{"id":16732,"date":"2024-10-18T15:08:00","date_gmt":"2024-10-18T19:38:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16732"},"modified":"2025-08-31T14:10:31","modified_gmt":"2025-08-31T18:40:31","slug":"el-caso-boeuf-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-caso-boeuf-i\/","title":{"rendered":"El caso Boeuf (I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Jes\u00fas Miguel Soto<\/h4>\n\n\n\n<p>&nbsp;Con el mec\u00e1nico temblor que se apropiaba de sus m\u00fasculos menores cuando estaba en un espacio abierto y rodeado de personas, Mat\u00edas Parra arranc\u00f3 la p\u00e1gina del peri\u00f3dico y se dedic\u00f3, m\u00e1s que a doblarla, a reducir su per\u00edmetro al contorno de una flor marchita. Cada vez que arrugaba un papel para volverlo m\u00e1s port\u00e1til lo hac\u00eda con la convicci\u00f3n de que no solo estaba protegiendo su contenido, sino que estaba comprimiendo la contingente sabidur\u00eda all\u00ed escrita para ser descifrada tiempo despu\u00e9s, sin importarle si ese papel contuviese el resultado de una competici\u00f3n h\u00edpica, la apresurada rese\u00f1a dominical de una pel\u00edcula, la hoja de calificaciones de un estudiante desconocido, o la convocatoria a una concentraci\u00f3n en la plaza de conciertos de la Universidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo hizo con apremio pero con cuidado, no porque temiera romper el papel sino para evitar que sus dedos quedaran manchados con la espesa tinta con que lo imprim\u00edan \u2013y que le confer\u00eda a las fotograf\u00edas o ilustraciones la apariencia de un grabado r\u00fastico. Sin levantarse del todo, apenas elevando el anca izquierda de la h\u00fameda grama, se embuti\u00f3 ese cuarto de pliego en el bolsillo de atr\u00e1s de su pantal\u00f3n que estaba engordado de otros tantos papeles in\u00fatiles que luego, en la calma de su habitaci\u00f3n, desechar\u00eda o archivar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa hoja en particular hab\u00eda capturado su atenci\u00f3n por dos anuncios. Uno de ellos, impreso en la esquina inferior derecha, y precedido por tres asteriscos, rogaba: \u201cSe solicita estudiante atl\u00e9tica y con anteojos\u201d. El otro, un poco m\u00e1s arriba, y en tipograf\u00eda m\u00e1s peque\u00f1a, dec\u00eda: \u201cSe buscan secretarios para club de lectura. \u00daltimas vacantes\u201d. Y aunque estos dos le hab\u00edan estimulado la curiosidad m\u00e1s que los del resto de la p\u00e1gina, no eran absolutas rarezas, ya que m\u00e1s o menos del mismo tenor eran los avisos clasificados del peri\u00f3dico universitario en esos tiempos.<\/p>\n\n\n\n<p>En ese entonces Mat\u00edas sol\u00eda recorrer el pol\u00edgono de la Universidad en busca de fragmentos que iba aglutinando en un cat\u00e1logo personal: recortes de prensa, folletos publicitarios, textos de grafitis, mosaicos desprendidos del suelo, retazos de entradas de conciertos, tickets rasgados del comedor, fichas de la biblioteca, programas de exposiciones de arte, libretas abandonadas&#8230; Cada una de estas piezas eran para \u00e9l c\u00e9lulas moribundas pero no muertas del todo, cabellos maduros que \u2013desarraigados, dispersos y prestos a caducar en el anonimato\u2013 \u00e9l se hab\u00eda propuesto reunir, no como mera antolog\u00eda del aparente paso del tiempo sino para apertrecharse de insumos que m\u00e1s tarde ser\u00edan el punto de partida para componer una pieza de arte escrita cuya forma a\u00fan desconoc\u00eda. Al menos as\u00ed lo hab\u00eda reiterado varias veces en un blog que llevaba, el cual \u2013a pesar suyo\u2013 era un aut\u00e9ntico diario \u00edntimo, privado y secreto debido a que no recib\u00eda visita alguna.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo insist\u00eda, aconsejado desde la Macedonia austral, en continuar prometiendo su obra, aun cuando no la hubiese empezado, como si esa promesa fuera tambi\u00e9n parte integrante del futuro monumento. Pero por m\u00e1s relaciones electr\u00f3nicas que busc\u00f3 establecer, el joven estudiante no logr\u00f3 esos primeros lectores que pudieran atestiguar c\u00f3mo \u00e9l iba erigiendo las bases fundacionales en medio del desierto. Ansioso de ser o\u00eddo, interrogado y alabado se hizo imprimir en papel bond un centenar de tarjetas de presentaci\u00f3n para promocionar su blog; la mitad las reparti\u00f3 en la entrada del Metro Ciudad Universitaria y las restantes las fue dejando abandonadas en lugares que \u00e9l consideraba estrat\u00e9gicos, como lavamanos, mesas del comedor, barras de cafetines y en p\u00e1ginas selectas de una docena de libros de la biblioteca de la Escuela de Letras. Pero el tr\u00e1fico en Internet no se vio alterado en lo m\u00e1s m\u00ednimo por sus intrigantes convocatorias.<\/p>\n\n\n\n<p>La promesa de su obra por venir no se amilan\u00f3 ante la carencia de auditorio y continu\u00f3 engrosando archivos digitales con sus melosos arcanos: dec\u00eda que planeaba contar historias a partir de potenciales ep\u00edgrafes (\u201cl\u00edneas inaugurales\u201d) que iba recogiendo de aqu\u00ed y de all\u00e1. O para citarlo textualmente y que no se diga que nuestra par\u00e1frasis devino en parodia: \u201cTodo dato es susceptible de contener una historia, as\u00ed como cada vientre de mujer es la promesa de una nueva civilizaci\u00f3n. Una entrada de cine o un boleto del Metro son part\u00edculas irradiantes de un sinf\u00edn de historias posibles, una p\u00e1gina de una agenda ajena es la posibilidad de completar esa vida, de arrearla por otro sendero. Un aviso clasificado es una oportunidad de resolver, al tiempo que se enuncia, un enigma. Cada fragmento de piedra, o de idea, es el centro de un Universo que me propongo amasar y expandir\u201d. Y cuando esto \u00faltimo tecle\u00f3 en su computadora lo asalt\u00f3 una imagen que le produjo rechazo: ve\u00eda que lo ve\u00edan como un tosco panadero que luego de hundir sus nudillos en un min\u00fasculo trozo de masa lo estira como una d\u00factil l\u00e1mina de seda, la sazona, la hornea, la embala y la reparte a domicilio en una moto ruidosa. No, as\u00ed no quer\u00eda sentirse mirado. Pese a esa desaz\u00f3n no borr\u00f3, ni modific\u00f3 el texto que hab\u00eda escrito, aunque para conjurar la inoportuna visi\u00f3n pidi\u00f3 por tel\u00e9fono que le llevaran una <em>prosciutto e funghi<\/em> a la puerta de su edificio.<\/p>\n\n\n\n<p><br>Consciente de que se hab\u00eda demorado ya bastante en esa fase germinal de recolecci\u00f3n, Mat\u00edas se daba \u00e1nimos repiti\u00e9ndose una frase con el fervor con que se recita una letan\u00eda: \u201cMejor tener una po\u00e9tica sin obra que una obra sin po\u00e9tica\u201d. Se consideraba a s\u00ed mismo un esp\u00edritu sensible, presto a captar con sus aguzados sentidos unas puntuales manifestaciones del Universo, pero hasta ahora no hab\u00eda experimentado la epifan\u00eda que hab\u00eda vaticinado para s\u00ed. Reconoc\u00eda que el material acumulado en poco m\u00e1s de un a\u00f1o de labores arqueol\u00f3gicas se le hab\u00eda vuelto penosamente excesivo, y que no lograba desarrollar una idea, ni siquiera una frase a partir de nada de lo que hab\u00eda recogido. A\u00fan no se hab\u00eda desalentado del todo, pues pensaba que la revelaci\u00f3n vendr\u00eda y le indicar\u00eda cu\u00e1ndo y c\u00f3mo empezar a llenar el papel. Estaba inocentemente convencido de que a todo artista y a todo hombre de guerra siempre le llega una se\u00f1al di\u00e1fana, inequ\u00edvoca, y que lanzarse al ruedo sin esperarla es una insensatez. Por el momento no se hab\u00eda planteado la otra posibilidad: la de buscar la se\u00f1al despu\u00e9s, mirando hacia atr\u00e1s, una vez que ya estuviese metido en la aventura y acaso necesitara justificarla para no desfallecer o para colorearla con un manto de divinidad, de destino ineludible.<\/p>\n\n\n\n<p>Cre\u00eda que esa se\u00f1al le revelar\u00eda la forma y el lugar del sendero a transitar, pero su impaciencia era acaso m\u00e1s fuerte que su fe, y se decant\u00f3 por poner en pr\u00e1ctica una suerte de r\u00fastica alquimia para invocar milagros. Lleg\u00f3 a pasearse desnudo en la azotea de su edificio de la avenida Victoria durante una tormenta nocturna, ignorante de la posibilidad de una descarga m\u00edstica de una mir\u00edada de voltios; solo se hab\u00eda dejado puestas unas sandalias pl\u00e1sticas antideslizantes como cauta medida de protecci\u00f3n, lo que lo hac\u00eda lucir m\u00e1s pintoresco pues resaltaba su palidez en degrad\u00e9, la rala pelambre de sus muslos y el ensortijado amasijo de su entrepierna. As\u00ed, expuesto del tal\u00f3n para arriba, con su adarga constituida por una bolsa de pl\u00e1stico contentiva de su vestimenta, camin\u00f3 de un lado a otro, chapoteando, sin conocer ning\u00fan mantra, ni sin tampoco saber qu\u00e9 palabras deber\u00eda usar para hablarle a la divinidad que se le ocurriera aparecer en esa longitud del tr\u00f3pico; pero recapacit\u00f3, casi d\u00e1ndose una palmadita en la sien: es el mensajero divino quien le deber\u00eda hablar a \u00e9l y no al rev\u00e9s. Casi le dio gracia ese desliz, tanto ese de la azotea, como el de sus casi veinte a\u00f1os de existencia; no obstante sigui\u00f3 tercamente representando su papel, con la piel herida suavemente por las puntadas de agua, dispuesto a interrumpir su improvisado ritual (el tipo de ox\u00edmoron que describ\u00eda su vida) s\u00f3lo cuando el diluvio cesara; pero en vez de un trueno revelador le hablaron las descargas de un tiroteo, por lo que Mat\u00edas, temeroso tanto de ser blanco de una bala perdida como de caer muerto en combate sin uniforme, se retir\u00f3 lo m\u00e1s r\u00e1pido que pudo no sin resbalarse y magullarse las rodillas un par de veces.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;En otras ocasiones, puertas adentro, a espaldas de la naturaleza, intent\u00f3 otros tantos ejercicios de invocaci\u00f3n numinosa: primero un ayuno de treinta y seis horas encerrado en su habitaci\u00f3n y luego un insomnio forzado durante igual cantidad de tiempo, estimulado por termos de caf\u00e9 y emulsiones proveedoras de efervescente energ\u00eda. En ambos casos, m\u00e1s all\u00e1 de calambres en el cuello y en la baja espalda, y de la aparici\u00f3n de intermitentes punticos de colores en el iris, no se le revel\u00f3 noticia alguna de c\u00f3mo empezar a crear. \u00bfCu\u00e1l biograf\u00eda de santo o de escultor habr\u00e1 le\u00eddo Mat\u00edas en su m\u00e1s tierna infancia que lo haya convencido medularmente de creer en lo que dec\u00eda creer? Intentar responderlo ser\u00eda intentar mentir.<\/p>\n\n\n\n<p>Meses despu\u00e9s, ya convertido en un hombre maduro, sentir\u00eda una verg\u00fcenza m\u00e1s bien cercana a la nostalgia, no tanto por esas acciones emprendidas sino por su candorosa credulidad. Dej\u00f3 entonces de esperar la epifan\u00eda, o por lo menos dej\u00f3 de provocarla, que es casi lo mismo. A pesar de eso, se mantuvo terco en su inercia de recolectar detonantes, como \u00e9l llamaba a las ofrendas que le regalaban sus met\u00f3dicas excursiones por el campus.<\/p>\n\n\n\n<p>Como buen hombre de fe, es decir, lleno de oscuras vacilaciones, Mat\u00edas comenz\u00f3 a dudar sobre si en realidad su contextura intelectual se hab\u00eda quedado pasmada en la mera recolecci\u00f3n, sin pasar siquiera a la caza y mucho menos a la agricultura o a la domesticaci\u00f3n. Su punto de honor estaba entonces en su consistente esfuerzo para desafiar esa triste posibilidad. Si en su gen\u00e9tica cultural estaba prefigurada esa tesitura, ser\u00eda un resquicio de su voluntad rebelde la que podr\u00eda torcerla. Cuando eso se dec\u00eda, se envalentonaba, no como quien descubre el punto d\u00e9bil de un contendiente poderoso, sino como quien en un instante de peligro halla dentro de su bolsillo una navaja inesperada que le confiere una seguridad perecedera, durable quiz\u00e1 hasta el momento de saberse incapaz de blandirla con \u00e9nfasis frente a un rostro ajeno.<\/p>\n\n\n\n<p>Al margen de todas esas elucubraciones que solo alteraban la consistencia de su \u00e1nimo de forma pasajera, estaba la realidad material, es decir, la ausencia de una muestra f\u00edsica, de al menos una cuartilla producida por sus manos, que le permitiera evaluarse, meditar sobre su alcance, sobre sus carencias, sobre el verdadero conocimiento que pose\u00eda de s\u00ed mismo. M\u00e1s all\u00e1 de sus escarceos en busca de una epifan\u00eda que le hab\u00eda sido esquiva, no se hab\u00eda sentado o arrodillado a crear nada; as\u00ed que no pod\u00eda decir con propiedad que la ejecuci\u00f3n de ese verbo sagrado que infunde vida a las ideas le resultase intrincada; de alg\u00fan modo era una especie de invicto solo por el hecho de no haberse aventurado a combatir.<\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto, a veces con hambriento fervor, a veces con delicada contenci\u00f3n, a veces con torpe modorra, segu\u00eda acumulando dentro de cajitas de zapatos esos preciosos desperdicios que alg\u00fan d\u00eda aspiraba a pulimentar con su pluma y verbo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese vano y redondo periplo uniformaba sus d\u00edas y as\u00ed se reconfortaba con la sensaci\u00f3n de que el tiempo no pasaba, o de que al menos no pasaba frente a \u00e9l, y por lo tanto no hab\u00eda apuro. Deambular por la Universidad como un vagabundo, asistir a sus clases como un son\u00e1mbulo y rotular cajas en su habitaci\u00f3n como un esclavo de f\u00e1brica: a eso se reduc\u00eda su horario, a esos eventos que despojados de cualquier contexto \u00e9pico, tr\u00e1gico o c\u00f3mico eran el m\u00e1s absoluto aburrimiento, s\u00edntoma aparente de un esp\u00edritu estancado sumido en la inercia de un largo pre\u00e1mbulo, como un avi\u00f3n que durante d\u00edas rueda pesado sobre una pista, regode\u00e1ndose en la textura del asfalto, aguardando el viento propicio antes de la aceleraci\u00f3n final que precede al despegue.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;<strong>&nbsp;<br>&nbsp;<\/strong>\u00bfCu\u00e1ntas cajas ten\u00eda Mat\u00edas? No las hab\u00eda contado, pero eran tantas como para hacer que su habitaci\u00f3n pareciera una modesta zapater\u00eda del viejo centro de la ciudad (antes de que la ciudad fuera casi toda ella centro), de esas tiendas que tienen \u00fanicos modelos, \u00fanicas tallas y \u00fanicos colores; casi piezas m\u00e1s para la colecci\u00f3n que para ser sometidas al maltrato del asfalto.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque Mat\u00edas no hab\u00eda desarrollado el rigor de conservar en un escrupuloso archivo todo lo que iba recogiendo, tampoco hab\u00eda llegado al extremo de convertir su cuarto en un peque\u00f1o basurero ingobernable. Sus cajitas estaban ordenadas una sobre otra. Al principio hab\u00eda comenzado a agrupar las piezas recolectadas por categor\u00edas m\u00e1s o menos caprichosas que iba alterando cada tanto: cine, teatro, comedor, biblioteca, vigilancia; o salud, deportes, riesgo, enamoramientos; o grama, concreto armado, agua, madera. Pero luego, cuando se dio cuenta de que ninguna categor\u00eda era suficiente para ordenar su mundo conocido, y mucho menos el por conocer, y que ya era impr\u00e1ctico reordenar seg\u00fan nuevos criterios lo ya acumulado y lo que iba descubriendo, se decant\u00f3 por agrupar todo por fecha, dentro de cajas de zapatos que rotulaba con el nombre del mes y del a\u00f1o correspondiente. En esa log\u00edstica hubo de incorporar la recolecci\u00f3n de esa cajas vac\u00edas, labor que (si Mat\u00edas Parra hubiese llegado a tener alg\u00fan renombre) merecer\u00eda un estudio aparte.<\/p>\n\n\n\n<p>A su tarea de coleccionista le dedicaba mucho m\u00e1s tiempo y energ\u00eda que a los deberes acad\u00e9micos de estudiante, que si bien no los descuid\u00f3 del todo, los redujo a la m\u00ednima expresi\u00f3n necesaria para aprobar los cursos con un esfuerzo moderado. La Universidad se le hab\u00eda convertido en mera excusa para realizar lo que \u00e9l llamaba su presentaci\u00f3n art\u00edstica, que consideraba parte vital de ese pre\u00e1mbulo de la obra por venir. Consideraba que el campus era el escenario propicio para inventarse una personalidad que el quer\u00eda que fuera entre misteriosa y vagamente d\u00e9spota. Estudi\u00f3 varios modelos, lleg\u00f3 a esbozarlos cual historieta, mezcl\u00f3 algunos, descart\u00f3 otros. Cosi\u00f3 una burda capa de pa\u00f1o que no se atrevi\u00f3 a utilizar salvo en una fiesta de carnaval donde su atuendo de conde de los C\u00e1rpatos pas\u00f3 desapercibido ante la infame ocurrencia de un profesor de Lat\u00edn que asisti\u00f3 disfrazado de mariscal G\u00f6ring; tambi\u00e9n alquil\u00f3 en una farmacia un bast\u00f3n ortop\u00e9dico, que por su impericia al blandirlo y al presionarlo sobre el granito le ocasion\u00f3 una lesi\u00f3n menor en el hueso il\u00edaco. En vano busc\u00f3 un sombrero de copa similar al de Charlot, o un frac azul con chaleco amarillo, en vano intent\u00f3 dejarse un bigote proustiano, uno daliniano, uno edgarallanpoeiano; pues se dio cuenta de que el cuidado que requiere un mostacho respetable es acaso m\u00e1s arduo que el que demanda un bons\u00e1i. Quiz\u00e1 su peor imprudencia, que a\u00fan debe recordar aunque no quiera, fue haberse hecho tatuar en el antebrazo, con letra peque\u00f1a aunque igual her\u00e9tica, el poderoso verso de Val\u00e9ry donde le trocaron la palabra <em>mer<\/em> por <em>merde<\/em>, verg\u00fcenza que hubo de ocultar toda su vida con mu\u00f1equeras o camisas manga larga.<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de sus intentonas por subrayarse continuaba siendo invisible, no era m\u00e1s que una nota invernal de silencio entre el adolescente bullicio primaveral que inundaba los pasillos, salones y jardines del claustro.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo inquietaba tener que inventarse a s\u00ed mismo a conciencia, sin seguir un gui\u00f3n preexistente como consideraba que hac\u00edan los dem\u00e1s. Su proeza, blogue\u00f3, \u201ces m\u00e1s ardua, pues debo escribir mi propio gui\u00f3n, adaptarlo, corregirlo, ponerlo a prueba, como un actor confinado a los s\u00f3tanos de una sala de teatro, mientras a lo lejos, arriba sobre el tablado, se oyen los aplausos de vulgares entremeses, todos tan parecidos entre s\u00ed. Acaso mi gui\u00f3n no tendr\u00eda m\u00e1s remedio que ser una larga acotaci\u00f3n sobre la ansiedad de tener que escribirlo\u2026 Padezco, sin duda, de esa angustia de no tener destino\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;<strong>&nbsp;<\/strong>&nbsp;<br>&nbsp;<strong>&nbsp;<br>&nbsp;<\/strong>A pesar de cierto desd\u00e9n por lo que \u00e9l llamaba las estrictas normas de la vida acad\u00e9mica, nunca descuid\u00f3 la legendaria puntualidad de la que los Parra se jactaban. Tanto as\u00ed, que su bisabuelo lleg\u00f3 a crear una especie de blas\u00f3n her\u00e1ldico donde la figura principal era una larga torre con un reloj campanario (que a Mat\u00edas le recordaba, quiz\u00e1 forzadamente y solo por el capricho de establecer esos artificiosos pero deliciosos v\u00ednculos literarios, al de la iglesia de Combray), y cuyo sobrio dise\u00f1o hab\u00eda sido bordado en toallas, manteles y servilletas de uso familiar.<\/p>\n\n\n\n<p>Parra, siguiendo esa tradici\u00f3n, no perd\u00eda clases ni llegaba nunca tarde a un curso, y le gustaba subrayar su puntualidad \u2013y en consecuencia el retraso de los dem\u00e1s\u2013 lanzando furtivas y victoriosas miradas a su reloj de aguja.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero si alguien se hubiese tomado en ese entonces la tarea de reunir a varios de sus compa\u00f1eros de clases para interrogarlos sobre el rasgo m\u00e1s sobresaliente de Mat\u00edas Parra, es probable que nadie mencionase nada referente a relojes, engranajes, tiempo o deber; en cambio, es bastante probable que la mayor\u00eda, si acaso no todos, lo recuerden con una lapidaria frase que el joven Parra tuvo que llevar a cuestas durante casi toda su vida estudiantil: \u201cMat\u00edas Parra, el que se queda dormido con Tarkovski\u201d. Una frase que lo sentenciaba, lo limitaba, pero que no lo avergonzaba del todo y que siempre trat\u00f3 de justificar con tanto ah\u00ednco que hasta en una ocasi\u00f3n expres\u00f3 que no le molestaba si esa ristra de palabras acabase tallada sobre piedra en ocasi\u00f3n de su epitafio.<\/p>\n\n\n\n<p>En momentos como ese, cuando le tocaba defenderse o denunciar alguna supuesta conspiraci\u00f3n en su contra, Mat\u00edas cambiaba su talante f\u00fanebre, apocado y silencioso por una s\u00fabita elocuencia que buscaba acrecentar un ego vol\u00e1til, antes de retraerse de nuevo al interior de su c\u00e1scara de nerviosismos e inseguridades. Y en lo que toca al tema de sus inoportunas siestas \u00e9l nunca neg\u00f3 los hechos, pensando en que de esa manera no le ser\u00eda escamoteado el derecho a comentarlos y as\u00ed poder hacer \u00e9nfasis en las aristas que m\u00e1s le conven\u00edan.<\/p>\n\n\n\n<p>La primera vez que se qued\u00f3 dormido durante un cine-foro del director ruso fue durante su tercer semestre de la carrera de Letras. Algunos declarantes lo acusaron de haber conservado la espalda recta en el asiento del pupitre mientras dorm\u00eda, otros lamentaron el descaro con que cruz\u00f3 los brazos y empotr\u00f3 su cabeza en el rescoldo de su propio aliento tibio. En lo que s\u00ed coinciden todos es en que su ronquido, a pesar de lo suave, resultaba molesto por lo irregular de su ritmo. La verdad nadie le dio tanta importancia a ese primer incidente, salvo los poetas Danieri y Santos (los ahora olvidados poetas Mario Danieri y Dar\u00edo Santos), quienes pasaron de mirarlo con indiferencia a mirarlo con una inquina cu\u00e1ntica que pretend\u00eda agitar las mol\u00e9culas que hubiese entre ellos y su persona.<\/p>\n\n\n\n<p>La segunda ocasi\u00f3n en la que Mat\u00edas perturb\u00f3 a sus compa\u00f1eros al quedarse dormido durante otra proyecci\u00f3n de Tarkovski s\u00ed fue considerada una afrenta mayor, no solo por la reiteraci\u00f3n del acto sino porque ni siquiera estaba inscrito en ese curso. Uno de los argumentos que Parra baraj\u00f3 para dispensarse por su desliz fue que la levedad de los di\u00e1logos, los plenos silencios, la suave cadencia con que la c\u00e1mara se acoplaba a los movimientos de los personajes y el tenue resplandor con que ba\u00f1aban el aula ciertas escenas creaban la atm\u00f3sfera propicia para que pudiera conciliar un sue\u00f1o reparador tras tres d\u00edas de riguroso insomnio.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiempo m\u00e1s tarde, Mat\u00edas le comentar\u00eda al profesor Baltazar Boeuf, su futuro mentor, que estaba seguro de que si algunos de esos argumentos los hubiese ensamblado en un ensayo de cinco cuartillas y se hubiese referido a sue\u00f1o e insomnio como alegor\u00edas, hubiese obtenido una calificaci\u00f3n de diecis\u00e9is o diecisiete puntos sobre veinte, pero como apuntaban a padecimientos f\u00edsicos reales y, seg\u00fan el profesor Loreto, los profiri\u00f3 en un tono sutilmente ir\u00f3nico, eran una afrenta intolerable en contra de la instituci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Los poetas Danieri y Santos (que siempre actuaban en dupla como dos entes mal\u00e9volos formados por el mismo semen y provenientes del mismo embri\u00f3n, y de quienes antes de verlos juntos por primera vez era factible dudar entre si eran dos personas o una sola con un apellido pomposo), adem\u00e1s de mirar a Mat\u00edas con un odio enconado y al mismo tiempo purificado por sus cuatro ojos azules, intentaron recolectar firmas en su contra pero apenas captaron diez suscriptores, siete de los cuales ni siquiera estudiaban en la Universidad sino que militaban en la Sociedad de Artes Naturales (SAN), organizaci\u00f3n de la que los poetas Danieri y Santos formaban parte en calidad de miembros honorarios.<\/p>\n\n\n\n<p>Mat\u00edas le comentar\u00eda m\u00e1s tarde a Boeuf que los poetas Danieri y Santos recog\u00edan firmas para todo, y se dice que ten\u00edan m\u00e1s cuadernos de firmas que de sus propios poemas, que se resum\u00edan en sus series a cuatro manos de protosonetos y\u00e1mbicos y ditir\u00e1mbicos, algunos de los cuales circulaban mecanografiados por los pasillos de la Facultad de Humanidades y en los s\u00f3tanos de la sala de teatro de la Universidad, y que seg\u00fan disposiciones de los propios poetas solo deb\u00edan ser le\u00eddos cuando ya no hubiese luz solar. Mat\u00edas nunca quiso asistir a una de esas legendarias lecturas (pues no era amigo de tertulias, bautizos, confirmaciones ni extremaunciones literarias); no obstante, y con fines estrictamente archiv\u00edsticos, conserv\u00f3 sendas fotocopias de los manuscritos <em>Atardecer en Odessa<\/em> y <em>Casa cerrada<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese segundo desplante para con uno de los cineastas predilectos de la Escuela, y que por cierto Mat\u00edas no despreciaba, le granje\u00f3 no solo la ojeriza de los poetas Danieri y Santos sino tambi\u00e9n la de casi todos los profesores o de al menos aquellos que ten\u00edan mayor ascendiente en la Escuela.<\/p>\n\n\n\n<p>Mat\u00edas denunci\u00f3 ante su inexistente auditorio de internautas que tales y cuales profesores se triangularon para intentar desmoralizarlo, y que a pesar de esas veladas agresiones \u00e9l seguir\u00eda, con su dignidad inc\u00f3lume, asistiendo con la misma puntualidad milim\u00e9trica a sus clases.<\/p>\n\n\n\n<p>En nada lo amilanaban los sutiles ataques de sus maestros, que imperceptibles para esp\u00edritus menos observadores, eran descaradamente evidentes para Mat\u00edas, quien en sus primeros meses de universidad hab\u00eda pasado de ser un adolescente paranoico, a ser un adulto moderadamente desconfiado, como dicta el m\u00e1s elemental sentido com\u00fan. Seg\u00fan Mat\u00edas, algunos profesores como la Krauz, De Fern\u00e1ndez y Loreto el ingl\u00e9s, al pasar la asistencia pronunciaban su nombre en un decibel distinto, y por tanto discriminatorio; tambi\u00e9n ignoraban sus intervenciones en clase o lo miraban con una intensidad diferente con la que miraban al resto de sus compa\u00f1eros; para colmo, apenas colocaban comentarios en sus ex\u00e1menes, o, en el otro extremo del maltrato, los atiborraban de cr\u00edticas en pluma rojo. Pero Mat\u00edas resisti\u00f3 sin pretender vencer, le contar\u00eda m\u00e1s tarde a Boeuf, citando a su modo a una de las escritoras que m\u00e1s lo deleitaban.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;<strong>&nbsp;<br>&nbsp;<\/strong>La entrada de Mat\u00edas a la Universidad fue desde el principio m\u00e1s que una afici\u00f3n por la academia, una vocaci\u00f3n por el escape, una aut\u00e9ntica estrategia de evasi\u00f3n de compromisos.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de la infeliz escolarizaci\u00f3n del &nbsp;colegio (tan solo aliviada por obsesivos per\u00edodos de onanismo, de maratones de televisi\u00f3n por cable y de dispersas lecturas de libros usados que poco a poco fueron colonizando las esquinas de su habitaci\u00f3n en forma de precarias torres que cada tanto se derrumbaban y ten\u00eda que volver a erigir siempre en un orden diferente) el apellido Parra comenzaba a reclamar su presencia dentro del negocio familiar.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde que tuvo conciencia \u2013es decir, temor\u2013 de que ese escenario era cada vez m\u00e1s ineludible, hizo esfuerzos por demostrar su incapacidad total en el \u00e1mbito de la comercializaci\u00f3n de bienes, sobre todo en un negocio tan exigente y tan poco valorado, como lo era el de retretes, lavamanos y accesorios para ba\u00f1os. Contrario a lo que pudiera creer el com\u00fan de las gentes, este era un negocio limpio donde predominaba el olor puro a porcelana virgen. Era el lado inmaculado de la plomer\u00eda y las cloacas, su reverso pero tambi\u00e9n su careta, su l\u00edmpida puerta de entrada. Al menos eso era lo que ocasionalmente le dec\u00eda su padre en las sobremesas para hacerlo sentir c\u00f3modo ante el futuro que Mat\u00edas ve\u00eda irrevocable en ese entonces. \u201cEl negocio de los retretes es el m\u00e1s limpio que hay, m\u00e1s que el de la papeler\u00eda incluso. No hay nada m\u00e1s limpio que una poceta sin estrenar\u201d. Y era cierto, aunque ello no le sirvi\u00f3 para infundirle los \u00e1nimos suficientes que le permitieran agarrarle gusto a convertirse en el sucesor del se\u00f1or Parra (apelativo con el que deb\u00eda llamar a su propio padre puertas adentro de la f\u00e1brica).<\/p>\n\n\n\n<p>El \u00fanico medio que ten\u00eda para librarse durante al menos un lustro de aquel tedioso trabajo era realizar estudios universitarios y obtener una licenciatura, tal como lo hab\u00edan sugerido reiteradas veces el se\u00f1or Parra y la se\u00f1ora Parra de Parra.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Mat\u00edas la verdad no quer\u00eda ni lo uno ni lo otro. Se hab\u00eda encari\u00f1ado con la placidez de su rutina de bachiller en r\u00e9gimen completo de manutenci\u00f3n, alterada solo cuando sal\u00eda de su hogar para ir a comprar libros usados y pel\u00edculas en la plazoleta de la cinemateca, o cuando daba un paseo para ver alguna exposici\u00f3n en los museos de la zona de Bellas Artes. All\u00ed descubri\u00f3 que los urinarios pod\u00edan ser, en algunos momentos de la Historia, una pieza de arte, y poco despu\u00e9s empez\u00f3 a creer que la empresa bacinillesca de su familia era el preludio de una vida que \u00e9l mismo podr\u00eda consagrar a la creaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue en esa \u00e9poca cuando abri\u00f3 su memorable blog cuya primera entrada fue: \u201cNo nac\u00ed rodeado de cuadros de pintura flamenca o entre lomos dorados de versos latinos, sino inmerso en esta variante endeble del m\u00e1rmol, aposento de pensadores reposados\u201d. Empez\u00f3 entonces a imaginarse la f\u00e1brica de los Parra como el reverso del viejo chiste del urinario: la factor\u00eda familiar que produc\u00eda en serie piezas art\u00edsticas de porcelana era el museo; y por tanto all\u00ed, en medio de esas series de fr\u00edos cremas y marfiles, un \u00f3leo (pongamos por caso el de la vista de Delf o el de la blonda altivez de Carlota Corday) ser\u00eda la nota discordante y escandalosa. Pero su sue\u00f1o se le escap\u00f3 mientras bajaba la palanca y un remolino en direcci\u00f3n horaria se llev\u00f3 consigo sus ideas aunque sin arrebatarle ese germen que empez\u00f3 a convulsionarle el esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p>Si bien no insisti\u00f3 en esa idea espec\u00edfica, pues a los d\u00edas empez\u00f3 a parecerle primero inviable, y luego rid\u00edcula, s\u00ed inici\u00f3 una evaluaci\u00f3n consciente de su esp\u00edritu, lo puso en perspectiva; le hizo preguntas a trav\u00e9s del verso libre y del verso encadenado, territorios donde se vio vapuleado una y otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>Yermo, fetal (todo yema y todo clara a\u00fan), la \u00fanica certeza que intuy\u00f3 es que deb\u00eda romper el hilo geneal\u00f3gico pese al riesgo (o deseando precisamente eso) de quedar dando tumbos ciegos en el laberinto de una orfandad deliberada.<\/p>\n\n\n\n<p>Aprovechando entonces la tregua concedida (en la que los a\u00f1os de estudio en la Universidad lo mantendr\u00edan alejado de la empresa de los Parra), la emple\u00f3 para liberarse de una esclavitud heredada y bien remunerada. Y creyendo eludir el destino que le tocaba, se entreg\u00f3 a cumplirlo cabalmente.<\/p>\n\n\n\n<p>No le confes\u00f3 a sus padres que la prueba de admisi\u00f3n que present\u00f3 fue para matricularse en la carrera de Letras, sino que les hizo creer que estudiaba Ingenier\u00eda Civil. Para hacer m\u00e1s veros\u00edmil su papel aprendi\u00f3 ciertos tecnicismos b\u00e1sicos del \u00e1rea como barreno, anclaje, plaf\u00f3n, bit\u00e1cora de la obra, zapatas, bru\u00f1a, polines y largueros, los cuales empleaba sin ning\u00fan tipo de rigor, ni mesura en las conversaciones m\u00e1s anodinas. Tambi\u00e9n lleg\u00f3 a sacar de la biblioteca de la Universidad algunos gordos manuales de C\u00e1lculo y Metalurgia, los cuales iba rotando por distintos puntos de la casa para magnificar su visibilidad. A veces la tenacidad de su descaro llegaba a sorprenderlo; hubo momentos en los que hizo enrojecer de orgullo a sus padres en presencia de un invitado al prometer que reinventar\u00eda el negocio de las pocetas y urinarios en toda Am\u00e9rica Latina con sus conocimientos ingenieriles, y dicho esto \u2013sobre el primer papel a la vista, como un caricaturista pose\u00eddo en sodom\u00eda por el esp\u00edritu de Picasso\u2013 improvisaba bocetos que no se entend\u00edan, pero que auguraban gloria.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese fingimiento no tuvo que durar m\u00e1s de un semestre, ya que cuando la empresa de tres generaciones de los Parra (que su difunto abuelo resum\u00eda con una frase ambigua que a\u00fan sigue intrigando a la familia: \u201cAl venezolano le gusta cagar bien\u201d) fue confiscada por el Estado para convertirla en un dep\u00f3sito abandonado o para atiborrar de blandos mojoncitos los urinarios que a\u00fan quedaban en inventario, Mat\u00edas le dijo a sus pap\u00e1s que cambiar\u00eda la ingenier\u00eda por las letras para evitar traumas colaterales; pero a los se\u00f1ores Parra les dio igual el camino que tomase su hijo, como si sus genes se hubiesen extinguido con la empresa.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;<strong>&nbsp;<\/strong>&nbsp;<br>&nbsp;<strong>&nbsp;<br>&nbsp;<\/strong>Justo al comienzo de la debacle del patrimonio material y espiritual de su familia y de su pa\u00eds fue que Mat\u00edas empez\u00f3 a recoger conchas marinas urbanas sin a\u00fan tener conciencia de qu\u00e9 proyectar\u00eda hacer con ellas. Comenz\u00f3 primero con una libreta donde copiaba los grafitis de los ba\u00f1os de la Universidad. Recopil\u00f3 en esas sudadas p\u00e1ginas buena parte del refranero popular que pontificaba sobre la igualdad de los seres humanos en los menesteres ineludibles del cagar, apuntaciones sobre el hecho mismo de cagar y las implicaciones sociales que este redentor acto tiene, se\u00f1alamientos todos que Mat\u00edas bautiz\u00f3 como \u201cdestellos prolongados de la fase anal\u201d. Luego decidi\u00f3 incluir en su libreta los textos de los ba\u00f1os que trataban otros t\u00f3picos: resistencia civil, citas literarias, frases apocal\u00edpticas parodiadas de los evangelios, denuestos y amenazas hacia profesores y figuras gubernamentales. Despu\u00e9s incorpor\u00f3 las referencias sexuales en las que se invitaba a discretas felaciones gratuitas o a muy bajo precio, as\u00ed como ofertas de beso negro a quien llamara al ap\u00f3crifo n\u00famero telef\u00f3nico anexo. Para \u00e9l, esa libreta val\u00eda m\u00e1s que todos los apuntes de clases que hab\u00eda hecho hasta entonces.<\/p>\n\n\n\n<p>Si hubiese acudido a un psic\u00f3logo, este le hubiese dicho que su obsesi\u00f3n por la fraseolog\u00eda de urinarios era un trauma profundo causado por la ruina del negocio mingitorio de sus ancestros, ca\u00edda de la que \u00e9l se sent\u00eda culpable porque en el fondo siempre dese\u00f3 que la empresa de retretes que le dio de comer se fuera, en un colmo mayor, al ca\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando su libreta se llen\u00f3, pas\u00f3 a recopilar textos impresos de avisos, de folletos y luego lo dem\u00e1s: \u201ctodos aquellos discursos desechables, microcosmos laterales que ya nada dec\u00edan al menos que se les rescatara del olvido, se les limpiara, se les cuidara del sol y de los elementos y luego, con calma, se les interrogara. De ese di\u00e1logo que a\u00fan no soy capaz de imaginar nacer\u00e1 una obra que tampoco soy capaz de vislumbrar en su integridad, pues si pudiera hacerlo desde ya, no ser\u00eda necesario dar aquel paso inicial\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Su estad\u00eda en la Universidad no se reduc\u00eda nada m\u00e1s que a recolectar insumos para su obra, o para fingir (mal tatuado y peor afeitado) que era un artista a punto de consumarse. Hab\u00eda unos cuantos detalles que lo seduc\u00edan tenuemente. De las clases siempre lo embriag\u00f3 el roce met\u00e1lico de los pupitres al ser arrastrados por el suelo, sonido invariable como el de una orquesta que afina antes de que el director haga su entrada, el sonido de la tiza al deslizarse y al tiempo deshacerse sobre el pizarr\u00f3n, el olor mezclado de varias marcas de cigarrillos durante las clases dedicadas a poetas polacos, las lentas divagaciones de la profesora Mila sobre Dante, el borrador de tela que desempolvaba la descolorida pizarra en la que horas antes, como un palimpsesto, se hab\u00edan escrito los nombres de Kafka, de Camus, de James, de Onetti y m\u00e1s abajo a\u00fan, en otra capa de polvo ya diluida, se pod\u00eda leer quiz\u00e1 la palabra Albatros.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin duda lo que m\u00e1s colapsaba sus sentidos era la presencia siempre esquiva de Eva Lozada. \u00a1C\u00f3mo quiso acerc\u00e1rsele para hablarle de sus reflexiones blogu\u00edsticas, de sus experimentos art\u00edsticos, de sus vaivenes en la p\u00e9rdida y la recuperaci\u00f3n de la fe, de sus dilemas irresolutos entre ascender por la cumbre de Pascal o despe\u00f1arse por el acantilado de Khayyam, de la inquietud de no haber entendido a ninguno de los dos y de la inquietud de que eso no lo inquietara, de c\u00f3mo le gustaba posicionar sus tres almohadas para poder conciliar el sue\u00f1o, de los viajes por el mundo que siempre hab\u00eda querido hacer, de su regusto por los libros usados de duras p\u00e1ginas amarillas, de lo econ\u00f3micos que son si se les sabe buscar; hablarle tambi\u00e9n de los olores, de los aromas que imaginaba de ella, de sus dudas sobre el olor a\u00fan ignorado de la humedad de una mujer! No tendr\u00eda reparos, se dec\u00eda (esta vez sin escribirlo en su blog por razones de lesa dignidad) en confesarle su pureza casi newtoniana, pero sin revelarle, claro estaba, su fren\u00e9tico onanismo y su ya sosegada adicci\u00f3n por el <em>hentai<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s que saber de ella, m\u00e1s que interrogarla o descubrirla, sent\u00eda la compulsi\u00f3n de derramar sobre ella en agitadas arias todas las historias que \u00e9l hab\u00eda construido sobre s\u00ed mismo. Claro que quer\u00eda o\u00edr tambi\u00e9n su voz, pero no para saber de Eva, sino para que ella asintiera, comentara, extrapolara e hiciera notas a sus pies. Pero nunca llegaron a hablar, de hecho Mat\u00edas nunca lleg\u00f3 a escuchar su voz y se le empez\u00f3 a volver un misterio, un deseo de saber cu\u00e1l era su tesitura. Sab\u00eda que no era muda, porque a lo lejos la miraba re\u00edrse y departir con otros compa\u00f1eros; pero como \u00e9l no se atrev\u00eda a hablarle, rezaba para que un profesor la interrogase en clase y as\u00ed ver expuestas (m\u00e1s all\u00e1 de la ignorancia o sabidur\u00eda de sus palabras) las notas de sus cuerdas vocales.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero eso tampoco ocurri\u00f3; as\u00ed que Mat\u00edas se dedic\u00f3 a admirarla como a una escultura. \u201cMe he dedicado a explorar sus bien cinceladas partes, sus calc\u00e1reos astr\u00e1galos, sus desenredados nudillos, sus g\u00e9lidas tibias, el terso pellejo de sus codos, sus dentadas clav\u00edculas, sus inquebrantables r\u00f3tulas, las cinco constelaciones de pecas que le he contabilizado en su cutis, las lacias molduras de sus axilas cerradas, los hilillos de infantil pelo que en la parte alta de su nuca preceden a su turbulenta cabellera\u2026\u201d, se desahogaba Mat\u00edas en su blog.<\/p>\n\n\n\n<p>Quer\u00eda aprend\u00e9rsela de memoria, estudiarla como si la fuese a pintar. Nunca se atrevi\u00f3 a pensarla en el secreto de sus manos sudorosas, aconsejado por el viejo adagio escolar que vaticinaba que las mujeres que son evocadas durante faenas solitarias quedan excluidas (por alg\u00fan augurio perverso) de la realizaci\u00f3n del placer carnal mutuo. Advertencia que se prometi\u00f3 no desobedecer esta vez, ya que se le hab\u00eda demostrado como cierta, en vista de que en tiempos pasados lleg\u00f3 a agotar en esos apresurados menesteres a todas las f\u00e9minas de su urbanizaci\u00f3n y colegio, a las que por supuesto no lleg\u00f3 a palparles la piel.<\/p>\n\n\n\n<p>Invirti\u00f3 tiempo y paciencia en tratar de hacerse con un asiento que le permitiera contemplar a Eva de cerca para recapitularla o continuar descubriendo promontorios, planicies u honduras en los cuales deleitarse. Una efervescencia que le sub\u00eda desde el ano hasta el coraz\u00f3n, demor\u00e1ndose en breves remolinos estomacales, lo embargaba cada vez que ella inundaba el sal\u00f3n con la emanaci\u00f3n de su blanca piel salpicada de sol. En las clases que ten\u00edan en com\u00fan intent\u00f3 poco a poco irse acercando de puesto en puesto al asiento (siempre impredecible) que preced\u00eda a su cuello o la parte baja de su coxis donde se iniciaba la profunda bifurcaci\u00f3n de su nalgas y se pod\u00eda vislumbrar parte de un tatuaje que parec\u00eda ser una secuencia de n\u00fameros, o quiz\u00e1 de n\u00fameros y palabras, como vers\u00edculos b\u00edblicos. (\u00a1Ay!, si el vergonzoso tatuaje de \u00e9l no fuese tal que tuviera que mantenerlo en silencio bajo tela, tendr\u00eda all\u00ed un fruct\u00edfero tema en com\u00fan para arrebatarle a Eva una mirada y un comentario).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no logr\u00f3 ese sitial y lo m\u00e1s cerca que pudo estar de su muda Eva fue siempre dos asientos delante de ella. De alg\u00fan modo, esos movimientos para acerc\u00e1rsele de pupitre en pupitre, respond\u00edan a una t\u00e1ctica de ajedrez en cuyo tablero se enfrentaba un pe\u00f3n de movimientos t\u00edmidos y limitados frente a una reina desde\u00f1osa que jugaba a confundir y cansar. A pesar de las limitaciones que le confer\u00eda el escenario, era ese el modo como quer\u00eda acercarse a Eva, cumpliendo su propio protocolo de reglas establecidas; y as\u00ed, luego de posicionarse detr\u00e1s de ella \u2013no encima\u2013 le susurrar\u00eda a su o\u00eddo el trazado de la cuadr\u00edcula y todos los complicados movimientos que durante meses habr\u00eda estado ejecutando: un aut\u00e9ntico luchador peso Werther.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jesus-miguel-soto\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jes\u00fas Miguel Soto &nbsp;Con el mec\u00e1nico temblor que se apropiaba de sus m\u00fasculos menores cuando estaba en un espacio abierto y rodeado de personas, Mat\u00edas Parra arranc\u00f3 la p\u00e1gina del peri\u00f3dico y se dedic\u00f3, m\u00e1s que a doblarla, a reducir su per\u00edmetro al contorno de una flor marchita. 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