{"id":17181,"date":"2025-08-28T17:00:00","date_gmt":"2025-08-28T21:30:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17181"},"modified":"2025-08-28T17:22:48","modified_gmt":"2025-08-28T21:52:48","slug":"la-guerra-de-las-morrocoyas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-guerra-de-las-morrocoyas\/","title":{"rendered":"La guerra de las morrocoyas"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Jos\u00e9 Luis V\u00e1squez Silva<\/h4>\n\n\n\n<p>I<\/p>\n\n\n\n<p>Muy fresca entr\u00f3 la tarde a la Hacienda Los Marimones, acompa\u00f1ada por los alisios del noreste, que arrastraron a los distra\u00eddos olores atascados entre los montarascales aleda\u00f1os; de tierra reci\u00e9n mojada, de jazmines, espinitos y otras tantas plantas silvestres en floraci\u00f3n. Hasta la puerta principal de la casona, desde la cocina, se filtraban los rumores de caf\u00e9 reci\u00e9n colado, arepas refritas y pl\u00e1tanos tajados. Pero nada de aquel arom\u00e1tico para\u00edso difumaba el disgusto de Do\u00f1a Blanca quien, acalorada por la frustraci\u00f3n, sacud\u00eda la fina fusta sobre el marco de roble, al ver al negro moh\u00edno del Constantinoplo cruzar por el frente; tan orondo, con su atado de pesca en la espalda descamisada, contaminando con su pestilencia los senderos de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>El negro Noplo, desde cuando el patr\u00f3n lo trajo de ni\u00f1o a la hacienda, le ca\u00eda muy mal a la do\u00f1a, como el tragarse una piedra para el desayuno, y por eso lo trataba como se merec\u00eda; un pobre perro de la calle, al que se le tira la comida al piso, para que cuando nos mire desde abajo no nos muerda ni nos ladre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1\u00bfPor qu\u00e9 tienes que traer ese negrito a esta casa?! \u2014le hab\u00eda reclamado a su marido aquella mal recordada tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Co\u00f1o!, \u00a1ya te lo dije! Se le muri\u00f3 la madre, la comadre Petra \u2014era lo \u00fanico que le repet\u00eda Don Arcadio, con una mirada evasiva, muy impropia de su car\u00e1cter.<\/p>\n\n\n\n<p>A Do\u00f1a Blanca no le importaba que el muchacho fuese \u201cde color\u201d, como ahora los mentaban por condescendencia, pero s\u00ed mucho a las \u201cmadamas de a peso\u201d, las necias de sus vecinas, que de inmediato empezaron a criticarla, por permitir la contaminaci\u00f3n de su fina servidumbre. A ella el forro de urna le sacaba de quicio por su impertinente altivez, como si desde ni\u00f1o le hubiese hurtado un donaire a los de su clase; porque el cipote no hacia caso, aunque se le amenazara con el rejo, con llev\u00e1rselo al calabozo o mandarlo bien lejos. El moh\u00edno siempre terminaba haciendo lo suyo, porque para eso era tan libre como una golondrina en una tarde veraniega; como tambi\u00e9n lo hab\u00eda sido ella hasta los diecisiete, cuando sus padres la obligaron a casarse con un viejo de pacotilla, solo porque ellos le adeudaban media vida y con su flor se la pagaron.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Venga a comer, do\u00f1a Blanquita \u2014le rogaba misia Mercedes, coloc\u00e1ndole las viandas sobre la r\u00fastica pero bien ordenada mesa de pardillo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Que no tengo ganas! \u2014le contestaba ella, henchido el vientre con los aires de la venganza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEl s\u00e1bado lo jodo, cuando se vaya Don Arcadio; porque ese negro carb\u00f3n no se va a burlar m\u00e1s de m\u00ed, que ya le prohib\u00ed mil veces que trajera esos piazos de pescados a mi casa\u201d; masticaba la se\u00f1ora, en gruesos trozos, la acumulada rabia.<\/p>\n\n\n\n<p>Do\u00f1a Blanca, mediando sus cuarenta, era una dama que se conservaba m\u00e1s que bien, de cuerpo y de esp\u00edritu, con una nariz altiva y lacios cabellos azabache, heredados de sus entremezclados ancestros portugueses y guajiros. La do\u00f1a le hac\u00eda buen honor a su nombre, con una piel blanco hueso, como las cumbres heladas de aquellos cinco picos que se dibujaban a lo lejos, y que solo con suerte se pod\u00edan atisbar algunas ma\u00f1anas despejadas de febrero. Su piel era tan pr\u00edstina y pulimentada, que no hab\u00eda forma de ensuciarla, porque hasta el lodo m\u00e1s pegajoso le <em>resfalaba<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie entend\u00eda por cual raz\u00f3n la se\u00f1ora andaba siempre malhumorada, a pesar de las bendiciones que la rodeaban: una amplia casa-hacienda, pr\u00f3spera y solvente, rodeada de un inmenso jard\u00edn, tupido de rosas, magnolias, miosotis, tulipanes y todas las flores que se le ocurr\u00eda sembrar, por cierto, asistida por el negro moh\u00edno del Constantinoplo. Adem\u00e1s, contaba con una caterva de servidores, que hac\u00edan sin chistar todos los deberes, para mantener inmaculado su hogar, que era la envidia viva, que le pon\u00eda la piel verde a todas sus primas y amigas. Pero, \u00bfquien sabe de las fisuras que se acumulan en nuestros techos? Rajaduras min\u00fasculas, luego expandidas por un quebradizo tiempo, por donde se cuelan los silencios, las soledades, que se van entreverando dentro de nuestros sue\u00f1os, absorbidos en \u00f3smosis por las lujosas y fr\u00edas s\u00e1banas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tu eres una echa la pendejuana \u2014le dec\u00eda la prima Miralba; tienes to\u00f1eco al viejito, para que te complazca en todo \u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Don Arcadio Marim\u00f3n era bastante mayor que su esposa y casi le triplicaba la edad cuando se efectu\u00f3 su boda-transacci\u00f3n. En las fotos del \u00e1lbum matrimonial se asemejaban a un orgulloso padre llevando a la hija menor a la primera comuni\u00f3n. \u00c9l la conoci\u00f3 en una fiesta de San Juan, cuando a\u00fan era un gal\u00e1n oto\u00f1al montando al m\u00e1s fino bayo y ella la reci\u00e9n elegida reina del coleo, a las que las primas acompa\u00f1aban para arriba y para abajo, buscando todas conquistar alg\u00fan soltero disponible de entre los chivos lanudos del pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>La boda se pact\u00f3 para ese diciembre, debido a las urgencias de ambas partes. Los amigos-jaletis del novio le dec\u00edan el d\u00eda de la boda: \u201cViejo, esa carajita va hacer que te de un infarto en la aorta\u201d, y \u00e9l les respond\u00eda con un: \u201cNo me importa, con tal que me d\u00e9 bastante de aquella torta\u201d. Las primas-amigas de Blanquita le rogaban: \u201cNo te cases con ese vejete, por m\u00e1s plata que tenga, ese ya no arrima una al mingo\u201d; y ella ripostaba que era un se\u00f1or muy bueno, al prometerle tantas cosas, sin ella tener con que pagarle; y las primas se burlaban de su inocencia.<\/p>\n\n\n\n<p>A los pocos a\u00f1os de casados, Don Arcadio devino en m\u00e1s que un marido, en un padrastro para Blanca, a la que rega\u00f1aba y luego malcriaba con regalos, cuando se le pasaba la mano. La patrona no se quejaba, le hab\u00eda dado de todo, menos un hijo; lo que ella m\u00e1s necesitaba para ocupar sus largos d\u00edas de desocupada en esa inmensa casa; donde solo se dedicaba a pasear, mostrando a nadie sus pintas de \u201cDo\u00f1a\u201d, copiadas de viejas pel\u00edculas mejicanas; luciendo su hermosa estampa de yegua de raza, con sus alucinantes grupas que alborotaban a potrillos y gara\u00f1ones; con sus botas de vaquera fina, sombreros alados y correajes importados del Portugal por sus t\u00edos, los padres de sus primas, en la pr\u00e1ctica, sus \u00fanicas amigas; mostrando a su reducido mundo la amplia colecci\u00f3n de fuetes, con los que golpeaba sillas, pretiles, puertas, para imponer el orden entre las doncellas y muchachos de mandado.<\/p>\n\n\n\n<p>De las pocas cosas que Blanca le reclamaba al marido, que hacia ya unos cuantos a\u00f1os se hab\u00eda alejado del inocupado t\u00e1lamo, era el de haberle impuesto a ese necio negro moh\u00edno, al que hab\u00eda instalado en la \u201ccasa de los peroles\u201d, un rancho que quedaba en la v\u00eda hacia los potreros, muy cerca del buco con el cual le robaban parte del agua al r\u00edo Cocorotico, el m\u00e1s caudaloso de la comarca; refugio donde el flojo del negro carb\u00f3n se acostaba tarde, despu\u00e9s de haber molido el ma\u00edz, haber recogido le\u00f1a, dado de comer a los cochinos y patos, buscado los mandados, barrido los tres patios, podado el jard\u00edn, limpiado los ba\u00f1os, ba\u00f1ado a los perros, peinado al caballo de la do\u00f1a; y los domingos, preparando los finos gallos para las peleas del patr\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c\u00a1Ese sucio negro, que debe jeder a gitano!, aunque se ba\u00f1e ma\u00f1ana y tarde en el buco\u201d, rezongaba Do\u00f1a Blanquita, imagin\u00e1ndose a la mole en pelotas, freg\u00e1ndose las verijas con lej\u00eda. Ella misma no ten\u00eda claro cual era la principal raz\u00f3n de tenerle tanta tirria al negro moh\u00edno. \u00bfSer\u00eda acaso porque el primer d\u00eda que lo llevaron a su casa lo vio desenvainar su machete panga para desaguarse entre los rosales?; \u00bfo por ser un huev\u00f3n tan altivo?, que nunca la obedec\u00eda ni contestaba a sus reclamos y que, vali\u00e9ndose de su estatura, la miraba por encima de su cabeza; o quiz\u00e1s simplemente porque su esposo nunca le hab\u00eda aclarado el preciso vinculo que ten\u00eda con el muchacho, al que trataba como si fuese un sobrino u otro familiar cercano. \u201c\u00a1V\u00e1lgame dios!\u201d, ella se persignaba ante semejante barbaridad.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-luis-vasquez-silva-por-si-mismo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Luis V\u00e1squez Silva I Muy fresca entr\u00f3 la tarde a la Hacienda Los Marimones, acompa\u00f1ada por los alisios del noreste, que arrastraron a los distra\u00eddos olores atascados entre los montarascales aleda\u00f1os; de tierra reci\u00e9n mojada, de jazmines, espinitos y otras tantas plantas silvestres en floraci\u00f3n. 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