{"id":17078,"date":"2025-08-14T10:02:31","date_gmt":"2025-08-14T14:32:31","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17078"},"modified":"2025-08-14T10:07:07","modified_gmt":"2025-08-14T14:37:07","slug":"la-geografia-venezolana-en-la-obra-de-romulo-gallegos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-geografia-venezolana-en-la-obra-de-romulo-gallegos\/","title":{"rendered":"La geograf\u00eda venezolana en la obra de R\u00f3mulo Gallegos"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Liscano<\/h4>\n\n\n\n<p>En el principio de su gesti\u00f3n literaria, el paisaje, para R\u00f3mulo Gallegos, no tuvo la importancia que adquiri\u00f3 despu\u00e9s en novelas como <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara, Cantaclaro y Canaima<\/em>. Empez\u00f3 escribiendo ensayos sobre educaci\u00f3n y sociolog\u00eda pol\u00edtica, luego piezas de teatro (<em>Los \u00cddolos, El Motor<\/em>), y tan s\u00f3lo a los 26 a\u00f1os, en 1910, public\u00f3 su primera narraci\u00f3n titulada <em>Las Rosas<\/em>. En ese cuento, al cual m\u00e1s tarde le cambi\u00f3 el t\u00edtulo por <em>Sol de Anta\u00f1o<\/em>, el paisaje no pasa de ser una anotaci\u00f3n en el desarrollo del argumento: \u00abEra un mediod\u00eda de agosto; un pesado sopor ca\u00eda sobre todas las cosas y de tocias las cosas brotaba una reverberaci\u00f3n ofuscante; de la ebriedad de los campos sub\u00eda un gran silencio que parec\u00eda extenderse a lo largo de la carretera polvorienta, en cuya blanca modorra dilu\u00eda su quejumbre la esquila de un arreo; rumoroso silencio sobre el cual se ergu\u00eda, como el dardo vibrante sobre la carne muerta, el agudo estridir de las chicharras, interminablemente. Y ante el cuadro exuberante de vida, ebrio de sol, del cual flu\u00eda una virtud mareante y enardecedora que hac\u00eda bullir su sangre inusitadamente, Hilario Altares se adormec\u00eda siguiendo el hilo del mudo coloquio interno&#8230;\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Esa descripci\u00f3n corresponde a la de cualquier campo de los valles de Caracas o de El Tuy. Gallegos sol\u00eda recorrer los aleda\u00f1os de la capital y tambi\u00e9n le era familiar la regi\u00f3n de Charallave, por residir ah\u00ed Teotiste Arocha, la que ser\u00eda su esposa. Son paisajes vividos. La ardorosa hora tropical preparar\u00e1 el \u00e1nimo del lector para los sucesos que acontecer\u00e1n de inmediato y en los que un pintor, de regreso al terru\u00f1o tras muchos a\u00f1os pasados en Europa (tema de la fuga y del regreso al campo de honda raigambre en nuestra literatura), se sentir\u00e1 atra\u00eddo por una hermosa muchacha criolla que, a la postre, resultar\u00e1 su hija (tema del incesto que se repetir\u00e1 en su obra).<\/p>\n\n\n\n<p>Entre 1910 y 1919, Gallegos escribi\u00f3 y public\u00f3 unos 30 cuentos en los que predomin\u00f3 la cr\u00edtica de costumbres, las oposiciones de caracteres y los conflictos psicol\u00f3gicos, dentro del marco urbano. En alguna que otra narraci\u00f3n hay complacencia en pintar paisajes naturales, la selva nublada en Los Aventureros; la bah\u00eda de Puerto La Cruz con toques modernistas y preciosistas, en El Milagro del A\u00f1o; alguna pincelada en otros relatos. En cambio s\u00ed se empe\u00f1\u00f3 en describir el ambiente amodorrado de las aldeas aplastadas por el sol, los arrabales con ni\u00f1os fam\u00e9licos y ranchos miserables (Una Aberraci\u00f3n Curiosa, Pegujal, Paz en las Alturas, Estrellas sobre el Barranco).<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo hay una excepci\u00f3n, el cuento Marina (1919), de un sobrecogedor poder de descripci\u00f3n tel\u00farica. En este relato el personaje principal es la costa arenosa de cardones y tunas, la soledad del paraje, el hervir de la caldereta que encrespa el mar, y como velado por la mujer, y el vientre del difunto que crece y crece como si fuera a reventarse en un paroxismo de horror. Una aridez de maldici\u00f3n b\u00edblica impera sobre ese paisaje. Tan s\u00f3lo el vientre del difunto parece contener vida putrefacta y terrible. Fam\u00e9licos ni\u00f1os juegan en el polvo y tres cabras negras aparecen como personificaciones demon\u00edacas. Este cuento no tiene argumento y, sin embargo, es quiz\u00e1s lo m\u00e1s importante de su obra narrativa en esos a\u00f1os, por su despojamiento, por la intuici\u00f3n del paisaje como ente, como ser, por el \u00absuspenso\u201d creado, situaci\u00f3n de v\u00e9rtice que se repetir\u00e1 en otras obras suyas, en <em>La Trepadora<\/em>, en <em>Cantaclaro<\/em>, en <em>Canaima<\/em>: \u00abA intervalos reposa el oleaje y entonces se oye hervir la espuma en las rompientes, y se siente tierra adentro, el angustioso silencio de la soledad del paraje&#8230; Es un silencio que asusta; por momento parece que se va a escuchar el terrible grito de un enorme dolor humano\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Se trata de momentos llenos de una como misteriosa existencia a punto de manifestarse de manera terr\u00edfica. Cesa toda acci\u00f3n humana. Las cosas son pura presencia y lo humano se detiene como ante una evidencia abismal. La naturaleza existe en s\u00ed misma, despojada de toda significaci\u00f3n pensada por el hombre. Es lo que es. Y por eso mismo, porque excluye al hombre de ese acontecer, de ese existir crudo y brutal, porque lo extra\u00f1a de s\u00ed, despierta el pavor de los primeros d\u00edas, cuando el grito \u2014el verbo\u2014 nace para espantar el miedo, el misterio, y tratar de matar la creaci\u00f3n ingente. El esfuerzo humano consisti\u00f3 en tornar inteligible la naturaleza, en bautizarla para que naciera a la conciencia, en amansarla, exorciz\u00e1ndola e imit\u00e1ndola. La palabra, en el fondo, mata la cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuimos varios los que cre\u00edmos que <em>Marina <\/em>acontec\u00eda en la zona del litoral central, entre Cabo Blanco y Catia la Mar. Pero las valiosas investigaciones de Adolfo Rodr\u00edguez, autor de un libro titulado Oriente en la Obra de R\u00f3mulo Gallegos, editado por el Ministerio de Educaci\u00f3n junto con este libro que prologo, precisan el lugar; es en la llanada de Maurica, cerca del estuario del r\u00edo Never\u00ed. Gracias al trabajo de Adolfo Rodr\u00edguez, llevado a efecto con amor y con admirable acuciosidad durante el tiempo que cumpli\u00f3 una funci\u00f3n pedag\u00f3gica en la ciudad de Barcelona, Anzo\u00e1tegui, ya no se puede ignorar que ese lugar del Oriente venezolano, conocido por Gallegos en 1912, cuando se le nombr\u00f3 en aquella poblaci\u00f3n director del Colegio, y pas\u00f3 ah\u00ed tres meses, inspir\u00f3 muchas descripciones suyas de suelos inh\u00f3spitos y asp\u00e9rrimos, de lugares desolados, de playas arenosas con tunas y cardonales, de sitios sobre los que parec\u00eda imperar un castigo del cielo, de ciudades muertas de las que huyen los m\u00e1s capaces, de aguas desviadas para provecho de caudillos, de tiempo detenido. Reinaldo Solar morir\u00e1 en los bosques de cardones del litoral de Maurica. La ciudad detenida de El Forastero, tendr\u00e1 una casa fuerte en ruinas, como Barcelona, y los estudiantes rebeldes sufrir\u00e1n el presidio en una antigua casa de aduana abandonada. Es la que se mira en la desembocadura del Never\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>La investigaci\u00f3n cumplida por Adolfo Rodr\u00edguez no s\u00f3lo es de primera importancia por cuanto precisa sitios que aparec\u00edan en determinados textos de Gallegos, como inventados, como lugares simb\u00f3licos de ruina y desolaci\u00f3n, sino tambi\u00e9n porque demuestra una vez m\u00e1s que Gallegos cre\u00f3 siempre fundado en la realidad, la cual, en estas tierras de grandes espacios vac\u00edos y v\u00edrgenes, puede resultar m\u00e1s maravillosa que cualquier imaginaci\u00f3n literaria. Paisaje y hombres, en la obra de Gallegos, tienen sustento en la realidad venezolana, de manera constante y general. Como Neruda, Gallegos hubiera podido afirmar: \u00abDios me libre de inventar nada\u201d . Y es que en la selva, en la llanura, en los territorios v\u00edrgenes, entre explosiones de verdor y presencias animales, en los altiplanos de niebla y luz mineral, en los litorales quemados por el sol, lo sobrenatural, como una aparici\u00f3n del paisaje inhollado, parece tomar residencia y estar siempre ocupando la escena. La realidad descorre velos, descompone su presencia en espejos de magia, la realidad que es el paisaje y que son los hombres. Porque la haza\u00f1a humana, ag\u00f3nica en medio de la naturaleza devorante, tiene tambi\u00e9n una proyecci\u00f3n sobrenatural. Son do\u00f1a B\u00e1rbara, Marcos Vargas, Juan Cris\u00f3stomo Payara. Es Hermenegildo Guaviare, el que de un disparo se\u00f1al\u00f3 su hora, clav\u00e1ndola en el reloj de la torre de la iglesia el cual se detuvo desde entonces. Y ese poder del paisaje, ese existir de los hombres a punto de ser devorados, constituye lo real maravilloso de la aventura americana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>El paisaje de la costa barcelonesa ha cambiado sustancialmente, en el curso de los a\u00f1os que median entre 1912, fecha en que lo conoci\u00f3 Gallegos por primera vez y en que nutri\u00f3 su creaci\u00f3n, y los d\u00edas actuales. Playas enteras han sido cubiertas por urbanizaciones. Puerto La Cruz de aldea de pescadores se convirti\u00f3, mediante una refiner\u00eda petrolera, en el primer centro urbano de la regi\u00f3n. El Morro fue destruido en parte para cubrir con el ripio que lo formaba las bases para una carretera. Por otra parte, Barcelona perdi\u00f3 su aspecto colonial para dar paso a esas construcciones modernas en forma de caj\u00f3n o de caja de f\u00f3sforo de concreto. El Never\u00ed perdi\u00f3 caudal como puertos y vegetaciones. Sin embargo la sabana de Maurica persiste, las ruinas de la vieja aduana emergen entre las malezas y la torre de la Iglesia de San Crist\u00f3bal ostenta el reloj que Guaviare hab\u00eda detenido de un tiro. <\/p>\n\n\n\n<p>Entre la regi\u00f3n de Charallave en 1909 y la de los tiempos que corren se operaron tambi\u00e9n transformaciones profundas. Desaparecieron las haciendas de caf\u00e9, paisaje de La Trepadora, y el pueblo creci\u00f3 destruyendo las caracter\u00edsticas que Gallegos se\u00f1ala en el libro antes mencionado. Tambi\u00e9n el Valle de Caracas dej\u00f3 de ser el que miraba el joven Gallegos, desde la Silla o bien el que recorr\u00eda s\u00f3lo o con sus compa\u00f1eros, en b\u00fasqueda de esparcimiento, comunicaci\u00f3n con la naturaleza y apuntes para sus primeras narraciones. El cemento cubri\u00f3 como una costra las haciendas de ca\u00f1a, los cafetales, los bosques de bucare, las huertas y labranzas en las margenes del r\u00edo Guaire el cual se convirti\u00f3, como los arroyos que bajaban de la monta\u00f1a, en una cloaca pestilente y barrosa. El progreso va unido, desgraciadamente, a la destrucci\u00f3n compulsiva de la fauna y de la flora. Los r\u00edos pierden su caudal de agua. Los manantiales se secan. El desierto es la cara secreta del desarrollo urbano; el desierto f\u00edsico y psicol\u00f3gico, como en la obra de Beckett, parecido a un mundo sublunar de grietas, huecos y arenales poblado por semihombres andrajosos. <\/p>\n\n\n\n<p>Para quienes conocimos esta ciudad, este valle, antes de la explosi\u00f3n demogr\u00e1fica y urban\u00edstica, no puede haber mayor extra\u00f1amiento y nostalgia que comparar aquella peque\u00f1a urbe rodeada de vegas y bosques, aquellas casas con patios y jardines interiores, con la actual metr\u00f3poli congestionada de tr\u00e1nsito de veh\u00edculos, gentes, ranchos miserables en los cerros, andrajos, basureros interminables y edificios llamados funcionales donde la gente vive apretujada y presionada por ruidos agresivos, malos olores y una comunidad nunca buscada. Pero es sabido que el crecimiento demogr\u00e1fico y el progreso material de nuestra civilizaci\u00f3n no liberta sino enajena en una forma cada vez m\u00e1s irremediable y angustiosa. <\/p>\n\n\n\n<p>El profundo sentimiento de la naturaleza que abrigaba Gallegos, el gusto por el paisaje del Valle de Caracas donde hab\u00eda nacido, inspiraron emocionadas descripciones en El Ultimo Solar y La Trepadora. En particular, sobresalen las p\u00e1ginas de una ascensi\u00f3n a la Silla de Caracas, en la primera de estas novelas, as\u00ed como los paisajes de haciendas y trapiches, entre Caracas y Petare. En La Trepadora abundan descripciones de cafetales en la regi\u00f3n de Charallave. Gallegos se sinti\u00f3 atra\u00eddo por la presencia del paisaje y de la naturaleza, desde los inicios mismos de su gesti\u00f3n literaria. Encontr\u00f3 en el valle natal, en las vistas desde las cumbres de El \u00c1vila y el Pico de Naiguat\u00e1, materia para su inspiraci\u00f3n y su sed de espacios abiertos, de geograf\u00eda l\u00edrica y real. <\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Reinaldo Solar, desde la cima de La Silla, ve amanecer sobre un vasto paisaje que por un lado abarca el mar y por el otro, el valle, la ciudad y los campos regados por El Tuy, se transfigura en una suerte de delirio po\u00e9tico, siente la patria con intransferible pasi\u00f3n y cree alcanzar una verdad. Es el sentimiento creador del hombre solo frente a la naturaleza, cuando las palabras sobran y parece que cesa la distancia entre lo que se ve y el que lo mira. Se establece una identidad entra\u00f1able y brota de esa comuni\u00f3n religiosa, la belleza. El hombre renovado y potenciado se depura y es uno con el paisaje. <\/p>\n\n\n\n<p>Antes de adentrarse en el llano, los paisajes del valle caraque\u00f1o, las serran\u00edas circundantes, brindaron a Gallegos inspiraci\u00f3n tel\u00farica y vibraci\u00f3n. Se aprestaba a medirse con pr\u00f3ximas realidades geogr\u00e1ficas mayores.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>En la Semana Santa del a\u00f1o de 1927, R\u00f3mulo Gallegos viaj\u00f3 por primera vez a los Llanos. Quer\u00eda documentarse para una novela en ciernes de la cual los primeros cap\u00edtulos hab\u00edan formado el novel\u00edn <em>La Rebeli\u00f3n<\/em>, publicado en 1922. Uno de los t\u00edtulos escogidos para esa obra en gestaci\u00f3n era: <em>La Casa de los Cede\u00f1o<\/em>. El novelista lleg\u00f3 a San Fernando de Apure y luego pas\u00f3 unos d\u00edas en el Hato de la Candelaria. Ven\u00eda ya cargado de una intuici\u00f3n creadora urgente. El contacto establecido con la realidad del llano le sacudi\u00f3 profundamente. Regres\u00f3 a Caracas gr\u00e1vido de una nueva obra. En vez de la que proyectaba escribi\u00f3 en 28 d\u00edas de apasionado trabajo ininterrumpido otra novela a la que titul\u00f3 La Coronela. Hab\u00eda nacido la primera versi\u00f3n de Do\u00f1a B\u00e1rbara. El 15 de febrero de 1929 aparec\u00eda en Barcelona esta \u00faltima novela. Con ella Gallegos ingresaba al campo de los escritores triunfantes.<\/p>\n\n\n\n<p>En <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara<\/em>, como despu\u00e9s en <em>Cantaclaro<\/em> y en Canaima, el sentimiento de la naturaleza brav\u00eda, ind\u00f3mita, primordial y la descripci\u00f3n de esa realidad geogr\u00e1fica alcanzan un v\u00e9rtice y autorizan el criterio generalizado, pero no exacto, como se vio, de que el paisaje es el principal personaje de la obra de Gallegos. De novelista urbano, pas\u00f3 a ser novelista de la naturaleza. De narrador psicologista se convirti\u00f3 en poeta. Las descripciones de paisajes llaneros tienen grandeza y lirismo contagiosos. Es el hombre solo en estado de meditaci\u00f3n frente a la naturaleza virgen. El espacio y el tiempo se vuelven llanura como en <em>Canaima<\/em> se volver\u00e1n selva. Lo escrito por Gallegos, en esas p\u00e1ginas descriptivas de Do\u00f1a B\u00e1rbara, constituyen tomas de conciencia tel\u00farica y los venezolanos, en la creaci\u00f3n recreada por el artista, pudieron ver sin zozobra el paisaje de una regi\u00f3n que, m\u00e1s que ninguna otra, influy\u00f3 en el destino de la patria. <\/p>\n\n\n\n<p>El lenguaje de Gallegos, en esos trozos magistrales, adquiere una vibraci\u00f3n y una plasticidad que se le desconoc\u00eda. En p\u00e1rrafos a la vez de ancho aliento y apretado idioma, con la met\u00e1fora en punta, impone la contemplaci\u00f3n de esa tierra \u00abtoda horizontes\u201d y \u00bbtoda caminos\u201d, con sus amaneceres frescos y sus crep\u00fasculos de colores calientes, con sus temporadas de lluvia y de sequ\u00eda, con la gente que doma potros, trabaja en los corrales, reza y canta. Leyendo <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara, Cantaclaro, Canaima<\/em>, se cumple la advertencia de Domingo Faustino Sarmiento, cuando escrib\u00eda en Facundo que \u00absi un destello de literatura nacional puede brillar moment\u00e1neamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultar\u00e1 de la descripci\u00f3n de las grandiosas escenas naturales\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Si <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara<\/em> es el llano del centauro, <em>Cantaclaro<\/em> es el del payador. En Do\u00f1a B\u00e1rbara todo es precisi\u00f3n, trazo firme, dibuj\u00f3 acabado, detalle, contorno, referencia, traducci\u00f3n fidel\u00edsima. En <em>Cantaclaro <\/em>las cosas se esfuman, se vuelven borrosas, imprecisas, difusas, todo parece inventado, imaginario, irreal, fantasmag\u00f3rico, remoto. Lo que sucede, en <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara<\/em>, est\u00e1 a la vista, directamente. En <em>Cantaclaro <\/em>el paisaje parece reflejado en un espejo. Si en <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara<\/em> el llano es acci\u00f3n, existir crudo, ingente; en <em>Cantaclaro <\/em>es reflejo, f\u00e1bula. De ese modo Gallegos escribe la novela del llano real y la novela del llano de los espejismos.<\/p>\n\n\n\n<p>En <em>Canaima<\/em>, la selva es una fascinaci\u00f3n, como el mar. El hombre se hunde en ese verdor asfixiante como si quisiera regresar al \u00fatero materno, para nacer de nuevo y ser un nuevo Ad\u00e1n. Tal es la aventura ins\u00f3lita de Marcos Vargas. Tal es la selva para \u00e9l. Tal es su secreto esfuerzo, su agon\u00eda. Medirse con la naturaleza, en un rescate inmenso de si mismo; descubrir su estatura prometeica; ser el Fundador. <\/p>\n\n\n\n<p>Conviene se\u00f1alar que los paisajes del llano y de la selva a\u00fan no han cambiado. Puerto Ordaz es un punto en el Territorio Amazonas. La represa de Guri otro. Pero \u00e9sta prepara el nacimiento de las ciudades del futuro, cuando ya no puedan m\u00e1s medirse los hombres con la naturaleza, como Marcos Vargas. Mientras tanto el llano sigue igual a s\u00ed mismo, igual a como lo descubri\u00f3 Gallegos en 1927. Llano y selva le ofrecen todav\u00eda al venezolano la posibilidad de sentirse solo, de hacer silencio, de meditar en el seno de lo creado. Dominado por esa creaci\u00f3n y due\u00f1o del verbo, Gallegos tuvo la intuici\u00f3n de un Nuevo Mundo, nacido del diluvio universal del Orinoco, el r\u00edo padre.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez escritas estas tres grandes novelas, Gallegos no volvi\u00f3 a cantar el paisaje como lo hab\u00eda hecho. En Pobre Negro \u00e9ste constituye un discreto tel\u00f3n de fondo para un planteamiento pol\u00edtico-social. Despu\u00e9s son pinceladas, estampas decorativas, que ya no tienen nada en com\u00fan con las arrebatadas y arrebatadoras descripciones del llano y de la selva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>La naturaleza, en nuestras tierras, no ha sido todav\u00eda enteramente domesticada. Ello se advierte por poco que se salga de las ciudades o que por encima de \u00e9stas se miren las vastas extensiones que las rodean. Entre Caracas y el mar hay una sierra con serpientes, carn\u00edvoros, armadillos, p\u00e1jaros de todos los colores y tama\u00f1os, zorrillos, monos, selvas nubladas y riscos. Las ciudades y sus culturas no conforman a\u00fan de un todo la realidad hispanoamericana. Es preciso comprenderlo. Las obras de la civilizaci\u00f3n van matando lo absolutamente vivo, van destruyendo el misterio vital, la magia del puro ardimiento, la virtud aterradora del total existir en s\u00ed mismo, del paisaje, fuera el hombre o en contra de \u00e9l. Esa visi\u00f3n del ser terr\u00e1queo obliga a salirse de las introspecciones, de los juegos verbales, de las seguridades racionales. En cuanto el hombre se borra del paisaje y \u00e9ste asume todo su existir, empieza el G\u00e9nesis Se regresa a los moldes originales, al silencio viviente, a la energ\u00eda, a la pura presencia de las cosas que existen en s\u00ed mismas, que son lo que es. Se regresa a la realidad. Y ese encuentro propicia el cambio interior, la intemporalidad, el volver a ser un brote del mundo. Frente a estas im\u00e1genes, cuando no aparecen las obras del hombre, ante los r\u00edos solitarios, la llanura, la floresta enmara\u00f1ada, la monta\u00f1a, se puede purificar el pensamiento y sentirse el lector m\u00e1s fresco, m\u00e1s libre, m\u00e1s joven, m\u00e1s due\u00f1o del espacio y de s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-liscano\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">Pr\u00f3logo del libro: Liscano, J. (1984), La geograf\u00eda venezolana en la obra de R\u00f3mulo Gallegos, Caracas: Fundaci\u00f3n de Promoci\u00f3n Cultural<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Liscano En el principio de su gesti\u00f3n literaria, el paisaje, para R\u00f3mulo Gallegos, no tuvo la importancia que adquiri\u00f3 despu\u00e9s en novelas como Do\u00f1a B\u00e1rbara, Cantaclaro y Canaima. 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