{"id":16405,"date":"2025-04-12T14:35:00","date_gmt":"2025-04-12T19:05:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16405"},"modified":"2025-06-12T15:55:47","modified_gmt":"2025-06-12T20:25:47","slug":"el-caracter-de-la-literatura-venezolana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-caracter-de-la-literatura-venezolana\/","title":{"rendered":"El car\u00e1cter de la literatura venezolana"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arturo Uslar Pietri<\/h4>\n\n\n\n<p>Nada es m\u00e1s fecundo, estimulante y aleccionador que el di\u00e1logo entre escritores y hombres de pensamiento. El jugar con las ideas y los conceptos engendra nuevas ideas y sugiere conceptos nuevos. Toda la filosof\u00eda griega naci\u00f3 del dialogar de los hombres enamorados de la verdad, y la ciencia, la literatura y la ense\u00f1anza no son sino formas derivadas, en una u otra manera, de alguna especie de di\u00e1logo.<\/p>\n\n\n\n<p>En mis a\u00f1os mozos abundaban en nuestra Caracas las buenas tertulias literarias, en las que, en las horas tranquilas del atardecer, junto a los vasos de barata cerveza, gente enamorada de las palabras y angustiada por los mensajes de vida o muerte que pueden contener, pasaba las horas hablando de las letras de Venezuela y del mundo y de lo que cada uno se cre\u00eda llamado a hacer en ellas y por ellas. Aunque modestos y desorganizados, eran buenos gimnasios del pensamiento y tambi\u00e9n del amor por Venezuela.<\/p>\n\n\n\n<p>En una de esas tertulias, precisamente, vine a conocer a Jacinto Fombona Pachano, para entonces joven poeta de apuesta figura, vibrantes gestos, aquilino perfil y voz clara. Recitaba sus versos con emocionado pudor de confidencia y comuni\u00f3n, y hablaba con ardor, no s\u00f3lo de literatura, sino de todo cuanto tocaba al bien y a la dignidad del hombre. Ni a \u00e9l ni a m\u00ed, nos hubiera pasado por la cabeza, pict\u00f3ricos de confiada juventud y generosos sue\u00f1os, que un d\u00eda habr\u00edamos de entrar en esta Academia, que entonces nos parec\u00eda tan distante y ajena; y, mucho menos que a m\u00ed habr\u00eda de tocarme el triste y honroso privilegio de sucederle y hacer su elogio p\u00fablico, para el cual nunca me hubiera sido necesaria obligaci\u00f3n impuesta.<\/p>\n\n\n\n<p>Jacinto naci\u00f3 en 1901, en un hogar donde la poes\u00eda era delicia compartida del padre y de la madre. Do\u00f1a Ignacia, hija del guerrero y escritor federal General Jacinto Regino Pachano, escrib\u00eda con fino sentimiento; y en cuanto al padre Manuel Fombona Palacio, que hab\u00eda de morir dej\u00e1ndolo en tierna orfandad, ocup\u00f3 lugar destacado entre la generaci\u00f3n positivista, a la que invit\u00f3 al modernismo y a la vocaci\u00f3n heroica Jos\u00e9 Mart\u00ed, durante su fulgurante visita a Venezuela. No ser\u00eda justo que, a la hora de hacer este recuento de familia, fuera a olvidar a Jacinto R. Pachano, t\u00edo materno, hombre cort\u00e9s y culto, de limpia vida y grata compa\u00f1\u00eda, que llen\u00f3 con dignidad y amor los deberes del progenitor desaparecido, y a quien el poeta con afecto y gratitud no desmentidos durante toda su vida, llam\u00f3 \u00abpadre, hermano y amigo\u00bb, porque todo esto supo serlo con ejemplar dedicaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Los que tuvimos la dicha de frecuentarla, no podemos olvidar aquella vieja casa de la Plaza del Pante\u00f3n, con su granado verde en el patio, su discusi\u00f3n de j\u00f3venes poetas en el corredor y su aromoso caf\u00e9. Era una casa que correspond\u00eda a un tipo de vida y a una ciudad que ya no existen. La Plaza del Pante\u00f3n era tranquila y no la poblaban sino los \u00e1rboles, los p\u00e1jaros, los ojos de las hermosas muchachas que asomaban por las ventanas y el di\u00e1logo sin t\u00e9rmino de aquellos mozos, que descubr\u00edan con dolorosa pasi\u00f3n su literatura y su pa\u00eds. En una noche llena de silencio y de estrellas, velamos all\u00ed a la madre de Jacinto, a la que \u00e9l despidi\u00f3 con un canto tr\u00e9mulo y viril de hijo orgulloso.<\/p>\n\n\n\n<p>Jacinto Fombona Pachano fue un poeta no s\u00f3lo por la obra, sino por el temperamento y por la acci\u00f3n. Era un ser dotado de honda sensibilidad tanto para la belleza est\u00e9tica como para la belleza moral. Se conmov\u00eda hasta las l\u00e1grimas con la gracia de un verso o con la justicia de una acci\u00f3n. Toda su poes\u00eda nace de la emoci\u00f3n y del sentimiento y por eso, a todo lo largo de su obra, hay un indudable sabor rom\u00e1ntico. Nunca supo ser fr\u00edo, ni objetivo, ni formalista. Cre\u00eda que la poes\u00eda no era un juego del esp\u00edritu, sino un don o una misi\u00f3n de decir cosas que los dem\u00e1s esperan, y, por eso mismo, prefer\u00eda las formas m\u00e1s sencillas, las palabras m\u00e1s claras y los temas m\u00e1s humanos.<\/p>\n\n\n\n<p>La poes\u00eda suya fue como la destilaci\u00f3n natural de sus emociones de hombre verdadero. Es una poes\u00eda en la que dice armoniosamente sus cosas el hijo, el enamorado, el amigo, el buen ciudadano, el esposo, el padre, el yerno, el hermano. No era el suyo oficio de poeta, era oficio de hombre vertido en poes\u00eda por obra del temperamento.<\/p>\n\n\n\n<p>Todav\u00eda en la adolescencia se incorpora a los j\u00f3venes que hacen su aparici\u00f3n en el escenario de nuestra literatura hacia 1918. Llegaban en la hora en que el modernismo se desintegraba y empezaban muchas formas de reacci\u00f3n o de enmienda, el modernismo venezolano nunca fue ni muy genuino, ni poderoso. Hab\u00eda ca\u00eddo, en gran parte, en orfebrer\u00eda verbal y en hueras evocaciones falsas del falso Versailles de Rub\u00e9n Dar\u00edo. Dos notables poetas se destacaban ante ellos, con una obra viva en la que la originalidad y la fuerza creadora primaban sobre la imitaci\u00f3n: he nombrado, con el debido respeto, a Alfredo Arvelo Larriva y a Jos\u00e9 Tadeo Arreaza Calatrava.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre las tendencias de reacci\u00f3n antimodernista, las que se caracterizan por el prosa\u00edsmo sentimental y por el regreso a ciertas formas y temas del romanticismo (baladas, cantos hist\u00f3ricos, poes\u00eda civil) son las que predominan en nuestros poetas del 18. Era en verdad escasa, en aquel aislado y oscuro tiempo nuestro, la informaci\u00f3n de lo que pasaba con la poes\u00eda en el mundo. Lo poco que se sab\u00eda proven\u00eda del azar de un viajero, de un libro o de una revista, pero, en cambio, estaba activo y seguro el instinto de los poetas que buscaban nuevos caminos. Ello acaso sirva para explicar la poca homogeneidad de ese movimiento, la suma inconstante y hasta contradictoria de las influencias que sufri\u00f3, y lo personal y distinta de la obra que cada uno vino a realizar en particular.<\/p>\n\n\n\n<p>Jacinto Fombona Pachano comienza por cantar el amor de Carmen Rosa, la muchacha de barrio, y los sue\u00f1os y esperanzas de una juventud que no ve\u00eda otro camino que el sacrificio. La visita de un Villaespesa o la de un Chocano eran grandes acontecimientos retrasantes, que desviaban del camino que necesitaban seguir. Hoy nos cuesta trabajo reconstruir el ambiente de aquella Caracas pueblerina y apartada, adonde apenas de a\u00f1o en a\u00f1o ven\u00eda una bailarina, un celista o una compa\u00f1\u00eda de \u00f3pera y donde no exist\u00eda un solo curso de humanidades superiores. Pr\u00e1cticamente no hab\u00eda conciertos, ni conferencias, ni exposiciones. Con la excepci\u00f3n de los pocos que pod\u00edan evadirse a Europa, fueron aqu\u00e9llas, en el m\u00e1s exacto sentido de las palabras, generaciones de desheredados de la cultura, y este tr\u00e1gico rasgo no deben perderlo de vista quienes tomen hoy la f\u00e1cil tarea de juzgarlas.<\/p>\n\n\n\n<p>Los nuevos sintieron muy pronto el horror de la torre de marfil que hab\u00edan elogiado los modernistas. Creyeron que el poeta ten\u00eda una misi\u00f3n social que cumplir y fueron valientemente al pueblo con su poes\u00eda. Los domingos, en un teatro de la ciudad, se celebraban recitales p\u00fablicos donde los j\u00f3venes poetas daban a conocer su obra y llevaban su mensaje hasta el hombre de la calle. A veces la emoci\u00f3n del p\u00fablico, sea dicho en su elogio, sub\u00eda hasta el estallido de la ovaci\u00f3n, como en los buenos espect\u00e1culos populares. No faltaron entre ellos quienes, animados por la experiencia, proyectasen una especie de misi\u00f3n po\u00e9tica itinerante que se fuese a pie, a lo largo de los caminos del interior, para decir a las gentes, en las plazas de los pueblos, las \u00abcosas sabias, \u00fatiles y buenas\u00bb, manteni\u00e9ndose virtuosamente de la caridad de la poes\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Para el a\u00f1o de 1932, Fombona Pachano recoge por primera vez su poes\u00eda en un libro. El t\u00edtulo Virajes ya es un anuncio de cambios y rectificaciones. Sin embargo, en un hombre en quien la poes\u00eda estaba tan asociada a su propio ser no pod\u00edan darse cambios muy radicales. Virajes se compone de una selecci\u00f3n de su obra anterior, dispersa en peri\u00f3dicos, y de los poemas en los que expresa su nueva manera. Si estos poemas difieren de los anteriores, es precisamente porque se ha acentuado en ellos la voluntad de sencillez del poeta. Canta con una voz que, a fuerza de simple y natural, casi parece del pueblo, los menudos sucesos de la vida apacible, la nube que echa a perder el domingo de las muchachas, la carreta del malojero, la devoci\u00f3n de la Virgen de Palosanto, el \u00c1vila y los juegos de su peque\u00f1o hijo. M\u00e1s que un cambio es una afirmaci\u00f3n de sus cualidades. Afirma lo sencillo, lo directo, lo tiernamente humano, que es, por lo mismo, lo verdadero, lo inmutable, lo eterno. Es un poeta que quiere llegar a las grandes verdades eternas del hombre por el camino de la vida cotidiana. Mientras m\u00e1s despojada y m\u00e1s directa, su voz parece hacerse m\u00e1s tierna y conmovedora.<\/p>\n\n\n\n<p>Se asoma tambi\u00e9n a los campos \u00abque azotan soledad, polvo y miseria\u00bb para mirar con angustia al campesino sin palabras y sin obras, y exclamar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u00a1Qui\u00e9n sabe por qu\u00e9 no labras,<br>hombre que miras la tierra!\u00bb <\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed como en sus primeros tiempos tuvo un tenue eco de las baladas de Paul Fort, m\u00e1s tarde se podr\u00e1 observar, c\u00f3mo de un modo pasajero, se acerca a Garc\u00eda Lorca y a Neruda. S\u00f3lo que en \u00e9l las influencias son apenas ensayos instrumentales, como han de ser en todo artista verdadero a quien s\u00f3lo importa expresar lo propio y no tiene tiempo ni curiosidad para otra cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s tarde, las angustias del mundo y de su tierra no le permiten disfrutar de la paz que la vida parec\u00eda ofrecerle por primera vez. Est\u00e1 en Washington cuando la tormenta de la Segunda Guerra Mundial va a desatarse sobre una humanidad ciega que parece condenada por una maldici\u00f3n b\u00edblica a destruirse a s\u00ed misma. El que mucho ama, mucho sufre. Vuelve sobre \u00e9l el desasosiego y el dolor por los hombres. Su voz se hace transida y clamante:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abYo soy el que no sabe d\u00f3nde asentar los pies.<br>Soy el de 1940.<br>Soy el atado\u2026\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Mira venir la irreparable destrucci\u00f3n sobre las torres desprevenidas, que el hombre alz\u00f3 para la vida y para el trabajo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAlguien o algo est\u00e1 naciendo,<br>alguien o algo se ha detenido en las caba\u00f1as,<br>se ha posado en las c\u00fapulas,<br>duerme debajo de los puentes y en los establos;<br>alguien o algo viene alimentando<br>su estrella con aceite de criaturas deshabitadas,<br>con llanto de piedras rotas y de campos hundidos.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>No iba a ser larga su vida. No iba a tener tiempo de recoger la cosecha y de gozar en paz de la serena hora de la tarde, bajo el tibio sol que \u00abalarga todas las cosas\u00bb. La salud gravemente quebrantada le daba crudas advertencias. La presencia de la sombra aviva en \u00e9l el gusto de lo esencial y el desd\u00e9n por lo pasajero. No es que cambia su vida, ni su actitud, porque en \u00e9l, como en todo hombre de verdad, el existir no es sino un \u00abars moriendi\u00bb, un arte de ir muriendo, que es un arte sereno de irse afirmando sobre lo cierto, pero su poes\u00eda se despoja todav\u00eda m\u00e1s de todo lo que parece superfluo, y sin abandonar la ternura, que es de su naturaleza, toma un tono m\u00e1s sereno y desenga\u00f1ado.<\/p>\n\n\n\n<p>Regresa a las formas m\u00e1s simples y casi rituales de la poes\u00eda castellana. Es la alta voz, que no se quiebra, de Jorge Manrique, la que siente m\u00e1s pr\u00f3xima. Est\u00e1 en vigilia y en espera:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abhombre habitado, encendido, de pies,<br>con sus hu\u00e9spedes en vela\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Los m\u00e1s de esos hu\u00e9spedes, que acompa\u00f1an su vigilia, son los que ya se han ido, los que quiso y ya no est\u00e1n, que acaso lo aguardan del otro lado, y acaso esperan una palabra suya que les anuncie su llegada:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abSalga la voz de mi pecho<br>la antigua copla exhalando<br>sin gemido,<br>y anime el mundo deshecho <br>que estoy en m\u00ed contemplando <br>c\u00f3mo ha sido\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fin, la certidumbre de la muerte se convierte en \u00e9l en victoria de lo que no ha nacido sino para vivir, que es la victoria fundamental del hombre creador, del hombre animado de esp\u00edritu, ante la muerte, que no puede destruir sino lo perecedero. Una victoria dif\u00edcil, amarga y sin jactancias que hay que proclamar en un himno, desnudo y asordinado, donde cada palabra se llene, hasta desbordar, de contenido humano:<\/p>\n\n\n\n<p>diga vida y no muerte<br>quien de morir habl\u00f3,<br>quien tuvo dicho:<br>\u2014aqu\u00ed todo acab\u00f3,<br>y no vio que en mi pecho <br>un nombre inscrib\u00ed yo.<br>Diga, y lo diga siempre, <br>si lo vio:<br>\u2014vida es la que este m\u00e1rmol<br>vida, tan s\u00f3lo vida <br>y muerte, no.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre que hab\u00eda llegado a hablar as\u00ed, estaba listo para ausentarse y maduro para la gran hora, que fue la que lleg\u00f3 en un triste d\u00eda de 1951. Todo creador que muere, interrumpe un proceso de creaci\u00f3n, y nos priva para siempre de d\u00e1divas insustituibles. Nadie habr\u00e1 de darnos lo que la muerte le quit\u00f3 a Jacinto la oportunidad de revelarnos. Hab\u00eda llegado al punto de una madurez ejemplar y segura y las palabras ven\u00edan a su boca como el fruto en la estaci\u00f3n al buen \u00e1rbol. Pero para compensarnos de la p\u00e9rdida de todo lo que call\u00f3, nos queda el abundante y renovado regalo de todo lo que acert\u00f3 a expresar, que, como dijo el otro, es \u00abharto consuelo\u00bb. All\u00ed est\u00e1, para todos los que viven y sienten, su obra llena de belleza y de comunicativa emoci\u00f3n humana donde lo mejor de su voz se ha salvado y est\u00e1 en presencia perpetua, para los que se la oyeron y para los que ya nunca se la podr\u00e1n o\u00edr. Porque \u00e9l pod\u00eda hablar as\u00ed, podemos hoy hablar de su vida y no de su muerte, conmovernos con sus palabras, sentirlo en sus sentimientos, entrar en la entra\u00f1a de su ser que es su poes\u00eda, y dialogar sin t\u00e9rmino, ahora y siempre, que es el don, casi sobrehumano, que s\u00f3lo pertenece a los artistas y a los creadores. \u00abVida, tan s\u00f3lo vida y muerte, no\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Si \u00e9l estuviera aqu\u00ed ahora, y qui\u00e9n puede saber si lo est\u00e1, podr\u00edamos ponernos a hablar de literatura, como tantas veces lo hicimos. Y es, precisamente, lo que me propongo hacer. \u00bfQu\u00e9 otra cosa podr\u00eda yo hacer, al incorporarme a vuestras deliberaciones, sino hablar de literatura? No vengo aqu\u00ed revestido con los prestigios del ling\u00fcista o del fil\u00f3logo, que mucho respeto pero que no poseo, sino apenas con el amor intelectual de quien desde temprano en la vida ha sentido el gusto de las letras y la terrible vocaci\u00f3n de escribir para los otros, de la que nunca ha renegado y a la que ha vuelto siempre, a sabiendas de que nada m\u00e1s maravilloso le ha sido dado al hombre que la palabra, que le permite llevar a los otros lo m\u00e1s verdadero y valioso de su propio ser.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquellas tertulias literarias de mis a\u00f1os juveniles, se hablaba con pasi\u00f3n de nuestras letras, de su pasado y de sus empresas para el porvenir. Muchas de las cosas que entonces surg\u00edan ante nuestros \u00e1vidos ojos de principiantes, como invitaciones al riesgo, a la creaci\u00f3n o al debate, no s\u00f3lo siguen teniendo validez, sino que en cierto modo la han cobrado mayor, en medio de las grandes transformaciones de toda \u00edndole que vienen ocurriendo en nuestra tierra, que afectan y han de afectar todas las formas de su vida, y que plantean a los escritores y hombres de pensamiento venezolanos requerimientos tan perentorios y graves, que acaso excedan a los que hubieran de enfrentar los hombres de 1810.<\/p>\n\n\n\n<p>Habr\u00eda que comenzar por hacer un sincero examen de conciencia y preguntarnos, aun a riesgo de parecer que dudamos de lo obvio, con la tr\u00e1gica sinceridad de quien no quiere enga\u00f1ar ni ser enga\u00f1ado, algunas de esas cuestiones fundamentales: \u00bfExiste una literatura venezolana? \u00bfQu\u00e9 pa\u00eds es el que ha expresado nuestra literatura? \u00bfQu\u00e9 le ha dicho la literatura a la naci\u00f3n y en qu\u00e9 medida ha tenido influencia sobre su destino?<\/p>\n\n\n\n<p>Preguntarse si existe una literatura venezolana no es cuesti\u00f3n tan ociosa como pudiera parecer. No siempre fue f\u00e1cil contestarla. A lo largo de nuestra vida de pueblo, en una u otra forma, se la han planteado muchos de nuestros m\u00e1s notables pensadores. No es que nadie dude de que haya habido escritores en Venezuela, ni de que entre sus obras hay algunas que habr\u00e1n de llegar a la m\u00e1s remota posteridad. La cuesti\u00f3n que se plantea es otra. Es la de saber hasta d\u00f3nde o desde cu\u00e1ndo, adem\u00e1s de tener escritores nacidos en su suelo, Venezuela puede decir que tiene una literatura propia, con rasgos definidos, que la distinguen de las dem\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se ha tratado de hacer una enumeraci\u00f3n de los hombres de letras nacidos en el pa\u00eds, como son las m\u00e1s de las rese\u00f1as publicadas hasta principios de nuestro siglo, los historiadores parecen estar de acuerdo en que la actividad literaria comienza con la Independencia.<\/p>\n\n\n\n<p>El propio Andr\u00e9s Bello, en su Resumen de la Historia de Venezuela, coloca en los fines del siglo XVIII el comienzo de lo que llama \u00abla \u00e9poca de la regeneraci\u00f3n civil de Venezuela\u00bb. Para otros, se inicia en los alrededores de 1806, y le asignan como solar la famosa tertulia de la casa de los Ust\u00e1riz, que viene a resultar as\u00ed la fuente y madre de nuestras agrupaciones literarias y academias. Esta es la opini\u00f3n de Julio Calcado, de Felipe Tejera, de Men\u00e9ndez y Pelayo que llama \u00abp\u00e1ginas en blanco\u00bb las que nuestra historia literaria podr\u00eda ofrecer con anterioridad a esa \u00e9poca, y de Gonzalo Pic\u00f3n Febres, quien en una de sus obras llega a se\u00f1alar exactamente el a\u00f1o de 1830, diciendo: \u00abDe aqu\u00ed naci\u00f3 realmente nuestra literatura\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, cuando se ha tratado de hallarle un car\u00e1cter nacional a la literatura, las dudas y las vacilaciones han sido grandes y reiteradas. Durante el siglo XIX, muchos negaron de plano que existiera, otros la ve\u00edan apenas en estado embrionario, y no pocos certificaban su ausencia, al trazar los programas de lo que, a su entender, deber\u00eda ser una literatura de Venezuela.<\/p>\n\n\n\n<p>Al final de la tormentosa jornada de su vida, en 1865, Juan Vicente Gonz\u00e1lez dirige los desenga\u00f1ados ojos a la literatura de su pa\u00eds y confiesa: \u00abAl o\u00edrnos hablar del esp\u00edritu literario, se nos preguntar\u00e1 si creemos exista en Venezuela, si conocemos obras que lo expresen y cu\u00e1les son su car\u00e1cter y sus tendencias. La literatura naci\u00f3 un d\u00eda entre nosotros y sin las agitaciones y revueltas \u00a1ay! que han consumido al pa\u00eds, tendr\u00edamos acaso una, ingeniosa, noble, fruto espont\u00e1neo de nuestra civilizaci\u00f3n y nuestro clima\u00bb. Ven\u00eda a ser en sus labios como el melanc\u00f3lico reconocimiento de que no hab\u00eda sido atendido el consejo que tiempo antes hab\u00eda dirigido a los j\u00f3venes: \u00abHilad la seda de vuestro seno, libad vuestra propia miel, cantad vuestras canciones; porque ten\u00e9is un \u00e1rbol, un panal y un nido\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En fecha tan relativamente pr\u00f3xima a nosotros como el a\u00f1o de 1881, Felipe Tejera exclamaba en sus Perfiles Venezolanos: \u00ab.. .de todo tienen nuestras letras, menos de venezolanas\u00bb. En 1892, Julio Calca\u00f1o en su Parnaso Venezolano consideraba nuestra poes\u00eda como \u00abrama de la poes\u00eda castellana\u00bb. En 1903 Jos\u00e9 Gil Fortoul se\u00f1alaba que la contribuci\u00f3n literaria de Venezuela \u00abno se distingue a\u00fan con caracteres esenciales\u00bb del movimiento literario del resto de Hispanoam\u00e9rica. Y todav\u00eda en 1920, en su primera novela (Reinaldo Solar) R\u00f3mulo Gallegos insiste: \u00ab.. .han fracasado lastimosamente todos los que han tratado de hacer una literatura nacional, falta la materia prima, el alma de la raza\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta duda, que llega hasta a negar, puede interpretarse como la expresi\u00f3n de un sentimiento de frustraci\u00f3n ante lo que la literatura ha hecho para expresar al pa\u00eds y darle una conciencia. Los mismos que se\u00f1alaban esa falta, estaban trabajando, de una manera casi parad\u00f3jica, por llenar el vac\u00edo que advert\u00edan y por crear una obra literaria que fuera inconfundible y profundamente venezolana. La verdad es que junto a la declaraci\u00f3n de ausencia de una literatura nacional hab\u00eda estado siempre no s\u00f3lo la tentativa de hacerla, sino incluso los programas expl\u00edcitos para que se realizase.<\/p>\n\n\n\n<p>Esos programas de invitaci\u00f3n al nacionalismo aparecen ya en la obra de Bello, el mayor de los pr\u00f3ceres de nuestra literatura. Cuando en 1823, en Londres, en su Alocuci\u00f3n a la Poes\u00eda se dirige a los ingenios de su lejana tierra, los incita, con el ejemplo y con la pr\u00e9dica, a expresar lo r\u00fastico americano, a tomar por tema de sus obras la poderosa naturaleza de la Zona T\u00f3rrida, a emprender la misi\u00f3n de un Virgilio criollo que cante las mieses, los reba\u00f1os y los trabajos y virtudes del labrador, y a celebrar y narrar las leyendas del pasado indio y los h\u00e9roes y los grandes hechos de la guerra de la Independencia. M\u00e1s tarde, en 1826, en su Silva a la Agricultura, se\u00f1ala a los escritores, como objeto, la formaci\u00f3n moral de la juventud, la exaltaci\u00f3n del trabajo agr\u00edcola, y la glorificaci\u00f3n de las antiguas virtudes y de la paz. Lo que auspicia, en una palabra, es una literatura que ayude a reconstruir y a civilizar las naciones derruidas por la guerra, hecha de motivos, intenciones y caracteres nacionales. En 1848, en un discurso en la Universidad de Chile, lo dice a\u00fan de manera m\u00e1s enf\u00e1tica: \u00ab\u2026o es falso que la literatura es el reflejo de la vida de un pueblo, o es preciso admitir que cada pueblo de los que no est\u00e1n sumidos en la barbarie es llamado a reflejarse en una literatura propia y a estampar en ella sus formas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Un eco de esta gran voz que clamorea a lo lejos es el que hemos o\u00eddo en Juan Vicente Gonz\u00e1lez cuando desespera por una literatura que sea \u00abfruto espont\u00e1neo de nuestra civilizaci\u00f3n y nuestro clima\u00bb. Esa b\u00fasqueda de lo nacional va a encontrar sus m\u00e1s visibles realizaciones en el costumbrismo y en la novela y el cuento criollista, que aparecen a partir de los diez o veinte \u00faltimos a\u00f1os del siglo XIX. Para unos (como Blanco Fombona y Pic\u00f3n Febres) comienza con las obras de Romero Garc\u00eda y de Urbaneja Achelpohl; para otros (como Julio Planchart) se inicia con Z\u00e1rate de Eduardo Blanco.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, pasada la primera oleada de ese criollismo meramente descriptivo de las costumbres y el lenguaje popular, R\u00f3mulo Gallegos encontraba, en la misma oportunidad que hemos citado anteriormente, que esas obras no pasaban de ser \u00abpinturas m\u00e1s o menos adulteradas de la parte externa de la vida popular. De lo interior, de lo hondo, que es lo \u00fanico verdadero, ni una palabra, ni un vago indicio de penetraci\u00f3n en esa alma sepultada\u00bb. Hab\u00eda sido necesario que la literatura llegara primero a una descripci\u00f3n externa de las gentes y del paisaje, para que luego pudiera pasar del mero documento etnogr\u00e1fico a penetrar en el esp\u00edritu de lo nacional y en sus visibles e invisibles caracteres.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez que se llega al concepto de que lo nacional no s\u00f3lo est\u00e1 en lo pintoresco visible, sino adem\u00e1s, y acaso sobre todo, en ciertos finos matices de la tradici\u00f3n, del car\u00e1cter, de los valores, de la conducta, de la vivencia, de la concepci\u00f3n peculiar del mundo, es l\u00f3gico pensar que, aun en la \u00e9poca en que no era exteriormente ostensible, debi\u00f3 haber una identidad o una huella del pa\u00eds en las cosas que se escribieron por quienes estaban penetrados de la realidad de su ambiente. Era como descubrir un tono, un sabor y un car\u00e1cter, menos visible y superficial que los que destac\u00f3 el criollismo, que hab\u00eda marcado la condici\u00f3n venezolana en hombres y obras desde tiempos muy remotos.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta manera de entender lo nacional ha sido la de los cr\u00edticos m\u00e1s recientes. Ya no s\u00f3lo se piensa que comienza a haber una expresi\u00f3n venezolana en Juan Vicente Gonz\u00e1lez o en Bello, sino que Julio Planchart encuentra \u00abun mundo de venezolanidad\u00bb en la historia de Oviedo y Ba\u00f1os, y un hombre de tan perspicaz y culto sentido cr\u00edtico como Mariano Pic\u00f3n Salas, inicia su Proceso y Formaci\u00f3n de la Literatura Venezolana, que \u00abbusca en nuestra Literatura uno de los signos m\u00e1s expresivos del alma hist\u00f3rica venezolana\u00bb, con el estudio de las cr\u00f3nicas que Aguado y Castellanos escribieron en el siglo XVI, en el refugio de las primeras aldeas de bahareque que se alzaron sobre la tierra reci\u00e9n conquistada. <\/p>\n\n\n\n<p>El panorama de las letras patrias que se extiende ante la vista de Pic\u00f3n Salas, l\u00f3gicamente, no es el mismo que pod\u00edan contemplar Felipe Tejera, o Juan Vicente Gonz\u00e1lez, y menos a\u00fan Andr\u00e9s Bello, que hab\u00eda visto surgir la imprenta entre nosotros y pod\u00eda sentir que la literatura venezolana nac\u00eda con sus contempor\u00e1neos, y antes que materia de estudio era tema de proyectos y programas.<\/p>\n\n\n\n<p>Es evidente que no s\u00f3lo el panorama de nuestras letras ha ido cambiando con las obras que aporta cada nueva generaci\u00f3n, sino que tambi\u00e9n el criterio para juzgarlas ha sufrido importantes modificaciones a lo largo de esa evoluci\u00f3n. Los caracteres en los que los hombres de hoy podemos reconocer lo nacional, no eran los mismos para Urbaneja Achelpohl, ni mucho menos para Juan Vicente Gonz\u00e1lez.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, los rasgos que podr\u00edan se\u00f1alarse como peculiares de la manera de escribir de los venezolanos, no han sufrido tantos cambios con los tiempos, los gustos, las influencias y los g\u00e9neros predominantes. A pesar de que no se ten\u00eda el mismo modelo para un discurso en los tiempos de Acosta que en los de D\u00edaz Rodr\u00edguez.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde los d\u00edas de Bello hasta los a\u00f1os del 90, lo que m\u00e1s se cultiva entre nosotros es la poes\u00eda, la historia, la elocuencia y el cuadro de costumbres. Desde fines del siglo XIX hasta nuestros d\u00edas, los que predominan son los narradores, los ensayistas y los poetas. Este cambio de preferencia por determinados g\u00e9neros no afecta fundamentalmente las caracter\u00edsticas que desde el siglo XIX ven\u00edan se\u00f1al\u00e1ndole los cr\u00edticos a nuestra literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde el siglo pasado, algunos cr\u00edticos han cre\u00eddo poder se\u00f1alar un estilo literario predominante en Venezuela, o, acaso mejor, un gusto predominante, al trav\u00e9s de g\u00e9neros y de \u00e9pocas, por determinados estilos afines. Es un gusto por las formas m\u00e1s elaboradas, preciosas y gratas al o\u00eddo, que, en no pocas ocasiones, por culpa del exceso, ha llegado hasta el defecto y el amaneramiento.<\/p>\n\n\n\n<p>El poder se\u00f1alar una manera de escribir predominante, a lo largo del mayor espacio de la historia literaria de un pa\u00eds, ya por s\u00ed s\u00f3lo constituye, si no la prueba de la existencia de una literatura, por lo menos el indicio de una escuela de poetas y prosistas. No pocas veces, lo mismo que declaraban que no exist\u00eda una literatura venezolana, se\u00f1alaban, con aplauso o con reparo, la persistente presencia de esa manera o estilo venezolanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Miguel Antonio Caro, el humanista colombiano, se\u00f1alaba la \u00abgrandilocuencia\u00bb que \u00aba veces raya en declamaci\u00f3n y retumbancia\u00bb como \u00abmanera nacional\u00bb de nuestros escritores. Si uno piensa que nuestras gentes han admirado el Delirio sobre el Chimborazo como la culminaci\u00f3n literaria de Bol\u00edvar, que los dos libros m\u00e1s famosos en nuestro siglo XIX fueron, tal vez, la Historia Universal de Gonz\u00e1lez y la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco, que ning\u00fan poeta de esa \u00e9poca fue m\u00e1s le\u00eddo y alabado que Abiga\u00edl Lozano, se siente tentado a darle la raz\u00f3n a Caro.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha habido en Venezuela un gusto muy pronunciado por el estilo florido, por el ingenio de la expresi\u00f3n, por las bellezas de forma, independientemente del contenido, que ha tra\u00eddo la curiosa designaci\u00f3n de \u00abestilista\u00bb para destacar a los que se acercan a ese ideal de gracia formal.<\/p>\n\n\n\n<p>Estilista, orfebre, art\u00edfice de la palabra, son ep\u00edtetos que abundan en los elogios de escritores venezolanos, a partir de la aparici\u00f3n del modernismo. Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez con su florilegio de im\u00e1genes fue por mucho tiempo el dechado de estas caracter\u00edsticas. Su prosa, llena de ritmo y recargada de efectos descriptivos, vino a halagar y afirmar nuestra vieja tendencia a la declamaci\u00f3n. Julio Planchart pudo decir: \u00abEl modernismo encajaba bien en la tradici\u00f3n literaria venezolana. Es muy nuestra la tendencia a darle m\u00e1s valor al estilo que al fondo, o a lo menos a cargar aqu\u00e9l de flores y lindezas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese gusto barroco por la decoraci\u00f3n ret\u00f3rica no se pierde ni en la novela ni en el ensayo. Muy contados ser\u00e1n los novelistas y ensayistas venezolanos en quienes las preocupaciones de forma sean secundarias. Podr\u00eda decirse que a todo lo largo de su historia la literatura venezolana se ha caracterizado por el predominio del estilo art\u00edstico.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tendencia tan marcada y persistente no puede ser considerada como una mera escuela o moda que se deja sentir en las letras, sino m\u00e1s bien como la manifestaci\u00f3n literaria de un rasgo del car\u00e1cter nacional. En ese archivo viviente del esp\u00edritu de un pueblo que es su lenguaje, podremos hallar algunas indicaciones. Todos los que han estudiado el castellano de Venezuela coinciden en destacar la peculiaridad del estilo ling\u00fc\u00edstico del pueblo venezolano y su preferencia por las expresiones ingeniosas, efectistas y abundantes de im\u00e1genes. Bastar\u00eda, al efecto, citar el testimonio de Angel Rosenblat, cuyos estudios del lenguaje venezolano son los m\u00e1s valiosos y completos de que disponemos, quien dice: \u00abEn ninguna parte hemos encontrado en el habla familiar tal riqueza de giros, de comparaciones ingeniosas, de expresiones pintorescas y metaf\u00f3ricas, tal imaginer\u00eda, tal profusi\u00f3n de matices\u00bb (A. Rosenblat, Buenas y malas palabras, p.21). <\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, nuestro lenguaje popular abunda en retru\u00e9canos, en juegos de palabras, en jocosas paronimias, en dobles sentidos, tanto o m\u00e1s preciados cuanto m\u00e1s elaborados y dif\u00edciles son. A esta misma inclinaci\u00f3n por las formas ingeniosas y, a su manera, art\u00edsticas, debe atribuirse la preferencia de nuestros cantores populares por un tipo de estrofa tan complicado como la d\u00e9cima, y por un g\u00e9nero de composici\u00f3n tan r\u00edgido como la glosa.<\/p>\n\n\n\n<p>No es de extra\u00f1ar que una naci\u00f3n que marca tal inclinaci\u00f3n en su lenguaje hablado y en su poes\u00eda popular por las formas m\u00e1s artificiosas, lleve hasta la elevada esfera de su literatura la preferencia por el estilo art\u00edstico, y lo precioso y lo raro en la expresi\u00f3n. De este modo nuestra literatura ha tendido con frecuencia a caer en una especie de \u00abmanierismo\u00bb, de pasi\u00f3n por las gracias de estilo, de apegamiento, a veces retardado, por los preceptos art\u00edsticos de las escuelas sucesivas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuvimos el caso en la larga permanencia de las modas neocl\u00e1sicas que todav\u00eda a mediados del siglo XIX, resuenan en la m\u00e1s celebrada oraci\u00f3n de Cecilio Acosta. En el Juan Vicente Gonz\u00e1lez final de la Revista Literaria hay tambi\u00e9n un manierismo del estilo rom\u00e1ntico de Michelet; Huysmann, D\u2019Annunzio y los decadentistas marcan todo nuestro tard\u00edo modernismo. Nuestro reconocido cosmopolitismo ha sido m\u00e1s de las formas que de las ideas y han sido precisamente las escuelas literarias que m\u00e1s se han se\u00f1alado por la elaboraci\u00f3n de la forma art\u00edstica, las que m\u00e1s largamente han ejercido su influencia entre nosotros. Pi\u00e9nsese en la larga influencia del neoclasicismo, en la de Zorrilla, en la de N\u00fa\u00f1ez de Arce, en la de Rub\u00e9n Dar\u00edo, en la de Rod\u00f3, en la de Pablo Neruda, en la de Faulkner.<\/p>\n\n\n\n<p>El cosmopolitismo de las influencias y el gusto por las formas m\u00e1s refinadas y dif\u00edciles han tenido, sin duda, su parte, tanto en la vacilaci\u00f3n de los cr\u00edticos para reconocer y definir una literatura venezolana, como tambi\u00e9n en la manera parcial e incompleta como la literatura ha expresado al pa\u00eds y como el pa\u00eds ha sentido y recibido su literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>Por su estilo predominante, por sus preocupaciones est\u00e9ticas, mucha parte de nuestra literatura no ha sido dirigida al pa\u00eds, sino concebida y realizada como una especie de \u00absermo n\u00f3bilis\u00bb que se dirige a una minor\u00eda culta, nacional o internacional. Tampoco ha sido la preocupaci\u00f3n principal de nuestras letras la de entender y expresar al pa\u00eds. No pocas veces nuestra literatura ha sido m\u00e1s bien como una evasi\u00f3n, como un refugio o como un lenguaje cifrado para la realizaci\u00f3n y satisfacci\u00f3n de algunos esp\u00edritus selectos. <\/p>\n\n\n\n<p>Una literatura venezolana no puede existir sino en la medida en que es propia de un pa\u00eds llamado Venezuela, al que expresa y representa y al que se dirige como principal auditor. Valdr\u00eda la pena, en consecuencia, que trat\u00e1ramos de indagar, como un curioso forastero que no dispusiera de otra fuente de informaci\u00f3n sino la que ofrecen nuestros libros, qu\u00e9 pa\u00eds es el que est\u00e1 representado en nuestra literatura. Es como si a la manera de los f\u00edsicos que estudian en los rayos de luz la composici\u00f3n de los remotos cuerpos celestes, quisi\u00e9ramos conocer la forma en que nuestra realidad viva se ha reflejado hasta ahora en espectro literario.<\/p>\n\n\n\n<p>La m\u00e1s antigua literatura hecha en este pa\u00eds pertenece a la corograf\u00eda y a la cr\u00f3nica. La revelaci\u00f3n o la invenci\u00f3n literaria de Venezuela comienza por ser una descripci\u00f3n de los escenarios geogr\u00e1ficos y un recuento de las luchas que sobre esos escenarios se desarrollan. No otra cosa son el cronic\u00f3n prosaico sin rimas de Aguado, y el cronic\u00f3n prosaico con rimas de Castellanos. El Inventario de un territorio extra\u00f1o, cambiante y desmesurado para la escasez de los hombres que, en aventura voluntaria o involuntaria, se han encontrado sobre \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Oviedo y Ba\u00f1os, que pertenece a un tiempo m\u00e1s culto y sosegado y que tiene el o\u00eddo hecho a las sutiles combinaciones del barroco, describe la ciudad cabeza de la provincia, las luchas que ha costado ganar aquellos d\u00edas de sosiego, que \u00e9l puede dedicar a la buena prosa y a la administraci\u00f3n de sus fundos, y la apenas adivinada vastedad del pa\u00eds todav\u00eda no sometido al hombre. Ni el programa, ni el ejemplo de Bello se apartan en lo substancial de esta l\u00ednea: describir la naturaleza, narrar la historia, exaltar el trabajo humano como condici\u00f3n de un futuro mejor.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta ese momento lo que el espectro literario revela es la existencia de un inmenso territorio que escapa por igual al conocimiento y a la acci\u00f3n de sus pocos habitantes. Lo que aparece es la desproporci\u00f3n entre el escenario y el habitante, entre lo realizado y la inmensidad de lo que habr\u00eda que realizar para tomar posesi\u00f3n cabal y fruct\u00edfera de aquella extensi\u00f3n misteriosa y fascinadora.<\/p>\n\n\n\n<p>La noci\u00f3n de esa relaci\u00f3n desproporcionada entre el habitante y el pa\u00eds, va a manifestarse en las letras en dos aspectos distintos, pero no del todo contradictorios: uno es el de la posibilidad m\u00e1gica de inmensas riquezas por descubrir y explotar en bosques, tierras, minas y aguas: el \u00abtodo lo que se pisa es oro\u00bb, de Acosta; el otro es el del pesimismo ante la impotencia del habitante para explotar esas riquezas y sacarles provecho en tiempo oportuno. La noci\u00f3n m\u00e1gica de la riqueza de Venezuela, donde las gentes m\u00e1s desheredadas no se resignaron nunca a no encontrar El Dorado, ten\u00eda tambi\u00e9n su drag\u00f3n que la guardaba y defend\u00eda, que no era otra cosa sino el desierto, la insalubridad y la falta de educaci\u00f3n para el trabajo.<\/p>\n\n\n\n<p>Se crea as\u00ed una literatura en la que el invariable pesimismo ante el presente contrasta con las deslumbrantes posibilidades de una abundancia que la tierra ofrece. Es como si sintieran optimismo por la tierra desconocida y pesimismo por su poblador. Esto es lo que llama Aguado el infeliz \u00absuceso\u00bb, lo que Oviedo llama la \u00abfalta de aplicaci\u00f3n\u00bb, lo que para Bello era la necesidad de regresar al campo y curar las heridas de la guerra; lo que Codazzi espera ver hecho un d\u00eda cuando aquella geograf\u00eda con visiones que lega a la posteridad como una esperanza, haya de ser realidad; lo que Toro llama la falta de civilizaci\u00f3n y Acosta la necesidad de ense\u00f1ar a todos lo que sea \u00fatil. <\/p>\n\n\n\n<p>Ese sentimiento que surge de la visi\u00f3n de la tierra no va a ser diferente ante la historia. La Independencia va a resultar a su manera como El Dorado de la grandeza. Los rom\u00e1nticos van a mirarla como un fabuloso tiempo heroico que se fue para no volver y a cuya comparaci\u00f3n resultan desgraciados y mezquinos todos los tiempos posteriores. As\u00ed mira la historia Juan Vicente Gonz\u00e1lez, quien la escribe como una eleg\u00eda a los grandes d\u00edas y a los grandes hombres idos. Tienen la sensaci\u00f3n de pertenecer a una \u00e9poca de decadencia, en la que no hay posibilidad de nada grande, y la misi\u00f3n del escritor se reduce a evocar y llorar los esplendores pasados.<\/p>\n\n\n\n<p>La literatura venezolana del siglo XIX lo que refleja es la condici\u00f3n de un pa\u00eds que siente vagamente que vive en un territorio demasiado grande y b\u00e1rbaro, que no ha podido aprovechar, y que, al mismo tiempo, ha ca\u00eddo bruscamente de la epopeya en la guerrilla permanente y en la politiquer\u00eda. Es una literatura que refleja un sentimiento de frustraci\u00f3n. No hay otras actitudes que tomar que la de fustigar la realidad social y trazar m\u00e1s o menos velados programas de reforma, o la de volverse al pasado a cantar la legendaria Venezuela heroica, o a la culta Europa, para consolarse de la barbarie nativa.<\/p>\n\n\n\n<p>La llegada del Positivismo y de la novela naturalista, a partir de 1880, van a cambiar las maneras de expresi\u00f3n pero no la actitud mental. El sentimiento de frustraci\u00f3n da en la literatura de entonces el mismo reformismo sat\u00edrico y el gusto por la evasi\u00f3n de las \u00e9pocas anteriores, s\u00f3lo que acompa\u00f1ado de un vocabulario que traduce los conceptos positivistas, tratando de analizar las causas del determinismo racial y geogr\u00e1fico, o que se refugia en un refinamiento de las sensaciones a la manera simbolista, en vez de la explosi\u00f3n de los sentimientos que hab\u00eda caracterizado a los rom\u00e1nticos.<\/p>\n\n\n\n<p>No son menos pesimistas los trabajos hist\u00f3ricos de Gil Fortoul o de Alvarado, que los de Juan Vicente Gonz\u00e1lez y Cecilio Acosta. La invocaci\u00f3n de una vida campesina como disciplina y remedio de los males hist\u00f3ricos no es esencialmente diferente en la Silva de Lazo Mart\u00ed de lo que fue en la Silva de Bello. Podr\u00edamos seguir el paralelo en los distintos g\u00e9neros y seguir\u00edamos hallando el mismo sentimiento de frustraci\u00f3n del escritor venezolano ante la historia y la realidad, que en sus obras se refleja.<\/p>\n\n\n\n<p>En este sentido, la novela puede suministrarnos un buen acopio de im\u00e1genes literarias del pa\u00eds. La historia de la novela venezolana puede dividirse, hasta ahora, en tres per\u00edodos. Uno de comienzo, que va, desde los ensayos rom\u00e1nticos de Ferm\u00edn Toro y Jos\u00e9 Ram\u00f3n Ye- pes, pasando por las tentativas naturalistas de Tom\u00e1s Michelena, a terminar, en rigor, con Zarate de Eduardo Blanco, una obra en que los anteriores discontinuos y aislados escarceos, son sustituidos por una descripci\u00f3n de la sociedad en varias de sus capas y del pa\u00eds en una de sus m\u00e1s hermosas regiones.<\/p>\n\n\n\n<p>El segundo per\u00edodo podr\u00eda tener como punto de partida aquel en el que Manuel Vicente Romero Garc\u00eda, pretendiendo imitar la Mar\u00eda de Jorge Isaacs, realiza como un predestinado, la combinaci\u00f3n de caracteres, situaciones e intenciones de donde surge, en 1890, Peon\u00eda. Peon\u00eda va a crear una especie de prototipo que van a seguir los novelistas venezolanos por cuarenta a\u00f1os. Ese prototipo, realizado con torpeza en Peon\u00eda, consiste en poner en conflicto personajes representativos y hasta simb\u00f3licos que, de una parte, encarnan las m\u00e1s retr\u00f3gradas formas del pasado, y de la otra, el progreso, la ciencia y la justicia. Es decir, el conflicto b\u00e1sico entre civilizaci\u00f3n y barbarie, que se desarrolla generalmente en el medio campesino, en el que la barbarie y el atraso est\u00e1n personificados por el terrateniente ignorante o violento, y la civilizaci\u00f3n por un joven universitario lleno de ideas y de reformas y de progreso. <\/p>\n\n\n\n<p>Hay una trama amorosa que surge en contradicci\u00f3n sentimental con la antiposici\u00f3n de los caracteres, y en el desarrollo de la trama se intercalan las descripciones de paisaje, la utilizaci\u00f3n del lenguaje popular, y los usos, costumbres, creencias y fiestas de los habitantes del campo. Es fundamentalmente una novela regionalista y costumbrista, a la cual est\u00e1n incorporados elementos de reformismo social y pol\u00edtico, y el simbolismo, claro o velado, de una especie de epopeya de las fuerzas de la civilizaci\u00f3n contra las de la barbarie. Este es el que podemos llamar el Ciclo de Peon\u00eda, al que pertenecen, por lo m\u00e1s caracterizado de su obra, Urbaneja Achelpohl, Pic\u00f3n Febres, Blanco Fombona, Pocaterra y que llega a su culminaci\u00f3n y t\u00e9rmino, en 1929, con la aparici\u00f3n de Do\u00f1a B\u00e1rbara, la gran novela de R\u00f3mulo Gallegos.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras se desarrolla el Ciclo de Peon\u00eda, surge de una manera breve y localizada, el episodio de nuestra novela Modernista, que dura pocos a\u00f1os y comprende principalmente las novelas y cuentos de D\u00edaz Rodr\u00edguez, Dominici, Fern\u00e1ndez Garc\u00eda y Pedro Emilio Coll. Es una irrupci\u00f3n moment\u00e1nea de prosa preciosista y de caracteres irreales y cosmopolitas. El propio D\u00edaz Rodr\u00edguez tratar\u00e1, finalmente, en Peregrina de asimilar a su manera la tem\u00e1tica del Ciclo de Peon\u00eda. Este ciclo corresponde, en gran parte, a lo que se ha llamado, de una manera indefinida, el criollismo, que en verdad viene de antes, desde que aparece el inter\u00e9s por el realismo en nuestras letras, y sobrevive en nuestros d\u00edas, transformado y adaptado a los gustos del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>El tercer per\u00edodo de nuestra novela es el que comienza entre los a\u00f1os de 30 y 40 y en \u00e9l coexisten las m\u00e1s variadas tendencias, que apenas coinciden en dos aspectos que son: el repudio del costumbrismo pintoresco y un prop\u00f3sito de universalidad, no de cosmopolitismo, que consiste en tratar de llegar a lo universal por medio de la revelaci\u00f3n de la experiencia inmediata.<\/p>\n\n\n\n<p>El pa\u00eds que muestra la novela venezolana, especialmente durante los dos primeros per\u00edodos se\u00f1alados, es un pa\u00eds rural. El escenario es casi siempre la hacienda o el hato, y los m\u00e1s de los personajes son campesinos. La capital s\u00f3lo aparece incidentalmente, como lugar donde las buenas intenciones y los ideales est\u00e1n condenados al fracaso, donde la ruindad y la bajeza triunfan, y tambi\u00e9n como centro de donde, al trav\u00e9s de algunas privilegiadas cabezas, irradian las ideas de progreso y reforma. Las intrigas amorosas son generalmente secundarias y s\u00f3lo sirven para realzar, apoyar o contrapesar los verdaderos conflictos b\u00e1sicos, que son los que se establecen entre las viejas clases decadentes y las nuevas clases trepadoras y violentas, la sangre patricia venida a menos y la sangre plebeya ajena a la civilizaci\u00f3n. En medio de una naturaleza poderosa, se pinta el cuadro de la decadencia de las viejas familias, el surgimiento negativo de los nuevos b\u00e1rbaros y la lucha desesperada por los ideales de reforma. Es una novela pesimista en la que abundan los neur\u00f3ticos y los inadaptados a la realidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Si pudi\u00e9ramos hacer un censo de los personajes de la novela venezolana, resultar\u00eda impresionante el n\u00famero de a\u00f1orantes, ab\u00falicos, so\u00f1adores y fracasados que la pueblan. Todos los que encarnan las ideas de reforma terminan en fracaso o en repudio.<\/p>\n\n\n\n<p>La galer\u00eda de retratos podr\u00eda comenzar con el Lastenio Sanfidel de Z\u00e1rate, so\u00f1ador neurast\u00e9nico, impotente y mal avenido con la realidad del pa\u00eds. Habr\u00edan de figurar en ella seguramente, el fracasado reformador Carlos de Peon\u00eda, el moralmente destruido Felipe de Pic\u00f3n Febres; el c\u00ednico Pepito de El Doctor Beb\u00e9; el d\u00e9bil Armando de Tierra del Sol Amada; el repugnante cinismo de Juan Antonio de Vidas Oscuras, todos de Pocaterra. Con el Crisp\u00edn Luz de El hombre de hierro inicia Blanco Fombona su serie de frustrados y malvados que se alternan ininterrumpidamente para ilustrar su idea de que \u00abla vida se burla de la bondad y la arrastra por los suelos\u00bb. La incompatibilidad del intelectual con el medio y la impotencia para hacer triunfar sus ideales, se reflejan en aquel Alberto Soria de D\u00edaz Rodr\u00edguez, que se siente desterrado e incomprendido en su propio medio, al que intenta mejorar y reformar por los m\u00e9todos menos adecuados y que, al retirarse en fracaso, proclama el \u00abFinis Patriae\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En el per\u00edodo m\u00e1s reciente, tampoco cambia en lo esencial esta actitud del novelista ante la realidad. La Mar\u00eda Eugenia de Teresa de la Parra no es, a su manera, menos frustrada que el Reinaldo Solar de Gallegos. Son gentes que no parecen hechas para el pa\u00eds que las aguarda, que tratan de defenderse ante \u00e9l con la s\u00e1tira o el vano sue\u00f1o y que, finalmente, parecen repudiarlo. No se explica de otra manera que, de un modo en cierto grado solemne, Gallegos anunciara en las p\u00e1ginas preliminares de La Trepadora, que ya le parec\u00eda tiempo, en la novela venezolana, de \u00abamar y esperar un poco\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En 1928, Dillwyn F. Ratcliff, en su excelente panorama de la novela venezolana, se\u00f1alaba el fen\u00f3meno en estos t\u00e9rminos: \u00abHasta hace poco la t\u00edpica novela venezolana trataba de la decadencia de la aristocracia terrateniente. Era inevitable que semejantes novelas fueran pesimistas. Pero ahora, en vez de narrar las afrentas y derrotas que los decadentes v\u00e1stagos de los conquistadores y de los pr\u00f3ceres de la Independencia han sufrido a manos de insolentes advenedizos, algunos escritores han empezado a hacer de esos advenedizos los protagonistas de sus novelas. Tales novelistas tienen algo de la confianza y seguridad de sus personajes y \u2018el mal del siglo\u2019 es una enfermedad de la que no sufren. Este cambio de actitud de un pesimismo morboso a un moderado optimismo, puede ser de gran importancia. En t\u00e9rminos literarios, ello puede significar que la novela venezolana ha empezado a sobrepasar su neur\u00f3tica adolescencia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Como resumen de todo esto podr\u00eda decirse que hasta ahora lo predominante en la novela venezolana ha sido la actitud sat\u00edrica o negativa ante la realidad social. Son excepciones los pocos casos que podr\u00edan encontrarse de una actitud afirmativa, estimulante y verdaderamente realista en nuestros grandes narradores.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa visi\u00f3n sat\u00edrica y esa actitud pesimista que tan reiteradamente aparecen en nuestra novela, en nuestro ensayo, en nuestra poes\u00eda, deben provenir de algo que habr\u00eda que investigar m\u00e1s adentro y m\u00e1s lejos, acaso m\u00e1s que en la obra en los autores, m\u00e1s que en las palabras escritas, en la actitud del hombre de pensamiento ante el pa\u00eds. Tal vez, toda esa literatura pesimista, no sea, en gran parte, otra cosa que el natural reflejo del desajuste y la incomprensi\u00f3n del intelectual frente a la realidad social. La realidad que se refleja en nuestras letras est\u00e1 vista sin simpat\u00eda o con doloroso amor. Esto podr\u00eda significar que nuestros escritores han visto, sobre todo, un aspecto del pa\u00eds, han sido m\u00e1s sensibles para las formas negativas en que el pa\u00eds entraba en conflicto con sus conceptos y han presentado, por lo tanto, una imagen pesimista. Lo cual equivale a decir que, acaso, ha habido poca comprensi\u00f3n de nuestros escritores para el pa\u00eds, y que \u00e9ste se ha beneficiado poco de la comprensi\u00f3n, explicaci\u00f3n y direcci\u00f3n que su literatura le ha dado en escasa medida.<\/p>\n\n\n\n<p>Quien dice falta de comprensi\u00f3n dice falta de di\u00e1logo. Para ponerlo en formas extremas y exageradas, podr\u00edamos apuntar que ha habido una literatura que ha estado a\u00f1orando, apasionada o decepcionadamente, un pa\u00eds que no ten\u00eda; y un pa\u00eds que ha estado privado de los beneficios de una literatura dirigida a servirlo, iluminarlo y acompa\u00f1arlo en su dif\u00edcil camino.<\/p>\n\n\n\n<p>La verdad es que ha habido poco di\u00e1logo entre las letras venezolanas y la naci\u00f3n venezolana. Las grandes literaturas nacionales han sido precisamente aqu\u00e9llas en las que el escritor y su pueblo se han sentido mutuamente como dos interlocutores. Eso explica la presencia de la poes\u00eda y la tragedia griega en las Olimp\u00edadas. Eso es lo que ocurr\u00eda entre Shakespeare y la gente de Londres o entre Lope de Vega y los espa\u00f1oles de su siglo. Ese fue el caso de Dickens cuando los vecinos de las aldeas inglesas esperaban la diligencia en el camino para arrebatarle la \u00faltima entrega de la novela. No fue distinto el papel de V\u00edctor Hugo, o el de Gald\u00f3s, o el de Dreisser, Mencken, Sinclair Lewis o John Dos Passos en los Estados Unidos contempor\u00e1neos. En sus grandes momentos nacionales las literaturas han sido actuales. El pueblo ha ido a buscar en ella la imagen de su tiempo y la explicaci\u00f3n de sus instituciones.<\/p>\n\n\n\n<p>No ha sido ese el caso sino muy espor\u00e1dicamente en la literatura venezolana. Fuera del periodismo pol\u00edtico directo, muy poco se ha dirigido la literatura a nuestro pueblo. Algunas veces ha ido a tomar de los poetas estrofas para cantar sus sentimientos, pero en las grandes horas dif\u00edciles, en las oscuras encrucijadas de su destino, la literatura venezolana hubiera tenido que desempe\u00f1ar otra misi\u00f3n, y hacerse verdaderamente actual.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda me pareci\u00f3 ver una ejemplar figuraci\u00f3n de este conflicto en dos monumentos de la Caracas desaparecida. Lo he referido otras veces, pero no est\u00e1 de m\u00e1s que hoy lo repita. En la muy popular Plaza de Capuchinos, se alzaban frente a frente dos estatuas de escaso m\u00e9rito. Una representaba a Andr\u00e9s Bello, sentado, en el hirviente reposo de la meditaci\u00f3n. La otra, con el sable desenvainado, en actitud de lanzar al combate una invisible guerrilla, era la imagen del General Ezequiel Zamora, el h\u00e9roe de la bandera amarilla que cay\u00f3 en San Carlos. Es dif\u00edcil imaginar dos tipos de venezolanos m\u00e1s aparentemente opuestos. El hombre de acci\u00f3n intuitivo y violento, y el de la meditaci\u00f3n erudita y elevada; uno es el que mejor que nadie pod\u00eda representar a los hijos de los hechos, labrados por los acontecimientos, y entregados a la pugna directa, y el otro es el paradigma del hombre de letras, lleno de sabidur\u00eda de libros, y so\u00f1ando con una acci\u00f3n dirigida por el pensamiento. No hubo en vida di\u00e1logo entre Zamora y Bello, y es dif\u00edcil imaginar cu\u00e1l hubiera podido entablarse. Muy poco hay en la obra de Bello que pueda decirse est\u00e1 dirigido a la muchedumbre de los seres que Zamora vino a representar, salvo la invitaci\u00f3n a la paz y la embellecida descripci\u00f3n de las tareas agr\u00edcolas.<\/p>\n\n\n\n<p>El di\u00e1logo entre la literatura y la naci\u00f3n ha sido escaso, incompleto y discontinuo. Apenas se ha entablado en algunos momentos de la novela y del panfleto pol\u00edtico, de los que son buen ejemplo El Cabito, Do\u00f1a B\u00e1rbara y las Memorias de un Venezolano de la Decadencia. La situaci\u00f3n normal ha sido como la coexistencia de dos mundos, con poco contacto entre s\u00ed. El mundo de la literatura y el mundo de los hechos que mutuamente se rechazaban.<\/p>\n\n\n\n<p>El escritor venezolano t\u00edpico, seg\u00fan resulta de nuestra literatura hasta hoy, ser\u00eda uno que se sienta mal avenido con la realidad ambiente, en pugna y desacuerdo con ella, que desea luchar para cambiarla a su manera o que se resigna con evadirse, y que, en las formas de su arte, expresa esa inconformidad y su anhelo de otra cosa. Sobre el pa\u00eds de las realidades, hecho por la historia, nuestros escritores han estado predicando o so\u00f1ando el advenimiento de un pa\u00eds distinto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha habido una tr\u00e1gica separaci\u00f3n entre ese pa\u00eds ideal de nuestras letras y el pa\u00eds real de nuestra historia. Mir\u00e1ndose con mutua desconfianza y recelo, cuando no olvidados aparentemente el uno del otro, se lleg\u00f3 a terribles momentos en que parecieron hablar en dos lenguas distintas, sin posibilidad de comunicaci\u00f3n, como en aquella ocasi\u00f3n, casi magn\u00edfica y casi tr\u00e1gica, en que mientras una naci\u00f3n analfabeta y depauperada, al borde de la desmembraci\u00f3n, reencend\u00eda la guerra federal, y se desangraba, sin saber por qu\u00e9, en los campos de batalla, Cecilio Acosta sub\u00eda a la tribuna, en un sal\u00f3n de Caracas, a hacer el m\u00e1s pulcro elogio de las letras al trav\u00e9s de la historia. No era sin duda un elogio de los guerrilleros, lo que Venezuela esperaba en aquel momento, pero tampoco un elogio de las bellas letras antiguas y modernas, en una hora desesperada en la que el pa\u00eds no hallaba otra manera de expresar sus carencias y sus tensiones internas, sus hambres f\u00edsicas y espirituales, sino por medio del plomo de las guerrillas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, esas gentes que iban al acto acad\u00e9mico a o\u00edr a Acosta, no lo hac\u00edan por desentendidas o indiferentes a los hechos. Constitu\u00edan parte y representaci\u00f3n de la minor\u00eda que pon\u00eda su esperanza en la cultura para hacer un pa\u00eds, y su misma presencia all\u00ed en esa hora ten\u00eda, ciertamente, un significado ejemplar de combativa afirmaci\u00f3n de unos valores que en su esencia eran inconciliables con la montonera y el asalto. S\u00f3lo que, acaso, lo hac\u00edan de un modo insuficiente o inadecuado. La verdad es que no s\u00f3lo la gente de alguna educaci\u00f3n, sino tambi\u00e9n grandes porciones de la poblaci\u00f3n, por varios y oscuros motivos, miraban al escritor como al depositario de las fuerzas del pensamiento y al iniciado en las grandes verdades salvadoras.<\/p>\n\n\n\n<p>El pa\u00eds ha puesto siempre, de una manera curiosa, una especie de esperanza mesi\u00e1nica en sus intelectuales. A lo largo de nuestra historia, el hombre de pluma ha gozado de un prestigio extraordinario. Los hombres de Marzo vienen a buscar a Ferm\u00edn Toro como un augur; hay un momento en que Juan Vicente Gonz\u00e1lez parece la m\u00e1s grande fuerza que se alza ante los federales; Cecilio acosta se convierte en el s\u00edmbolo moral del antiguzmancismo; Castro baja de la cordillera con su temeraria guerrilla para buscar en Caracas a Eduardo Blanco. En tiempos m\u00e1s recientes se han dado casos no menos espectaculares. En una tierra primitiva e inculta, el intelectual vino a representar una especie de reserva de poderes m\u00e1gicos para oponerlos a los hechos adversos, una suerte de piache que pod\u00eda conjurar los esp\u00edritus malos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero a pesar de ello, los hijos de la tierra y del acaecer material, metidos hasta el cuello en la dura faena de los hechos, vieron al intelectual con cierto rencoroso recelo. Era, para ellos, el impr\u00e1ctico, el incomprensivo, el que no pod\u00eda entender las cosas, el que enredaba peligrosamente los simples procesos del instinto social, el que estaba apegado a unas doctrinas o a unos principios que no pod\u00edan ejecutarse sin comprometer, en grave riesgo, el dif\u00edcil equilibrio de los hechos. Esa mezcla de reverencia y de desconfianza vino a reflejarse en frases y en designaciones que destilan resentimiento y animadversi\u00f3n. El intelectual viene a resultar entonces eso que con infinito desd\u00e9n se llama el \u00abl\u00edrico\u00bb. O se condensa la mala experiencia en una frase como aquella que tanto rod\u00f3 en Venezuela desde los tiempos de Guzm\u00e1n: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 brutos son los hombres de talento!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Era la reacci\u00f3n instintiva de quienes, en las palabras de los escritores, no ve\u00edan sino in\u00fatiles complicaciones y disimuladas amenazas a una realidad que era su asiento y muy poco que pudiera servirles. En esas condiciones el simb\u00f3lico coloquio entre Bello y Zamora, que hubiera sido el di\u00e1logo entre la realidad social y la literatura, no ha podido establecerse con toda la intensidad y continuidad que un pa\u00eds de tan duro quehacer hist\u00f3rico hubiera requerido.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubiera sido necesaria una literatura que acompa\u00f1ara y guiara el devenir social, m\u00e1s que una literatura sat\u00edrica, o inactual. M\u00e1s que una actitud a\u00f1orante, evadida o pesimista, una disciplina para la vida hecha en tono afirmativo y aleccionador. Bello anduvo lejos y de su gran voz rectora poco lleg\u00f3 a Venezuela. Toro pasa los diez mejores a\u00f1os de su madurez en silencio. Mait\u00edn y Lozano cantan en la guitarra rom\u00e1ntica sentimientos individuales; Juan Vicente Gonz\u00e1lez se agota en el periodismo partidista; Cecilio Acosta se refugia en la correspondencia con un pu\u00f1ado de humanistas; P\u00e9rez Bonalde no vuelve sino para el momento de llorar su dolor; cuando el siglo XIX se va a cerrar aparece la novela sat\u00edrica y pesimista del Ciclo de Peon\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Ser\u00eda dif\u00edcil hallar en todo ese tiempo el equivalente nuestro de Mart\u00edn Fierro, el Facundo que se mete a hurgar en la vida de la tierra, la Caba\u00f1a del T\u00edo Tom que abre las conciencias a la evidencia de un crimen colectivo, o los que hubieran hecho para nosotros el papel de un Fenimore Cooper, de un Gald\u00f3s, de un Tolstoi, de un Federico Mistral, para no preguntar por el Walt Whitman, que tanto hubiera servido en aquella centuria de ceguedad e insurrecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No hay que enga\u00f1arse; si alguna carencia grave ha tenido nuestra literatura, ha sido la de la falta de ese fecundo di\u00e1logo con la naci\u00f3n. \u00bfNo viene a resultar una dram\u00e1tica comprobaci\u00f3n de esa falla el hecho de que todav\u00eda, en la hora presente, cuando Venezuela es predominantemente un pa\u00eds minero, urbano e industrial en vertiginosa transformaci\u00f3n, siga siendo la nuestra, en su mayor\u00eda, novela rural o psicol\u00f3gica?<\/p>\n\n\n\n<p>Esto, que a ratos debe parecer una requisitoria, no es sino un examen de conciencia y una voz de llamada. La expresi\u00f3n de una angustia que todos sentimos por ver desempe\u00f1ar a la literatura venezolana su misi\u00f3n plenamente. Y es por eso mismo, m\u00e1s un acto de fe y de esperanza que de negaci\u00f3n. Grandes son las letras y las responsabilidades que el presente ofrece a nuestra literatura. El mero hecho de que en el recinto de esta Academia se lleguen a suscitar esas cuestiones, es una nueva se\u00f1al de que estamos en una hora de despertar la conciencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya no son pocos nuestros escritores, j\u00f3venes y viejos, que lo entienden as\u00ed. Mirad si no la proliferaci\u00f3n de trabajos biogr\u00e1ficos sobre los hombres afirmativos de nuestro pasado; de estudios sociales e hist\u00f3ricos sobre temas regionales; de tentativas de una novela de la hora presente; de ensayos de interpretaci\u00f3n de lo nacional; de esfuerzos por crear un teatro propio. Nunca ha habido inter\u00e9s m\u00e1s activo por la cultura que en nuestros d\u00edas, desde las aulas de las universidades hasta las salas de exposiciones, conferencias y conciertos, sin olvidar las p\u00e1ginas de los peri\u00f3dicos. Nunca ha habido m\u00e1s mesas redondas, m\u00e1s ciclos de estudio, m\u00e1s divulgaciones de todo tipo. Nunca ha habido m\u00e1s oportunidades de adquirir una formaci\u00f3n cultural suficiente para asomarse al pa\u00eds y al mundo con una mirada comprensiva.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero estas mismas circunstancias plantean de un modo perentorio la necesidad de que los escritores asuman sus nuevas responsabilidades. Ya no somos los habitantes de la Venezuela agr\u00edcola, aislada del mundo, amurallada en sus buenas y malas tradiciones, paralizada por la pobreza. Somos los hijos y los gestores de uno de los pa\u00edses m\u00e1s ricos del mundo, gran productor de petr\u00f3leo y de hierro, cuya poblaci\u00f3n en m\u00e1s de sus dos terceras partes vive en ciudades, en contacto diario con las novedades del mundo por medio de la prensa, el cine, la radio y la televisi\u00f3n. Estamos en una Venezuela en la que por primera vez en su historia, la clase media es la m\u00e1s importante de la sociedad, en la que centenares de millares de inmigrantes traen al escenario nacional usos, palabras y costumbres nuevas; en la que el setenta por ciento de la poblaci\u00f3n tiene menos de treinta a\u00f1os; en la que el ingreso anual por habitante es el m\u00e1s grande de la Am\u00e9rica Latina. Un pa\u00eds en el que se realizan descomunales obras y empresas, que est\u00e1 libre de paludismo, que produce todo el cemento que necesita, todo el az\u00facar que necesita, toda la electricidad que necesita, que pronto va a producir acero y aluminio, pero que, no menos que antes, necesita un esp\u00edritu, para tener un ser.<\/p>\n\n\n\n<p>En esta violenta crisis de transformaci\u00f3n ha ocupado lugar dominante un nuevo tipo de intelectual: el cient\u00edfico. Cient\u00edficos y t\u00e9cnicos, formados en nuestras Facultades y en los mejores centros docentes del mundo, asumen con seguridad y desenfado las tareas muy especializadas de esa vasta transformaci\u00f3n. Ingenieros, arquitectos, higienistas, especialistas en concreto armado o en hidr\u00e1ulica, investigadores sociales, economistas, estad\u00edsticos, naturalistas, epidemi\u00f3logos, ingenieros de petr\u00f3leo o de electricidad, fitopat\u00f3logos, ge\u00f3grafos, antrop\u00f3logos, t\u00e9cnicos de mercadeo y de ventas, expertos en comunicaciones, en planificaci\u00f3n y zonificaci\u00f3n de ciudades. Sin olvidar la labor de las Facultades de Humanidades que preparan con disciplina cient\u00edfica fil\u00f3sofos, fil\u00f3logos, pedagogos y profesores de la literatura e historia, quienes salen armados de todo el aparato de la moderna investigaci\u00f3n universitaria.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed como el t\u00e9cnico ha venido a tomar posesi\u00f3n de las funciones de cultura y de inteligencia que le eran debidas, tambi\u00e9n el auditorio a quien ha de dirigirse el escritor ha cambiado de condici\u00f3n y de actitud. Lo forman ahora, no s\u00f3lo esos t\u00e9cnicos y universitarios que han de juzgar su mensaje desde el \u00e1ngulo de sus distintas especializaciones, sino tambi\u00e9n la enorme muchedumbre de los que se dedican a las m\u00e1s diversas actividades de empresas y de negocios, y que tienen del pa\u00eds una experiencia viva desde puntos de vista muy precisos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya no es el escritor el solitario y prestigioso intelectual frente a una colectividad de agricultores y guerrilleros; ahora est\u00e1 en medio de una naci\u00f3n en febril y a veces inorg\u00e1nica transformaci\u00f3n. Ya no escribe para los hacendados de Peon\u00eda, ni para los rentistas de El hombre de hierro, ni para los llaneros de Altamira. Ahora ha de escribir para los apresurados habitantes de ciudades cosmopolitas, donde se editan peri\u00f3dicos en cuatro o cinco lenguas, y para los industrializadores de una frontera m\u00f3vil y din\u00e1mica. Los lectores, a los que se les pide tiempo para comunicarles algo, son los t\u00e9cnicos absorbidos en sus problemas concretos o los hombres entregados sin tregua a un ritmo enloquecedor, a los mil quehaceres contempor\u00e1neos, como fabricantes, corredores, contratistas, distribuidores, banqueros, cambistas, vendedores, publicistas, promotores de ventas, constructores, urbanizadores, transportistas, aseguradores, comisionistas, periodistas, personal de radio y TV, tenderos, mensajeros y todas las formas de direcci\u00f3n y empleo en las empresas de comercio, de producci\u00f3n y de servicios. Ese es el nuevo auditorio al que el escritor tiene que llegar con su palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto no significa que la funci\u00f3n del escritor ha sido disminuida, sino por el contrario que ha crecido en dignidad, en dificultad y en transcendencia. Le ha quedado, nada menos que la funci\u00f3n creadora del esp\u00edritu. Ante los obreros, la clase media y las verdades parciales de los t\u00e9cnicos y los especialistas, le queda a \u00e9l y a nadie m\u00e1s que a \u00e9l, el encargo de expresar las concepciones generales, las intuiciones b\u00e1sicas, la formulaci\u00f3n de las direcciones y de las explicaciones que el pa\u00eds requiere para sentir que tiene una unidad y un camino, es decir, que tiene un ser.<\/p>\n\n\n\n<p>No puede hacerse un pa\u00eds sin un esp\u00edritu, so pena de no pasar de ser una aglomeraci\u00f3n de hombres, una factor\u00eda, un mercado o un mero accidente hist\u00f3rico. Un pa\u00eds existe, pobre o rico, pr\u00f3spero o atrasado, s\u00f3lo en la medida en que todos los que lo pueblan sienten que participan de una unidad superior y m\u00e1s duradera que ellos mismos, que posee un esp\u00edritu y cuya expresi\u00f3n suprema, inconfundible y permanente, est\u00e1 en su arte, en su pensamiento y en su literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>De las tres maneras de conocer y de presentar los objetos de nuestro pensamiento: la de la descripci\u00f3n y anotaci\u00f3n de los hechos, que es la de la historia; la de la comparaci\u00f3n de los hechos conocidos para descubrir leyes de relaci\u00f3n, que es la de la ciencia; y la de la recreaci\u00f3n y creaci\u00f3n de los hechos, que es la del arte, no pocas veces la m\u00e1s profunda, valedera y permanente, como ya lo sab\u00eda Arist\u00f3teles, es la \u00faltima. Son los hallazgos del arte y de la ficci\u00f3n los que finalmente caracterizan y representan las civilizaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>A nuestros escritores y nuestros artistas, trabajando con los elementos que aportan y requieren las circunstancias, corresponde concebir, hallar y expresar, para todos los hombres, t\u00e9cnicos, empresarios, industriales, trabajadores y universitarios, que integran el pa\u00eds, las concepciones, las f\u00f3rmulas y los s\u00edmbolos que les van a revelar la conciencia de pertenecer a una misma hora, a un mismo destino colectivo y a un mismo esp\u00edritu, es decir: crear un pensamiento nacional y una emoci\u00f3n nacional, coherentes y justos, que tengan en cuenta nuestros problemas y contribuyan a resolverlos en unidad de acci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No hay que olvidar que vivimos en un pa\u00eds en profunda transformaci\u00f3n en medio de un mundo en grave crisis espiritual. Para bien o para mal, las cosas que nuestros escritores o artistas hagan ahora, servir\u00e1n o no servir\u00e1n para ayudar al pa\u00eds a transformarse con acierto y a entender y aprovechar el confuso mundo de que forman parte. Es aqu\u00ed, precisamente, donde reside el problema de nuestra literatura en el presente: en su vocaci\u00f3n y capacidad para servir al destino del pa\u00eds en el destino del mundo. Es decir, en su decisi\u00f3n de ser actual y por lo tanto valedera y por lo tanto respetada y activa, o inactual y por tanto gratuita, desde\u00f1ada y pasiva.<\/p>\n\n\n\n<p>No puede bastarle al pa\u00eds, en una hora nacional o internacional de tanta importancia y riesgo como la que vivimos, con tener gente informada del pensamiento de Heidegger, o de las ecuaciones de Einstein, o de la psicolog\u00eda de Adler, o de la poes\u00eda de Horacio o de la de Rilke. Estos pueden ser, en el peor sentido, pecados de orgullo o vicios. Como tampoco basta con producir ingenieros que sepan levantar la m\u00e1s complicada estructura, o m\u00e9dicos que est\u00e9n al tanto de las \u00faltimas novedades de la bioqu\u00edmica, o abogados que conozcan al dedillo todas las complicaciones de la legislaci\u00f3n positiva. Con todo eso faltar\u00eda algo mas. Habr\u00eda que elevarse a una comprensi\u00f3n superior de nuestro presente y de nuestro inmediato futuro e iluminar los rumbos.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa es, precisamente, la funci\u00f3n de la inteligencia creadora por medio de las letras y las artes. Lo fue as\u00ed entre los griegos y los romanos; lo fue as\u00ed en el siglo XI, en el siglo XIII, en el Renacimiento, en la Ilustraci\u00f3n, en todas las grandes horas de los viejos y los nuevos humanismos. As\u00ed tambi\u00e9n lo fue en la hora maravillosa de nuestra Independencia, cuando la palabra y la acci\u00f3n se fundieron en una deslumbradora comprensi\u00f3n de la historia como requerimiento de la vida. Ser\u00eda muy grave que el pensamiento, las letras y el arte, quedaran al margen de la transformaci\u00f3n actual del pa\u00eds.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa realidad del pa\u00eds y del mundo, que formula diarias y angustiosas exigencias, es la piedra de toque para juzgar a nuestras letras y para decidir si no valen m\u00e1s que para un juego ancilar m\u00e1s o menos h\u00e1bil y gracioso, o si sienten la vocaci\u00f3n de apersonarse, interesarse, comprender y orientar. El pa\u00eds, que crece y cuya fisonom\u00eda cambia, aguarda con emoci\u00f3n la hora en que nuestra literatura va a decir, por medio de sus realizaciones m\u00e1s significativas: \u00abVenezolana soy, y nada de lo venezolano lo considero ajeno\u00bb. Y quiz\u00e1 algo de la fecunda emoci\u00f3n que la frase de Terencio levant\u00f3 en su tiempo, se levante en el nuestro.<\/p>\n\n\n\n<p>Para ello ser\u00eda necesario no s\u00f3lo conocer, sino recibir eso que llamamos la realidad en toda su compleja extensi\u00f3n, sin mutilaciones, no para aceptarla y embellecerla, sino para esforzarnos por ganarle la entra\u00f1a y buscarle el sentido y los valores positivos, a fin de que los que viven en esa y por esa realidad, que son los m\u00e1s, sientan que a su lado y un poco adelante va la literatura acompa\u00f1\u00e1ndolos, ilumin\u00e1ndolos y mejor\u00e1ndolos. Decirle al pa\u00eds las palabras justas, generosas y aleccionadoras que necesita para reconocerse la propia alma colectiva, y sentir la necesidad de realizarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Estas palabras est\u00e1n dichas con angustia sincera y con modestia. A nadie acuso, porque para ello ser\u00eda necesario que comenzara por acusarme a m\u00ed mismo. Pero porque creo que, con todo lo que de promisorio tienen hoy nuestras letras, les falta dar m\u00e1s para el hambre espiritual del pa\u00eds, dar lo que s\u00f3lo ellas pueden dar, y lo que sin ellas quedar\u00e1 frustrado e incompleto, me he animado a decirlas en esta ocasi\u00f3n. El panorama de estas carencias y de estas necesidades es, por su otra faz, una maravillosa invitaci\u00f3n al esp\u00edritu creador de nuestros escritores. Nunca un pa\u00eds esper\u00f3 tanto y necesit\u00f3 tanto de sus hombres de pensamiento y creaci\u00f3n, como hoy la tierra de Andr\u00e9s Bello. El pa\u00eds est\u00e1 como a la espera de esas voces para que se anude el di\u00e1logo vivo y fecundo sobre su destino. Y, por eso mismo, nunca tuvo una hora tan auspiciosa ni una misi\u00f3n tan claramente formulada la literatura venezolana.<\/p>\n\n\n\n<p>Alguien podr\u00eda levantarse ahora y decirme que despu\u00e9s de todo no vengo sino a formular otro programa, que no es sino repetir la queja de ausencia por una literatura, como tantas veces lo expresaron muchos de los que aqu\u00ed he recordado, y que m\u00e1s valiera ponernos a la obra, sin perder tiempo en pre\u00e1mbulos. No ser\u00eda del todo justo quien dijera eso. La verdad es que a la obra est\u00e1n puestos muchos y que cada uno, a su manera, oye el llamado y trata de responder con la creaci\u00f3n. Pero estar\u00edamos condenados a no poder hablar sino de obras individuales y no de una literatura nacional, si no hubiera formulaciones, debates y acuerdos, sobre los fines, paradigmas y prop\u00f3sitos que han de caracterizar a las obras de un mismo tiempo dentro de una misma literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>Y con esto, el evocador de sombras y presencias va a callar, como en los viejos tiempos de las tertulias literarias, despu\u00e9s de haber dicho sus esperanzas, sus angustias y sus dudas, para que se enciendan y dejen o\u00edr las voces, que pueden y deben hacerlo, sobre un tema que Venezuela tiene hambre y sed de o\u00edr.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri Nada es m\u00e1s fecundo, estimulante y aleccionador que el di\u00e1logo entre escritores y hombres de pensamiento. El jugar con las ideas y los conceptos engendra nuevas ideas y sugiere conceptos nuevos. 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