699,"date":"2025-10-29T14:32:37","date_gmt":"2025-10-29T19:02:37","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17699"},"modified":"2025-11-17T15:27:07","modified_gmt":"2025-11-17T19:57:07","slug":"dos-cuentos-de-eduardo-arcila-fariase","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-eduardo-arcila-fariase\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Eduardo Arcila Far\u00edas"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El rompe-huelgas<\/h3>\n\n\n\n<p>\u00a1Calor! \u00a1Ruido! \u00a1Polvo!<\/p>\n\n\n\n<p>En el vasto taller todo marcha a gran velocidad. Los inmensos volantes giran como ideas locas. Las cintas dentadas de acero bajan desde un segundo piso, flexibles y vibrantes. Ante las sierras los hombres se mueven atropelladamente, caminan a largos pasos, se entrechocan y siguen como animales ciegos. El aire se puebla de virutas. Los dientes se clavan en la madera, y salta un chorro de serr\u00edn que el viento lleva a todos los rincones del taller, hasta los propios pulmones de los obreros. R\u00e1pido! Las sierras giran veloces.<\/p>\n\n\n\n<p>No hay tiempo que perder.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCuidado con los accidentes!\u00bb Unas manos empujan los tablones y dirigen la operaci\u00f3n del corte. La madera cruje al contacto del acero y un sonido met\u00e1lico se levanta como un alarido dominando el ruido confuso de las m\u00e1quinas. En m\u00e1s de una ocasi\u00f3n la mano se ha ido detr\u00e1s del tabl\u00f3n, ha saltado en lugar de serr\u00edn un chorro de sangre, y un grito ha cruzado el sal\u00f3n como una r\u00e1faga. Las manos ante otras m\u00e1quinas se han quedado en suspenso, con un ligero temblor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Un tr\u00e1gico receso en el trabajo!<\/p>\n\n\n\n<p>Las sierras contin\u00faan girando insensibles, y los obreros corren hacia el herido. Gritos. Temblor de voces. \u00a1Al tel\u00e9fono! La ambulancia, pronto! Y la vuelta al trabajo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha sido tan s\u00f3lo un receso. Los tablones han comenzado a deslizarse nuevamente hacia las sierras. Pero las manos frente a las m\u00e1quinas tiemblan todav\u00eda. \u00bfA qui\u00e9n le tocar\u00e1 la pr\u00f3xima vez? Los rostros se han tornado graves, los ojos miran con recelo. Y cada uno de los obreros tiene la convicci\u00f3n de que en la pr\u00f3xima vez el turno le tocar\u00e1 a \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Carlos Morillo tiene 32 a\u00f1os de vida y 18 en el trabajo. Era un muchacho cuando su padre lo llev\u00f3 a la f\u00e1brica. Conoce bien el oficio. Estuvo trabajando primero en el transporte de madera: jinete\u00f3 en el r\u00edo los rugosos troncos arrebatados por la corriente, desafiando la fuerza del viento y la del agua, la gr\u00faa levantada en los improvisados muelles ergu\u00eda su armadura como una prolongaci\u00f3n de su brazo extendido, poderoso e infatigable como aqu\u00e9lla. Luego pas\u00f3 a desempe\u00f1ar otras labores. Ha visto mucho y sufrido otro tanto. Le emocionan ya muy poco los accidentes, porque ha visto demasiados. En cierta ocasi\u00f3n un engranaje le agarr\u00f3 la mano izquierda, pero \u00e9l es \u00e1gil y nada lerdo, y pudo sacarla de entre las ruedas. Sin embargo le tritur\u00f3 el pulgar. Desde entonces lleva ese dedo feo, aplastado, con la u\u00f1a partida y hundida hacia los bordes. Tambi\u00e9n desde ese d\u00eda comenz\u00f3 a ver las cosas de manera distinta. Mira soltar los chorritos de serr\u00edn cual si las sierras soplasen como ni\u00f1os ociosos, pero no se le ocurre tomarle confianza a las m\u00e1quinas. Sabe que una de ellas, al menor descuido, puede arrancarle una mano cual si arrancase una fruta.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando entra a la f\u00e1brica pone un gesto de altanero desprecio. Pasa lento, con mirada indiferente, al lado del jefe de taller. Y se gasta la altaner\u00eda de quien tiene fe en su fuerza y en su serenidad. Pero trabaja tambi\u00e9n como una bestia incansable: levanta entre sus manos tablas pesadas y las lleva a la m\u00e1quina cepilladora como si fueran tones de poco peso. Y las horas pasan y \u00e9l, inmutable, sudoroso, trabaja con el mismo br\u00edo de las primeras horas de la ma\u00f1ana. No le arredra el sue\u00f1o, ni el sudor copioso lo debilita. Por eso ha logrado que sus camaradas lo admiren. Y si no rindiera tanto su trabajo, ya sus patrones lo habr\u00edan despedido.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez, al regresar a su casa, su mujer le advirti\u00f3: -\u00abHoy las cosas en el Mercado amanecieron m\u00e1s caras\u00bb Y en efecto, la mesa ese d\u00eda fue m\u00e1s pobre que en veces anteriores. Y cada d\u00eda la raci\u00f3n disminu\u00eda. Por su mente, con una brutal sencillez, cruz\u00f3 esta idea: \u00abNecesitamos mayores jornales\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en la f\u00e1brica se lo comunic\u00f3 a todos. \u00abLa cosa es muy sencilla, que nos paguen m\u00e1s\u00bb, los rostros macilentos enmudec\u00edan de asombro, miraban con los ojos muy abiertos, pero en sus retinas claras comenzaba a brillar la ilusi\u00f3n, como cirios que una mano en la oscuridad fuera encendiendo. Y una tras otra las caras asombradas iban desfilando ante \u00e9l con regularidad de cadena.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde ese momento ya no hubo tranquilidad en la f\u00e1brica. Las caras p\u00e1lidas se animaban y cund\u00eda la alegr\u00eda entre los obreros. Se formaban grupos a la salida y el jefe de taller, mientras se paseaba por el vasto sal\u00f3n vigilando los trabajos, se encontraba con miradas llenas de un entusiasmo que no hab\u00eda visto nunca en aquellos ojos; y los dedos sobre las m\u00e1quinas ya no temblaban ante su mirada. Comenz\u00f3 a sospechar de algo, y se torn\u00f3 receloso. No volvi\u00f3 a arriesgarse hasta los rincones apartados del taller ni a gritar; y en \u00e9l se notaba que un odio sombr\u00edo se iba incubando como en el coraz\u00f3n de un enemigo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres est\u00e1n con sus vestidos limpios de dril o de kaki, la piel bronc\u00ednea, las manos deformes, con grandes callosidades y largas cicatrices. Algunos fuman tabaco, y el aire se hace irrespirable con el humo denso y f\u00e9tido. Las palabras caen, pesadas como piedras, de las bocas rudas. Otros se quedan de pie. En la reducida sala los cuerpos se api\u00f1an, y se estrechan siempre una vez m\u00e1s para dar sitio al que llega. Compa\u00f1ero, pase.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se tiran el brazo emocionados, sinti\u00e9ndose hermanos. Las manos se estrechan, las pupilas arden y los corazones laten precipitadamente, veloces como las sierras que cortan la madera y que a veces se hunden en la carne blanda y sensible. <\/p>\n\n\n\n<p>-Compa\u00f1eros, \u00a1silencio!<\/p>\n\n\n\n<p>Y las voces se fueron apagando. Los cuerpos se estrecharon, suspendi\u00e9ndose sobre las puntas de los pies, mientras las miradas todas converg\u00edan hacia un rinc\u00f3n. Tras una peque\u00f1a mesa se destacaba el pecho cuadrado del obrero Carlos Morillo. Y las palabras por aquellos labios suyos fueron saliendo pausadas y vibrantes; entraban en los o\u00eddos atronadoras e inquietas, despertando sentimientos dormidos y revolviendo las ideas. La emoci\u00f3n pasaba por sobre las cabezas en oleadas como un mar embravecido. Un sordo murmullo sal\u00eda de los pechos, en donde la emoci\u00f3n contenida zumbaba como un abejorro. <\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Huelga! <\/p>\n\n\n\n<p>Nadie supo de d\u00f3nde parti\u00f3 el grito. Pero ahora noventa voces lo repet\u00edan. Los muros de la estrecha sala trepidaban. Las manos se chocaban.<\/p>\n\n\n\n<p>-Huelga! Huelga!<\/p>\n\n\n\n<p>Silencio, compa\u00f1eros!<\/p>\n\n\n\n<p>La voz del que hablaba se perd\u00eda en el bullicio. Se le vela agitar los brazos y mover los labios. Ya no era posible decir nada m\u00e1s. Los o\u00eddos estaban sordos a toda otra palabra. <\/p>\n\n\n\n<p>-Basta! \u00a1Silencio!<\/p>\n\n\n\n<p>Por la calle los hombres salieron en tropel, pisando fuerte y alborotando con sus gritos. Los ojos brillaban de alergia y las manos recias se contra\u00edan sin temblar. Sent\u00edanse todos en la plenitud de la fuerza, alegres como ni\u00f1os en la playa. Caminaban unos tras otros, habladores y risue\u00f1os. Llevaban la impresi\u00f3n de que algo desconocido se les hab\u00eda revelado de pronto. Sent\u00edanse los due\u00f1os absolutos de una gran fuerza, y era la fuerza de la organizaci\u00f3n que acababa de nacer impetuosa y optimista.<\/p>\n\n\n\n<p>El humo por la chimenea de la f\u00e1brica sale espeso y negro. Ese d\u00eda la columna de humo se fue debilitando, y hacia el mediod\u00eda era tan s\u00f3lo un delgado hilillo negro.<\/p>\n\n\n\n<p>Los volantes ya no giran y las sierras han dejado de aullar. No se escucha el sonido vibrante de las hojas de acero, ni los tablones se lanzan en carrera suicida al encuentro de los acerados dientes. El aire est\u00e1 claro, limpio de virutas de madera. Por entre las m\u00e1quinas inm\u00f3viles se desliza con gesto nervioso el jefe del taller. Sus pasos suenan secos y lentos. En el vasto recinto su figura se empeque\u00f1ece hasta hacerse imperceptible. Mira las palancas y los volantes paralizados, y no acaba de salir de su asombro. Ha sido una locura que los hombres hayan dejado solas a las m\u00e1quinas.<\/p>\n\n\n\n<p>Los patrones hab\u00edan previsto incendios, y aseguraron la f\u00e1brica por una gran suma de dinero. Hab\u00edan previsto la ruptura y el desgaste de la maquinaria, y todo un departamento estaba lleno de piezas de repuesto. Pero que los hombres dejaran alg\u00fan d\u00eda de trabajar, \u00bfc\u00f3mo iban a preverlo?<\/p>\n\n\n\n<p>Las facturas se acumular\u00edan. Las entradas ese mes se vendr\u00edan al suelo. Los compradores arrugar\u00edan la cara cuando se les anunciara que no podr\u00edan ser despachados sus pedidos. Los grandes troncos de \u00e1rboles reci\u00e9n cortados se amontonar\u00edan en el patio. Entretanto, los volantes no giran y de las engrasaderas y de los pi\u00f1ones la grasa rueda lentamente en espesas gotas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo se llama esto una locura?<\/p>\n\n\n\n<p>-Y a Pancho Mart\u00ednez, \u00bfqui\u00e9n lo ha visto?<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres volvieron la cara y se miraron interrogantes e inquietos. Nadie hab\u00eda visto a Pancho Mart\u00ednez. Sin embargo, no deber\u00edan perderlo de vista. Y los cerebros comenzaron a moverse. Al cabo de un rato, el nombre olvidado brillaba como un anuncio luminoso en el fondo de la imaginaci\u00f3n excitada; ante sus reflejos la seguridad en el triunfo final se vio flaquear y la duda tom\u00f3 forma en las arrugas que surcaron las frentes.<\/p>\n\n\n\n<p>Pancho Mart\u00ednez ten\u00eda la mirada dura de los jefes. Buen overall para el trabajo y traje de lana en la calle. Habr\u00eda deseado que todos le obedeciesen, y se desquitaba mirando con dureza y gru\u00f1endo. Buscando la confianza de los patronos, se ofrec\u00eda a que lo explotasen, y cuando ya todos se hab\u00edan marchado, se le ve\u00eda a\u00fan con su grueso traje de kaki, las manos sucias, el cabello revuelto, andar por el taller. Pero el ascenso nunca lleg\u00f3. Ten\u00eda mala suerte. Le agradaba presumir en la calle y se ufanaba de sus amigos, algunos empleados de la oficina y peque\u00f1os comerciantes independientes; a\u00fan dentro del taller manten\u00eda un aire de importancia que se revelaba por encima del holl\u00edn y del polvo que le cubr\u00edan el rostro; pero su salario no le permit\u00eda vivir con desahogo. Era lo que se llama un hombre de aspiraciones, \u00bfqu\u00e9 culpa ten\u00eda de que los dem\u00e1s no lo fuesen? En los \u00faltimos d\u00edas todos le notaban nervioso. Hab\u00eda adoptado un modo de andar a saltos: caminaba que parec\u00eda un saltamontes herido.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuando un d\u00eda por la chimenea ces\u00f3 de salir el humo, su coraz\u00f3n lati\u00f3 con fuerza y sus ojos brillaron. Esa vez so\u00f1\u00f3 a sus anchas; su fantas\u00eda corri\u00f3 como un corcel desbocado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>A trescientos metros de la f\u00e1brica dos de los huelguistas vagaban. Los transe\u00fantes los vieron de pronto quedarse mudos, mirando hacia arriba, las caras p\u00e1lidas. El cielo, sin embargo, no ofrec\u00eda nada de extraordinario. Pero una d\u00e9bil columna de humo hab\u00eda comenzado a salir por la chimenea.<\/p>\n\n\n\n<p>-Traici\u00f3n! Alguien hab\u00eda encendido la caldera.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en la imaginaci\u00f3n de los dos obreros comenzaron a moverse las m\u00e1quinas: la f\u00e1brica toda se mov\u00eda, los grandes troncos de \u00e1rboles rodaban hacia las sierras, los r\u00edos de madera se amontonaban para volver a disiparse arrastrados por el viento. Todo sin ellos, los hombres. Y el espectro del desempleo se les present\u00f3, p\u00e1lido de hambre, ojeroso de sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las aceras largas, interminables, los dos hombres se escurrieron como dos sombras. Ya no se hablaban. El uno tras el otro, sigui\u00e9ndose, sin saber hacia d\u00f3nde.<\/p>\n\n\n\n<p>La noticia se difundi\u00f3 pronto. Sin que nadie los convocase, encontr\u00e1ronse reunidos en la misma casa. Ahora no brillaba el entusiasmo delirante. Y entraban, se estrechaban unos contra otros, y el ambiente se fue cargando de alarma. La preocupaci\u00f3n de los hijos llorando de hambre, de la mujer que gime, la tragedia del enfermo sin medicinas, la angustia de las noches sin albergue, como de una ca\u00f1er\u00eda rota, iban cayendo de aquellos ojos en donde hac\u00eda algunas horas la esperanza de un mejor salario hab\u00eda irradiado su luz. \u00a1Cu\u00e1ntos sue\u00f1os venidos al suelo!<\/p>\n\n\n\n<p>El odio se fue incubando en aquellos pechos. No sab\u00edan hacia qui\u00e9n. Pero odiaban con fuerza, hasta sentirse estallar. Un solo hombre produjo esos cambios. El humo espeso de las calderas al salir por la chimenea hab\u00eda dibujado en el azul claro del cielo el espectro del desempleo. Y la boca sin el cigarro se contrajo desesperada. Para Miguel la desesperaci\u00f3n tom\u00f3 la forma de un vientre redondo, a punto de gestar. Para Juan, la de tres caras de ni\u00f1os paliduchos que llorar\u00edan cuando el hambre ardiera en sus cuerpos. Y Nicol\u00e1s pens\u00f3 en sus padres, moribundos de vejez.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda calor en la sala. El calor de la sangre que hierve. El calor del odio encendido. \u00a1Noventa hombres! \u00a1Noventa tragedias! \u00a1Maldito rompehuelga!<\/p>\n\n\n\n<p>Y los pu\u00f1os crispados se elevaron. Los ojos inyectados: hab\u00eda en ellos el gesto estrangulador. Carlos Morillo permanec\u00eda impasible. Se present\u00f3 como todos, sin que nadie lo llamase. Vino silencioso, imperturbable. Bastaba mirarlo para comprender su decisi\u00f3n y su firmeza. Cuando estuvo a la vista de todos, los gritos cesaron y renaci\u00f3 la confianza.<\/p>\n\n\n\n<p>Y con la misma sencillez con que hab\u00eda concebido la huelga, encontr\u00f3 una soluci\u00f3n al nuevo problema. Un hombre resuelto era suficiente, y \u00e9l mismo se ofreci\u00f3, sin emocionarse, como si todo fuera tan sencillo.<\/p>\n\n\n\n<p>Por la puerta sali\u00f3 tranquilo, reposado. En tanto que a su espalda la ansiedad comenz\u00f3 a crecer, a crecer con un rumor de multitud en revuelta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Los autom\u00f3viles tienen prisa en llegar. A toda velocidad corren sobre el lomo de la carretera. Se adelantan unos a otros y casi se chocan. Las piedras saltan bajo la presi\u00f3n de los neum\u00e1ticos y una gran nube de polvo enturbia el aire. De pronto los autom\u00f3viles se detienen. \u00a1Una interrupci\u00f3n en el tr\u00e1fico!<\/p>\n\n\n\n<p>Los conductores tienen prisa, y he aqu\u00ed, que, en una bocacalle que da hacia la carretera, se les obliga a detener la marcha. Los motores roncan enojados, y los claxons forman un coro estridente, ensordecedor. Los coches, en fila, se estremecen como animales nerviosos, pero no hay m\u00e1s remedio que esperar, y por las ventanillas los conductores van sacando la cabeza como si se asomasen al mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Oculto tras de una esquina, un obrero robusto hab\u00eda arrojado con gran fuerza un medio ladrillo arrancado del suelo. La piedra rebot\u00f3 contra el cr\u00e1neo de un hombre que atravesaba la calle. Al abrirse, la cabeza son\u00f3 de un modo raro. Se oy\u00f3 un \u00a1crac!\u2026 y el hombre se fue de bruces, el cuerpo ba\u00f1ado en sangre. Las ruedas de un autom\u00f3vil casi lo alcanzan. La gente se tira al medio de la calle. Alrededor del herido, en un instante, se re\u00fane una muchedumbre. El hombre se desangra. Los claxons chillan. Los curiosos se apelotonan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Al asesino!<\/p>\n\n\n\n<p>Alguien vio cuando el ladrillo sal\u00eda disparado de entre unos dedos que lo apretaban con fuerza. Grit\u00f3: \u00a1Al asesino! Pero no hab\u00eda cuidado. Carlos Morillo estaba all\u00ed, con su cara risue\u00f1a, las manos sobre las caderas. Contemplaba su obra y estaba satisfecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya pod\u00eda gestar la mujer de Miguel y morir en paz los viejos de Nicol\u00e1s. Para noventa hombres, el espectro de la desocupaci\u00f3n se hab\u00eda destrozado sobre el cemento del piso, como un espejo roto de una pedrada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Sudor<\/h3>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Uf, que fri\u00edto!<\/p>\n\n\n\n<p>La gorra le cubr\u00eda hasta las orejas. Levant\u00f3 las solapas del saco y ocultando las manos en los bolsillos del pantal\u00f3n, continu\u00f3 andando.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan no hab\u00eda aclarado. Los faroles en las esquinas permanec\u00edan encendidos y una luz rojiza iluminaba la calle, por donde, all\u00e1 hacia el fondo, comenzar\u00eda pronto a levantarse el sol como una antorcha inmensa y roja.<\/p>\n\n\n\n<p>Los gruesos tacones de los zapatos claveteados de Mart\u00edn, golpeaban ruidosamente el cemento de la calle. El ruido sonaba met\u00e1lico y profundo, rebotaba sobre las paredes y se multiplicaba como si marchase un pelot\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Bajaba de una acera y sub\u00eda a otra. Cuadra tras cuadra iba avanzando. En cada esquina un chorro de aire fr\u00edo le ba\u00f1aba el rostro. Apretaba entonces los brazos contra el cuerpo y sub\u00eda los hombros hasta ocultar el cuello.<\/p>\n\n\n\n<p>Las ventanas de las casas se iban abriendo perezosamente como p\u00e1rpados so\u00f1olientos. Por uno de los postigos abiertos se escapaba un grato olor a caf\u00e9. Mart\u00edn aspir\u00f3 profundamente y entorn\u00f3 ligeramente los ojos. En la pr\u00f3xima venta comprar\u00eda caf\u00e9 hervido. Y apresur\u00f3 el paso.<\/p>\n\n\n\n<p>Una leve claridad comenzaba a deslizarse por la calle. Los faroles se apagaron. Alguna que otra puerta se abr\u00eda, daba paso a un hombre y cerr\u00e1base de nuevo. Multitud de hombres marchaban ya por la acera. En las bocacalles tomaban distintas direcciones, se miraban con indiferencia y segu\u00edan. Cada vez era mayor su n\u00famero; se les ve\u00eda surgir como si brotasen de las paredes, y a sus espaldas se escuchaba el quejido de unos goznes c\u00f3mo una despedida. Y nuevas sombras se proyectaban en la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Mart\u00edn hab\u00eda ya dejado atr\u00e1s las \u00faltimas casas de la ciudad y marchaba en direcci\u00f3n a la f\u00e1brica, situada en una de las afueras. El petr\u00f3leo de la carretera apagaba el ruido de sus tacones y una ligera nube de polvo lo envolv\u00eda. Los autom\u00f3viles pasaban veloces a su lado agitando el aire.<\/p>\n\n\n\n<p>Las casas presentaban en aquel sitio un aspecto distinto. Entre unas y otras hab\u00eda un peque\u00f1o espacio que se ensanchaba a medida que se iban alejando del centro, como si tratasen de vivir con mayor holgura y se sacudiesen la modorra. Las enredaderas trepaban retorci\u00e9ndose alrededor de horcones delgados, formando verdes arcadas. Un agradable olor se respiraba a todo lo largo de la v\u00eda. Las flores empin\u00e1banse sobre sus tallos ligeros y asomaban por encima de las barandas sus encendidas corolas, dej\u00e1ndose admirar coquetamente por los transe\u00fantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Un pitazo estridente cort\u00f3 el aire.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Las seis!<\/p>\n\n\n\n<p>La sirena de la f\u00e1brica chillaba rabiosamente. \u00ab\u00a1Qu\u00e9 hacen, holgazanes, que no terminan de llegar!\u00bb. La f\u00e1brica impaciente se lo encaraba a los obreros en marcha por la carretera; la sirena se desga\u00f1itaba gritando desde lo alto de la chimenea como si hubiera trepado s\u00f3lo para insultarlos.<\/p>\n\n\n\n<p>Un centenar de ojos volvieron la vista hacia arriba, y miraron con mal disimulado odio a aquel pedazo de tubo pintado de negro, por donde sal\u00eda disparado un delgado chorro de vapor de agua. Y los pies movi\u00e9ronse con mayor rapidez. El pensamiento se vaci\u00f3 de ideas como un neum\u00e1tico que se desinfla. Olvid\u00e1ronse de todo, mas una preocupaci\u00f3n fija y obsesionante qued\u00f3 en sus mentes: llegar pronto. La sirena no tardar\u00eda en gritarlos de nuevo y para entonces deber\u00edan encontrarse todos reunidos ante la puerta cerrada, y entrar luego a la hora exacta, casi a un mismo tiempo, atropell\u00e1ndose sin que nadie se atrasase.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el hueco ancho de la puerta, con negros manchones de grasa, fueron entrando los obreros. La puerta se los iba tragando uno a uno. Los hombres se met\u00edan por aquella boca negra, y muchos de ellos no pod\u00edan evitar un movimiento instintivo de la cabeza hacia atr\u00e1s, hacia ese mundo que abandonaban, como si nunca m\u00e1s hubieran de salir de aquel vientre insaciable y profundo que impasible se los tragaba. Antes de entrar arrancaban de sus bocas los cigarros y los arrojaban lejos; ya en el recinto, lanzaban lentamente el humo de las \u00faltimas chupadas. Las arrugas iban apareciendo sobre las frentes y los rostros se tornaban sombr\u00edos.<\/p>\n\n\n\n<p>El aire era pesado all\u00e1 dentro. Faltaba luz. Ni la temperatura fresca ni la claridad de la ma\u00f1ana llegaban hasta all\u00ed. Luces d\u00e9biles iluminaban los rincones de la sala y las planchas de zinc del techo comenzaban a calentarse con el calor del sol.<\/p>\n\n\n\n<p>Los obreros comenzaron a desvestirse. Colgaron en clavos hundidos en las paredes las ropas que llevaban y se metieron dentro de los gruesos over-alls. Cada cual se dirigi\u00f3 a tomar su trabajo. Los motores comenzaron a roncar. El ruido iba en aumento. Cada vez nuevas m\u00e1quinas entraban a funcionar y multitud de martillos golpeaban el hierro. Un sonido confuso de campanas atronaba el aire. Se escuchaba la respiraci\u00f3n fatigosa de los fuelles. Las seguetas trabajaban. Las llamas se retorc\u00edan, voraces e inquietas, en las fraguas y en la caldera. En el suelo, barras de hierro, moldes para el vaciado, instrumentos destrozados. Y grasa. Grasa negra que manchaba el suelo, las paredes y los hombres. No era posible escapar all\u00ed a las manchas de grasa, como si fuese un sello y todas las cosas las llevasen como una marca de propiedad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1El trabajo hab\u00eda comenzado! Los brazos se mov\u00edan afanosamente de un extremo a otro del taller, y de las frentes comenzaban a caer copiosas gotas de sudor. El term\u00f3metro sub\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y la impaciencia comenz\u00f3 a contar las horas: \u00a1Ocho de la ma\u00f1ana! \u00a1Las nueve! \u00a1Las diez! \u00a1Las once!<\/p>\n\n\n\n<p>Y apenas hab\u00eda el reloj terminado de dar la \u00faltima campanada, cuando Miguel se le acerc\u00f3 a Mart\u00edn. Ven\u00eda serio, con pasos lentos. Se apoy\u00f3 contra el banco y permaneci\u00f3 callado, puesto el ce\u00f1o. Sus labios, \u00e1speros y gruesos, se mov\u00edan como si quisieran hablar. Tras la espesa capa de sucio que cubr\u00eda su cara, se adivinaba la vacilaci\u00f3n. Sin duda, tra\u00eda algo importante que decir. Mart\u00edn dej\u00f3 caer el brazo que agarraba el esmeril, y mir\u00f3 con extra\u00f1eza a Miguel. El otro baj\u00f3 la vista y apret\u00f3 la boca, movi\u00f3 torpemente el cuerpo y apoy\u00e1ndose de nuevo contra el banco, la cabeza vuelta hacia un lado, mirando hacia ninguna parte, comenz\u00f3 a hablar. Hab\u00edan decidido todos en la f\u00e1brica contarle lo ocurrido, y lo hab\u00edan elegido a \u00e9l para que fuera a hablarle. Y la voz de Miguel estaba ronca, como si hubiese tomado aguardiente: se interrump\u00eda a menudo, tomaba aire, pues la emoci\u00f3n lo asfixiaba, y luego continuaba su relato.<\/p>\n\n\n\n<p>En la \u00faltima semana Mart\u00edn hab\u00eda estado en cama a consecuencia de un accidente. Un grueso eje se le hab\u00eda escapado de entre las manos cay\u00e9ndole sobre un pie. El s\u00e1bado fu\u00e9 Carmen, su mujer, a cobrar el jornal. El patr\u00f3n la hizo pasar a su despacho. Demor\u00f3 en salir. Los obreros lo notaron y se miraron unos a otros con malicia. Uno de ellos se acerc\u00f3 hasta la puerta y mir\u00f3 a trav\u00e9s de la cerradura. Y vi\u00f3 demasiado.<\/p>\n\n\n\n<p>De regreso se plant\u00f3 en la puerta que daba hacia la oficina, y desde lo alto de las gradas, poni\u00e9ndose los \u00edndices sobre la frente a manera de cuernos, grit\u00f3 con voz llena y chocante:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Otro cornudo!<\/p>\n\n\n\n<p>Y una risa inmensa rod\u00f3 por el taller. Las bocas se abrieron hasta dejar al descubierto las campanillas rojas y vibrantes. Algunos, sin embargo, se quedaron mudos, confundidos ante la burla. A Sim\u00f3n le subi\u00f3 el color de la sangre a la cara, y permaneci\u00f3 impasible como si nada hubiese o\u00eddo. Pero se ocult\u00f3 avergonzado tras una m\u00e1quina, como si temiera ser visto. Ni Pablo, ni Adalberto, ni Tom\u00e1s, llegaron a re\u00edr\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Calor! El term\u00f3metro marca 30 grados.<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres sudan. De los rostros cae el sudor en gotas espesas. Las ropas est\u00e1n pegadas a los cuerpos. Pero las manos agarran con fuerza los instrumentos. Y el sudor sigue corriendo por las espaldas de los hombres. Del techo de zinc baja directo y sofocante el calor, y la sangre hierve en la cabeza de los obreros, los m\u00fasculos se van aflojando y los movimientos se van haciendo m\u00e1s lentos. La respiraci\u00f3n se hace fatigosa.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol sube. El term\u00f3metro sube.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a131 grados!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Las doce!<\/p>\n\n\n\n<p>La sirena rasg\u00f3 el aire. Esta vez para arrojar a los obreros del taller. \u00ab\u00a1Fuera holgazanes! \u00a1Id y volved! \u00a1Pero volved pronto\u2026!\u00bb. Y los obreros abandonaron las herramientas, dejaron caer los brazos y marcharon a vestirse. De un tonel iban sacando agua para lavarse, disput\u00e1banse el sitio y veinte manos a un mismo tiempo met\u00edan vasijas en el dep\u00f3sito. El agua corr\u00eda por el suelo y los zapatos la mezclaban con el sucio del piso form\u00e1ndose una resbaladiza capa de lodo. El jab\u00f3n hac\u00eda espuma en los rostros y ca\u00eda en oscuros copos. Las paredes se iban tapizando con los azules vestidos de los obreros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Tragedia!<\/p>\n\n\n\n<p>La puerta de la oficina acababa de abrirse. Por ella aparecer\u00eda el patr\u00f3n. Y Mart\u00edn lo matar\u00eda. Nadie pod\u00eda dudarlo. La alegr\u00eda pasaba de un coraz\u00f3n a otro de los obreros como una mariposa de flor en flor. Y la ansiedad comenz\u00f3 a llenar el sal\u00f3n. Los ojos fijos en la puerta; fijos en las manos del obrero que enjabonaba su cara en una palangana llena de abolladuras. Pero el patr\u00f3n sali\u00f3 con paso lento, atraves\u00f3 el sal\u00f3n mirando a uno y otro lado, y Mart\u00edn en el lavadero permaneci\u00f3 inmutable, como si no le hubiese visto, como si no hubiera sentido sus pasos ni el crujido de sus zapatos de fino cuero.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1No hubo tragedia!<\/p>\n\n\n\n<p>Y los obreros echaron de nuevo a andar. Despreciativos. Enojados por haber perdido el espect\u00e1culo. De haber sido su mujer, ellos habr\u00edan matado al patr\u00f3n. Salieron tambi\u00e9n en tropel y aceleradamente, pero sin el vigor de por la ma\u00f1ana. Iban sin fuerzas ni voluntad, vac\u00edos como pellejos. El sol les her\u00eda la frente, y sudaban copiosamente. De nuevo sus zapatos marcharon por sobre el petr\u00f3leo de la carretera; por sobre el fuego de la carretera.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol ha llegado al c\u00e9nit.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a132 grados!<\/p>\n\n\n\n<p>El suelo hierve. Del cemento de la calle se ve subir un tenue vapor, y en las plantas de los pies se siente el calor de las suelas de los zapatos como planchas de hierro calientes; y la piel arde, como si se estuviera formando una gran ampolla. Los pies apenas si se detienen y avanzan, r\u00e1pidos, por sobre aquella larga superficie caldeada.<\/p>\n\n\n\n<p>En el aire se cruzan multitud de haces resplandecientes que ciegan la vista. No se ve sino una gran mancha blanca que deslumbra. Los p\u00e1rpados se cierran, pero a\u00fan persiste en la retina la claridad. Y tambi\u00e9n a los ojos se les siente arder. Las cejas bajan y se fruncen queriendo proteger la vista, y un gran n\u00famero de arrugas surcan las frentes como si todos pensaran en cosas graves. Y las caras toman un aspecto de mal humor.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol golpea en todas partes. Ni una delgada sombra se proyecta en las aceras. Y el calor del sol cae sobre las espaldas, sobre el pecho; rodea, envuelve y sofoca los cuerpos. \u00a1No es posible evadir el sol! No hay m\u00e1s remedio que apresurar el paso para llegar cuanto antes a la casa. Y los hombres caminan como si fueran a correr, los sombreros tumbados sobre los ojos, peg\u00e1ndose a las paredes y desliz\u00e1ndose r\u00e1pidamente como si tratasen de huir.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a133 grados bajo sombra! \u00a134 bajo sol!<\/p>\n\n\n\n<p>Mart\u00edn avanza por la calle. Como todos, lleva la frente poblada de arrugas. Pero \u00e9l, en cambio, piensa. Piensa en lo que le relat\u00f3 Miguel. Tambi\u00e9n como todos, quiere llegar pronto a casa, pero no tan s\u00f3lo porque desee la sombra fresca y acogedora.<\/p>\n\n\n\n<p>Y suda. Un sudor copioso le corre por el rostro. Todo su cuerpo gotea lentamente como un filtro. Siente correr las gotas sobre la piel, provoc\u00e1ndole una ligera cosquilla. Lleva las piernas empapadas, y al caminar los pantalones se le pegan a las rodillas, a los muslos, a las pantorrillas. Las medias est\u00e1n h\u00famedas y los dedos de los pies al moverse sienten la humedad como si anduvieran por entre el fango. La camisa es un trapo mojado pegado al pecho, y siente que le chupa las fuerzas a trav\u00e9s de los poros abiertos, como una lengua babosa que chupase un panal. De la frente le bajan gruesas gotas que se le acumulan en las cejas para rodar luego hasta la barbilla de un inagotable y delgado hilillo de sudor que con frecuencia se sacude con la mano; pero el sudor vuelve, cada vez m\u00e1s copioso. Aprieta el paso. Atraviesa las calles casi corriendo. Toma las aceras de un salto. Y el sudor le corre hasta los pies. El saco, pasado en las espaldas y con un gran c\u00edrculo de humedad bajo los brazos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a135 grados bajo el sol!<\/p>\n\n\n\n<p>Contin\u00faa andando. El cuerpo le hierve. Le faltan a\u00fan varias cuadras para llegar a la casa. Ni una ligera brisa si\u00e9ntese soplar. Trata de separarse las ropas; pero \u00e9stas de nuevo c\u00e1enle sobre la piel, pesadas y h\u00famedas. Sent\u00eda asco de s\u00ed mismo. Un olor desagradable y penetrante flu\u00eda de su cuerpo. Jadeaba. Trataba siempre de marchar m\u00e1s aprisa. \u00a1Y llegar! Llegar pronto; arrancarse aquellos trapos asquerosos; sacar los pies de entre el fango de los zapatos. \u00a1Y echarse al ba\u00f1o!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1El ba\u00f1o!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Carmen!<\/p>\n\n\n\n<p>Ante \u00e9l apareci\u00f3 ella. Hab\u00eda salido a abrirle la puerta. Es blanca y delgada. De sus ojos se desprende una tibia dulzura. En su traje lleva el tizne de la cocina. Mart\u00edn la tom\u00f3 por las delicadas mu\u00f1ecas y cerr\u00f3 los dedos. Los cerr\u00f3 con todas las fuerzas que a\u00fan le restaban.<\/p>\n\n\n\n<p>La mir\u00f3 con los ojos saltados. Apret\u00f3 los dientes hasta sentir dolor en las quijadas. Ella comprendi\u00f3 y comenz\u00f3 a temblar; todo su cuerpo vibraba como un junco sacudido, y sobre su cara se puso de pronto el espanto como una m\u00e1scara.<\/p>\n\n\n\n<p>Las manos de Mart\u00edn comenzaron a subir. Lentamente iban subiendo por los redondos brazos, tomaron la suave curva de los hombros y se posaron alrededor del cuello. Rodeado por las dos fuertes manos, el cuello desaparec\u00eda; y la cabeza de Carmen emerg\u00eda de entre ellas como de entre una cesta de mimbre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Calor!<\/p>\n\n\n\n<p>El aire caliente sofocaba. La respiraci\u00f3n se hac\u00eda dif\u00edcil. Mart\u00edn sent\u00eda como si una gigantesca llama lo envolviera. Y sudaba. Todo su cuerpo manaba a chorros el salado l\u00edquido, en tanto un gran desfallecimiento lo iba invadiendo, como si tuviera las venas abiertas y corriera la sangre por sobre la piel hasta quedar el cuerpo vac\u00edo como un odre. La voluntad y los m\u00fasculos \u00edbanse aflojando como el\u00e1sticas podridas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1El cuello! \u00a1Apretar las manos! \u00a1Hundir los dedos en aquella garganta de perlada blancura! Ver\u00eda entonces a aquellos ojos que amaba, saltar fuera de las \u00f3rbitas y ponerse feos como \u00falceras; y la sonrosada lengua se tornar\u00eda amoratada y caer\u00eda fuera de la boca, colgando como un calcet\u00edn sucio. \u00a1Pero el calor lo ahogaba! Las fuerzas se le escapaban por los poros como el agua de un tonel roto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a134 grados!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1La camisa pegada al cuerpo, babosa y desesperante! \u00a1Los dedos de los pies movi\u00e9ndose dentro de los zapatos como entre aceite!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1El ba\u00f1o!<\/p>\n\n\n\n<p>Un estremecimiento sacudi\u00f3 su cuerpo. Su piel se dilat\u00f3 como si hubiera entrado en contacto con el agua. Y no pudo pencar en nada m\u00e1s. \u00a1La piel! Su voluntad resid\u00eda ahora en la piel, como si toda ella se hubiera vuelto materia cerebral, y ordenara.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus manos se aflojaron casi de repente, sus brazos cayeron desde lo alto de los hombros de la mujer y oscilaron como cuerdas cortadas. Parec\u00eda como si su cuerpo fuera a derrumbarse, semejante a un monigote.<\/p>\n\n\n\n<p>Y comenz\u00f3 a andar vacilante, a zancadas largas y tard\u00edas, el tronco echado hacia adelante, dejando en el suelo un rastro de sudor, que goteaba desde la barbilla y desde la punta de los dedos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Despu\u00e9s del ba\u00f1o! \u00a1S\u00ed! \u00a1Despu\u00e9s del ba\u00f1o le ajustar\u00eda las cuentas!<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/eduardo-arcila-farias\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El rompe-huelgas \u00a1Calor! \u00a1Ruido! \u00a1Polvo! En el vasto taller todo marcha a gran velocidad. Los inmensos volantes giran como ideas locas. Las cintas dentadas de acero bajan desde un segundo piso, flexibles y vibrantes. Ante las sierras los hombres se mueven atropelladamente, caminan a largos pasos, se entrechocan y siguen como animales ciegos. 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