{"id":17297,"date":"2025-09-10T15:48:36","date_gmt":"2025-09-10T20:18:36","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17297"},"modified":"2025-09-10T15:48:36","modified_gmt":"2025-09-10T20:18:36","slug":"tras-la-saga-del-conde-henao-1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/tras-la-saga-del-conde-henao-1\/","title":{"rendered":"Tras la saga del conde Henao (1)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arnaldo Erazo<\/h4>\n\n\n\n<p>Cada vez que el viejo Jota Ernesto R. Henao ten\u00eda ubicado el campamento y las coordenadas precisas de los puntos que pensaba explorar, invitaba a alg\u00fan amigo para que fuera con \u00e9l. Eso ya se hab\u00eda hecho una costumbre. Cada fin de semana su jeep repleto de libros, mapas, libretas de anotaciones, hamacas, galletas de soda, latas de sardinas, abundante licor e implementos para excavar, sub\u00eda perezosamente los caminos polvorientos de Curbat\u00ed donde viv\u00eda el due\u00f1o de una finca, apodado Gavil\u00e1n. Aquel sitio era un conjunto de cerritos semejantes a las fases de la luna, con uno grande en el centro, el cual mostraba una explanada perfecta para el aterrizaje. Al viejo le gustaba mucho ir por all\u00ed, no tanto por deleitarse con el paisaje sino porque el entorno lo llenaba de br\u00edos y su instinto pod\u00eda cabalgar libremente en busca de nuevas hip\u00f3tesis sobre los habitantes originarios de ese lugar. Pero cosa extra\u00f1a, sin saber por qu\u00e9 aquella ma\u00f1ana hab\u00eda amanecido dudando si deb\u00eda quedarse en casa o no. Sin embargo, el recuerdo de la promesa hecha a su comadre, m\u00e1s el olor a pan de horno reci\u00e9n sacado, a\u00f1adido a los acordes de los villancicos envueltos en los aires lo obligaron a mantenerse firme ante el compromiso adquirido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u00bfA qui\u00e9n me llevo?\u00bb, se pregunt\u00f3. Y arque\u00f3 las cejas apuntando los ojos a la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin lugar a dudas este era un hombre singular, racionalista empedernido, curtido en el respeto a la palabra, culto, acucioso, pero sobre todo leal; y con todo eso, respetuoso de las ideas ajenas, por m\u00e1s dis\u00edmiles que fueran sus diferencias pol\u00edticas con alguien, jam\u00e1s se atrevi\u00f3 a burlarse de ellas, mucho menos tratar de imponerle criterios. Claro, exceptuando que tuviera documentos irrebatibles en sus manos, ah\u00ed s\u00ed que por cualquier v\u00eda los hac\u00eda valer. Debido a esas y mil razones m\u00e1s, deb\u00eda asistir al encuentro con su comadre. \u00bfPero comadre de qu\u00e9? \u00bfDe qui\u00e9n? Que \u00e9l recordara nunca hab\u00eda bautizado a nadie. Ser\u00e1 de un litro, dijo p\u00edcaramente para s\u00ed, imagin\u00e1ndose los racimos de gente en el rancho, listos para dar inicio a la paradura de ni\u00f1o m\u00e1s famosa del sector. As\u00ed pues que no se trataba de una simple ceremonia, era la palabra empe\u00f1ada. <\/p>\n\n\n\n<p>Entonces se registr\u00f3 la memoria e inmediatamente la imagen del poeta Ariel vino en su auxilio para dibujarle una sonrisa en los labios que poco le falt\u00f3 para aflojarle la pr\u00f3tesis dental. Ah\u00ed decidi\u00f3 llamarlo para convidarlo al asunto y a los pocos minutos los dos estaban montados en el jeep. Jota Ernesto o V\u00edctor Esteban, como tambi\u00e9n lo llamaban los compa\u00f1eros de infancia, se afilaba la barba mientras saboreaba entre el paladar y la lengua los \u00faltimos vestigios de una pella de chim\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1l es la ruta? \u2014Sonde\u00f3 el poeta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bum Bum adentro, rumbo la Sierra Nevada.<\/p>\n\n\n\n<p>Al o\u00edr esto al invitado se le espeluc\u00f3 el pellejo, y no era para menos, pues dentro de su morral hab\u00eda metido cualquier cosa menos una chaqueta para protegerse del fr\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No te preocupes, yo llevo cobijas y hamacas \u2014prosigui\u00f3 el viejo al advertir en el rostro del acompa\u00f1ante cierto grado de ofuscamiento\u2014, adem\u00e1s t\u00fa sabes que para calentarse el cuerpo no hay nada mejor que una muchacha bonita o tomarse un buen trago. All\u00e1 en casa de la comadre Camila hay una parranda esta noche y te puedo asegurar que las mujeres y sus hallacas son de lo mejor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qui\u00e9n m\u00e1s va? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No s\u00e9, dime t\u00fa. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vamos a buscar a Yoleida y al catire Cafrutti para que nos ayuden a cargar. T\u00fa ya est\u00e1s demasiado viejo, si nos ponemos esa caja de miche en las costillas, el equipo fotogr\u00e1fico, m\u00e1s la maleta de libros que nunca abandonas y las dem\u00e1s bolsas nos vamos a reventar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfSer\u00e1?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah, vaina.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed se hizo. Como a las cinco de la tarde dejaron el jeep en casa del comisario de un caser\u00edo bien apartado del pueblo e iniciaron los preparativos para el ascenso a pie. El viento fresco bajaba de la monta\u00f1a. Cafrutti, joven lice\u00edsta, de ojos azules, estatura mediana, aficionado a la arqueolog\u00eda y aspirante a miembro principal del recordado y reconocido grupo Kuay\u00fa, estaba empe\u00f1ado en llevarse todo el equipo porque ten\u00eda el presentimiento que la suerte en cualquier momento los iba a sorprender. De pronto, Jota Ernesto, que lo miraba de arriba a abajo masaje\u00e1ndose la barba, esput\u00f3 un salivazo de chim\u00f3 y le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Chico, \u00bfpor qu\u00e9 mejor no dejas esos peretos quietos y destapas una botella de miche, que se nos va saltar la hiel?<\/p>\n\n\n\n<p>Enseguida todos comenzaron a re\u00edr. El canto de los p\u00e1jaros alegraba el camino escarpado. A lo lejos se ve\u00eda azul\u00edsima la monta\u00f1a sagrada. El mugido de un toro madrinero atrajo la vista del poeta Ariel hacia los matorrales y un dejo de tristeza le invadi\u00f3 el rostro al recordar las inmensas sabanas del fundo de su pap\u00e1. Impetuosos iban los cuatro caminantes. Jota Ernesto identificaba cada mont\u00edculo, cada huella animal o humana que encontraba, al extremo de llegar a describir con su imaginaci\u00f3n febril el tama\u00f1o del hombre, el color, el peso, la hora exacta y la marca del hacha que el supuesto le\u00f1ador hab\u00eda utilizado para derribar un \u00e1rbol de araguaney que obstru\u00eda la trocha. Yoleida, Cafrutti y por supuesto Ariel se maravillaban escuchando las referencias de Jota Ernesto sobre los primeros pobladores de aquel lugar. Aseguraba que los grupos que habitaron los llanos penetraron a punta de canoa y canalete por la cuenca amaz\u00f3nica del Orinoco y que la ocupaci\u00f3n del piedemonte llanero estaba ligada a los flujos migratorios provenientes de la Sierra Nevada del Cocuy, con desplazamientos por el r\u00edo Sarare, Pedraza y la Sierra Nevada de M\u00e9rida. De tal manera que el que quisiera indagar sobre el origen de estos grupos deb\u00eda mirar hacia el sur porque exist\u00eda una red de calzadas, mont\u00edculos y camellones dispersos por los llanos de Barinas, Portuguesa, Cojedes y Apure. Esto obviamente los pon\u00eda a volar. El viejo se esmeraba explic\u00e1ndoles las diversas funciones que pudieron haber cumplido estos lomos de perro, como tambi\u00e9n los llamaba, no solo en el control de las aguas de esas explanadas surcadas por los caudalosos r\u00edos que bajaban de la cordillera, sino en los usos funerarios, sitios de vigilancia e incluso refugios en caso de extrema necesidad.<\/p>\n\n\n\n<p>En un momento de esos, sin pensarlo demasiado el poeta Ariel aprovech\u00f3 un minuto de silencio para brindar una vez m\u00e1s por los ausentes y se retras\u00f3 un poco para desaguarse el cuerpo. Las sombras empezaron a caer. El peso de los morrales dificultaba el ascenso. Yoleida iba feliz tomada de la mano del catire Cafrutti, quien no desperdiciaba una espabilada para recordarle lo linda que se ve\u00eda con esos jeans apretados, el sombrero de cogollo y la flor de cayena en la oreja que Jota Ernesto en un descuido suyo le acababa de regalar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfFalta mucho? \u2014pregunt\u00f3 Ariel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Falta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Entonces vamos a sacar las linternas porque dentro de un rato la oscurana nos va a arropar.<\/p>\n\n\n\n<p>Dicho y hecho. Cuando llevaban casi seis horas andando oyeron ladrar unos perros e inmediatamente las notas alegres de un merengue campesino rodaron por la ladera para anid\u00e1rseles en las orejas y aliviarles el cansancio y el hambre, porque al poeta se le hab\u00eda olvidado el morral con las latas de sardinas y se dieron cuenta cuando ven\u00edan a mitad de subida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Est\u00e1 prend\u00edo el bochinche \u2014dijo el viejo sonriendo al tiempo que met\u00eda el dedo en el cacho para introducirse en la boca otra bola de chim\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Eso merece otro palo, Arielito! \u2014dijo Cafrutti.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1C\u00f3mo no!<\/p>\n\n\n\n<p>Y se lavaron nuevamente las gargantas. Al cuarto de hora con las canillas tembl\u00e1ndoles del cansancio estaban llegando al rancho. La comadre Camila ensordecida por la bullaranga de los perros mand\u00f3 a callarlos y sali\u00f3 a recibirlos al zagu\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>La paradura ya hab\u00eda concluido; sin embargo, a\u00fan quedaban los m\u00fasicos que estaban rascados junto a cuatro o cinco parranderos que viv\u00edan en las inmediaciones del lugar. Ah\u00ed mismo los llamaron a comer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lo \u00fanico que queda es hallaca, compadre, lo dem\u00e1s ya se acab\u00f3 \u2014dijo la do\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No se preocupe, comadre, que para m\u00ed el mejor plato que puede haber en el planeta es el plato lleno.<\/p>\n\n\n\n<p>Como era de esperarse la ocurrencia tuvo su efecto y las risas y comentarios no se hicieron esperar. El poeta Ariel en un alarde de picard\u00eda le pidi\u00f3 al viejo que le zafara el morral y aprovech\u00f3 la ocasi\u00f3n para estirar la mano y que le sirvieran de primero. Ten\u00eda tanta hambre que no le import\u00f3 lo caliente, ni el sabor a onoto, que de paso \u00e9l detestaba, ni que lo servido fuera una masa ins\u00edpida mantecosa envuelta en hojas de pl\u00e1tano, con dos patas de gallina atravesada en la mitad, nada, se lo engull\u00f3 todo a velocidad estrepitosa mientras evad\u00eda las miradas y el resplandor de la l\u00e1mpara de keros\u00e9n porque la reacci\u00f3n del cuerpo fue instant\u00e1nea y enseguida le dieron ganas de vomitar. Jota Ernesto se mord\u00eda la punta de la lengua para no soltar una estruendosa carcajada. Eso te pasa por pingo, dijo entre s\u00ed e inmediatamente pidi\u00f3 a toda voz que le sirvieran otra porque ese muchacho era uno de los mejores poetas del bajo Apure y a \u00e9l se le aguaban los ojos de la alegr\u00eda cuando ve\u00eda una hallaca puesto que le ven\u00eda a la mente el recuerdo de la mam\u00e1. La do\u00f1a ni corta ni perezosa le volvi\u00f3 a servir. El poeta Ariel no encontraba c\u00f3mo hacer. Estaba decidido a decir que no pero sinti\u00f3 las miradas punzantes de Cafrutti y Yoleida, quienes sentados en un banco de madera le exig\u00edan no despreciar a la due\u00f1a, pues la intenci\u00f3n era noble, adem\u00e1s todo eso era culpa de \u00e9l. La cara de Ariel parec\u00eda un nudo cada vez que tragaba. La do\u00f1a cari\u00f1osamente le masaje\u00f3 el pelo y le pidi\u00f3 a Jota Ernesto que no fuera mu\u00e9rgano, que respetara los sentimientos del muchacho porque a ella le hab\u00edan dicho que los poetas eran seres muy sensibles y ella no quer\u00eda ver gente llorando en la casa y mucho menos despu\u00e9s de haber levantado al ni\u00f1o del pesebre, porque eso era pavoso, y que nadie deb\u00eda sentir verg\u00fcenza de nada, y que bueno, si eso le alegraba el alma al poeta zagalet\u00f3n, con estirar la mano nuevamente le bastaba, total all\u00ed en la perola hab\u00eda m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Ariel se apart\u00f3 del r\u00fastico mes\u00f3n sali\u00f3 fuera del rancho empujado por el malestar. La oscuridad agregada al bramido del agua del r\u00edo descendiendo de la sierra le serv\u00eda de cortina perfecta para vaciarse el est\u00f3mago. El violinista dorm\u00eda tirado en el suelo mientras el guitarrista y el cuatrista trataban de afinar los instrumentos recostados a un horc\u00f3n. M\u00e1s arriba, envueltos en la neblina se alejaba tambaleando el \u00faltimo grupito de lugare\u00f1os que hab\u00edan sido invitados a la fiesta popular, iban disput\u00e1ndose el derecho a robarse el ni\u00f1o Dios el a\u00f1o entrante porque eso era un honor y un deber sagrado, por lo tanto, quien tuviera tal honra deb\u00eda garantizar aguardiente como para ba\u00f1ar una manada de caballos y suficiente dulcer\u00eda criolla, ya que todo lo dado se le multiplicar\u00eda m\u00e1s tarde en bienestar.<\/p>\n\n\n\n<p>Ariel, herido por la fatiga y el disgusto a causa de la ocurrencia de Jota Ernesto, decidi\u00f3 colgar su chinchorro e irse a dormir. Pero cu\u00e1l ser\u00eda la sorpresa, cuando apenas termin\u00f3 de arroparse y estirar las piernas, el moriche se abri\u00f3 en dos para dejar o\u00edr un matracazo en el suelo que hizo temblar toda la casa, obligando a los ocupantes a pegar un brinco e instintivamente correr para ver qu\u00e9 hab\u00eda sucedido. Al percatarse de lo ocurrido las risotadas surcaron los cuatro puntos cardinales, los perros aullaron y las gallinas asustadas empezaron a cacarear. Ariel, mudo del enojo, agarr\u00f3 la cobija y sali\u00f3 a tomar aire tratando de disimular el dolor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Chito! \u2014expres\u00f3 la do\u00f1a callando nuevamente a los animales\u2014. \u00a1Pobre muchacho, denle agua!<br>\u2014No, respondi\u00f3 Jota Ernesto, mejor es darle miche. A ese tarajallo lo conozco yo.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera, el croar de las ranas disfrazaba el ayayay del poeta, que le dol\u00eda desde la mollera hasta las u\u00f1as de los pies.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo se le acerc\u00f3 y entreg\u00e1ndole una botella le dijo: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mir\u00e1, dej\u00e1 la malcriadez y ponme cuidado, m\u00e1s alantico, bordeando la orilla del r\u00edo vas a conseguir una piedra gigantesca, sub\u00ed all\u00e1 arriba, ah\u00ed vas a conseguir la mejor cama del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ariel tom\u00f3 la botella sin responder y avanz\u00f3 solitario en la direcci\u00f3n se\u00f1alada. Al llegar al sitio escal\u00f3 como pudo la protuberancia y qued\u00f3 deslumbrado por el hallazgo. Aquello era un observatorio ind\u00edgena, con una incisi\u00f3n de forma humana magn\u00edficamente labrada en la piedra, desde donde acostado boca arriba se pod\u00eda contemplar la galaxia en todo su esplendor. De all\u00ed en adelante se le desaparecieron los dolores. Acoplado a la roca dio gracias al viejo y lo imagin\u00f3 corriendo por los puentes de madera del puerto. Lo vio venir en \u00e9poca de invierno, acompa\u00f1ando a su madre, quien lo llevaba a La Resaca y El Picacho, donde los barcos provenientes de Angostura ven\u00edan a abastecer los establecimientos comerciales y las casas importadoras con mercanc\u00eda europea, para m\u00e1s tarde regresar a sus lugares de or\u00edgenes, pre\u00f1ados de plumas de garza, pieles preciosas, a\u00f1il, frutos ex\u00f3ticos, que eran sumamente cotizados al otro lado del mar. Tambi\u00e9n lo vio jugando trompo con Rafaelito Mart\u00ednez y enlazando litros vac\u00edos en los solares vecinos para llevarlos arrastrados en caballitos de palos de escoba hasta el fundo La Quemadera, el cual no era otra cosa que el botadero de basura de su hogar. Pero tambi\u00e9n lo observ\u00f3 curioseando por el barrio El Jobo, donde estaban concentrados los bares y las mujeres de la vida alegre esperando los clientes que ven\u00edan en canoas dispuestos a echar una canita al aire.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah bicho pa vagabundo ha debido ser este diablo! \u2014Pens\u00f3 de s\u00fabito el poeta engullendo otro trago.<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed se mantuvo hasta que el fr\u00edo lo oblig\u00f3 a arroparse el \u00faltimo mil\u00edmetro de la piel. Al cabo de breves minutos se durmi\u00f3. Esa noche so\u00f1\u00f3 que ten\u00eda alas en los pies y que impecablemente erguido sobre los lomos de una nube iba recorriendo los montes de su terru\u00f1o natal.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arnaldo Erazo Cada vez que el viejo Jota Ernesto R. Henao ten\u00eda ubicado el campamento y las coordenadas precisas de los puntos que pensaba explorar, invitaba a alg\u00fan amigo para que fuera con \u00e9l. 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