{"id":15964,"date":"2025-04-26T16:56:14","date_gmt":"2025-04-26T21:26:14","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15964"},"modified":"2025-05-30T15:32:20","modified_gmt":"2025-05-30T20:02:20","slug":"dos-cuentos-de-gabriel-bracho","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-gabriel-bracho\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Gabriel Bracho Montiel"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Odio<\/h3>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Desde la hacienda se ven los faroles del pueblo, falsificando luz de estrellas sobre un cielo invertido. El aire toma el olor de las aguas del r\u00edo y arrebata las palabras que el pe\u00f3n enhebra para narrar desali\u00f1adas aventuras.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Manuel chupa con grande esfuerzo su capadare ordinario. No es ni fornido ni apuesto. Su sangre ind\u00edgena ha degenerado mucho con el mestizaje y el paludismo. Tiene las cejas juntas y oblicuas, como las rayitas de un acento circunflejo, y el rostro sin carnes hace resaltar brillantes los filosos huesos de los p\u00f3mulos salientes. Desde su chinchorro sucio, ve las cuchilladas de luz que clavan en el r\u00edo los barcos que pasan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Casirda, \u00bfa vos te saluda la comadre?<\/p>\n\n\n\n<p>Y la mujer le responde con voz ronca, de masculino:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Desde cu\u00e1ndo no la veo!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A m\u00ed no me saluda er compadre\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Y vuelve a chupar el capadare para llenar el silencio que hace su boca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mir\u00e1, Jos\u00e9 Manuer, er Coriano se te quiere il. Antiel lo incontr\u00e9 hablando con la mujercita y, anque no o\u00ed bien, me pareci\u00f3 que dec\u00edan lo de las \u00abagujas\u00bb der muchachito\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Manuel no responde. La mujer contin\u00faa su charla ronca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y m\u00e1s vale as\u00ed que se vaya y no te haga un da\u00f1o a vos, o busque quien te \u00abeche un mal\u00bb pa fregate, polque ese hombre est\u00e1 vuelto un \u00abguayac\u00e1n\u00bb\u2026 \u00a1Er pobre!\u2026 Los hijos se quieren mucho, \u00a1y eso e vel moril de mengua un hijo es una jaiba muy grande!\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Manuel hunde los carrillos succionando el chicote.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Er Coriano dice que si vos le hubiera dao pa complal er suero, se le hubiera sarvao er muchachito, polque Padrino dijo que lo que le pic\u00f3 fue \u00abt\u00e9tano\u00bb, que le dentr\u00f3 pol la patica romp\u00eda que ten\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un momento deja de chupar Jos\u00e9 Manuel y vuelve los ojos chiquitos hacia la mujer. Las palabras acusadoras no han movido resortes delicados en su conciencia, sino que han fustigado la piel de fiera que envuelve su alma. Sin embargo, no se ha levantado del chinchorro para foetear a la querida, porque lo que nunca pudieron caricias ni amables recriminaciones, lo alcanzaba el chinchorro; cambiar de posici\u00f3n, abandonar la perezosa postura de sus piernas feas y velludas, era tarea fastidiosa y ardua, capaz de hacerle olvidar el m\u00e1s duro de los ultrajes.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero verti\u00f3 en palabras su represalia:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Er que quiera tenel hijos que gane cobres! \u00a1Si yo fuera \u00abpi\u00f3n\u00bb, y te viera un poquito hinch\u00e1 la barriga a vos, te la aplastar\u00eda con la pata pa hac\u00e9tela botal como tripas de cucaracha!<\/p>\n\n\n\n<p>Y la frase descriptiva y b\u00e1rbara hizo fruncir los labios de la mujer mientras mascullaba con voz hombruna:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Vais a morir sartando\u2026!<\/p>\n\n\n\n<p>Y m\u00e1s all\u00e1, en un rancho rodeado de ca\u00f1averales, bajo el techo de palmas ralas y resecas, estar\u00eda el Coriano expresando con serena voz su odio y su tristeza, ante la pobre mujer llorosa, af\u00f3nica ya de tanto gritar y con la nariz enrojecida por el roce del trapo \u00e1spero:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1A mundo\u2026! \u00a1Pa que se muriera el indio Jos\u00e9 Manuel como el muchachito, por faltale un remedio\u2026! \u00a1Estar\u00eda un mes rey\u00e9ndome, Jacinta!<\/p>\n\n\n\n<p>Acaso alegrar\u00eda su esp\u00edritu rudo la imaginativa venganza, porque aquellas almas duras y sordas ante la conciencia, en cuyas honduras vibra la fiera griter\u00eda de la naturaleza, encubren el mal serenamente, as\u00ed como en la tranquilidad de las aguas dormidas germina la muerte con su traje de limo.<\/p>\n\n\n\n<p>El odio es el esqueleto de aquellas almas y el mal es un \u00e1tomo m\u00e1s que entra en la combinaci\u00f3n del aire; a veces parece predominar en el ambiente, lo mismo que en el viento predominan los olores del \u00abbarredero\u00bb y \u00abor\u00e9gano\u00bb en las proximidades del aguacero.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un raro mimetismo, el esp\u00edritu de esas gentes tiene del diente del ofidio y de la larva del jag\u00fcey.<\/p>\n\n\n\n<p>El bien, el \u00abpobre bien\u00bb, es un pr\u00f3fugo oculto en el alma de algunas mujeres, y apenas, a hurtadillas, se asoma en una l\u00e1grima cuando puja alg\u00fan pe\u00f3n bajo el azote, o cuaja en una sonrisa cuando el sacrificio de una deuda m\u00e1s, pone en las manos del querido la tela rameada para un nuevo traje de su hembra.<\/p>\n\n\n\n<p>No es \u00e9sta la Monta\u00f1a del Serm\u00f3n: invertida la voz del Rabino, el odio crece suplantando al amor, y la charca sucia y las aguas furiosas y la acechanza de las fieras, pronuncian la fea doctrina del mal: \u00abOdiaos los unos a los otros\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El indio Jos\u00e9 Manuel, odia ya al Compadre pirag\u00fcero porque en pasados d\u00edas se neg\u00f3 a llevar las cargas de \u00abpanela\u00bb con rumbo a Maracaibo, y sabe que la negativa envolv\u00eda un fin de competencia desleal inventada por el due\u00f1o del \u00abconuco\u00bb vecino. Tambi\u00e9n Casilda apunta su odio hacia la mujer del pirag\u00fcero, a pesar de que en su alma no deposita ni un \u00e1pice de amor para Jos\u00e9 Manuel, puesto que est\u00e1 enterada de que el repulsivo amante hab\u00edase enamorado y casado en la Ciudad con una hermosa morena, a quien jam\u00e1s traer\u00eda hasta la hacienda por temor al paludismo y a la \u00abfiebre fr\u00eda\u00bb. Por m\u00e1s de una vez Casilda, a espaldas del Coriano y de los peones, hab\u00eda agregado a los \u00abbatidos\u00bb que Jos\u00e9 Manuel enviaba a su esposa, polvos y yerbas que una vieja india confeccionaba para lograr extra\u00f1os fen\u00f3menos espirituales y f\u00edsicos en quienes los comieran.<\/p>\n\n\n\n<p>Evilacio, cortador de ca\u00f1a que no teme a la serpiente oculta bajo las hojas, ni al tigre que por las noches visita la hacienda, tiembla y tartamudea ante Jos\u00e9 Manuel; sabe ya del ardor que produce el \u00abmanat\u00ed\u00bb sobre el cuero pelado de la espalda y conoce en las manos del amo todas las aventuras de un machete. Sin embargo, hace d\u00edas que no se aleja de la casa; trata de acostumbrarse a escuchar sin miedo los \u00abajos\u00bb del Patr\u00f3n, y se ofrece servicial y desinteresado. Otea el r\u00edo y observa los caminos con acuciosidad de perro; casi no duerme por vigilar y, cuando en las sombras cruza un bulto, desorbita los ojos como un b\u00faho y se dice mentalmente, llevando el dedo al gatillo de su escopeta: \u00a1Cuidao, Coriano der \u00abzinguango\u00bb, que si te quer\u00e9is escabullilte folmo un \u00abfecher\u00f3n\u00bb! Contin\u00faa vagando y vigilando por toda la noche. Constante esta idea en la mente: \u00ab\u00a1Jos\u00e9 Manuer, ar Coriano le o\u00ed decil que cuarquiel d\u00eda de \u00e9stos te iban a sacal pol la jedentina entre un tabl\u00f3n de ca\u00f1a!\u00bb. Y el amo dir\u00eda: \u00ab\u00a1And\u00e1, tra\u00e9melo, Evilacio\u2026! \u00a1B\u00fascame er manat\u00ed, Casirda!\u00bb. Pero nunca se atrevi\u00f3 Evilacio a decir tal cosa, aun cuando m\u00e1s l\u00f3gico era que la respuesta del amo fuera exacta a la supuesta por el pe\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pa esta noche es la cosa, Jacinta; cuando pase en la madruga\u00edta la piragua.<\/p>\n\n\n\n<p>Con su silencio triste responde Jacinta.<\/p>\n\n\n\n<p>El Coriano se sienta en la puerta del rancho y con la mente se adelanta a todas las peripecias de la fuga; primero, saltar al cayuco y saludar al cayuquero con palabras amistosas para borrar antiguos enconos, y le ser\u00e1 imposible evitar la reprimenda \u2014ahora afectuosa\u2014 del rudo navegante:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfAr fin te distes, Coriano?\u2026 \u00a1M\u00e1s antes te ha deb\u00edo de pasal pa que aprendieras a conocel la gente!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed es verd\u00e1. Ten\u00e9is raz\u00f3n \u2014contestar\u00e1 resignadamente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mir\u00e1, primo-helmano, ese Jos\u00e9 Manuer es m\u00e1s fregao que la \u00abmujelcita\u00bb del otro mundo!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014As\u00ed es, ten\u00e9is raz\u00f3n \u2014responder\u00e1 siempre el Coriano vencido.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el agua sucia del r\u00edo arrastrar\u00e1 la piragua despu\u00e9s\u2026 Y ya cuando el sol alumbre, la hacienda de Jos\u00e9 Manuel estar\u00e1 tan atr\u00e1s que no habr\u00e1 de divisarse\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Se hunde el Coriano en su propio pensamiento y emprende un largo caminar de la mente sobre el itinerario de las aguas; primero, el r\u00edo cobijando piedras capaces de abrir el casco a la nave; despu\u00e9s, la entrada al lago en tumulto de aguas revueltas que se internan haciendo una inmensa pen\u00ednsula de olas amarillas entre las aguas verde-b\u00e1ltico del lago; luego la serena navegaci\u00f3n lacustre y el filo de las costas lejanas demarcando algo que hace tiempo hab\u00eda dejado de ver: \u00a1el horizonte! All\u00e1 en la hacienda, entre hojas de gram\u00edneas y un cerco de monta\u00f1as, los ojos tropezaban como aves prisioneras, y ahora, la visi\u00f3n sin obst\u00e1culos, correr\u00eda con la emoci\u00f3n de la flecha y regida por el programa del viento sur: \u00a1siempre hacia el norte! \u00a1Hacia el norte de la ciudad! \u00a1Hacia el norte el \u00abbote de Quisiro\u00bb, y el camino de Casigua, y la llanura coriana empatada en el agua falsa de los espejismos, y Coro y el regreso, que es la emoci\u00f3n de nacer ya viejo en la misma cuna que abrig\u00f3 al infante!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Pa esta noche es la cosa, Jacinta!<\/p>\n\n\n\n<p>Y Evilacio vigila con los ojos que adiestr\u00f3 la sospecha.<\/p>\n\n\n\n<p>Jacinta dice con voz amarga y un dejo de recelos, temores y desencantos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pa eso te tiraste a matar por el indio\u2026 Pa eso te echastes enemigos\u2026 Por ah\u00ed anda Evilacio loco por sacarse lo de la Guaricha\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Y el Coriano siente ahora el dolor de haber hecho bien moment\u00e1neamente, porque hasta el bien es malo donde nada hay bueno. Si hab\u00eda hecho lo de la Guaricha, culpa era de Jacinta, puesto que a \u00e9l nada le interesaba semejante justicia. Evilacio, por supuesto, no hab\u00eda visto en el hecho sino el prop\u00f3sito de \u00abatreverse a todo\u00bb, y nunca lleg\u00f3 a pensar en que la justicia fuera cosa factible sobre la tierra. Para el cortador de ca\u00f1as, la hacienda era sitio en donde la humanidad ten\u00eda un s\u00f3lo prop\u00f3sito: vivir mientras no se muera; y una sola ley: el trabajo y el sexo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Jos\u00e9 Manuel trajo a la hacienda las cinco Guarichas que en Sinamaica hab\u00eda comprado a los t\u00edos para \u00e9l venderlas a sus peones, siguiendo la ley matrimonial de la tribu, Evilacio estaba con fr\u00edos y calenturas y no pudo comprar ninguna. Despu\u00e9s ocurri\u00f3 lo de la muerte de Eufemio, y la viudez de la Guaricha que \u00e9ste hab\u00eda comprado. Y a\u00fan cuando Eufemio no hab\u00eda pagado a Jos\u00e9 Manuel los cincuenta pesos de su indiecita sino que aparec\u00edan anotados en \u00abel libro\u00bb, la Guaricha, al saber que se pretend\u00eda su venta a Evilacio, rog\u00f3 a Jacinta que le consiguiera regresar a Sinamaica, mediante influencias del Coriano con el patr\u00f3n; explic\u00e1ronle las dos mujeres al Coriano que una Guaricha \u00abno ten\u00eda la culpa de que su marido hubiera muerto tan ligero, sin tener tiempo para pagar los reales del matrimonio\u00bb, y como en el fondo de toda mujer duerme el instinto de idealizar el amor, Jacinta tom\u00f3 la defensa de la india, m\u00e1s para complacerla en lo de huir del hombre odiado, que para lograr un acto de justicia; argument\u00f3 que los reales deb\u00eda de perderlos la hacienda, puesto que la Guaricha quedaba completamente libre por raz\u00f3n de su viudez.<\/p>\n\n\n\n<p>El Coriano, conocedor del medio, no aleg\u00f3 tales cosas ante Jos\u00e9 Manuel, sino que le atemoriz\u00f3 con la presunci\u00f3n de que el t\u00edo de la Guaricha podr\u00eda enterarse de lo ocurrido, y los hombres de esas tribus \u00abson cosa muy seria\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Manuel accedi\u00f3 invadido por su inmensa cobard\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>La Guaricha se fu\u00e9 en el mismo bongo de la hacienda, y Evilacio le tir\u00f3 una mirada al Coriano mientras dec\u00eda a los otros peones:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Anoche er Coriano como que se estuvo dando brincos entre Paraguan\u00e1 y la Goagira\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora est\u00e1 esperando sorprender la fuga del Coriano y Jacinta: \u00a1no se ir\u00edan ellos como la Guaricha, llev\u00e1ndose la soga en los cachos! El Coriano ten\u00eda un cuent\u00f3n en el libro, y tan grande, que Jos\u00e9 Manuel no se hab\u00eda atrevido a darle el suero para el muchachito porque costaba dieciocho bol\u00edvares y ya la cuenta estaba muy gorda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mir\u00e1, que aguao! \u2014se dec\u00eda Evilacio\u2014. \u00a1Ya no le quieren fial y tiene r\u00ed\u00f1ones pa querese il!<\/p>\n\n\n\n<p>Pero a las seis de la tarde se oyeron gritos de Casilda; llamaba desesperadamente al peonaje, al caporal, a las mujeres.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando invadieron la casa, encontraron a Jos\u00e9 Manuel tendido en el suelo, amoratado y casi ex\u00e1nime, echando espuma por la boca y a intervalos sacudido por un temblor el\u00e9ctrico.<\/p>\n\n\n\n<p>El Coriano y todos los peones le miraban sin resolver nada. Casilda explic\u00f3 que hab\u00eda comido como un animal, que luego hab\u00eda \u00abcogido una rabieta de las de \u00e9l\u00bb y, que, de pronto, hab\u00eda hablado disparates y maldiciones, para caer despu\u00e9s como un tronco.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Un pulgante! \u2014grit\u00f3 una mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPulgante? \u00bfAqu\u00ed no hay un pulgante? \u00bfQui\u00e9n tiene un pulgante?<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ni Casilda pudo encontrar uno, ni los peones respond\u00edan, ni las mujeres ideaban otros medios de salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El Coriano asi\u00f3 por un brazo a Jacinta y la llev\u00f3 hasta el patio; su rostro tom\u00f3 luces de alegr\u00eda rara y cruel, y, clav\u00e1ndole los ojos a la mujer habl\u00f3 en voz baja:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Jacinta, c\u00e1llate: en el fondo de la caja tengo yo Sal de Higuera\u2026 \u00a1C\u00e1llate, Jacinta, que me voy a estar reyendo un mes entero!<\/p>\n\n\n\n<p>Los gritos del llanto femenino, obedeciendo a una consuetudinaria ley de duelo, anunciaron el desenlace de aquello, y Evilacio sali\u00f3 de la casa con las cejas juntas y un hocico gru\u00f1\u00f3n en la boca; mentalmente se iba diciendo: \u00a1Pol lo \u00fanico que lo siento es polque er Coriano se va a salil con la suya\u2026! \u00a1Mardita sea, s\u00ed que tengo mabita!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La mata-mujer<\/h3>\n\n\n\n<p>Fray Atanasio hab\u00eda recorrido todos los caminos, veredas y vericuetos entre valles y faldas de monta\u00f1a predicando con mansa voz los sagrados ritos y las incontrovertibles verdades emanadas de la infalible voz de los Pont\u00edfices y de las Santas Escrituras, pero los negros esclavos escuchaban con resignado silencio aquellos consejos y las admoniciones sin modificar en lo m\u00e1s m\u00ednimo el fondo de creencias ni agitar jam\u00e1s el sedimento de sus tradiciones m\u00edsticas: el \u00c1frica sembr\u00f3 las semillas \u00f1\u00e1\u00f1igas en la conciencia de Cam, el hijo de No\u00e9, y, aun cuando no pod\u00edan escucharse los tambores de los negros de Cuba, bien se sab\u00eda que en Jamaica, en la Martinica, en los bordes mismos de La Espa\u00f1ola, en todo ese collar de islas, isleos e islotes que en el Caribe rezaban un Santo Rosario entre el resonar incesante de los parches tensos en los tambores negros, siempre la raza escarnecida bailaba sus alegr\u00edas y sus dolores al son del bong\u00f3 y celebraba sus ritos al bronco ritmo de sagradas percusiones mon\u00f3tonas y hondas, oyendo la nueva doctrina de los frayles y prelados que hablaban del Padre, del Hijo, del Esp\u00edritu Par\u00e1clito, de los Santos, del Demonio malhechor, de las llamas purificadoras del Purgatorio y de las espantosas del Infierno; hablaban los frailes, transfigur\u00e1ndose como seres extraterrenales y con tr\u00e9mulas voces moduladas desde lo profundo de la f\u00e9 irreductible, tal como los animistas seres negros de la jungla africana articulaban sonidos inveros\u00edmiles, sobrenaturales, bajo el rel\u00e1mpago blanqu\u00edsimo de los ojos enormes, con gesticulaciones espasm\u00f3dicas, entre redoblar de los tambores, mencionando deidades, fetiches, t\u00f3tems, misterios y el invisible \u201cm\u00e1s all\u00e1\u201d de los muertos que vuelven o que no vuelven nunca, pero se sienten, se presienten y hasta se ven en la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo era m\u00e1s f\u00e1cil convertir a Chang\u00f3 en uno de estos Santos igualmente salvadores y milagrosos? \u00bfY el Maleigua de los indios, ese buen genio que daba el agua y la sal, no era tambi\u00e9n igual a los ocultos esp\u00edritus que en la selva lejana convert\u00edan en lluvia el tr\u00e9molo clamor de los tambores suplicantes?<\/p>\n\n\n\n<p>Por mucho que predicara Fray Atanasio, no era posible borrar de los sesos de los negros el tatuaje de la primera fe, para sustituirlo ahora por el Par\u00e1clito Esp\u00edritu de la nueva f\u00e9; m\u00e1s f\u00e1cil era yuxtaponer im\u00e1genes, rebautizar misterios, confundir en uno s\u00f3lo el valor de dioses y de santos, de las sagradas im\u00e1genes y los burdos fetiches.<\/p>\n\n\n\n<p>Y mientras el Frayle manso recorr\u00eda polvorientos senderos dentro del coraz\u00f3n de la isla de Margarita, verde y florido sin la lluvia; mientras el franciscano repet\u00eda su catecismo promisor de cielos con \u00e1ngeles y querubines, gloria en el descanso eterno, y el no hacer a otro lo que no quieras que a ti te hagan, como el mismo Jes\u00fas debi\u00f3 decirle, un severo, recto, inflexible don Gaspar, lleno de sagrada unci\u00f3n y de rec\u00f3ndita fe cristiana increpaba a los negros blasfemos, a los salvajes sacr\u00edlegos, que en el d\u00eda en que el Santo Patrono del pueblo presid\u00eda entre flores y luminarias el altar de la iglesia, impregnada de inciensos y de este\u00e1ricos vapores surgidos de mil blandones devotos, saltaban con cabriolas y esguinces diab\u00f3licos, al comp\u00e1s de los tambores trepidaban, con frenes\u00ed inexplicable, alrededor de una contorsionada figura de \u00e9bano, esmaltada de sudor, bajo el resplandor bermejo que engendraba la hoguera ritual.<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed me lo cont\u00f3 el negro Nieves Brito, gordifl\u00f3n, buenazo y embustero, inventor de \u201ccachos\u201d y sabedor de historias de aparecidos y de animales fantasmas; pero, eso s\u00ed, contaba los cuentos de su abuela la esclava, hija de la otra esclava y tataranieta de la m\u00e1s esclava, que vivi\u00f3 su cautiverio aherrojada a la dura mirada del otro Don Gaspar, a la imperiosa voz de mando de un anterior Don Gaspar, a la santa devoci\u00f3n cristiana de aquel Don Gaspar y al furioso \u201cmandador\u201d de todos ellos, que desgajaban carnes y marcaban r\u00e1fagas sangrientas sobre nalgas y espaldas pecadoras, sacr\u00edlegas, color de diablo, de todos aquellos desgraciados hijos de una Eva maldita, color de duelo.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed me contaba Nieves Brito, porque a \u00e9l se lo dijeron voces abuelas y porque \u00e9l lo cre\u00eda como si lo hubiera visto. As\u00ed me contaba Nieves Brito -dijo ahora el viejo Chel\u00eda, tambi\u00e9n buenazo y embustero, pero narrador fiel de lo escuchado-.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed lo cont\u00f3 quien debi\u00f3 sufrir aquella noche de aquelarre, en la \u00e9poca de la Colonia dominadora y santurrona. Aquelarre detr\u00e1s de los montes entre los \u00e1rboles encubridores, a espaldas del mundo, entre ramas sombr\u00edas, con tenue fulgor de brasas que no se atrev\u00edan a crear la llama, con h\u00famedo silencio bueno para el delito; con un temblor de p\u00e1nicos en todas las gargantas y en las manos incapaces de caer sobre el mudo tambor. Aquelarre a la legua de un horizonte de luces que en Paraguach\u00ed alumbraban la procesi\u00f3n de San Jos\u00e9 el Patrono, a la legua de Don Gaspar, quien deb\u00eda andar con lento paso, al comp\u00e1s del tambor\u00f3n que acentuaba la m\u00fasica de marcha lit\u00fargica mientras desfilaba la grey beata acompa\u00f1ando al Santo y a Fray Atanasio cantando preces en lat\u00edn; de un horizonte de cohetes que flagelaban el cielo negro con l\u00e1tigos de luz y restallar de p\u00f3lvoras; horizonte con canto gregoriano y campanario alegre.<\/p>\n\n\n\n<p>De nada habr\u00eda valido la intercesi\u00f3n del fraile ante Don Gaspar para detener la furia intemperante de este cristiano poderoso que no tolerar\u00eda jam\u00e1s un solo golpe de tambor sacr\u00edlego, mixtificando el nombre del celestial carpintero con alg\u00fan Chang\u00f3 e interfiriendo las m\u00fasicas sagradas de la procesi\u00f3n con piruetas diab\u00f3licas de negros danzantes, ni a\u00fan de indios quejumbrosos al son de sus guaruras. Y como eso lo sab\u00edan muy bien los negros esclavos, marcharon sigilosamente monte adentro, llevando clandestinamente sus tambores y sus mujeres, hasta reunirse en c\u00edrculo bajo la capa de la sombra, y celebrar all\u00ed -con su fe africana, bajo el mandato de Cam, entre el rumor de la vegetaci\u00f3n- el propio rito negro mezclado con el rito blanco, complaciendo al lejado Carabal\u00ed y al manso Fray Atanasio al mismo tiempo, a la deidad selv\u00e1tica y a la santidad eclesi\u00e1stica reci\u00e9n conocida. Pero sin que oliera el humo de la hoguera Don Gaspar, sin que oyera el ton t\u00f3n de o los tambores, ni las voces \u00f1\u00e1\u00f1igas, ni siquiera el golpe del pi\u00e9 descalzo sobre la arena en su danza sagrada!<\/p>\n\n\n\n<p>Para que todo surgiera en la sombra y en el silencio oscuro, hablaron unos a otros en secreto, ocuparon sigilosamente sus sitios en el c\u00edrculo. Avanz\u00f3 en silencio hasta el centro una hembra curvil\u00ednea y brillante con una cesta de frutos y de hojas equilibrada en la cabeza bonita. Se movieron los labios gruesos de todos, asomaron los blancos dientes, subieron y bajaron sobre los parches las cobardes manos sin dejar sonar los cueros\u2026 y la hembra gir\u00f3 movida por las notas secretas, rec\u00f3nditas, de su propio coraz\u00f3n, tambor de carne!<\/p>\n\n\n\n<p>Lentamente creci\u00f3 en los erectos senos negros el salto movido por los silentes golpes de los supuestos tambores el frenes\u00ed aceler\u00f3 los giros y las caderas marcaron misteriosos compases fren\u00e9ticos. La noche tibia se llen\u00f3 del polvo de las estrellas y aparecieron los contornos magn\u00edficos de la danzarina callada dentro del c\u00edrculo silencioso pero agitado por hond\u00edsimos sonidos inaudibles.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00edmica transida de fervores de miedos a un mismo tiempo; mudos gestos en los brazos y manos que hac\u00edan cadencias. Tr\u00e9molos, pausas y redobles sin sonido en incompleta visita de las manos a los tambores; giros y asombros en los ojos blanqu\u00edsimos; voces que solo alcanzaban la garganta y fenec\u00edan en la lengua simuladora y en los labios teatrales callados; piruetas de marionetas oscuras cuyas cuerdas clandestinas part\u00edan de los dedos invisibles y m\u00e1gicos de esp\u00edritus actores detr\u00e1s de la sombra, delante del p\u00e1nico, dentro de la raza, cerca de la nueva fe tambi\u00e9n; v\u00e9rtigo y fren\u00e9ticos giros en la danza urgida de m\u00edsticas, de apetitos, de profundas creencias y pat\u00e9ticos impulsos; v\u00e9rtigo y belleza exuberante en el arrebato de las vueltas y en la armon\u00eda sexual de las contorsiones; pero, silencio tenso, casi hasta vibrar!<\/p>\n\n\n\n<p>Silencio y miedo. Silencio y sombra. Silencio y gestos y palabras mudas. Bocas sin voz; lenguas sin sonido. La noche envuelve, abriga, participa en el silencio que solo se rompe en el horizonte foeteado por cohetes y acompasado por m\u00fasica de cobres, de flautas y de bajos rotundos para la procesi\u00f3n lejana! La danza sigue! Se oye el silencio! Los gestos dicen!\u2026 Pero alguien esp\u00eda, se desliza entre frondas, se lacera con espinas, atropella senderos y avanza hacia Paraguach\u00ed para describirle a Don Gaspar la escena misteriosa y sorda, que acababa de ver, donde se incuban herej\u00edas y sacr\u00edlegos irrespetos a Dios mismo. Apresura la marcha para llegar a tiempo, antes de que la imagen del Patrono, vuelva a su iglesia; a aquella misma iglesia que ya fue visitada por Lope de Aguirre maldiciendo reyes y degollando blancos en su atrio; \u00a1pero, eso s\u00ed: de hinojos ante la majestad de su Sagrario, ante el explendor de su Custodia y frente a la cruz brillante, tan brillante como la cruz de su Pu\u00f1al inexorable!<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>Por la polvorienta callejuela anda la procesi\u00f3n con una lentitud intencionada por la marcha m\u00ednima de los pies casi arrastrados de los devotos cargadores, ensayados, comprometidos, entregados sinceramente a aquella lit\u00fargica maniobra estudiada; paso a paso, al ritmo del tambor que tarda sus compases para que se prolongue la peregrina andanza; en algunos sitios es ya conocido el deseo del Santo y por ello se detiene como sincopando el caminar de los parroquianos: el a\u00f1o antepasado casi se detiene porque el peso de la imagen se hizo insoportable; diez a\u00f1os atr\u00e1s hubo que estar inm\u00f3viles largo tiempo, porque all\u00ed mismo se qued\u00f3 plantado todo, todo, la pea\u00f1a, las piernas de los angarillas, las piernas de los cargadores y la comitiva integra, sin saberse por qu\u00e9; pero ahora si hay motivos para la estaci\u00f3n, visibles motivos pero inexplicable para casi todos: hasta la oreja de Don Gaspar lleg\u00f3 la voz fatigosa de un reci\u00e9n llegado; vacil\u00f3 el estandarte en las manos del se\u00f1or\u00f3n mientras escuchaba at\u00f3nito; medit\u00f3 unos segundos a penas\u2026 y entreg\u00f3 el flamante pend\u00f3n bordado en oros al m\u00e1s cercano de los concurrentes!<\/p>\n\n\n\n<p>Con incre\u00edble destreza desanduvo el camino de la procesi\u00f3n hasta penetrar en su casa, ensillar la bestia briosa y arrancar como un b\u00f3lido en la noche llena de caminos conocidos, pero perdidos en la densa sombra. El caballo sabia rutas y present\u00eda escollos, esquivaba \u00f3bices circunstanciales como la rama muy descendida o el tronco interpuesto; ya el camino ten\u00eda su lenguaje para anunciarse a Don Gaspar y a su caballo antes de ser hollado por los cascos veloces; las estrellas tambi\u00e9n hablaban de rutas y el viento conduc\u00eda olores de senderos, de humo y aromas de lugares. En la mente del cristiano poderoso rebull\u00eda la noticia inquietadora: \u00a1Estaban profanando el D\u00eda Glorioso! \u00a1Estaban mezclando azufres infernales con los sacrosantos ascensos del incienso puro!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Estar\u00edan tal vez rompiendo la dulce paz celestial con los horribles tambores y destemplados gritos africanos!\u2026 \u00a1Pero n\u00f3! \u00a1No se escuchaba ni un timbal, ni el vibrar de un cuero, ni una voz en la lejan\u00eda! \u00bfSer\u00eda falso el informe apresurado del celoso acusador? Solo alcanza a escucharse la lejana m\u00fasica de la procesi\u00f3n, los estallidos de los cohetes voladores cielo arriba, el c\u00e1ntico de las ni\u00f1as acompa\u00f1antes del Santo, las campanas, nada m\u00e1s!<\/p>\n\n\n\n<p>De s\u00fabito, deteniendo la marcha para o\u00edr mejor, escuch\u00f3 claramente el retumbar de los cascos de otra bestia sobre el suelo cercano; esper\u00f3 con sobresalto. Prepar\u00f3 la mano sobre el arma para temer lo peor. Perfor\u00f3 las sombras con los ojos habituados a ver negros dentro de lo negro de la noche! Pero vio acerc\u00e1ndose a todo galopar la figura del Frayle, revestido aun con la sobrepelliz que llevaba en la procesi\u00f3n; el h\u00e1bito marr\u00f3n arrollado en la cintura, las piernas enfundadas en el pobre liencillo del pantal\u00f3n rid\u00edculo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre aquella rauda cabalgadura y en el trasfondo de la conciencia del fraile jinete pugnaban dos angustias: en el 1552 -\u00a1era vivo el recuerdo! aun- hab\u00edan surgido las voces valientes del Dominico Montesinos, originando tambi\u00e9n la heroica lucha del otro Dominico Bartolom\u00e9 de Las Casas en defensa del indio lacerado, escarnecido, humillado y diezmado; pero a la palabra impresa del Obispo de Chiapas en su op\u00fasculo \u201cLa Destrucci\u00f3n de las Las Indias\u201d, hab\u00eda respondido -en abierta publicaci\u00f3n impresa tambi\u00e9n- el Capit\u00e1n General y Gobernador de Margarita Bernardo Vargas Machuca, con altanera voz espa\u00f1ol\u00edsima, diciendo respetar la f\u00e9 cristiana, para reivindicar el l\u00e1tigo, para defender la esclavitud, para elogiar y justificar la iniquidad, y en vigoroso respaldo al Poder de la Corona, a la omnipotencia del Monarca, para el brillo inextinguible del Imperio m\u00e1s potente del mundo. \u00bfY ahora, cuando el negro hab\u00eda venido a sustituir al indio en su puesto de martirio, en su lugar de picota, en su ensangrentado<br>cautiverio; ahora podr\u00eda otro Dominico tambi\u00e9n asumir la defensa de este negro esclavizado, lacerado, irredento?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo era Don Gaspar tan sensato espa\u00f1ol cristiano como Vargas Machuca? \u00bfNo era Don Gaspar tan cat\u00f3lico y tan mon\u00e1rquico como Vargas Machuca? \u00bfNo eran ahora los negros simples instrumentos de trabajo que la Corona sumerg\u00eda en el mar para extraer las perlas que produc\u00edan nada menos que el pago de todos los funcionarios reales en el Nuevo Mundo, descubierto para el Rey, para Dios y para Espa\u00f1a?<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces, \u00bfpodr\u00eda la piedad cristiana sobreponerse a la existencia del gran Imperio? \u00bfPodr\u00eda una rom\u00e1ntica voz caritativa y evang\u00e9lica alzarse ante la palabra serena, firme, en\u00e9rgica, del celoso cristiano, poderoso y rico, defensor de la f\u00e9 por la fuerza de la doctrina, por la violencia, del catecismo santo por el l\u00e1tigo? \u00bfDon Gaspar no estaba defendiendo la pr\u00edstina f\u00e9 cat\u00f3lica?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Desdichados tendr\u00edan que ser los negros sin su Montesinos ni su de Las Casas, sin Galileos ni Ap\u00f3stoles, sin Dios que ampare ni Lucifer que condene! \u00a1Desdichados los negros destinados por voluntad suprema a la sumisi\u00f3n eterna, sin derechos ni libertades, sin voz ni pensamiento humanos! \u00a1Solo la maldici\u00f3n alcanzaba al negro! \u00a1Solo la obediencia regia su mundo! y si las l\u00e1grimas pod\u00edan servir para engendrar perlas en las ostras profundas, pues que surjan l\u00e1grimas de negros -y de indios tambi\u00e9n- bajo el mar de Margarita! As\u00ed lo dictaba el destino inexorable para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el caballo continuaba corriendo, la noche segu\u00eda sin ruido, el camino se acercaba al sitio anunciado por el esp\u00eda y el odio \u201csanto\u201d de Don Gaspar tambi\u00e9n crec\u00eda sobre el camino. <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; No es cierto, Se\u00f1or: ellos, en verdad, se comen las ciruelas y los anones sin ser vistos; pero no profanan, Se\u00f1or, no profanan! \u00a1Ellos duermen ahora, Se\u00f1or!<\/p>\n\n\n\n<p>-Ya viene usted a defender herejes y brujos, hijos de Lucifer, tal como el Obispo de Las Casas y el Padre Montesinos a los est\u00fapidos indios; pero usted es peor que de Las Casas, porque proteje infieles, embaucadores, diablos de magia negra, que se burlan de la Santa Madre Iglesia; usted es peor, Padre Atanasio! Usted va a tener que responder de eso ante Dios!<\/p>\n\n\n\n<p>Y la voz del cristiano, llena de santa ira, tomaba acentos tr\u00e1gicos inquisitoriales!<\/p>\n\n\n\n<p>-No, Don Gaspar! Yo no les defiendo ni les acuso, sino que les conozco! Son unos pobres inocentes que no entienden c\u00f3mo deshacerse de las mentiras que heredaron de sus padres, para conocer ahora la santa verdad! Son unos pobres ignorantes que no saben qu\u00e9 hacen mal! \u00a1Pero le prometo que nada est\u00e1n haciendo. Son suposiciones. Exageraciones, Don Gaspar! \u00a1Son suposiciones!<\/p>\n\n\n\n<p>Y temblaba el bueno de Fray Atanasio pensando que un solo golpe lejano de tambor desmintiera su promesa! Pero s\u00f3lo los dos hombres sobre sus bestias resoplantes hac\u00edan ruido en la noche. Todo era silencio. Distantes cantos de gallos. Accidentales gemidos de animales en la fronda. Ni un redoble, ni un timbal, ni el sonido de un parche! Casi cierto era que Fray Atanasio hab\u00eda percibido un leve sacudimiento de hojas, un rozar de ramas, el crujido de arena bajo el pi\u00e9 fugaz. Algo andaba en la oscuridad ocult\u00e1ndose con h\u00e1biles pasos! Pero el Frayle invocaba la clemencia divina para que Don Gaspar fuera sordo ante aquellos m\u00ednimos sonidos:<\/p>\n\n\n\n<p>-Se lo prometo, Don Gaspar! Si quiere, sigamos hasta donde usted tiene entendido que est\u00e1n. V\u00e1monos! Sigamos y ya ver\u00e1 usted!<\/p>\n\n\n\n<p>Sin agregar palabra, Don Gaspar clav\u00f3 la espuela en el hijar y prosigui\u00f3! Puso su fin el camino frente al sitio se\u00f1alado por el acusador y una autosugesti\u00f3n incontrolable le hizo construir la escena sacr\u00edlega y ver de pronto a la escultural Benita como a una espiga prieta balance\u00e1ndose semidesnuda en un claro del follaje. Sola, sin ritos de tambor, sin voces cantantes, sin luces de fogatas, porque solo el ojo de una brasa delataba la ausencia de una m\u00ednima hoguera apag\u00e1ndose, estaba el cuerpo esbelto de la negra imponente, altanera espiga prieta -como la present\u00eda Don Gaspar- centrando el acto irreverente que Fray Atanasio trataba de negar \u00a1All\u00ed deb\u00eda estar ella, la estatuaria mujer de \u00e9bano bailando con su cesta de frutos y de ramas sobre la cabeza! All\u00ed ten\u00eda que estar y estaba la negra monumental, la bella estremecedora! La hermosa sin pernada! \u00a1La l\u00fabrica, sin pernada aun!<\/p>\n\n\n\n<p>Confuso, desequilibrado, impotente para fingir, Fray Atanasio vi\u00f3 saltar del caballo al amo furioso; le vi\u00f3 avanzar en la sombra hacia la sombra est\u00e1tica que surg\u00eda en el lugar; hacia la mujer inm\u00f3vil, que mostraba su silueta de poderosas caderas y exuberantes senos en el centro de algo que parec\u00eda haber sido sitio para un circulo de oficiantes; le vi\u00f3 alzar el inclemente mandador de tres gajos y escuch\u00f3 el restallar del l\u00e1tigo sobre un cuerpo inm\u00f3vil; presenci\u00f3 dos, cuatro descargas del brazo rabioso, hasta hacerle exclamar irreprimible, entre asombros, ante un hecho sobrenatural, la palabra exclarecedora:<\/p>\n\n\n\n<p>-Se\u00f1or, Se\u00f1or! No fustigue! \u00a1Es un arbolito de Dios! M\u00edrelo bien! \u00a1M\u00edrelo y t\u00f3quelo!<\/p>\n\n\n\n<p>Y en la noche, que ya era m\u00e1s clara, fu\u00e9 apareciendo la silueta incre\u00edble de una Eva vegetal, r\u00e9plica fiel de Benita, la impresionante escultura humana, color de tabaco, que ahora habr\u00eda de desaparecer misteriosamente, para que nadie m\u00e1s volviera a posar el ojo lujurioso sobre sus senos firmes, sobre sus muslos admirables, sobre su vientre tentador.<\/p>\n\n\n\n<p>Quedar\u00eda all\u00ed para siempre la mata-mujer, la estatua bot\u00e1nica, la vegetal figura que desorbito los ojos del cristiano Don Gaspar, presa de vacilantes dudas, y que puso placentero el rostro del Frayle bonach\u00f3n!<\/p>\n\n\n\n<p>-Es un arbolito de Dios, Don Gaspar! No es Benita!<\/p>\n\n\n\n<p>III <\/p>\n\n\n\n<p>Durante el regreso la duda angustia; Fray Atanasio siente conmovida su f\u00e9 profunda: \u00bfDios la ha salvado convirti\u00e9ndola en arbolito del Se\u00f1or? Para Don Gaspar surge la angustiosa incertidumbre:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEnsalmos diab\u00f3licos la volvieron vegetal o la justicia divina la inmoviliz\u00f3 para los siglos?<\/p>\n\n\n\n<p>Al sonar el trote de las bestias en la madrugada ofrecieron detr\u00e1s del Cercado todas las cabezas de los negros, como sem\u00ednimas sobre el pentagrama de la talanquera pintando una m\u00fasica muda, de signos. All\u00ed faltaba Benita y Don Gaspar hizo la pregunta como afirmando:<\/p>\n\n\n\n<p>-La Benita no est\u00e1, verdad!<\/p>\n\n\n\n<p>Y todas las sem\u00ednimas se movieron negativamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Para toda la vida en el camino que pasa hacia Paraguach\u00ed, la mata-mujer sostendr\u00eda su cesta de ramas verdes y exhibir\u00eda caderas y senos m\u00f3rbidos, que fueron un d\u00eda los de Benita la negra, la que se ausent\u00f3 por el camino de la leyenda, sin regreso! Y ahora el negro Nieves Brito asevera, lleno de convicci\u00f3n: <\/p>\n\n\n\n<p>-Es una mata de mara y parece una mujer que lleva una \u201cmara\u201d en la cabeza. Pero fue Benita, se\u00f1or, fue Benita! \u00a1La mata mujer! <\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gabriel-bracho-montiel\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Odio I Desde la hacienda se ven los faroles del pueblo, falsificando luz de estrellas sobre un cielo invertido. El aire toma el olor de las aguas del r\u00edo y arrebata las palabras que el pe\u00f3n enhebra para narrar desali\u00f1adas aventuras. Jos\u00e9 Manuel chupa con grande esfuerzo su capadare ordinario. 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