{"id":17629,"date":"2024-07-22T14:31:00","date_gmt":"2024-07-22T19:01:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17629"},"modified":"2025-10-22T14:47:53","modified_gmt":"2025-10-22T19:17:53","slug":"la-hija-de-la-espanola","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-hija-de-la-espanola\/","title":{"rendered":"La hija de la espa\u00f1ola"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Karina Sainz Borgo<\/h4>\n\n\n\n<p>Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cu\u00f1as y las gafas multifocales. No pod\u00edamos despedirnos de otra manera. No pod\u00edamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habr\u00eda sido como devolverla incompleta a la tierra. Lo sepultamos todo, porque despu\u00e9s de su muerte ya no nos quedaba nada. Ni siquiera nos ten\u00edamos la una a la otra. Aquel d\u00eda ca\u00edmos abatidas por el cansancio. Ella en su caja de madera; yo en la silla sin reposabrazos de una capilla ruinosa, la \u00fanica disponible de las cinco o seis que busqu\u00e9 para hacer el velatorio y que pude contratar solo por tres horas. M\u00e1s que funerarias, la ciudad ten\u00eda hornos. La gente entraba y sal\u00eda de ellas como los panes que escaseaban en los anaqueles y llov\u00edan duros sobre nuestra memoria con el recuerdo del hambre.<\/p>\n\n\n\n<p>Si todav\u00eda hablo en plural de aquel d\u00eda es por costumbre, porque el pegamento de los a\u00f1os nos sold\u00f3 como a las partes de una espada con la cual defendernos la una a la otra. Mientras redactaba la inscripci\u00f3n para su tumba, entend\u00ed que la primera muerte ocurre en el lenguaje, en ese acto de arrancar a los sujetos del presente para plantarlos en el pasado. Convertirlos en acciones acabadas. Cosas que comenzaron y terminaron en un tiempo extinto. Aquello que fue y no ser\u00e1 m\u00e1s. La verdad era esa: mi madre ya solo existir\u00eda conjugada de otra forma. Sepult\u00e1ndola a ella cerraba mi infancia de hija sin hijos. En aquella ciudad en trance de morir, nosotras lo hab\u00edamos perdido todo, incluso las palabras en tiempo presente.<\/p>\n\n\n\n<p>Seis personas acudieron al velatorio de mi madre. Ana fue la primera. Lleg\u00f3 arrastrando los pies, sostenida de un brazo por Julio, su marido. Ana parec\u00eda atravesar un t\u00fanel oscuro que desembocaba en el mundo que habit\u00e1bamos los dem\u00e1s. Desde hac\u00eda meses, se hab\u00eda sometido a un tratamiento con benzodiacepina. El efecto comenzaba a evaporarse. Apenas le quedaban pastillas suficientes para completar la dosis diaria. Como el pan, el Alprazolam escaseaba y el des\u00e1nimo se abr\u00eda paso con la misma fuerza de la desesperaci\u00f3n de quienes ve\u00edan desaparecer todo cuanto necesitaban: las personas, los lugares, los amigos, los recuerdos, la comida, la calma, la paz, la cordura. \u00abPerder\u00bb se convirti\u00f3 en un verbo igualador que los Hijos de la Revoluci\u00f3n usaron en nuestra contra.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana y yo nos conocimos en la facultad de Letras. Desde entonces, compartimos una sincron\u00eda para nuestros propios infiernos. Esta vez tambi\u00e9n. Cuando mi madre ingres\u00f3 en la Unidad de Cuidados Paliativos, los Hijos de la Revoluci\u00f3n arrestaron a Santiago, su hermano. Ese d\u00eda apresaron a decenas de estudiantes. Terminaron con la espalda en carne viva por los perdigones, apaleados en una esquina o violados con el ca\u00f1\u00f3n de un fusil. A Santiago le toc\u00f3 La Tumba, una combinaci\u00f3n de las tres cosas dosificada en el tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pas\u00f3 m\u00e1s de un mes dentro de aquella c\u00e1rcel excavada cinco pisos por debajo de la superficie. No hab\u00eda sonidos ni ventanas, tampoco luz natural o ventilaci\u00f3n. Solo se escuchaba el paso y el traqueteo de los rieles del metro por encima de la cabeza. Santiago ocupaba una de las siete celdas alineadas, una detr\u00e1s de la otra, as\u00ed que no era capaz de ver ni saber qui\u00e9nes m\u00e1s estaban detenidos junto a \u00e9l. Cada calabozo med\u00eda dos por tres metros. El suelo y las paredes eran blancos. Tambi\u00e9n las camas y las rejas a trav\u00e9s de las que hac\u00edan pasar una bandeja con alimentos. Jam\u00e1s les daban cubiertos: si quer\u00edan comer, deb\u00edan hacerlo con las manos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana hab\u00eda dejado de tener noticias de Santiago hac\u00eda semanas. Ni siquiera recib\u00eda ya la llamada por la que pagaban sumas semanales de dinero; tampoco la estropeada fe de vida que le llegaba en forma de fotos, desde un n\u00famero de tel\u00e9fono que nunca era el mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>No sabemos si est\u00e1 vivo o muerto. \u00abNo sabemos nada de \u00e9l\u00bb, me cont\u00f3 Julio en voz muy baja, apart\u00e1ndose de la silla en la que Ana se mir\u00f3 los pies durante treinta minutos. En todo ese tiempo, levant\u00f3 la mirada para hacer tres preguntas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfA qu\u00e9 hora enterrar\u00e1n a Adelaida?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A las dos y media.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya \u2014murmur\u00f3\u2014. \u00bfD\u00f3nde?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En el cementerio de La Guairita, en la parte vieja. Mi mam\u00e1 compr\u00f3 la parcela hace mucho tiempo. Tiene bonitas vistas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya\u2026 \u2014Ana parec\u00eda hacer un esfuerzo adicional, como si pronunciar aquellas palabras resultara una tarea tit\u00e1nica\u2014. \u00bfQuieres quedarte con nosotros hoy, mientras pasa lo m\u00e1s duro?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Saldr\u00e9 hacia Ocumare ma\u00f1ana muy temprano para ver a mis t\u00edas y dejarles algunas cosas \u2014ment\u00ed\u2014. Te lo agradezco. T\u00fa tampoco lo est\u00e1s pasando muy bien.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya. \u2014Ana me dio un beso en la mejilla y se march\u00f3. Qui\u00e9n quiere velar a un muerto ajeno cuando barrunta el suyo. <\/p>\n\n\n\n<p>Aparecieron dos maestras jubiladas con las que mi madre a\u00fan manten\u00eda contacto: Mar\u00eda Jes\u00fas y Florencia. Dieron sus condolencias y se marcharon tambi\u00e9n r\u00e1pido, conscientes de que nada de cuanto dijeran corregir\u00eda la muerte de una mujer demasiado joven para desaparecer. Salieron de ah\u00ed apretando el paso, como si intentaran ganar ventaja a la parca antes de que fuera a buscarlas tambi\u00e9n a ellas. A la funeraria no lleg\u00f3 ni una sola corona de flores excepto la m\u00eda. Un centro de claveles blancos que apenas cubr\u00eda la mitad superior del ata\u00fad.<\/p>\n\n\n\n<p>Las dos hermanas de mi madre, mis t\u00edas Amelia y Clara, no acudieron. Eran mellizas. Una era gorda y la otra flaqu\u00edsima. Una com\u00eda sin parar y la otra desayunaba una tacita de caraotas negras mientras daba chupadas a un cigarrillo de liar. Viv\u00edan en Ocumare de la Costa, un pueblo del estado de Aragua cercano a la bah\u00eda de Cata y Choron\u00ed. Ese lugar donde el agua azul lame la arena blanca y al que separan de Caracas carreteras intransitables que se ca\u00edan a pedazos.<\/p>\n\n\n\n<p>A sus ochenta a\u00f1os, las t\u00edas Amelia y Clara habr\u00edan hecho, como mucho, un viaje a Caracas en toda su vida. No salieron de aquel poblacho ni siquiera para ir al acto de grado de mi mam\u00e1, la primera universitaria de la familia falc\u00f3n. Luc\u00eda preciosa en aquellas fotos, de pie, en el aula magna de la Universidad Central de Venezuela: los ojos muy maquillados, el cardado del pelo aplastado bajo el birrete, sujetando el t\u00edtulo con las manos r\u00edgidas y una sonrisa m\u00e1s bien solitaria, como de mujer con rabia. Mi mam\u00e1 guardaba aquella fotograf\u00eda junto con su expediente acad\u00e9mico de licenciada en Educaci\u00f3n y el anuncio que mis t\u00edas contrataron en <em>El Arag\u00fce\u00f1o<\/em>, el peri\u00f3dico regional, para que todo el mundo supiera que las Falc\u00f3n ya ten\u00edan una profesional en la familia.<\/p>\n\n\n\n<p>A mis t\u00edas las ve\u00edamos poco. Una o dos veces al a\u00f1o. Viaj\u00e1bamos al pueblo durante los meses de julio y agosto, a veces en carnaval o Semana Santa. Les ech\u00e1bamos una mano con la pensi\u00f3n y adem\u00e1s ayud\u00e1bamos a aligerar la carga econ\u00f3mica. Mi madre les dejaba alg\u00fan dinero y de paso las chinchaba: a una para que dejara de comer y a la otra para que comiera. Ellas nos agasajaban con desayunos que a m\u00ed me daban n\u00e1useas: carne mechada, chicharr\u00f3n frito, tomate, aguacate y caf\u00e9 de guarapo, un brebaje con canela y papel\u00f3n que colaban con una media de tela y con el que me persegu\u00edan por toda la casa. El bebedizo me ocasion\u00f3 no pocos desmayos, de los que ellas me despertaban con sus quejas de matronas locas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Adelaida, chica, si mi mam\u00e1 viera a esta ni\u00f1a, tan flacuchenta y enclenque, le daba tres arepas con manteca! \u2014dec\u00eda mi t\u00eda Amelia, la gorda\u2014. \u00bfQu\u00e9 le haces a esta criatura? Parece un arenque frito. Esp\u00e9rate aqu\u00ed, m\u2019hija. Ya vengo\u2026 \u00a1No te muevas, muchachita!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Amelia, deja a la ni\u00f1a; que t\u00fa tengas hambre todo el tiempo no significa que el resto tambi\u00e9n \u2014respond\u00eda mi t\u00eda Clara desde el patio mientras vigilaba sus \u00e1rboles de mango, fumando un cigarrillo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014T\u00eda, qu\u00e9 haces all\u00e1 fuera. Entra, ya vamos a comer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esp\u00e9rate, estoy viendo si los sinverg\u00fcenzas del terreno de al lado vienen a tumbar los mangos con una vara. El otro d\u00eda se llevaron tres bolsas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed est\u00e1; c\u00f3mete solo una si quieres, pero hay tres m\u00e1s \u2014dec\u00eda mi t\u00eda Amelia, de vuelta de la cocina, con un plato en el que hab\u00eda servido dos bollos de harina rellenos de picadillo de cochino frito\u2014. falta te hace. \u00a1Come, come, m\u2019hija, que se enfr\u00eda!<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de fregar los platos, se sentaban las tres en el patio a jugar bingo hasta que remitiera la plaga, aquellas nubes de zancudos que aparec\u00edan puntuales a las seis de la tarde y que espant\u00e1bamos con el humo que desprend\u00edan las brozas secas al contacto con el fuego. Hac\u00edamos una pira y nos junt\u00e1bamos para verla arder bajo el sol extinto del d\u00eda. Entonces alguna de las dos, unas veces Clara y otras Amelia, se revolv\u00edan en sus poltronas de esterilla y, refunfu\u00f1ando, dec\u00edan la palabra m\u00e1gica: \u00abDifunto\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed se refer\u00edan a mi padre, un estudiante de Ingenier\u00eda al que los planes de boda se le borraron de la cabeza cuando mi madre le dijo que esperaba un beb\u00e9. A juzgar por la rabia que destilaban mis t\u00edas, cualquiera dir\u00eda que las dej\u00f3 plantadas a ellas tambi\u00e9n. Lo recordaban mucho m\u00e1s ellas que mi madre, a la que jam\u00e1s escuch\u00e9 pronunciar su nombre. Porque de mi pap\u00e1 nunca m\u00e1s se supo. Al menos as\u00ed me lo cont\u00f3 ella. Me pareci\u00f3 una explicaci\u00f3n m\u00e1s que razonable para no extra\u00f1ar su ausencia. Si \u00e9l jam\u00e1s hab\u00eda querido saber de nosotras, por qu\u00e9 ten\u00edamos que esperar algo de su parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca entend\u00ed la nuestra como una familia grande. La familia \u00e9ramos mi madre y yo. Nuestro \u00e1rbol geneal\u00f3gico comenzaba y acababa en nosotras. Juntas form\u00e1bamos un junco, una especie de planta de s\u00e1bila de esas que son capaces de crecer en cualquier lugar. \u00c9ramos peque\u00f1as y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera. Est\u00e1bamos hechas para resistir. Nuestro mundo se sosten\u00eda en el equilibrio que ambas fu\u00e9semos capaces de mantener. El resto era algo excepcional, a\u00f1adido, y por eso prescindible: no esper\u00e1bamos a nadie, nos bast\u00e1bamos la una a la otra.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Demolici\u00f3n. Esa fue la sensaci\u00f3n que tuve mientras marcaba el n\u00famero de tel\u00e9fono de la pensi\u00f3n de las Falc\u00f3n el d\u00eda del velatorio de mi mam\u00e1. Tardaron en contestar. Dos mujeres achacosas en ese caser\u00f3n dif\u00edcilmente pod\u00edan superar la distancia que iba del patio hasta el sal\u00f3n, donde conservaban un peque\u00f1o tel\u00e9fono de monedas que ya nadie usaba pero que a\u00fan marcaba l\u00ednea y recib\u00eda llamadas. Mis t\u00edas regentaban su hostal desde hac\u00eda treinta a\u00f1os. En todo ese tiempo no hab\u00edan cambiado ni siquiera un cuadro. As\u00ed eran ellas, inveros\u00edmiles, como los apamates pintados en telas llenas de polvo que decoraban aquellas paredes cubiertas de grasa y tierra. <\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de varios intentos, al fin atendieron. Recibieron la noticia de la muerte de mi madre con \u00e1nimo oscuro y pocas palabras. Las dos se pusieron al tel\u00e9fono. Primero Clara, la flaca, y luego Amelia, la gorda. Me ordenaron retrasar el entierro, al menos el tiempo que tardaran en comprar un billete para el siguiente autob\u00fas que saliera desde Ocumare hacia Caracas. Tres horas de viaje en una v\u00eda llena de baches y delincuentes las separaban de la capital. Aquellas condiciones, sumadas a la vejez y las enfermedades \u2014diabetes una y artritis la otra\u2014, las habr\u00edan machacado. Me pareci\u00f3 motivo suficiente para disuadirlas de su viaje. Las desped\u00ed con la promesa de que ir\u00eda a verlas \u2014ment\u00ed\u2014 y que juntas celebrar\u00edamos un novenario en la capilla del pueblo. Accedieron de mala gana. Colgu\u00e9 el tel\u00e9fono con una certeza: el mundo, tal y como lo conoc\u00eda, hab\u00eda comenzado a desmoronarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya casi al final de la ma\u00f1ana, dos vecinas del edificio se acercaron para darme el p\u00e9same y, de paso, desplegar el repertorio de consolaciones. Algo tan in\u00fatil como tirar pan a las palomas. A Mar\u00eda, la enfermera del sexto, le dio por hablar de la vida eterna. Gloria, la del penthouse, parec\u00eda m\u00e1s interesada en saber qu\u00e9 iba a ser de m\u00ed ahora que me encontraba \u00absola\u00bb. Porque, claro, aquel apartamento era demasiado grande para una mujer sin hijos. Porque, claro, tal y como estaban las cosas, ya habr\u00eda pensado yo en alquilar al menos una de las habitaciones. Que hoy se pagan en d\u00f3lares, y, bueno, eso si hay suerte con un conocido. Gente decente, buena paga. Porque hay mucho malandro, dec\u00eda Gloria. Y como la soledad no es buena y t\u00fa ahora est\u00e1s sola, conviene tener gente cerca, al menos por si ocurre alguna emergencia, \u00bfno? Tendr\u00e1s conocidos a quienes alquilar, \u00bfverdad, muchacha? Y si no, claro, ella dec\u00eda tener una prima lejana que desde hac\u00eda tiempo buscaba mudarse a la ciudad. \u00a1Qu\u00e9 mejor oportunidad!, \u00bfverdad? Ella se muda a tu casa y as\u00ed t\u00fa ganas un dinero extra. \u00bfA que es una gran idea?, me espet\u00f3 ante el ata\u00fad cerrado de mi madre reci\u00e9n muerta. Porque, habrase visto, con esta inflaci\u00f3n pagar los m\u00e9dicos, y el funeral, y la parcela del cementerio. Porque todo esto te habr\u00e1 costado un dineral, \u00bfno? Algo habr\u00e1s ahorrado, seguro, pero con tus t\u00edas ya tan mayores y tan lejos vas a necesitar ingresos adicionales. Por eso te voy a poner en contacto con mi prima, para que le des uso a esa habitaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Gloria no dej\u00f3 de hablar de dinero ni un solo instante. Algo en sus ojitos roedores insist\u00eda en detectar qu\u00e9 tajada pod\u00eda sacar ella de mi situaci\u00f3n o al menos enterarse de c\u00f3mo mejorar la suya a partir de la m\u00eda. As\u00ed viv\u00edamos todos entonces: mirando qu\u00e9 hab\u00eda en la bolsa de la compra del otro y olisqueando si el vecino llevaba algo que escaseara para buscar d\u00f3nde conseguirlo. Todos nos convertimos en sospechosos y vigilantes, travestimos la solidaridad en depredaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Las mujeres se marcharon a las dos horas, harta una de escuchar las indiscreciones de la otra, y cansada ya la otra de no poder averiguar qu\u00e9 ser\u00eda de mi hacienda ahora que faltaba mi madre. <\/p>\n\n\n\n<p>Vivir se hab\u00eda convertido en salir a cazar y regresar vivo. En eso consist\u00edan nuestros actos m\u00e1s elementales, incluso el de sepultar a nuestros muertos. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El alquiler de la capilla le costar\u00e1 cinco mil bol\u00edvares fuertes. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cinco millones de bol\u00edvares de los de antes, querr\u00e1 decir. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, eso. \u2014El empleado de la funeraria atild\u00f3 la vocecita\u2014. Como usted ya trae el certificado de defunci\u00f3n, le sale m\u00e1s barato. De otra forma, costar\u00eda siete mil bol\u00edvares fuertes, por la emisi\u00f3n del documento. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Siete millones de bol\u00edvares de los de antes, \u00bfno? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, eso. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQuiere o no contratar el servicio? \u2014solt\u00f3 con cierta exasperaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfLe parece que estoy como para elegir? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso lo sabr\u00e1 usted. <\/p>\n\n\n\n<p>Pagar el velatorio fue todav\u00eda m\u00e1s complicado que sufragar los \u00faltimos d\u00edas de mi madre en la cl\u00ednica. El sistema bancario era una ficci\u00f3n. Los de la funeraria no ten\u00edan dat\u00e1fono para las tarjetas, tampoco aceptaban transferencias de dinero y yo no dispon\u00eda de efectivo suficiente para completar la cantidad que me ped\u00edan, algo as\u00ed como dos mil veces mi sueldo. De haberlo tenido, tampoco lo habr\u00edan aceptado. En esos d\u00edas nadie quer\u00eda billetes. Era papel sin valor. Hab\u00eda que disponer de grandes fajos para comprar cualquier cosa, desde una botella de gaseosa \u2014si hab\u00eda\u2014 hasta un paquete de chicle, que en esos d\u00edas se consegu\u00eda, a veces, por diez o doce veces su valor original. El dinero se convirti\u00f3 en una escala urban\u00edstica. Eran necesarias dos torres de billetes de a cien para comprar, cuando la hab\u00eda, una botella de aceite; a veces tres para un cuarto de kilo de queso. Rascacielos sin valor; eso era la moneda nacional: un cuento chino. A los pocos meses ocurri\u00f3 lo contrario: el dinero desapareci\u00f3. Entonces ya no tuvimos nada que entregarnos a cambio de lo poco que se consegu\u00eda. <\/p>\n\n\n\n<p>Opt\u00e9 por la soluci\u00f3n m\u00e1s sencilla: saqu\u00e9 del monedero el \u00faltimo billete de cincuenta euros que hab\u00eda comprado meses atr\u00e1s en el mercado negro y lo extend\u00ed al gerente de la funeraria, que se abalanz\u00f3 sobre \u00e9l con los ojos inyectados en asombro. Probablemente conseguir\u00eda cambiarlo por veinte veces su valor oficial, o incluso treinta, con respecto a como lo hab\u00eda pagado yo. Cincuenta euros, una cuarta parte de lo que hab\u00eda quedado de mis ahorros, que yo guardaba envueltos en una braga rota con la que pretend\u00eda despistar a los que pudieran venir a casa a robarnos. El trabajo a destajo para una editorial mexicana radicada en Espa\u00f1a \u2014me pagaban en moneda extranjera\u2014 y las liquidaciones con retraso de los manuscritos corregidos nos permitieron a mi madre y a m\u00ed ir tirando. Pero las \u00faltimas semanas nos fulminaron. La cl\u00ednica nos cobraba por todo aquello que no ten\u00eda y que deb\u00edamos comprar en el mercado negro por tres o cuatro veces su valor original: desde las jeringas y las bolsas de suero hasta las gasas y el algod\u00f3n que un enfermero con aspecto de matarife me proporcionaba tras pedirme una cantidad de dinero exorbitante, casi siempre mayor a la que hab\u00edamos acordado. <\/p>\n\n\n\n<p>Todo desaparec\u00eda casi con la misma velocidad con la que mi madre perd\u00eda la vida tendida en una cama con s\u00e1banas que yo deb\u00eda llevar lavadas de casa cada d\u00eda y que parec\u00edan derretirse con los humores de una habitaci\u00f3n compartida con tres enfermos m\u00e1s. No hab\u00eda una sola cl\u00ednica en la ciudad que no tuviese listas de espera para ocupar una plaza. La gente enfermaba y mor\u00eda tan r\u00e1pido como perd\u00eda el juicio. Nunca me plante\u00e9 someter a mi madre a un hospital de la sanidad p\u00fablica; habr\u00eda sido como llevarla a morir arrimada en un pasillo entre delincuentes acribillados a balazos. La vida, el dinero, las fuerzas se nos acababan. Hasta el d\u00eda duraba menos. Estar en la calle a las seis de la tarde era una manera est\u00fapida de rifarse la existencia. Cualquier cosa pod\u00eda matarnos: un disparo, un secuestro, un robo. Los apagones se alargaban horas y empalmaban las puestas de sol con una oscuridad perpetua.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/karina-sainz-borgo-una-semblanza-de-su-vida\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Karina Sainz Borgo Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cu\u00f1as y las gafas multifocales. No pod\u00edamos despedirnos de otra manera. No pod\u00edamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habr\u00eda sido como devolverla incompleta a la tierra. 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