{"id":16949,"date":"2025-08-01T14:34:47","date_gmt":"2025-08-01T19:04:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16949"},"modified":"2025-08-01T14:34:47","modified_gmt":"2025-08-01T19:04:47","slug":"que-carajo-hago-yo-aqui","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/que-carajo-hago-yo-aqui\/","title":{"rendered":"\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Por Edinson Mart\u00ednez<\/h4>\n\n\n\n<p>En el tr\u00e1nsito humano por asentar la voz en figuras tangibles para que las personas fueran capaces de leer y entonces conseguir que, el soplo del aliento inteligente que nos separa del resto de los seres vivos, no sucumbiera al olvido, los humanos hemos librado una ardua batalla desde el mismo instante en que se tuvo consciencia de la existencia misma. Es como si el instinto de la especie, tom\u00e1ndose de la mano de la voluntad, buscara dejar una huella en su paso por la vida, por el mundo en su ya largo trajinar. Los libros, en ese sentido, han salvado a la humanidad de la desmemoria. En el fondo, se me ocurre pensar, que es la necesidad de la trascendencia la que se esconde detr\u00e1s de la escritura; el rio subterr\u00e1neo sobre el que surca el prop\u00f3sito creativo de la historia que mece la pluma ante una p\u00e1gina en blanco. \u201cLos libros hacen los labios\u201d, seg\u00fan se cuenta afirm\u00f3 el escritor romano Quintiliano. As\u00ed que, la antigua met\u00e1fora, simplemente da cuenta del af\u00e1n humano por asentar su huella en el tiempo a trav\u00e9s de una cada vez mejor manera de cultivar la palabra.&nbsp; Afirmo, entonces, que la autora del t\u00edtulo que identifica este texto, en cierto momento de su vida, lleg\u00f3 a plantearse en su m\u00e1s profunda y dolorida introspecci\u00f3n, la interrogante sobre su existencia, escogiendo conforme a las claves de su tiempo, ese insubordinado acento con que se expresa al ofrecernos <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>En ese sentido, es v\u00e1lido afirmar que el contexto hist\u00f3rico en que fuera publicada la novela, el a\u00f1o de 1974, es un momento en el que confluyen diversas corrientes de contracultura en el pa\u00eds y tambi\u00e9n fuera de este. Es, si se quiere, la decantaci\u00f3n hist\u00f3rica de procesos gestados en la d\u00e9cada precedente. &nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Este libro es una publicaci\u00f3n de modesto tiraje y no podr\u00eda asegurar que hubo varias ediciones. Lleg\u00f3 a manos de los lectores por medio de una impresi\u00f3n tipogr\u00e1fica a cargo de un registro editorial de Tipograf\u00eda El Sobre, de Caracas, con un pr\u00f3logo del conocido periodista y escritor venezolano, Jes\u00fas Sanoja Hern\u00e1ndez.<\/p>\n\n\n\n<p>Se trata de una obra escrita por una autora venezolana, ya desaparecida, de nombre Irma Acosta, a la que hoy muy pocos recuerdan, pese al enardecido tono con que interpela al mundo al escoger el t\u00edtulo de su libro.&nbsp; Su publicaci\u00f3n remite al a\u00f1o 1974, como dije antes, y quiz\u00e1s haya sido un par de a\u00f1os a lo sumo, cuando me la encontr\u00e9 en una peque\u00f1a librer\u00eda propiedad de un italiano del atenazado pueblo petrolero en el que han transcurrido mis d\u00edas. Durante aquel paseo tan rutinario como inocente en el que curioseaba sus austeras exhibidoras, el t\u00edtulo me llam\u00f3 la atenci\u00f3n, tom\u00e9 el libro de la estanter\u00eda por su t\u00edtulo y tambi\u00e9n por el precio, cuyo monto ha debido ser bastante econ\u00f3mico, claramente asequible al bolsillo de un muchacho de pueblo terminando el bachillerato. Su presentaci\u00f3n era de una may\u00fascula insignificancia, con un dise\u00f1o muy b\u00e1sico, como si deliberadamente se quisiera presentarlo sin mayores pretensiones en su acabado, evidenciada en su tapa monocolor, de un tono cercano a una suerte de marr\u00f3n p\u00e1lido sin llegar a ser propiamente sepia, en donde destacaba en su parte superior la altisonante interrogante. Me lo llev\u00e9 enseguida y por muchos a\u00f1os estuvo rodando conmigo, creo que fue uno de los primeros libros de la biblioteca que aspiraba a ir formando con los a\u00f1os, pero en alg\u00fan momento de este medio siglo transcurrido desapareci\u00f3 de ella sin que me diera cuenta, ya ten\u00eda, no obstante, un lugar en mi memoria. Por su inolvidable t\u00edtulo siempre lo he recordado, confieso que a veces cuando me he encontrado en alg\u00fan lugar inc\u00f3modo, de inmediato, como un centellazo viajando solitario desde las honduras caprichosas de los recuerdos, me aborda s\u00fabitamente aquella subversiva interrogante del libro de Irma Acosta.<\/p>\n\n\n\n<p>De su lectura, realizada entre sobresaltos y aprensiones, recuerdo pocos detalles, no as\u00ed la impresi\u00f3n, el sabor o la sensaci\u00f3n que sent\u00eda a medida que me internaba en sus p\u00e1ginas, una extra\u00f1a seducci\u00f3n masoquista, en la que se conjugaban el rechazo o la resistencia a continuar el texto, con la tentaci\u00f3n y curiosidad por seguirla para conocer ad\u00f3nde me llevar\u00eda su autora. De aquel rastro que me ha quedado luego de tantos a\u00f1os, puedo decir que es un texto desarrollado con una profunda mirada interior, desgarrador, con un preponderante componente psicol\u00f3gico repleto de un aire desenfadado que superaba mi experiencia de lector imberbe y que, ahora mismo, a una persona de mentalidad conservadora, podr\u00eda impulsarlo a cancelar su lectura. Por cierto, tambi\u00e9n debo confesar que una impresi\u00f3n similar me ocurri\u00f3 al leer muchos a\u00f1os despu\u00e9s <em>El desbarrancadero<\/em> de Fernando Vallejo.<\/p>\n\n\n\n<p>El trabajo de Irma Acosta se presenta como una narrativa testimonial, escrito en primera persona, con una nada desde\u00f1able pulsi\u00f3n er\u00f3tica en todo el manuscrito, lindando muchas veces, y aqu\u00ed debo decir, que es una apreciaci\u00f3n muy subjetiva, entre lo autobiogr\u00e1fico y la ficci\u00f3n, con desdoblamientos eventuales en tercera persona buscando tal vez escabullir el rol personal de la autora. Confieso que, en el momento de leerlo, buscaba en el texto otro contenido. En aquellos a\u00f1os en Venezuela se publicaba mucha literatura testimonial con el ascendiente pol\u00edtico que entonces me interesaba, en <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?<\/em> no lo encontraba, por eso mi rechazo inicial, sin embargo, recuerdo que culmin\u00e9 su lectura, cerr\u00e9 sus p\u00e1ginas y lo ingres\u00e9 junto a otros quince o veinte libros a mi santuario adolescente. Es la raz\u00f3n por la que puedo hablar de \u00e9l con propiedad y valorarlo ahora, en esta etapa, bajo una perspectiva global e hist\u00f3rica. En tal sentido, puedo afirmar que, este modo de mirar la literatura, me refiero a la perspectiva testimonial, fue una propensi\u00f3n muy presente en aquel periodo, lapso en el que varios autores venezolanos publicaron sus experiencias en textos escritos en primera persona. As\u00ed, de este momento hist\u00f3rico, nos han quedado libros como <em>Aqu\u00ed no ha pasado nada<\/em> (1972) de \u00c1ngela Zago, <em>Aqu\u00ed todo el mundo est\u00e1 alzao <\/em>(1973) de Rafael Elino Mart\u00ednez, <em>El desolvido<\/em> (1971) de Victoria Duno y <em>Yo misma me presento<\/em> (1974) de Tecla Tofano. Todos ellos, libros de p\u00e1ginas intimistas, acunados en el torbellino pol\u00edtico del pa\u00eds de a\u00f1os precedentes, influidos, a su vez, por una relevante pasi\u00f3n impugnadora de emergentes movimientos de contracultura del momento, suerte de atm\u00f3sfera contestaria que desde entonces nunca m\u00e1s pude apreciar en nuestra literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>Los primeros a\u00f1os de la d\u00e9cada del setenta estuvieron muy influenciados por sucesos pol\u00edticos de finales de la d\u00e9cada anterior, el recordado mayo franc\u00e9s, cuestionador y levantisco, fue uno de esos acontecimientos que durante aquellos d\u00edas todav\u00eda manten\u00eda su fuerza impugnadora, abriendo las puertas a debates y movimientos que exig\u00edan derechos y reconocimientos en muchos lugares m\u00e1s all\u00e1 de Francia. A este movimiento estudiantil se le considera, por ejemplo, como un importante impulsor del feminismo, la lucha por la igualdad y la liberaci\u00f3n sexual.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero sigamos con Irma Acosta, se sabe que escribi\u00f3 muy poco, apenas dos novelas, la primera, esta que comentamos aqu\u00ed, y, la otra, bajo un t\u00edtulo redondeando el mismo aire desenfadado de la anterior, de nombre nada m\u00e1s y nada menos que, <em>Mientras hago el amor<\/em> (1977), obra con similar acento er\u00f3tico y de narrativa nada convencional, seg\u00fan nos cuenta Ana Teresa Torres. Pero el caso es que nadie recuerda estas obras, tampoco a ella, pese a una importante figuraci\u00f3n en c\u00edrculos literarios de la capital del pa\u00eds, como, en efecto, pude comprobar, rodeada de autores que marcaron \u00e9poca en Venezuela. Entre 1964 y 1965, por ejemplo, se desempe\u00f1\u00f3 como codirectora de la revista literaria <em>Letra roja<\/em> junto al escritor de <em>Pa\u00eds port\u00e1til,<\/em> Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n. Esa revista ten\u00eda entre sus colaboradores a la <em>cr\u00e8me de la cr\u00e8me<\/em> de la intelectualidad de la \u00e9poca, entre ellos a Ludovico Silva, Alfredo Chac\u00f3n, Jos\u00e9 Ignacio Cabrujas, Caupolic\u00e1n Ovalles, Orlando Araujo, H\u00e9ctor Mujica y Manuel Caballero, entre otros.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Teresa Torres, en su publicaci\u00f3n <em>Tradiciones e inauguraciones en la escritura de las narradoras venezolanas. De los a\u00f1os sesenta a la d\u00e9cada finisecular.<\/em> De la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. (Caracas: UCV, enero-junio 2003), se\u00f1ala sobre Irma Acosta lo siguiente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEl orden familiar, fuertemente conmovido en la mentalidad de la d\u00e9cada, se introduce en los textos de Acosta como otro elemento de violencia, a la que responde un odio homicida contra el padre. En la imposibilidad de la relaci\u00f3n amorosa, el hombre deviene, en su segundo libro, en un objeto sexual para el placer de la mujer que, de ese modo, se libera de la violencia de la que se sent\u00eda v\u00edctima. Dentro de la escasa recepci\u00f3n bibliogr\u00e1fica de Acosta, merece la pena citar un art\u00edculo de prensa en el que Tecla Tofano (1927-1995) relaciona \u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed? con el suyo, Yo misma me presento (1974). Tofano considera este libro de Acosta como \u201cla abertura de un camino hacia una nueva literatura\u201d, en tanto, \u201cel inter\u00e9s del libro es que Irma Acosta busca situarse desde ella misma y por s\u00ed\u201d. La necesidad de justificar el libro, anteponiendo que se trata de un texto \u201cpersonal, subjetivo, y por tanto, parcializado\u201d, permite suponer que tales rasgos pod\u00edan ser considerados \u201cantiliterarios\u201d por la cr\u00edtica del momento.\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>De aquel libro de t\u00edtulo altanero no podr\u00eda recodar un texto o una frase en particular, no obstante, flotando \u00fanicamente en los recuerdos, tengo en el desaf\u00edo altivo de la desmemoria, la impresi\u00f3n que me caus\u00f3 al meterme en sus p\u00e1ginas, es como el perfume asociado a alg\u00fan instante memorable de la vida que nunca se extrav\u00eda, o el gesto repentino dibujado en un rostro cualquiera atrapado para siempre en nuestra historia de vida. <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?, <\/em>es una historia tormentosa, es el sufrimiento narrado en primera persona, cuyo cimiento no es el raciocinio, la reflexi\u00f3n, sino el dolor expresado con desenfado, con altaner\u00eda. \u201cLa base del <em>yo <\/em>no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el m\u00e1s b\u00e1sico de todos los sentimientos\u201d, llega a escribir Milan Kundera en <em>La inmortalidad,<\/em> registro narrativo que calza perfectamente en lo que pervive en mi memoria de la obra comentada. Y a prop\u00f3sito de esta consideraci\u00f3n, Ana Teresa Torres, en el trabajo de investigaci\u00f3n citado antes, se\u00f1ala que Irma Acosta se percib\u00eda a s\u00ed misma como una autora perteneciente al llamado \u201cciclo de dolor\u201d de la literatura femenina de este periodo. \u201cEstas j\u00f3venes sesentistas comparten los extremos de la bohemia, en el esp\u00edritu de los poetas franceses \u201cmalditos\u201d, que despu\u00e9s inspir\u00f3 a un grupo denominado \u201cLa pandilla de Lautreamont\u201d. Apunta en el mismo trabajo Ana Teresa Torres.<\/p>\n\n\n\n<p>Este texto lo escribo sin \u00e1nimo de cr\u00edtica literaria sobre la obra de Irma Acosta, y mucho menos pretendo un examen de su narrativa a la luz de las disquisiciones propias de la academia. No, nada de eso, es que, simplemente, despu\u00e9s de las muchas veces en que me he encontrado en situaciones embarazosas y, entonces, sin propon\u00e9rmelo deliberadamente, apelo de modo espont\u00e1neo al t\u00edtulo del libro para increparme en mi m\u00e1s absoluta intimidad, por tanto, lo menos que podr\u00eda hacer es intentar rescatar del olvido la obra de aquella escritora aspirante a su modesta inmortalidad. \u201cTal vez las letras sean solo signos muertos y fantasmales, hijas ileg\u00edtimas de la palabra oral, pero los lectores sabemos insuflarles vida\u201d, escribe Irene Vallejo \u2013como si leyera mis pensamientos\u2013 en su extraordinaria obra <em>El infinito en un junco<\/em>. Pues, digamos que eso intento ahora con <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed<\/em>?<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que, en confesi\u00f3n que me atrevo a expresarles, como Neruda bien lo hace en su <em>Poema 20<\/em> al regalarnos \u201cNosotros los de ayer ya no somos los mismos\u201d, siento un af\u00e1n de mi parte por revisar todo, evaluar y colocar bajo el candil de la madurez tanto como me sea posible en el fugaz instante del presente. De ah\u00ed este inter\u00e9s por <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El libro en referencia no es de f\u00e1cil ubicaci\u00f3n, asimismo, nadie recuerda a su autora. Estuve indagando entre, incluso escritores, y ninguno da cuenta de ella. \u201c\u00bfQu\u00e9 cosas tiene la vida?\u201d.&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tendr\u00eda que decir. As\u00ed, pues, rendido ante la evidencia del olvido, no nos queda otra cosa que conformarnos con lo encontrado de manera fragmentada, y asumir, en consecuencia, como v\u00e1lidas las aseveraciones de quienes \u2013muy pocos\u2013 han estudiado sus trabajos, entre ellos Isabel Piniella y Ana Teresa Torres.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cIrma Acosta pertenece a lo que ella misma llama el \u201cciclo de dolor\u201d. Sus dos libros de relatos, ya en los t\u00edtulos \u2013 \u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed? (1974) y Mientras hago el amor (1977)- indican una propuesta antiliteraria. Se trata, sobre todo el primero, de un libro escrito en un discurso salvaje, con absoluto desprecio formal, cuyo prop\u00f3sito pareciera ser el trazado de una suerte de autobiograf\u00eda, o al menos, expl\u00edcitamente la autora declara que escribir\u00e1 \u201cen primera persona\u201d, asumiendo que tal acto sea criticado. Claramente intenta transgredir la literatura formal, rebajar la dignidad del lenguaje, que, en ocasiones se hace escatol\u00f3gico, introduciendo temas sin duda poco transitados hasta el momento, como son los encuentros sexuales an\u00f3nimos, la furia contra el acto sexual al servicio del hombre, el aborto, la bulimia, el suicidio, la locura, y el tratamiento psiqui\u00e1trico. Acosta introdujo esta tem\u00e1tica del di\u00e1logo de la mujer y su psiquiatra, que con diferentes matices ha sido recurrentemente abordado tanto por narradoras como poetas\u201d. <em>Tradiciones e inauguraciones en la escritura de las narradoras venezolanas. De los a\u00f1os sesenta a la d\u00e9cada finisecular.<\/em> De la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. (Caracas: UCV, enero-junio 2003).<\/p>\n\n\n\n<p>Al parecer el texto de Irma Acosta, junto con otros de la misma generaci\u00f3n de mujeres escritoras en Venezuela, entre ellas Mary Guerrero, Yolanda Capriles, Mariela Arvelo, Marina Castro, Miyo Vestrini, Victoria Stefano y otras, inserta en la literatura nacional nuevas sensibilidades, ya no solo porque las autoras son mujeres, sino en especial porque incorporan otras perspectivas en el campo narrativo, nuevos temas y modos de abordarlos bajo otra piel. Eso percib\u00ed del libro cuyo t\u00edtulo me atrajo hace ya tantos a\u00f1os. El escritor espa\u00f1ol, Fernando Sanmart\u00edn, citado por Irene Vallejo, tiene una reflexi\u00f3n sobre el particular muy a la medida de lo que trato de explicar con el libro de Irma Acosta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEl pasado nos define, nos da una identidad, nos empuja al psicoan\u00e1lisis o al disfraz, a los narc\u00f3ticos o al misticismo. Los que somos lectores tenemos un pasado dentro de los libros. Para bien o para mal. Porque le\u00edmos cosas que hoy nos causar\u00edan perplejidad, incluso aburrimiento. Pero tambi\u00e9n le\u00edmos p\u00e1ginas que todav\u00eda nos provocan entusiasmo o certezas. Un libro siempre es un mensaje\u201d. <em>El Infinito en junco<\/em> (2024). Irene Vallejo. Editorial Siruela.<\/p>\n\n\n\n<p>Como antes se\u00f1al\u00e9, fueron dos las obras de Irma Acosta, ambas en el mismo periodo, no escribi\u00f3 m\u00e1s, como si todo cuanto quisiera decir hubiera quedado agotado en sus dos t\u00edtulos publicados. No es frecuente casos as\u00ed, pero se dan, incluso entre autores notables. Juan Rulfo, por ejemplo, se despidi\u00f3 con menos de cinco libros publicados. Franz Kafka, con m\u00e1s o menos el mismo n\u00famero. Tambi\u00e9n Emily Bront\u00eb y C\u00e9sar Vallejo y muy probablemente otros. No obstante, todos ellos nos dejaron un legado literario extraordinario y por eso son recordados.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>A Irma Acosta la recuerda un muchacho de ayer, un afiebrado por la pol\u00edtica y la lectura que carg\u00f3 por a\u00f1os con su libro y que ahora lo rescata de la desmemoria en un momento en que, como atina a decir Joaqu\u00edn Sabina, \u201cClark Kent ya no es Superman\u201d, queriendo expresar con ello la idea seg\u00fan la cual todo cambia, en especial con el arribo de la madurez.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar aqu\u00ed, al cierre de este modesto cord\u00f3n de palabras, debo apuntar que, luego de consultar varias fuentes, preguntar aqu\u00ed y all\u00e1 por la escritora objeto de estas notas y su libro, me encontr\u00e9 con una publicaci\u00f3n donde se comenta la obra y, por fortuna, se transcriben fragmentos de esta. Se trata de la revista <em>A contra corriente<\/em>, en donde un art\u00edculo suscrito por Isabel Piniella, de t\u00edtulo <em>\u00bfRevoluci\u00f3n sin afecto? Voces femeninas cr\u00edticas de la literatura venezolana. <\/em>(2021), se ampl\u00eda con bastante detalle el tema literario desplegado por diversas autoras venezolanas, entre ellas, Irma Acosta.<\/p>\n\n\n\n<p>Se cierra la noche, el indescifrable infinito con su tel\u00f3n de estrellas vela mis anhelos, a mi espalda, su azulino fulgor, entre sosegado y misterioso, ingresando &nbsp;por la ventana, abraza mi rebelde empe\u00f1o desafiando el olvido, mientras Etta James, con su tono amartelado, va desmayando <em>At Last <\/em>con su sonoridad desolada, como si la cadencia nost\u00e1lgica con que nos cubre sirviera de fondo para despedir estas notas con la declaraci\u00f3n de intenciones con las que inicia Irma Acosta <em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u201cVoy a hablar de m\u00ed, lo har\u00e9 en primera persona; dir\u00e9 todo lo que siento, lo pasado y lo presente, comenzar\u00e9 bautizando las cosas, las situaciones, las personas, nombres propios y nombres prestados.\u201d<\/p>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*<em>\u00bfQu\u00e9 carajo hago yo aqu\u00ed?<\/em> (1974). Irma Acosta. Tipograf\u00eda El Sobre. Caracas.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Edinson Mart\u00ednez En el tr\u00e1nsito humano por asentar la voz en figuras tangibles para que las personas fueran capaces de leer y entonces conseguir que, el soplo del aliento inteligente que nos separa del resto de los seres vivos, no sucumbiera al olvido, los humanos hemos librado una ardua batalla desde el mismo instante [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":16950,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[24],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16949"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16949"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16949\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16951,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16949\/revisions\/16951"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16950"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16949"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16949"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16949"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}