{"id":17575,"date":"2025-10-19T14:39:05","date_gmt":"2025-10-19T19:09:05","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17575"},"modified":"2025-10-19T14:39:06","modified_gmt":"2025-10-19T19:09:06","slug":"minicuentos-de-enrique-bernardo-nunez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/minicuentos-de-enrique-bernardo-nunez\/","title":{"rendered":"Minicuentos de Enrique Bernardo N\u00fa\u00f1ez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Filosof\u00eda de un P\u00e1jaro<\/h3>\n\n\n\n<p>El p\u00e1jaro negro se ba\u00f1a en la fuente de la plaza. Sus alas alborotan, encrespan, bru\u00f1en el agua. Sacude la cabeza dentro; levanta el buche; abre las alas. Se yergue, observa y vuelve a sumergirse.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiembla el iris sobre la plata del agua, y el plumaje del ave reluce al borde de la fuente; el plumaje en cuya negrura saltan los ojos amarillos del p\u00e1jaro como dos cuentas de vidrio.<\/p>\n\n\n\n<p>En la plaza reverbera el mediod\u00eda. Arde el mosaico. Pasan a ratos las gentes abrumadas, estoicas; pasan as\u00ed: un mendigo descalzo, torturadas las plantas por el fuego del sol; obreros que marchan de prisa; traficantes a quienes rinde la carga; pasa un potentado, apopl\u00e9tico; pasa un cobrador con su mochila. Y todos los rostros chorrean sudor. En la esquina dormita un cochero en su pescante.<\/p>\n\n\n\n<p>El p\u00e1jaro mira atento, se sacude en la delicia candorosa del agua, y al zambullirse lanza un gran trino; un trino de cristal que parece decir en una risotada: \u201cAh\u00ed va el rey de la creaci\u00f3n\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El Amor Eterno<\/h3>\n\n\n\n<p>A Irene se le muri\u00f3 el novio hace dos meses. Llor\u00f3 mucho, se visti\u00f3 de luto; enflaqueci\u00f3 un poco y jur\u00f3 nunca, nunca, amar m\u00e1s. Es un primor la cabecita rubia de Irene, y sus ojitos azules, peque\u00f1os, vivos, \u00e1giles, hablan mejor que sus labios. Lloraba, lloraba la pobre, la dulce Irene, y dec\u00eda: \u201cM\u00e1s nunca vuelvo a querer&#8230; a querer a nadie\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se lo hab\u00eda prometido al muerto amado que descansaba lejos, lejos, en el cementerio de un pueblo bajo una gran cruz de hiedra\u2026 Ahora tiene amores con aqu\u00e9l que o\u00eda estas cosas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l le pregunta: \u201cSi me muero \u00bfme olvidar\u00e1s?\u201d Ella se turba, se agita como si le dijeran algo que por la noche le causar\u00e1 miedo y responde mientras muerde una naranja: \u201cSi te mueres, me muero tambi\u00e9n; y m\u00e1s nunca vuelvo a querer&#8230; a querer a nadie\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La Risa<\/h3>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de seis a\u00f1os de muerto exhumaron el cuerpo de aquel hombre solemne y grave que muri\u00f3 en olor de fama eminente. Lo exhumaron con gran respeto. Todos los presentes estaban muy serios, y el buen se\u00f1or, el hombre solemne y grave se estaba riendo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Fin de un Sue\u00f1o y Principio de Otro<\/h3>\n\n\n\n<p>La llama del hogar se dilataba macilenta, empenachaba la oscuridad del hogar silencioso, en torno del cual marido y mujer discut\u00edan agriamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Y poco a poco fue haci\u00e9ndose m\u00e1s dulce, m\u00e1s triste el tono de la esposa, semejante a la llama que entonces languidec\u00eda como encontrando su lumbre al beso del viento.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfTe acuerdas lo que me promet\u00edas cuando novios? Nunca re\u00f1ir\u00edamos, nunca se abrir\u00edan nuestros labios sino para juntarlos, nunca tendr\u00edas para m\u00ed sino palabras de amor&#8230; \u00bfTe acuerdas?<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed. S\u00ed me acuerdo&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfTe acuerdas de la noche aquella en que me robaste el primer beso? \u00bfTe acuerdas de aquella dicha breve y dulce que nos turb\u00f3? \u00bfQui\u00e9n supondr\u00eda luego, que t\u00fa&#8230;?<\/p>\n\n\n\n<p>(La llama apag\u00f3se y como un diamante azul, su \u00faltimo destello vacilaba en la sombra)<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;-S\u00ed mujer. S\u00ed me acuerdo; pero no me hables de eso, est\u00fapida, \u00bfno ves que estoy borracho?<\/p>\n\n\n\n<p>Y el hombre desplom\u00f3se en el suelo&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El Puchero<\/h3>\n\n\n\n<p>La madre que fue bella incl\u00ednase ahora dolorosa. Sus labios se alargan tr\u00e9mulos, empalidecidos y las ojeras hacen m\u00e1s grandes sus ojos negros, dulcemente negros. No hay para calentar la sopa y en el hogar miserable llora un ni\u00f1o. La madre recuerda su juventud desvanecida por la breve historia de un beso; la historia vulgar de su vida, la historia que un instante perfum\u00f3 su amor de doncella; pobre doncellez ajada y muerta como las rosas solas y abandonadas.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto se yergue la madre dolorosa; busca entre los trapos del rinc\u00f3n sol\u00edcita, afanadamente. Algo salvador debe buscar la madre en cuyo rostro se desmaya el color. Son papeles, muchos papeles; las cartas que lee todas las tardes esperando algo que no ha de tornar. Son las cartas de su novio, dadas a hurtadillas por la ventana sembrada de claveles. La mujer las hacina, las mira por \u00faltima vez; disp\u00f3nelas bajo la taza de caldo. El hogar se ilumina de pronto; sube una columna de humo y el haz de papeles regala una llamarada&#8230;<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/enrique-bernardo-nunez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">Publicados en: Actualidades, Caracas, A\u00f1o 3, Nros. 47 y 51 (1919)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Filosof\u00eda de un P\u00e1jaro El p\u00e1jaro negro se ba\u00f1a en la fuente de la plaza. Sus alas alborotan, encrespan, bru\u00f1en el agua. Sacude la cabeza dentro; levanta el buche; abre las alas. Se yergue, observa y vuelve a sumergirse. 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