{"id":17195,"date":"2025-03-29T16:16:00","date_gmt":"2025-03-29T20:46:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17195"},"modified":"2025-08-29T16:24:08","modified_gmt":"2025-08-29T20:54:08","slug":"la-poesia-como-conciencia-de-los-sentidos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-poesia-como-conciencia-de-los-sentidos\/","title":{"rendered":"La poes\u00eda como conciencia de los sentidos"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Roberto Mart\u00ednez Bachrich<\/h4>\n\n\n\n<p>No puede no haber asombro ante la figuraci\u00f3n del esplendor. Ante una voz que <em>mira pensando<\/em> el sol, el verano, el viaje, el amor o el exilio. La \u201cdicha salvaje\u201d de vivir o la amarga lucidez ante el dolor, ante todo lo esplendoroso que un d\u00eda quedar\u00e1 extinto o tal vez no. Y todo esto formulado desde otro asombro, desde una mirada personal\u00edsima y humilde, desde la vigilia constante de los sentidos y la conciencia, que en la palabra po\u00e9tica de Guillermo Sucre van siempre de la mano. Quiz\u00e1s all\u00ed radique la maravilla de su obra, la posibilidad de que el lector se acerque una y otra vez a sus libros, sin cansancio, para reencontrar ese asombro en la mirada del poeta, y el propio asombro en la mirada lectora que mira esa otra mirada, ese otro asombro.<\/p>\n\n\n\n<p>Se trata de una voz\/mirada peculiar, de una manera de hacer poes\u00eda que no es tan com\u00fan en nuestras letras. Con Sucre llegamos a una extra\u00f1a plenitud en el proceso de la l\u00edrica nacional. Son muchos, en la poes\u00eda venezolana del XX, los poetas que hacen maravillas del sonido y el sentido, de la piel o la conciencia. M\u00e1s raros son aquellos que pueden conjugar en la imagen ambos polos, que pueden poner en di\u00e1logo \u2014en un mismo verso, en un \u00fanico poema\u2014 la raz\u00f3n y la pasi\u00f3n, la fiesta del sentir y la serenidad reflexiva ante y sobre lo sentido. M\u00e1s a\u00fan: apostar por esta dupla en un s\u00f3lo y \u00fanico organismo, <em>como si los sentidos tuviesen su propia conciencia.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Esta misma pasi\u00f3n razonada en la imagen \u2014reveladora conciencia de la mirada\u2014, se ejecuta sin m\u00e1cula en la obra cr\u00edtica de Sucre. De all\u00ed la fuerza de sus lecturas. De all\u00ed la veneraci\u00f3n indiscutible con que seguimos leyendo <em>La m\u00e1scara, la transparencia<\/em> (1975) o <em>Borges, el poeta<\/em> (1967)<em>.<\/em> Se trata del <em>hacedor<\/em> que mira la <em>hechura<\/em> de sus maestros o de los grandes nombres que poseyendo un credo distinto, y a veces opuesto, hacen milagros con la imagen, llaman a la fiesta del poema, exigen una mirada. Una mirada, en este caso, desde <em>la conciencia de los sentidos<\/em>. La elecci\u00f3n discursiva, naturalmente, es otra. Otros los fines. Pero el fondo \u2014el alma de esa mirada pensante\u2014 no es demasiado distinto a lo que en la obra po\u00e9tica de Sucre el sujeto logra sobre el mundo. La <em>conciencia de los sentidos<\/em> se expone al mundo y expone, as\u00ed, ese mismo mundo a su contagio reverberante para dar cuenta po\u00e9ticamente del verano, el exilio, la pasi\u00f3n, la vastedad.<\/p>\n\n\n\n<p>Este sistema po\u00e9tico se desarrolla en libros fundacionales como <em>Mientras suceden los d\u00edas <\/em>(1961), <em>La mirada<\/em> (1970), <em>En el verano cada palabra respira en el verano <\/em>(1976) o <em>Serpiente breve <\/em>(1977)<em>. <\/em>Pero estas l\u00edneas s\u00f3lo pretenden ser una afectuosa y brev\u00edsima lectura de otro texto po\u00e9tico l\u00facido y sensible, bit\u00e1cora de un recorrido literario y vital posterior a la conformaci\u00f3n de esa <em>conciencia de los sentidos.<\/em> Un viaje, si se quiere, m\u00e1s maduro, sereno y reflexivo, como el de quien ha adquirido ya una cierta <em>sabidur\u00eda sensible<\/em> (toda sabidur\u00eda real ha de serlo) con la que puede ahora vivir el presente, mirar hacia atr\u00e1s o hacia adelante, pero d\u00e1ndose cuenta del fracaso de toda tentativa humana que ignore la muerte, el instante m\u00e1ximo del esplendor, la entrada en lo vasto. Mirar el pasado, parece intuir esta madura <em>conciencia de los sentidos<\/em>, no es sino hacerlo presente en el presente, y a la vez borrarlo de su sitio. Quien trae el pasado a la memoria lo hace presente, lo olvida como pasado y retira a su vez el presente para hacerle espacio, hacerle tiempo. Vivimos, entonces, en un incesante tejer y destejer mortajas. La propia y la de los seres amados: los que est\u00e1n, los que se han ido pero siguen estando en el fr\u00e1gil temblor de la memoria con que los borramos y nos borramos, tray\u00e9ndolos al ahora o al despu\u00e9s. Sobre estas ideas y emociones, sobre la serena potencia de estas im\u00e1genes se teje la experiencia de <em>La vastedad<\/em> (Vuelta, 1988).<\/p>\n\n\n\n<p>Organizado en seis estaciones, <em>La vastedad<\/em> explora los mismos fantasmas y el mismo esplendor de toda la obra anterior de Sucre, pero la mirada se sit\u00faa ahora al borde del \u201cce\u00f1ido esplendor\u201d, justamente frente a \u201cla larga intemperie\u201d, y eso da a la conciencia de los sentidos un nuevo poder. El poeta ahora <em>sabe<\/em> que \u201cya no hay sitio para la escritura porque ella es el \/ sitio mismo\u2014 de lo que se borra \/ no descubrimos el mundo lo describimos en su terca \/ elusi\u00f3n\u201d (p. 13). La <em>conciencia de los sentidos<\/em> adquiere una profundidad ya no s\u00f3lo espacial sino tambi\u00e9n temporal. Desde all\u00ed el sujeto puede mirarse y mirar el mundo, dudar con el mismo <em>oscuro esplendor<\/em> de la antigua inocencia, pero con la sospecha o certeza de que lo que el poema \u201chace ser ah\u00ed\u201d, como escribiera H. G. Gadamer, tambi\u00e9n lo deshace en la realidad; de que todo lo que construye, destruye; lo que funda, echa abajo; lo que recuerda, olvida; lo que llena, vac\u00eda; maneras todas de <em>mirar pensando<\/em> la vida y la muerte, que ahora, en el poema, en la nueva <em>conciencia de los sentidos<\/em>, vuelven a reunirse en la hermosa precisi\u00f3n geom\u00e9trica de la curvatura temporal: \u201clos vivos viven con los muertos \/ vida y muerte son una misma historia \/ esa historia no tiene principio ni fin \/ aunque haya el tiempo del principio y el tiempo \/ del fin\u201d (p. 21).<\/p>\n\n\n\n<p>En estas observaciones se centran el primer cap\u00edtulo del libro, el que le da t\u00edtulo, y los dos \u00faltimos: \u201cInreflexiones\u201d y \u201cCualquier tierra\u201d. Ese primer recorrido, que en su circularidad nos sit\u00faa al borde de lo vasto, o nos hace partir de \u00e9l para a \u00e9l regresar, se ha estado encaminando, desde los versos iniciales, a su momento de cierre. Cierre de esa primera estaci\u00f3n y paso a la segunda, pero puerta abierta hacia los cap\u00edtulos finales, puente ya s\u00f3lidamente tendido hacia el ocaso del libro. El \u00faltimo poema de \u201cLa vastedad\u201d abre con un verso rotundo: \u201cS\u00f3lo la muerte tiene sentido\u201d (p. 23). Los versos anteriores han ido tejiendo la atm\u00f3sfera precisa para llegar a este punto. Ante la muerte y s\u00f3lo ante la muerte (desnudos frente al \u00fanico sentido) podemos mirar cara a cara la vastedad. \u201cMorir es la sola solitaria fresca posesi\u00f3n de la piel \/ que fuimos desollando \/ la memoria que el olvido recuerda\u201d (p. 24).<\/p>\n\n\n\n<p>La segunda estaci\u00f3n del libro, \u201cTransparencias\u201d, se aleja m\u00ednimamente de lo que hemos apuntado y nos parece el coraz\u00f3n del libro, para recorrer, ahora en prosa, los lugares de la intimidad, el amor, la soledad. Una habitaci\u00f3n, un bosque de pinos, una playa, un bar, un ventanal en los que el instante se redimensiona. El verano y el oto\u00f1o, lo amado y destruido, los lugares del amor, la dicha, el desamparo, se dejan <em>penetrar por la luz,<\/em> se dejan <em>navegar por los sentidos<\/em>, se convierten en <em>mundo inm\u00f3vil<\/em> ante la mirada del poeta<em>.<\/em> Hay tambi\u00e9n, entre la transparencia y la nitidez de esas im\u00e1genes, el develamiento de algunos de los mecanismos de esa mirada, acaso los lineamientos, nunca ret\u00f3ricos sino apenas balbuceados, sugeridos, sugerentes, de una \u00e9tica po\u00e9tica personal\u00edsima. As\u00ed el poema surgir\u00e1 s\u00f3lo de la materia: \u201cMateria que es materia, fluyente\u201d (p. 30). Y se construir\u00e1 sin trampas, sin espejos, sin oscuridades que puedan significar algo m\u00e1s de lo que simplemente son: \u201cIm\u00e1genes, no s\u00edmbolos\u201d (p. 30). Materia fluyente que deviene imagen, entonces, y cuyo punto de partida es siempre la vida real, nunca la vida posible, ficticia, artificiosa: \u201cExperiencias, no figuraciones\u201d (p. 31). Lecturas de la propia experiencia po\u00e9tica que dialogan con el cuarto cap\u00edtulo del libro, \u201cEl poema\u201d, donde la mirada y la <em>conciencia de los sentidos<\/em> pican y se extienden para homenajear otras miradas, otras po\u00e9ticas, se\u00f1alando, pues, la generosidad del poeta, su gratitud hacia otros <em>hacedores<\/em>, su devoci\u00f3n y su amor por la palabra, que en la suya, tal cual reza uno de sus versos, ser\u00e1 restituido.<\/p>\n\n\n\n<p>La otra estaci\u00f3n a\u00fan no mencionada del libro es \u201cOval\u201d. Un par de poemas que muestran esa otra faz de la experiencia po\u00e9tica que en la obra de Sucre nunca ha dejado de estar, pero que quiz\u00e1s en libros anteriores se revelaba con mayor insistencia. Se trata de la vena l\u00fadica o del juego de sonido y sentido. En este caso, los poemas \u201cNo un rostro \/ un cristal\u201d y \u201cNo un cristal \/ un rostro\u201d buscan el dibujo y desaparici\u00f3n, el trazo y borr\u00f3n, de un mismo objeto: un rostro, el retrato de un rostro, el de una \u201cmuchacha dichosa en el desamparo\u201d, una mirada en rostro convertida. Fragmentos como \u201crastro de un rostro \/ el rostro\/ de un rastro siempre \/ abism\u00e1ndose \/ borr\u00e1ndose\u201d (p. 43) o \u201cpasan \/ (no quiero decir destellos) \/ deseos \/ pasan (no quiero decir deseos) \/ destellos \/ que se consumen \/ de s\u00f3lo iluminarse \/ que se iluminan al s\u00f3lo \/ consumarse\u201d (p. 44) nos pueden dar una idea de la gracia de este otro tipo de trazos po\u00e9ticos que, con m\u00e1s o menos frecuencia, est\u00e1n en toda la poes\u00eda de Sucre. La palabra fundacional parece generar desde s\u00ed las palabras que la siguen y matizan, el ritmo cobra vida y genera, \u00e9l solo, las im\u00e1genes y el sentido sucesivos.<\/p>\n\n\n\n<p><em>La vastedad<\/em> confirma, como lo har\u00e1 luego <em>La segunda versi\u00f3n<\/em> (1993)<em>,<\/em> que la poes\u00eda de Guillermo Sucre es grande en su contenci\u00f3n, depuramiento y brevedad (hasta ahora apenas seis t\u00edtulos <em>ocupan, preocupan y desocupan<\/em> toda una vida entregada a la palabra), clara y hermosa en su transparencia, precisa, n\u00edtida, aut\u00e9ntica. Acaso podamos y debamos aprender todav\u00eda tanto de su <em>ars<\/em> po\u00e9tica, de <em>su amor por la letra que ella corresponde<\/em>, como escribe el mismo Sucre, ya lo hemos apuntado, en homenaje a Lezama Lima. Su obra desnuda el poder de una mirada que dibuja y borra el universo, que <em>torna lo cotidiano en absoluto. <\/em>Poes\u00eda que sabe cultivar <em>la conciencia de los sentidos<\/em> a fuerza de luz, naturaleza, rostros, mundo. Llevar esa conciencia a su madurez. Dejar vivir y convivir lucidez y sensibilidad, hacerse y deshacerse experiencia. Llegar a tener una m\u00ednima, \u00edntima sabidur\u00eda, con la cual poder mirar, desde el borde, con genio, reverencia y pasi\u00f3n, el ancho y luminoso descampado, la desamparada llanura, el infinito oce\u00e1nico, su esplendor, la vastedad. Tener una mirada para enfrentarla, eso basta. Y luego la humildad, derivada de esa misma sabidur\u00eda. Sabernos prestados, saber la finitud de la palabra, apenas balbucear, <em>dejar que la imagen escriba por nosotros<\/em>. \u201cNo hemos sabido nombrar el mundo y apenas hablamos con sonoros equ\u00edvocos\u201d (p. 72), escribe el poeta. Desde esa conciencia, desde nuestra peque\u00f1ez, amar la palabra. Quien no puede evitar ser poeta habr\u00e1 de \u201cescribir no el orden sino el ritmo de la vida \/ un ritmo que conocemos desconocemos y reconocemos \/ s\u00f3lo por la respiraci\u00f3n de la escritura\u201d (p. 59). Hay mucho que explorar, as\u00ed, en esa sabidur\u00eda, en ese encuentro con la belleza, la que a trav\u00e9s de la palabra hace y deshace el mundo, traza y borra la mirada, teje y desteje la vida, o la muerte, o la vida.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/roberto-martinez-bachrich\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicado en https:\/\/cultura-urbana.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Roberto Mart\u00ednez Bachrich No puede no haber asombro ante la figuraci\u00f3n del esplendor. 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