{"id":16567,"date":"2025-06-26T14:37:07","date_gmt":"2025-06-26T19:07:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16567"},"modified":"2025-06-26T14:37:07","modified_gmt":"2025-06-26T19:07:07","slug":"clamor-campesino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/clamor-campesino\/","title":{"rendered":"Clamor Campesino"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juli\u00e1n Padr\u00f3n<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>I El general Saturio Cuaima<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El valle del Guarapiche limita por el cielo con las monta\u00f1as. Y des- de el fondo del valle por donde corre el r\u00edo m\u00edranse a lo lejos las cimas del Turimiquire y las Lagunas con su elevada meseta de Cocollar; los cerros de Los Corocillos, La Cagua y la Loma de la Virgen con sus sabanas de pastos; la fila de La Cuchilla y los cerros de Periquito con sus faldas que vienen a morir a los pies de la Cueva del Gu\u00e1charo; la monta\u00f1a de El Aguacate con sus valles de Teres\u00e9n; la mole azul de Cerro Negro y las monta\u00f1as de La Guanota y Santa Mar\u00eda que encierran las mesetas de San Agust\u00edn. Y m\u00e1s cerca los peque\u00f1os cerros de El Copey, El Per\u00fa, la Cueva del Gu\u00e1charo y Buena Vista, que son las campanas de la peque\u00f1a iglesia del valle extendido en el fondo de todas aquellas alturas y a lo largo del r\u00edo Guarapiche. Y detr\u00e1s de todas las cimas, m\u00e1s all\u00e1, el mar Caribe, los Golfos de Paria y de Cariaco, Los Llanos, el Orinoco y el Ca\u00f1o San Juan.<\/p>\n\n\n\n<p>En medio del valle se levantan las oficinas de la hacienda La Trinidad. Un arroyo del mismo nombre baja de la monta\u00f1a y viene a regar los terrenos de sus m\u00e1rgenes, donde los plant\u00edos de ca\u00f1as y frutos menores verdean bajo la sombra de \u00e1rboles frutales. Pero antes que el arroyo pasara de largo frente a las casas, la voluntad del due\u00f1o de aquellas tierras enrumb\u00f3 una parte de sus aguas, deriv\u00e1ndolas por un canal de ladrillos hacia la turbina que mueve el ingenio de ca\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el general Saturio Cuaima se radic\u00f3 en el valle del Guarapiche hab\u00eda por todas partes multitud de peque\u00f1as y medianas propiedades y ranchos de conuqueros dispersos entre el monte como venados. Al principio tuvo que internarse en la monta\u00f1a obligado a huir de las fuerzas del Gobierno que lo persegu\u00edan desde la lejana capital del estado. Y en el va- lle, protegido por la selva, levant\u00f3 su vivienda, dispuesto al menor asalto a esconderse en la monta\u00f1a para salvarse del tirano de su tierra. M\u00e1s de una vez tuvo que hacerlo as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>A todo lo largo del curso del Guarapiche y a uno y otro lado de las riberas del r\u00edo se extienden las haciendas de ca\u00f1as. El Guarapiche viene desde las Lagunas, y de los otros cerros y monta\u00f1as bajan a acompa\u00f1arlo multitud de r\u00edos, riachuelos y quebradas que van engrosando aquel peque\u00f1o cauce, al principio s\u00f3lo un arroyo blanco y fr\u00edo. Hay un momento en la geograf\u00eda local en que parece que los cerros no quisieran dejar pasar el r\u00edo, pues uno de ellos, alto y p\u00e9treo, se interpone en su camino. Pero la pr\u00f3diga naturaleza abri\u00f3 las entra\u00f1as del cerro, y un largo t\u00fanel sin techo para dejar que el cielo se mirara en sus aguas, da paso al Guarapiche y recibe el nombre de Las Puertas, al mismo tiempo que el r\u00edo bautiza con su nombre el valle donde desemboca. Desde aqu\u00ed vienen entonces a aumentar el caudal de sus aguas los r\u00edos que dan nombre a los valles vecinos. Y como tributo de la tierra a la generosidad del Guarapiche por darle la gracia de sus aguas, de una piedra enorme del cerro que limita los valles de Trist\u00e9 y Campo Alegre, mana un caudaloso arroyo, que tiene m\u00e1s de mil metros de extensi\u00f3n, para ir a aumentar las aguas del r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre tanto las cosas de su pa\u00eds y las cosas de Cuaima empezaron a cambiar. Alguna tregua del tirano en su persecuci\u00f3n y cierta indiferencia del Presidente del Estado le permitieron asentarse en aquellas tierras, y, aprovechando una reconciliaci\u00f3n pol\u00edtica llamada amnist\u00eda, se qued\u00f3 all\u00ed, al parecer entregado a las labores agr\u00edcolas. Entonces tornose Saturio Cuaima en el caudillo de s\u00ed mismo, y se puso a sembrar ca\u00f1as en aquellas vegas y a apropiarse m\u00e1s all\u00e1 de los conucos de los campesinos, a. medida que el Gobierno le daba garant\u00edas bajo la condici\u00f3n de vigilar a los revolucionarios de la regi\u00f3n, a la vez que acusaba tierras bald\u00edas en los alrededores del valle. As\u00ed logr\u00f3 al cabo de algunos a\u00f1os formar un vasto latifundio en el cual fomentaba una gran hacienda de ca\u00f1a, caf\u00e9 y ganado.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, s\u00f3lo desde la loma que domina los edificios se pueden divisar algunos linderos de La Trinidad. Por los cuatro vientos limitan la propiedad del general Saturio Cuaima las filas de las monta\u00f1as que hacen horizonte contra el cielo, y en muchas partes la voz que se\u00f1ala tiene que pasar por encima de una fila para decir que el lindero no es la que se mira, sino la que est\u00e1 por detr\u00e1s de aqu\u00e9lla.<\/p>\n\n\n\n<p>En todos estos hermosos y f\u00e9rtiles valles poblados de caser\u00edos, se extienden las haciendas de ca\u00f1a y los conucos de frutos menores. Unas producen papel\u00f3n y otras aguardiente y, seg\u00fan las circunstancias del mercado, las peque\u00f1as venden a las grandes sus mieles para la fabricaci\u00f3n de ron. Todos los terrenos de estos valles son propicios para ca\u00f1as, pero aseguran los campesinos que Guarapiche abajo, a partir de Las Puertas, los terrenos son todav\u00eda mejores, lo que da una gran preponderancia a las tierras del valle del Colorado. Sin embargo, aseguran otros, ca\u00f1a es planta de vega y no hay vegas mejores que las de Guarapiche, cuyas tierras son tan buenas que producen al mismo tiempo la ca\u00f1a para el ron y el berro para el gusto.<\/p>\n\n\n\n<p>En la lejan\u00eda la monta\u00f1a parece inm\u00f3vil, apenas con se\u00f1ales de vida en las copas de los grandes \u00e1rboles que se mecen y dan un nuevo verde bajo la direcci\u00f3n de la brisa. En esa monta\u00f1a est\u00e1n las haciendas de caf\u00e9 del general Saturio Cuaima, cuyo fruto va a concentrarse en el patio de otra oficina. Y disperso bajo la monta\u00f1a el mundo de los cogedores, con el canasto colgado de los hombros, realiza el trabajo que produce su comida y la prosperidad del general Cuaima y su familia.<\/p>\n\n\n\n<p>Bajo el sol que cae sobre el patio llegan de la monta\u00f1a unos peones con burros cargados de caf\u00e9 maduro. El valle alrededor de la oficina verdea con todos los verdes. Entre el ruido del rastrillo sobre el patio de caf\u00e9, las voces de los hombres y el sonido del agua que mueve la turbina, domina el ruido del trapiche que derrama en las pailas el guarapo, y el de la trilla, que bota en las cajas el grano, mientras las conchas van a caer al arroyo. Por eso hasta las casas el agua del arroyo es blanca y de all\u00ed en adelante el lecho est\u00e1 cubierto de conchas de caf\u00e9, que se ponen negras con los d\u00edas, y las aguas se miran renegridas sobre las piedras y tienen un sabor amargo. Pero el mismo lecho del arroyo las purifica filtr\u00e1ndolas en la arenilla del cauce, y m\u00e1s adelante los vecinos la toman para beber.<\/p>\n\n\n\n<p>El amo de aquellas vastas tierras es un monta\u00f1\u00e9s de unos cincuenta a\u00f1os, genuino hombre de campo, de mediana extracci\u00f3n social. De regular estatura y fuerte complexi\u00f3n, su rostro mong\u00f3lico es de ojillos peque\u00f1os y vivos, aparentemente m\u00e1s peque\u00f1os y menos vivos por el peso de los p\u00e1rpados. Tiene toda la vida condensada en aquella mirada oblicua, que infunde miedo bajo la cabeza cuadrada coronada por un cabello negro y liso de indio.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 hago con los hombres que est\u00e1n en el calabozo, general? -pregunta Leopoldo Pinza, el jefe de los mayordomos de la hacienda. -Dentro de unas horitas les vamos a abrir las puertas.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque el general Saturio Cuaima es bueno con los hombres aficionados al aguardiente, sobre todo si son trabajadores como \u00e9l, que se entreg\u00f3 a fomentar aquella propiedad, y por lo que ahora se puede dar el gusto de divertirse en parrandas.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso lo puede hacer el general con m\u00e1s derecho que nadie en todo el Estado. Para eso tiene dinero, poder y amigos incondicionales que lo acompa\u00f1an y lo cuidan. Amigos m\u00e1s que amigos, porque qui\u00e9n sabe cu\u00e1ntos de aquellos hombres que trabajan con \u00e9l en la hacienda son sus hijos. Hablando con el hombre que lleva oculto detr\u00e1s de aquellos ojos taimados, el general sabe que uno de los que m\u00e1s han contribuido a aumentar la poblaci\u00f3n de su hacienda y el n\u00famero de los peones, es Cuaima, el general Saturio Cuaima. \u00bfEn qu\u00e9 casa o rancho de La Trinidad no entra \u00e9l cuando quiere y a la hora que le da la gana?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfCu\u00e1ntas casas de aquellas que forman el caser\u00edo y pueblan la monta\u00f1a no son de su propiedad?<br>Detr\u00e1s de los edificios exti\u00e9ndense los campos de ca\u00f1a, con sus tablones divididos por hileras de pl\u00e1tanos o de mangos, entre los cuales pasa el sendero que conduce a cada uno de ellos. All\u00ed se destacan los tablones ya cortados, con su color de hoja seca, donde empiezan a brotar los reto\u00f1os. M\u00e1s all\u00e1, los de plantilla, de ca\u00f1as tiernas con nudos cortos, que parecen las piernas de una ni\u00f1a. En otra parte los tablones a cuyas ca\u00f1as se les ha dado la primera limpia. Y por fin los tablones de corte, donde a las seis de la ma\u00f1ana, con los primeros rayos del sol, los cortadores doblan el lomo y empiezan la brega tumbando cepas, limpiando el tallo, cortando el cogollo, y lanzando las ca\u00f1as a un sitio donde se forman los montones. Despu\u00e9s vienen los burros de la hacienda, arriados por los cargadores, y \u00e9stos las meten entre los garabatos colgantes del sill\u00f3n y las llevan al trapiche. Aqu\u00ed descargan los haces y tiran las ca\u00f1as a la pila, de donde los molenderos las van tomando para meterlas entre las mazas. Estas giran por la fuerza de los caballos o del motor, y de un lado va saliendo el chorro de guarapo, que pasa a una canoa para despu\u00e9s seguir a las pailas; mientras por el otro sale el bagazo, que se transporta a los patios y despu\u00e9s de seco ir\u00e1 a alimentar el fuego. El guarapo hierve, mientras los paileros, con el remill\u00f3n, van quitando la cachaza y ech\u00e1ndola en una canoa colocada en una esquina del tren de pailas. El fuego hace sudar la cara de los paileros, a pesar de que por debajo de las pailas tiene su respiradero hacia el torre\u00f3n, que bota al aire el humo y el rescoldo.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde los cerros todo el valle del Guarapiche se mira como una sola hacienda de ca\u00f1a sembrada en la superficie de las vegas del r\u00edo, apenas interrumpida por los plant\u00edos de ma\u00edz, yuca y otros frutos menores en las partes altas, y por los cortes de yerba y los latales en las orillas de los ca\u00f1os y brazos del r\u00edo. El r\u00edo corre por la pata de los cerros o por en medio de las vegas, bot\u00e1ndose sobre las playas de arena o custodiado por los latales espigados de las orillas. Entre los cerros poblados de conucos, con su rancho en las faldas, y sus potreros en la cumbre, donde pastan los animales de las haciendas, al\u00e1rgase el valle, unas veces extenso, cuando los cerros se separan para irse hacia lejanos lugares, y otras angosto, cuando los cerros se juntan en los banqueados y meten en cintura al r\u00edo, cuyo cauce es entonces todo el valle. M\u00e1s all\u00e1, lejos y contra el cielo, se levantan las cimas de las monta\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Un caser\u00edo de unos mil habitantes se fund\u00f3 alrededor de La Trinidad. Un caser\u00edo cuyo jefe es Saturio Cuaima, investido por el Gobierno con las atribuciones de Comisario y autorizado para portar armas y ar- mar a sus espalderos y capataces, y para impartir justicia sobre sus vecinos. Un caser\u00edo que no puede comprar ni vender sino en la bodega de la hacienda.<\/p>\n\n\n\n<p>Alrededor de la pulper\u00eda a\u00fan se ven las huellas de los hombres y animales que ayer domingo vinieron a arreglar su cuenta de la semana y a gastar el saldo favorable en art\u00edculos para la casa y en ron. Bajo un \u00e1rbol est\u00e1n las cenizas del fuego donde se hizo un gran almuerzo y se frieron los chicharrones del marrano reci\u00e9n muerto. Y en un caney cercano se miran las manchas de sangre del novillo que se mat\u00f3 para suministrarle carne al peonaje.<\/p>\n\n\n\n<p>En la colina del valle, rodeadas del verde de los \u00e1rboles y del color de los rosales y de las trinitarias florecidas, se alzan las casas y las oficinas de las haciendas. En las casas, a orillas del camino real, vive la familia de los hacendados. Sus paredes encaladas, su piso de ladrillos y sus techos de teja roja, las destacan entre el conjunto de los ranchos de los campesinos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fondo de las casas se levantan las oficinas. El trapiche es un largo caney donde se halla instalado el molino, con sus mazas de madera o de hierro, que muelen las ca\u00f1as movidas por fuerza animal o fuerza motriz. En una punta del caney est\u00e1n situadas las pailas, que con fuego directo de madera y bagazo cuecen el jugo destinado a fabricar papel\u00f3n o aguardiente. Alrededor del caney se arruman las pilas de bagazo, que durante el d\u00eda se sacan a los patios para que las seque el sol. Y en la prolongaci\u00f3n del tren de pailas se alza fuera del caney el torre\u00f3n por donde sale hacia el cielo el humo de la candela que cuece el guarapo.<\/p>\n\n\n\n<p>En la oficina del alambique est\u00e1 instalado el aparato de destilaci\u00f3n. En la pieza contigua se encuentran las dos hileras de cubas de la bater\u00eda donde fermentan las mieles. Y en el dep\u00f3sito se hallan las barricas de aguardiente, semejantes a las cubas, en cuyas paredes exteriores figura el n\u00famero de litros de su capacidad y la llave de cobre goteando sobre el embudo del barril. Y en un rinc\u00f3n del corredor est\u00e1 una peque\u00f1a mesa donde se escriben las cartas, se llevan los libros de contabilidad y se llenan los esqueletos de las gu\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>En el patio de La Trinidad, de unos cien metros cuadrados, se yergue la figura del general Saturio Cuaima y las de los peones que trabajan en la labor de extender el bagazo para secarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>-La bebez\u00f3n como que fue grande ayer. Todav\u00eda se les mira el estrago en la cara y en esa flojera que les corre por todo el cuerpo -dice el general.<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres, sinti\u00e9ndose descubiertos, pretenden desmentir las palabras del general activando el trabajo, que se oye rendir en las ganas con que de pronto comienzan a darle al rastrillo para extender el bagazo; mientras los otros apresuran la labor de echar el verde al patio y de ir apilando el seco de las partes en que ya se ha asoleado lo suficiente.<\/p>\n\n\n\n<p>-En el calabozo hay unos diez arrestados-responde pausadamente el mayordomo Leopoldo Pinza-. Son de los que formaron m\u00e1s bochinche, y hubo que encerrarlos para que no se cayeran a machetazos.<\/p>\n\n\n\n<p>La molienda acapara toda la intensidad de la faena campestre. Los tirantes del trapiche crujen bajo el esfuerzo de los caballos arreados por el l\u00e1tigo y los cantos del muchacho molendero, como crujen las ca\u00f1as trituradas por las mazas del trapiche. Los paileros cantan canciones r\u00fasticas, mientras los cargadores de ca\u00f1a cuentan cuentos al tiempo de descargar los haces y apilarlos. Los molenderos gritan al muchacho que arree los caballos, o dicen una groser\u00eda cuando las mazas por un tris no les muele una mano descuidada. Los cargadores de bagazo maldicen cuando pi- san las pilas h\u00famedas y resbalan. El fogonero abre la puerta del horno y da un salto atr\u00e1s empujado por el rescoldo de las llamas; luego toma un palo, empuja el bagazo quemado y lanza adentro una brazada de le\u00f1a o de bagazo seco, y envuelto en humo cierra la tapa del horno. El guarapo contin\u00faa su ebullici\u00f3n en las pailas, y es necesario trasegar a la canoa la cachaza que aumenta. En una de las pailas el guarapo ha llegado a punto de miel y comienza a hervir lanzando al aire gotas de melado que levantan una llaga si caen en la piel. Ya el \u00abfondo\u00bb est\u00e1 a punto de tirarse, y el pailero le echa unos pu\u00f1ados de cal para clarificarlo. El pailero trasiega a una canoa grande el melado, y all\u00ed otro hombre con una pala de madera como un remo comienza a batir el melado hasta ponerlo amarillo y en punto de melcocha. Entonces llama a los dos peones que van a coger papel\u00f3n, los cuales se sientan frente al hornero con sendas cucharas de palo en las manos, y van echando el melado en las hormas que, humedecidas en un balde, les pasa un muchacho. Tarea de veteranos, pues se debe tomar en la cuchara la capacidad justa de la horma, ya que si se coge menos el papel\u00f3n sale quebrado, y si se coge m\u00e1s, la melcocha que desborda produce horribles quemaduras en las manos.<\/p>\n\n\n\n<p>En el edificio del alambique la faena se desarrolla de otra manera, sin la rapidez ni la intensidad de acci\u00f3n que requiere la molienda, y tambi\u00e9n sin los cantos ni los chistes que le prestan a \u00e9sta un sabor de fiesta dentro del trabajo. Los cargadores de miel transportan a las cubas las mieles que se han cocido durante el d\u00eda. En las cubas comienza la fermentaci\u00f3n, y cuando llega al grado m\u00ednimo vierten las mieles fermentadas por un canal de madera en la caldera del alambique y atizan el fuego. Hierven las mieles en la caldera y comienza la evaporaci\u00f3n del alcohol, que por refrigeraci\u00f3n en el serpent\u00edn se condensa y sale por el chorro a llenar los barriles. Despu\u00e9s el alcohol se combina con agua hasta obtener el grado de aguardiente, que va a los toneles del dep\u00f3sito, de donde se llenan los barriles para los detales de licores.<\/p>\n\n\n\n<p>Y al d\u00eda siguiente, como la noria del trapiche que los caballos hacen girar desde la madrugada, las faenas de la hacienda comienzan con el mismo ritmo, que hace del campesino trabajador la palanca que mueve la naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>En el corredor de la casa que da frente a uno de los lados del patio, sobre cuyos pilares y tarimas florece una hermosa trinitaria roja, aparece una muchacha que llama con su voz m\u00e1s cari\u00f1osa:<br>-Pap\u00e1, el almuerzo est\u00e1 en la mesa.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ya voy, Carmen.<\/p>\n\n\n\n<p>El general Cuaima se separa de los peones que trabajan en el patio, mientras la muchacha se dirige al interior de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>-Vamos a soltar a esos mu\u00e9rganos, Pinza-le dice al mayordomo. Los dos hombres se dirigen hacia la casa de familia y pasando por el corredor caminan hacia el calabozo, que est\u00e1 construido en el jard\u00edn de aqu\u00e9lla, frente al camino y a la orilla del arroyo. El calabozo es un cuadrado de cemento techado del mismo material, que por una cruel paradoja se encuentra rodeado de trinitarias y de las m\u00e1s bellas flores del jard\u00edn que con tanto amor cultiva la hija del general Cuaima.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegan frente al calabozo. Leopoldo Pinza saca del bolsillo un manojo de llaves y abre con la m\u00e1s grande el candado de hierro que guarda la puerta de pesada madera. Los hombres encerrados van saliendo del fondo oscuro de aquella prisi\u00f3n, que echa sobre el jard\u00edn su bocanada de oscuridad y de torpeza humana.<\/p>\n\n\n\n<p>-Por esta vez los tuve no m\u00e1s que una noche -les dice el general Cuaima-. Pero la pr\u00f3xima vez que me formen esc\u00e1ndalos los voy a mandar presos para la Jefatura.<\/p>\n\n\n\n<p>-Muchas gracias, general-murmuran a un tiempo los peones saliendo del calabozo, con cierto aire de esclavitud que les inyect\u00f3 la prisi\u00f3n bajo los efectos del alcohol.<\/p>\n\n\n\n<p>El general Saturio Cuaima se dirige al interior de la casa al dispersarse los hombres por el camino, al mismo tiempo que Carmen aparece en el corredor del jard\u00edn llam\u00e1ndolo nuevamente:<\/p>\n\n\n\n<p>-Pap\u00e1, que se te va a enfriar el almuerzo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y al comp\u00e1s de sus pasos y de los del mayordomo, el general murmura:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Estos mu\u00e9rganos no hacen sino buscarme vainas!<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/julian-padron\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juli\u00e1n Padr\u00f3n I El general Saturio Cuaima El valle del Guarapiche limita por el cielo con las monta\u00f1as. 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