{"id":1583,"date":"2021-09-28T20:47:22","date_gmt":"2021-09-28T20:47:22","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1583"},"modified":"2023-11-24T18:37:54","modified_gmt":"2023-11-24T18:37:54","slug":"las-ovejas-y-las-rosas-del-padre-serafin","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/las-ovejas-y-las-rosas-del-padre-serafin\/","title":{"rendered":"Las ovejas y las rosas del padre Seraf\u00edn"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez<\/h4>\n<p>-\u00a1Ya lo traen! \u00a1Ya lo traen!<\/p>\n<p>-\u00bfPor d\u00f3nde?<\/p>\n<p>-Por el cementerio. Dicen que lo alcanzaron en el cementerio.<\/p>\n<p>La multitud, fatigada, nerviosa de tanto esperar, se arremolin\u00f3 y empez\u00f3 a deshacerse. La mayor parte, sin darse cuenta de lo que hac\u00edan, caminaban de arriba abajo por el camino real, pero sin salir de \u00e9l, o daban vueltas, como buscando una moneda que se les hubiese extraviado, alrededor del mismo punto. Otros corrieron por las calles que del camino real suben a la plaza de la iglesia.<\/p>\n<p>Algunos fueron a reunirse a los que, en coro, y con la m\u00e1s loca agitaci\u00f3n, discut\u00edan frente a la fachada de la iglesia, en un altozano. Entretanto los pulperos, a la voz de \u00abya lo traen\u00bb cerraban y atrancaban por dentro sus pulper\u00edas. Y despu\u00e9s de cerrar, ninguno se quedaba dentro: sal\u00edan a sumarse a la muchedumbre armados, el uno de rev\u00f3lver, el otro de un varal de araguaney, los m\u00e1s con el filoso cola-de-gallo. Don Jos\u00e9, el m\u00e1s respetable por la edad, la hacienda y la virtud, se paseaba en mangas de camisa por el corredor de su establecimiento. Provisto de un corto y fuerte cuchillo de caza, dec\u00eda:<\/p>\n<p>-Es necesario hacer un ejemplar. Es necesario un castigo. No se debe dejar sin castigo una cosa tan fea. En este pueblo no hab\u00eda pasado nunca.<\/p>\n<p>-\u00a1Nunca! Es verdad&#8230; Es necesario un castigo -coreaban los otros.<\/p>\n<p>De repente, sobre el coro, se alz\u00f3 rasgando la sutil seda del aire estival una voz airada y pla\u00f1idera. A la puerta de una casita, hacia el fin de una de las calles que van a la plaza del pueblo, una vieja mulata canosa, con desgre\u00f1ada cabeza de Medusa, vociferaba:<\/p>\n<p>-\u00a1Saturno! \u00a1Saturno! \u00a1La sangre de mi hijo! \u00a1Cobren la sangre de mi hijo!<\/p>\n<p>-\u00bfQui\u00e9n es?<\/p>\n<p>-\u00a1Hombre! \u00bfQui\u00e9n va a ser? \u00bfQui\u00e9n va a ser sino Higinia? \u00a1La pobre vieja!<\/p>\n<p>Algunas mujeres aparecieron a las puertas de sus casas, d\u00e1ndoselas de animosas. Otras optaron por quedarse detr\u00e1s de los portones, viendo a trav\u00e9s de las junturas, o se asomaban a los postigos de las ventanas con rostros l\u00edvidos de miedo. Unas cuantas, excitadas por los lamentos de Higinia, surgieron detr\u00e1s de las bardas de un corral\u00f3n que interrump\u00eda r\u00fasticamente el marco de la plaza. Vomitaban denuestos y amenazaban con los pu\u00f1os.<\/p>\n<p>-Pero, si lo cogieron, \u00bfpor qu\u00e9 no lo traen? Uno de los que hab\u00edan ido hasta el corro del altozano volvi\u00f3, advirtiendo que era falsa la noticia.<\/p>\n<p>-Dicen que lo cogieron all\u00e1, al pie del \u00c1vila, en la Sabana de los Muertos, en donde enterraban a los muertos del c\u00f3lera y de la fiebre amarilla, no en el camposanto-. Y explicando as\u00ed, tend\u00eda la mano al cerro, en direcci\u00f3n de un punto de la sabana yerma y ardida que hay al pie del \u00c1vila, donde un solitario bamb\u00fa derrama sobre los muertos la fresca sombra musical de sus ca\u00f1as armoniosas.<\/p>\n<p>-Pero, \u00bfc\u00f3mo sabes que lo cogieron all\u00e1 arriba? -Por uno que se vino a la carrera, atravesando los cafetales y lleg\u00f3 al pueblo hace poco. -\u00a1Pero, se\u00f1or! \u00bfQu\u00e9 ha hecho ese hombre para que lo persigan ansina?<\/p>\n<p>La gente, descorazonada con el anuncio de ser falsa la noticia, desahog\u00f3 su mal humor contra el que hac\u00eda inocentemente la pregunta. Era un cambujo que, ignorante del suceso y no pudiendo discernirlo entre tantos y tan vagos rumores, acababa de meterse en el coraz\u00f3n mismo del gent\u00edo, a horcajadas en su asno. En cosa de un segundo, ni \u00e9l ni su asno pudieron moverse, estrechamente rodeados por la turba como por una improvisa y viva fortaleza erizada de c\u00f3lera.<\/p>\n<p>-Mire, socio, no venga con esa&#8230; preguntica -salt\u00f3 otro zambo, con un tono entre de rabia y de zumba-. No se haga el inocente, que aqu\u00ed no queremos quien tenga tratos con el diablo. \u00bfUsted como que es tambi\u00e9n de la cuerda? \u00a1Ojo e grillo!<\/p>\n<p>-\u00bfYo tratos con el diablo? \u00a1Ave Mar\u00eda Pur\u00edsima! \u00a1Si yo no s\u00e9 lo que ha pasao! \u00a1Si yo vengo, ahorita, de m\u00e1s all\u00e1 del Guaire, de coger ma\u00edz en mi conuco!<\/p>\n<p>-Lo hubiera dicho antes, \u00f1o Carrizo.<\/p>\n<p>-\u00a1Si es el compadre Nicasio! -dijo otro, y se prepar\u00f3 a referir el suceso-: pues el hombre que los muchachos persiguen no es del pueblo, compadre. Nadie sabe de d\u00f3nde vino. Unos dicen que de Caucagua, otros que de Higuerote, otros que del Tuy.<\/p>\n<p>-Pa m\u00ed, que es un esp\u00eda de los godos -declar\u00f3 Miguelito, un negro alto y robusto como una torre de basalto que, meses atr\u00e1s, en plena guerra, fue el terror de los m\u00e1s acaudalados terratenientes vecinos, a quienes de tiempo en tiempo desvalijaba, apellid\u00e1ndolos godos. Con su interrupci\u00f3n record\u00f3 que la guerra no estaba terminada todav\u00eda, aunque el jefe liberal hubiera entrado en Caracas en triunfo, porque todav\u00eda erraban por toda la rep\u00fablica algunas buenas partidas de las tropas conservadoras dispersas-. De seguro que es un esp\u00eda.<\/p>\n<p>-Ni se sabe c\u00f3mo se llama -continu\u00f3 el narrador.<\/p>\n<p>-Se llama Heriberto Guill\u00e9n.<\/p>\n<p>-A m\u00ed me dijeron que Juli\u00e1n Perdomo. -\u00a1Bueno!, pues no sabemos ni de d\u00f3nde vino, ni c\u00f3mo se llama. Lleg\u00f3 y se convid\u00f3 jugar con nosotros en el corredor de la pulper\u00eda: ah\u00ed mismito est\u00e1bamos nosotros limpios como unas patenas, y \u00e9l con todos los reales.<\/p>\n<p>-Tendr\u00e1 buena suerte, compae Pech\u00f3n. -\u00a1Qu\u00e9 suerte ni suerte! La suerte se la echaba \u00e9l a los dados, porque les hac\u00eda con las manos, \u00bfya ust\u00e9 ve?, as\u00ed, de cierto modo, y parece que les rezaba tambi\u00e9n oraciones de brujo, porque los dados paraban tambi\u00e9n contra nosotros. Ya ust\u00e9 ver\u00e1, compadre, que el hombre es de verd\u00e1, verd\u00e1, un brujo. \u00a1Bueno! Pues ya el hombre se levanta para irse, con la cobija en el brazo izquierdo. y el machete en la otra mano cuando Saturno, muy caliente y con raz\u00f3n, \u00a1caray!, le dijo: \u00abP\u00e1rese ah\u00ed, socio. No se vaya sin que nos d\u00e9 nuestros reales, \u00bfoy\u00f3?, los reales que nos ha robado con su brujer\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p>Entonces el otro, un poquito amoscado, le contest\u00f3: \u00abYo no he robado a nadie: esos reales me los ha dado la suerte, y no m\u00e1s que a la suerte se los doy\u00bb. \u00abPues yo ser\u00e9 la suerte, so negro, porque ahorita mismo vas a darme lo que malamente nos quitaste\u00bb, le grit\u00f3 Saturno, salt\u00e1ndole encima. Pero el otro ya estaba en guardia con su machete, con el que se tapaba a s\u00ed mismo mientras lo dirig\u00eda al pecho de Saturno.<\/p>\n<p>Al mismo tiempo le dec\u00eda a Saturno, como adul\u00e1ndole: \u00ab\u00a1No se meta, catire, no se meta, catire, que yo no lo quiero cortar, y si se mete se corta!\u00bb. Y como Saturno era tan arrojado, se meti\u00f3, y como el otro fue tan sinverg\u00fcenza que no quit\u00f3 el machete y lo dej\u00f3 siempre de punto, punta fue, que Saturno cay\u00f3 redondo y que ah\u00ed lo est\u00e1 llorando la pobre Higinia. Todos nosotros nos tiramos encima del hombre, y despu\u00e9s de mucho trabajo le quitamos el machete. \u00a1Bueno! Pues ahora es cuando ust\u00e9 va a ver, compadre. Forcejeando y forcejeando con \u00e9l, yo lo agarr\u00e9 por el pelo, tan duro, que tres chicharroncitos se me quedaron en las manos. Yo los tir\u00e9 al suelo, y \u00bfsabe ust\u00e9 lo que entonces pas\u00f3, compadre? \u00bfA que no adivina? Pues que los tres mechoncitos de pelo echaron a correr convertidos en ratones.<\/p>\n<p>-\u00a1Ave Mar\u00eda Pur\u00edsima!<\/p>\n<p>-Como se lo digo: eso, todos lo vieron. -Es verdad, es verdad -asinti\u00f3 el coro.<\/p>\n<p>-Ahora, d\u00edgame, compadre, si el hombre es o no es brujo. Y no puede ser sino por brujo que, cuando ya lo ten\u00edamos como asegurado, se nos despeg\u00f3, dispar\u00e1ndose a correr que ni una ardita. Detr\u00e1s de \u00e9l se fueron los muchachos. Y ahora dicen que lo traen, porque lo alcanzaron, ya para esconderse dentro del monte en la Sabana de los Muertos.<\/p>\n<p>Las cosas hab\u00edan sucedido m\u00e1s o menos como a su compadre Pech\u00f3n se las contaba Nicasio. La noticia del mal fin de la pendencia, ilustrada con la descripci\u00f3n del negro trashumante a quien se pintaba como asesino, caco y brujo, se difundi\u00f3 el\u00e9ctricamente por el pueblo, suscitando en los corazones el deseo de venganza de aquel extra\u00f1o que era a la vez caco, brujo y asesino.<\/p>\n<p>La casa rectoral fue la \u00fanica no invadida por el clamoroso y un\u00e1nime deseo de venganza. El padre Seraf\u00edn trabajaba en su huerta. Labraba los terrones, mientras una vieja hermana suya, que era al mismo tiempo su ama de llaves, refunfu\u00f1aba y a disgusto, le aderezaba una camisa. La de \u00e9l -porque de tanto darlas jam\u00e1s lograba tener sino una- se la hab\u00eda dejado la noche antes a un enfermo a quien administr\u00f3 \u00f3leos.<\/p>\n<p>Cuando son\u00f3 la algazara de los mozos corriendo detr\u00e1s del forastero fugitivo, dej\u00f3 por un momento el trabajo, y se inform\u00f3 de lo que era.<\/p>\n<p>-Son los muchachos del pueblo que andan tras de novillos desgaritados -le dijo su hermana, afirm\u00e1ndole para no dejarle salir, lo que en la mente de ella no era sino una hip\u00f3tesis. Por ser lo que pasaba a menudo, eso dijo ella, y \u00e9l sin dificultad lo crey\u00f3, de modo que imp\u00e1vido continu\u00f3 con su azadita de jardinero escardando la huerta que era al mismo tiempo huerta y jard\u00edn como su alma. El descansaba en la creencia candorosa de una armon\u00eda \u00edntima de su alma con el alma del pueblo. Porque esta alma en que \u00e9l ingenuamente sent\u00eda el reflejo de la suya, se la representaba de igual manera que se representaba al pueblo: como una flor de idilio.<\/p>\n<p>Visto desde las faldas del \u00c1vila, cuando el bucarl se engalanaba de verde, el pueblo era, con sus techos rojos y orlado de haciendas de caf\u00e9, un rub\u00ed en lo hondo de una copa de esmeralda. Ahora, porque el bucaral flameaba de flor, fing\u00eda m\u00e1s bien una taza de p\u00f3rfido o una florida cesta de p\u00farpura.<\/p>\n<p>Entretanto, a lo lejos, el \u00c1vila, sobre el paisaje de las haciendas y del pueblo agitado, surg\u00eda con la calvez de la cima y en la imponderable pureza de la luz, claro, fuerte y sereno, como un incorruptible testimonio.<\/p>\n<p>Hacia el altozano se agregaron unos cuantos r\u00fasticos m\u00e1s a los primeros perseguidores. Detr\u00e1s del fugitivo, penetraron todos en los fundos que est\u00e1n al norte del pueblo. La c\u00e1fila ululante corri\u00f3 por los cafetales, al principio en una verdadera fuga de locos. Luego, uno de la chusma ide\u00f3, y a gritos comunic\u00f3 su idea a los dem\u00e1s hasta que llegaron a entenderse, organizar la persecuci\u00f3n con todas las reglas de una cacer\u00eda. Trat\u00e1base de estorbar que se escapara la pieza.<\/p>\n<p>Mientras unos deb\u00edan seguir los callejones, otros remontar\u00edan el cauce de una quebrada seca y los otros ir\u00edan por dentro de los mismos cafetales. Deb\u00edan hacer, deshacer y rehacer paranzas a medida que lo exigieran las tretas del perseguido y la \u00edndole del terreno. Algunos, en el \u00edmpetu de la carrera, se destocaron, y no se detuvieron a recoger el ca\u00eddo sombrero de cogollo. Otros llevaban las ropas desgarradas encima de los torsos medio desnudos. Los bucares florecidos, en su perenne despojarse de flor, fugazmente esmaltaban de sangre la nieve, o el \u00e9bano lustroso, o la canela oscura de los cuerpos. Los cazadores, para enardecerse a s\u00ed mismos, y a la vez para aturdir a la pieza en fuga, llenaban el cafetal con insistente vocer\u00eda. De tiempo en tiempo, sobre la vocer\u00eda de los hombres detonaba, en lo alto de los bucares, la algarab\u00eda de los pericos monta\u00f1eses. Poco a poco el tropel fue empujando la caza fuera del cafetal y hacia arriba, a un punto en donde ya deb\u00edan de estar apostados los que se adelantaran corriendo por la holgura de los callejones.<\/p>\n<p>El fugitivo, ignorante del terreno, tropezando en los obst\u00e1culos conservaba, a pesar de todo, la ventaja, como si la suficiente malicia y lucidez para despistar a los otros la sacara del propio peligro. Los elud\u00eda y enga\u00f1aba con rodeos en que no se alejaba sensiblemente del mismo punto. M\u00e1s de una vez intent\u00f3 ocultarse en lo hueco de un tronco. Pero cada vez alguno de sus perseguidores lo alcanzaba con la vista. Por fin se vio fuera del cafetal, a mucha distancia de los que estaban de facci\u00f3n, apercibidos a detenerse. Tuvo un momento de perplejidad en que se pregunt\u00f3 si no ser\u00eda m\u00e1s cuerdo volver sobre sus pasos a enredarse y maltratarse de nuevo en el cafetal enfadoso, porque su instinto silvestre y seguro le advirti\u00f3 mayores peligros en aquel paraje abierto que delante de \u00e9l sub\u00eda hasta los mismos pies del Avila. Su perplejidad sirvi\u00f3 a los otros. Ya estaban cerca. Y \u00e9l no pudo sino seguir adelante, por lo abierto, sintiendo en los talones la furia de la tra\u00edlla.<\/p>\n<p>Atravesaba el Pedregal, regi\u00f3n salpicada de exiguos y dispersos cafetalitos, a la vera de cada uno de los cuales hay un rancho como una paloma gris que a la sombra de la escasa arboleda se acurruca. Por todas partes, en las m\u00e1s l\u00edmpidas tierras de labor, saltan enhiestos pe\u00f1ascos y reluce al ras del suelo el pedrisco.<\/p>\n<p>Una inmensa mole avile\u00f1a parece en prehist\u00f3ricos tiempos haber ca\u00eddo retumbando de la cumbre a partirse en fragmentos infinitos en el hondo estupor del valle. En algunas partes, los labriegos han hecho mont\u00edculos y pir\u00e1mides con el pedrusco; en otras lo han dispuesto y amontonado en paredones que hacen de aleda\u00f1os a las tierras labrant\u00edas. Por ah\u00ed corri\u00f3 el negro, desesperado cuando se dio cuenta del gran n\u00famero de enemigos, tropezando unas veces en el pe\u00f1ascal, pasando otras veces como un milagro del viento por encima de los paredones. A las puertas de los ranchos acudieron otros hombres atra\u00eddos por la grita de la turba, y casi todos, por comuni\u00f3n con los del pueblo, se agregaron a los cazadores del negro fugitivo.<\/p>\n<p>Gracias al refuerzo que de esta guisa recib\u00edan de pronto, y a los movimientos m\u00e1s f\u00e1ciles en aquel paraje abierto, los perseguidores traquearon y acosaron como a un ciervo perseguido, hasta verlo estrechamente acorralado. Abrum\u00e1ndolo con sus gritos de muerte, casi lo tocaban ya con las manos, cuando \u00e9l, derribando a uno de un pu\u00f1etazo, y dando a la derecha un salto inveros\u00edmil, se intern\u00f3 en los grandes cafetales nuevamente.<\/p>\n<p>Por la primera vez, ya dentro del cafetal, oscil\u00f3, remolin\u00f3 y se par\u00f3 desconcertada la turba. Algunos empezaron a encontrar in\u00fatil su carrera fatigosa, imaginando en salvo a la pieza y borrada su pista, cuando volvieron a \u00e9sta por unos gajos rotos y manchados de sangre. El hombre, a su entrada en el cafetal, se hab\u00eda destrozado las ropas y desgarrado profundamente las carnes contra las espinas de un naranjero. Deb\u00eda de estar no muy lejos, al abrigo de las frondas&#8230; Y adem\u00e1s del rastro de sangre que iba marcando sus huellas, lo denunci\u00f3 el bullicioso vuelo de una bandada de pericos. A la bulla de los loros montaraces y a la algazara de los hombres encaminados otra vez con seguridad sobre u pista, el negro trashumante corri\u00f3 de los podridos troncos de bucare, entre los que se disimul\u00f3 por un momento, a guarecerse entre las altas ra\u00edces de un matapalo, que sobresal\u00edan de la tierra y a flor de tierra se desparramaban como los tent\u00e1culos de un pulpo. Mas, como los otros lo vieron antes que \u00e9l tuviera tiempo de ocultarse, de nuevo se encontr\u00f3 forzado a correr, a correr siempre, despedaz\u00e1ndose las ropas, rompi\u00e9ndose las carnes contra las matas de caf\u00e9 y algunos \u00e1rboles de espinas, turbado y entontecido por los otros que, detr\u00e1s de \u00e9l y progresivamente lo empujaban de la densa mara\u00f1a del arbolado hacia lo limpio del barbecho.<\/p>\n<p>Fue entonces cuando vol\u00f3 al pueblo y en el pueblo se esparci\u00f3 la noticia de hab\u00e9rsele cogido, porque \u00e9l mismo se vio y los dem\u00e1s lo creyeron cogido en lo limpio de la sabana. Sin embargo, tambi\u00e9n en la Sabana de los Muertos logr\u00f3 escapar, descolg\u00e1ndose, para correr despu\u00e9s quebrada abajo por la pe\u00f1ascosa del Pajarito. Palomas acogidas a sestear al frescor de la quebrada volaron hacia el \u00c1vila en sesgo vuelo de susto. En la carrera, el negro mir\u00f3 centellear, bajo una ceja de verdura, el ojo contemplativo de un pozo, y se precipit\u00f3 al brillo del agua como un venado sediento. No pens\u00f3 ya sino calmar el martirio de la sed. Y cuando lo hubo calmado y se hall\u00f3 de nuevo en pie, como si juzgara imposible su fuga, o estuviese resignado a rendirse, en vez de seguir la carrera, dio el frente a la fren\u00e9tica jaur\u00eda humana.<\/p>\n<p>-\u00a1No me maten! \u00a1No me maten! Yo no lo cort\u00e9: \u00e9l se cort\u00f3 porque quiso. Yo soy un hombre honrado. Yo no les rob\u00e9 a ustedes los reales; la suerte me los dio.<\/p>\n<p>El se cort\u00f3 a s\u00ed mismo: yo no hice fuerza con el machete, ninguna.<\/p>\n<p>Cuando acab\u00f3 de hablar se hallaba rodeado por toda la pandilla y con las manos a la espalda atadas con cordeles y correas a estilo de esposas. Bajo la griter\u00eda jubilante de escarnio, uno de los perseguidores furiosamente vengaba su ropa hecha trizas, arrancando y esparciendo los andrajos que al hombre quedaban de la suya.<\/p>\n<p>-Vamos al pueblo, para que digas eso que ahora dices, a ver si te hacen caso -le sopl\u00f3 otro en la nuca, mientras le daba tal empell\u00f3n, que el hombre sin el equilibrio de los brazos, bambole\u00f3 y estuvo a punto de caerse.<\/p>\n<p>-Yo me entregu\u00e9, \u00bfpor qu\u00e9 me maltratan?<\/p>\n<p>La respuesta se la dio un charro en una bofetada terrible: -\u00bfPor qu\u00e9 no te escapas ahora? Anda, vete: v\u00e1lete de tus artes de brujo.<\/p>\n<p>Un\u00e1nimes carcajadas de mofa saludaron esta salida, y una lluvia de bofetadas empez\u00f3 a caer sobre el prisionero.<\/p>\n<p>-Anda, hombre, haznos una brujer\u00eda -le dijo Bartolo el pesador de carne del pueblo, y le tir\u00f3 de una oreja, tan brutalmente, que la oreja medio desprendida llor\u00f3 un chorro de p\u00farpura sobre el \u00e9bano de la cara. Ebrio de dolor, el hombre se tambale\u00f3, sofocando un alarido. Su rostro de negro asumi\u00f3, en la s\u00fabita palidez, el tono de la ceniza, mientras los labios rayaban la ceniza de la faz con una blancura espantosa.<\/p>\n<p>-\u00a1No me maten! \u00a1no me maten! \u00a1Por Dios! Yo no soy brujo. No es verdad. Yo no soy brujo.<\/p>\n<p>Y como el hombre hiciera un esfuerzo por desatarse las manos y huir, el mozo de la pesa de carne le labr\u00f3 con un cuchillo un sedal en el vientre, a la vez que otro le asestaba un machetazo tan tremendo en los hombros que una verdadera ola de tibio carm\u00edn salt\u00f3, reparti\u00e9ndosele por el pecho y la espalda.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es eso, muchachos? \u00a1No lo maten! \u00a1D\u00e9jenlo! \u00a1D\u00e9jenlo! -clam\u00f3 una especie de albino a quien llamaban el catire Facundo, y se constituy\u00f3 en el jefe de la banda, con un gesto y un grito-. \u00bfPor qu\u00e9 lo van a atar? \u00bfNo ven que tenemos que llevarlo para el pueblo? \u00bfQu\u00e9 dir\u00e1n los otros? Qu\u00edtese de ah\u00ed, socio, y no vuelva con sus machetazos. \u00a1Carama!, por un tris lo deja fr\u00edo. Y a echar palante, que se hace tarde, y nos est\u00e1n esperando en el pueblo. \u00a1Alza, arriba, y al pueblo, muchachos!<\/p>\n<p>De ah\u00ed se apresuraron unos cuantos a llevar noticias al pueblo. Algunos se les hab\u00edan adelantado, y otros les imitaron despu\u00e9s, de suerte que en la poblaci\u00f3n a cada instante se recib\u00edan noticias de c\u00f3mo, cu\u00e1n y por d\u00f3nde ven\u00edan los mozos con el brujo. La multitud, estacionada en el camino real, fue poco a poco subiendo por las distintas calles, para api\u00f1arse en el extremo norte de \u00e9stas en la plaza misma. De ese punto ver\u00edan cuando llegaran los otros por la parte opuesta.<\/p>\n<p>Entretanto los otros avanzaban hacia esta parte del pueblo por los callejones de la hacienda vecina, los guardianes, abrumando a golpes, a risas de sarcasmo, a motes de burla al prisionero, y el prisionero, silencioso, desangr\u00e1ndose y ti\u00f1endo el suelo de p\u00farpura, mientras los bucares florecidos lloraban sangre sobre todos. Por un acuerdo t\u00e1cito, en el pueblo procuraban todos que el cura no supiese nada.<\/p>\n<p>Solo uno, obedeciendo a un escr\u00fapulo tard\u00edo, a \u00faltima hora y por trascorrales, anunci\u00f3 al desprevenido pastor cuanto pasaba entre las ovejas. Y el haz de noticias entr\u00f3 como un pu\u00f1al en el coraz\u00f3n del cura.<\/p>\n<p>-\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Dios m\u00edo! -balbuce\u00f3 en el dolor de un repentino y profundo arrancamiento, y corri\u00f3 desolado hacia la puerta de la calle.<\/p>\n<p>La multitud romp\u00eda en la plaza, inund\u00e1ndola de clamores:<\/p>\n<p>-\u00a1Muera! \u00a1Muera!<\/p>\n<p>En el portal de la tahona vociferaba la cabeza de Medusa:<\/p>\n<p>-\u00a1La sangre de mi hijo! \u00a1La sangre de mi hijo!<\/p>\n<p>El padre Seraf\u00edn desde la puerta de la rectora, sigui\u00f3 con los ojos a la multitud que corr\u00eda hacia el altozano del pueblo. Volvi\u00f3 sus ojos a ese punto, y all\u00ed, cercado de forajidos de facciones bestiales y de ropas en flecos apareci\u00f3 el hombre. Al verlo, chorreando sangre y casi desnudo, vivo Ecce-Homo, sanguina monstruosa en fondo de sepia, el padre Seraf\u00edn, turbad\u00edsimo, abri\u00f3 los brazos en cruz y cay\u00f3 de rodillas frente al hombre como ante una aparici\u00f3n del Crucificado:<\/p>\n<p>-\u00a1Dios m\u00edo, perd\u00f3n! \u00a1Dios m\u00edo, perd\u00f3n! \u00a1Qu\u00e9 han hecho!<\/p>\n<p>Viejos, muchachos, cuantos hab\u00edan esperado en el camino, sub\u00edan en tumulto adonde estaba el hombre, a desquitarse en \u00e9l del ansia de la espera. Las comadres que se esquivaban hasta ah\u00ed detr\u00e1s de las junturas de las puertas, o se asomaban a los postigos de las ventanas, recorr\u00edan ahora las calles y aumentaban el tumulto, cual si a la vista del hombre sangriento se hubieran sentido animosas.<\/p>\n<p>Algunas portaban machete o cuchillo. Una de ellas avanz\u00f3 hacia el mismo pecho del brujo, y lo escupi\u00f3 en la cara. Ante el salivazo agresivo y el persistente avance de la multitud, el miserable, temblando de terror, prorrumpi\u00f3 en una queja:<\/p>\n<p>-\u00a1Si me van a matar, Dios m\u00edo, no me dejen morir sin confesi\u00f3n!<\/p>\n<p>Facundo crey\u00f3 de ley cumplir la voluntad religiosa del reo, y fue en busca del padre Seraf\u00edn, para que \u00e9ste oyera en confesi\u00f3n al brujo. El padre Seraf\u00edn iba y ven\u00eda como un loco por la plaza, amonestando a unos, reprendiendo a otros habl\u00e1ndoles de amor, persuadi\u00e9ndoles caridad, sin que ninguno lo entendiera.<\/p>\n<p>Por \u00faltimo se enderez\u00f3 al altozano, y desde ah\u00ed comenz\u00f3 a predicarles, volcando el ingenuo y c\u00e1ndido jard\u00edn de su coraz\u00f3n sobre el fosco oleaje de la turba.<\/p>\n<p>-\u00a1Hombres! \u00a1Hermanos! \u00bfQu\u00e9 hab\u00e9is hecho? Yo cre\u00eda que las palabras de flor, que todas las florecitas del Padre Ser\u00e1fico, a quien est\u00e1 consagrado este pueblo, yo las hab\u00eda guardado por siempre en vuestros corazones como en relicarios vivos. \u00bfNo os he dicho yo que es gran pecado verter la misma sangre de las t\u00f3rtolas? \u00bfNo os he dicho que es gran pecado cortar in\u00fatilmente los \u00e1rboles mismos, como vosotros lo hac\u00e9is a la orilla de los tablones, para mantener en alto y a vista el machete, porque la savia y la resina que manan de un \u00e1rbol herido son la sangre y las l\u00e1grimas del \u00e1rbol? Pues \u00a1cu\u00e1nto mayor pecado no ser\u00e1, oh, hermanos, derramar la sangre precio-, aluna del hombre!<\/p>\n<p>Nadie le o\u00eda. Algunos aprobaban por h\u00e1bito, por .f\u00f3rmula, pero de un modo extra\u00f1o, sonriendo. De pronto, alguien le habl\u00f3 detr\u00e1s; era el catire Fa-Padre Seraf\u00edn: venga a confesarlo.<\/p>\n<p>-\u00bfA confesarlo? \u00bfAcaso va a morir?<\/p>\n<p>-De morir tiene: ha robado, ha matado y es brujo.<\/p>\n<p>-\u00a1Hombres! \u00a1Hermanos! \u00a1Por Dios! \u00a1No hay brujos: eso de los brujos es mentira, superstici\u00f3n e ignorancia! Y si ese hombre ha matado y ha robado, para \u00e9l hay jueces. \u00bfPor ventura sois jueces vosotros? \u00a1No, no hermanos! Al mismo criminal debemos amor en el nombre de Cristo. Vamos a lavarle la sangre, que no solo a \u00e9l sino tambi\u00e9n a todos nosotros nos mancha, y despu\u00e9s de lavarlo con nuestras manos y de pedirle perd\u00f3n, bes\u00e1ndole los pies con nuestras bocas, lo entregaremos a los jueces.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 jueces ni jueces, padre! \u00bfUsted no recuerda c\u00f3mo est\u00e1n las cosas?<\/p>\n<p>En esas palabras el padre Seraf\u00edn recibi\u00f3 de la realidad un golpe rudo. Era el fin de una guerra de a\u00f1os. La revoluci\u00f3n, aunque triunfante en la capital, no acababa nunca de constituirse en gobierno. Mientras tanto las aldeas, y en las aldeas los hombres, administraban justicia por s\u00ed mismos.<\/p>\n<p>-Suponiendo que los muchachos lo dejaran llevar para Caracas, o se puede ir en el camino, o en Caracas lo sueltan como un estorbo. D\u00edgame, pues, si lo va a confesar o no. Adem\u00e1s, de todas maneras va a morirse, porque&#8230; yo creo que tiene agujereada la panza.<\/p>\n<p>-\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Dios m\u00edo! -murmur\u00f3 el padre Seraf\u00edn en la angustia de no hallar medio de salvar al hombre.<\/p>\n<p>De repente, el hombre dijo: -Tengo sed.<\/p>\n<p>-\u00bfO\u00eds? \u00bfO\u00eds, hermanos? -aventur\u00f3 el cura-. Son las mismas palabras de Jes\u00fas en la agon\u00eda. \u00bfQu\u00e9 dir\u00edais vosotros, oh, hermanos, qu\u00e9 dir\u00edais vosotros, si hubieseis injuriado, maltratado y herido al mismo Jes\u00fas en la figura de ese hombre? -No diga eso, padre, \u00bfCristo negro?<\/p>\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9 no? El no muri\u00f3 por \u00e9ste o por aqu\u00e9l, sino por todos: \u00e9l es de todos los hombres y de todas las razas.<\/p>\n<p>-Pero no hab\u00eda matado, ni robado, ni. . . Facundo pens\u00f3 agregar \u00abni ser\u00eda brujo\u00bb, pero se guard\u00f3 de ello para no impacientar m\u00e1s al padre Seraf\u00edn. Este pensaba: \u00ab\u00bfQu\u00e9 hacer? \u00bfQue hacer, Dios m\u00edo?\u00bb El cacique del pueblo, que siempre con mucha deferencia le o\u00eda, estaba lejos, guerreando. El que hac\u00eda ahora las veces de Jefe Civil, formaba entre las peores cabezas del tumulto. No le ocurri\u00f3 sino un medio: \u00abquiz\u00e1s en la iglesia no se atrever\u00edan\u00bb.<\/p>\n<p>-\u00a1Bueno!, voy a confesarlo. Llamen al sacrist\u00e1n para que abra la iglesia.<\/p>\n<p>-No, padre -advirti\u00f3 Facundo-. Los muchachos han pensado ya que no debe ser en la iglesia. Quieren que sea en el mismo camino real, casa de don Jos\u00e9, en la trastienda de la pulper\u00eda.<\/p>\n<p>-Pero \u00bfqu\u00e9 intentan ustedes, hermanos?<\/p>\n<p>Los m\u00e1s pr\u00f3ximos bajaron la cabeza. La voz del hombre torn\u00f3 a o\u00edrse:<\/p>\n<p>-\u00a1Tengo sed!<\/p>\n<p>Y el padre Seraf\u00edn, ya sin esperanzas de salvar al hombre, ech\u00f3 a correr hacia la casa parroquial en busca de un vaso de agua. Cuando volvi\u00f3 a salir con el agua, a trav\u00e9s de la plaza descend\u00eda la l\u00fagubre procesi\u00f3n; el hombre a la cabeza. El padre se acerc\u00f3 al prisionero, y despu\u00e9s de darle el agua, que el hombre sorbi\u00f3 con furia, se abraz\u00f3 a \u00e9l y fue protegi\u00e9ndolo con su cuerpo hasta la entrada de la pulper\u00eda.<\/p>\n<p>-Mire, padre, si el hombre no es brujo -grit\u00f3 un desalmado, y arranc\u00e1ndole un mech\u00f3n de pelo al miserable indefenso lo tir\u00f3 al aire. Todos, en el soplo de la brisa, vieron al mech\u00f3n reciamente ensortijado convertirse en un murci\u00e9lago.<\/p>\n<p>Durante la confesi\u00f3n, el pueblo en masa esperaba en la calle, con el sordo y grave zumbar bullente de c\u00f3lera de una enorme colmena.<\/p>\n<p>El padre Seraf\u00edn, acabada la confesi\u00f3n, apareci\u00f3 en la puerta:<\/p>\n<p>-\u00a1Por \u00faltima vez, hermanos! Por \u00faltima vez, o\u00edd: ese hombre est\u00e1 sin pecado. Os lo juro. Ese hombre es inocente. Ya lo hab\u00e9is matado y est\u00e1 moribundo. Por las gloriosas llagas de Cristo, por nuestro santo patr\u00f3n, dejadle morir en paz.<\/p>\n<p>Dejadle morir en paz, o la sangre de ese hombre caer\u00e1 sobre todos nosotros, caer\u00e1 sobre este pueblo por los siglos de los siglos.<\/p>\n<p>Con un esfuerzo heroico, el hombre se levant\u00f3 de su lecho de agon\u00eda y surgi\u00f3 detr\u00e1s del cura en el vano de la puerta.<\/p>\n<p>-S\u00ed, s\u00ed, \u00a1perd\u00f3n! \u00a1Morir en paz! -balbuce\u00f3 lamentablemente.<\/p>\n<p>Y como el padre Seraf\u00edn se apartara un poco, el hombre cay\u00f3 hacia afuera y de soslayo, presa de mortal vah\u00eddo. Uno del mot\u00edn, que se hallaba cerca, imaginando o pretextando imaginar una agresi\u00f3n, par\u00f3 al hombre en su machete, y salt\u00f3 un chorro de sangre tal, como no lo sospechara nadie en aquella negrura que ya no era m\u00e1s que un p\u00e1lido mont\u00f3n de ceniza. En confusi\u00f3n laber\u00edntica se precipit\u00f3 la turba al husmeo de la sangre. El hist\u00e9rico paroxismo de las mujeres predominaba en el tumulto, que ces\u00f3 cuando apenas quedaba del hombre en medio de la calle una masa inerte, rojiza y disforme. Una impura vieja desdentada hurg\u00f3 con su machete la masa rojiza. mascullando:<\/p>\n<p>-Dicen que los brujos se hacen los muertos, como los rabipelados.<\/p>\n<p>Y de un tajo habil\u00edsimo al cuerpo ya ex\u00e1nime le mutil\u00f3 el sexo.<\/p>\n<p>El padre Seraf\u00edn, p\u00e1lido y de rodillas junto al cad\u00e1ver, musitaba una oraci\u00f3n, abiertos los brazos, clavados los ojos en el azul impasible. Algo dentro de su coraz\u00f3n palpit\u00f3, brill\u00f3 y se apag\u00f3 como una llamita tr\u00e9mula. Levant\u00f3se despu\u00e9s, march\u00f3 hasta el altozano y lo cruz\u00f3 de rodillas. AI llegar a la puerta del templo, se detuvo, y no os\u00f3 penetrar en sagrado. En seguida sali\u00f3 del pueblo, rumbo a \u00c1vila y camin\u00f3 bajo el llanto de sangre de los bucares hasta perderse de vista.<\/p>\n<p>En el \u00e9ter, muy di\u00e1fano, parpade\u00f3 un lucero. El \u00c1vila, con su calvez de la cima y en la imponderable pureza de la luz, claro, fuerte y sereno, se ergu\u00eda sobre el paisaje como un incorruptible testimonio.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, no se encontraba al padre Seraf\u00edn en parte alguna. Hab\u00eda desaparecido. Muy turbados de conciencia, varios mozos del pueblo convinieron en salir juntos a buscarle. Despu\u00e9s de tres o m\u00e1s d\u00edas de vanas pesquisas por las quiebras del monte, lo hallaron en devota actitud al pie de un alto pe\u00f1\u00f3n que el Sebuc\u00e1n labra y pule con su perenne beso cristalino. Al o\u00edrlos acercarse y hablar, el padre Seraf\u00edn volvi\u00f3 a ellos el rostro. Los acogi\u00f3 con semblante risue\u00f1o, como si los aguardase:<\/p>\n<p>-El Se\u00f1or del cielo me ha distinguido entre todas las criaturas. Porque hice de mi pueblo un reba\u00f1o de suav\u00edsimas ovejas, mi padre San Francisco intercedi\u00f3 por m\u00ed para que el Se\u00f1or me honrase como a \u00e9l, d\u00e1ndome sus rosas divinas. Mirad.<\/p>\n<p>Y el padre, sonriendo con aquella sonrisa de ciertas locuras dulces que debe ser la misma de la felicidad perfecta, a los del pueblo confundidos mostr\u00f3 las manos y el pecho desnudo en donde la aspereza y los abrojos del \u00c1vila prendieron tres vivas rosas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/manuel-diaz-rodriguez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez -\u00a1Ya lo traen! \u00a1Ya lo traen! -\u00bfPor d\u00f3nde? -Por el cementerio. Dicen que lo alcanzaron en el cementerio. La multitud, fatigada, nerviosa de tanto esperar, se arremolin\u00f3 y empez\u00f3 a deshacerse. 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