{"id":15987,"date":"2025-04-29T19:57:13","date_gmt":"2025-04-30T00:27:13","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15987"},"modified":"2025-06-27T13:50:12","modified_gmt":"2025-06-27T18:20:12","slug":"teresa-de-la-parra-las-voces-de-la-palabra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/teresa-de-la-parra-las-voces-de-la-palabra\/","title":{"rendered":"Teresa de la Parra: las voces de la palabra"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Julieta Fombona<\/h4>\n\n\n\n<p>A Teresa de la Parra se le han concedido muchas cosas: el encanto, la gracia, la elegancia, el refinamiento; ha sido la musa, la criolla cabal, una cl\u00e1sica de nuestras letras. Todo esto, seguramente, hubiese complacido much\u00edsimo a quien confesaba preferir mil veces la vanidad de los trapos a la otra, la literaria. Sin embargo, habr\u00eda que concederle tambi\u00e9n lo que ella misma ped\u00eda: \u201cLo \u00fanico que considero bien escrito en lfigenia es lo que no est\u00e1 escrito, lo que trac\u00e9 sin palabras, para que la benevolencia del lector fuese leyendo en voz baja y la benevolencia del cr\u00edtico en voz alta\u201d<sup>1<\/sup>. En lo no escrito est\u00e1 lo que la induce a escribir, es decir, su relaci\u00f3n con la literatura. Para Teresa de la Parra la literatura no es un fin en s\u00ed, pero mucho menos actividad did\u00e1ctica. Con equitativa y sonriente humildad su gusto rechaza tanto las \u201cobras de esplendor herm\u00e9tico\u201d que, seg\u00fan ella, s\u00f3lo dejan un punto de interrogaci\u00f3n en el vac\u00edo, como el \u201codioso realismo\u201d , que convierte al lenguaje en una esforzada m\u00e1quina de fabricar sentidos fijos. Refiri\u00e9ndose a su primera novela, dice en una carta: \u201cPodr\u00eda haber escrito varias p\u00e1ginas fuertes y elocuentes con pretensiones filos\u00f3ficas. Ifigenia habr\u00eda sido a\u00fan m\u00e1s larga de lo que es&#8230; y en mi relato brillar\u00eda el orden sim\u00e9trico y rotundo que reina en las novelas llamadas de literatura fuerte. Pero tanta superioridad habr\u00eda agobiado con su peso el resto de mi vida\u201d<sup>2<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>La obra de Teresa de la Parra es m\u00e1s bien reducida: dos novelas y las tres conferencias que dict\u00f3 en Bogot\u00e1 constituyen lo esencial; tambi\u00e9n est\u00e1 su correspondencia, por supuesto, de la que dice Mariano Pic\u00f3n Salas que tiene \u201cla gracia o el fuego comunicativo que exige la literatura epistolar\u201d<sup>3<\/sup>. En la primera conferencia, al hablar de sus perplejidades ante la invitaci\u00f3n que le lleg\u00f3 de Colombia en el momento en que pensaba instalarse a pasar el invierno en Par\u00eds, se refiere a lo intermitente y fr\u00e1gil de su vocaci\u00f3n lite raria, y luego pasa a confesar lo que la decidi\u00f3 a aceptar la invitaci\u00f3n: el reencuentro con la tierra, pero sobre todo, la tierra so\u00f1ada, la de los libros y las visiones, esa donde \u201cblanquea todav\u00eda Mar\u00eda despidiendo a Efra\u00edn\u201d. Tambi\u00e9n escribir parece ser, para ella, antes que creaci\u00f3n, una especie de reencuentro: reencuentro con el buen uso del lenguaje, con la anterioridad de esa voz colectiva y an\u00f3nima que ya est\u00e1 all\u00ed y que no hay m\u00e1s que continuar. Es una especie de estado ideal de la lengua, como el que alcanza el primo Juancho de <em>Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca<\/em>, que al contar el percance que les sucede a los due\u00f1os de Piedra Azul camino de la iglesia para casarse, convierte la trivial an\u00e9cdota en algo tan sabroso y encantador como el romance de las bodas del Cid. Esto no entra\u00f1a, desde luego, ning\u00fan casticismo; es m\u00e1s bien un empe\u00f1o en preservar la fuerza y la frescura de la palabra hablada en la escrita, que, seg\u00fan ella, la imprenta ha ido devorando. Por eso, Teresa de la Parra hace hincapi\u00e9 en el v\u00ednculo de las palabras con el deseo, con la voz, borrando lo m\u00e1s posible su v\u00ednculo con el poder, con lo que tienen de tajante y definitivo: \u201cYo creo que mientras los pol\u00edticos, los militares, los periodistas y los historiadores pasan la vida poniendo etiquetas de antagonismos sobre las cosas&#8230; las mujeres, que somos numerosas y muy desordenadas, nos encargamos de barajar las etiquetas estableciendo de nuevo la cordial confusi\u00f3n\u201d<sup>4<\/sup>. La confusi\u00f3n manifiesta que lo escrito no es ni la expresi\u00f3n de un sujeto supuestamente due\u00f1o del lenguaje, ni el reflejo de un mundo fielmente clasificado, sino el efecto de un saber que ya est\u00e1 en la lengua y que es insistencia en su propia y peculiar manera de desear la realidad, de organizar\u00eda, a la par del que la habla.<\/p>\n\n\n\n<p>La primera conferencia termina con la figura del Inca Garcilaso retirado en su cortijo cordob\u00e9s, ya muy lejos de su patria americana, recogiendo en sus Comentarios Reales \u201cmemorias de su infancia, recuerdos de recuerdos que otros le narraron\u201d . Lo mismo har\u00e1 Teresa de la Parra; su rechazo de Thomas Mann<sup>5<\/sup>, su confesi\u00f3n de no haber visto ni o\u00eddo m\u00e1s que oscuridad y silencio en exposiciones cubistas y antolog\u00edas dada\u00edstas muestran claramente que sab\u00eda muy bien cu\u00e1les eran sus dominios y que nunca quiso otros. Tambi\u00e9n para ella escribir es recoger, desde lejos, las voces ya apagadas que, como la de la \u00f1usta do\u00f1a Isabel, madre de Garcilaso, deslindaron para ella esos dominios \u2014dominios perdidos\u2014 de la Colonia, Caracas, la hacienda Piedra Azul de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca. En Teresa Soublette, su t\u00eda abuela descendiente de procer, en Mam\u00e1 Panchita, la bisabuela realista, y en la amiga, Emilia Ibarra, hija de un edec\u00e1n de Bol\u00edvar, encontr\u00f3 Teresa de la Parra la historia pura, la que relata, no la progresi\u00f3n de un acontecer, sino m\u00e1s bien su car\u00e1cter singular, tot\u00e9mico. Igual que la \u00f1usta do\u00f1a Isabel, ellas tambi\u00e9n hab\u00edan conocido el esplendor y hab\u00edan sabido perderlo con dignidad, con elegancia o con gracia. Como pertenec\u00edan, adem\u00e1s, a diferentes bandos y distintos partidos, propiciaron en su oyente esa melanc\u00f3lica tolerancia, que se siente en su obra, y la fidelidad derrelicta e ir\u00f3nica a valores ya vencidos, que es su rev\u00e9s metaf\u00edsico.<\/p>\n\n\n\n<p>De su propia \u00e9poca dice en la primera conferencia: \u201cComo nos ha libertado de muchos grandes terrores suele tenernos el coraz\u00f3n frotado, confortable y medio vac\u00edo como la sala de ba\u00f1o de un gran Palace\u201d<sup>6<\/sup>. Tal vez escribe para llenar este vac\u00edo colocando lo escrito en el lugar de la naturaleza perdida. La a\u00f1oranza de lo natural est\u00e1 en toda su obra, aunque, por supuesto, no se trata del proverbial retorno a la naturaleza del que se burlaba Val\u00e9ry al decir que cada treinta a\u00f1os se la vuelve a descubrir. En esto Teresa de la Parra est\u00e1 muy cerca de Rousseau; lo que intenta es contemplar a la sociedad desde la naturaleza para deshacer las identificaciones forzadas que aqu\u00e9lla impone, esa naturaleza \u201c que es profundamente inmoral, puesto que desde\u00f1a las m\u00e1s elementales conveniencias y se burla a todas horas de los sanos principios sociales\u201d<sup>7<\/sup>. En Ifigenia, Mar\u00eda Eugenia se rebela contra los dogmas sociales arbitrariamente naturalizados: declara tener un alma profundamente naturista y no ver qu\u00e9 sentido tiene usar ropa en pa\u00edses donde hace tanto calor. En Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, el primo Juancho trae de Londres, a sus parientes de Piedra Azul, una elegante sombrilla inglesa para que tomen el t\u00e9 de tarde en el jard\u00edn; pero la sombrilla va a parar a un carro de bueyes que lleva a las ni\u00f1as a su \u201c alegre y rumoroso ba\u00f1o de r\u00edo\u201d. La Colonia de las conferencias tiene por religi\u00f3n \u201cun culto casi inconsciente por la naturaleza\u201d y vive seg\u00fan las pautas del paisaje. Teresa de la Parra nunca est\u00e1 muy lejos de la dicotom\u00eda cultura\/naturaleza, del paso de la una a la otra. Su prosa, sobre todo en las conferencias y en Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, parece la expresi\u00f3n jubilosa y sosegada de una manera de ocupar un espacio. En una carta a Lecuna, compara nuestro siglo XVIII con el franc\u00e9s, y \u00e9ste le resulta manoseado y artificial al lado de \u201cnuestra Colonia, tan sobria, tan noble como todo lo que vive sin esforzarse, de acuerdo con la naturaleza y el clima\u201d<sup>8<\/sup>. Su escritura parece remedar esta relaci\u00f3n entre los seres humanos y la naturaleza que produce lo criollo americano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211; <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u201cPara hablar de la Colonia es preciso narrar,<br>es preciso hablar a menudo de s\u00ed mismo\u201d.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Las conferencias, que llevan el t\u00edtulo de Influencia de las Mujeres en la Formaci\u00f3n del Alma Americana, abarcan el per\u00edodo que va desde la Conquista hasta la Independencia. Tal vez para sorpresa de muchos de los que hab\u00edan le\u00eddo Ifigenia, resultaron ser una especie de himno a la Colonia, es decir, a una cierta continuidad sin historia. La convicci\u00f3n de que la tradici\u00f3n est\u00e1 condenada a muerte y que lo que habr\u00e1 de reemplazarla son las constricciones y los dogmas de una idea de la historia concebida como progreso incontenible, hace que Teresa de la Parra se empe\u00f1e en comunicar lo que aprendi\u00f3 de esa tradici\u00f3n, su utilidad ideal, como ella dice: una manera de moverse, un ritmo acompasado y sin precipitaciones, como el de \u201cesas razas que no se sabe a d\u00f3nde van y (entre) las que se siente de un modo muy hondo la dulzura de vivir\u201d<sup>9<\/sup>. Esas razas son las que forman la americana, y Teresa de la Parra las menciona en una carta a su amigo Zea para refutar las tesis de Gobineau sobre la superioridad de los arios. En otra carta habla de c\u00f3mo quisiera recorrer despaciosamente, es decir, no en tren ni en autom\u00f3vil sino a caballo, las cinco rep\u00fablicas que libert\u00f3 Bol\u00edvar.<\/p>\n\n\n\n<p>En las conferencias, el \u00e1vido conquistador que se convierte en poeta fundador de ciudades, la gracia indolente de las criollas que tendidas en hamacas sue\u00f1an con cosas lejanas, las \u201c anchuras\u201d de que gozaban las comunidades religiosas, el empe\u00f1o de Sim\u00f3n Rodr\u00edguez en que su disc\u00edpulo permaneciese en estado natural y no aprendiese nada, el humorismo campechano de una religi\u00f3n que se paganiza bajo el sol del tr\u00f3pico, manifiestan una manera de regular la naturaleza seg\u00fan los sue\u00f1os, el deseo y el cuerpo. (\u201cMi pobre animal de tierra caliente&#8230; se encuentra espantado\u201d, dir\u00e1 en una carta entre las nieves de Leysin). Su obra repite la forma de esa relaci\u00f3n, su cadencia: no formula un sentido, acoge una presencia sin constituirla en verdad. Lo criollo, entonces, es consistencia: \u201c Ingenua y feliz como los ni\u00f1os y como los pueblos que no tienen historia, la Colonia se encierra toda dentro de la Iglesia, la casa y el convento\u201d . Es tambi\u00e9n insistencia: \u201cLa Independencia como toda revoluci\u00f3n o cambio brusco s\u00f3lo alter\u00f3 cosas exteriores. El esp\u00edritu colonial sigui\u00f3 imperando a trav\u00e9s de todo el siglo XIX hasta alcanzarnos\u201d . Y<br>es hasta s\u00edntoma: \u201c \u00bfQui\u00e9n de nosotros no ha vivido un poco en la Colonia gracias a tal amigo, tal pariente o tal vieja sirvienta milagrosamente inadaptados al presente?\u201d . En suma, la Colonia es la novela familiar del americano, el origen como huella, la imagen que da cuenta de c\u00f3mo un espacio se convierte<br>en destino.<\/p>\n\n\n\n<p>Lezama Lima habla de ese terrible complejo del americano que consiste en \u201ccreer que su expresi\u00f3n no es forma alcanzada sino problematismo, cosa a resolver\u201d (La Expresi\u00f3n Americana, 1957). En este sentido, Teresa de la Parra recuerda a Natalia Rostov, de La Guerra y la Paz. Natalia hablaba franc\u00e9s en familia, cantaba en italiano y hab\u00eda sido educada por una emigrada de la Revoluci\u00f3n, pero una noche baila al son de la balalaika de su t\u00edo ermita\u00f1o y, ante el asombro de todos, \u201chizo Natalia lo que era de rigor. . . encontr\u00f3 lo que hab\u00eda en el alma rusa\u201d . As\u00ed se da tambi\u00e9n en la obra de Teresa de la Parra lo criollo, lo americano, como forma hallada, acertada, y no como meta prescrita de alg\u00fan proyecto edificante. Su obra es el ahondamiento de una diferencia que no recurre a la comparaci\u00f3n porque es diferencia irreductible al exotismo. No hay en ella, sin embargo, nada de esa solemnidad con la que se pretende conferir a lo propio un estatuto privilegiado convirtiendo de paso al lector en testigo forzado de un espect\u00e1culo \u00fanico. Por el contrario, la ligereza e iron\u00eda del tono parecen evocar lo propio como un agenciamiento que a la vez que conjura la contingencia, la revela: uno entre otros.<\/p>\n\n\n\n<p>La Colonia, en las conferencias, no es una etapa en el camino hacia otra cosa, sino lo contrario, la figura que al sustraerse al flujo de la historia resiste y perdura. El tiempo, entonces, no es m\u00e1s que ritual: \u201cmezclando el cacao y la vainilla o cociendo el casabe, las indias, tropicales Nausicaas, preparan&#8230; el advenimiento de la \u00e9poca colonial\u201d. El espacio se cruza con el lenguaje y la historia se fusiona con la extensi\u00f3n: \u201c sus catedrales ser\u00e1n las ramas que en la fundaci\u00f3n de las haciendas se ir\u00e1n alineando y levantando en b\u00f3vedas transparentes, musicales y alt\u00edsimas\u201d. No es ni la a\u00f1oranza ni la nostalgia lo que produce estas im\u00e1genes, sino m\u00e1s bien una aguda intuici\u00f3n de los l\u00edmites: ellas escenifican un saber sobre el sistema de signos a trav\u00e9s del cual una colectividad se vive a s\u00ed misma, pero adem\u00e1s de ser, no un saber positivo, sino m\u00e1s bien un reconocimiento de sus efectos, es un saber que no evoluciona ni progresa, se da entero o desaparece junto con el sistema de signos que lo produce. En uno de sus ensayos Virginia Woolf confesaba: \u201cEncuentro que la construcci\u00f3n de escenas es mi manera natural de marcar el pasado. Siempre hay una escena que se organiza: representativa, perdurable. Esto confirma una noci\u00f3n instintiva m\u00eda: la sensaci\u00f3n de que somos bajeles sellados flotando en lo que por conveniencia llamar\u00e9 realidad; en ciertos momentos el material sellador se resquebraja y la realidad entra a borbotones\u201d. A Teresa de la Parra parece sucederle algo parecido: en ella la memoria se espacializa para dar cabida a la escena que resume lo invisible de lo concreto, la intimidad con sus signos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni el progreso ni la historia pueden dar cuenta de estas im\u00e1genes; respecto a ellas, el progreso resulta ininteligible. Para Teresa de la Parra, la verdad hist\u00f3rica es \u201cuna especie de banquete de hombres solos\u201d , simples \u201crumores de falsas fiestas\u201d. La fiesta de verdad, que ella llama la historia ver\u00eddica, est\u00e1 en la intensidad de lo que no se borra, esa que Bernal D\u00edaz del Castillo, a quien tanto admira, registra con su prosa de primitivo, anotando, tal como lo evoca en las conferencias, la cantidad de casabe y tocino que lleva un soldado, las ma\u00f1as de los caballos y los apodos de los vecinos. O la de los Evangelios donde en la Pasi\u00f3n \u201chasta un gallo tiene su salida a escena\u201d . Y es esa historia la que pretende hacer Teresa de la Parra con lo criollo americano: la Colonia es lo que se repite a s\u00ed misma, la imaginer\u00eda piadosa (pero no beata; de Bol\u00edvar dice Mam\u00e1 Panchita: \u201cyo no le ve\u00eda nada de particular, ni siquiera ten\u00eda buena figura\u201d ), donde como en un retablo la gente no desarrolla una personalidad sino que ocupa un lugar: de no haber muerto Teresa del Toro, tal como lo sugiere la autora, Dafnis y Cloe en los valles de Aragua hubieran terminado en Filem\u00f3n y Baucis de la hacienda San Mateo. Bol\u00edvar, \u201cdespu\u00e9s de haber sido el Emilio de Rousseau gracias a Sim\u00f3n Rodr\u00edguez, iba a ser ahora gracias a Fanny (de Villar) el Ren\u00e9 de Chateaubriand\u201d. Y a Fernando VII \u201c se le hab\u00edan perdonado muchas cosas, pero que desde all\u00e1 nos dejara saber que era un rey de baraja, eso no se lo perdonamos nunca\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo criollo colonial no es m\u00e1s que el espacio comunicado de un puro espect\u00e1culo en el que seres y cosas aparecen como producto de una inscripci\u00f3n, no de una investigaci\u00f3n. Est\u00e1 constituido por dos t\u00e9rminos opuestos que parecen intercambiar sus atributos, el encierro y el viaje. El encierro es evasi\u00f3n, como en esas mujeres que se van a los conventos para poder andar impunemente entre libros, tal Juana In\u00e9s de la Cruz; o floraci\u00f3n en lo abierto que culmina en la Independencia: \u201cCaracas era un gran monasterio al aire libre en contacto con la naturaleza que le daba al catolicismo un tinte pagano\u201d. Y el viaje es hacia adentro, el viaje da consejos: \u201cVinieron a encontrar oro y encontraron ideales. Despu\u00e9s del choque brutal con la tierra generosa comenzaron a descubrir el oro dentro de ellos mismos\u201d. <\/p>\n\n\n\n<p>Teresa de la Parra emplea a menudo el t\u00e9rmino misticismo para referirse a lo colonial, y no s\u00f3lo en las conferencias sino tambi\u00e9n en su correspondencia<sup>10<\/sup>.  En una carta a Lecuna, refiri\u00e9ndose a Los Navios de la Ilustraci\u00f3n de Basterra, quien atribuye a la compa\u00f1\u00eda guipuzcoana la renovaci\u00f3n cultural que produjo la Independencia, se pregunta: \u201c \u00bfno ser\u00eda al contrario el aislamiento de los siglos anteriores, sin pol\u00edticas, negocios, ni contacto con Europa, lo que dio a Caracas su alma m\u00edstica?\u201d . Y en otra carta pregunta de nuevo: \u201c\u00bfNo cree Ud. que la Colonia deb\u00eda estar impregnada sin saberlo del gran misticismo de Oriente (budista o el primitivo cristiano, el del verdadero amor), y que la Independencia, manifestaci\u00f3n de ese misticismo, le abri\u00f3 la puerta a la charlataner\u00eda del siglo pasado?\u201d . El misticismo, ese saber que no puede conceptualizarse, produce efectos; es la apertura infinita hacia lo que se siente pero no puede decirse, y se opone a la \u201c charlataner\u00eda\u201d, es decir, al lenguaje tomado como instrumento de poder, de informaci\u00f3n, de mensajes perentorios. El misticismo de Teresa de la Parra es, sin embargo, bastante parad\u00f3jico; se parece al de esas mujeres de la \u00e9poca colonial que \u201caun sin ser devotas se volvieron hacia el misticismo y se fueron al convento\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Fantasm\u00e1tica y todav\u00eda muy cerca de la naturaleza, esta Colonia, sometida a las exigencias del clima y a \u201clos consejos del viaje\u201d , es para Teresa de la Parra, sobre todo, un estilo: el buen gusto. Pero es un buen gusto que nada tiene de mundano; por el contrario, devuelve a los humanos a su justo puesto, bastante discreto, en el universo: \u201cla naturaleza catequiza a los nuevos b\u00e1rbaros mientras \u00e9stos catequizan a los indios\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u201cA Mar\u00eda Eugenia la mandan y la mandar\u00e1n<br>siempre sus muertos\u201d.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El poema \u201cBuenos Aires\u201d de Borges, en La Cifra, termina: \u201cEn aquel Buenos Aires que me dej\u00f3, yo ser\u00eda un extra\u00f1o\/ S\u00e9 que los \u00fanicos para\u00edsos no vedados al hombre son los para\u00edsos perdidos\/ Alguien casi id\u00e9ntico a m\u00ed, alguien que no habr\u00e1 le\u00eddo esta p\u00e1gina\/ lamentar\u00e1 las torres de cemento y el talado obelisco\u201d. Tambi\u00e9n para Teresa de la Parra, el exilio parece ser el lugar desde donde se escribe, no del pasado, sino de la fidelidad a su arbitraria coherencia: \u201cBuena o mala influencia, no lo s\u00e9, esos vestigios coloniales, junto a los cuales me form\u00e9 est\u00e1n llenos de encanto en mi recuerdo y. . . constituyen para m\u00ed la m\u00e1s pura forma de la patria\u201d, dice en la segunda conferencia. Como en Borges, hay en ella una aguda percepci\u00f3n de la finitud del orden que produce las im\u00e1genes con las que el mundo se da a una mirada y, por ello, su adhesi\u00f3n a estas im\u00e1genes no es nunca militante o dogm\u00e1tica; es simple aquiescencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa de la Parra tiende a ver la vida desde el punto de vista de la diferencia que limita las distintas maneras de darse la coherencia del mundo. Al referirse a Ifigenia, en la primera conferencia, habla del bovarismo hispanoamericano, de la inconformidad por cambio brusco de temperatura. En la propia novela vemos c\u00f3mo su certero sentido de la comedia le impide convertir el cambio en progreso, o sea, marcha hacia una objetividad creciente, y la lleva m\u00e1s bien a demorarse en los desajustes que produce. En Ifigenia, el esp\u00edritu de Abuelita, el orden colonial ya derrotado (aunque en ella se mantiene entero e intocado por la experiencia) s\u00f3lo es capaz de producir el equ\u00edvoco: Mar\u00eda Eugenia Alonso se casa con el espeso y vulgar\u00edsimo C\u00e9sar Leal, y repite as\u00ed, como farsa, las sencillas cr\u00f3nicas de amor y matrimonio entre j\u00f3venes pobres y virtuosas y ricos caballeros que le cuenta Abuelita para consolarla de su pobreza.<\/p>\n\n\n\n<p>Con Ifigenia, Teresa de la Parra no pretende reformar nada, y ni siquiera denunciar (la denuncia se da por a\u00f1adidura, como un subproducto): simplemente compara, calladamente, con un modelo interior, el del recuerdo, a sus hombres y mujeres, y luego los deja ir \u201c rodeados por la aureola piados\u00edsima de la equivocaci\u00f3n, mientras los escolta en silencio como un can fiel e invisible el rid\u00edculo\u201d (frase con la que Mar\u00eda Eugenia le comenta a su amiga Cristina el incidente en el barco con el poeta colombiano).<\/p>\n\n\n\n<p>El recuerdo es lo \u00fanico que no cambia; en \u00e9l est\u00e1 depositada la consistencia del mundo al que se adhiere aun sin saberlo. Pero Teresa de la Parra, al contrario de lo que dicen ciertos cr\u00edticos, no es pasadista; no sentimentaliza el recuerdo ni lo convierte en refugio nost\u00e1lgico. Para ella, el pasado es lo que de lo real lleg\u00f3 a inscribirse en la memoria y sigue actuando como un futuro postergado: suspendido como para un reencuentro, es a la par realidad compensatoria, imagen de la conciliaci\u00f3n, y obst\u00e1culo que impide la integraci\u00f3n, la identificaci\u00f3n con el propio acontecer.<\/p>\n\n\n\n<p>A alguien que le reprocha presentar a Caracas en su novela como una ciudad atrasada y provinciana, responde que sabe muy bien que existe all\u00ed una sociedad muy a la page, muy culta, que juega al golf y baila charleston, pero que a ella como novelista le interesa la otra: \u201c la de esas viejas casas, templos del aburrimiento, en donde flota como en las antiguas y h\u00famedas iglesias el olor a\u00f1ejo de las tradiciones y de la raza\u201d . Y tal vez le interesa porque es un mundo que no puede conceptualizarse del todo para contemplarlo con la conciencia tranquila de tener raz\u00f3n; lo que all\u00ed falla es justamente la raz\u00f3n, y lo que a la postre se revela es ese \u201cmisterioso hu\u00e9sped desconocido\u201d \u2014de que habla Teresa de la Parra refiri\u00e9ndose a su personaje\u2014, es decir, la sinraz\u00f3n de la trama que muestra la excentricidad de Mar\u00eda Eugenia respecto a s\u00ed misma.<\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Eugenia Alonso es una especie de Miranda que regresa para imponer la luz de su raz\u00f3n (Teresa de la Parra habla del desencanto de Miranda en una carta a Carias), pero tambi\u00e9n una de esas piedras esculpidas \u2014de que habla en otra carta respecto a s\u00ed misma\u2014 que los obreros de las catedrales de la Edad Media colocaban en un lugar oscuro sin grabar su nombre. <\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Eugenia, por supuesto, no tiene la m\u00e1s m\u00ednima intenci\u00f3n de ser, por exceso de nombres, esa especie de eslab\u00f3n an\u00f3nimo. Por el contrario, desde el comienzo proclama muy en alto su independencia de esp\u00edritu y su firme prop\u00f3sito de guiarse por ideas claras y l\u00f3gicas. En su largu\u00edsima declaraci\u00f3n de independencia ante Abuelita y t\u00eda Clara dice, entre muchas otras cosas: \u201c \u00bfQuieres que te diga lo que pienso, Abuelita? Pues mira: pienso que la moral es una farsa; que est\u00e1 llena de incongruencias y de contradicciones&#8230; \u00a1Ah! s\u00ed, tres a\u00f1os de filosof\u00eda segu\u00ed en el colegio y por esta raz\u00f3n en mi inteligencia reina el m\u00e9todo\u201d . Pero si el m\u00e9todo le sirve para rechazar los contenidos positivos de un orden en el que no cree, y sus absurdas consecuencias: el encierro, el aburrimiento, la mojigater\u00eda, las prohibiciones que se oponen a sus ansias de vivir, se queda corto cuando tiene que enfrentarse con lo que una vez fund\u00f3 ese orden. Arbitrario y ya muerto, \u00e9ste sigue presente en las historias que le contaba su padre sobre los criollos descendientes de los Conquistadores, que fundaron y gobernaron las ciudades, hicieron la Independencia y lo perdieron todo; en la ronda de nombres que va hilando Abuelita: \u201cRosita Aristeigueta, parienta nada menos que de Bol\u00edvar y del marqu\u00e9s del Toro&#8230; las Urdaneta&#8230; las Soublette&#8230; las Mendoza&#8230; Mar\u00eda Isabel Tovar, mi prima\u201d ; y presente sobre todo en la vieja casa de la hacienda que ya no es suya, pero que la acoge y guarda \u201ccon veneraci\u00f3n y con l\u00e1stima como se guarda a uno de esos pobres v\u00e1stagos que vegetan tristemente en alg\u00fan rinc\u00f3n de sus dominios perdidos\u201d. Si Mar\u00eda Eugenia no se va con Gabriel Olmedo no es por presi\u00f3n del medio o por obedecer a una moral en la que no cree; es porque el orden que acata es tambi\u00e9n un dominio perdido, un modo perecedero y derrotado de agenciar un mundo. Como subraya la misma autora, a Mar\u00eda Eugenia la mandan sus muertos, y entonces, termina por abandonar la imagen que se hac\u00eda de s\u00ed misma para ir a ocupar un lugar en el mito; s\u00f3lo el mito resuelve las contradicciones entre lo que es y lo que cree ser. S\u00f3lo la prohibici\u00f3n, el sacrificio, puede decirle qui\u00e9n es. Tendida toda hacia el futuro, expectante, Mar\u00eda Eugenia desemboca en el pasado, en la repetici\u00f3n del tiempo perdido a trav\u00e9s del acatamiento de sus leyes.<\/p>\n\n\n\n<p>Ifigenia es la novela del desenga\u00f1o: todo lo que va contando la protagonista clama al cielo, tanto, que parece producto de un malentendido, pero el malentendido en vez de disiparse, se realiza. La novela empieza con una carta que nadie acoge: la amiga le contesta a trasmano, es decir, no le contesta; luego sigue bajo la forma ambigua y menesterosa del diario. Y si es verdad que no s\u00f3lo lo que se dice sino tambi\u00e9n la identidad de quien lo dice se estructuran seg\u00fan la acogida que se d\u00e9 a lo dicho, surge la pregunta: \u00bfqui\u00e9n habla en la novela? El yo de Ifigenia es un ella disfrazado, transparente, porque deja ver lo que Mar\u00eda Eugenia no ve y, adem\u00e1s, sabe m\u00e1s que ella. El posible destinatario de la carta y el diario se va borrando gradualmente y llega a convertirse en una especie de entidad an\u00f3nima, es todos y nadie, a cuyos dictados Mar\u00eda Eugenia se somete. Mar\u00eda Eugenia le demuestra palpablemente la inanidad de Leal, por ejemplo, pero en vano; como conciencia aut\u00f3noma, como voluntad que juzga a Leal, Mar\u00eda Eugenia desaparece. En ella parece cumplirse la f\u00f3rmula de Lacan: no soy all\u00ed donde pienso que soy, luego soy donde no pienso. Cuando C\u00e9sar Leal le hace su primera visita en casa de Abuelita, Mar\u00eda Eugenia se dirige a recibirlo firmemente dispuesta a demostrarle todo su elegante desd\u00e9n y displicencia, pero al entrar al sal\u00f3n \u00bfqu\u00e9 pasa?: \u201cC\u00e9sar Leal se puso autom\u00e1ticamente de pie, y yo lo encontr\u00e9 tan arrogante y tan correcto, que me pareci\u00f3 como si de pronto, por arte de magia, un \u00e1rbol frondos\u00edsimo, cargado de ramas, hojas, frutos, y todo, hubiese surgido del suelo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que C\u00e9sar Leal, como tiene derecho a hablar, ya no tiene que decir nada; sus discursos en el Senado (\u201cAl conjuro del verbo taumat\u00fargico que en un amplio abrazo cosmog\u00f3nico encendiera de fe aquella radiante antorcha \u2026\u201d etc., etc.), o sus solemnes afirmaciones en el sal\u00f3n de Abuelita: \u201cYo creo, se\u00f1ora, que en la vida el hombre debe conducirse: \u00a1como hombre! y la mujer: \u00a1como mujer!\u201d, lo \u00fanico que dicen es su derecho a decirlo, y nada m\u00e1s, y con ello, el lenguaje de Mar\u00eda Eugenia se convierte en lenguaje excluido. A lo que \u00e9sta se enfrenta es a un poder oculto en el lenguaje que nadie en particular ejerce conscientemente. En Ifigenia no importa qui\u00e9n estableci\u00f3 u orden\u00f3 esto o aquello, importa con qu\u00e9 frases puede aludirse a Mar\u00eda Eugenia, por ejemplo, sin que quede borrada. Por ello, tal vez, Teresa de la Parra considera el progreso como una especie de violencia, ya que siem pre hay la posibilidad de que hasta el acto m\u00e1s liberador al hacerse veros\u00edmil, es decir, al convertirse en discurso plausible, se haga tambi\u00e9n dogm\u00e1tico. La historia para ella ser\u00eda entonces historia de lo que puede decirse (de all\u00ed su rechazo), y la historia de la Venezuela de Ifigenia estar\u00eda resumida toda en el discurso de C\u00e9sar Leal, largamente ovacionado en el Senado.<\/p>\n\n\n\n<p>El equ\u00edvoco llevado hasta el extremo ser\u00eda el que nadie ve, y es ese tipo de equ\u00edvoco el que funciona en Ifigenia: la novela despliega el espect\u00e1culo de una doble sordera: la del espacio donde la voz de Mar\u00eda Eugenia es inaudible y la del lector que oye a los dem\u00e1s no oy\u00e9ndola. Todo lo que dice Mar\u00eda Eugenia de C\u00e9sar Leal parece estar entre comillas, como un dictado; es una voz que se ofrece para ser desenmascarada, traducida, pero la traducci\u00f3n no ocurre, se impone el sentido literal de sus palabras y cuando dice: \u201c tengo novio\u201d , es, nada menos, C\u00e9sar Leal; un ox\u00edmoron, como dir\u00eda Borges. Mar\u00eda Eugenia desaparece entonces en la discordancia entre lo que dice ser y lo que es; al ir contando su historia, la voz que dice \u201cyo\u201d va mostrando su cr\u00f3nico y c\u00f3mico desconocimiento de s\u00ed misma: Mar\u00eda Eugenia empieza designando y termina siendo designada y as\u00ed el lenguaje se topa con sus propias expectativas. Pero queda un texto cuyo encanto y gracia, al no tener acogida, se convierten en iron\u00eda impotente que se limita a denunciar la fuerza de lo no ir\u00f3nico, de lo que se afirma con convicci\u00f3n. Leal, por ejemplo, est\u00e1 firmemente convencido de que la lectura no es cosa para mujeres y Mar\u00eda Eugenia quiere olvidar entonces que ha le\u00eddo a Dante, pero, como ella misma dice \u201cme di a considerar que al fin de cuentas, la ignorancia era much\u00edsimo m\u00e1s liberal que la sabidur\u00eda, pues que de un ignorante se puede hacer un sabio, mientras que de un sabio no puede hacerse jam\u00e1s un ignorante\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Mar\u00eda Eugenia Alonso llega a Caracas, dispuesta a prodigarse, encuentra un mundo minuciosamente urdido y codificado donde todo significa algo distinto de lo que parece. Si quiere tocar piano para salir de su aburrimiento, Abuelita y t\u00eda Clara se escandalizan (su padre no tiene cinco meses de muerto) y de nada le sirve razonar con ellas: \u201cPero si la m\u00fasica se invent\u00f3 precisamente para eso, para expresar los sentimientos. Dime si no, Abuelita, dime \u00bfqu\u00e9 es por ejemplo una eleg\u00eda o una marcha f\u00fanebre sino un sistema muy refinado, art\u00edstico y genial de dar un p\u00e9same, como quien dice?\u201d. Pero como la Alicia de Lewis Carroll, Mar\u00eda Eugenia ha sido expulsada del reino del sentido: est\u00e1 en un mundo donde hasta el sentido com\u00fan es delirante; el de Mar\u00eda Antonia, por ejemplo, la mujer del t\u00edo Eduardo, que dice que una ni\u00f1a bien es como un cristal delicado que se empa\u00f1a al menor soplo.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes que drama o tragedia, Ifigenia parece ser m\u00e1s bien una tragicomedia. Debido a cierta c\u00f3mica ceguera respecto de s\u00ed mismos, sus personajes recuerdan a los de Lewis Carroll. C\u00e9sar Leal, solemne y quisquilloso, es como Humpty Dumpty que le paga doble a las palabras los s\u00e1bados porque las hace trabajar m\u00e1s (es el patr\u00f3n) y apabulla y aburre a Alicia con sus sentencias. Abuelita, como la Reina Blanca, vive hacia atr\u00e1s, su pasado es su futuro y viceversa. T\u00eda Clara, remendando perpetuamente como si quisiera negar el cambio, recuerda a la Liebre para quien a toda hora es la hora del t\u00e9. El inoperante<br>t\u00edo Pancho, que ni siquiera es capaz de evitar que su sobrina se case con Leal, est\u00e1 tan lleno de buenas intenciones in\u00fatiles como el Caballero Blanco, que le pon\u00eda a su caballo, en el que ni siquiera era capaz de sostenerse, espuelas contra los tiburones. Como Alicia, a quien le dicen que no es m\u00e1s que una cosa en el sue\u00f1o del Rey, Mar\u00eda Eugenia termina por ser una cosa inventada por los que la rodean.<\/p>\n\n\n\n<p>No creo, por supuesto, que Teresa de la Parra se haya inspirado en Lewis Carroll, y ni siquiera es seguro que lo haya le\u00eddo, pero el deleite que produce su escritura tiene algo del que produce la de Carroll: en ambos la iron\u00eda es impersonal, ajena al rencor y al resentimiento; como la caridad bien entendida, seg\u00fan dice Teresa de la Parra, es algo que ha de empezar por uno mismo. As\u00ed como Lewis Carroll arruina la l\u00f3gica con otra l\u00f3gica, la que se oculta en las palabras, Teresa de la Parra ataca el poder disolvente de la inteligencia positiva con la fuerza que se oculta en lo que la memoria elige involuntariamente. Los buenos modales de Alicia y la raz\u00f3n de Mar\u00eda Eugenia corren con la misma suerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Ifigenia, sin embargo, no es un cuento de hadas. Mar\u00eda Eugenia no puede, como Alicia, deshacer de un manotazo lo que la rodea. Como para apuntar hacia todo lo que no es la novela, el cuento de hadas sucede casi al margen. Es la historia de la amiguita del convento, Cristina, la ni\u00f1a triste de origen incierto que, como una suerte de Cenicienta, va a parar a la regi\u00f3n de los finales felices. Muy opuesto es el camino que sigue la novela: Ifigenia desemboca en un aprendizaje, pero es un aprendizaje que no entra\u00f1a un saber sino una p\u00e9rdida. Al comienzo, Mar\u00eda Eugenia es la encarnaci\u00f3n de lo gratuito e indeterminado, una conciencia aut\u00f3noma (el yo petulante de Mar\u00eda Eugenia, como lo llama la propia autora) que pretende v\u00e9rselas con el mundo sin ataduras, siguiendo \u00fanicamente los dictados de su raz\u00f3n. En una carta, refiri\u00e9ndose a su novela, Teresa de la Parra afirma que el objeto de su libro es mostrar \u2018los terribles conflictos que surgen ante la sorpresa de lo que cre\u00edamos ser y lo que somos\u201d. El movimiento que lleva a su protagonista hacia el mundo es inocente, confiado: ella se cree origen y principio de s\u00ed misma, pero su impulso se topa con lo condicionado y termina en la sumisi\u00f3n a algo ajeno a la raz\u00f3n. Si Mar\u00eda Eugenia se somete no es por adecuaci\u00f3n mezquina a la obligaci\u00f3n, a la moral pr\u00e1ctica, a las presiones del medio; lo que la lleva al sacrificio es tal vez la certeza de que la \u00fanica manera que tiene de hospedarse en el mundo es a trav\u00e9s del mito \u2014-el mito sirve para burlar la violencia que el yo es capaz de ejercer contra s\u00ed mismo. <\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Eugenia lee much\u00edsimo, pero aparte de &#8216;Walter Scott al que se refiere vagamente, y Dante, el \u00fanico libro que aparece en la novela mencionado con t\u00edtulo y autor es el Diccionario Filos\u00f3fico de Voltaire. Esto revela algo que se debate en la novela: \u00bfpuede la raz\u00f3n servir de mediaci\u00f3n entre los humanos y el mundo? Para Teresa de la Parra el universo parece ser, antes que objeto de pensamiento, objeto de contemplaci\u00f3n. Tal vez, debido a ello, reh\u00fasa a\u00f1adir otro lenguaje dogm\u00e1tico m\u00e1s, por liberador que sea, a los ya existentes. Su mirada de novelista opone a la intencionalidad intelectual, la emocional, la que capta valores, aunque no por ello deja de ser una mirada impersonal. Valores in\u00fatiles, quiz\u00e1, e ineficaces, pero que tienen el don de revelar cierta coherencia y adecuaci\u00f3n capaces de despertar una desinteresada adhesi\u00f3n. Hay una escena que revela esta captaci\u00f3n del valor: Pancho Alonso ha ido a visitar a su sobrina a casa de Abuelita y en el curso de la conversaci\u00f3n insin\u00faa que Mar\u00eda Eugenia ha sido despojada por el odioso t\u00edo Eduardo. Esta se entera entonces de que no tiene nada y que depende enteramente de sus parientes y, sin embargo, \u00bfqu\u00e9 ve? la prestancia de Abuelita:<\/p>\n\n\n\n<p><em>En aquel instante, defendiendo a su hijo de las sospechas que las palabras de t\u00edo Pancho hubieran podido despertar en mi esp\u00edritu, estaba como te digo soberbiamente altiva. Sus ojos ya apagados de ordinario, brillaban ahora encendidos por el fuego de la santa indignaci\u00f3n, y enarcados por las severas cejas, realzados por la majestad de los cabellos blancos, infund\u00edan temor\u2026 La admir\u00e9 con sorpresa, con veneraci\u00f3n y con orgullo, por la majestad y por la elegancia que ten\u00eda para indignarse..<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Del Padre de las Casas dice Teresa de la Parra, en la primera conferencia, que cree firmemente que fue un ap\u00f3stol y un santo, pero que luego de \u201c amar con pasi\u00f3n la piedad y la justicia am\u00f3 todav\u00eda m\u00e1s el fuego de su propia elocuencia, que pertenec\u00eda a la escuela de Savonarola\u201d . La elocuencia, diatriba o ditirambo, es el enemigo jurado de Teresa de la Parra (carnaval de tinta, la llama, en boca de t\u00edo Pancho cuando \u00e9ste habla de los escritores de su \u00e9poca, o en sus cartas), y esto es tal vez porque siente que la elocuencia acent\u00faa la ruptura con la inmediatez que instaura el lenguaje y se opone a una nostalgia latente en toda su obra: la nostalgia de correspondencia entre los convencionalismos y las necesidades humanas, entre lo social y lo natural, que ella cree encontrar entre aquellos criollos que \u201cviv\u00edan con su cielo siempre azul y la seguridad de Dios ocup\u00e1ndose de ellos\u201d<sup>11<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>En Ifigenia, la palabra es lo que separa; como el dinero, tan presente en la novela, es sobre todo un valor de cambio, y tal vez por eso Mar\u00eda Eugenia quiere hacer de la palabra literatura, del dinero, despilfarro. La palabra novio, por ejemplo, se refiere con evidente desacomodaci\u00f3n, a C\u00e9sar Leal. En Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, en cambio, hasta las malas palabras encajan perfectamente: Violeta, la m\u00e1s atrevida de las seis ni\u00f1as de la Casa Grande, espeta una palabrota a Evelyn, la cargadora trinitaria y \u201cno obstante ser palabra nueva, todas las dem\u00e1s comprendimos al punto que la tal expresi\u00f3n se le hab\u00eda adaptado a Evelyn como se adapta en la cabeza un sombrero muy feo, es decir, que se le amoldaba sin hacerle favor\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>A la elocuencia, entonces, y sobre todo al \u00e9nfasis, Teresa de la Parra opone la gracia. La gracia de la parodia, por ejemplo: \u201cHace alg\u00fan tiempo yo no ment\u00eda. Despreciaba la mentira como se desprecian todas aquellas cosas cuya utilidad nos es desconocida\u201d , dice Mar\u00eda Eugenia en el tono sentencioso de un moralista. La de las figuras, que dejan ver que el lenguaje dice otra cosa que lo dicho; la silepsis, por ejemplo: \u201c . . .Detenida en plena calle y en plena incertidumbre. . o que hasta es capaz de materializarse: \u201cEn efecto, a poco de salir t\u00edo Pancho, en plenos puntos suspensivos\u201d (despu\u00e9s de la inc\u00f3moda escena en que \u00e9ste hace sus insinuaciones contra Eduardo Aguirre). La gracia en su escritura suele convertirse en una especie de chasco del lenguaje, una reiterada correcci\u00f3n del efecto que a la par de mostrar su artificio, pone coto a su pretensi\u00f3n aseverativa. En la primera conferencia cita fragmentos de un poema entre los que aparecen los siguientes versos: \u201cel cielo y una t\u00eda que tuvimos \/ supli\u00f3 la soledad de nuestra suerte\u201d . En su prosa est\u00e1n presentes a menudo el cielo y la t\u00eda; cuando el sentido pretende hacerse pleno, no dejar restos, la intenci\u00f3n o la apariencia se desmoronan y queda como la sonrisa de la idea: \u201cRecuerdo que antes de embarcarme te dej\u00e9 un abrazo de despedida en una postal. No te escrib\u00ed porque me ahogaba de melancol\u00eda y porque ten\u00eda tambi\u00e9n que ir a comprar un frasco de pintura l\u00edquida de Guerlain que acababan de recomendarme much\u00edsimo\u201d , escribe Mar\u00eda Eugenia a su amiga Cristina. Mar\u00eda Eugenia se describe a s\u00ed misma con los t\u00e9rminos exaltad\u00edsimos de la amante, esperando el amanecer para fugarse con Gabriel, y la causa externa, el obst\u00e1culo que la detiene, es la maleta que va a buscar para llevarse su trousseau de Par\u00eds que no quiere dejar por nada del mundo. Pero es el diccionario, con el que Teresa de la Parra compara al primo Juancho de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, lo que mejor ilustra su imposible aspiraci\u00f3n: un lenguaje que adem\u00e1s de decir lo que dice diga tambi\u00e9n, mediante un efecto retroactivo, que no es literatura sino fusi\u00f3n con la incoherencia del mundo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo han hojeado ustedes nunca, al azar, un diccionario?&#8230; No hay nada m\u00e1s grato y reposante para el esp\u00edritu. Las palabras, unidas codo con codo, parecen burlarse las unas de las otras&#8230; Pasar por ejemplo de la palabra \u201c Cat\u00f3n\u201d, ilustrada con una austera cabeza romana, a la palabra \u201cCataplasma\u201d sin ilustraci\u00f3n ninguna, para despu\u00e9s de \u201cCataplasma\u201d pasar a \u201cCatalu\u00f1a\u201d, ilustrada tambi\u00e9n con un mapa lleno de r\u00edos, monta\u00f1as y principales ciudades, es un entretenimiento grat\u00edsimo. El diccionario es el \u00fanico libro ameno y reposante, cuya amable incoherencia, tan parecida a la de nuestra madre la Naturaleza, nos hace descansar de la l\u00f3gica, de las declamaciones y de la literatura. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u201cEl agua, el fuego, el sol, todos iban andando<br>desnudos y armoniosos al comp\u00e1s que<br>marcara la inmensa rueda majestuosa y mansa<br>de la molienda\u201d.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de Ifigenia, donde la raz\u00f3n como entidad normativa fracasa y acaba en el desenga\u00f1o, viene Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, donde la naturaleza es instancia integradora, no porque se opere una fusi\u00f3n (que ser\u00eda ilusoria) sino porque modera y regula los intercambios e impone otro ritmo, el de la deferencia. La hacienda Piedra Azul es el universo perdido que no hay por qu\u00e9 explicar: all\u00ed hasta se puede hablar sin art\u00edculos, como Evelyn (\u201cYa ensuciaste vestido limpio, terca, por sentarte en suelo\u201d ), o celebrar con una carcajada, en las audacias de Violeta, la existencia de un inexistente Juan Manuel (el ni\u00f1o var\u00f3n que nunca llega). Si en Ifigenia, Mar\u00eda Eugenia convierte su mundo en proyecto y lo interroga mediante conceptos, Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, en cambio, es un inventario retrospectivo de signos con los que se atesora y saborea el mundo. All\u00ed, lo real se repliega sobre s\u00ed mismo y se ofrece a los ojos, la boca, las manos, los o\u00eddos de la ni\u00f1a. En Ifigenia, lo que la ley encierra en el \u201chuerto cerrado\u201d es una conciencia desdichada. En Piedra Azul, las ni\u00f1as son un elemento m\u00e1s del conjunto, puntos de un intercambio entre seres y cosas promovido por un saber que parece andar solo, justamente porque no viene de nadie; es el universo de la coexistencia, en el que nadie tiene derecho de mirada. La ni\u00f1a se escucha a s\u00ed misma a trav\u00e9s de la naturaleza con palabras que se llenan de bienestar, mientras que Mar\u00eda Eugenia no escucha m\u00e1s que su propia ausencia.<\/p>\n\n\n\n<p>En Ifigenia abundan los espejos: Mar\u00eda Eugenia se busca en ellos, ofreci\u00e9ndose a la interpretaci\u00f3n, y convierte en espejos a los dem\u00e1s. En Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, nadie interpreta a nadie y all\u00ed no hay m\u00e1s que un espejo, el que refleja a la ni\u00f1a y a la madre cuando \u00e9sta le est\u00e1 contando un cuento: Piedra Azul s\u00f3lo puede reflejarse en otro cuento, no porque no haya sucedido nunca sino porque sucedi\u00f3 de una vez para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p>El tiempo de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca es muy distinto al tiempo lento e irreversible de Ifigenia: dilatado y est\u00e1tico, contiene simult\u00e1neamente todos los comienzos. Como en un canon barroco, cada elemento, las ni\u00f1as, el trapiche, los padres, el vaquero, etc., retoman, a distancia, la misma figura: no ostentan lo que son, repiten lo mismo, sin comentarios ni desarrollo, y as\u00ed una simple hacienda de ca\u00f1a adquiere el rango de la significaci\u00f3n; la percibimos como una estructura cuyos signos iluminan sus propiedades ocultas: la magn\u00edfica cocinera de Piedra Azul se llama Candelaria lo cual remite a la candela del fog\u00f3n y a \u201c aquella alma suya eternamente furibunda\u201d . En Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca las palabras se parecen a lo que nombran y las \u00fanicas que est\u00e1n un poco encontradas con sus nombres, Blanca Nieves, Estrella, Aura Flor, etc., son las ni\u00f1as, porque est\u00e1n destinadas al exilio.<\/p>\n\n\n\n<p>El espacio de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca est\u00e1 hecho de lugares nombrados y enlazados que forman una totalidad sin ausencia; es espacio gn\u00f3stico, como el de Combray (en Proust), que reproduc\u00eda en la disposici\u00f3n de sus caminos la de sus castas mundanas. Piedra Azul no simboliza nada, no representa al personaje que narra, m\u00e1s bien lo produce; es la condensaci\u00f3n suspendida, sin mensaje, de lo que sabe m\u00e1s que cada quien. <\/p>\n\n\n\n<p>En Ifigenia, la naturaleza sirve casi siempre para hacer met\u00e1foras; el bejuco y la acacia, la luna, las estrellas, el r\u00edo, remiten siempre a un t\u00e9rmino ausente, la claridad del ser, la coincidencia de la historia y el deseo. El yo consciente de Mar\u00eda Eugenia, desbordado a la postre por la existencia muda de lo no pensado, acaba por ver la vida como un simple mecanismo desollado de todo car\u00e1cter humano, un mecanismo que avanza sin m\u00e1s: \u201cA andar, s\u00ed, a andar, a andar d\u00f3cilmente en la caravana, como lo quiera la vida, a quedarnos un d\u00eda inm\u00f3viles y helados junto al borde del camino, y eso es todo, triste cuerpo caminante&#8230; \u201dPara desmentir al sinsentido, en Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca se acomodan y reacomodan acontecimientos y experiencias en un tiempo pleno, sin temps morts. Piedra Azul es el mito que suple la ausencia de un presente; all\u00ed todo es enlace, metonimia, rito mediador e identificaci\u00f3n con lo viviente en cualquiera de sus formas: \u201cHijas de Piedra Azul las unas como las otras (las vacas), cercana al corral\u00f3n la Casa Grande, result\u00e1bamos coterr\u00e1neas y vecinas. Eran ellas nuestras nodrizas y los becerrillos nuestros hermanos de leche. No hab\u00eda, pues, por qu\u00e9 darse tono, ni por qu\u00e9 creerse de mejor alcurnia\u201d . All\u00ed cada parte habla del todo, de la afinidad entre lo muy peque\u00f1o y lo inconmensurable. La novela misma est\u00e1 construida como los juguetes de las ni\u00f1as, con lo que est\u00e1 m\u00e1s cerca, a la mano; y tambi\u00e9n los juguetes repiten a Piedra Azul: \u201cNuestros juguetes favoritos los fabric\u00e1bamos nosotras mismas bajo los \u00e1rboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas in\u00fatiles y viejas latas de conserva. Al igual de los artistas&#8230; hall\u00e1bamos afinidades secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diversas\u201d. Asoma entonces (deja de no escribirse) la trama secreta en la que las cosas dialogan entre s\u00ed, como el bejuco de cadena y el pelo de la ni\u00f1a; y la otra trama, la de las palabras, se aligera, no impone identificaciones forzadas: Vicente Cochocho es el \u00faltimo pe\u00f3n de la hacienda, pero es tambi\u00e9n un gran capit\u00e1n y un genio militar a quien acude todo el que quiera alzarse contra el gobierno. Don Juan Manuel, supuesto centro y due\u00f1o de Piedra Azul, es como un Dios lejano a quien nadie obedece de verdad.<\/p>\n\n\n\n<p>El verdadero centro de Piedra Azul es el trapiche cuyo trabajo reproduce la relaci\u00f3n deseada de lo cultural y lo natural, del lenguaje y el mundo. Entre el trapiche, que elabora el papel\u00f3n, y el campo, que da la ca\u00f1a, hay una rotunda comunicaci\u00f3n: \u201cen el trapiche amplio y generoso no hab\u00eda casi paredes ni hab\u00eda casi puertas; nada se encerraba\u201d . As\u00ed, el artificio queda borrado; entre la ca\u00f1a y su elaboraci\u00f3n se interponen cosas que se le parecen: el agua (\u201cla primera, la gran capitana, la madre del trapiche, era el agua\u201d ), el fuego, el tiempo: \u201c el largo proceso del papel\u00f3n, como cosa de la naturaleza y no de la industria, parec\u00eda hacerse solo, por obra bendita del tiempo necesario\u201d. El lenguaje de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca hace sentido con el mundo como el trapiche hace papel\u00f3n con la ca\u00f1a, perdiendo lo menos posible sus amarras en lo real, borrando lo menos posible lo que no puede decirse; entre lo elaborado y lo que lo elabora no hay demasiada desemejanza. E igualmente, as\u00ed como en el trapiche nadie pretende crear nada o ser el centro de actividad (\u201cNadie. . . ten\u00eda movimientos activos, esos bruscos movimientos de la actividad, llenos de inarmon\u00eda y desbordantes de soberbia, que parecen gritar: yo soy el creador aqu\u00ed\u201d ), pues cada cual se sabe elemento de un proceso, tampoco el lenguaje de Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca pertenece a nadie en particular; es un mundo hecho de muchas voces, y tanto la de mama\u00edta como la de Vicente Cochocho reiteran a Piedra Azul sin exclusiones ni disparidades. Con esta novela, Teresa de la Parra recrea el mundo de la similitud perdida: Blanca Nieves, la tercera ni\u00f1a de la Casa Grande, se parece a lo que le sucede.<\/p>\n\n\n\n<p>Al final de la novela, y ya abandonada la hacienda, aparece el dinero, el s\u00edmbolo externo que rige sin integrar, lo que se cambia, no lo que se usa. La ni\u00f1a no lo conoc\u00eda, y al llegar un d\u00eda al colegio y decir encantada que le hab\u00eda dado una moneda a la dulcera y que \u00e9sta le hab\u00eda dado un dulce y cuatro monedas m\u00e1s, se arma la trifulca. La moneda introduce la historia que arrolla hasta a los inocentes, como la pac\u00edfica espectadora que \u201c a m\u00e1s de hallarse mirando, se hallase mudando\u201d y cuya sangre, al perder el diente, pone fin a la batalla. As\u00ed, la hacienda de ca\u00f1a, abandonada con tanta alegr\u00eda, pasa a ser \u201cEdad de Oro en Para\u00edso Perdido\u201d . Con todo, no es Piedra Azul lo que se desea; por el contrario, hay deseo porque existi\u00f3 Piedra Azul, y esto tal vez se manifiesta en el tiempo verbal en que est\u00e1 escrita la novela, el pret\u00e9rito imperfecto, que expresa algo que sigue durando en el pasado: \u201c Siendo inseparables mi nombre y yo, form\u00e1bamos juntos a todas horas un disparate ambulante\u2026\u201d<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa de la Parra menciona a muy pocos escritores modernos en sus conferencias y sus cartas. Parece haber en ella cierto recelo de la literatura como ejercicio de ese \u201cyo individualista y banal\u201d del que habla a un amigo. De Amarilis, la poetisa colonial an\u00f3nima a quien tanto admira y cuyos versos cita en la segunda conferencia, dice: \u201c Tal vez sea su principal encanto el de haberse quedado en la penumbra dando desde all\u00ed una lecci\u00f3n de buen gusto a los vanidosos divulgadores de sus medio-talentos\u201d. Y esta misma severidad se la aplica a s\u00ed misma: \u201cQue mis libros ya no son m\u00edos es hasta cierto punto verdad. Fuera del nombre, que ha quedado como por distracci\u00f3n en las portadas impresas, no reconozco ya nada de m\u00ed en mis novelas\u201d, confiesa en la primera conferencia. Ello se debe tal vez a su empe\u00f1o en destacar el car\u00e1cter fundante del lenguaje. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s de haber escrito Ifigenia, en 1932, le escribe a un amigo: \u201c Si viera c\u00f3mo me esforzaba cuando escrib\u00eda en buscar esa musicalidad que ahora tanto me desagrada por falsa y por literaria\u201d, y luego, unas l\u00edneas m\u00e1s adelante, a\u00f1ade: \u201cla verdadera autobiograf\u00eda est\u00e1 en eso, no en la narraci\u00f3n como cree casi todo el mundo\u201d . Es decir, que el lenguaje es lo que nos constituye, y no al rev\u00e9s. Por ello quiz\u00e1 le atrae tanto la unidad deshilvanada y parcial del diccionario, su amable incoherencia (de que habla en su segunda novela), que como la naturaleza, borra las interferencias egoc\u00e9ntricas, enturbia las oposiciones y apunta hacia \u201c la dulce intimidad de las cosas con sus nombres\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay en Teresa de la Parra una actitud ambivalente ante la cultura que se manifiesta en la contraposici\u00f3n de sus dos novelas. Es deseable, positiva, cuando se trata de Juana In\u00e9s de la Cruz, por ejemplo, o cuando despierta la profunda desconfianza de las mujeres de la familia y, sobre todo, la de C\u00e9sar Leal, en Ifigenia, para con los libros que lee Mar\u00eda Eugenia. Pero su otra cara est\u00e1 en Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca, en el paso traum\u00e1tico de la naturaleza a la civilizaci\u00f3n que ocurre ya en la ciudad: \u201cAs\u00ed, entre ense\u00f1anzas violentas y revelaciones bruscas. . . floreci\u00f3 en nuestras almas la cultura o conocimiento de las convenciones base de toda civilizaci\u00f3n\u201d. La misma ambivalencia se manifiesta en sus consideraciones respecto a los viajes. En una carta a Carias, le dice: \u201cvivimos despegados del ambiente y el ambiente exportado es venenoso y ficticio. Miranda fue el primero de los desencantados. Y planteamos el dilema: \u00bflos viajes en los cuales se exporta cultura, cultura que reto\u00f1a en desencantos, son m\u00e1s \u00fatiles que perjudiciales?\u201d . En una carta anterior, no obstante, le hab\u00eda dicho: \u201cEl que cree conocer a su tierra porque<br>nunca ha salido de ella se equivoca&#8230; El que despu\u00e9s de hacer un largo viaje dijera al volver a su tierra: acabo de hacer un recorrido por mi pa\u00eds\u2026 dir\u00eda una cosa muy exacta\u201d . Tras esta ambivalencia hay un juego entre lo lejano y lo pr\u00f3ximo, lo universal y lo \u00edntimo, que se resuelve en la interiorizaci\u00f3n de un estado ideal capaz de restaurar la transparencia inicial de las relaciones: Vicente Cochocho habla un espa\u00f1ol del Siglo de Oro, dice truje, aguaitar, mesmo, cuasi, a diferencia de esos cantadores llaneros de las conferencias que cantaron galerones, corridos y joropos sobre la guerra de la Independencia, pero en cuyas canciones \u201cno hab\u00eda casi una palabra que no la hubiesen recogido en la prensa. Dijeron: Esforzado palad\u00edn, el padre de la Patria, los gloriosos centauros y el h\u00e9roe ep\u00f3nimo, era en resumen una sesi\u00f3n de la Academia de la Historia\u201d . Los criollos de la colonia se entend\u00edan de maravilla con su naturaleza, y Teresa de la Parra quisiera imitarlos y\u00e9ndose a vivir a Los Teques, en una casa de campo \u201c sin pretensiones de villa\u201d donde \u201cfuera de la naturaleza tendr\u00eda muy pocos amigos y en lugar de leer descansar\u00eda los ojos y la inteligencia positiva\u201d, como escribe a un amigo desde Europa.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay en ella un deliberado anacronismo, como el que se despliega, por ejemplo, en los t\u00edtulos de algunos cap\u00edtulos de Ifigenia (\u201cDe c\u00f3mo una mirada distra\u00edda llega a desencadenar una horrible tormenta, la cual, a su vez, desencadena grandes acontecimientos\u201d ), que nada tiene de gratuito<sup>12<\/sup>. Parece m\u00e1s bien el intento de salvar de la arbitrariedad a lo propio, reconociendo a \u00e9sta y asumi\u00e9ndola para contrarrestar as\u00ed el principio totalizador que la desconoce y pretende imponerse en nombre de una generalidad vac\u00eda s\u00f3lo capaz de producir \u201cun progreso caricaturesco. . . que no habiendo brotado espont\u00e1neamente por necesidad del medio, se desprende a gritos de \u00e9l\u201d . Al progreso, entonces, tiende a enfrentar una sabidur\u00eda que no es de nadie en particular. La Vida de las Abejas de Maeterlink suscita en ella una inmediata adhesi\u00f3n y al respecto comenta en una carta: \u201cmeditando sobre estas cosas nos damos cuenta de lo pobre que es nuestra inteligencia, de la que estamos los hombres tan orgullosos, cuando se la compara a la armon\u00eda maravillosa de las leyes que dirigen el mundo\u201d . Teresa de la Parra, que en Las Memorias de Mam\u00e1 Blanca deja entrever que s\u00f3lo el respeto a esta armon\u00eda permite que la naturaleza siga siendo un hogar adecuado para los humanos, tal vez hubiese hecho suya la moral que se desprende de este pasaje de Claude L\u00e9vi- Strauss: \u201c Jam\u00e1s sin duda ha sido tan necesario decir, como lo hacen los mitos, que un humanismo bien ordenado no comienza por uno mismo sino que coloca el mundo antes que la vida, la vida antes que el hombre, el respeto de los dem\u00e1s antes que el amor propio; y que aun una permanencia de uno o dos millones de a\u00f1os sobre esta tierra&#8230; no podr\u00eda servir de excusa a ninguna especie, as\u00ed fuese la nuestra, para apropi\u00e1rsela como una cosa y conducirse hacia ella sin pudor ni discreci\u00f3n\u201d. <\/p>\n\n\n\n<p><strong>NOTAS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>1 Carta a Eduardo Guzm\u00e1n Esponda, 1926. En Obras Completas, Editorial Arte, Caracas, Desde ahora cito por esta edici\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>2 Idem, p\u00e1gina 890.<\/p>\n\n\n\n<p>3 Obras Selectas (Madrid &#8211; Caracas, Edime, 1962), p\u00e1gina 260.<\/p>\n\n\n\n<p>4. OC., p\u00e1gina 689.<\/p>\n\n\n\n<p>5 En 1932, desde Suiza, donde estuvo internada en el sanatorio de Leysin por la tuberculosis que sufr\u00eda, escribe a Rafael Carias: \u201c \u00bfHa le\u00eddo la novela de Mann La Montagne Magique? Tiene gran fama y el premio Nobel. Pasa en un sanatorio en Davos y son dos inmensos tomos de seiscientas p\u00e1ginas. Empec\u00e9 a leer el primer tomo y no pude acabarlo. Me caus\u00f3 una especie de molestia invencible ver c\u00f3mo el autor s\u00f3lo parec\u00eda fijarse en lo exterior; p\u00e1ginas y p\u00e1ginas con todas las manifestaciones vulgares de los vulgares: \u00a1cuando hay a veces en una sola palabra, en una sola mirada silenciosa, toda la revelaci\u00f3n de un drama desgarrador que se calla!\u201d . O. C., p\u00e1gina 875.<\/p>\n\n\n\n<p>6 Unas l\u00edneas antes dice: \u201cDigan lo que quieran sus detractores, es una \u00e9poca valiente, inquieta, inteligente, generosa y tolerante, en el sentido de que acoge con id\u00e9ntico ardor una tras otra todas las intolerancias\u201d . O. C., p\u00e1gina 712.<\/p>\n\n\n\n<p>7 Ifigenia. O. C,, p\u00e1gina 260.<\/p>\n\n\n\n<p>8 0. C., p\u00e1gina 796.<\/p>\n\n\n\n<p>9 Carta a Luis Zea Uribe, 1933. O. C., p\u00e1gina 835.<\/p>\n\n\n\n<p>10 Este aspecto de la obra tambi\u00e9n lo ha desarrollado V\u00edctor Fuenmayor en su libro El Inmenso Llamado, Direcci\u00f3n de Cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1974.<\/p>\n\n\n\n<p>11 Carta a Rafael Carias, 1931. O.C., p\u00e1gina 868.<\/p>\n\n\n\n<p>12 Dentro de la novela, este anacronismo cumple otra funci\u00f3n, tal vez la de desenmascarar el car\u00e1cter imaginario del relato mediante su inserci\u00f3n en lo simb\u00f3lico.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/julieta-fombona\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Pr\u00f3logo de las <em>Obras <\/em>de Teresa de la Parra, publicadas por la Biblioteca Ayacucho (1984)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Julieta Fombona A Teresa de la Parra se le han concedido muchas cosas: el encanto, la gracia, la elegancia, el refinamiento; ha sido la musa, la criolla cabal, una cl\u00e1sica de nuestras letras. Todo esto, seguramente, hubiese complacido much\u00edsimo a quien confesaba preferir mil veces la vanidad de los trapos a la otra, la literaria. [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":751,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[14],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15987"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15987"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15987\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16593,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15987\/revisions\/16593"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/751"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15987"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15987"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15987"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}