{"id":17251,"date":"2025-09-02T15:22:49","date_gmt":"2025-09-02T19:52:49","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17251"},"modified":"2025-09-02T15:22:49","modified_gmt":"2025-09-02T19:52:49","slug":"estacion-de-mascaras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/estacion-de-mascaras\/","title":{"rendered":"Estaci\u00f3n de m\u00e1scaras"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arturo Uslar Pietri<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ese mugido profundo y tembloroso que hace vibrar los cristales de las copas y las maderas de las sillas, sordo, poderoso, bronco, no es el del drag\u00f3n del tiempo que agoniza, es el de la sirena del barco que ha desatracado y comienza a deslizarse r\u00edo abajo, hacia el oc\u00e9ano.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda preferido entrar directamente al camarote y encerrarse en \u00e9l para no ver a nadie. A ninguno de los que se abrazaban llorosos o risue\u00f1os en el puente, o gritaban adioses en el muelle. Ni la horrible m\u00fasica de la orquesta de a bordo que tocaba una marcha de circo. Una de esas marchas que anuncian la entrada de la amazona, p\u00e1lida y delgada en su traje negro, y de los dos caballos blancos con sus pompones de plumas entre las orejas erguidas. O el del trapecista. Solo que cuando entra el trapecista lo que se oye es un tr\u00e9mulo redoblar de tambores y la voz del maestre de pista que anuncia: \u00abRespetable p\u00fablico: el gran acr\u00f3bata \u00c1lvaro va a ejecutar para ustedes la m\u00e1s peligrosa de las suertes, el triple salto mortal hacia atr\u00e1s, a treinta metros de altura, sin malla. Nadie en el mundo se atreve a hacer esto\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Sonri\u00f3. El \u00fanico que no se atrev\u00eda en el mundo a hacer esto era precisamente \u00e9l, \u00c1lvaro Collado. Lo que estaba haciendo parec\u00eda la m\u00e1s ordinaria de las tareas. Tomar un barco para regresar a su pa\u00eds. Lo hac\u00edan todos los d\u00edas millares de personas. No hab\u00eda acr\u00f3bata, no hab\u00eda triple salto mortal. Y sin embargo\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez s\u00ed hab\u00eda aquel estertor de agon\u00eda del tiempo. Por lo menos uno de los dragones de su tiempo estaba muriendo. Uno de los sucesivos dragones. El m\u00e1s reciente, el m\u00e1s poderoso, el m\u00e1s \u00edntimo. Un ma\u00f1oso y curtido drag\u00f3n de diez a\u00f1os largos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, s\u00ed. Ahora s\u00ed iba de vuelta a la tierra. Hab\u00edan terminado aquellos lentos a\u00f1os, tan llenos, tan cambiantes, y que, sin embargo, no hab\u00edan sido sino como una v\u00edspera.<\/p>\n\n\n\n<p>Como una v\u00edspera de aquella hora, con m\u00fasica de banda y mugido de sirena, en que el barco hab\u00eda desatracado del muelle de Manhattan y hab\u00eda empezado a descender por el Hudson hacia el estuario y el mar. Ahora cada minuto representaba brazas de navegaci\u00f3n que lo alejaban de un punto y lo acercaban a otro. Diecis\u00e9is nudos por hora, le hab\u00edan dicho. Cuando se hubieran agotado los nudos marinos, en cinco d\u00edas, el barco volver\u00eda a mugir entrando en La Guaira.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya no cab\u00eda espera, olvido ni aplazamiento. Ahora iba al encuentro. Al encuentro de seres nuevos y terribles, porque nada de lo que hab\u00eda dejado lo iba a reencontrar.<\/p>\n\n\n\n<p>Pensaba en su padre: \u00abquince a\u00f1os estuvo en la c\u00e1rcel mi padre para dejar que la vida se le volviera extra\u00f1a e irreconciliable. En el and\u00e9n cerrado de un calabozo mientras el tiempo corr\u00eda afuera llevando los hombres vivientes. Dej\u00f3 unos ni\u00f1os y una esposa y encontr\u00f3 unas gentes extra\u00f1as en una casa desconocida y una ciudad que no se le parec\u00eda y unos hombres atareados en faenas que \u00e9l no comprend\u00eda y que nada en com\u00fan ten\u00edan con \u00e9l\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l no hab\u00eda estado en el tiempo petrificado del calabozo sino en la abierta aventura de las ciudades mundiales. Su tiempo hab\u00eda sido el de Par\u00eds, el de Londres, el de Nueva York. Mientras otro tiempo, progresivamente ajeno, quedaba en Caracas haciendo y deshaciendo gentes. Hombres que surg\u00edan, hombres que mor\u00edan, mientras \u00e9l se entregaba al curso de oto\u00f1o en la Sorbona o pasaba un verano en Heidelberg tratando de entender el alem\u00e1n y mirando unas torres puntiagudas y un r\u00edo que nada ten\u00edan que ver con las torres y los r\u00edos junto a los que nac\u00edan y mor\u00edan las gentes de su tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>En las cartas de la casa ven\u00edan esas noticias: \u00abel que muri\u00f3 la semana pasada fue\u2026\u00bb, y all\u00ed el nombre de una persona m\u00e1s o menos conocida; \u00abel que est\u00e1 muy grave es\u2026\u00bb, y all\u00ed otro nombre de alguna persona amiga o entrevista que ya para la llegada de la carta deb\u00eda estar muerta. \u00abEl que ha sido nombrado presidente de Estado es\u2026\u00bb, aquel hombre que tan insignificante le parec\u00eda; \u00abel que se va a casar esta semana es\u2026\u00bb. Se casaban, nac\u00edan hijos, mor\u00edan gentes y \u00e9l estaba fuera y aparte. Saliendo de oto\u00f1os o entrando en primaveras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNos haces cada d\u00eda m\u00e1s falta\u00bb. Era su madre, la buena Celmira Collado. Tal vez no sab\u00edan lo que dec\u00edan. Les hac\u00eda falta aquel joven estudiante que conoc\u00edan tan bien y que tuvo que irse por los des\u00f3rdenes de la universidad, en que muri\u00f3 un agente de la polic\u00eda secreta. Pero no les har\u00eda falta este hombre tan distinto, que se hab\u00eda formado en \u00e9l en esos largos a\u00f1os de otro tiempo. En el tiempo del drag\u00f3n que estaba agonizando en aquellos mugidos erizados.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en el fondo de todo estaba otro desconocido. Un verdadero desconocido a quien nunca hab\u00eda visto de frente, ni le hab\u00eda o\u00eddo la voz. Hab\u00eda ido formando su imagen a trav\u00e9s de cartas, de borrosas instant\u00e1neas fotogr\u00e1ficas, de intermitentes informaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abTe doy la buena noticia, para que te contentes\u00bb, le hab\u00eda escrito su madre, \u00abde que ya empezamos a ocuparnos de la familia del agente muerto. No era casado. Dej\u00f3 una mujer y tres hijos, dos varones y una hembra. El mayor se llama como el padre: L\u00e1zaro Agot\u00e1ngel. \u00a1Qu\u00e9 nombre! Es un muchacho bastante salvaje y sin educaci\u00f3n. Vamos a hacer lo posible para salvarlo de ese medio, pero no creas que va a ser f\u00e1cil. Hoy vino por primera vez a visitarnos y no hizo sino rezongar y mirarnos como animales raros. Comi\u00f3 con el servicio y ni les dirigi\u00f3 la palabra. En fin, veremos qu\u00e9 se logra\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Dec\u00eda tambi\u00e9n la carta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLe hemos dicho que eres t\u00fa el que desea que nos ocupemos de \u00e9l. No parece comprender esto y mientras m\u00e1s se le dice m\u00e1s desconfiado parece ponerse. El primer d\u00eda que nos vio nos pregunt\u00f3 a quemarropa si eras t\u00fa el que hab\u00eda matado a su padre. \u00a1Imag\u00ednate! A Collado no le gusta nada este muchacho\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda tenido que dirigirle una especie de saludo. No le fue f\u00e1cil hallar las palabras necesarias. Escribi\u00f3 dos o tres veces la carta. \u00abYo me siento obligado a reparar en lo posible un mal involuntario\u00bb. Evidentemente que no deb\u00eda decir eso, era acusarse sin necesidad. Pod\u00eda decir: \u00abMe siento obligado con usted por las tr\u00e1gicas circunstancias de la muerte de su padre. Yo estaba all\u00ed\u00bb. Tampoco pod\u00eda ser eso. Hab\u00eda que invocar tal vez un destino superior que los hab\u00eda ligado de una manera m\u00e1gica y sobrenatural. En el destino de los venezolanos hab\u00eda una condici\u00f3n tr\u00e1gica que un\u00eda de pronto indisolublemente a los seres m\u00e1s ajenos y distantes. Con una misteriosa uni\u00f3n de sangre, o de dolor, o de culpa.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 a mugir la sirena del barco con un toque breve y agudo. Se sent\u00eda que la velocidad hab\u00eda aumentado. Pod\u00eda subir al puente o siquiera asomarse a la ventana del camarote para mirar si el buque ya hab\u00eda salido al mar. Prefiri\u00f3 permanecer all\u00ed sin ver a nadie. Se iba alejando y se iba acercando; antes eran las cartas y los recuerdos, pero ahora estaba llegando el tiempo inaplazable de las presencias.<\/p>\n\n\n\n<p>Iba a encontrar a Diego Collado. Al general Diego Collado, su padre. Ya ten\u00eda la cabeza completamente blanca y el bigote blanco como un copo de espuma sobre la boca. Deb\u00eda tener ya la voz cascada de los viejos y muchas man\u00edas. Era un anciano desconocido que iba a encontrar. Que iba a conocer. Era la tercera vez. Lo hab\u00eda conocido apenas por poco m\u00e1s de un a\u00f1o, desde que se lo devolvieron a la familia de la larga prisi\u00f3n hasta que \u00e9l tuvo que salir para su ausencia. La primera vez fue el vago recuerdo o la vaga invenci\u00f3n que un ni\u00f1o puede hacer de su padre. Hab\u00edan tenido poco tiempo para conocerse y acaso ahora era ya demasiado tarde para acercarse. \u00bfDe qu\u00e9 podr\u00eda hablar con el viejo Collado, que no fuera de las an\u00e9cdotas de las guerras civiles y de las tiran\u00edas?<\/p>\n\n\n\n<p>Iba a encontrar, o iba a conocer tambi\u00e9n, a aquella mujer paciente e hilvanadora de cosas que era Celmira, su madre. La de las largas cartas llenas de noticias lejanas que tra\u00edan como un aroma o un sabor extra\u00f1o de caf\u00e9, de carreta o de dulce casero hasta el cuarto del inmueble de la <em>rue de Rennes<\/em>, o hasta el cub\u00edculo de la biblioteca de la universidad americana.<\/p>\n\n\n\n<p>Eran como otras personas. Iba a ser como una prueba de conocer y de reconocer. Como una prueba o como un juego m\u00e1gico. Si uno no sabe la identidad del ser que se le aparece de pronto en su misterio, cae en el dominio de un da\u00f1o oscuro.<\/p>\n\n\n\n<p>Iba a ser como conocer la identidad de las personas disfrazadas. \u00abA que no me conoces\u00bb, era la pregunta tradicional de las m\u00e1scaras. Se acord\u00f3 entonces de que iba a llegar a Caracas en pleno carnaval.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha debido pensar en eso para llegar despu\u00e9s de pasadas las fiestas. Pero ya no hab\u00eda remedio. Iba a encontrar una ciudad enloquecida, poblada, en la tarde y en la noche, de pintarrajeadas cabezas, de enormes narices, de chillonas voces en falsete. De lustrosas caretas de cart\u00f3n con los ojos agujereados. Iba a acentuarse m\u00e1s el juego de la extra\u00f1eza y del no conocer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abA que no me conoces\u00bb, le iba a decir aquella m\u00e1scara o aquella cara patilluda, boca ancha, calva, terrosa, hura\u00f1a, como de alguacil o de contrabandista, que era la de su cu\u00f1ado Sa\u00fal Verr\u00f3n. Detr\u00e1s de la careta huele a cola de pegar seca, a desv\u00e1n de carpintero, a cart\u00f3n y a paja de embalaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Iba tambi\u00e9n a encontrar al otro a quien no conoc\u00eda ciertamente y acaso no podr\u00eda conocer. Iba a estar en la presencia de L\u00e1zaro Agot\u00e1ngel. Disfrazado de muerto o de resucitado, o de iguana de quebrada o de monstruo de la tierra y de los \u00e1rboles primigenios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfY de qu\u00e9 le iba a ver la cara a \u00e9l L\u00e1zaro Agot\u00e1ngel, el hijo del muerto? \u00bfQu\u00e9 le iba a buscar detr\u00e1s de la cara y de las palabras del dif\u00edcil encuentro?<\/p>\n\n\n\n<p><strong>2<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Un gran cr\u00e1neo de cart\u00f3n se qued\u00f3 como pegado al vidrio de la ventanilla llenando todo el espacio de la visi\u00f3n. Pintarrajeado de blanco y de negro, chorreado de gris, hendido y cosido con hilos de colores, abollado, sucio, deforme, con grandes dientes en relieve, y negras y profundas las cuencas de los ojos y la fosa de la nariz. Era grande c\u00f3mo la cabeza de un gigante y estaba puesto sobre unos hombros estrechos que casi desaparec\u00edan debajo de su abertura.<\/p>\n\n\n\n<p>El autom\u00f3vil estaba detenido. A cada instante se deten\u00eda el desfile entre la espesa masa que llenaba la calle. El calor y el ruido entraban viscosos y mezclados. Era un aire de horno y de tambor. Los dos pasajeros que iban adentro parec\u00edan ajenos y silenciosos.<\/p>\n\n\n\n<p>Junto a la gran bola gris y hueca de la calavera, parec\u00edan peque\u00f1as las cabezas oscuras y lustrosas de los dos hombres. Los poros abiertos en la piel glaseada. Estaban como apretados dentro de sus trajes. Puestos en aquella especie de caja de vidrio y de metal cerrada bajo el aluvi\u00f3n de la muchedumbre. Delante, el que hablaba o rezongaba a ratos era el conductor.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de los vidrios cerrados y del techo del autom\u00f3vil estaba el espeso e hirviente bullicio de la calle. Randas y olas de cabezas y formas humanas, marejadas de gritos. M\u00fasicas y cantos se entremezclaban. De la calle invadida de disfraces y gentes ansiosas, a las aceras, a las ventanas, a los balcones, por donde descolgaban voces y brazos y rostros. En el aire agitado flotaban como en agua de creciente las serpentinas, el polvo, los confetis recogidos del suelo. Era como navegar en una marejada.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaban caras lustrosas de negro humo y aceite, diablos rojos envueltos en capas desgarradas con sus cuernos y su tridente, avalanchas de muchachos desarrapados encendidos de gritar y correr, empujando, saltando, arrebatando de las manos golosinas y juguetes, entrando y saliendo por entre la masa humana.<\/p>\n\n\n\n<p>La calavera de cart\u00f3n segu\u00eda pegada al vidrio, fija y absorta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014M\u00edrala \u2014dijo Eladio Flores, se\u00f1al\u00e1ndola con la mano\u2014. No se nos quita de encima.<\/p>\n\n\n\n<p>Puso la mano, con el \u00edndice estirado, casi sobre la cara de su compa\u00f1ero.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014M\u00edrala, L\u00e1zaro.<\/p>\n\n\n\n<p>L\u00e1zaro Agot\u00e1ngel, macizo, encogido, vio la mano. Vio la calavera y se volvi\u00f3 hacia Eladio con disgusto:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La he visto, hombre. \u00bfQu\u00e9 quieres?<\/p>\n\n\n\n<p>Eladio se repleg\u00f3 hacia su asiento:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nada. Es el mismo disfraz de la muerte al que le ten\u00edamos miedo cuando \u00e9ramos muchachos. \u00bfTe acuerdas?<\/p>\n\n\n\n<p>No contest\u00f3 L\u00e1zaro.<\/p>\n\n\n\n<p>Eladio Flores se pas\u00f3 la mano por la cara. Sinti\u00f3 la gruesa piel c\u00e1lida y la aspereza de la sombra de la barba azul.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le ten\u00edamos miedo, L\u00e1zaro. Corr\u00edamos cuando la ve\u00edamos acercarse.<\/p>\n\n\n\n<p>L\u00e1zaro se volvi\u00f3 pesadamente hacia el vidrio donde estaba el inerte globo gris de la calavera y golpe\u00f3 con fuerza. Se sinti\u00f3 el eco del pu\u00f1etazo. La m\u00e1scara se retir\u00f3 al sentir el impacto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ves\u2026 Ahora es ella la que nos tiene miedo.<\/p>\n\n\n\n<p>Hizo una mueca de risa. Asomaron los fuertes dientes blancos como arrega\u00f1ados<a href=\"javascript:void(0)\">[1]<\/a> para morder.<\/p>\n\n\n\n<p>Bambole\u00e1ndose sobre el esmirriado cuerpo el cr\u00e1neo fofo desapareci\u00f3 entre el turbi\u00f3n de gentes. Fluctuando y girando. Entre el griter\u00edo l\u00edquido y encrespado.<\/p>\n\n\n\n<p>El autom\u00f3vil no avanzaba. Pasaban indios con maracas y taparrabos. Comparsas de guitarreros con su burriquita<a href=\"javascript:void(0)\">[2]<\/a> que danzaba sobre los pies del jinete. Hombres disfrazados de mujeres. El desmesurado payaso de los zancos se bamboleaba como si fuera a caer sobre el oleaje humano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esta era la calle por donde sal\u00edamos. Atr\u00e1s est\u00e1 el cerro \u2014dijo Eladio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No se ve \u2014contest\u00f3 L\u00e1zaro, secamente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Baj\u00e1bamos por la ca\u00f1ada y desemboc\u00e1bamos por esa esquina. A gozar del carnaval. Como ese muchacho, as\u00ed \u00e9ramos.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un muchacho que hab\u00eda brotado de entre el gent\u00edo, al borde de la acera. \u00c1gil, \u00e1vido, casi desnudo, despeinado, que agitaba en la mano un saco de trapo donde llevaba el bot\u00edn de su correr\u00eda y gritaba sin parar. Gritaba con los saltos, con las voces, con las contorsiones, con la boca desdentada, con los ojos encendidos, con los flacos brazos aspados, con el revuelto cabello, con el sudoroso rostro amoratado. Saltaba por entre las gentes y los autom\u00f3viles, met\u00eda la mano por las portezuelas, arrancaba un juguete y se sumerg\u00eda entre la multitud para reaparecer m\u00e1s adelante con la mano y el grito alzados. Un hombre vestido de mujer le dio un empell\u00f3n y le hizo caer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014T\u00fa ves \u2014dijo L\u00e1zaro\u2014, ese no nos lo hubiera hecho a nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda vuelto a avanzar el desfile muy lentamente. Como atascado en el grumoso apretujamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No vamos a salir de aqu\u00ed en toda la tarde \u2014dijo L\u00e1zaro.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaba el tiempo y \u00e9l estaba all\u00ed, metido en el calor y la lentitud del autom\u00f3vil cerrado. No entraba sino el vocer\u00edo confuso y no se ve\u00eda sino el movimiento sin sentido.<\/p>\n\n\n\n<p>Eladio miraba sin hablar las caras y las m\u00e1scaras que pasaban. Las gentes endomingadas en las ventanas y los hombres api\u00f1ados en las puertas de las cantinas. Pintadas o p\u00e1lidas, risue\u00f1as o adustas, airadas o lelas, caras que no lo ve\u00edan a \u00e9l ni le hablaban. Caras de gente que no conoc\u00eda. Tan desconocidas como las m\u00e1scaras congeladas en muecas que flotaban entre las cabezas. A ratos paseaba la mirada por sobre frentes y sombreros y bocas estridentes y sobre ninguna pod\u00eda poner un nombre. Ninguno de aquellos viejos nombres de otros tiempos con que conoc\u00eda a casi todos los que bajaban y sub\u00edan por aquella bocacalle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya no conozco a nadie \u2014dijo Eladio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hasta las casas han cambiado \u2014dijo L\u00e1zaro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ni ellos tampoco nos conocen a nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ni tienen por qu\u00e9 conocernos. Si t\u00fa te bajaras ahora del carro y te metieras entre ellos te ver\u00edan como un extra\u00f1o. Casi como un extranjero. Vestido as\u00ed. Bajando de un autom\u00f3vil. Se burlar\u00edan de ti, te empujar\u00edan. Como nosotros nos burl\u00e1bamos de los se\u00f1orones de bast\u00f3n y pajilla que pasaban en sus coches con aquellos caballotes que parec\u00edan caballos de entierro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Verdad es, L\u00e1zaro.<\/p>\n\n\n\n<p>El otro lo mir\u00f3 con asombro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014De esto ten\u00edamos que salir y salimos, Eladio. Y no podemos volver. Ni disfrazados.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las fachadas verdes, amarillas y azules de las casas colgaban guirnaldas de bombillos encendidos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya han prendido las luces. Ya va a estar oscuro.<\/p>\n\n\n\n<p>Nada contest\u00f3 L\u00e1zaro. Eladio observaba por las bocacalles hacia la parte alta del cerro. Eran callejones tortuosos y empinados donde se apretujaban las puertas y los ventanucos en las estrechas fachadas. Por donde se adelgazaba y dilu\u00eda el gent\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Subiendo a pie por esa esquina hacia arriba, se llega a donde estaba la panader\u00eda del Isle\u00f1o. Ol\u00eda a pan a la media cuadra. A vaho de boca de horno que hac\u00eda so\u00f1ar con grandes hogazas calientes al muchacho con hambre. De la casa del Isle\u00f1o se torc\u00eda por el lecho de la quebrada seca. La vereda pasaba por entre algunos ranchos de cart\u00f3n y hojalata. Ahora deb\u00eda haber all\u00ed casas y altos postes de luz. Cuando llov\u00eda se llenaba de piedras y de lodo. Se volv\u00eda a remontar por la otra cuesta. Se pasaba cerca de las altas paredes terrosas del viejo manicomio. Con sus puertas cerradas, sus pesados techos y algunos enormes \u00e1rboles. A veces se dec\u00eda que se hab\u00eda escapado un loco. Un loco desmelenado y furioso con un cuchillo. A los muchachos les daba miedo salir a la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te acuerdas, L\u00e1zaro, cuando dec\u00edan qu\u00e9 se hab\u00eda soltado un loco.<\/p>\n\n\n\n<p>L\u00e1zaro se volvi\u00f3 hac\u00eda \u00e9l. Con lento y pesado gesto. Corno si tuviera que decir lo que no quer\u00eda decir.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Claro que me acuerdo, Eladio. Me acuerdo de todas las cosas. Y no las quiero olvidar. Me acuerdo de tu pap\u00e1 y me acuerdo del m\u00edo. Y me acuerdo cuando sub\u00eda por esa cuesta con miedo porque era tarde y el viejo me iba a rega\u00f1ar. Y me acuerdo y no se me olvida del d\u00eda en que lo mataron y del velorio y de las gentes que vinieron. Y de todo lo que pas\u00f3 despu\u00e9s. Y si cierro los ojos veo tal cual la casita y al pobre pap\u00e1 muerto y vuelvo a sentir lo que sent\u00ed. Qu\u00e9 larga fue esa noche. Parec\u00eda que no iba a llegar la madrugada.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri 1 Ese mugido profundo y tembloroso que hace vibrar los cristales de las copas y las maderas de las sillas, sordo, poderoso, bronco, no es el del drag\u00f3n del tiempo que agoniza, es el de la sirena del barco que ha desatracado y comienza a deslizarse r\u00edo abajo, hacia el oc\u00e9ano. 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