{"id":16119,"date":"2025-05-13T17:05:12","date_gmt":"2025-05-13T21:35:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16119"},"modified":"2025-05-13T17:05:23","modified_gmt":"2025-05-13T21:35:23","slug":"dos-cuentos-de-manuel-trujillo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-manuel-trujillo\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Manuel Trujillo"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La muerte en el puesto o los errores de una guerra de guerrillas<\/h3>\n\n\n\n<p>La muerte de Juan el Sordo fue verdaderamente est\u00fapida. Cuando cruz\u00f3 el Puesto y de la casilla silbaron<br>repetidamente, nadie pens\u00f3 que los guardias se comportaran con tal severidad. Juan el Sordo cay\u00f3 de la motocicleta ya sin vida. Le contaron dieciocho perforaciones, ocho de ellas fatales.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que a\u00fan discutimos -en realidad hace un tiempo- es la ocurrencia de Juan, siendo sordo como una<br>tapia, trasponer el Puesto. Pero m\u00e1s est\u00fapida a\u00fan fue la muerte de Ruperto el Ciego. Bien que lo hab\u00edamos instruido en cuanto a los senderos, sobre todo los de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Al contrario que Juan el Sordo, Ruperto pose\u00eda un o\u00eddo privilegiado. Distingu\u00eda, a veinte metros, la diferencia entre una 48 y un FL-1, s\u00f3lo por el chasquido del seguro. Quiz\u00e1s por ello su disciplina se reg\u00eda m\u00e1s por su oreja que por las \u00f3rdenes recibidas. Ten\u00eda el mismo orgullo de Juan el Sordo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Juan -le dijimos, es decir, le escribimos- lleva los mensajes haciendo un rodeo. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero Juan el Sordo juzg\u00f3 que era m\u00e1s seguro cruzar el Puesto en una motocicleta.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ruperto -le dijimos, es decir, le escribimos-, no se te ocurra cruzar el Puesto. Lleva los mensajes haciendo<br>un rodeo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Ruperto se empe\u00f1\u00f3 -sin que lo supi\u00e9ramos, naturalmente- en pasar por el Puesto, en la creencia de que los guardias ayudar\u00edan a un pobre ciego a continuar su camino.<\/p>\n\n\n\n<p>El caso es que Ruperto el Ciego confundi\u00f3 la noche con el d\u00eda, cosa muy justificable en \u00e9l. Y a eso de las tres de la ma\u00f1ana lo intent\u00f3. Es m\u00e1s: en vez de pasar de largo, tropez\u00f3 con un guardia que dorm\u00eda tranquilamente a diez metros de la casilla. A Ruperto le contaron treinta y dos perforaciones, diecisiete de ellas fatales. Ir\u00f3nicamente, ning\u00fan balazo le toc\u00f3 los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>Nuestra tercera baja -y tercer fracaso por hacer llegar a la ciudad los mensajes- fue el de Antonio el Cojo. Otra vez se puso el infantil orgullo. Antonio dispuso por su cuenta que, en vista de poseer una sola pierna, nadie en el Puesto sospechar\u00eda que podr\u00eda atravesarlo corriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cincuenta y seis perforaciones, la mitad fatales. Intentamos una vez m\u00e1s con Jos\u00e9 el Manco. De nuevo -y esta vez comenzamos a entender que se trataba de lograr lo que los otros no hab\u00edan conseguido- se busc\u00f3 forzar el paso del Puesto. En esta ocasi\u00f3n era la \u00e9poca de las lluvias y no exist\u00eda la posibilidad de un rodeo porque el r\u00edo estaba crecido. Jos\u00e9 el Manco decidi\u00f3 cruzar de noche, sigilosamente. Y cuando se cre\u00eda que lo hab\u00eda logrado, hall\u00f3 que una inmensa reja port\u00e1til se encontraba impidiendo el paso desde la casilla hasta el pie de la monta\u00f1a. Y aqu\u00ed sucedi\u00f3 lo imprevisible: el orgullo de Jos\u00e9 lo impuls\u00f3 a intentar escalar la reja. Las dificultades fueron grandes. Jos\u00e9 met\u00eda sus mu\u00f1ones entre la alambrada e iba ascendiendo como un mono; es decir, como una pereza, tal la lentitud de sus movimientos. De pronto la lluvia se hizo presente.<\/p>\n\n\n\n<p>La reja se volvi\u00f3 resbaladiza y Jos\u00e9, sin un grito, se desplom\u00f3 pesadamente. Pero el choque de su cuerpo fue suficiente. Las perforaciones fueron tantas que nadie se tom\u00f3 la molestia de contarlas. De todos modos Jos\u00e9 muri\u00f3 instant\u00e1neamente por doble fractura de cr\u00e1neo. Hoy seguimos como al principio. El Puesto sigile en su puesto y nosotros en la monta\u00f1a. Hemos decidido no enviar m\u00e1s mensajes. Ni ellos avanzan ni nosotros tampoco. Hay que cambiar de t\u00e1ctica, pero no encontramos una nueva. Hemos cometido muchos errores. \u00bfQu\u00e9 hacer?, como dir\u00eda Lenin. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Mira la puerta y dice<\/h3>\n\n\n\n<p>La gente mira la puerta, y dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed vive, con su viejo gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la gente ignora la historia. O, por lo menos, la verdadera historia. Sospecha algo, nada m\u00e1s que sospechas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l mismo, en el espejo, imagina que todo fue un mal sue\u00f1o, porque los a\u00f1os han pasado, se amontonaron como casas y hasta el pueblo olvid\u00f3 sus antiguas calles. El pueblo ha ido escalando el camino de la monta\u00f1a y casi atrapa la choza. Nuevos rostros cruzan por la puerta y otras palabras envuelve el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, la gente mira la puerta, y dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed vive, con su viejo gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Y una sombra de curiosidad va dando saltos por las pupilas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l ve el rostro y sonr\u00ede. Es una resignada sonrisa. La habitaci\u00f3n empolva telara\u00f1as y unas sillas, unas sillas que parecen cansadas de que nadie las use. El aire tambi\u00e9n adquiere ese cansancio, y algo de tristeza y de vejez.<\/p>\n\n\n\n<p>La sonrisa se hunde en el espejo. En el espejo est\u00e1 la puerta. Y es como otra entrada a la choza. A veces se aproxima a ella y le da miedo la mirada de las gentes.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie sabe, con certeza, por qu\u00e9 la gente se\u00f1ala la puerta y dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed vive, con su viejo gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s por la soledad del viejo negro, o por su mirada, abstra\u00edda y quieta, como la de su gato.<\/p>\n\n\n\n<p>El gato tambi\u00e9n parece tener su historia. Es un gato grande, tan negro como \u00e9l. Antes se le ve\u00eda en una esquina de la puerta, durmiendo bajo el sol. Ahora no sale de la habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente habla, entonces, de un estrangulador de gatos. Y las miradas vuelven a la puerta y pretenden derribar las paredes. Lo que m\u00e1s inquieta a la gente \u2014a la de cierta \u00e9poca\u2014 es la voz del viejo. Comienza, como en estos d\u00edas de la fiesta de San Juan, a deslizarse por el camino como una hormiga. Uno asegur\u00f3 haber entendido algo: \u00abLa culpa es de las mariposas\u00bb. La frase ech\u00f3 a caminar, lleg\u00f3 al pueblo, se encendi\u00f3 en las esquinas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l contempla sus pupilas en el espejo y sonr\u00ede. Al fondo del espejo el gato reposa. Est\u00e1 sobre una silla, en la misma silla donde se colocaba ella. No miraba como el gato. Sus ojos eran alegres, sus ojos y sus piernas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l se preguntaba por qu\u00e9 ella estaba ah\u00ed. La vi\u00f3 por primera vez en la pulper\u00eda del tuerto Henr\u00edquez. Ella iba repartiendo caf\u00e9 y alcohol entre humo y palabras. Una l\u00e1mpara de luz azul oscilaba bajo el viento de la monta\u00f1a. El aire, sin embargo, se posaba tibiamente sobre las cabezas. Las voces saltaban de un lado a otro:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Paso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Me acuesto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Trancado!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l miraba sus manos en la madera de la mesa. Unas manos tranquilas, dos pedazos negros. Pero al aproximarse la mujer empezaron a moverse, como si la mesa fuese un tambor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Oye. Vente conmigo. Vente, a la fiesta de San Juan.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella solt\u00f3 la risa, sus dientes blancos brillaron en la luz azul.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1No juegue, negro!\u2026 \u00a1T\u00fa como que no conoces a Nicol\u00e1s!<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed, lo conoc\u00eda. El negro m\u00e1s fuerte de la comarca. Y, adem\u00e1s, amigo de la C\u00fapira. (Claro que Nicol\u00e1s le fu\u00e9 con el cuento a la C\u00fapira. Claro que se lo dijo).<\/p>\n\n\n\n<p>La gente desconoce esto. Uno cuenta de unos amores violentos, de un hombre celoso, de un asesinato en plena calle. Otro habla de un salto desde un \u00e1rbol, de un suicidio. Un tercero comenta\u2026 Pero \u00e9stas son historias de la gente que cruza frente a la puerta. Quiz\u00e1s por eso el gato renunci\u00f3 al sol. Se aburr\u00eda con tanta palabra falsa. Y el gato \u2014de seguro\u2014 sabe lo que ocurri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l contempla al gato en el espejo. Piensa que est\u00e1 tan viejo como \u00e9l. Y que tambi\u00e9n se va a morir y que dejar\u00e1 de arrimarse a su pedazo de sol y se inmovilizar\u00e1, como ahora, en la silla. Y luego cambiar\u00e1 de color. Quiz\u00e1s se torne m\u00e1s negro. O quiz\u00e1s se desti\u00f1a, como un viejo traje.<\/p>\n\n\n\n<p>El gato se le monta a ella entre las piernas. Ella jam\u00e1s estaba tranquila. Quiz\u00e1s hab\u00eda venido por lo que sucedi\u00f3 en la fiesta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l fu\u00e9 bajando hacia el pueblo, hacia los tambores. La noche se pegaba a los \u00e1rboles. Aparecieron unos puntos. Los puntos crecieron, se convirtieron en retorcidas fogatas. Peque\u00f1as siluetas giraban a su alrededor. Las siluetas tambi\u00e9n aumentaron de tama\u00f1o y pronto se encontr\u00f3 frente a un t\u00f3rax desnudo, brillante de sudor. Los tambores se templaban antes de que el P\u00e1jaro Negro hiciera su aparici\u00f3n. Y el murmullo de las voces tropez\u00f3 con las casas. Y las voces se anudaron y los negros empezaron a saltar.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella tambi\u00e9n saltaba, y \u00e9l mir\u00f3 el temblor de los senos bajo la tela. Y vi\u00f3 los muslos redondos y duros, y se olvid\u00f3 de Nicol\u00e1s. Y comenz\u00f3 a dar saltos y a tocar la cintura y los senos. Ella se re\u00eda mostrando los blancos dientes, y la saliva le rodaba por el ment\u00f3n. Se re\u00eda y se dejaba manosear. Y le rozaba con los muslos, y el vientre y el sexo. Y las voces y los tambores ca\u00edan sobre sus cuerpos, se met\u00edan en la sangre, la empujaban. Y todo daba vueltas, entre el olor de la tierra y las axilas, entre el fuego y los gritos y los p\u00e1rpados enrojecidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente ella estaba en la habitaci\u00f3n y preguntaba:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfLas has visto?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l miraba su rostro en el espejo, en este mismo espejo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vienen de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente ignora estas palabras. Tambi\u00e9n ignora que ella agreg\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dios\u2026 \u00a1Qu\u00e9 invasi\u00f3n!<\/p>\n\n\n\n<p>Eso no lo sabe la gente. Un joven alto dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El otro vigilaba en el recodo del camino. Luego sac\u00f3 el rev\u00f3lver y dispar\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l contin\u00faa sonriendo en el espejo. Esta sonrisa no la conoce la gente. Para ellos es igual que la invasi\u00f3n de las mariposas. Silenciosa e incomprensible.<\/p>\n\n\n\n<p>Al tomar asiento en la plaza del pueblo la gente le mira con impertinencia. La plaza se est\u00e1 hinchando. \u00c9l ve cruzar las mariposas \u2014iguales a las otras\u2014 y recuerda las piernas de ella y sus palabras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ahora, por estos d\u00edas. Nicol\u00e1s se muestra cari\u00f1oso. No me agrada ese cambio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l sonre\u00eda, pensando en el otro, en su rostro de animal en celo. Una sonrisa que ella compart\u00eda diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pareces una inmensa mariposa.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 de nuevo a las mariposas. Algunas apoyaban las alas en los troncos y se quedaban inm\u00f3viles, cual si trataran de escuchar el coraz\u00f3n de los \u00e1rboles.<\/p>\n\n\n\n<p>Los \u00e1rboles han cambiado. En los amaneceres \u00e9l los ve re\u00edr, hablar unos con otros, entregarse a largos abrazos, en lo alto, en el alto canto de los p\u00e1jaros. De tarde sonre\u00edan en un juego misterioso. Parec\u00edan encantados con la invasi\u00f3n de las mariposas y \u00e9l lleg\u00f3 a imaginar que, de un momento a otro, las seguir\u00edan, llenando de horror a aquella gente, poco acostumbrada a ver caminar \u00e1rboles por las calles.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente no las observa. Est\u00e1 ocupada en otras cosas. En los preparativos de la fiesta o en \u00e9l, en su historia. Es una historia que viene desde atr\u00e1s, como todas las historias, o como el pensamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Una se\u00f1ora de edad comenta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El otro entr\u00f3 en la habitaci\u00f3n. Llevaba un cuchillo en cada mano. Los hundi\u00f3 en el cuerpo de ella y luego se ahorc\u00f3 en un \u00e1rbol.<\/p>\n\n\n\n<p>Otra se\u00f1ora le interrumpe:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014As\u00ed no fu\u00e9. Ella fu\u00e9 la que se ahorc\u00f3. Entonces el otro se cort\u00f3 las venas con los cuchillos.<\/p>\n\n\n\n<p>Las mariposas van a la plaza como a una gran boca apasionada. Y la savia se inquieta dentro de sus fibrosas celdas, mancha de verde el borde de las calles.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l no ve a las dos se\u00f1oras, ni siquiera sabe que existen. Mira a un ni\u00f1o. El ni\u00f1o le ha dicho a otro:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No s\u00e9 qu\u00e9 ocurre. Mi madre no me besa y quiere que est\u00e9 todo el tiempo fuera de casa.<\/p>\n\n\n\n<p>El peque\u00f1o y negro rostro desvelaba cierta expresi\u00f3n anormal, cierto aire que no armonizaba con el resto de su cuerpo. Observ\u00f3 c\u00f3mo miraba a una ni\u00f1a y algo se le inflam\u00f3 por dentro. Algo de tr\u00e1gico y hermoso brotaba de aquel ni\u00f1o, con sus grandes ojos contemplando la invasi\u00f3n de las mariposas. Algo puro y morboso, brillante y turbio. Sospech\u00f3 que el ni\u00f1o lo comprend\u00eda todo, que todo lo sab\u00eda, que nada pod\u00eda ocult\u00e1rsele. Y sinti\u00f3 miedo, miedo de que los grandes ojos se posaran en los suyos y desnudaran sus pensamientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Intent\u00f3 aproximarse, o\u00edr la voz de ni\u00f1o para asegurarse de su ni\u00f1ez. El ni\u00f1o le mir\u00f3 asustado. Ha escuchado a la gente y otro ni\u00f1o le ha dicho:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ten cuidado. Dicen que se lleva a los chicos a su habitaci\u00f3n y los convierte en mariposas.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o sali\u00f3 huyendo mientras las mariposas segu\u00edan entrando \u2014infatigables\u2014 en los turbios latidos de la plaza.<\/p>\n\n\n\n<p>En el espejo brota la cara de ella. El gato est\u00e1 en la silla, es posible que no se mueva de all\u00ed. Le ha acariciado y levant\u00f3 los tranquilos ojos, los puros ojos verdes, en una mirada triste. El gato sabe la historia y est\u00e1 dispuesto a contarla si es que tuviese ocasi\u00f3n. Pero los gatos no hablan \u2014por lo menos como la gente\u2014 y todas sus historias se quedan apresadas en sus aventuras nocturnas. Este gato, sin embargo, es tan extra\u00f1o, que quiz\u00e1s pueda contar la historia.<\/p>\n\n\n\n<p>Brota en el espejo la cara de ella, como una mariposa. Ella dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hace una hora estuve con \u00e9l. Y ahora contigo. Debe ser culpa de las mariposas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya los dolores hab\u00edan comenzado. El d\u00eda anterior la \u00d1ata le di\u00f3 unas hierbas, una cruz de palma y un l\u00edquido espeso y verde, un l\u00edquido amargo que revolv\u00eda el est\u00f3mago. Pero fu\u00e9 in\u00fatil:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hijo, t\u00fa debes estar ensalmado \u2014dijo la \u00d1ata\u2014. Mejor te encomiendas al Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed, por algo Nicol\u00e1s era amigo de la C\u00fapira. Y por algo la C\u00fapira nunca sal\u00eda de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00d1ata agreg\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y el bojote \u00bfno lo has visto?<\/p>\n\n\n\n<p>No, \u00e9l no lo hab\u00eda visto. Sinti\u00f3 un olor a p\u00f3lvora, nada m\u00e1s que eso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ay, hijo! Si te oli\u00f3 a p\u00f3lvora te embromaste. Eso es cosa de la C\u00fapira.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dolores continuaron. Era como una serpiente, como muchas serpientes que le andaban por la entra\u00f1a. Como los golpes de los tambores, infatigables, como las mariposas, all\u00e1 abajo, en el pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ella se enter\u00f3 dej\u00f3 de ir. El gato sabe esto pero la gente lo ignora.<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre \u2014el mismo que le compr\u00f3 la pulper\u00eda al tuerto Henr\u00edquez\u2014 dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00c9l tuvo miedo y asesin\u00f3 a la mujer, cuando vi\u00f3 al otro en el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente hace \u00a1ah!, voltea los ojos, y se va comentando el suceso. Luego mira el camino, la choza, la puerta, y habla del gato, del estrangulador de gatos, del fabricante de mariposas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella dej\u00f3 de ir y los dolores aumentaron. Los tambores segu\u00edan sonando en el pueblo y \u00e9l pensaba en las piernas duras y redondas, en el salto de los senos, en los dientes brillantes. Ahora la fiesta no es lo mismo. Viene gente extra\u00f1a, gente de ojos verdes y de piel blanca y de lengua incomprensible, con sus peque\u00f1as c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas y sus camisas extravagantes. Antes s\u00ed era de verdad que sonaban los tambores y que el aire se iba con el sonido y uno ca\u00eda al suelo medio muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella dej\u00f3 de ir y los dolores llegaron a la cabeza y la cubrieron de fiebre. La \u00f1ata se cans\u00f3 de machucar hierbas y de traerle el l\u00edquido verde.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hijo, si est\u00e1s ensalmado procura salvar el alma.<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00f1ata sabe de esto porque \u2014seg\u00fan dicen\u2014 es hija de un brujo que viv\u00eda m\u00e1s all\u00e1 de la monta\u00f1a, cerca del mar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ella hubiera querido nacer de una bruja. Pero su madre era una pobre negra que de noche les despertaba dici\u00e9ndoles:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Creo que voy a morir.<\/p>\n\n\n\n<p>Y comenzaba a dar gritos hasta que se quedaba como si de verdad se hubiese muerto. Y una noche olvid\u00f3 los gritos y \u00e9l la enterr\u00f3 junto a la choza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lo mejor es salvar el alma \u2014repet\u00eda la \u00d1ata, con su pelo gris y su boca gastada y sus hombros como dos puntas de estacas.<\/p>\n\n\n\n<p>Y \u00e9l se puso a pensar en la manera de salvar su alma. Y a lo mejor salvaba tambi\u00e9n el cuerpo. Nicol\u00e1s era el culpable de todo. Nicol\u00e1s le fu\u00e9 \u2014claro que lo hizo\u2014 con el cuento a la C\u00fapira. Y acarici\u00f3 el machete y pens\u00f3 largamente en Nicol\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Al salir por las tardes la gente le se\u00f1ala:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed va, el del gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tambores han comenzado a templarse. \u00c9l contempla las calles y las casas. Se han endurecido. El mismo sol es una piedra blanca. Las mariposas pasan con su luminosa y fr\u00e1gil oscilaci\u00f3n. Por el sol, por las paredes. Son como estallidos, como algo obsesionante. Como mirar las olas o una ca\u00edda de agua. O una nube sobre una plancha de acero. (Por ejemplo: una nube sobre el cielo). Calles y casas se contraen, se repliegan en sus propias formas, parece que quisieran huir de las mariposas, amas\u00e1ndose en su p\u00e9trea naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente le mira a \u00e9l, le se\u00f1ala.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ella baj\u00f3 al pueblo \u2014dice un joven\u2014 y all\u00ed el otro lo asesin\u00f3. As\u00ed lo cont\u00f3 mi t\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l observa a los adolescentes y piensa en la vejez de su gato. Ya no se mueve, est\u00e1 tan viejo como \u00e9l. Los adolescentes, por el contrario, van de prisa, hablan de prisa. Contempla las pupilas brillantes, tiernas y h\u00famedas. Poseen un extra\u00f1o resplandor. Escucha sus palabras y admira la agilidad de sus juveniles pensamientos. De pronto se da cuenta de que todas las palabras se parecen. Dan la impresi\u00f3n de caballitos dando vueltas alrededor de una invariable melod\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Al anochecer lleg\u00f3 a la plaza. No deseaba la presencia de la habitaci\u00f3n. Las noches de la monta\u00f1a son diferentes a las del pueblo. Las noches de la monta\u00f1a tienen ojos verdes, labios nerviosos que se mueven levemente, como los labios de las muchachas que asisten a su primera cita. En la monta\u00f1a la tarde desciende con la lentitud de las hojas amarillas. Mano negra y sola y amenazante. En el amanecer la mano se retira, dejando al descubierto un h\u00famedo lenguaje. Nace, entonces, un olor asfixiante, un olor de grandes, inmensas fornicaciones. La brisa es sexual, y de la monta\u00f1a brota el olor. S\u00ed, un olor espeso, m\u00f3rbido, un olor de savia, de amor de savia, de flor entregada a una lenta y dolorosa violaci\u00f3n. Un olor que se incrusta en las cosas como una ra\u00edz, con piel de barro y secreta voz:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed \u2014se dijo (como hace tantos a\u00f1os)\u2014 la culpa es de Las mariposas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora hablan de sus correr\u00edas nocturnas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso fu\u00e9 lo que ocasion\u00f3 todo \u2014murmura una negra de trapo rojo atado al pelo\u2014. \u00c9l rondaba la casa de ella y el otro se di\u00f3 cuenta y la sigui\u00f3. Logr\u00f3 alcanzarla antes de que llegara al camino. Entonces la tom\u00f3 por el cuello y fu\u00e9 apretando as\u00ed, poco a poco\u2026 hasta dejarla muerta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY luego?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Luego\u2026 Luego sigui\u00f3 hasta la choza. Pero no hab\u00eda nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l sonr\u00ede en el espejo. La sonrisa es triste, como la mirada del gato. El gato puede contarlo todo. El gato deber\u00eda hacerlo. Pero est\u00e1 muy viejo, ya ni va a la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>Contempla los ojos del gato y recuerda los de ella. Ya ella no iba, y los tambores segu\u00edan sonando, all\u00e1 abajo, en el pueblo, y \u00e9l pens\u00f3 que no se iba a morir as\u00ed, metido en la choza como un perro. Y acarici\u00f3 el machete y comenz\u00f3 a bajar hacia los tambores. Y ve\u00eda los ojos de Nicol\u00e1s en el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>Las mariposas comienzan a morir o a fugarse. Los tambores siguen templ\u00e1ndose junto a las fogatas. Ya no es lo mismo que antes. El pueblo se llenar\u00e1 de autom\u00f3viles y de ojos verdes y c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas. Ahora la gente piensa en los que vendr\u00e1n y en las monedas.<\/p>\n\n\n\n<p>Las mariposas mueren y nadie habla de ello. \u00c9l las encuentra en el camino, inm\u00f3viles las alas. O en los vidrios, adheridas a su dureza. La dureza las va tragando hasta borrarlas con su transparencia. En la plaza se confunden con las flores y las hojas. Pero los vidrios a\u00fan las muestran. No tienen el mismo encanto. La muerte las ha deste\u00f1ido, las aglutina. Todas se parecen.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tambores han comenzado a sonar. El pueblo est\u00e1 de fiesta. Se han olvidado del viejo negro. Algunos dicen:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00c9l tampoco sale a tomar el sol. \u00bfEstar\u00e1 enfermo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo s\u00e9 c\u00f3mo ocurri\u00f3 \u2014exclama una muchacha de p\u00e1rpados rom\u00e1nticos\u2014. Ellos estaban enamorados pero no quer\u00edan cometer una barbaridad. Entonces fueron a visitar al otro y se lo dijeron. El otro se enfureci\u00f3. Ella se envenen\u00f3 con cariaquito morado y unas hierbas. El otro, desesperado, se abri\u00f3 el cuello con un cuchillo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY el viejo?\u2026 \u00bfVas a decirme que el viejo no hizo nada?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bueno\u2026 As\u00ed fu\u00e9 como me lo contaron.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tambores se van silenciando. Por el pueblo se extiende una alfombra de mariposas. La gente que a\u00fan queda las aplasta con sus grandes zapatos. En la plaza y la monta\u00f1a la savia retorna a su habitual melancol\u00eda. Las hojas no son tan verdes. Los ancianos se sientan a la puerta de la pulper\u00eda del tuerto Henr\u00edquez \u2014que ya no es del tuerto\u2014 y cubren el suelo de escupitajos oscuros olorosos a tabaco, mientras los ni\u00f1os, de nuevo ni\u00f1os, corren y gritan en pos de maravillosos descubrimientos. Los ancianos les miran con resignada amargura, como si ellos fueran culpables de su vejez.<\/p>\n\n\n\n<p>Un adolescente, de manos en los bolsillos y frente aburrida, dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Fu\u00e9 terrible. \u00c9l los encontr\u00f3 a los dos en la habitaci\u00f3n, completamente desnudos. Furioso, cay\u00f3 sobre \u00e9l. Ella, desesperada, tom\u00f3 una piedra y la descarg\u00f3 sobre su cabeza. Al verlo ba\u00f1ado en sangre corri\u00f3 hacia la monta\u00f1a, enloquecida, y se ahorc\u00f3. Eso fu\u00e9 lo que pas\u00f3, compadre.<\/p>\n\n\n\n<p>Cierta tristeza \u2014\u00a1qu\u00e9 extra\u00f1a tristeza!\u2014 va rodeando las cosas, lo va cubriendo todo, como las mariposas. Es una entrega, una pregunta sin respuesta, un desplazamiento insoportable, una gran fatiga en los corazones.<\/p>\n\n\n\n<p>El pueblo es un cementerio de mariposas. Nadie habla de ello. Nadie habla pero lo respiran, porque los tambores no suenan y las calles est\u00e1n sucias de papeles y cintas.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las tardes, el viento h\u00famedo levanta y se lleva el polvo de in\u00fatiles alas.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente vuelve a mirar la puerta, y dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed vive, con su viejo gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la gente ignora la historia. O, por lo menos, la verdadera historia. La historia que podr\u00eda contar el gato.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora es imposible. Definitivamente imposible, as\u00ed el gato lograra hablar como la gente. \u00c9l ha estirado la mano desde el catre y ha tocado el cuerpo fr\u00edo del gato. Los ojos tranquilos no le miran. No miran a nadie, a nada. Son dos gotas verdes, dos gotas petrificadas. Dos simples hojas de piedra.<\/p>\n\n\n\n<p>Siente un gran dolor por su gato. Su soledad ser\u00e1 completa. Ni siquiera puede contemplar su rostro en el espejo. Las piernas est\u00e1n d\u00e9biles, encogidas, son las piernas de otra persona. Mir\u00f3 la puerta. Unas peque\u00f1as manchas oscuras cruzaban silenciosamente. Eran las \u00faltimas mariposas de la primavera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La muerte en el puesto o los errores de una guerra de guerrillas La muerte de Juan el Sordo fue verdaderamente est\u00fapida. Cuando cruz\u00f3 el Puesto y de la casilla silbaronrepetidamente, nadie pens\u00f3 que los guardias se comportaran con tal severidad. 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