{"id":1603,"date":"2021-09-29T13:14:21","date_gmt":"2021-09-29T13:14:21","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1603"},"modified":"2023-11-24T18:37:53","modified_gmt":"2023-11-24T18:37:53","slug":"la-delpiniada-y-otros-temas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-delpiniada-y-otros-temas\/","title":{"rendered":"La Delpiniada y otros temas"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Pedro Emilio Coll<\/h4>\n<p><strong>(Cr\u00f3nica del ocaso de Guzm\u00e1n Blanco)<\/strong><\/p>\n<p>Como otros de mis proyectos literarios, no he realizado, el de un novel\u00edn, mitad hist\u00f3rico, mitad imaginario, que pens\u00e9 titular La noche de Santa Florentina, en la que culmin\u00f3 una de las m\u00e1s extraordinarias ocurrencias caraque\u00f1as a mi entender de singular significaci\u00f3n en nuestros anales anecd\u00f3ticos, y que tal vez parezca inveros\u00edmil, no s\u00f3lo m\u00e1s all\u00e1 de nuestras fronteras, sino a las nuevas generaciones venezolanas.<\/p>\n<p>En efecto, aquella noche fue coronado en el antiguo Teatro Caracas, recreo predilecto de nuestros abuelos, destruido por un implacable incendio, como vate excelso don Francisco Antonio Delpino y Lamas, a la saz\u00f3n humilde obrero de una sombrerer\u00eda, pero cuyos versos, que \u00e9l llamaba \u201cMetamorfosis\u201d, celebrados por fingidos admiradores, provocaban la hilaridad de la capital, para entonces pueblerina, pero siempre propensa a un desenfadado humorismo y a ingeniosas agudeces. Fr\u00edvola para los que, ajenos a nuestro medio vern\u00e1culo, no suelen comprender sus sonrisas e iron\u00edas.<\/p>\n<p>Por lo dem\u00e1s, en el fondo de esa tragicomedia nacional se iniciaba la reacci\u00f3n contra el largo dominio de Guzm\u00e1n Blanco, oficialmente el \u201cIlustre Americano\u201d, a la fecha en Par\u00eds, mientras Joaqu\u00edn Crespo ejerc\u00eda el poder presidencial, en el primer per\u00edodo de su gobierno. Probablemente cuando se estudie con detenci\u00f3n esa era, y no es este mi prop\u00f3sito, se interprete el \u201cdelpinismo\u201d como un fen\u00f3meno colectivo o signo de la debilidad, muy humana, de suponernos diferentes de lo que en realidad somos, cual si con nuestro personal engreimiento, en ocasiones grotesco, nos empe\u00f1\u00e1ramos en evadirnos de complejo de inferioridad que nos dominen en el contorno habitual, y as\u00ed elevando y amplificando nuestra individualidad aparente, seg\u00fan el \u201cidealismo\u201d de cada uno y el sitio que ocupamos en la sociedad que nos rodea.<\/p>\n<p>Apenas adolescentes para la \u00e9poca de esta gran humorada o mixtificaci\u00f3n general, no conozco de ella sino por relatos verbales de algunos de sus contempor\u00e1neos, hoy casi todos muertos en una juventud llena de promesas. Es pues, de la memoria de esas referencias m\u00e1s que de apuntes o escritos, y como simple curiosidad de aspectos y sucesos de nuestra pasada vida local, con lo que compongo estos breves esquemas de algunos de los cuadros que mi proyectaba semicr\u00f3nica o semi-novela hab\u00eda de contener.<\/p>\n<p><strong>La conspiraci\u00f3n del fauno<\/strong><\/p>\n<p>En la verde y triangular plaza de San Juan, de la ciudad de Caracas, una tarde de abril en que el sol tamizaba su \u00e1mbar luminoso al trav\u00e9s de los copudos \u00e1rboles, y en la que, en el agua dormida de una fuente p\u00fablica, se reflejaba una burda figura de piedra, mientras en el otro extremo de la plazuela la estatua de Ezequiel Zamora amenazaba con su espada furiosa a invisibles godos.<\/p>\n<p>Precisamente en aquel dorado crep\u00fasculo, unos tantos vecinos de la popular parroquia, reunidos all\u00ed, con quedas pero enardecidas palabras, discut\u00edan si la figura ornamental de la pila, erigida por las autoridades guzmancistas, representaba un fauno, sin patas de cabra, pero todos de acuerdo en la inmoralidad o indecencia de su desnudez. Para no verlo ya no se abr\u00edan las ventanas de las casas contiguas y, al pasar cerca de \u00e9l, de tr\u00e1nsito hacia la iglesia parroquial, matronas y doncellas bajaban los ojos para no pecar de incandorosas.<\/p>\n<p>En las tertulias familiares herv\u00edan las protestas contra el impasible mu\u00f1eco de bronce, reci\u00e9n inaugurado entre cohetes y pi\u00f1atas. El ingenuo curita se lamentaba en sus homil\u00edas de la decadencia de las costumbres cristianas y de la invasi\u00f3n del paganismo. En su salita de peluquer\u00eda, adornada con calendarios y cromos pintorescos y olorosos a agua florida y a baratos polvos de arroz, el barbero, vivaracho, parlanch\u00edn y en mangas de camisa, amolando su navaja, propon\u00eda una manifestaci\u00f3n ante el se\u00f1or Arzobispo, para que exigiese la demolici\u00f3n del imp\u00fadico fauno. Intervino un italiano, zapatero remend\u00f3n y de opiniones m\u00e1s moderadas, insinuando como transacci\u00f3n del conflicto, que tomaba aspectos de mitin revolucionario, y as\u00ed fue aceptado por el Jefe Civil, aconsejado por su honesta mujer, que la parte m\u00e1s ostentosa del sexo del fauno se ocultase con una hoja de parra tallada en piedra, y, de ese modo, contin\u00faa luengos a\u00f1os, exhibiendo la inocencia de su piernas carnosas y sus hinchados mofletes. Y as\u00ed, contentas y ya sin peligro para su pudor, volvieron las gentiles muchachas del barrio, vestidas de claras muselinas, a pasear, en las tibias noches de luna, enlazadas por la cintura y seguidas de sus imberbes novios quienes, como personas mayores, fumaban cigarrillos de El Cojo o de Los Gemelos.<\/p>\n<p>En las esquinas, a la luz de los faroles de kerosene, los organillos callejeros desgranaban nost\u00e1lgicas cantinelas napolitanas, polkas, mazurkas y vertiginosos valses. Cruj\u00edan en el empedrado las carretas cargadas de malojo y hortalizas y resonaban los cascos de los fl\u00e1cidos caballos, bajo el fuete y los improperios de los isle\u00f1os. Mug\u00edan las vacas en los establos, y en tanto don Francisco Delpino y Lamas, don Pancho para la vecindad, regresaba a su pobre casuca de El Guarataro, despu\u00e9s del rudo trabajo cotidiano, asiendo su bast\u00f3n de araguaney y acariciando, entre sus bigotes grises, la estrofa enigm\u00e1tica de uno de sus m\u00e1s c\u00e9lebres y ridiculizados poemas:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>La paloma cuyo misterio aqu\u00ed ves,<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>es mi alma que no encuentra dicha en la tierra.<\/em><\/p>\n<p><strong>Parnaso del arrabal<\/strong><\/p>\n<p>En su corral, al margen de un barranco, rodeado de cardos que mord\u00edan los chivos, don Pancho si como enemigo de Guzm\u00e1n Blanco y de los liberales amarillos, a quienes atribu\u00edan la corrupci\u00f3n de la patria, simpatizaba con los protestantes del fauno, pero en su calidad de poeta, pensaba que deb\u00eda respetar una figura mitol\u00f3gica, puesto que, de sus escasas lecturas, deduc\u00eda que sin dejar de ser buen ciudadano y mejor cat\u00f3lico, se pod\u00eda aludir, seg\u00fan tantos bardos lo hicieran, y sin escr\u00fapulo de conciencia, a s\u00e1tiros, silfos, hadas y aun a Venus misma, diosa de la belleza.<\/p>\n<p>Era don Pancho fornido y corpulento, de grave y a la vez infantil expresi\u00f3n; de gruesos mostachos con las gu\u00edas prolongadas en los carrillos, a imitaci\u00f3n del bravo Leoncio Quintana, a cuyas \u00f3rdenes hab\u00eda militado, y con valor, en la guerra federal. La frente espaciosa y arrugada, en la que sus burladores no hallaban el genio l\u00edrico de que se supon\u00eda animado. C\u00e9libe, amaba a una graciosa mulatica de los alrededores, lavandera a quien nombraba la Ninfa Flor, y de quien besaba la ropa limpia que le tra\u00eda, c\u00e1lida todav\u00eda de su mano y de la plancha. Para ella suspir\u00f3:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>\u201cCuando ebrio de amor tus besitos coma\u2026 \u201d<\/em><\/p>\n<p>A diario daba ma\u00edz a las gallinas que picoteaban la tierra seca de su corral. Sol\u00eda subir al tejado, donde maullaban los gatos hambrientos, y desde all\u00ed, col\u00e9rico, divisar la colosal estatua pedestre y barbuda de Guzm\u00e1n Blanco, en la cima de la colina de El Calvario.<\/p>\n<p>En el vasto silencio del domingo, interrumpido por el canto de los gallos y las campanas distantes, a la sombra de un raqu\u00edtico naranjo, invocaba de Dios y la naturaleza, en un vago pante\u00edsmo, inspiraci\u00f3n para sus versos y sufr\u00eda que ellos, de absoluta diafanidad para \u00e9l, resultaran de una oscuridad impenetrable para su vecino y amigo quien, con acento acad\u00e9mico, tambi\u00e9n pulsaba la lira, cuando sus negocios mercantiles se lo permit\u00edan.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo es posible \u2014pregunt\u00e1bale impaciente don Pancho\u2014, que no comprendas lo que expreso en este estrambote: \u201c\u00bfNo hay sonido sin dolor de otro instrumento?\u201d. \u00bfQu\u00e9 es \u2014explicaba\u2014, el sonido musical de un viol\u00edn sino el eco de dolor del animal sacrificado para hacer las cuerdas del instrumento?\u2026<\/p>\n<p>Y de esta manera buscaba las m\u00e1s extra\u00f1as y extravagantes correspondencias y analog\u00edas entre seres y objetos sin ninguna relaci\u00f3n aparente, asoci\u00e1ndolas en im\u00e1genes y met\u00e1foras que recitaban entre carcajadas, lectores y cr\u00edticos sard\u00f3nicos que entonces y despu\u00e9s llamaron \u201cdelpinianas\u201d las formas literarias que desconciertan la sensibilidad rutinaria y las corrientes visiones del mundo.<\/p>\n<p>Ello es que la fama de don Pancho iba extendi\u00e9ndose por toda la ciudad, como chiflado lir\u00f3foro y, entendido es, como caricatura del Ilustre Americano, quien, entre tanto declaraba enf\u00e1ticamente que \u201ccomo General en Jefe no ten\u00eda rival ni en Europa ni en Am\u00e9rica y que los Mariscales de Francia no le daban por la rodilla\u201d.<\/p>\n<p><strong>La Adoraci\u00f3n Perpetua<\/strong><\/p>\n<p>En Caracas los m\u00e1s notables adictos al Ilustre se reun\u00edan en el cen\u00e1culo de una casa particular, que los enemigos de Guzm\u00e1n nombraran la Adoraci\u00f3n Perpetua.<\/p>\n<p>Pendientes estaban siempre del vapor franc\u00e9s con cartas trasatl\u00e1nticas de su \u201cJefe, Centro y Director\u201d, que le\u00edan con voces altisonantes y guturales, imitadas de la del insigne \u201cRegenerador\u201d ausente, reclin\u00e1ndose en sillones de damasco y contempl\u00e1ndose en los espejos de cuerpo entero. Con veneraci\u00f3n comentaban sus recomendaciones de permanecer compactados en torno suyo, bajo la bandera amarilla del partido y a no permitir que los godos impenitentes minaran la obra pol\u00edtica de su talento, en mucho superior al de sus coet\u00e1neos de la Federaci\u00f3n.<\/p>\n<p>C\u00f3mo le recordaban cuando, con sombrero de jipijapa, en su amplio coche tirado por yeguas blancas con manchas chocolate, respaldado por sus edecanes de vistosos uniformes y de un abate galo, en medio de la polvareda del camino llegaba al ameno villorrio de Ant\u00edmano, que la prensa gubernamental comparaba con Versalles. Pero presente de ellos estaba en una gran fotograf\u00eda, apoyada en un caballete revestido de terciopelo gualda, copia de su retrato pintado por Madrazo. De reluciente calva, con perilla y bigotes a lo Napole\u00f3n III, las puras l\u00edneas de su perfil revelaban una viril inteligencia acostumbrada al dominio, mientras que con una de sus finas manos jugaba con los lentes, en actitud reposada y familiar, erguido sobre las botas charoladas de su pies casi femeninos y demasiado peque\u00f1os para su estatura, su retrato parec\u00eda m\u00e1s de un se\u00f1or de rancia nobleza que el del caudillo popular que afirmaba ser.<\/p>\n<p>Venezolano en su m\u00e9dula y con algunos visos de rastacuero, con nostalgia de su tierra natal, en medio de su fastuosa existencia parisiense, echaba de menos el dulce de guayaba y de lechosa, las cachapas, las hallacas y aquellas deliciosas tortas de las Bejaranos. Humor\u00edsticamente dec\u00eda que era negra su cocinera, y de los Valles de Aragua, pero que prefer\u00eda condimentarle guisos traducidos al franc\u00e9s y postres con sabor de Par\u00eds. En sus tertulias vespertinas, con compatriotas bulevarderos, en el Gran Hotel de la \u00d3pera, recordaba su juventud de se\u00f1orito, sus aventuras con actrices, su borla de abogado, sus di\u00e1logos republicanos con Emilio Castelar, sus campa\u00f1as contra sus adversarios oligarcas, a quienes quiso destruir \u201chasta como n\u00facleo social\u201d.<\/p>\n<p>Ahora preocupaba a los sagaces pr\u00f3ceres de la Adoraci\u00f3n Perpetua la agitaci\u00f3n delpinista y sobre todo lo que el Ilustre les informaba de su disgusto de que el presidente Crespo hubiera tenido la impertinencia, quiz\u00e1s con punta de astuto llanero, de enviarle, como embajador especial, a un viejo liberal muy cort\u00e9s y de palabra f\u00e1cil y erudito, mas que hab\u00eda dado en la man\u00eda de imitarlo, como si con cremas, a\u00f1ad\u00eda en su ep\u00edstola, pudiese aclarar el color de su rostro y con afeites tener \u201cmi cabeza m\u00eda\u201d. Y fue en un banquete, en su mansi\u00f3n palaciega, cerca del Arco de la Estrella, cuando el duque de Morny, curioso le pregunt\u00f3 qui\u00e9n era aquel extra\u00f1o, m\u00e1s que moreno, de frac y condecoraciones, y hubo de explicarle, para salir airoso del aprieto en que la ocurrencia crespista le colocaba, que el apuesto caballero visitante a su fiesta, era un poderoso \u201cpr\u00edncipe indiano\u201d. Y desde ese momento toda la concurrencia elegante y bonapartista se apresur\u00f3 a estrechar, complacida, la mano del falso magnate oriental. Alfonso Daudet lo dijo: En France tout le monde est un peu de Tarascon.<\/p>\n<p><strong>La vanguardia delpiniana<\/strong><\/p>\n<p>En el Pasaje del Centenario, hoy no existente, construido en 1883, con motivo de la magn\u00edfica celebraci\u00f3n del natalicio del Libertador, estaba la redacci\u00f3n del \u00f3rgano sat\u00edrico de los j\u00f3venes y bohemios delpinistas, los m\u00e1s provenientes de provincias venezolanas.<\/p>\n<p>El Pasaje parec\u00eda el ancho y largo cobertizo de una casa de vecindad, con estrechos cuartos de alquiler a uno y otro costado. Comunicando la calle lateral con el Parque de Altagracia, se impregnaba de un acre relente de amon\u00edaco mezclado a la fragancia nupcial de las magnolias.<\/p>\n<p>Habitaba uno de los cuartos el maestro Pineda, bigotudo bar\u00edtono mexicano, apegado a las faldas del \u00c1vila, y cuyo mayor orgullo era el haber representado el papel de Carlos V de la \u00f3pera Hernani, en los teatros antillanos. Retirado de la escena, daba lecciones de solfeo. Colgaba a su puerta jaulas de p\u00e1jaros y, glot\u00f3n, guardaba en su armario aguacates, majarete y otras golosinas con que obsequiaba a su j\u00f3venes vecinos, escritores y estudiantes. A veces, con acento cordial y estridente, dirigiendo con un dedo una ilusoria banda marcial, les cantaba el Gloria al bravo pueblo, que los mozos escuchaban con devota y risue\u00f1a atenci\u00f3n, y ya el uno adoptaba actitudes dantonianas, ya otro las de un Camilo Desmoulins, en v\u00edsperas de asaltar una Bastilla fabulosa. Que flotaba el delpinismo en el ambiente y no s\u00f3lo en la imaginaci\u00f3n de unos pocos. Pero en lo profundo de esas fantas\u00edas present\u00edase como el nacimiento de una evoluci\u00f3n renovadora.<\/p>\n<p>En las paredes encaladas de la redacci\u00f3n del festivo peri\u00f3dico, un caricaturista, muchacho pardo y perspicaz, hab\u00eda dibujado con carb\u00f3n un retrato de don Pancho, de exacto parecido, abrazando una lira, con la otra mano apoy\u00e1ndose en una espada y de tama\u00f1o no menor que el de la estatua colosal del Ilustre, en El Calvario. Completaban el ajuar una mesa de pino, tres sillas y un catre para los bohemios que no tuvieran donde dormir. A la tertulia delpinista sol\u00edan concurrir ancianos literatos que animaban la reacci\u00f3n antiguzmancista con ejemplos de Plutarco. Alguno de ellos, de intachable pulcritud e incapaz de matar una mosca, hab\u00eda traducido un drama del franc\u00e9s, como evangelio de la libertad y el tiranicidio, bien que la acci\u00f3n ocurriera en Pisa, y en pasados siglos.<\/p>\n<p>Pero, en verdad, de aquel destartalado desv\u00e1n, redacci\u00f3n de \u201cEl Delpinismo\u201d, se dir\u00eda que iba a surgir definitivamente la regenerada y anhelada Patria del porvenir, la que, en sus a\u00f1os mozos, concibe, cada generaci\u00f3n con lo que en su esp\u00edritu, a\u00fan sin desenga\u00f1os, hay de m\u00e1s puro, noble e ideal.<\/p>\n<p><strong>El signo<\/strong><\/p>\n<p>A campos y aldeas hab\u00eda penetrado la fama de don Pancho, sin que se supiese realmente dada la fingida seriedad con que se le ponderaba, si su reputaci\u00f3n era usurpada, como la de tantos otros. Muchos de los vencidos en 1870, y que Guzm\u00e1n Blanco hab\u00eda querido destruir \u201chasta como n\u00facleo social\u201d, celebraban las noticias reaccionarias de Caracas, mientras se dedicaban a las labores de sus haciendas, casi abandonadas durante las guerras civiles, aplicando a sus nuevas actividades la habilidad adquirida en los altos cargos que desempe\u00f1aron en el gobierno de su tiempo. El caf\u00e9, la ca\u00f1a y el cacao prosperaban bajo la mirada de sus due\u00f1os, y en los corredores coloniales de los fundos agr\u00edcolas, las esposas, las hijas de los propietarios y sus amigos, invitados a los regocijos de la cosecha, bromeaban con el peonaje encogido y cazurro, balance\u00e1ndose en mecedoras y vestidas con zarazas de vivos colores.<\/p>\n<p>Pero una ma\u00f1ana de verano comenz\u00f3 a ensombrecerse el sol. Pronto se vieron millones de alas que se agitaban, con un ruido de telas rasgadas, en el azul celeste y que, a poco, ca\u00edan volanderas y saltarinas, sobre sembrados y jardines. Un hedor aceitoso impregn\u00f3 el aire c\u00e1lido y minutos luego los pies deslizaban sobre una baba amarillenta. Era una tropa m\u00e1s destructora que las guerrillas de la obra lenta del trabajo. Era una nube de langostas que arrasaba el fruto de los campos, y, a la cual no alcanzaban las tercerolas apuntadas hacia ella. Para espantarlas y ahogarlas con el humo espeso de basuras y desperdicios, encend\u00edanse hogueras que alumbraban de un rojo de sangre los troncos calcinados, mientras macilentos r\u00fasticos, con primitiva ignorancia y superstici\u00f3n se negaban a luchar contra el acridio invasor, al descubrir, en la peque\u00f1a coraza de su pecho, como el signo de un c\u00e1liz. La miseria se adue\u00f1\u00f3 de las tierras antes f\u00e9rtiles. En los bucares y guamos sin hojas ya no cantaban ni hac\u00edan sus nidos los picos de plata y los turpiales.<\/p>\n<p>Por fin, tras largos meses, la legi\u00f3n alada y devoradora se esparci\u00f3 hacia otros cielos. Con las primeras lluvias principiaron a reverdecer cafetales y ca\u00f1averales, y en las pulper\u00edas comenz\u00f3 a haber arepa para los pobres y aguardiente para los venenosos para\u00edsos artificiales del caser\u00edo.<\/p>\n<p>En el velorio de la Cruz de Mayo, entre jazmines y rosas, el m\u00e1s rico se\u00f1or de la comarca, al son de maracas, guitarras y arpas, bailaba con las chicas de su servidumbre. Y, celebrando la fructuosa molienda, exclamaba jadeante: \u201c\u00a1Esta es la verdadera democracia y no la mentira del d\u00e9spota en sus aristocr\u00e1ticos salones de Par\u00eds!\u201d<\/p>\n<p>Mas todav\u00eda, en los \u00e1ridos caminos los arrieros, junto a los esqueletos de sus borricos que murieran de hambre, y los labriegos, l\u00edvidos en los conucos y ranchos desolados, con un brillo de fiebre en las pupilas, esperaban al Salvador anunciado por la nube de langostas, seg\u00fan el signo misterioso que portaban.<\/p>\n<p>Y ansiosos atisbaban, con sus tristes ojos, todos los desiertos horizontes\u2026<\/p>\n<p><strong>El bien general<\/strong><\/p>\n<p>T\u00edtulo de un libro que conten\u00eda la f\u00f3rmula para sanar todas las enfermedades, con plantas tropicales y sangre de animales, selv\u00e1ticos, era El bien general. Telmo Romero, su autor, de tipo aindiado y prominentes mand\u00edbulas, tra\u00eda desde el fondo de la Guayana, cual si hasta esas remotas soledades hubiera penetrado la epidemia delpinista, los secretos desconocidos por los sabios de Caracas, ignorantes, dec\u00eda, de las virtudes de nuestra flora. Y en la calle m\u00e1s c\u00e9ntrica de la capital, instal\u00f3 su \u201cFarmacia ind\u00edgena\u201d, en la que se alineaban los bocales de policromos bebedizos y los manojos de milagrosas hierbas curativas, con indignaci\u00f3n de boticarios, m\u00e9dicos y estudiantes de la universidad. Sin embargo, en los suburbios y aleda\u00f1os no faltaban quienes creyesen en la ciencia del improvisado taumaturgo e hiciesen elogios de sus portentosas curaciones, con gotas de un licor amargo, de inveterados paludismos y, con oscuros emplastos, de \u00falceras rebeldes.<\/p>\n<p>Pero lo m\u00e1s grave fue que Telmo no se limit\u00f3 a recetar inofensivas p\u00f3cimas, sino que se propuso curar la locura ajena, introduciendo un hierro al rojo vivo en el cr\u00e1neo de los desdichados dementes y que puso en pr\u00e1ctica su propia locura en el manicomio de Los Teques. Pavor causaron a los pac\u00edficos habitantes del pueblo los espantosos lamentos, de una desesperaci\u00f3n incomparable, a trav\u00e9s de la neblina nocturna, de los infelices sometidos al m\u00e9todo inicuo del b\u00e1rbaro Romero.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 fue, a la postre, de Telmo? Nadie lo supo despu\u00e9s que, en un caluroso mediod\u00eda, los aut\u00e9nticos boticarios, los antiguos conspiradores contra el fauno, los estudiantes y los j\u00f3venes delpinistas apedrearon la \u201cFarmacia ind\u00edgena\u201d, rompieron los frascos de coloridas lociones, las vitrinas que guardaban misteriosos ung\u00fcentos, y echaron por tierra yerbazos y resinas que exhalaban un h\u00e1lito de floresta virgen. Luego quemaron <em>El bien general<\/em>, al pie de la estatua de Vargas, en el patio de la universidad, de la que estuvo a punto de ser rector el curandero indio, por d\u00e9bil simpat\u00eda del cr\u00e9dulo presidente en turno.<\/p>\n<p><strong>La Bajada de los Reyes<\/strong><\/p>\n<p>Nombr\u00e1base as\u00ed, anta\u00f1o, la fiesta celebrada en el pueblecito de El Valle so\u00f1oliento otras horas entre sus colinas ocres y el verde la hacienda de ca\u00f1a de az\u00facar; pero alegre de cohetes, repiques de campanas, holgorios, besos, joropos y amor\u00edos, el claro d\u00eda de enero en que se conmemoraba la visita de Gaspar, Melchor y Baltazar, cabalgando desde sus remotos dominios, ven\u00edan a adorar a Jes\u00fas de Nazareth, nacido en un pesebre. Tambi\u00e9n, con no poco anacronismo, rememor\u00e1base ese mismo d\u00eda, la degollaci\u00f3n de los inocentes, ordenada por el cruel rey Herodes, temeroso de que, entre los reci\u00e9n paridos, estuviese el anunciado Mes\u00edas perturbador de la paz de Judea.<\/p>\n<p>Ambos espect\u00e1culos, acaso r\u00fasticas reminiscencias de antiguos Misterios y Autos Sacramentales, se representaban al aire libre en la plazuela del villorrio, donde un peque\u00f1o tinglado, cubierto de pintorescas colchas y cortinas facilitadas por devotas del lugar, fing\u00eda el Palacio del Soberano. Una inmensa multitud de hombres y mujeres, viejos y j\u00f3venes, se\u00f1orones y mendigos que, a pie o en desvencijados coches, por los caminos polvorientos acud\u00edan desde la capital y sus contornos a la fiesta vallera, se apretujaba y confund\u00eda en medio de las ventas populares de golosinas, caf\u00e9 caliente y rones carupaneros. El magno vate Delpino gustaba de aquellos m\u00edsticos regocijos y de los toros coleados que, ya al atardecer, completaban el festival, pero algo inadvertido de todos a quienes, m\u00e1s que a un poeta, por egregio que fuese, les interesaban los tres Magos que, en piafantes jacas y con trajes y gorras abigarrados, descend\u00edan al trav\u00e9s de los cardones de los \u00e1ridos cerros, para ofrendar al divino Infante si no oro, incienso y mirra, de que no dispon\u00edan, arom\u00e1ticas hierbas campesinas quemadas luego ante la cama de paja, en el portal de la iglesia.<\/p>\n<p>Ni\u00f1as con alas de cart\u00f3n plateadas, simbolizaban \u00e1ngeles, y en el centro de la calle, empedrada y adornada con guirnaldas de papel, colgante de una cuerda, resplandec\u00eda la estrella de lat\u00f3n dorado que servir\u00eda de milagrosa conductora de los Tres Magos, representado cada cual seg\u00fan el color de su piel, el blanco por un pulpero de Canarias, el indio por un aut\u00e9ntico aborigen que trabajaba en la molienda del trapiche, y el negro por un comisario de los aleda\u00f1os, que, para la adoraci\u00f3n del Se\u00f1or, no vacilaba en cambiar su autoridad por otra; prob\u00e1ndose, que la corona real puede ce\u00f1ir la frente de un hijo del pueblo, cuando el caso lo requiera, como era este de la Bajada de los Reyes. Desde luego, los mayores aplausos los recog\u00eda el rey negro, al dejarse caer de su cabalgadura para besar el suelo con sus gruesos labios de africano.<\/p>\n<p>Entre tanto, envuelto en un manto escarlata, rug\u00eda Herodes en su palacio de tablas y, en sus duras entra\u00f1as, complacido con ver correr la sangre de los santos Inocentes, por fortuna de almagre, como los sacrificados ni\u00f1os eran de trapo, con pintados ojos llenos de espanto.<\/p>\n<p>Int\u00e9rprete de Herodes y celebrado en su ficci\u00f3n teatral, era el herrero Car\u00edas, valga el apellido, ya famoso como el mejor encasquillador, forjador de verjas de cementerios y de balaustres para las casas caraque\u00f1as. Cabe el cobertizo de un corral, ten\u00eda Car\u00edas, su fragua y su yunque en el que, con ejemplar paciencia, domaba el hierro al rojo vivo. El olor del fuego, del sudor de las bestias, se mezclaba con el de la humedad de la tierra, pantanosa, con huellas de cascos y restos de casquillos, clavos y chatarras.<\/p>\n<p>Mas que he aqu\u00ed que Car\u00edas, como de la \u00e9poca de las \u201cMetamorfosis\u201d era, su modo, \u201cdelpiniano\u201d. Pac\u00edfico casi todo el a\u00f1o, a medida que se aproxima la fecha en que iba a ser ef\u00edmero rey de Judea, torn\u00e1base terrible, ensay\u00e1ndose de esa manera, a interpretar a cabalidad el papel del implacable Herodes. Con m\u00e1s furor golpeaba el martillo sobre el yunque, su frente se cruzaba de arrugas amenazadoras; sus bigotes y cabellos grises se erizaban; sus dientes cruj\u00edan y su voz se hac\u00eda estent\u00f3rea. Aterrorizados por la c\u00f3lera que lo pose\u00eda en esas horas, ni su buena mujer, ni sus amigos, ni sus clientes caballistas atrev\u00edanse a dirigirle la palabra.<\/p>\n<p>A Car\u00edas, seg\u00fan es frecuente en tantos, ocurr\u00edale entonces el fen\u00f3meno de sustituir su verdadera personalidad por la que su exaltada imaginaci\u00f3n creaba y enga\u00f1aba. Ello es que pasado largos meses, a la postre recobraba Car\u00edas su car\u00e1cter habitual, su expresi\u00f3n casi franciscana y aun ingenuamente se arrepent\u00eda de las ferocidades que cometiera cuando fue rey de Judea.<\/p>\n<p>Pero sucedi\u00f3 que en uno de esos pasados espect\u00e1culos valleros, al bajar Car\u00edas de su trono, todav\u00eda enardecido, acerc\u00f3sele Delpino y Lamas tendi\u00e9ndole los brazos para encalmar su iracundia, y Car\u00edas le rechaz\u00f3 con explosiva violencia. Y el pobre poeta, con el coraz\u00f3n acongojado, regres\u00f3 a so\u00f1ar en su humilde Parnaso del arrabal, y meditando, una vez m\u00e1s, en c\u00f3mo enloquece a los hombres el poder absoluto, y no s\u00f3lo en los Imperios.<\/p>\n<p><strong>La sotana nueva<\/strong><\/p>\n<p>La sotana del buen padre Celestino, curita de Aguas Claras y amigo de Delpino y Lamas, desde que le hizo un sombrero de teja, era una sotana deshilachada y ro\u00edda; los a\u00f1os, la lluvia y la intemperie de los caminos hab\u00edan ido desgastando la tela. Cuando a pleno sol atravesaba con su gran paraguas bajo el brazo, la plazuela de la aldea, la vieja sotana desped\u00eda tonos verdosos y violados. Sea porque el padre Celestino hubiese crecido despu\u00e9s de su primera misa, sea que la sotana se hubiera encogido, es lo cierto que la falda apenas le llegaba a los tobillos, d\u00e1ndole de esta suerte un aspecto inocente e infantil que inspiraba l\u00e1stima y simpat\u00eda, tanto como su caridad y cari\u00f1o para todos. Es un verdadero cristiano, dec\u00edan los libres pensadores, que no escaseaban en el villorrio, c\u00e9lebre por sus espiritistas y sus aguas medicinales. Pero los a\u00f1os pasaban y la vieja sotana de deshac\u00eda sobre el cuerpo regordete del padre Celestino. Adem\u00e1s, Aguas Claras atra\u00eda de las ciudades circunvecinas caballeros ricos y disp\u00e9pticos y se\u00f1oras reum\u00e1ticas, quienes luego de deliberar que un balneario elegante ten\u00eda necesidad de un cura menos descuidado de su persona, convinieron en sorprender al padre Celestino con una sotana nueva el d\u00eda de su santo. Casadas y solteras temporadistas, la era delpiniana se revelaba en ellas por su amor desaforado, y algo cursi, por las modas extranjeras. As\u00ed hicieron venir de la capital suav\u00edsima sarga y fin\u00edsimos encajes: las se\u00f1oras se encargaron de la hechura de la sotana y las se\u00f1oritas de adornarla.<\/p>\n<p>A todo esto el padre Celestino continuaba alejado de las pompas terrenales, dando de comer a los perros y a los p\u00e1jaros y repartiendo limosnas a los pobres. El d\u00eda de San Celestino, Papa y Confesor, el curita de Aguas Claras recibi\u00f3, con indecible sorpresa, una flamante y olorosa sotana, en un gracioso cesto de mimbre, en el cual se hab\u00eda atado una tarjeta con los nombres de las damas que le hac\u00edan el presente.<\/p>\n<p>Con pura alegr\u00eda y m\u00edstico regocijo se revesti\u00f3 el padre Celestino de su sotana nueva; mas apenas se hab\u00eda echado el \u00faltimo bot\u00f3n cuando sinti\u00f3 que sus sentidos se turbaban; la seda cruj\u00eda entre sus piernas como faldas de mujer y la tela ten\u00eda a\u00fan la fragancia de las manos femeninas que le hab\u00edan acariciado, el tenue perfume tentador que trascend\u00eda de los suaves encajes. Pero en ese instante, una fuerza extra\u00f1a lo llev\u00f3 ante el turbio espejo de su humilde cuartico, recuerdo de su difunta madre en el cual nunca se hab\u00eda mirado. Y el santo curita con ingenio delpiniano se contempl\u00f3 y se encontr\u00f3 galante y rejuvenecido. Mas en el mismo momento divis\u00f3 en el fondo del cristal una blanca visi\u00f3n de la anciana que le se\u00f1alaba la sotana vieja colgada de un \u00e1ngulo de la estancia y desde entonces us\u00f3 hasta el fin de su vida la vieja sotana hecha jirones, pidi\u00f3 ser enterrado con ella y muri\u00f3 en olor de santidad guardando una inexplicable tolerancia para los que cre\u00edan en las evocaciones espiritistas y en las visiones de ultratumba.<\/p>\n<p><strong>Carnaval<\/strong><\/p>\n<p>La pobre Mim\u00ed Pinson se mor\u00eda en la casa de las Alegres Comadres de Candelaria quienes, con inefable cari\u00f1o la hab\u00edan asilado, cual si fuese la propia griseta de la bohemia de Murger. En realidad se llamaba Susana y de Par\u00eds se la trajo un enamoradizo vejete, como modista de su tienda \u201cLas \u00faltimas novedades\u201d, que ten\u00eda establecida en Caracas. Quebr\u00f3 la tienda y el comerciante picar\u00f3n se conform\u00f3 con su mujer venezolana. A poco la rom\u00e1ntica Susana prendose de un poeta, como ella de veinte a\u00f1os y quien en un rapto de entusiasmo profano, se hab\u00eda comparado a Cristo redentor de la pecadora Magdalena.<\/p>\n<p>Languideci\u00f3 Susana, y p\u00e1lida y t\u00edmida fue costurera a domicilio, con sus dedos enflaquecidos por la tuberculosis. As\u00ed la conocieron las Alegres Comadres de Candelaria, como las vecinas lenguaraces las nombraban, una t\u00eda viuda protectora de sus dos sobrinas que, por la romanilla, cuchicheaban con sus intermitentes novios.<\/p>\n<p>La generosa t\u00eda conservaba propiedades en Valencia, y con profunda emoci\u00f3n recordaba, cuando chiquilla, haber o\u00eddo cantar romanzas al anciano heroico general P\u00e1ez, en una fiesta de familia. La viuda, regordeta y de peluca casta\u00f1a, en uni\u00f3n de sus mon\u00edsimas sobrinas con flequillos de pelo de los que llamaron \u201cpollinas\u201d, durante todo el a\u00f1o se preparaban para el Carnaval, cortando, a tijeras, papelillos de color. So\u00f1ando con h\u00e9roes de la Independencia y personajes de novela, zurc\u00edan los calcetines y pantalones de los amigos de Mim\u00ed y su poeta, de alma tan sentimental y exquisita. Y precisamente Susana se mor\u00eda en aquel domingo de Carnestolendas.<\/p>\n<p>Sus \u00e1ureos cabellos desfallec\u00edan sobre la almohada y con sus manos febriles estrechaba, en un adi\u00f3s supremo, las de su amado poeta que lloraba a su lado. Con la gentil francesita pasaban las noches en vela sus camaradas delpinistas, hasta que en el lecho, de lazos azules y con un vago olor a creosota y a violetas, agoniz\u00f3 como la modistilla de Rodolfo. En hombros la llevaron al cementerio, entre la fren\u00e9tica alegr\u00eda de la multitud carnavalesca y rompiendo la turba de abigarrados disfraces, que zapateaban en el arroyo un joropo ejecutado por la orquesta de un kiosko musical.<\/p>\n<p>T\u00eda y sobrinas estaban anonadadas con la desgracia, pero, la siguiente tarde de Carnaval, al escuchar que resonaban en la calle los cascos de una cabalgata, corrieron curiosas y veloces a la ventana. Era don Francisco Antonio Delpino y Lamas que, seguido de su corte de burlones admiradores, caballero en brioso Rocinante, pasaba con triunfador empaque por la Calle Real de la Parroquia, repartiendo su \u00faltima Metamorfosis dedicada a las bellas que, enloquecidas por Momo, le correspond\u00edan con grajeas e irisadas esencias de sus perfumadores, al trav\u00e9s de los balaustres de los floridos balcones. Y, en un irreprimible arrebato de entusiasmo, las Alegres Comadres de Candelaria volcaron sobre el vate sus cestas llenas de papelillos y confettis, mientras que, en el crep\u00fasculo multicolor y engalanando, dir\u00edase que la suave Susana deshojaba rosas en la barba blanca del buen Dios.<\/p>\n<p><strong>La noche de Santa Florentina <\/strong><\/p>\n<p>De las galer\u00edas a las butacas del Teatro Caracas se api\u00f1aba un bullicioso auditorio, resumen de los mestizajes de nuestra raza criolla. Flotaban banderolas tricolores en los palcos, y en lo alto del proscenio colgaba la m\u00e1scara cl\u00e1sica de la Comedia sostenida por guirnaldas de corolas avile\u00f1as. En la escena, a tel\u00f3n corrido, don Francisco Antonio Delpino y Lamas, severo y de levita, y en torno suyo los organizadores del homenaje, con sus mejores prendas de vestir y una circunspecci\u00f3n en la que el extra\u00f1o no hubiera adivinado el fingimiento. Sobre una tarima la mesa del orador, el vaso de agua de rigor y un jarr\u00f3n de azucenas, como obsequio de las se\u00f1oritas caraque\u00f1as.<\/p>\n<p>El acto comenz\u00f3 solemne cual una repartici\u00f3n de premios del Colegio Santa Mar\u00eda. Luego el p\u00fablico se puso de pies y aclamando al vate laureado cuando \u00e9ste, con emoci\u00f3n entra\u00f1able, recit\u00f3 el estrambote que hab\u00eda escrito para recibir la corona de laurel, que, demasiado grande, le resbal\u00f3 hasta el pecho, como una collera. Aplausos un\u00e1nimes y carcajadas. A la tribuna fue conducido el orador de orden, laborioso archivero de un ministerio, perturbado por la lectura de V\u00edctor Hugo, y a quien, sin que \u00e9l lo sospechara, tambi\u00e9n tomaban en broma los delpinistas. En su discurso, sin que viniera al caso, en medio de palmadas estrepitosas, vociferaba que \u201chay miradas que surgen del ri\u00f1\u00f3n y razones que s\u00f3lo brotan del h\u00edgado\u201d\u2026<\/p>\n<p>A su perorata siguieron otras de torrencial elocuencia que citaban a Ovidio, a causa de sus famosas Metamorfosis cl\u00e1sicas, y a Cervantes por su inmortal Don Quijote. Evocaron a Dulcinea del Toboso y a las nueve Musas, cuyas sombras desfilaban por el proscenio, donde los personajes de la farsa, iluminados por las tr\u00e9mulas candilejas, parec\u00edan elevarse del tablado y alargarse cual en un raro cuadro del Greco.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s toc\u00f3 el turno a simuladas delegaciones extranjeras que tra\u00edan supuestos mensajes, congratulaciones de sus pueblos. Y el gobernador del Distrito, general guarique\u00f1o y tan enga\u00f1ado como Delpino, en su palco se mostraba orgulloso de que un compatriota mereciese aquellas manifestaciones del universo entero.<\/p>\n<p>Y ocurri\u00f3, a\u00f1ade el sutil informador que me lo refiere, que a medida que transcurr\u00edan las horas de aquella velada memorable, la chacota iba adquiriendo caracteres de verdadera glorificaci\u00f3n de un poeta magn\u00edfico y precursor de un arte herm\u00e9tico, simbolista y futurista y ya, con esa duda, la concurrencia acompa\u00f1\u00f3 el vate coronado hasta su corral de El Guarataro. Todo pasa, pero las piadosas estrellas contin\u00faan, por los siglos de los siglos, acompa\u00f1ando las quimeras y esperanzas de los hombres.<\/p>\n<p><strong>El ocaso de los dioses<\/strong><\/p>\n<p>Bajo una cruz de madera yace el laureado vate de El Guarataro, en la gran ciudad de los muertos, que es el cementerio de Tierra de Jugo, y m\u00e1s populosa que la de los vivos, ya que duermen en el sue\u00f1o eterno var\u00edas generaciones, como Guzm\u00e1n Blanco, enantes tambi\u00e9n aclamado, bajo una l\u00e1pida de m\u00e1rmol del cementerio de Passy, no lejos de las cenizas de la divina loca Mar\u00eda Bashkirtseff.<\/p>\n<p>Pasaron lustros de su apoteosis, la \u00faltima vez que, olvidado de todos y taciturno y m\u00edsero, vi a don Francisco, fue vendiendo billetes de loter\u00eda al pie de la Torre de la Catedral. Y el pobrecito de As\u00eds lo habr\u00eda compadecido. Pero don Francisco se hab\u00eda conformado con entregar sus huesos a la tierra maternal, despu\u00e9s de que una ola popular, estudiantil y delpinista, demoli\u00f3 la estatua gigante del Ilustre, que tantas veces amenaz\u00f3 con su pu\u00f1o desde el tejado distante de su corral.<\/p>\n<p>Y una tarde, casi al anochecido, sintiendo desfallecer sus fuerzas, se visti\u00f3 con el sombrero de copa y la levita que usara la noche de su coronaci\u00f3n. El laurel se hab\u00eda deshecho, pero guardaba el polvo de sus hojas junto con la postrer camisa que le planchara la Ninfa Flor, muerta del coraz\u00f3n. Lentamente ascendi\u00f3 por los solitarios senderos de El Calvario, trep\u00f3 por la rampa en espiral donde anta\u00f1o se elevaba el bronce destrozado por la multitud y, ya en la cumbre de la plataforma, se irgui\u00f3, al igual de la derruida estatua, en actitud dominadora. La enorme mole del \u00c1vila ba\u00f1ado por los reflejos del sol en su ocaso, fing\u00eda leve y rosada nube, y en transparencia de cristal torn\u00e1base la hoz de la luna menguante. El valle caraque\u00f1o se extend\u00eda con dulzura virgiliana, ci\u00f1endo la ciudad como una inmensa corona de laurel. Y el pat\u00e9tico don Francisco le tendi\u00f3 las manos temblorosas cual si quisiera estrecharla contra su alma, que no encontrara dicha en la tierra, como gimi\u00f3 en su Parnaso del arrabal. Era la ciudad complicada y ligera, confiada e insumisa, delpiniana y bolivariana, todav\u00eda la misma que vislumbr\u00f3 el gran poeta P\u00e9rez Bonalde, a su Vuelta a la Patria:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Caracas all\u00ed est\u00e1, sus techos rojos.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Su blanca torre, sus azules lomas.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Y su banda de t\u00edmidas palomas.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Hacen nublar de l\u00e1grimas mis ojos.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pedro Emilio Coll (Cr\u00f3nica del ocaso de Guzm\u00e1n Blanco) Como otros de mis proyectos literarios, no he realizado, el de un novel\u00edn, mitad hist\u00f3rico, mitad imaginario, que pens\u00e9 titular La noche de Santa Florentina, en la que culmin\u00f3 una de las m\u00e1s extraordinarias ocurrencias caraque\u00f1as a mi entender de singular significaci\u00f3n en nuestros anales anecd\u00f3ticos, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1604,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[18],"tags":[3],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1603"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1603"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1603\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1605,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1603\/revisions\/1605"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1604"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1603"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1603"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1603"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}