{"id":16058,"date":"2025-05-06T16:59:04","date_gmt":"2025-05-06T21:29:04","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=16058"},"modified":"2025-05-06T16:59:04","modified_gmt":"2025-05-06T21:29:04","slug":"ideogramas-seleccion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ideogramas-seleccion\/","title":{"rendered":"Ideogramas (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Monta\u00f1a<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u2026 lleg\u00f3 un momento en que me mov\u00eda con mucha m\u00e1s agilidad y desparpajo en aquella especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz de los Gigantes.<\/em> Ana Mar\u00eda Matute<\/p>\n\n\n\n<p>La monta\u00f1a crece detr\u00e1s de la casa: hervor vegetal, viento que gira, olor h\u00famedo que vibra bajo el sol de las tardes.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde el patio se vislumbra esa curva sinuosa, casi invisible, con la que la monta\u00f1a comienza a despegarse del suelo hasta que al llegar a una hilera de pinos dispara su forma hacia las nubes.<\/p>\n\n\n\n<p>Frente a la monta\u00f1a se escucha el mar. Un trazo azul: hilos de sal sobre los labios. Y dentro de la casa, justo en el patio, dos ni\u00f1os impregnados por el olor de los pinos juegan al b\u00e9isbol. El m\u00e1s grande le explica al otro que el ruido zumbante de las noches no es el viento golpeando la monta\u00f1a; por el contrario, le dice, se trata de una manada de lobos aguardando el extrav\u00edo de alguna persona para devorarla en cinco minutos.<\/p>\n\n\n\n<p>Le dice eso. Al fondo se escucha el ladrido impaciente de unos perros.<\/p>\n\n\n\n<p>A partir de este detalle deber\u00eda seguir este texto en l\u00ednea recta. Explicarte qui\u00e9nes eran los dos ni\u00f1os, dar un par de trazos para que imagines sus rostros, ahondar en la atm\u00f3sfera de esas vacaciones, decirte que hay un lugar que se llama La Guaira, que hay un lugar que se llama Macuto, decirte que hay un lugar m\u00e1s grande todav\u00eda que se llama Venezuela. Comentarte que el ni\u00f1o m\u00e1s peque\u00f1o apenas duerme pensando en esos lobos: contornos fantasmales tras la pared que separa la casa del territorio de la monta\u00f1a. Pero no. Mejor evito todo suspenso, toda gradaci\u00f3n dram\u00e1tica, toda explicaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Avancemos unos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Saltemos al instante en que los dos ni\u00f1os tienen una pelea por unas flechas, pasemos al inevitable momento en que el mayor reta al m\u00e1s peque\u00f1o a que salten el muro y caminen hacia la monta\u00f1a para enfrentar a los lobos y vencerlos. \u00abPorque si te atrapan, la clave es caminar en c\u00edrculo, as\u00ed los mareas, as\u00ed no pueden hacerte da\u00f1o y al final enloquecen y se convierten en viento\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Saltemos hasta all\u00ed. \u00bfO prefieres que me detenga en c\u00f3mo imagina ese ni\u00f1o peque\u00f1o a las fieras que lo aguardan? Porque lo que deseo evitar es una forma reconocible, una secuencia, un hilo que puedas ir tensando sin esfuerzo.<\/p>\n\n\n\n<p>Igual podr\u00eda decirte que aquel ni\u00f1o piensa los lobos como figuras largas, hombres de piel verde con colmillos y ojos saltones. Cuerpos encorvados que se confunden entre las ramas de los \u00e1rboles y que caen sobre las personas como una serpiente.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero quiz\u00e1s resulte mejor seguir adelante. Situarnos en el momento en que los ni\u00f1os trepan la pared y saltan hacia el otro lado. En ese segundo cuando aquel ni\u00f1o siente que las manos le sudan, que las rodillas le crujen como papel viejo. Por supuesto, es innecesario aclararte que la frente amplia, que los ojos oscuros de ese ni\u00f1o son muy parecidos a los tuyos. Apuntar hacia esa direcci\u00f3n ser\u00eda forzar una desva\u00edda sorpresa que tampoco me interesa y que seguramente no sorprender\u00eda a nadie. An\u00f3talo como un simple detalle, como un rasgo de mi vanidad, como un apunte c\u00f3mplice.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvamos al ni\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o traspasa la pared. Lanza la mirada: descubre matices del verde que lo sorprenden: esmeraldas en medio del vapor; hojas inmensas, carnosas ramas. Un color espeso, un color que es como un fuego que arde lentamente; una tonalidad y un brillo que s\u00f3lo entender\u00e1s cuando t\u00fa misma logres contemplarlos.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o avanza junto al otro ni\u00f1o, cree atisbar sonidos tenues, m\u00ednimas pisadas, resoplidos. El ni\u00f1o gira el rostro y distingue c\u00f3mo desde la casa vecina saltan sobre una cerca de alambre tres, cuatro, cinco, seis perros. El ni\u00f1o ve c\u00f3mo los perros resoplan, ladran, corren.<\/p>\n\n\n\n<p>Prefiero detenerme una vez m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Me interesa la monta\u00f1a, ya lo sabes. La monta\u00f1a que reitera esos ladridos como un eco infinito. La monta\u00f1a, all\u00ed, frente al mar. Aroma de flores aplastadas por el calor de la tarde. Manchas de encinas, de madro\u00f1os, palpitando a lo lejos como un vapor.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero entonces los dos ni\u00f1os regresan hasta la pared, alzan sus brazos, intentan escalar mientras los perros furiosos les muerden los zapatos, mientras los perros les desgarran la ropa. S\u00f3lo que en el momento cuando el p\u00e1nico es m\u00e1s crudo, el ni\u00f1o peque\u00f1o cree percibir c\u00f3mo la monta\u00f1a golpea sus talones y lo eleva hasta llevarlo al borde alt\u00edsimo, inalcanzable, de aquella pared.<\/p>\n\n\n\n<p>Claro que si esto fuera un cuento te explicar\u00eda de qu\u00e9 manera termin\u00f3 todo. Si los ni\u00f1os lograron traspasar aquel muro, si recibieron alguna dentellada, si sangraron, si siguieron siendo amigos. Quedar\u00eda as\u00ed un texto con cierta redondez. Pero hoy no tengo fuerzas ni ganas para intentar escribir de ese modo.<\/p>\n\n\n\n<p>Un cuento de ese tipo deber\u00eda avanzar hacia la explicaci\u00f3n de cada detalle y prefiero congelar la imagen de esos dos ni\u00f1os aferrados al borde de una pared de ladrillos. Quiero que te detengas en el rostro del m\u00e1s peque\u00f1o: esa mezcla de miedo, de curiosidad, de alegr\u00eda con la que intenta escapar de ese ataque. No me preguntes por qu\u00e9 te propongo esta imagen. Tal vez porque en un cuento deber\u00eda omitir que hoy no queda ni una pared de esa casa, que un d\u00eda lluvioso la monta\u00f1a nos traicion\u00f3 y se desgaj\u00f3 durante horas mientras el agua y las rocas y los \u00e1rboles arrancados de cuajo fueron destroz\u00e1ndolo todo, arrastrando personas, triturando cada ladrillo, pulverizando cada esquina, hasta mezclar la m\u00e1s m\u00ednima mol\u00e9cula de la casa con el mar. Tambi\u00e9n deber\u00eda insistir en esas palabras: La Guaira, Macuto, Caracas, Venezuela. Decirte que fueron muchas las plagas: primero esa lluvia para la que busco el olvido, despu\u00e9s los militares que fueron m\u00e1s depredadores que la peor de las lluvias, despu\u00e9s tanta mudanza, tanto amigo extraviado.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no. Detente en ese ni\u00f1o que es feliz y tiene miedo, en la fuerza de sus brazos para sostenerse en el borde de una pared. M\u00edralo y piensa si su felicidad no parece una correspondencia, una analog\u00eda con esa monta\u00f1a que pese a todo es sonora, es infinita y cada tanto le presta su impulso y lo lanza hacia el aire para escapar de las dentelladas de los perros.<\/p>\n\n\n\n<p>Detente all\u00ed. En la posibilidad de esa historia que no soy capaz de contarte.<\/p>\n\n\n\n<p>La monta\u00f1a crece detr\u00e1s de la casa: hervor vegetal, ruido de p\u00e1jaros, olor h\u00famedo que vibra bajo el sol de las tardes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Huellas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>Tordo<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El anciano nunca prest\u00f3 atenci\u00f3n al p\u00e1jaro. Incluso coment\u00f3 a su hija que los animales tra\u00edan enfermedades, que esparc\u00edan un olor \u00e1spero, como de vegetales descompuestos. Pero el lunes cuando el ave amaneci\u00f3 muerta se apresur\u00f3 a sacarla de la jaula. La acarici\u00f3 unos segundos y la envolvi\u00f3 con un peri\u00f3dico deportivo que se hab\u00eda tra\u00eddo desde el bar. Luego fue al patio, busc\u00f3 un lugar cerca de sus tomates y sus petunias: un lugar sombreado, apacible, donde la brisa soplaba como un ronco zumbido; abri\u00f3 un peque\u00f1o agujero y all\u00ed la enterr\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando despert\u00f3 el resto de la familia, el anciano explic\u00f3 lo sucedido y le dio a su nieto un manotazo cari\u00f1oso. Despu\u00e9s se march\u00f3 al bar. All\u00ed pidi\u00f3 un vino blanco. Exigi\u00f3 que estuviese fr\u00edo, que no fuese ni muy seco ni muy dulce. Mientras lo saboreaba, record\u00f3 la melena rojiza de una mujer que paseaba junto al lago en un verano anterior.<\/p>\n\n\n\n<p>Al acabar su copa el anciano avanz\u00f3 unos metros hacia una mancha de pinos. Se detuvo junto a un \u00e1rbol. Lo abraz\u00f3. Llor\u00f3 en silencio un buen rato, restreg\u00f3 su rostro contra el tronco. Sin querer se hizo da\u00f1o en una ceja; se abri\u00f3 una herida imperceptible.<\/p>\n\n\n\n<p>Coloc\u00f3 su oreja en la madera pregunt\u00e1ndose si en lo m\u00e1s profundo del \u00e1rbol no permanecer\u00eda el remoto canto de los cientos de p\u00e1jaros ausentes que alguna vez pasaron por sus ramas. Le pareci\u00f3 que la madera cruj\u00eda un poco, como si intentase silbar.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 a casa. En el parque infantil vio a un vecino con el que tropezaba todos los d\u00edas: un hombre de lisos cabellos. Alz\u00f3 el brazo para saludarlo y sigui\u00f3 adelante.<\/p>\n\n\n\n<p>Dud\u00f3 si retroceder al bar para llevarse el peri\u00f3dico con las noticias del f\u00fatbol; si tomar una taza de caf\u00e9. Continu\u00f3 su camino. Acarici\u00f3 la peque\u00f1a gota de sangre que mojaba su ceja. Le gust\u00f3 esa sensaci\u00f3n palpitante; ese dolor.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Vuelta a la patria<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>A mi lado un ni\u00f1o no deja de saltar.<\/p>\n\n\n\n<p>Contemplo mis zapatos. Pienso en la \u00faltima vez que regres\u00e9 de vacaciones a casa. La idea era visitar a mis padres; vender el carro, luego traerme el dinero a Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>A la semana comprend\u00ed que no ser\u00eda sencillo; quiz\u00e1s ped\u00eda un precio excesivo; quiz\u00e1s lo anunciaba en peri\u00f3dicos que ya nadie le\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Un lunes despert\u00e9 temprano. Mir\u00e9 el carro en la calle: lleno de polvo; con esa impresi\u00f3n de ruina inminente. Me pareci\u00f3 distinguir un bulto debajo; una sombra pardusca y quieta. Baj\u00e9. Cerca de las ruedas distingu\u00ed un perro echado. Pens\u00e9 en regresar a mi cama. Me gustan los perros. Estaba bien que descansara un rato, que durmiera \u00bfpor qu\u00e9 no? Igual me detuve. El sol: un brochazo c\u00e1lido sobre el rostro del animal. Volv\u00ed a acercarme. Los ojos del perro pose\u00edan una inmovilidad tersa: la luz se hund\u00eda en ellos. Golpe\u00e9 el suelo con la palma de mi mano. Comprend\u00ed lo que suced\u00eda. El hocico abierto, la lengua de un color sulfuroso, una marca peque\u00f1a cerca del cuello.<\/p>\n\n\n\n<p>Me qued\u00e9 en cuclillas. Mis padres bajaron intrigados para saber qu\u00e9 suced\u00eda. Les se\u00f1al\u00e9. Nos quedamos contemplando el perro. Estuvimos mucho rato junto a \u00e9l: parec\u00eda una figura de bronce. La luz entraba en sus pupilas como una aguja de oro.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00e9 a mis padres: quise preguntarles qu\u00e9 hacer, c\u00f3mo hacer, c\u00f3mo mover ese perro que permanec\u00eda debajo de mi carro. Ma\u00f1ana oler\u00e1 muy mal, murmur\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>El perro sigui\u00f3 mirando el sol, lleno de una inabarcable, de una indestructible dulzura.<\/p>\n\n\n\n<p><em>El ojo de la patria<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>&#8230; y el se\u00f1or del parque parece aburrido cuando le hablo y le pregunto y le cuento que mi madre es la se\u00f1ora que fuma y fuma en el banco de madera y \u00e9l me dice que su madre y su padre est\u00e1n muy lejos muy lejos y yo descubro que habla parecido a Amancio pero luego ya no me habla m\u00e1s porque se mira todo el tiempo sus zapatos y yo sigo jugando y pienso que mi madre est\u00e1 triste porque Amancio no ha vuelto desde la semana pasada y yo tambi\u00e9n podr\u00eda estar un poco triste porque Amancio es tranquilo y no fuma y no juega con mi madre porque el amigo anterior de mi madre se llamaba Santiago y entonces el pecho de mi madre se la pasaba como lleno de ojos rojitos marrones amarillos y un d\u00eda vi cuando madre discut\u00eda con Santiago y \u00e9l la apret\u00f3 contra la pared y jugando le apag\u00f3 los cigarrillos en el pecho y yo le pregunt\u00e9 a ella si no dol\u00eda y ella que no que no que no dol\u00eda tanto que no comentara nada que jam\u00e1s apareciese cuando Santiago se pon\u00eda tontito y jugaba con ella y la lanzaba contra la pared y la aplastaba de broma y que en esos momentos me encerrase me tapase los o\u00eddos me fuese lejos prom\u00e9telo enano prom\u00e9telo que te esconder\u00e1s j\u00faramelo y yo s\u00ed s\u00ed madre aunque en esos tiempos yo no dorm\u00eda porque sent\u00eda que mi madre me estaba mirando siempre siempre porque el pecho lo ten\u00eda lleno de ojos hasta que al Santiago lo mataron en una carretera peleando con dos sudacas que son muy malos todos los sudacas menos Amancio y llevan cuchillos todos y se emborrachan y nos quitan el trabajo y viven en \u00e1rboles hasta que les ense\u00f1amos a rezar y ya se bajan a quitarnos el trabajo y a usar sus cuchillos y as\u00ed no supimos m\u00e1s de Santiago que a m\u00ed me ol\u00eda como a orina sino de Amancio que es tranquilo y s\u00f3lo se bebe una cerveza y se duerme y nos trae gominolas y prepara unas jud\u00edas negras sabrosas aunque hace varios d\u00edas que no vuelve y mi madre no para de fumar y yo pienso que ojal\u00e1 Amancio vuelva y regrese y vuelva porque Amancio no le pone ojos a mi madre y me gusta dormir si madre no est\u00e1 llena de ojos que nunca dejan de mirar y que nunca duermen como Amancio que descansaba en el sof\u00e1 que llenaba la casa de silencio que dorm\u00eda dorm\u00eda y mam\u00e1 fuma y fuma mucho como si ya pensase que Amancio no regresa como si estuviese esperando a otro como si ella misma fuese a darle cigarrillos para que otro vuelva a ponerle ojos para que el otro que no ha llegado que no es Amancio no se vaya no se vaya no se vaya&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p><em>La maestra y Margarita<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Un sue\u00f1o que a veces se repite: su antigua profesora de historia le ruega que acuda a una calle en el centro. Ella se distrae, se olvida. Luego su profesora la llama por tel\u00e9fono, le dice que se qued\u00f3 esperando, que esa misma tarde deb\u00eda morir y que como ella no acudi\u00f3 a la cita debi\u00f3 posponer su muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando despierta de ese sue\u00f1o se siente culpable. Hasta para morir se necesita al otro. Luego recuerda a su profesora; una se\u00f1ora guapa, muy conservada, a la que una vez paseando por el barrio encontr\u00f3 con una camisa cort\u00edsima bajo la que resplandec\u00eda un hermoso ombligo.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer respira hondo y enciende otro Camel. Luego hunde su dedo en su propio ombligo. \u00bfTambi\u00e9n ser\u00e1 bello? Mira a su hijo que juega en el parque. No recuerda el ombligo de su ni\u00f1o. Cuando lo piensa le aparece el ombligo de su hermana: zorra m\u00e1s que zorra, mil veces zorra, o el de su vecina Ricarda, a quien le encanta la llegada del verano para mostrarse entera.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer piensa luego en los ombligos de sus antiguos amantes. Le parece que jam\u00e1s se ha detenido a mirarlos, como si tuviese miedo de comprobar que son feos, que se ven como agujeros en paredes derruidas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hunde su dedo dentro del ombligo. Suena su m\u00f3vil y al ver el n\u00famero no responde. Hunde su dedo. Clava la u\u00f1a hasta que siente un calambrazo. Piensa en su profesora. Cierra los ojos. No te preocupes. La pr\u00f3xima vez acudir\u00e9 a nuestra cita.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Percusiones<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Mi hermana no volver\u00e1 a responder mis llamadas. As\u00ed es ella. Tan elemental. Permanece siempre en la obviedad de las im\u00e1genes. Nunca intenta hurgar m\u00e1s all\u00e1 de la piel de una situaci\u00f3n. Ahora dir\u00e1: abr\u00ed la puerta de casa, avanc\u00e9 hasta mi cuarto. Ahora dir\u00e1: all\u00ed vi a mi hermana acostada en la cama, las piernas abiertas, el rostro sudoroso, la mirada perdida en el techo y ahora dir\u00e1: Amancio sobre ella, dentro de ella, girando con ella: Amancio, su piel lechosa, sus jadeos de ni\u00f1o chico.<\/p>\n\n\n\n<p>No aceptar\u00e1 nunca mis argumentos. No querr\u00e1 comprenderlos. Porque lo tuve claro esa tarde; la vecina no dejaba de coquetear con Amancio, no dejaba de mostrarle sus muslos lustrosos, sus caderas sonoras, excesivas, sus brazos morenos. Tarde o temprano \u00e9l terminar\u00eda rendido a los pies de esa leona ego\u00edsta. Por eso me sacrifiqu\u00e9. Era lo correcto. Me lo tiro yo. Luego le digo que no vuelva a intentarlo con nadie m\u00e1s. As\u00ed lo calmar\u00e9, as\u00ed lo alejar\u00e9 del peligro real que es la Ricarda.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi hermana regres\u00f3 antes de tiempo. Fue el fallo. Tard\u00e9 un rato en mirarla en el quicio de la puerta. La observ\u00e9 unos segundos con complicidad, con ternura. Enti\u00e9ndeme, lo hago por ti, lo hago por ti. Ahora todo est\u00e1 en orden.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego no supe por qu\u00e9 baj\u00e9 mi mano, por qu\u00e9 ocult\u00e9 una cicatriz que tengo en mi rodilla al sentir que mi hermana se llenaba de ojos para mirarme con odio. Esper\u00e9 un rato para no interrumpir a Amancio, se ve\u00eda feliz, se ve\u00eda pleno. Cuando ya me pareci\u00f3 que se relajaba un poco le susurr\u00e9: m\u00e1rchate, debo conversar con mi hermana.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ni ese d\u00eda ni ning\u00fan otro ella quiso hablarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca responde mis llamadas, como si su m\u00f3vil estuviese muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ahora bebo un t\u00e9 con Amancio, y ambos suspiramos desolados. Nunca hemos vuelto a hacerlo, ni siquiera mencionamos el tema. Nos une el naufragio; la ira de mi hermana, su silencio: y sobre todo su imposibilidad de comprender algo muy sencillo: lo que ves no es lo que sucede sino tan s\u00f3lo una de sus partes.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Isla a la deriva<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Antes de dormir, cada noche, la abuela le hablaba de una isla que a veces llamaba San Borond\u00f3n y otras Bararida.<\/p>\n\n\n\n<p>Amancio no pens\u00f3 en esa historia cuando la rama de un \u00e1rbol cay\u00f3 sobre su mano.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del mareo descubri\u00f3 una boca rojiza asomando cerca de la mu\u00f1eca. Llam\u00f3 a la abuela y ella le llen\u00f3 de queros\u00e9n la herida para que no se infectase.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso fue todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego el olvido. La vaga impresi\u00f3n de un accidente cuya se\u00f1al no aparec\u00eda en su piel.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta que muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando se vino a Espa\u00f1a, conoci\u00f3 a Margarita y ella se\u00f1al\u00f3 la peque\u00f1a marca. Y \u00e9l, sorprendido, admiti\u00f3 que nunca m\u00e1s hab\u00eda vuelto a verla, te juro que pens\u00e9 que lo hab\u00eda so\u00f1ado, que jam\u00e1s hab\u00eda tenido esa cicatriz. La marca que aparece, que desaparece, como esa isla de la que hablaba abuela y que se alzaba en medio del mar y luego se borraba.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque ahora la marca ha vuelto a desaparecer. Y Amancio le pide a Ricarda, o a la hermana de Margarita, que la miren, que la busquen, pero ninguna de ellas logra captar el m\u00e1s m\u00ednimo rastro.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces \u00e9l vuelve a casa. Busca y busca. Imagina en su piel un mapa, una ruta, y sin abrir los ojos hurga buscando el borde \u00e1spero de una isla, su silueta fluctuante, su sombra.<\/p>\n\n\n\n<p>Y contempla su mano durante horas. Y regresa extraviado, exhausto. \u00abLo imagin\u00e9 \u2013piensa\u2013, no sucedi\u00f3 nunca\u00bb, y se quita de los labios un remoto sabor de viento.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-mendez-guedez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez Monta\u00f1a \u2026 lleg\u00f3 un momento en que me mov\u00eda con mucha m\u00e1s agilidad y desparpajo en aquella especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz de los Gigantes. Ana Mar\u00eda Matute La monta\u00f1a crece detr\u00e1s de la casa: hervor vegetal, viento que gira, olor h\u00famedo que vibra bajo el [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":16059,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16058"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16058"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16058\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16060,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16058\/revisions\/16060"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16059"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16058"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16058"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16058"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}