{"id":17272,"date":"2025-09-03T15:42:33","date_gmt":"2025-09-03T20:12:33","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17272"},"modified":"2025-09-03T15:42:33","modified_gmt":"2025-09-03T20:12:33","slug":"dos-cuentos-de-pascual-estrada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-pascual-estrada\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Pascual Estrada"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Del diario de la batalla de las hordas desnudas<\/h3>\n\n\n\n<p>La risa retumbaba.<\/p>\n\n\n\n<p>No: el eco de las risas dibujaba r\u00e1fagas de dientes juveniles a los cuatro puntos cardinales, las r\u00e1fagas de dientes esplendorosos y alegres describ\u00edan par\u00e1bolas como fuegos venecianos de artificio, como blancas gaviotas a reacci\u00f3n en los cielos, cuando nosotros, las hordas desnudas, marchamos hacia los lugares neur\u00e1lgicos de la ciudad. Porque hab\u00edamos encontrado nuestra segunda arma, la risa, despu\u00e9s de la primera, la desnudez, y antes de la tercera: la muerte airada. Eramos muchos: cien mil, quinientos mil, un mill\u00f3n. La ciudad entera, los desnudos ya, infinitos, contra los \u201cfraques\u201d y los trajes oscuros.<\/p>\n\n\n\n<p>Un temblor fecundo homicida flotaba sobre el suelo a la altura de nuestros sexos que, hermosas flores oscuras \u2014alguna color paja, alguna color llama\u2014, se alineaban con pocas discrepancias a nivel de la niebla er\u00f3tica trepada a las piernas, a las caderas, a la sangre. Ese temblor, esa niebla amorosa, ese gas impalpable, nuevo experimento del doctor Ox, nos brotaba por \u00f3smosis convertido en risa jocunda, en vibrantes divinas carcajadas. (Y una y otra vez viene a la pantalla de mi recuerdo la imagen de la playa sin tiempo que el buen amigo Hans ve desde la nieve.)<\/p>\n\n\n\n<p>Risas pues alegres a todos los cuadrantes de la rosa de los vientos, risa que hench\u00eda nuestros cuerpos e impulsaba a las hordas desnudas contra los reductos enemigos. Avenidas que estallan en rojos cola de gallo, en blancos de dientes blancos y en blanco oscuro y canela de desnudez canela, oscura y blanca, avenidas y esquinas que huelen a la especie y a flor, que suenan a gargantas alegres y a viento, que se instalan como p\u00edldora de eternidad brev\u00edsima bajo la lengua, carne y flores, risa y sexos, viento, amor, amor, amor por las calles anchas en busca de las odiadas \u2014tal vez no, s\u00ed innecesarias textileras. Hubo alguna escaramuza sobre el tapiz belga de las risas aladas, al caer la tarde, por las esquinas. Bien quisiera yo describir en forma \u00e9pico-po\u00e9tica las arremetidas \u2014y las muertes\u2014 de los nuestros, pero la sangre \u00fanicamente por carisma depravado de la literatura puede convertirse en algo bello. Esa cosa de la que estamos siempre huyendo, el \u00faltimo estertor, se produjo ante nuestra vista. <\/p>\n\n\n\n<p>Una risa, un vientre, una palabra es algo demasiado tremendo para admitir su nadificaci\u00f3n. En fin, por encima de los muertos, avanzamos hacia los reductos enemigos, y a ellos llegamos. Fueron d\u00edas horribles y noches espantosas, pastel de risas y gritos, de sangre y sexos, de incendios, ataques, carne desgarrada y danzas a la luz de la luna, rechinamientos y casas ennegrecidas por el holl\u00edn de las telas quemadas, lodo de l\u00e1grimas tambi\u00e9n y locura de especie en convulsi\u00f3n. Solo el vestido o la desnudez nos distingu\u00eda, no se preguntaba, el grupo se arrojaba contra el individuo, el individuo mor\u00eda, se juraba se blasfemaba y se re\u00eda al un\u00edsono, y los gritos y las risas eran la banda sonora m\u00e1s infernal que nunca haya o\u00eddo. Se combat\u00eda en todos los puntos de la ciudad, se arrasaba, se devastaba, se mord\u00eda y ara\u00f1aba. La desnudez y la tela formaban un vasto mar encharcado y vibrante. La p\u00f3lvora llen\u00f3 la ciudad de acre olor mezclado al amargo de las axilas y un resplandor bosquiano de incendios recortaba muros ennegrecidos en los confines de la ciudad. El espantoso chirriar de dientes y el sublime eco de las risas flotaron sobre la ciudad durante siete d\u00edas con sus noches. Despu\u00e9s, igual que al atardecer desaparece por grados la luz diurna hasta la calma de la oscuridad, o como al levantarse el tel\u00f3n disminuye paulatinamente el rumor de la sala hasta el silencio total, as\u00ed resplandor de incendios y rugido de masas en pelea fueron muriendo poco a poco, hasta que el simple cerrarse de una puerta era escuchado en los cuatro confines de la ciudad. La fatiga nos dej\u00f3 dormidos sobre nuestra propia sangre mezclada a la ceniza de los incendios, durante largas horas. Un amanecer cualquiera nos fuimos despertando. Silencio. Sobre m\u00ed el cielo azul, a\u00fan sin sol. Silencio. Parpade\u00e9. Silencio. Respiraciones acompasadas. Volv\u00ed la cabeza a un lado. Unos senos amplios, ligeramente derribados a ambos lados del pecho, a la altura de mis ojos, se alzaban y descend\u00edan, permanec\u00edan inm\u00f3viles un segundo, se hench\u00edan de nuevo y se relajaban, otra vez, otra vez, otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>A mis pies un hombre de chaqu\u00e9 ennegrecido de quemaduras miraba sin ver \u2014ya muerto, la cabeza doblada como un cristo innoble\u2014 mis u\u00f1as chamuscadas. Me alc\u00e9 sobre un codo. Poco m\u00e1s all\u00e1 una mujer levant\u00f3 la cabeza, despeinada, oscurecida de ceniza. Nos miramos. Fui hasta ella. Le tend\u00ed la mano. Se incorpor\u00f3. Sin soltarnos, miramos a nuestro alrededor. Aqu\u00ed y all\u00e1, como en un Valle de Josafat, la tierra brotaba formas humanas. El sol surg\u00eda. Los muertos, muertos estaban. Nos agrupamos. Desperezos de brazos tendidos sub\u00edan al cielo sonrientes. Luego, sin orden previa, todos fuimos en lenta procesi\u00f3n tranquila hacia las plumas de agua, hacia las fuentes p\u00fablicas bajo los \u00e1rboles, a los r\u00edos y los mares, donde reunidos nos lavamos alegremente unos a otros de todo resto de sangre y ceniza. Jam\u00e1s nadie hab\u00eda experimentado nunca tanta calma, tanta plenitud. Los amigos nos encontramos, nadie se refiri\u00f3 al pasado, hoy era hoy y no, a\u00fan, ma\u00f1ana ni qu\u00e9 haremos. La jornada concluy\u00f3, sentados todos en las faldas de las monta\u00f1as, de las colinas, en las azoteas, pies colgantes sobre el cemento despedido, diciendo adi\u00f3s a un bello sol poniente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">In\u00fatil redondo seno<\/h3>\n\n\n\n<p>Se detuvo, simplemente, en la confluencia de dos principales arterias de la ciudad y comenz\u00f3 a leer para siempre el grueso diario, o a mirar las nubes. El narrador de este definitivo suceso dice \u00absimplemente\u00bb porque pese a las muy importantes consecuencias del acto realizado por el peat\u00f3n, lo ejecut\u00f3 con la sencillez algo muriente de, digamos, una caja de m\u00fasica que agota su cuerda. Repito: lleg\u00f3 a la esquina, arroj\u00f3 \u2013seg\u00fan imagino\u2013 de golpe gritos, voces, dolores, prisa, confusi\u00f3n, n\u00e1usea, silbidos, mareo, dijo por dentro \u201cmierda\u201d, ces\u00f3 de andar, qued\u00f3 parado en la acera, m\u00e1s bien cerca de la pared de los edificios que de la calzada e inici\u00f3 su largalenta lectura del peri\u00f3dico o su paseo por las nubes. Pero no, ese d\u00eda no hab\u00eda nubes e incluso por entre el mon\u00f3xido se adentraban lo que un bello poeta antiguo hubiera llamado \u201cdedos de la brisa oliendo a claveles\u201d. O a otra cosa, pero distinta de la grasa de los autom\u00f3viles o del polvillo impalpable del cemento, muy distinta.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio no resultaba notable ni de nadie excit\u00f3 la curiosidad, acaso al llegar la noche los polic\u00edas se preguntaran qu\u00e9 pretend\u00eda aquel respetable y est\u00e1tico ciudadano que le\u00eda o contemplaba el cielo ya oscuro en la esquina de las dos iluminadas calles, pero como las garant\u00edas no estaban suspendidas e incluso iba bien (mas o menos bien) vestido, ni se acercaron a \u00e9l para&nbsp; investigar. Adem\u00e1s no hac\u00eda nada, nada, sino estar, s\u00f3lo estar. Luego s\u00ed, luego comenz\u00f3 la aventura que no volver\u00e1 a repetirse. Jam\u00e1s. Otro \u2013sudoroso, hastiado, nervioso, angustiado, sufriente, anhelante, atropellado\u2013 lleg\u00f3 hasta \u00e9l, lo mir\u00f3, sonri\u00f3 con inefable sonrisa de ciego que ve, inspir\u00f3 profundamente y diciendo \u00a1ya est\u00e1 bien! qued\u00f3 a su vez inm\u00f3vil cerca, muy cerca a unos cent\u00edmetros del primero, leyendo o contemplando mudo el firmamento. Todo esto llegue a saberlo por lo que alguien tuvo tiempo de contar, aunque es muy posible que el suceso comenzara de otra manera, ya que no hay datos precisos sobre \u00e9l y si los hubiera hoy ser\u00eda imposible conocerlos. El que dicen que oy\u00f3 decir esta versi\u00f3n tambi\u00e9n ha muerto en nuestra silenciosa hecatombe sin dioses, las emisoras no funcionan, los peri\u00f3dicos no existen ni la televisi\u00f3n ni el cine, y las llamadas telef\u00f3nicas del exterior, sonando a cada momento que transcurre menos insistentes y m\u00e1s lamentables en alejadas calles, quedan sin ser contestadas.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El tr\u00e1fico no hab\u00eda disminuido todav\u00eda. El \u201cya est\u00e1 bien, basta\u201d o alguna frase similar en su contenido, hab\u00eda sido pronunciado por unos cuantos peatones m\u00e1s que al detener su vida nauseabunda en la acera sombreada adonde sorprendentemente llegaba el olor a claveles, formaban una aglomeraci\u00f3n regular que no entorpec\u00eda por cierto el paso de la corriente humana dirigida a sus trabajos cotidianos. Pronto el grupo aument\u00f3 sus componentes. Llegaban cansados, sudorosos, o\u00eddos-zumbantes, sobrecogidos de cruzar calles amenazadoras, ve\u00edan all\u00ed a los otros leyendo sus materiales de abandono o contemplando un color, el del cielo, a\u00f1il, de nombre ya olvidado, reflexionaban o acaso quedaban hipnotizados en forma inexplicable, sonre\u00edan como Santa Teresa en \u00e9xtasis, aleteaba un instante indecisa su respiraci\u00f3n e indefectiblemente tras una inspiraci\u00f3n profunda, de tierra, se inclu\u00edan en el grupo de parados luego de musitar la frase que sonaba como infinito suspiro de alegre moribundo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Ocupaban ya toda una acera entre dos calles transversales. Fue cuando me enter\u00e9, como jefe supremo de las polic\u00edas unidas. Pero, \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda hacer yo? Tiene que haber \u2013ten\u00eda que haber, hoy ya nada de esto es v\u00e1lido\u2013 un m\u00ednimo de raz\u00f3n, por aparencial que fuese, para poder intervenir. En efecto no entorpec\u00edan el tr\u00e1fico, ni gritaban consignas, ni ensuciaban el suelo, ni imped\u00edan ver las vitrinas a los, por otra parte, cada vez m\u00e1s escasos viandantes que se atrev\u00edan a circular, ya que seg\u00fan me dijeron en aquel entonces mis subalternos no dejaba de ser impresionante y hasta atemorizador ver tantas personas silenciosas juntas, silenciosas e inermes, no activas, sino pasivas, que estaban, que respiraban pero no hablaban, que no dirig\u00edan sus ojos sino a sus peri\u00f3dicos o tal vez hacia dentro de ellos aunque miraran a lo alto, no se sabe, porque nada es seguro ni se tienen datos y los que hay no pueden ser usados ni vistos ni le\u00eddos, porque la ciudad est\u00e1 paralizada y no transitoriamente, lo s\u00e9, sino para siempre. Retomando el hilo del asunto: recurrimos a pedir su documentaci\u00f3n. Era ilegal, desde luego, puesto que nada hac\u00edan que pudiera considerarse punible, aunque a veces nos hab\u00eda dado resultado, pero no en esta ocasi\u00f3n: cada uno y todos ellos ten\u00edan su n\u00famero, un n\u00famero en su tarjeta. Pero adem\u00e1s desistimos de la medida por causa de que varios de los polic\u00edas que intentaron la gesti\u00f3n quedaron atrapados en la inmovilidad a la que se daban con el ya atormentador suspiro de liberaci\u00f3n, y se incorporaban al grupo. No, no ya grupo: multitud.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Las centrales de polic\u00eda de los barrios dejaron de recibir llamadas de parientes indagando el paradero de miembros del n\u00facleo familiar: iban de una vez adonde se realizaba el extra\u00f1o suceso silencioso, y ocurr\u00eda que al verse \u2013los amigos, los amantes, la esposa al esposo, el hijo a la madre o el padre a la hija\u2013 dejaban de transpirar \u2013los que llegaban, los apresurados, los traficantes de sus energ\u00edas\u2013 y contemplaban cari\u00f1osamente al hasta el momento desaparecido deudo, se daban un abrazo sin palabras o se sonre\u00edan con cierta dulzura y se quedaban ya para siempre all\u00ed.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La multitud se extend\u00eda. S\u00ed, circulaban carros y camiones, aunque ya comenzaban a evitar esa parte central de la ciudad, no porque no hubiera sitio para pasar, sino porque una especie de vaho inmaterial amenazante para cada uno en s\u00ed mismo se elevaba de aquellos lugares, de la multitud silenciosa, de la multitud que respiraba profundamente, inm\u00f3vil, al un\u00edsono. Escribo que s\u00ed, que segu\u00edan pasando veh\u00edculos y peatones, pero cada vez menos, y rec\u00edprocamente m\u00e1s espacio era invadido, por decirlo de alguna manera, puesto que no era ninguna invasi\u00f3n, es decir activa, sino inerte, fatal. Hubo un momento en que fue imprescindible saber por lo menos la magnitud del suceso. Tomamos un helic\u00f3ptero: a\u00fan hab\u00eda como cien pilotos para elegir. Sobrevolamos la zona. Tembl\u00e9. Nadie se movi\u00f3. Desde el aire era impresionante. Algunas veces he visto al microscopio la coagulaci\u00f3n de la sangre: era lo mismo. La ciudad se mov\u00eda vertiginosamente en su periferia, la apasionada quietud se incrementaba del centro hacia los extremos. S\u00ed, la ciudad se coagulaba: los cuerpos individuales, muy activos al exterior, se dirig\u00edan apresuradamente hacia el coraz\u00f3n del plano, y conforme llegaban a lo que hab\u00eda sido un peque\u00f1o grupo est\u00e1tico, ahora ya ocupando d\u00e9cuple extensi\u00f3n, deten\u00edan su ritmo y se inmovilizaban. Parec\u00eda ocurrir en intensidad geom\u00e9tricamente proporcional al tiempo que transcurr\u00eda: se aceleraba el proceso. Durante la hora que sobrevolamos la ciudad el fen\u00f3meno adquiri\u00f3 caracter\u00edsticas alarmantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Asustaban los datos estad\u00edsticos proporcionados en la reuni\u00f3n oficial que en seguida tuvimos, tanto m\u00e1s cuanto que est\u00e1bamos seguros de que en el breve tiempo empleado para enunciarlos pod\u00edan estar duplicando su valor. Yo dec\u00eda que el 25&nbsp;% de los autom\u00f3viles hab\u00eda dejado de circular, y sab\u00eda que mientras tanto, en los tres segundos empleados en decirlo, ese veinticinco era ya un veintis\u00e9is por ciento, y que en el tiempo en que pensaba que el veinticinco se hab\u00eda convertido en el veintis\u00e9is, ya el porcentaje alcanzaba el veintiocho por ciento, y as\u00ed inexorable y sucesivamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Se alzaron voces en\u00e9rgicas. Expusieron sus motivos. La federaci\u00f3n de entidades econ\u00f3micas, la asociaci\u00f3n de consejos bancarios, las c\u00e1maras de promotores de la construcci\u00f3n, los ministros del gabinete \u2013alguno de los cuales por cierto contaba ya bajas entre sus pariente menos country\u2013 y el mismo presidente de las agrupaciones pol\u00edticas, aunadas esta vez desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, estuvieron decididos y conformes en pedir medidas en\u00e9rgicas. Pero cu\u00e1les, dije yo. Comenzaba a odiar a los manifestantes. \u00bfManifestantes de qu\u00e9? Dej\u00e9monos de vainas, dijo un consejero bancario. Planteemos las cosas como son. La producci\u00f3n ha descendido, el comercio ha descendido, el valor del terreno ha descendido, el de las construcciones ha descendido, las acciones suntuarias han descendido, las importaciones han descendido, las exportaciones han descendido, las ventas de autom\u00f3viles han descendido, nos vamos al carajo. \u00bfY qu\u00e9? Por supuesto, hay que conminarlos a que regresen a su trabajo, a su trabajo productivo. \u00bfY c\u00f3mo? La polic\u00eda, conminar y obligar y si no bombas lacrim\u00f3genas, la democracia y dem\u00e1s. Al orden a trav\u00e9s de la energ\u00eda, energ\u00eda y orden. \u00bfM\u00e1s orden? Est\u00e1 bien, los odio, voy a deshacerlos si no se reintegran a sus f\u00e1bricas. Pero no piden nada, simplemente eso, nada, se detienen, han detenido sus maquinarias, ya no m\u00e1s, han dicho. \u00bfBombas y disparos? Bien, bombas y disparos: atenci\u00f3n firmes en posici\u00f3n de matar, firmes carguen conminen y obliguen a circular. No circulan. Adelante. \u00bfCu\u00e1ntas calles, radiopatrullas, jaulas, fusiles, bombas y espaldas que sucumben? Altavoces. Mu\u00e9vanse, de orden del presidente, de los supremos, del orden may\u00fasculo, de Dios y la patria, circulen y vayan a sus carajos, a sus trabajos, trabajen, la verdad es que tienen que trabajar y no sonre\u00edr, producir, hay que levantar patria\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Nada, inmovilidad, no consignas, nada, cansancio o indiferencia es lo mismo, simplemente se han detenido. Nadie sabe por qu\u00e9, ni los psiquiatras, y los que de esto lo saben y saben lo que sucede est\u00e1n con la inmensa multitud que recupera su derecho a la muerte, y aunque querr\u00edan balbucir los motivos, se callan, sonr\u00eden en una lejan\u00eda como la del rumor ciudadano que se aleja en este tercer d\u00eda de la lentitud, y comenzamos entonces el exterminio, y mientras lanzamos, al principio, las bomba lacrim\u00f3genas que caen sobre los hombros de los hombres, sobre los ojos aterciopelados de los adolescentes, sobre los senos amables de las hembras que van a morir, bajo esa lluvia asquerosa de olores de llanto avanzan los de extramuros y sonr\u00eden con su \u00abya est\u00e1 bien, basta\u00bb, y leen y miran al cielo abstra\u00eddos mientras sus cerebros y sus v\u00edsceras se riegan en las antes limpias calles y que ahora s\u00ed est\u00e1n manchando de verdad; y cada vez hay menos dedos que aprieten los gatillos de los fusiles y m\u00e1s polic\u00edas que sonr\u00eden y mueren ajusticiados por sus cabos de escuadra, por sus tenientes, y m\u00e1s tenientes que dicen \u00abhasta aqu\u00ed llegu\u00e9\u00bb y sonr\u00eden pensando tal vez en Garcilaso aunque nunca lo hayan le\u00eddo y ensue\u00f1an un sue\u00f1o placentero de muerte y liberaci\u00f3n y se suicidan a manos de sus capitanes y as\u00ed sucesivamente y los autom\u00f3viles y los ascensores y las m\u00e1quinas de escribir se detienen brillantes y exeficientes pero inm\u00f3viles y las gr\u00faas en los puertos cercanos brillan al sol y el valle de la ciudad huele a grasa y carne chamuscada y, un poco, a claveles frescos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Consejo, reuni\u00f3n, medidas, convencer, la vida, tiene que seguir (y alguien entre nosotros dice que en realidad para qu\u00e9) y llamar al ej\u00e9rcito, los cuarteles, eso s\u00ed, los cuarteles donde la contaminaci\u00f3n no ha llegado y son hombres puros, y acaso los levitas que se han refugiado en los cuarteles porque nadie pide los santos sacramentos pues todos van a ver a Dios cara a cara en estos instantes, y los de los consejos bancarios que se desesperan y que venga entonces el ej\u00e9rcito, a la batalla final contra los ciudadanos levantados en paz y muerte, y los del orden quieren alzarse en armas contra la muerte, y se alzan.&nbsp;Llegan, siempre llegan de lejos, de los barrios, los contagiados por la nada, por la desesperaci\u00f3n tranquila de la muerte y la futilidad, de la locura dir\u00e9, de la locura tal vez, avanzan y el ej\u00e9rcito se despliega con magn\u00edficos acerados relucientes ca\u00f1ones y ametralladoras y barre la ciudad que no suena a cornetas y tr\u00e1fico, sino a p\u00f3lvora insistente y triste, p\u00f3lvora triste contra la multitud silenciosa de nuevo y siempre, sonre\u00edda, y llegan y mueren y se amontonan y trepan indolentes por los acumulamientos de cad\u00e1veres de hombres y soldados que debajo del uniforme tienen costillas como los otros ahora desgarradas y la p\u00f3lvora no puede ser prendida y nadie puede conminar y los artilleros han enronquecido o bien sonr\u00eden ante la boca de sus propios ca\u00f1ones que ahora disparan los consejeros tambi\u00e9n y los presidentes, y el rumor humano ya no es rumor, es silencio, y s\u00f3lo quedan gestos de los pocos hombres de orden que restan y algunas de sus esposas, pues sus hijos tambi\u00e9n han muerto pensando en el pelo largo de la isla de la felicidad y otros en que todo hubiera podido ser as\u00ed de bello, pero trepan sobre sus cong\u00e9neres ya muertos y en las capas de abajo del hacinamiento de cad\u00e1veres huele a muerte y en las capas superiores a sangre fresca que se coagula r\u00e1pidamente, la ciudad es toda una coagulaci\u00f3n, los artilleros consejeros est\u00e1n de rodillas junto a las armas y poco a poco sin distinci\u00f3n de jerarqu\u00edas, terminan por ir arrastr\u00e1ndose porque est\u00e1n fatigados, y sonriendo de improviso, pensando tal vez en el seno de su madre verde, hacia la nada inm\u00f3vil.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Hay un momento en que s\u00f3lo escucho la sangre latiendo en mis venas. Ni un rasgu\u00f1o. Silencio de nuevo, siempre, nada, apenas la brisa hedionda a la que me acostumbro y alguna voluta de humo de la boca del \u00faltimo ca\u00f1\u00f3n disparado. Hay vivos enmudecidos que leen o miran a\u00fan, decididos a nada, en las c\u00faspides de amontonamientos de carne desangrada, otros sacan la cabeza manchada de humanidad entre v\u00edsceras hermoseadas, las casas desiertas y las calles llenas de esa nada muscular sangrante, recorro avenidas, nada, ninguna pregunta, los maniqu\u00edes lucen su ropa interior ante los ojos de los muertos que prefieren ver hacia adentro de s\u00ed mismos, camino, camino, muertos hermosos y silencio, mis pasos en la ciudad suicidada, paso por los bosques desiertos, lleg\u00f3 al aeropuerto, me remonto en un brillante aparato que llena de ruidosos escapes el valle de la ciudad, nada, nadie se mueve, paso r\u00edos y ciudades, nada, s\u00f3lo silencio en lo que antes era norte y sur y ahora no tiene sentido. Vuelo, vuelo, llam\u00f3 a la gente con el coraz\u00f3n, todos han muerto, nadie ha querido vivir. Lucientes las m\u00e1quinas esperan, o simplemente est\u00e1n tambi\u00e9n, acero y n\u00edquel, hierro tenso y pulido, ascensores y cavas, pistolas, gr\u00faas y autom\u00f3viles cromados, andamios met\u00e1licos y bulldozers, trenes y puentes colgantes emergen de los cuerpos detenidos y malolientes en las cuatro puntos cardinales. Silencio, excepto el de la sentidora-de-su-soledad m\u00e1quina brillante que me transporta, bella como una flor, sin sentido como una flor. Recorro la tierra seg\u00fan la rosa de los vientos, y s\u00f3lo todo lo que no es hombre compruebo que hereda nuestras cosas.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfYo, solo?<br>Desciendo.<br>Camino, cuento mis muertos.<br>Infinitos.<br>Oigo un timbre all\u00e1, cuadras m\u00e1s lejos.<\/p>\n\n\n\n<p>Corro, sin pisar mis muertos ni a los que mueren ya abstra\u00eddos. Busco. Aqu\u00ed. No, m\u00e1s lejos. M\u00e1s cerca. (Suena un absurdo tel\u00e9fono) Aqu\u00ed. Qui\u00e9n me llama. No contestan, ni en nombre del amor. S\u00f3lo una inspiraci\u00f3n profunda (un balbuceo incomprensible que \u2026) al otro lado del mundo. Una inspiraci\u00f3n y silencio. Dej\u00f3 el tel\u00e9fono. (En el horizonte mueren algunos timbres). \u00bfDe qu\u00e9 me avisan a m\u00ed, jefe supremo de polic\u00edas unidas? \u00bfQu\u00e9 quieren, qui\u00e9n m\u00e1s se muere, habr\u00e1 esquelas para todos? No rotativas, no autom\u00f3viles, no comentarios. Mueren las llamadas balbucen los teletipos, el helic\u00f3ptero detiene poco a poco sus aspas en la tarde florida y tumefacta. El sol se pone hermoso e inexistente enrojeciendo la tarde. Ma\u00f1ana no saldr\u00e1. He escrito. Camino. He escrito y lanz\u00f3 lo escrito \u2013lanzar\u00e9 lo escrito\u2013 al vac\u00edo. Porque tal vez haya dejado yo de percibir alg\u00fan peque\u00f1o movimiento, alg\u00fan indeterminado susurro en los bosques, en las llanuras. Tal vez. Antes escribo lo \u00faltimo, antes de lanzar lo escrito al aire yerto del poniente. Camino. Trepo. Tropiezo y pido perd\u00f3n a unos ojos prestos a la muerte que me miran. Ocupo mi sitio, en el mont\u00f3n de muertos y vivos que mueren en silencio, sin convulsiones, esperanzadamente, liberados. Mi \u00faltima palabra convulsiones, esperanzadamente, liberados. Mi \u00faltima palabra viva, perd\u00f3n, no es contestada. (No hay ni eco de ella). Tengo sue\u00f1o y estoy tranquilo. Digo adi\u00f3s a todo esto. S\u00f3lo medio sol en el horizonte. A mis pies una adolescente sujeta con su mano un in\u00fatil redondo seno emergente de lo que fue su pecho. Sonr\u00ede muerta.<\/p>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">Publicados en: Antolog\u00eda de ciencia ficci\u00f3n venezolana compilada por Julio Miranda y portal https:\/\/mentekupa.com, respectivamente<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Del diario de la batalla de las hordas desnudas La risa retumbaba. No: el eco de las risas dibujaba r\u00e1fagas de dientes juveniles a los cuatro puntos cardinales, las r\u00e1fagas de dientes esplendorosos y alegres describ\u00edan par\u00e1bolas como fuegos venecianos de artificio, como blancas gaviotas a reacci\u00f3n en los cielos, cuando nosotros, las hordas desnudas, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":17273,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17272"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=17272"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17272\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":17274,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17272\/revisions\/17274"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/17273"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=17272"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=17272"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=17272"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}