{"id":16477,"date":"2025-06-17T19:15:57","date_gmt":"2025-06-17T23:45:57","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16477"},"modified":"2025-06-17T19:15:57","modified_gmt":"2025-06-17T23:45:57","slug":"la-isla-de-robinson","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-isla-de-robinson\/","title":{"rendered":"La isla de R\u00f3binson"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arturo Uslar Pietri<\/h4>\n\n\n\n<p>TODO empez\u00f3 con un barbero. Un sargento rapabarbas que iba a domicilio a afeitar ciertos clientes importantes. Con la guerrera de dos colores, la polaina apretada, las bocamangas con botones de cobre. Una peque\u00f1a corona real en cada bot\u00f3n. El tricornio sobre la mesa y la navaja en la mano erguida, inclinado sobre el cuello peludo y jabonoso del cliente. Don Francisco o don Bernardo. Canario comerciante, enriquecido en la tienda, con casa de tres patios. Patios, corredores, cuartos y corral de arboleda. Zagu\u00e1n profundo con ladridos de perro. En el silencio de la tarde, silencio de siesta, se o\u00eda el rasguear, como de pluma en papel, de la rasura. Mientras pasaba la hoja en el asentador o\u00eda la espumosa confidencia del diente. Hablaba del descontento de muchos, del malestar de todos. Hablaba de que hab\u00eda mucha injusticia y privilegio chocante. Desde el testero de la sala una hinchada y rojiza semblanza del rey parec\u00eda bufar en silencio. \u00abEl rey nuestro se\u00f1or\u00bb, que deb\u00eda a aquella hora, del otro lado del mundo, desde uno de aquellos palacios nunca vistos, pasear su majestuosa panza sobre sus gordas pantorrillas. \u00abEl se\u00f1or Don Carlos IV, rey de Espa\u00f1a\u00bb, all\u00e1 en Madrid, o en Aranjuez, o en La Granja o Dios sabe d\u00f3nde y con qui\u00e9n. La peluca blanca en rulos y los dos ojillos negros de roedor. Los tiempos han cambiado. Eso dec\u00eda el cliente. Es la hora de que los pueblos hagan respetar sus derechos. Sonaron lentamente en la cercan\u00eda las campanas de la iglesia de San Mauricio. La mano del sargento rapabarbas se detuvo con la navaja quieta. Aqu\u00ed se prepara algo. Era sargento de las milicias reales acantonadas en el Principal. Caser\u00f3n con tres puertas sobre la Plaza Mayor de la peque\u00f1a villa indiana. Le hab\u00eda bastado caminar cuatro cuadras para llegar a la casa del rico cliente. Canario con tienda de g\u00e9neros. Ya ahora no se piensa como antes. \u00bfSabe usted lo qu\u00e9 pas\u00f3 en Francia? Hab\u00eda o\u00eddo el sargento de aquel gran alboroto. La gente en las calles, las fortalezas asaltadas, y la cabeza del rey cortada en el cadalso.. Ya no se puede pensar lo mismo. Ahora estamos en las luces. Aqu\u00ed mismo se preparan cosas. El sargento o\u00eda y parec\u00eda imponerte silencio el siseo de la hoja de acero. Se va a proclamar la igualdad. Todos seremos iguales. No el capit\u00e1n, el teniente y los cabos, no el obispo y el arcediano, no el Gobernador y Capit\u00e1n General, con sus borlas de seda, sus maceros de plata y su bast\u00f3n de mando. No los del chocolate en tachuelas de plata, sobre los almohadones del estrado y los del guarapo desabrido en los pocillos de mal barro. No los esclavos en recua por las calles detr\u00e1s de las pomposas se\u00f1oras de mantilla. Iba a haber libertad. Lo dec\u00eda el canario. Hay mucha gente de acuerdo, mucha. Ya esto no lo detiene nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas salido de la casa el sargento se fue al Principal y se lo dijo a su teniente y el teniente al capit\u00e1n y el capit\u00e1n al secretario del Gobernador.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue all\u00ed donde todo cambi\u00f3 para \u00e9l. Pensaba el hombre atezado y rugoso que ve\u00eda ahora el mundo del otro lado del tiempo y del otro lado del mar. No hubiera estado all\u00ed, no estar\u00eda con aquellos contertulios dicharacheros y alegres. No estar\u00eda en aquellas arcadas de piedra, entre aquel gent\u00edo vestido de seda, con altos sombreros de copa, entre aquellas mujeres de abombada pechuga y contoneado movimiento. Frente a las tiendas de los joyeros, las cantinas y los garitos. No estar\u00eda oyendo hablar aquel franc\u00e9s cantarino y resonante, lejos del espa\u00f1ol rodado y estallante de su lejana tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo empez\u00f3 con un libro. Era la verdad. Un libro en varios tomos, envuelto en trapos como un contrabando, me tido en el m\u00e1s apartado rinc\u00f3n de la alcoba, para ser le\u00eddo a pedazos en lo profundo de la noche debajo de la vela chispo rroteante y olorosa a sebo. \u00ab\u00bfQu\u00e9 est\u00e1s leyendo a estas horas, Sim\u00f3n?\u00bb No hubiera podido decirlo. Contestaba con un gru\u00f1ido. Le\u00eda lentamente, con la ayuda de un diccionario. \u00abTodo est\u00e1 bien al salir de las manos del autor de las cosas: todo degenera entre las manos del hombre.\u00bb Mientras traduc\u00eda lentamente se deten\u00eda sobre la significaci\u00f3n de las palabras. No lo llamaba Dios sino el autor de las cosas. Era mucho m\u00e1s que un cambio de palabras. El mal estaba en lo que el hombre hab\u00eda hecho. \u00abFuerza una tierra a dar los productos de otra.\u00bb No dec\u00eda dar, dec\u00eda alimentar. \u00abMutila su perro, su caballo, su esclavo. Todo lo trastrueca, lo desfigura todo, con la disformidad, los monstruos.\u00bb Toda la villa dorm\u00eda en sue\u00f1o de apariciones, pero \u00e9l estaba en vela leyendo aquel libro que lo dejaba perplejo. Emilio o de la Educaci\u00f3n. Hab\u00eda sido necesario esperar a que llegara aquel hombre y escribiera esos libros para que de repente todo se hiciera claro, Las m\u00e1s respetadas instituciones no eran sino medios de deformar y pervertir la bondad natural del hombre. La escuela. Aquella escuela donde \u00e9l dirig\u00eda todos los d\u00edas la salmodiada lectura de los ni\u00f1os era un laboratorio de monstruos. No mejor sino hasta peor que aquellas clases de lectura a gritos que retumbaban en las tiendas de los barberos.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces cuando comenz\u00f3 a ver las gentes y las cosas como si de pronto hubieran cambiado, No eran ya los rostros familiares y ordinarios que hab\u00eda conocido de toda su vida. Ahora hab\u00edan adquirido otra dimensi\u00f3n, otro car\u00e1cter, otra significaci\u00f3n. Ahora ve\u00eda que estaban los unos sobre los otros como carga a\u00f1adida sobre carga. Sobre el lomo del esclavo, sobre el lomo del capataz, sobre el lomo del amo, sobre el lomo del Corregidor, sobre el lomo del Gobernador. Hasta llegar a aquel rey, a tres meses de barco, a seis d\u00edas de diligencia, a semanas de antesala y reverencia. Ahora ve\u00eda c\u00f3mo se deformaba a los ni\u00f1os. Era la escuela una cueva de brujas, les torc\u00edan los ojos, les cambiaban el gesto, les cortaban los impulsos, y les repet\u00edan todo el d\u00eda aquellas viejas mentiras deste\u00f1idas. Todo eso para matar en el ni\u00f1o al hombre natural que trataba de asomar.<\/p>\n\n\n\n<p>Empez\u00f3 a comprender. Todo aquel f\u00e1rrago de latines de los doctores de sacrist\u00eda nada ten\u00eda que ver con las verdades elementales que estaban en la naturaleza. Era mejor olvidar que aprender todas esas mentiras. Cuando la vela se acababa interrump\u00eda la lectura de Emilio. Emilio lleg\u00f3 a olerle a esperma y a pabilo quemado.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo estaba cambiando. Todo iba a cambiar en el mundo y \u00e9l estaba como alelado, como muerto, en aquella peque\u00f1a ciudad muerta, oyendo campanas, mirando procesiones, quit\u00e1ndose el sombrero delante de los erguidos caballeros que pasaban en sus finas mulas lustrosas. \u00abSu merced\u00bb, \u00abmi se\u00f1ora\u00bb, \u00abIlustr\u00edsimo y Reverend\u00edsimo se\u00f1or\u00bb. All\u00e1 lejos, en Francia, hab\u00edan cambiado las cosas. Hab\u00edan descubierto las grandes verdades ocultas, las que hab\u00edan permanecido sepultadas debajo de avalanchas de ignorancia, de superstici\u00f3n, de mentiras. Ahora se empezaba a saber. Los hombres eran libres y les hab\u00edan arrebatado la libertad. Los hombres eran iguales y los hab\u00edan colocado en una escalera sin t\u00e9rmino donde siempre hab\u00eda uno m\u00e1s arriba. <br>Pero ahora le\u00eda aquellos libros que transformaban el mundo. Aquellos esclavos, aquellos pardos, aquellos indios acobardados e ignorantes no s\u00f3lo eran iguales a \u00e9l sino mejores que \u00e9l. Estaban m\u00e1s cerca de la naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquellas arcadas de Par\u00eds no se sab\u00eda lo que era la naturaleza. \u00abEsta gente de aqu\u00ed no conoce sino de jardines.\u00bb Los j\u00f3venes criollos que lo rodeaban, entre miradas a las cortesanas y a la gente conocida, re\u00edan de sus ocurrencias. \u00abNo han visto nunca lo que es una selva del tr\u00f3pico.\u00bb El crecimiento agresivo de las plantas. La invasi\u00f3n de los insectos. Describ\u00eda entonces las impenetrables soledades del p\u00e1jaro, la fiera y el indio. Pero eran ellos, aunque pareciera mentira, los que hab\u00edan descubierto al hombre natural. Los que primero se hab\u00edan dado cuenta de que aquellos indios salvajes, aquellos negros primitivos, estaban llenos de m\u00e1s resplandecientes y puras virtudes que todas las condecoraciones que ca\u00edan en cascada sobre la barriga de los cortesanos.<\/p>\n\n\n\n<p>La cosa empez\u00f3 por el otro libro. Tal vez. Emilio lo llev\u00f3 a R\u00f3binson. Por m\u00e1s de veinte a\u00f1os dej\u00f3 de llamarse Rodr\u00edguez y se llam\u00f3 R\u00f3binson. Fue entonces cuando descubri\u00f3 la isla. Cuando se meti\u00f3 en ella para no salir m\u00e1s nunca. La isla de soledad donde s\u00f3lo llegaban los naufragios. Hab\u00eda que volver a aprender, como aprendi\u00f3 R\u00f3binson, a vivir solo y a valerse de sus propios medios. Hacerlo todo para no depender de nadie. Con restos de naufragio. Lo poco que pod\u00eda salvarse de su vieja vida, de las enga\u00f1osas formas, de los saberes in\u00fatiles, para llegar al hombre puro que estaba enterrado dentro de \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Una isla salvaje rodeada de mares desconocidos, donde llegaban n\u00e1ufragos, barcos perdidos, extra\u00f1os visitantes y recuerdos. Hab\u00eda pasado d\u00edas enteros metido en el libro. Defoe hab\u00eda puesto su isla imaginaria (todas las islas eran imaginarias) pr\u00f3xima de la tierra donde \u00e9l hab\u00eda visto el d\u00eda. En el Caribe, cerca del Orinoco y la Tierra Firme. La Tierra Firme era la Capitan\u00eda de Caracas. Era aquella villa, aquel monte hirsuto, aquel camino de culebra que trepaba entre barrancos hasta asomarse al mar, aquellas calles empedradas, con su hilo de agua turbia por en medio, aquellas puertas cerradas y aquellas ventanas de celos\u00eda por donde atisbaban ojos. Hab\u00eda descubierto entonces que \u00e9l tambi\u00e9n era Robinson. En mitad de la ciudad, o en mitad del mundo. Solo en su isla aprendiendo a ser hombre y a valerse. Tan perseguido por la mala suerte. En una aventura continua que siempre terminaba mal. Solo, en medio de la intemperie amenazante. Teniendo que hac\u00e9rselo todo. Aprender su nombre, su sitio, el sentido y las posibilidades de lo que lo rodeaba. Espiando extra\u00f1as e improbables apariciones y visitantes. Lo primero era conocer la naturaleza, lo primero era conocerse as\u00ed mismo. Tan larga vida no le hab\u00eda servido. Empezaba apenas ahora. \u00bfCu\u00e1ndo era ahora? En la escuelita de Caracas, en las arcadas de Par\u00eds, en el puente del T\u00e1mesis, en las murallas de Cartagena, en la puna andina, viento, vicu\u00f1as y ruanas, o en aquella balsa que bajaba por el r\u00edo hacia el Pac\u00edfico, de viejas tablas crujidoras, con su toldo sucio, palanqueada por indios silenciosos, rodeada de caimanes y de troncos. R\u00f3binson en la aventura sin t\u00e9rmino.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfO todo hab\u00eda empezado cuando llegaron los reos de Estado a La Guaira? Cuando los bajaron, en una tarde, del oscuro bergant\u00edn que hab\u00eda atravesado el oc\u00e9ano hacia el chato amontonamiento de piedras grises que era la prisi\u00f3n de Las B\u00f3vedas. Entraba en el mar como un promontorio arrasado. Las gentes del solitario puerto comenzaron a ver la prisi\u00f3n de otro modo. Adentro estaban ahora aquellos tres hombres que hab\u00edan querido derrocar al rey en Madrid y proclamar la Rep\u00fablica. Eran todo aquello que m\u00e1s pod\u00eda erizar las fibras del miedo y de la curiosidad. Masones, librepensadores, fil\u00f3sofos, conocedores asiduos de los libros prohibidos. Hab\u00edan estado en contacto con el Par\u00eds de la revoluci\u00f3n y hab\u00edan visto<br>la libertad, el pueblo en las calles, la escandalosa tormenta de la Convenci\u00f3n, los tribunales de Salud P\u00fablica y la plataforma de la guillotina con su rel\u00e1mpago breve y su golpe seco cayendo sobre cabezas y cabezas. Despu\u00e9s de los primeros d\u00edas comenzaron a hacerse visitas y contactos. Junto al ruido del mar, en la humedad de las salas oscuras de la b\u00f3veda, se cuchicheaba. Pasaban papeles. Una copia de la declaraci\u00f3n de los derechos del hombre y del ciudadano. Se o\u00edan canciones asordinadamente. Era aquello el \u00ab\u00c7a ira\u00bb y la \u00abCarma\u00f1ola\u00bb. Era lo que resonaba en las calles de Par\u00eds mientras ca\u00edan las cabezas. Cambiaron la letra e hicieron una \u00abCarma\u00f1ola americana\u00bb. \u00abBailen los sin camisa y viva el son del ca\u00f1\u00f3n\u00bb, repet\u00eda el estribillo. En la letra hubo que poner otras cosas distintas. Cosas en que no pudieron pensar los franceses. Ahora lo ve\u00eda mirando desfilar por las arcadas del \u00abPalais Royal\u00bb aquella muchedumbre de comerciantes, curiosos, compradores, sirvientes, mendigos y putas. Todos cran blancos. Todos del mismo color. Pero la \u00abCarma\u00f1ola americana\u00bb era para otra gente. \u00abFraternidad amable \/ estrecha entre tus brazos los nuevos pobladores \/ Indios, Negros y Pardos.\u00bb Todo aquel mundo diverso de pieles, pelos, vestimentas y situaciones. Los negros, los indios, los cuarterones, los quinterones, los saltoatr\u00e1s, los zambos, los mulatos, los trigue\u00f1os, los lambelanza, los bachacos, los pardos todos, las castas. La infinita mezcla de razas y los blancos arriba. Los peninsulares, funcionarios y comerciantes y los blancos criollos, due\u00f1os de tierras, se\u00f1ores de esclavitudes y haciendas, con casa de cuatro ventanas y asiento en el Cabildo.<\/p>\n\n\n\n<p>Del presidio a la calle, al puerto y, al trav\u00e9s del cerro, a la ciudad, pasaban papeles y recados. Lo que no se hab\u00eda podido hacer en la noche de San Blas en Madrid pod\u00eda hacerse all\u00ed. Se fue sumando gente. Comerciantes, hacendados, empleados del Gobierno, criollos, espa\u00f1oles, canarios. Hasta militares. Se iba a prender al Gobernador y a proclamar la Rep\u00fablica. Hasta que el sargento fue a afeitar al canario y el canario se puso a hablar.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba todav\u00eda joven. Tendr\u00eda entonces 28 a\u00f1os. Y hubo que cambiar de vida. Dejar la escuela, dejar la mujer, dejar la casa. Irse en un barco por el mundo. Si se pusiera ahora a ver todo lo que le hab\u00eda pasado le parecer\u00eda un torbellino. Ahora era en Baltimore, o en Par\u00eds, o en San Petersburgo, o en Cartagena, o en lo m\u00e1s alto de la cordillera andina. Siempre llegando, siempre saliendo. M\u00e1s viejo, m\u00e1s pesado. Sin anteojos, con anteojos, con los anteojos sobre la frente. Con aquel aspecto irremediable de hombre que no pertenec\u00eda a nada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfO todo empez\u00f3 con aquel ni\u00f1o? Hijo de ricos, hu\u00e9rfano. Voluntarioso, violento e inteligente. Lo hab\u00eda conocido en la enorme casa del abuelo, el se\u00f1or Palacios. El ni\u00f1o Bol\u00edvar. Serv\u00eda de secretario al abuelo y de preceptor del ni\u00f1o. Iba a ser rico y era inteligente. Iba a heredar grandes casas en la ciudad y extensas fincas de cacao, de ca\u00f1a de az\u00facar, de a\u00f1il, en numerosos valles y montes cercanos y lejanos. Y cantidades de esclavos de la familia que por tantas generaciones como las suyas propias hab\u00edan nacido en las tierras de los Bol\u00edvar. Algo lo atrajo hacia el mi\u00f1o, Algo de su arisca personalidad, de su dif\u00edcil car\u00e1cter, de su agresiva y desde\u00f1osa manera, Se llevaba mal con los hermanos y con los t\u00edos. Sobre todo con un t\u00edo joven que pretend\u00eda dirigirlo. Entre la vela de la noche sobre el Emilie y las horas del d\u00eda junto al ni\u00f1o se estableci\u00f3 una estrecha relaci\u00f3n, Era la ocasi\u00f3n incre\u00edble de vivir en la realidad la aventura de Emilio. De permitir que un ser humano se formara a s\u00ed mismo en la pura experiencia y en el contacto con lo natural. Juegos, paseos, conversaciones sin t\u00e9rmino y sin orden, discusiones acaloradas, rabietas. Tambi\u00e9n se llamaba Sim\u00f3n, como \u00e9l. El resto del d\u00eda era para la escuela, con su amontonamiento de chicos y su sonsonete adormecedor de la lectura en coro.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hab\u00eda empe\u00f1ado en cambiar la escuela. En hacerla distinta, en extenderla a todos. A los blancos y a los pardos. Los vecinos y el Cabildo no ve\u00edan con buenos ojos aquellas novedades. Ense\u00f1ar con el juego, con la experiencia, con la discusi\u00f3n, en lugar de ponerlos en fila a recitar frases de memoria.<br>Fue entonces cuando le llevaron el ni\u00f1o Sim\u00f3n a su casa. A aquella casa grande donde viv\u00edan \u00e9l y su hermano Cayetano, con sus esposas, con los hijos, con las suegras, y con los ni\u00f1os encomendados. Una casa de patios con \u00e1rboles y de mucho vocer\u00edo en el d\u00eda. Gentes que entraban y sal\u00edan, recados y muchachos castigados de pie en un rinc\u00f3n. Fue cuando el ni\u00f1o Sim\u00f3n, refugiado en la casa de su hermana casada, se neg\u00f3 a volver a vivir con su t\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o Sim\u00f3n lleg\u00f3 a la isla de R\u00f3binson. Entonces todav\u00eda no hab\u00eda resuelto llamarse Robinson. Era Sim\u00f3n Rodr\u00edguez o Sim\u00f3n Carre\u00f1o. Fue despu\u00e9s cuando comprendi\u00f3 que su destino era el de Robinson, el del hombre solitario en la isla de naufragios. Todos ir\u00edan llegando a la isla. El salvaje Viernes, los cabildantes, la familia Bol\u00edvar, los reos de Estado de la Guaira, la mujer de Caracas, aquel hermano Cayetano con el que nunca se entendi\u00f3. Cayetano era m\u00fasico. Se sab\u00eda que estaba en la casa porque del fondo de su cuarto. como un olor penetrante, brotaba aquella melod\u00eda de viol\u00edn mil veces interrumpida y repetida.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegaban a la isla los hombres y las ciudades, los continentes y los paisajes. No hab\u00eda naufragado. Cuando atraves\u00f3 el Atl\u00e1ntico en aquel gran velero que cruj\u00eda entre el viento y el agua, pens\u00f3 muchas veces que pod\u00eda naufragar. Pero no ser\u00eda en una isla. La isla era \u00e9l mismo. All\u00ed llegaban todos. Los a\u00f1os y las gentes. Llegaban y part\u00edan. Nadie m\u00e1s que \u00e9l era R\u00f3binson. Todo se lo hab\u00eda tenido que hacer \u00e9l mismo. Con lo que encontraba al azar, con lo que lograba rescatar de los naufragios, con las manos, con la imaginaci\u00f3n. Solo la mayor parte del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Al ni\u00f1o Sim\u00f3n lo hab\u00edan tra\u00eddo a la fuerza. Casi arrastrado por dos alguaciles. Acompa\u00f1ado por un cabildante, por su cu\u00f1ado y por su joven t\u00edo. El cu\u00f1ado y el t\u00edo se miraban con odio. Rojo de furia el ni\u00f1o pataleaba y gritaba. \u00abSe me trata como no se debe tratar ni a un esclavo.\u00bb Qu\u00e9 cosas dijo ese d\u00eda. Entr\u00f3 aquella tromba a la casa de la escuela. Rodr\u00edguez esperaba a la puerta con su mujer. Su hermano Cayetano se hab\u00eda encerrado en su cuarto. Los ni\u00f1os de pensi\u00f3n asomaban asustados al patio. El ni\u00f1o lo mir\u00f3, lo reconoci\u00f3 y comenz\u00f3 a tranquilizarse. \u00abVas a quedarte aqu\u00ed conmigo. Por un tiempo.\u00bb Se firmaron actas y papeles. Puso su r\u00fabrica en arabesco el cabildante. Al fin se marcharon todos y la casa de Rodr\u00edguez se fue cerrando sobre s\u00ed misma en la noche, como una isla.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri TODO empez\u00f3 con un barbero. Un sargento rapabarbas que iba a domicilio a afeitar ciertos clientes importantes. Con la guerrera de dos colores, la polaina apretada, las bocamangas con botones de cobre. Una peque\u00f1a corona real en cada bot\u00f3n. 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