{"id":16267,"date":"2025-05-28T13:26:44","date_gmt":"2025-05-28T17:56:44","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16267"},"modified":"2025-05-28T13:26:57","modified_gmt":"2025-05-28T17:56:57","slug":"ejercicios-narrativos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ejercicios-narrativos\/","title":{"rendered":"Ejercicios narrativos (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Jos\u00e9 Balza<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>MAHOME II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>A Vince De Benedittis<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Agreg\u00f3 al cabo de una pausa:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El Secreto, por lo dem\u00e1s, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a \u00e9l. Esos caminos hay que andarlos.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera sonaba la autopista reci\u00e9n inaugurada; un tr\u00e1fico tumultuoso quer\u00eda probar esa nueva v\u00eda de la ciudad. El antrop\u00f3logo habl\u00f3 y nosotros mir\u00e1bamos su oscuro morral y un gran hueso colocado en el piso. El apartamento, alegre y alto, nos quitaba ubicaci\u00f3n. Nada del hombre pod\u00eda indicar que era extranjero: tostado; magro, decisivo en la colocaci\u00f3n de sus palabras. Habl\u00f3 de su llegada a la selva, dos a\u00f1os antes; cont\u00f3 el aprendizaje del nuevo idioma; parec\u00eda m\u00e1s sobrio que cualquier otro cient\u00edfico.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No soy creyente, pero volver\u00e9 a la selva. Hace tiempo, cuando fui, tal vez exager\u00e9 un poco con los aprendizajes: decid\u00ed estudiar desde el primer momento: vi sus ceremonias f\u00fanebres, la ingesti\u00f3n de cenizas humanas con pl\u00e1tanos, una \u00faltima prueba amorosa de ellos hacia el muerto. Habl\u00e9 pronto el lenguaje y me adapt\u00e9 a su vida n\u00f3mada. En ese morral hay utensilios suyos, cosas \u00edntimas. Pero tambi\u00e9n desde el primer momento conoc\u00ed al joven guerrero, mi amigo inmediato; no puedo decirles su nombre porque violar\u00eda alguna ley. Cazamos juntos, escuch\u00e9 las tradiciones de su tribu, narradas por \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda quiso iniciarme: me invit\u00f3 a buscar aquel animal que ser\u00eda mi esp\u00edritu, mi verdadero yo, Mahome; nada arriesgaba: acept\u00e9. Durante las primeras semanas aquello pareci\u00f3 un juego; despu\u00e9s supe que las pinturas de su cuerpo encerraban una promesa: \u00e9l pasar\u00eda a ser sacerdote con los a\u00f1os. A los doce meses de estar escrutando plantas, cantos en la noche, posiciones del sol, dijo que lo sab\u00eda, que hab\u00eda descubierto el secreto. Tendr\u00edamos que ir a una zona distante del poblado; imagin\u00e9 el nido o la cueva donde reposar\u00eda el animal que me repet\u00eda. Salimos a medianoche. S\u00f3lo tom\u00e9 la pistola, aunque \u00e9l insisti\u00f3 en que ser\u00eda innecesaria. Al amanecer alcanzamos un claro del monte; \u00e9l se\u00f1al\u00f3 el sol y un zumbido de alas. Con la luz el \u00e1guila estuvo sobre nosotros. Su mirada indic\u00f3 que el ave se fundir\u00eda conmigo, a esa hora y en ese lugar. Los \u00e1rboles descendieron un poco: un plumaje de dos metros, brillante y denso ca\u00eda sobre ellos. Tem\u00ed un momento, hubiese sido razonable escapar de aquel gigantesco animal; pero mi amigo no nos miraba: el milagro ser\u00eda ineludible. Esper\u00e9 el abrazo del ave, lo que fuera; cerr\u00e9 los ojos durante segundos. Y en seguida vi como el gran p\u00e1jaro me ignoraba; fluy\u00f3 entre hojas y ramajes y vorazmente iba contra el indio. Algo me invadi\u00f3, ten\u00eda que salvarlo. Dispar\u00e9. El ave se balance\u00f3, caer\u00eda; en el plumaje del pecho una mancha roja y negra lo debilitaba. Pero con un aletazo se elev\u00f3 en la ma\u00f1ana agobiante y escuch\u00e9 entonces la voz de mi amigo que se derrumbaba, herido de bala, cerca de m\u00ed: \u201cSe muere un waika, susurr\u00f3, el \u00e1guila era yo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>EL NI\u00d1O DEL FULGOR<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>Para Vilma Ramia<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>1<\/p>\n\n\n\n<p>La casa, peque\u00f1a y anodina, contrasta con los f\u00e9rtiles, inmensos terrenos que la rodean. Fue entregada hace mucho a Fabi\u00e1n por sus padres y \u00e9l cree conocer cada parte de su posesi\u00f3n. Al frente, un cercado que poco protege a las viejas plantas de an\u00f3n, de n\u00edspero, de ca\u00f1a. Dos perros fuertes y el\u00e1sticos circulan libremente.<\/p>\n\n\n\n<p>El cercado conduce a la puerta de la casa mediante un sendero de citroneras. Alrededor del peque\u00f1o edificio, limoneros y guayabos. Todo parece \u00edntimo. Sin embargo por detr\u00e1s comienzan los gallineros, el patio con gansos y cerdos. Un caimito gigantesco. La vasta hacienda de cacao y naranjales. Y s\u00f3lo para quienes pueden llegar hasta all\u00e1, de repente en medio del terreno, surge una brillante laguna, cuya superficie vibra, picada por peces y p\u00e1jaros.<\/p>\n\n\n\n<p>A este lugar trajo Fabi\u00e1n hace nueve meses a su mujer, una chica tan joven y fuerte como \u00e9l mismo. Y aqu\u00ed son visitados por familiares de ambos, que en ocasiones se quedan, trasnochan, se emborrachan y hasta pelean entre ellos al amanecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Fabi\u00e1n y ella saben exactamente c\u00f3mo trabajar y producir, tambi\u00e9n que el mundo es ese territorio y el primer hijo que tendr\u00e1n. Un espesor an\u00edmico los protege, se ha elevado alrededor de ellos como un canto, desde que tambi\u00e9n fueran ni\u00f1os. Tal vez permanezcan para siempre bajo esa cualidad primaria y fresca que no los diferencia de las aves y del bosque.<\/p>\n\n\n\n<p>Alguna vez van a la peque\u00f1a ciudad pr\u00f3xima y otra a las orillas del poderoso r\u00edo. Quiz\u00e1 su hacienda sea una r\u00e9plica completa de aqu\u00e9lla y la laguna un retoo salvaje de las vastas aguas lejanas. En el todo son todo. <\/p>\n\n\n\n<p>Esta tarde de verano han querido recorrer los sembrados. Ya no tardar\u00e1 ella en parir y habr\u00e1 que guardar reposo. Y all\u00ed caminan, avanzando bajo el cafetal, seguidos por los perros, alborotando a una bandada de loros. Comienza el verano de oro y las palmeras y las hojas refulgen como aceitadas. Es la proximidad del agua, que la laguna recoge secretamente.<\/p>\n\n\n\n<p>2<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto \u00e9l huele vigorosamente y la detiene con un gesto. De manera autom\u00e1tica ella coloca sus manos sobre el vientre. La penumbra de la tarde los envuelve. Y ambos miran hacia el fondo de la arboleda: en un espacio de hierbas algo se quema.<\/p>\n\n\n\n<p>Fabi\u00e1n adelanta y le grita que permanezca quieta. Pero la mujer corre tras \u00e9l y ambos enfrentan al trozo de terreno que humea. En verdad ya no arde nada. Lo que se ha quemado resulta ser, visto de cerca, un c\u00edrculo perfecto: la hierba desaareci\u00f3 y s\u00f3lo queda la tierra misma, rojiza, en ascuas, como si ardiera desde adentro, desde el fondo.<\/p>\n\n\n\n<p>Mucho despu\u00e9s, si recordaran ese detalle, comprender\u00edan que no hab\u00eda humo ni olor a fuego. S\u00f3lo en su instinto surgi\u00f3 la impresi\u00f3n de incendio. El anillo de tierra, h\u00famedo y dorado, atra\u00eda en medio del atardecer. \u00bfRealmente se hubieran atrevido ellos a creer que aquel fuego era agua?<\/p>\n\n\n\n<p>3<\/p>\n\n\n\n<p>Esta historia simple se pierde en los remotos matorrales y en alguna memoria del sinuoso r\u00edo y sus lagunas. Fabi\u00e1n y su mujer no pod\u00edan calibrar el don que su hijo poseyera, precisamente porque su espontaneidad o el temor no les habr\u00eda permitido reconocerlo. Mi hermano me asegur\u00f3 que la cosa proven\u00eda del contacto entre el vientre amoroso, el misterioso c\u00edrculo de agua y la \u00edgnea laguna. S\u00f3lo<br>el silencioso azar permiti\u00f3 descubrir, con los a\u00f1os, que aquel ni\u00f1o era la creatura m\u00e1s dotada. Pose\u00eda algo casi irreconocible: ese punto del pensamiento que puede ser llamado incomparable. El fulgor que re\u00fane toda la alegr\u00eda, pero que tambi\u00e9n, dolorosamente, lo comprende todo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\"><strong>RETRATO EN CURIAPO (VERSI\u00d3N 4)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\"><em>A Beatriz y Ernesto P\u00e9rez Z\u00fa\u00f1iga<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>1<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfA qui\u00e9n culpar? \u00c9l mismo hab\u00eda estado en la cumbre del poder local durante un per\u00edodo y, para ser sincero, jam\u00e1s dej\u00f3 de ser tipo importante en la regi\u00f3n. Hoy, por descuido de alg\u00fan funcionario, la embarcaci\u00f3n adecuada fue enviada hacia otro destino y, ante la urgencia del caso (de los casos), debi\u00f3 venir a este activo pero deteriorado puerto de Volc\u00e1n a tomar la lancha colectiva. Su peque\u00f1a maleta, equipos t\u00e9cnicos ya en la nave. Pero tuvo necesidad de un ba\u00f1o p\u00fablico y se encontr\u00f3 con que nunca ha sido construido alguno. \u00a1En este puerto de tr\u00e1fico incesante! De donde parten botes, curiaras y lanchas hacia las m\u00e1s remotas zonas del Delta, hasta la desembocadura en el oc\u00e9ano. Finalmente un uniformado le facilita el servicio de la Guardia, infecto y exclusivo. \u00bfC\u00f3mo hacen los numerosos viajeros antes de afrontar una traves\u00eda tan larga?<\/p>\n\n\n\n<p>Luego el m\u00e9dico sube a la embarcaci\u00f3n, le entregan un salvavidas roto y esperan casi una hora la llegada de los otros viajeros. El conductor es joven y grueso, tambi\u00e9n dos se\u00f1oras y otros siete hombres. En el extremo de un banco se sientan ni\u00f1os ind\u00edgenas con su madre.<\/p>\n\n\n\n<p>Dentro del conjunto parece un campesino m\u00e1s: alto, fuerte, sin barriga y de brazos fibrosos; s\u00f3lo sus cabellos blancos, escasos en el centro y desordenados, as\u00ed como los lentes un poco ladeados, podr\u00edan hacerlo diferente. Imposible pensar que tiene ochenta y tres a\u00f1os y que fue la autoridad m\u00e1xima del estado. Desde que el taxi lo dejara arriba, en la carretera o en el barranco, algunas personas lo saludaron con afecto. Para todos es alguien ilustre, aunque no logren precisar por qu\u00e9. A\u00f1os antes hubiera sido tan f\u00e1cil que le asignaran un helic\u00f3ptero\u2026 Pero no importa, el doctor es sobre todo un h\u00e1bil pol\u00edtico y sabe que en las elecciones pr\u00f3ximas, seg\u00fan ha intuido, al asociarse adecuadamente volver\u00e1 a ser candidato y enseguida jefe local. Bastar\u00e1 con que despliegue en la peque\u00f1a capital y en zonas remotas como \u00e9sta a la cual se dirige su antiguo prestigio, su buen humor y, c\u00f3mo negarlo, su bondad, para que los votos sean suyos.<\/p>\n\n\n\n<p>El m\u00e9dico no se enga\u00f1a: un alto sentido \u00e9tico, una especial condici\u00f3n de servicio, noble y efectivo, cimentan su fama como cirujano, su aura de hombre generoso, desinteresado. En sesenta a\u00f1os de trabajo nunca defraud\u00f3 a un paciente, ni pobre ni rico. Si alguien aqu\u00ed lo reconociera por completo, recordar\u00eda esa justa fama de excelente cient\u00edfico, de hombre sencillo y accesible, pero quiz\u00e1 tambi\u00e9n la historia de su voracidad \u2014la suya y la de sus familiares\u2014 para aprovecharse de los dineros p\u00fablicos. Nada raro eso \u00faltimo entre nosotros, que en este caso casi excepcional ha sido matizado con la construcci\u00f3n (por parte del doctor, a\u00f1os atr\u00e1s) de algunos dispensarios y locales m\u00e9dicos que a\u00fan funcionan en poblaciones olvidadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ubicado entre los j\u00f3venes gordos y una se\u00f1ora, utilizando el salvavidas como albornoz que lo proteger\u00e1 del viento y de los ramalazos de gotas, a las siete de la ma\u00f1ana el hombre, que se hab\u00eda adormilado unos minutos, advierte el fuerte impulso con que despega el motor. Un zumbido, el balanceo que despierta comentarios humor\u00edsticos y la proa que se eleva hacia el sol. Con destreza el chofer evade suaves islotes de juncos pr\u00f3ximos a la ribera y se centra en medio de la corriente.<\/p>\n\n\n\n<p>En el puerto las nubes que no dejaban amanecer por completo son sustituidas por el cielo abierto: la luz choca con las aguas y un vertiginoso remolino parece atrapar a la embarcaci\u00f3n. Ya est\u00e1n, y as\u00ed seguir\u00e1n, muy pr\u00f3ximos al centro de la arteria incesante.<\/p>\n\n\n\n<p>El r\u00edo cobra en seguida su car\u00e1cter de inmensidad: las costas de verdes oscuros y altos palmares, a la izquierda, se alejan; y por el otro lado todo es agua infinita, marcada en la distancia por una ribera peque\u00f1\u00edsima. Comienza entonces el laberinto ocre de las ondas y el asomarse de la punta de las islas, como naves irreales, que se vuelven de turquesa, de neutros amarillos, de verdes como cristal, asomo de duraci\u00f3n variable hasta que aparece, m\u00e1s lejos a\u00fan, m\u00e1s pose\u00edda por aguas irrefrenables, otra isla magn\u00edfica y desafiante. Si fuese creyente \u2014como de manera segura lo son los ind\u00edgenas que tambi\u00e9n viajan\u2014 el m\u00e9dico podr\u00eda pensar que esas son las formas de los dioses: tierra y aguas en comuni\u00f3n, geometr\u00edas del color y la luz, ritmos de p\u00e1jaros que marcan destinos en lo alto, el iris de alg\u00fan s\u00fabito pez, se\u00f1or del barro profundo, y la seguridad con que la peque\u00f1a nave vuela sobre la espuma.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n se han detenido en alg\u00fan reducido poblado a dejar viajeros y recoger otros, que mov\u00edan brazos m\u00ednimos en la distancia. All\u00ed, los restos de alg\u00fan mueble de pl\u00e1stico guarda su deriva entre los hierbazales. Sobre la orilla de bamb\u00faes y cocoteros crecen los milenarios matorrales: ceibas anchas, audaces algarrobos, cacaotales abandonados, jobos; y sobre \u00e9stos, descubre el hombre, saltan, arrullan, a\u00fallan los no menos antiguos araguatos: monos graciosos, \u00e1giles, de oro y rub\u00ed, cuyo sonido vuela en el viento con acordes electr\u00f3nicos. Ni\u00f1os ancianos que han vivido la promiscuidad ancestral y futura.<\/p>\n\n\n\n<p>En tres o cuatro ocasiones, inmensos buques de carga han estremecido la lancha de los viajeros al partir el agua.<\/p>\n\n\n\n<p>Horas despu\u00e9s, los morichales de malvas desva\u00eddos de la derecha se frotan con barrancos rubios: anuncios del oc\u00e9ano que tragar\u00e1 la dulzura del r\u00edo o que se dejar\u00e1 penetrar por su lenta sensualidad. Frente a los viajeros cocales y un morichal enf\u00e1tico, de hojas rojizas y de palmas como lanzas. Est\u00e1n detr\u00e1s, vigilando las casitas de madera, las callejuelas hechas con tablas o cemento, los techos de orden claro, que se elevan sobre aguas quietas. Una torre met\u00e1lica, una cruz de iglesia, tendidos el\u00e9ctricos, gente: Curiapo. Los viajeros sonr\u00eden, saludan, gritan al arribar. La lancha se acomoda con suavidad; casi nadie se acerca.<\/p>\n\n\n\n<p>Al doctor lo esperan otro m\u00e9dico y dos enfermeras. Le ofrecen desayunar; \u00e9l acepta un largo caf\u00e9, desde hace a\u00f1os s\u00f3lo toma una comida al d\u00eda. Y es conducido al peque\u00f1o ambulatorio donde trabajar\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera, Curiapo es una corta calle principal, tramada en gruesas tablas, sobre el agua. En ella se levantan casas desde los pilotines, algunas de las cuales poseen pisos de cemento. En otras asoma un sesgo guyan\u00e9s o hind\u00fa. Hay peque\u00f1as bodegas y tiendas; no funciona la electricidad y los habitantes se las ingenian para utilizar sus tel\u00e9fonos celulares. En el centro, una zona recuperada se extiende hacia atr\u00e1s, sobre la tierra y all\u00ed se encuentra el liceo, la iglesia, un campo deportivo. Tambi\u00e9n hay bares y los pescadores no cesan de ofrecer peces u otras mercanc\u00edas desde la playa.<\/p>\n\n\n\n<p>2<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l y los otros cenan morocoto asado, un casabe esponjoso y ocumo yanc\u00edn hacia las diez. Las operaciones fueron concisas y r\u00e1pidas, excepto en tres casos. El doctor est\u00e1 cansado y sabe que debe madrugar para el regreso, pero a\u00f1ora un buen whisky (\u00bfpor qu\u00e9 no lo meti\u00f3 en el equipaje?) dif\u00edcil de conseguir, al parecer. Le ofrecen vino guyan\u00e9s y apenas lo prueba. Decide caminar un poco, mientras el otro m\u00e9dico intenta hallar la bebida deseada.<\/p>\n\n\n\n<p>En la cena, desde la breve terraza de la pensi\u00f3n, s\u00f3lo un televisorcito de pilas ronroneaba en la sala. Brisa suave; de las callejuelas sub\u00eda un cierto sonido acariciante, como si el agua, debajo de ellos, fuese removida lentamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, mientras avanza por la ruta central, en la noche oscura, nota que muchas casas disponen de motores dom\u00e9sticos para la electricidad, lo que incide en las aguas que se alejan creando c\u00edrculos interrumpidos e incesantes. En pocos portales hay personas, pero de repente comienzan a acercarse j\u00f3venes solos o en grupos, que van en una misma direcci\u00f3n: hacia el final de la v\u00eda. Se detiene porque el m\u00e9dico lo llama y le entrega una bolsa de papel. Logra ver la etiqueta, complacido. El otro le deja tambi\u00e9n un vasito pl\u00e1stico y se retira sonriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ir\u00e9 a dormir pronto \u2014dice a \u00e9ste y sigue avanzando.<\/p>\n\n\n\n<p>Vuelve a pararse y bebe un poco m\u00e1s. El aire se ha cargado de un perfume espeso, a barro, a peces, a hojas, a vientres de muchachas. Bajo las tablas el r\u00edo suena como si entrase a una caverna. Ahora los chicos van m\u00e1s a prisa, pasan a su lado y saludan con alegr\u00eda. En el bullicio puede distinguir frases en ingl\u00e9s y espa\u00f1ol, en warao y s\u00e1nscrito, en alguna otra lengua extra\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Una mujer vestida con traje largo y los hombros descubiertos se detiene un instante a su lado, lo mira con deferencia y prosigue. En el doctor el cansancio ha desaparecido; a pesar de las horas de concentraci\u00f3n siente los ojos frescos y el cuerpo \u00e1gil. Se pasa la mano por el pelo, equilibra sus gruesos anteojos. Recuerda que lleva puesta la misma guayabera de la ma\u00f1ana, limpia aunque un poco arrugada.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces suben el sonido de la m\u00fasica y el hombre reconoce que se trata de una gran fiesta juvenil justo al borde de la calle, en la \u00faltima casa. Se acerca de manera natural, observa desde fuera, junto a muchos otros muchachos y chicas. La verdad es que ya no cabe nadie m\u00e1s en la sala donde bailan fren\u00e9ticamente.<\/p>\n\n\n\n<p>3<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que se podr\u00eda decir en seguida quiz\u00e1 no corresponda con el ser del doctor. O s\u00ed. Un cuarto vasito de licor es insignificante para quien est\u00e1 acostumbrado a nadar y montar a caballo, para quien es magro y fuerte, de poco dormir, y que en este instante acoge el impulso de entrar a la fiesta y bailar, feliz. No lo hace, sin embargo, aunque est\u00e1 ya en la puerta misma, rozado por quienes entran y salen, envuelto en el humo del sudor y los cigarrillos y de alguna hierba. Es medianoche y ya nadie se opondr\u00eda; hasta lo recibir\u00edan como a uno m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>El tiempo no ha pasado: estudi\u00f3 con dificultades, se gradu\u00f3 en la capital con esfuerzo, fue regando hijos (\u00bftrece, quince?) que olvid\u00f3 por a\u00f1os. Pero vino a esta tierra de las aguas, hizo una gran boda. Ten\u00eda cuarenta cuando la sacudida guerrillera lo absorbi\u00f3; estuvo prisionero del gobierno. Y de repente se asoci\u00f3 con el movimiento cristiano, se lanz\u00f3 como candidato mayor y gan\u00f3. Treinta y cinco a\u00f1os atr\u00e1s gobern\u00f3 estos mismos territorios y comenz\u00f3 a atender a algunos de los hijos perdidos y a los del matrimonio.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque lejos de su cl\u00ednica, hoy ha operado con eficacia. Su pulso firme, sus conocimientos y el equipo humano garantizan la salud de los pacientes. Nada extraordinario para \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca pens\u00f3 en morir, excepto durante los combates guerrilleros. Y a veces duda de que la muerte pueda ocuparse de \u00e9l. Tiene ochenta y tres pero est\u00e1 seguro de que tambi\u00e9n alcanzar\u00e1 los ciento tres; y esto lo hace radiante, nuevo. No hemos nacido para morir, lo demostrar\u00e1. Su mujer, ya hacia los setenta, siempre supo comprender o fingir que ignoraba sus andanzas; la aparici\u00f3n, el rescate de cada nuevo hijo no la sorprend\u00eda. El dinero alcanzar\u00eda para todos y sobraba.<\/p>\n\n\n\n<p>El humor, la agudeza del doctor pueden haberle impedido preguntarse si era injusto con su esposa, con los hijos. Sobre todo con el primero, habido antes del matrimonio, nacido en Manamito cincuenta a\u00f1os atr\u00e1s; el hijo de una mujer morena, lujuriosa, ni\u00f1o de rostro simiesco y tierno que desapareci\u00f3, seg\u00fan ella (ya muerta hoy) en faenas de cortar temiche, Delta adentro. Mujer \u00fanica de quien \u00e9l recibi\u00f3 algo como la entereza, la totalidad: su conducta mansa, inocente y su animalidad incesante, superior, liberadora del placer, de lo ilimitado. Criatura de tierra, de flores salvajes, casi inaudible.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor vive para una acci\u00f3n cotidiana continua. So\u00f1\u00f3 con el poder pol\u00edtico como guerrillero, lo alcanz\u00f3 despu\u00e9s y a\u00fan goza de sus favores. Obtener ganancias, no importa c\u00f3mo se manejen los papeles y, eso s\u00ed, devolver a la colectividad alguna obra ben\u00e9fica notable: su ley simple, recurrente, que volver\u00e1 a&nbsp; aplicar, est\u00e1 seguro, muy pronto. Es un caballero.<\/p>\n\n\n\n<p>Bebe un trago m\u00e1s e invita al otro hombre algo borroso que se ha acercado. \u00bfHay algo familiar en \u00e9l? El ruido es tan grande que no pueden hablar. Mira hacia la sala y descubre a la bella mujer del traje largo; cuando quiere preguntarle, el hombre ha desaparecido.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese raro olor de la juventud invade la noche, lo recogen las aguas, las palmeras. En el hombre palpitan los m\u00fasculos en el nacimiento de sus piernas. Las cinturas y los ojos de las chicas parecen pertenecerle, como en su pubertad.<\/p>\n\n\n\n<p>Parado afuera, est\u00e1 no obstante movi\u00e9ndose adentro, con los bailadores. En su bolsillo la milagrosa pastilla que lo conduce de jueves a domingo a la total potencia sexual. Toca el envoltorio con un dedo sabio y vuelve a agradecer (\u00abEl N\u00f3bel para su creador, no s\u00f3lo por cient\u00edfico, tambi\u00e9n por la Paz\u00bb, se ha dicho, como ahora, en muchas oportunidades).<\/p>\n\n\n\n<p>La sensaci\u00f3n muscular, desde luego, no trae una erecci\u00f3n f\u00edsica sino imaginaria. Para que se complete y para su prolongaci\u00f3n posee el tesoro en su bolsillo. Desaf\u00eda por unos minutos el espeso grupo humano y asoma la cabeza a la sala de baile. Sonido y movimientos lo seducen. Sabe que podr\u00e1 atraer a cualquiera de las chicas u obligarla, con astucia. En la pensi\u00f3n lo espera su cuarto. Fija la mirada en una adolescente sinuosa y algo gorda, de boca oferente; ya la tiene.<\/p>\n\n\n\n<p>En ese momento la hermosa de largo traje se destaca y viene hacia la salida. Es toda una hembra y mucho m\u00e1s ni\u00f1a de lo que crey\u00f3. Sus pechos, su cintura, voluptuosidad plena. El hombre descuida a la otra y sale como para esperarla. El c\u00edrculo de j\u00f3venes vuelve a cerrarse frente a \u00e9l. La calle de Curiapo vibra bajo sus pies, como si el tablado repitiera un ritmo. No hay luces, pero algo de la noche comienza a aclarar y, r\u00e1pidamente, tras las palmas del morichal, la mujer desaparece. Cesa la m\u00fasica por un momento. El doctor cree o\u00edr a la vez el canto de un gallo y el rugido de los araguatos.<\/p>\n\n\n\n<p>Vuelven el ruido y las voces juveniles; hora de regresar al hotelito. Unos pasos lo conducen a la v\u00eda de madera, pero en las sombras siente que no puede avanzar: una figura solitaria y enorme se le atraviesa o decenas de formas hacen una trama impenetrable frente a \u00e9l. Deben aullar o rugir, pero el ruido de la fiesta debilita su expresi\u00f3n. \u00bfEfecto del whisky, del cansancio?<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre trata de esquivar aquello, pero podr\u00eda caer con facilidad al cantil; no hab\u00eda advertido que el viento se levantaba y que, debajo, el oleaje produce un tremar amenazador. Los cuerpos oscuros se acercan, desde el sal\u00f3n de fiesta alguna ventana suma una r\u00e1faga de luz. A su comp\u00e1s, transitorio, logra percibir o imaginar al hombre que desapareciera; pero no puede ser \u00e9l, se dice por \u00faltimo, con tal desnudez simiesca. Como un soplo final vislumbra el rostro de aquella mujer casi animal a quien crey\u00f3 amar en su juventud.<em>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>LOS PECES DE FUEGO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Fue la india Santiaga quien le pidi\u00f3 a Mi\u00f1o, su marido, no decir nada; ambos hab\u00edan quedado aterrorizados: pescaban como siempre cerca de la barra, en la densa madrugada, cuando sorpresivamente creyeron ver los ojos de un inmenso animal que ven\u00eda hacia ellos, bajo el agua.<\/p>\n\n\n\n<p>A lo lejos, una mancha blanca que deb\u00eda ser Capure, efectos de las estrellas, y ellos en medio del rio infinito, tan manso a esa hora que casi permit\u00eda sentir el movimiento de los card\u00famenes. Pescaban como siempre y de repente, a gran velocidad, quiz\u00e1s desde all\u00e1, desde el mar, algo ilumin\u00f3 las aguas. Quedaron at\u00f3nitos y en pocos minutos dos ojos brillantes, hipn\u00f3ticos, se acercaron. Andaban en lo profundo. Gritaron para ellos mismos, pensaron en abandonar la piragua, en lanzarse al rio, pero no hubo tiempo de nada: por debajo la trompa del animal, con sus focos poderosos, iluminaba peces, pedazos de \u00e1rboles, polvo, espuma. El animal paso rapid\u00edsimo, dej\u00e1ndolos de nuevo en la oscuridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Era marzo y las aguas deltaicas reluc\u00edan como vitrales. Meses despu\u00e9s, bajo una tempestad que duro casi dos d\u00edas, Domingo Ordaz y sus hermanos sal\u00edan en su fuerte curiara hacia el otro lado de las costas, por Manamito, para las faenas del ganado. Poco despu\u00e9s de medianoche. De repente, los ojos encendidos de un animal gigantesco parecieron fijarse en ellos: el monstruo estaba en lo hondo, dormido cerca de la orilla. Despert\u00f3, rugi\u00f3 bajo del aguacero y se retir\u00f3 violentamente. Las aguas, junto a los hombres, se convirtieron en un enorme remolino.<\/p>\n\n\n\n<p>Ellos si hablaron: las poblaciones de la selva quedaron a la expectativa. Fue el a\u00f1o de la creciente m\u00e1s terrible en la regi\u00f3n: casas y animales, ni\u00f1os y muebles arrastrados por el diluvio. Lluvia incesante, d\u00edas convertido en noches.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco despu\u00e9s aparecer\u00eda aquel hombre blanco, de r\u00edgidos ojos verdes, que fue considerado como mudo. Vivi\u00f3 en Manamito y Pedernales, despu\u00e9s en Macareito. Como nadie hab\u00eda seguido sus mudanzas, en esta poblaci\u00f3n ya hablaba un raro espa\u00f1ol mezclado con warao y compr\u00f3 una casa discreta. Se dijo que hab\u00eda tra\u00eddo una indiecita desde Capure, que tal vez le hab\u00eda quitado la mujer a Mi\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Sebasti\u00e1n Gil, lector de Zweig y de Julio Verne, me cont\u00f3 la historia d\u00e9cadas despu\u00e9s. Sebasti\u00e1n hab\u00eda enceguecido y escrib\u00eda sobre asuntos \u00e9ticos. El insomnio y las sombras le devolv\u00edan una lucidez pol\u00edtica implacable. Mientras tom\u00e1bamos un caf\u00e9 en su cuarto, narr\u00f3 con pausas y risas nerviosas. Si, en aquella \u00e9poca \u00e9l se dispon\u00eda a estudiar Derecho y a redimir las tierras ind\u00edgenas, maltratadas por los pol\u00edticos. Supo la historia simult\u00e1neamente, contada por cada testigo, en las diversas poblaciones del Delta, donde andaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre el susto de Mi\u00f1o y el escandalo formado por los Ordaz, deben haber transcurrido tres a\u00f1os: de 1943 a 1945 \u2014confirma Sebasti\u00e1n\u2014; no eran peces de fuego sino submarinos alemanes que iban hacia el sur, quiz\u00e1s hacia Argentina. El hombre de Macareito, un nazi, muri\u00f3 sin que yo hubiera podido hablar con \u00e9l. Fabiana, la india, me confeso una vez que el dispon\u00eda de armas y de cosas extra\u00f1as: dientes de oro, joyas, huesos, trajes. Un tesoro. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no comenzamos a buscarlos?, sugiri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-balza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Balza MAHOME II A Vince De Benedittis Agreg\u00f3 al cabo de una pausa: \u2014El Secreto, por lo dem\u00e1s, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a \u00e9l. Esos caminos hay que andarlos. Afuera sonaba la autopista reci\u00e9n inaugurada; un tr\u00e1fico tumultuoso quer\u00eda probar esa nueva v\u00eda de la ciudad. 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