{"id":17043,"date":"2025-08-10T16:31:48","date_gmt":"2025-08-10T21:01:48","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=17043"},"modified":"2025-08-10T16:31:48","modified_gmt":"2025-08-10T21:01:48","slug":"damaso-velazquez-capitulo-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/damaso-velazquez-capitulo-i\/","title":{"rendered":"D\u00e1maso Vel\u00e1zquez (cap\u00edtulo I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Antonio Arr\u00e1iz<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>El mar es como un potro<\/strong> <strong>vigoroso<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El mar es como un potro vigoroso: ama los espacios abiertos; pero, al mismo tiempo, gusta de encontrarlos sembrados de obst\u00e1culos, en los cuales poner a prueba sus br\u00edos y su agilidad. Por eso se halla a sus anchas en las azules extensiones del Caribe, abundante en islas: por all\u00ed puede hacer que discurra, a su antojo, la fantas\u00eda salvaje de sus huracanes. En alg\u00fan punto imprevisto y variable, cerca de la linda Guadalupe, al pie de Barbados o al noroeste de Trinidad, los engendra en su vientre insondable. R\u00e1pidamente les insufla su poderosa vitalidad. El bar\u00f3metro ha ca\u00eddo como herido por un negro presentimiento; despu\u00e9s sube de repente. El calor es infernal. La atm\u00f3sfera est\u00e1 pesada e inm\u00f3vil. M\u00e1s tarde comienza a soplar un viento norte que puede durar un d\u00eda, hasta dos. Una opaca, densa, t\u00e9trica nube ocupa el horizonte al noroeste.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces el mar suelta el cicl\u00f3n y lo deja tundir las Antillas. As\u00ed como un habil\u00edsimo bailar\u00edn que, desde un extremo del foro, se acerca poco a poco al proscenio, en tanto que gira vertiginosamente sobre las puntas de sus pies, roza casi las candilejas y luego se devuelve, describiendo un \u00e1ngulo recto, para desaparecer por la esquina opuesta, sin que por un instante haya disminuido su alucinante rotaci\u00f3n: as\u00ed tambi\u00e9n el hurac\u00e1n hace su aparici\u00f3n en el escenario del mar de los tr\u00f3picos, se aproxima con lentitud a la Am\u00e9rica Central, envuelve a Jamaica, cruza sobre Cuba, sorbe en sus labios ardientes la tierra f\u00e9rtil de Honduras o la Pen\u00ednsula de Yucat\u00e1n, se interna en el Golfo de M\u00e9xico, y pronto se vuelve al noreste para ir, por sobre la Florida o por sobre el Cabo Hateras, a perderse en alg\u00fan punto imprevisto y variable del Atl\u00e1ntico septentrional.<\/p>\n\n\n\n<p>Por la misma raz\u00f3n ama el mar las costas luminosas de Venezuela. A lo largo de ellas tiene sitio por donde galopar alegremente, impulsado de este a oeste por la corriente equinoccial, con un movimiento persistente y alongado que tiene algo de beso goloso o de lascivo lamido. La femenina tierra queda extenuada con esta caricia agotadora: hay que ver lo p\u00e1lida que est\u00e1, y cu\u00e1n oscuras ojeras. En cambio, el mar cabrillea de j\u00fabilo. Los vientos alisios se acuestan sobre sus rizadas espaldas, le hacen cosquillas y le murmuran frases excitantes. El mar se desv\u00eda con disgusto ante las defensas que le oponen Trinidad, Tobago, Margarita; apenas las deja atr\u00e1s, se echa de un modo incontenible sobre su presa. Cualquier angosto pasadizo que exista entre Tortuga y la Orchila, entre la Orchila y los Roques, entre los Roques y las Aves, entre las Aves y Bonaire, lo aprovecha para acortar la distancia que lo separa de aqu\u00e9lla. En llegando a su vera, se arremanga en las tibias ensenadas donde la arena es dulce como fruta; y de all\u00ed s\u00f3lo lo saca el recuerdo de los viajes maravillosos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero si se encuentra encajonado, el mar no tarda en expresar su enojo. Es lo que sucede, por ejemplo, en el Golfo de Paria. Crist\u00f3bal Col\u00f3n lo llam\u00f3 Golfo Triste, porque las m\u00e1s de las veces sus aguas aparecen adormiladas. Pero no ser\u00eda propio de un navegante experimentado el fiarse de esta tranquilidad. Tambi\u00e9n una bestia feroz, un tigre de las llanuras del Apure o una pantera negra de las selvas de Guayana, una vez que ha comprendido la inutilidad de sus esfuerzos por salir de la jaula, finge ama\u00f1arse a ella, se tiende en el suelo, bosteza, apoya la hermosa cabeza en las patas delanteras, cierra los ojos, y tan s\u00f3lo de tarde en tarde se espanta las moscas con la cola. El Golfo de Paria tiene tenebrosos furores. No muy lejos desemboca al oc\u00e9ano el formidable torrente del Orinoco, y su turbio caudal se mezcla a las escondidas intenciones de aqu\u00e9l, suscitando remolinos. Cuando menos se piensa, puede desatarse una de esas r\u00e1fagas del sudeste, a las que los marineros llaman refriegas, que mandan hasta diez nudos y ponen en peligro una embarcaci\u00f3n. Con la marea menguante, es como si el golfo entero se desaguase por las cuatro bocas del norte. El agua fluye pausada, uniforme, en ritmo regular de sangre que mana por una ancha herida abierta, entre los islotes de Monos, Huevos, Chacachacare, la isla de Trinidad y Tierra Firme. Esta es la hora propicia para salir al Caribe; basta con dejar que la nave se deslice a la deriva, suavemente impelida por la corriente. Pero si aguarda a la creciente, costar\u00e1 Dios y su ayuda para que un barco de vela logre contrarrestar aquellos caudales espumeantes que se precipitan dentro del gol- fo como los chorros de vapor por la v\u00e1lvula de una caldera. Y es lo que tra\u00eda desasosegado al viejo Anselmo a bordo de la Sidra, y le pon\u00eda m\u00e1s agria que nunca su curtida cara amojamada.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00a1No hombre! Nos vamos a perder de la bajante \u2014 refunfu\u00f1aba.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de lo cual lanzaba por entre los colmillos un impaciente escupitajo que iba a caer al mar.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014Y sabroso que est\u00e1 soplando el sureste asinti\u00f3 a su lado Jorge Marcano, en tanto que contemplaba las nubecillas bajas que resbalaban con vivacidad a ras del horizonte. Si fuera yo, alzaba la mayor, aprovechaba el brisote, y ya a esta hora estar\u00edamos pasando frente a Chaguaramas, o, por lo menos, a la altura de Puerto Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Ambos estuvieron un rato observando ora las nubecillas, ora el foque, que se hench\u00eda de viento como un seno joven de mujer. Luego volvieron los ojos, a hurtadillas, al capit\u00e1n, quien permanec\u00eda, inm\u00f3vil y ce\u00f1udo, al tim\u00f3n, sin hacer el menor caso de sus comentarios.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00a1No hombre!  \u2014 rezong\u00f3 de nuevo Anselmo, con otra escupidura.<\/p>\n\n\n\n<p>Y baj\u00f3 malhumorado a la bodega, a echarse sobre un rimero de pl\u00e1tanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cualquiera que, desde el litoral de Trinidad, estuviese entretenido en esos momentos en observar la marcha de la Sidra, por escasos que fueran sus conocimientos de navegaci\u00f3n, no podr\u00eda menos de sentirse intrigado. No era s\u00f3lo el hecho apuntado de su deliberada lentitud. De haberlo deseado, navegaran a toda vela, con el pr\u00f3spero viento en popa. \u00bfPor qu\u00e9, entonces, se manten\u00edan casi a la capa, utilizando \u00fanicamente el foque, mientras que la mayor yac\u00eda cargada sobre la larga y encorvada entena? Adem\u00e1s exist\u00edan otras circunstancias no menos sospechosas.<\/p>\n\n\n\n<p>La derrota natural de un buque que parte de la costa occidental de Trinidad rumbo al Caribe, es, sin duda, buscando primero el centro del golfo, y luego al norte un cuarto al oeste hacia la Boca Grande, para lo cual no tiene m\u00e1s que guiarse por las alturas de Mejillones y Patao, que sobresalen en la Pen\u00ednsula de Paria, a la izquierda, y por las de Tucucho y Arino, en Trinidad, a la derecha. As\u00ed, aprovechando mejor el viento que sopla con m\u00e1s intensidad en el medio del golfo, evita los bajos y rompientes de la orilla, y acorta distancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la Sidra se manten\u00eda laboriosamente a tiro de fusil de Trinidad, cuya arqueada costa iba siguiendo.<br>Y por fin, el punto y la hora de salida tambi\u00e9n llamaban la atenci\u00f3n. No hab\u00eda zarpado de Puerto Espa\u00f1a, ni tampoco de San Fernando, que, al sur del primero, tiene asimismo una excelente bah\u00eda y un buen fondeadero. Se dio al mar en alg\u00fan lugar indeterminado de las playas de Punta Galba; y aunque el viento levant\u00f3 temprano, esperaron la tarde para levar anclas.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo parec\u00eda indicar, pues, que la Sidra procuraba apartarse en lo posible de Venezuela, y llegar cuanto m\u00e1s tarde mejor a su destino. Insensible, al parecer, a la prisa, a la inquietud, a la vivacidad, al gozo de largar las velas y de hender con ligera quilla el agua, Dolores Merch\u00e1n, el capit\u00e1n, sosten\u00eda con robusta mano la ca\u00f1a del gobernalle, y ni un m\u00fasculo de su cara se mov\u00eda. Jorge Marcano hab\u00eda seguido el ejemplo del viejo Anselmo. En la proa s\u00f3lo permanec\u00eda la en deble figura de Alfredo, el menor de los Merch\u00e1n, quien, acostado perezosamente sobre la borda, contemplaba con l\u00e1nguida mirada el romperse de las olas sobre el casco, pintado de rojo, de la piragua.<\/p>\n\n\n\n<p>Los hermanos Merch\u00e1n<br>son seis marinos.<br>El que no es capit\u00e1n<br>est\u00e1 en camino.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed dec\u00eda la copla que les hab\u00edan dedicado. <\/p>\n\n\n\n<p> \u2014Pero este muchacho como que va a ser el gallo pel\u00f3n de la familia. Este como que no tiene sangre de Merch\u00e1n -pens\u00f3 su hermano, disgustado por aquella actitud de abandono; y alzando la voz, lo requiri\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014Oye, t\u00fa, Alfredo; ati\u00e9ndele al foque.<\/p>\n\n\n\n<p>Despabil\u00f3se el chico, se volvi\u00f3 con presteza a la vela, tom\u00f3 la escota, atento a cumplir lo que se le ordenaba. Pero con el foque nada hab\u00eda que hacer: la brisa lo hench\u00eda que daba gusto, y la piragua avanzaba cuanto era de esperarse con ese trapo. As\u00ed, que dej\u00f3 el cabo, y torn\u00f3 a sumirse en su ensimismamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Sintiendo su irritaci\u00f3n en aumento, Dolores busc\u00f3 otra cosa que encomendarle.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014Oye, t\u00fa  \u2014le grit\u00f3 por segunda vez \u2014. Amarra mejor ese barril que no est\u00e1 bien sujeto.<\/p>\n\n\n\n<p>El tonel de agua estaba s\u00f3lidamente trincado; sin embargo, por disciplina, Alfredo desat\u00f3 los nudos y se esforz\u00f3 en hacer lo que se le ordenaba; pero en este conato fracas\u00f3 por completo. Sus d\u00e9biles manos nunca lograron igualar las firmes ataduras hechas por Anselmo antes de zarpar; de suerte que, cuando regres\u00f3 a proa, dej\u00f3 el barril peor que antes.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos sus movimientos segu\u00eda el hermano con creciente enfado. Ya meditaba una nueva tarea con que sacarlo de su inercia por tercera vez, cuando un s\u00fabito golpe de viento, una refriega, vino a darle pretexto para desahogar su c\u00f3lera. La Sidra se balance\u00f3 inesperadamente, dio una brusca gui\u00f1ada; la pipa, mal sujeta, vino abajo, se sali\u00f3 el tarugo de la espita y el precioso l\u00edquido comenz\u00f3 a derramarse.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00bfNo ve? Ya se cay\u00f3 el barril. \u00a1Ah valse, caramba! Usted no va a servir para un cipote. Levante ese barril que se nos bota el agua.<\/p>\n\n\n\n<p>Gritaba esto Dolores Merch\u00e1n con el rostro congestionado por la ira, pero sin soltar el tim\u00f3n, contra el cual hac\u00eda presi\u00f3n el sacudido mar.<\/p>\n\n\n\n<p>Aparecieron Anselmo y Jorge, quienes, el uno al tonel,\u00bb el otro a tesar la escota del foque, vibrante en ese momento con la racha, acudieron a reparar el percance. Amoscado y confuso, Alfredo no sab\u00eda a cu\u00e1l ayudar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Digame eso: un marino que no sabe amarrar un barril \u2014continu\u00f3 Dolores\u2014. Este muchacho como que no tiene sangre de Merch\u00e1n. \u00a1Qu\u00e9 va! Lo que soy yo lo dejo de pasada en Punta de Piedras. Otro viaje no me tiro yo con ese virote. <\/p>\n\n\n\n<p>El muchacho, monino, fue a sentarse de nuevo a proa, cerca de la amura del foque; sus desnudos pies descansaban entre los gruesos cables. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 no tengo sangre de Merch\u00e1n? \u2014 rezong\u00f3\u2014. M\u00e1s sangre de Merch\u00e1n que t\u00fa. M\u00e1s marino que t\u00fa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 est\u00e1s t\u00fa diciendo? \u2014 le pregunt\u00f3 su hermano. <\/p>\n\n\n\n<p>Alfredo no contest\u00f3. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfT\u00fa como que te est\u00e1s creyendo que porque eres mi hermano vas a venir a flojear aqu\u00ed? \u2014 increpole\u2014. Aqu\u00ed no me flojea nadie, y un hermano m\u00edo menos que nadie, porque un Merch\u00e1n no tiene derecho a flojear en ninguna parte. Aqu\u00ed todo el mundo me va a andar derechito, y nadie me va a estar mirando las tijeretas como un mismo bobalic\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Que no sirvo para marino\u2026 que no sirvo para marino\u2026 \u2014reflexionaba el ni\u00f1o\u2014. Bueno, \u00bfy qu\u00e9? Si no sirvo para marino me meter\u00e9 a cualquier otra cosa: a mec\u00e1nico, o a ch\u00f3fer de un cami\u00f3n, o tendr\u00e9 una cr\u00eda de chivos como Guacuco, que dice que no quiere tener nada que ver con el mar. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero al momento reaccion\u00f3, replic\u00e1ndose \u00e9l mismo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo que no sirvo para marino? M\u00e1s marino que t\u00fa. M\u00e1s sangre de Merch\u00e1n que t\u00fa. <\/p>\n\n\n\n<p>Ambos terminaron por apaciguarse. Anselmo, que hab\u00eda permanecido atento al contrapunteo, pero sin intervenir en \u00e9l, interrog\u00f3 al fin: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQuieres que me quede para ayudar en la maniobra? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No \u2014le respondi\u00f3 Dolores\u2014. Anda vete a dormir, que m\u00e1s tarde vas a hacer falta. <\/p>\n\n\n\n<p>Alfredo atiende al foque. La navegaci\u00f3n continu\u00f3 sin nuevos incidentes por el momento. Una hora larga siguieron as\u00ed, en silencio; los dos marineros abajo, dormitando sobre los pl\u00e1tanos; Dolores al tim\u00f3n, con el entrecejo fruncido; su hermano en la proa, distra\u00eddo con las mil exhibiciones del mar. \u00a1Cu\u00e1n h\u00e1biles juegos, y qu\u00e9 incesante prodigalidad de visiones de prodigio, que se insin\u00faan apenas, que desaparecen en seguida, dejando el gusto a medias satisfecho y el deseo a cada ocasi\u00f3n m\u00e1s excitado! El mar no hace sino sugerir. Anuncia con gran ostentaci\u00f3n combinaciones nunca vistas. A juzgar por el derroche de colores y de formas y por el boato acumulado, la escena resultar\u00e1 inolvidable. Pero, \u00a1ay!, antes de que el ojo lento tuviera tiempo de gozar la prometedora maravilla, he aqu\u00ed que se ha desvanecido, y multitud de otras insinuaciones semejantes est\u00e1n llamando la atenci\u00f3n por todos lados. <\/p>\n\n\n\n<p>Una faja, de un verde parduzco all\u00e1, al borde de la costa; otra de un verde gris\u00e1ceo paralela a ella; una tercera de un verde amarillento. Luego, la zona de rutilante esmeralda. Entonces, sin transici\u00f3n, entrada a la gama de los azules. Primero, la franja del celeste, tan dulce y amoroso como si estuviese a\u00fan acariciado por el contacto tierno de las playas. Despu\u00e9s, la ancha veta del azul oscuro, como acero. Y por \u00faltimo, aqu\u00ed, a los costados del buque, el azul profundo y misterioso en que se desl\u00eden vagas manchas violetas y reflejos de turquesa y lapizl\u00e1zuli. \u00bfQui\u00e9n ha visto los siete colores del mar?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hasta que ustedes no conozcan los siete colores del mar no podr\u00e1n decir que son marinos \u2014 sol\u00eda advertirles el viejo Pa\u00f1ol cuando formaban ruedo en torno suyo para que les relatara historias, all\u00e1, en Punta Tarquina. <\/p>\n\n\n\n<p>Lo que afirmaba es verdad. Aqu\u00ed est\u00e1n, desplegados como en una bandera. Si se les observa con una mirada superficial, se los ver\u00e1 hervir en un sinn\u00famero de escamas de plata y de u\u00f1as de oro, de chispas, monedas y lentejuelas que brillan durante una cent\u00e9sima de segundo y en ese brev\u00edsimo momento tienen fuerza para encandilar con el resplandor de un sol. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero si, cambiando de sistema visual, se enfoca el mar de otro modo y se trata de horadar su lumbre, entonces es otro universo de im\u00e1genes y de tonalidades el que se va descubriendo a medida que la pupila se adapta a esta nueva funci\u00f3n. Los siete colores del mar se aprecian ahora en orden de profundidad, y son distintos, m\u00e1s complejos, entretejidos unos en otros e imprecisos por virtud de los fant\u00e1sticos efectos de la refracci\u00f3n. Pasan las sombras lilas, las casta\u00f1as, las de color de \u00edndigo, de malva, de jacinto, el alb\u00edn, el cinzol\u00edn, la sepia, el bermell\u00f3n. Es lo que Homero llamaba el vinoso mar. A cada momento se desenvuelven en ellas cintas negras con reflejos plateados, como cabellos destrenzados de mujer, o las atraviesa la rauda cola de un pez.<\/p>\n\n\n\n<p>De vez en cuando, recordando el enojo del patr\u00f3n, Alfredo pon\u00eda atenci\u00f3n al foque, y miraba luego de reojo a aqu\u00e9l. Ni una palabra m\u00e1s hab\u00edan cruzado entre los dos. Un sordo resentimiento separaba a los hermanos. <\/p>\n\n\n\n<p>De este modo huy\u00f3 la tarde, y se vino encima la noche. R\u00e1pidos ej\u00e9rcitos de nubes desfilaban hacia el norte, en tanto que por detr\u00e1s de Trinidad iban subiendo estr\u00edas oscuras, las que en breve se apoderaron del firmamento. Hacia el crep\u00fasculo el viento amain\u00f3, prepar\u00e1ndose para ceder el turno a los terrales que se alzar\u00edan m\u00e1s tarde; a tal extremo que hubo un momento en que la Sidra se encontr\u00f3 cabeceando desidiosamente, detenida en medio de la extensi\u00f3n del golfo; con gran contrariedad de Anselmo, quien, tendido en la bodega, no cesaba de maldecir. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfNo ve? \u00bfNo lo dec\u00eda yo? <\/p>\n\n\n\n<p>Luego aqu\u00e9l levant\u00f3 de nuevo; pero era ahora un brisote intermitente y variable, que se hab\u00eda corrido al norte; Alfredo tuvo que abandonar su apat\u00eda, largar la mayor, y maniobrar constantemente al empezar a bolinear. As\u00ed pasaron frente a las luces distantes de Puerto Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya iban cerca de Boca Grande, a boca de noche, cuando ocurri\u00f3 un nuevo contratiempo. Alfredo, que hab\u00eda cazado la escota del foque a estribor, se dio cuenta, antes de que su hermano se lo dijera, de que era necesario cambiar vela a fin de dar la bordada. Pero la gaza que \u00e9l mismo hab\u00eda hecho un momento antes se resisti\u00f3 cuando quiso deshacerla de un tir\u00f3n, y en lugar de aflojar se convirti\u00f3 en nudo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1A virar! \u00a1Afloja escota! \u2014 le grit\u00f3 Dolores. <\/p>\n\n\n\n<p>Era tiempo; falto del viento que lo ven\u00eda animando, el foque flame\u00f3 durante un par de segundos. La se detuvo del todo, indecisa; balance\u00f3 con m\u00e1s fuerza; no obedeci\u00f3 al timonel. Parec\u00eda una cabalgadura dotada de inteligencia y voluntad, rebelde de pronto a la mano del jinete.<\/p>\n\n\n\n<p>Las manos de Alfredo atafag\u00e1banse en vano, nerviosas, contra la apretada atadura. El cabo estaba mojado y duro como un palo y no ced\u00eda. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1A virar te digo! \u00bfNo oyes? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY no ves que no lo puedo soltar? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n te manda a no saber hacer ni un nudo? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ven y afl\u00f3jalo t\u00fa mismo \u2014 respondi\u00f3 Alfredo, atufado, y dando la espalda a la amura, se desentendi\u00f3 del asunto. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfConque yo mismo? \u00bfConque yo mismo? <\/p>\n\n\n\n<p>Lleno de furor, Dolores abandon\u00f3 tambi\u00e9n la ca\u00f1a del tim\u00f3n; corri\u00f3 a proa, recogi\u00f3 de paso un chicote, y us\u00e1ndolo a modo de l\u00e1tigo, lo descarg\u00f3 con todas sus fuerzas sobre las espaldas del zagal, que se cimbr\u00f3 junto al baupr\u00e9s. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ay mi madre! <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfConque yo mismo, eh? \u00bfConque yo mismo? <\/p>\n\n\n\n<p>Alz\u00f3 por segunda vez el cabo; pero no consigui\u00f3 propinar el segundo azote, pues el chico, en inesperada sublevaci\u00f3n, se incorpor\u00f3 y antuvi\u00f3 sobre \u00e9l, empuj\u00e1ndolo con tal \u00edmpetu con cabeza y manos y con todo el cuerpo que lo tir\u00f3 de espaldas. Ambos hermanos rodaron abrazados. <\/p>\n\n\n\n<p>A esta saz\u00f3n, la racha, como la manotada de un gigante, cog\u00eda de trav\u00e9s a la Sidra. Al garete, la piragua recibi\u00f3 de lleno el embate, se escor\u00f3 peligrosamente a babor, una buena cantidad de agua entr\u00f3 por la borda de sotavento y por un instante puso en los \u00e1nimos el temor de zozobrar. Por fortuna, Anselmo y Jorge Marcano aparec\u00edan, alarmados,y atendiendo ya al tim\u00f3n, ya al foque, remediaron como antes la situaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014Ya vas a ver, carrizo. Ya vas a ver. <\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edanse puesto de pies nuevamente. Dolores con la guindaleza, Alfredo con un asta de le\u00f1a que encontr\u00f3 al azar, y se med\u00edan con llameantes ojos. <\/p>\n\n\n\n<p>En ese momento una inquietante circunstancia requiri\u00f3 la atenci\u00f3n de los marineros. A los \u00faltimos fulgores del atardecer sus ojos perspicaces divisaron un barco que izaba velas en uno de los recodos formados por la costa sur de Paria, se desprend\u00eda del litoral y se pon\u00eda en marcha a toda prisa hacia ellos. <\/p>\n\n\n\n<p>Instant\u00e1neamente los cuatro tripulantes suspendieron toda acci\u00f3n, quedaron inm\u00f3viles y silenciosos, pendientes de aquel s\u00edntoma, y el pulso de sus corazones se aceler\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014La Wilson \u2014 silb\u00f3 Jorge Marcano.<\/p>\n\n\n\n<p>Y como para aseverar su presunci\u00f3n, un fogonazo rasg\u00f3 la atm\u00f3sfera, y una detonaci\u00f3n reson\u00f3 en el aire.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00a1Un salto de escotas!  \u2014 grit\u00f3 el capit\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQui\u00e9n se acordaba ya de la disputa anterior?<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-arraiz\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio Arr\u00e1iz El mar es como un potro vigoroso El mar es como un potro vigoroso: ama los espacios abiertos; pero, al mismo tiempo, gusta de encontrarlos sembrados de obst\u00e1culos, en los cuales poner a prueba sus br\u00edos y su agilidad. 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