{"id":15737,"date":"2025-04-06T14:33:00","date_gmt":"2025-04-06T19:03:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15737"},"modified":"2025-04-06T15:18:07","modified_gmt":"2025-04-06T19:48:07","slug":"los-signos-trascendentes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-signos-trascendentes\/","title":{"rendered":"Los signos trascendentes"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-left\"><strong><em>Tendencias y relatos de la nueva narrativa venezolana<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n\n\n\n<p>Dentro de los movimientos, fases o etapas que han condicionado la evo\u00adluci\u00f3n de la literatura occidental, Octavio Paz quiso ver en la segunda mitad de centuria ya concluida la hora de la irrupci\u00f3n de la literatura his\u00adpanoamericana. Si la primera mitad del siglo XX, recordaba el maestro mexicano, nos permiti\u00f3 acceder al mundo fascinante de la literatura rusa, la mitad restante marcar\u00eda el momento en que la literatura hispanoamerica\u00adna encontraba al fin una audiencia m\u00e1s global. Operaci\u00f3n m\u00e1s pol\u00edtica o comercial que est\u00e9tica, esta llamada irrupci\u00f3n literaria parec\u00eda responder m\u00e1s a las estrategias editoriales de un Carlos Barral que a la verdadera cohesi\u00f3n de un programa discursivo del continente. Sin lugar a dudas, la novel\u00edstica hispanoamericana de los a\u00f1os 60 fue la primera vitrina del museo viviente. A trav\u00e9s de esas prodigiosas novelas, el mundo descubr\u00eda una verdadera historia literaria \u2014vigente al menos desde los cronistas de Indias o desde las primeras tentativas coloniales\u2014, una historia que amane\u00adc\u00eda en el siglo XVI con las cr\u00f3nicas del deslumbramiento de un Bernal D\u00edaz del Castillo o que asomaba sus primeros signos de madurez con el discur\u00adso mestizo de un Inca Gracilaso, una historia que fecundaron viajeros de toda \u00edndole y que quiso ser barroca en la prosa inteligente de Sor Juana In\u00e9s de la Cruz, una historia que se permiti\u00f3 postulados libertarios, escenas cos\u00adtumbristas, inventarios interminables de la flora <em>y <\/em>la fauna americanas, una historia que dej\u00f3 de ser est\u00e9ticamente receptora con el modernismo hispa\u00adnoamericano (nuestra m\u00e1s fiel acepci\u00f3n de lo que en Europa fuere el romanticismo) y que comenz\u00f3 a condicionar otras literaturas (pensemos solamente en las lecturas que Garc\u00eda Lorca y toda la generaci\u00f3n del 27 hicieran de Rub\u00e9n Dar\u00edo).<\/p>\n\n\n\n<p>C\u00f3mo y por qu\u00e9 esa primera proyecci\u00f3n se da en la d\u00e9cada de los a\u00f1os 60 son preguntas que ya se han intentado responder. Confluyeron, sin duda, variables como el <em>tempo <\/em>pol\u00edtico que introduce la revoluci\u00f3n cubana y que demarca a todas las familias est\u00e9tica del continente, la b\u00fasqueda de un cen\u00adtro de comunicaciones (que bien pod\u00edan ser Par\u00eds o Barcelona) donde los escritores pudieran reunirse y reconocerse m\u00e1s all\u00e1 de las vicisitudes pol\u00ed\u00adticas (pensemos en la plataforma ideol\u00f3gica que amparaba proyectos como el de la revista <em>Libre), <\/em>el oscurecimiento intelectual y editorial que prodi\u00adgaba el franquismo y que daba pie a corrientes est\u00e9ticas no peninsulares y, <em>last but not least, <\/em>la coincidencia en tiempo y espacio de un grupo de obras prodigiosas que, sin duda, se\u00f1alaban la madurez de un movimiento, de una conciencia cultural. Esa explosi\u00f3n \u2014o <em>boom, <\/em>como quiso llamarlo el grupo de editores que apost\u00f3 a la difusi\u00f3n del movimiento\u2014 nos permiti\u00f3 ver hacia atr\u00e1s (reconoc\u00edamos, de hecho, una historia y ve\u00edamos estas obras como un legado) y nos ha permitido tambi\u00e9n ver hacia adelante (como si ese momen\u00adto nos hubiera dotado de un bar\u00f3metro con el que medimos y seguimos midiendo la \u00abpresi\u00f3n atmosf\u00e9rica\u00bb o salud del movimiento). Lo cierto es que las obras de la literatura hispanoamericana circulan por nuestras manos con una vitalidad asombrosa. Como lectores, asistimos a revisiones o \u00abdes\u00adcubrimientos\u00bb del pasado (alg\u00fan autor o movimiento olvidado) o a la apa\u00adrici\u00f3n de las nuevas tendencias narrativas o po\u00e9ticas que esgrimen los m\u00e1s j\u00f3venes autores. En dos recientes tentativas antol\u00f3gicas, <em>Las horas y las hordas <\/em>y <em>El turno y la transici\u00f3n, <\/em>ambas publicadas en 1997 por la edito\u00adrial mexicana Siglo XXI, el cr\u00edtico peruano Julio Ortega ha intentado un arriesgado esbozo de la \u00abliteratura que vendr\u00e1\u00bb compilando sendas mues\u00adtras de narrativa y poes\u00eda e intentando descubrir desde ya, as\u00ed sea germi\u00adnalmente, las tendencias est\u00e9ticas que dominar\u00e1n la centuria que se inicia. Por lo dem\u00e1s, en el vasto campo de la recepci\u00f3n, no ha faltado la nota ex\u00f3\u00adtica que ha querido reservar esta literatura como el \u00faltimo basti\u00f3n del ima\u00adginario de Occidente \u2014ojo logoc\u00e9ntrico que sigue necesitando de bestiarios o plantas carn\u00edvoras para autoafirmarse. S\u00f3lo que los tiempos han sabido sedimentar tentativas como el realismo m\u00e1gico o maravilloso y colocarlas en su justo lugar, demostrando quiz\u00e1s con ello que las novelas que a\u00fan cir\u00adculan bajo ese empaque m\u00e1s parecen supervivencias editoriales que los estrategas del mercado quieren imponer que tendencias naturales de los \u00faltimos tiempos. Venga, no obstante, a colaci\u00f3n la magistral sentencia de Jorge Luis Borges cuando admit\u00eda que en Occidente la literatura realista era de reciente data y que m\u00e1s nos deb\u00edamos al fuero fant\u00e1stico que, desde las cosmogon\u00edas fundadoras hasta Maupassant o Stevenson, nos determina como cultura.<\/p>\n\n\n\n<p>Como part\u00edcula de este sistema, como nudo de este entramado, la litera\u00adtura venezolana es una figura expresiva m\u00e1s de la literatura hispanoameri\u00adcana. Quiz\u00e1s menos conocida o estudiada que otras (como la mexicana o la argentina), quiz\u00e1s menos presente en los centros acad\u00e9micos norteamerica\u00adnos o europeos (verdaderos mecanismos actuales de legitimaci\u00f3n), quiz\u00e1s menos difundida por los centros editores que determinan hoy en d\u00eda la cir\u00adculaci\u00f3n de las obras en lengua castellana, los movimientos de la literatura venezolana en los \u00faltimos dos siglos pueden rastrearse \u2014m\u00e1s en unos casos y menos en otros\u2014 como ecos de lo que suced\u00eda en el continente. Tuvimos, por ejemplo, una prodigiosa literatura libertaria a comienzos del siglo XIX que permiti\u00f3 \u00abtraducir\u00bb en suelo venezolano todo el pensamiento del \u00absiglo de las Luces\u00bb y fundar las bases de lo que fue la emancipaci\u00f3n americana, tuvimos un organizador de la cultura y del idioma como Andr\u00e9s Bello y un visionario cr\u00edtico de las formas republicanas como Sim\u00f3n Rodr\u00edguez, tuvi\u00admos nuestros nativistas y costumbristas (acaso un eco tard\u00edo de los cronis\u00adtas de Indias, empe\u00f1ados a\u00fan en inventariar usos y costumbres), tuvimos a nuestro modo un modernismo (con la figura pionera de Jos\u00e9 Antonio Ramos Sucre) y una secuela de postmodernistas, tuvimos en las novelas de Teresa de la Parra y en las de R\u00f3mulo Gallegos dos acepciones, dos mode\u00adlos de reapropiaci\u00f3n de la realidad que se mostraba despu\u00e9s de la prolon\u00adgada dictadura de Juan Vicente G\u00f3mez. No obstante, la sensaci\u00f3n de cuer\u00adpo organizado, de historia cifrada, se desconoce. Tentativas recientes \u2014en el campo editorial y en el acad\u00e9mico\u2014 procuran remedar este olvido y se conciben como verdaderos mecanismos de <em>puesta al d\u00eda <\/em>tanto para los pro\u00adpios lectores hispanohablantes como para los dem\u00e1s. Sirva tan s\u00f3lo de ejemplo el voluminoso tomo doble que la <em>Revista Iberoamericana <\/em>de la Universidad de Pittsburg (Vol. LX, 166-167) dedicara a la literatura vene\u00adzolana en su entrega de junio de 1994.<\/p>\n\n\n\n<p>Situada al extremo norte del continente suramericano, costa donde por primera vez Crist\u00f3bal Col\u00f3n pisa tierra firme en agosto de 1498, regi\u00f3n donde la monarqu\u00eda espa\u00f1ola inicia una avanzada explotaci\u00f3n perl\u00edfera y donde Bartolom\u00e9 de las Casas, con el mejor temple evang\u00e9lico, comienza a esbozar sus primeras ideas visionarias en torno a la condici\u00f3n del alma ind\u00edgena, tierra que Carlos V entrega en comodato a sus acreedores welza\u00adres y que el alucinado Lope de Aguirre recorre en las postrimer\u00edas de su vida en busca de Eldorado, capitan\u00eda general que se consolida en el siglo XVIII y que prospera econ\u00f3micamente a costa de la exportaci\u00f3n del cacao, del caf\u00e9 y del tabaco, la historia republicana de Venezuela puede resumir\u00adse a los siglos XIX y XX. S\u00f3lo en 1821 Sim\u00f3n Bol\u00edvar logra sellar un des\u00adtino para el pa\u00eds distinto al de la apacible colonia espa\u00f1ola y s\u00f3lo a partir de 1830 el caudillo Jos\u00e9 Antonio P\u00e1ez logra borrar las veleidades rom\u00e1nti\u00adcas de formar una \u00abGran Colombia\u00bb en lo que antes era el virreinato de Nueva Granada y que hubiera permitido fundir en un solo territorio y bajo una sola bandera lo que hoy es Colombia, Ecuador y Venezuela. S\u00ed, entra\u00admos tarde en el siglo XIX y la llamada guerra de Independencia s\u00f3lo fue el pre\u00e1mbulo de guerrillas de facciones que se prolongan durante todo el siglo, diezman al pa\u00eds y empobrecen su econom\u00eda. La entrada en el siglo XX tampoco fue tempranera y los historiadores coinciden en admitir que se produce en 1936, cuando fallece el dictador Juan Vicente G\u00f3mez y el pa\u00eds adivina las primeras formas de la democracia contempor\u00e1nea.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de la consabida historiograf\u00eda que parece dise\u00f1ar un destino inc\u00f3lume para hombres, ideas y movimientos, puede imaginarse el territo\u00adrio venezolano como una trama equilibrado de tensiones. Una primera ten\u00adsi\u00f3n es la que recorre la larga l\u00ednea costera del pa\u00eds desde la pen\u00ednsula de La Goajira \u2014en el extremo occidental colindante con Colombia\u2014 hasta la desembocadura del milenario r\u00edo Orinoco. Corresponde esta l\u00ednea a los pri\u00admeros asientos continentales, a los primeros desarrollos agr\u00edcolas, a los cre\u00adcientes centros urbanos. Esta l\u00ednea enfatiza nuestro destino costero, caribe\u00ad\u00f1o; quiere reconocer una arquitectura com\u00fan al resto de los pa\u00edses de la regi\u00f3n, una idiosincrasia, un humor abierto y jocoso. De hecho, la concen\u00adtraci\u00f3n poblacional del pa\u00eds es b\u00e1sicamente costera y se desplaza de un punto a otro conforme a sus necesidades. Una segunda tensi\u00f3n \u2014perif\u00e9rica, oscura, organizada\u2014 es la que se concentra en el ramal monta\u00f1oso que se desprende del espinazo andino y penetra como una l\u00ednea dilatada en el territorio venezolano hasta diluirse casi en el centro geogr\u00e1fico del pa\u00eds. Hogar de la precolombina cultura sedentaria timoto-cuica, una superviven\u00adcia perif\u00e9rica de los chibchas colombianos, los Andes venezolanos han pre\u00addeterminado buena parte de la historia contempor\u00e1nea del pa\u00eds. Su gentili\u00adcio es m\u00e1s bien continental y sus formas culturales son m\u00e1s bien cerradas. La reserva y el c\u00e1lculo son dos de las divisas de esta apuesta civilizatoria. Una tercera tensi\u00f3n es la que divide el pa\u00eds entre la zona costera y el Sur amaz\u00f3nico. Es la l\u00ednea de depresi\u00f3n geogr\u00e1fica que damos por llamar los Llanos. Regi\u00f3n de extremos \u2014extenuantes sequ\u00edas en verano e impredeci\u00adbles inundaciones en invierno\u2014 los Llanos preservan el car\u00e1cter \u00e9pico de la cultura venezolana. Sus habitantes son figuraciones de la propia tierra y, desde los tiempos de la guerra de Independencia, personajes enigm\u00e1ticos pero determinados. La cuarta y \u00faltima tensi\u00f3n, verdadera <em>terra incognita <\/em>del presente actual, es toda la porci\u00f3n de tierra que crece a manera de jun\u00adgla, cascadas prodigiosas y etnias segregadas, al sur del r\u00edo Orinoco. Casi la mitad del territorio nacional respira virgen como un escudo que a\u00fan resiste las oleadas civilizatorias y los desmanes ecol\u00f3gicos que llegan desde el Norte. El Sur selv\u00e1tico venezolano preserva intacto el mito de El dorado y nos permite una figuraci\u00f3n palpable de la otredad. Mientras permanezca, el concepto de la alteridad, de la extra\u00f1eza, seguir\u00e1 ocupando las p\u00e1ginas de nuestras novelas o las im\u00e1genes de nuestros artistas. En el seno de nuestro imaginario, la selva indomable nos recuerda que podemos siempre volver al origen y perder nuestros nombres.<\/p>\n\n\n\n<p>Podr\u00eda admitirse como hip\u00f3tesis que las formas culturales de la venezo\u00adlanidad est\u00e1n predeterminadas por estas cuatro tensiones. M\u00e1s visibles en un caso que en otro, m\u00e1s rastreables en nuestra narrativa y m\u00e1s ocultas en nuestra poes\u00eda, correlato obvio de algunas obras o territorio que la subjeti\u00advidad po\u00e9tica niega al no creer en predeterminismos y aventurarse no ya en el inventario del ser sino en la invenci\u00f3n del ser, estas variables sirven como gu\u00edas, como esquemas referenciales para situar una obra o descolo\u00adcar otras. En el caso espec\u00edfico de la narrativa venezolana de los \u00faltimos a\u00f1os, estas l\u00edneas de fuerza parecen tener plena vigencia. El influjo del pai\u00adsaje como referente, el rescate de hablas y modos de ser, la alteridad entre personajes de diferentes regiones del pa\u00eds, la configuraci\u00f3n de las realida\u00addes sociales urbanas o rurales, el peso de un entorno marcado por circuns\u00adtancias econ\u00f3micas variables, los espacios de una subjetividad que quiere estar menos determinada por el entorno y m\u00e1s por sus propios demonios o elaboraciones, son variables todas que han determinado y a\u00fan determinan la evoluci\u00f3n de la narrativa venezolana. Un debate central que ha atravesa\u00addo el <em>corpus <\/em>pensante de la sociedad venezolana en el siglo ya concluido y del que la narrativa tambi\u00e9n se ha hecho eco es aqu\u00e9l que quiere oponer nuestro tradicional abolengo agr\u00edcola \u2014cultura sedentaria y ordenada que saborea y madura sus propias formas\u2014 a la irrupci\u00f3n del petr\u00f3leo como eco\u00adnom\u00eda minera de car\u00e1cter n\u00f3mada. Seg\u00fan esta concepci\u00f3n, el petr\u00f3leo y sus met\u00e1foras civilizatorias no fundan sentido; m\u00e1s bien lo diluyen. La cultura del petr\u00f3leo es una cultura de la migraci\u00f3n, de la b\u00fasqueda perenne, de la movilidad social. Nuestra casa no es \u00f3ptima en funci\u00f3n de las formas que ha podido definir en el tiempo sino en funci\u00f3n de la rapidez con que poda\u00admos deshacerla para fundar otra. De hecho, uno de los retos mayores de la \u00faltima narrativa ha sido el de c\u00f3mo crear sentido de pertenencia en medio de la constante movilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>La narrativa venezolana de comienzos del siglo XX <em>tiene <\/em>tres ejes <em>fun\u00addamentales. <\/em>El primero \u2014abrumador, omnipresente, monopolizador\u2014 es el que funda la obra de R\u00f3mulo Gallegos, sin duda nuestro m\u00e1s importante novelista. Gallegos responde a un verdadero programa art\u00edstico, de fuerte tinte ideol\u00f3gico, en el que se propone la conquista moderna del pa\u00eds por medios culturales. No hay paisaje, geograf\u00eda, idiosincrasia, que escape a ese verdadero inventario de formas y h\u00e1bitos. Gallegos crea un espejo demasiado completo, demasiado integral, demasiado absorbente, de la cul\u00adtura venezolana. Los a\u00f1os han pasado y su obra pesa en un doble sentido: como legado est\u00e9tico y como fardo con el que cargan los nuevos escritores venezolanos. Al lado del eje Gallegos, los otros dos constituyen verdade\u00adros respiraderos por sus postulados fragmentarios o introspectivos. No emulan la \u00e9pica galleguiana; m\u00e1s bien se proponen hurgar en la periferia del sentido. Teresa de la Parra se propone rescatar un tono discursivo, un habla, un sentido de la intimidad hogare\u00f1a, mientras que Julio Garmendia apuesta al formato fragmentario del relato y postula mundos ilusorios, fan\u00adt\u00e1sticos, que evaden con destreza el peso demasiado real de la historia ofi\u00adcial o cotidiana. A la impostaci\u00f3n de los personajes galleguianos \u2014dema\u00adsiado programados, voceros del \u00edmpetu modernizante que se respira en el pa\u00eds\u2014 de la Parra y Garmendia proponen personajes menos emblem\u00e1ticos, m\u00e1s cotidianos, m\u00e1s inseguros. A la objetividad grandilocuente oponen una subjetividad precaria, en ciernes, veros\u00edmil.<\/p>\n\n\n\n<p>En mayor o menor grado, puede admitirse que la narrativa m\u00e1s reciente hace suyas las cuatro tensiones del entorno arriba descritas y comulga est\u00e9\u00adticamente con los tres modelos o ejes citados. A manera de ejercicio, podr\u00eda pensarse en un muestrario de autores cuya obra ha determinado la segunda mitad del siglo XX. Tomando como per\u00edodo el que va desde 1948 hasta nuestros d\u00edas (pues la mayor\u00eda de los autores se mantiene activa), es bueno destacar que entre la ficha biogr\u00e1fica m\u00e1s remota (la de Oswaldo Trejo, nacido en 1928) y la m\u00e1s reciente (la de Laura Antillano, nacida en 1950) median un poco m\u00e1s de veinte a\u00f1os (veintid\u00f3s, para ser exactos). Y es que las d\u00e9cadas de los a\u00f1os 50, 60 y hasta 70 han sido claves para configurar la nueva apuesta narrativa del pa\u00eds. La impronta est\u00e9tica que durante la prime\u00adra mitad del siglo quer\u00eda repasar los valores de la tierra, testimoniar sobre la vida en las c\u00e1rceles gomecistas, alabar el mundo campesino, recorrer una y otra vez la prosperidad paisaj\u00edstica e imaginar, como esfuerzo extremo, una alteridad fant\u00e1stica, se desvanece en las postrimer\u00edas de los a\u00f1os 40 para dar cuenta de la ciudad como \u00abnuevo escenario del sentido\u00bb. En efecto, los a\u00f1os 50 le proporcionan a Venezuela no s\u00f3lo las figuras de un desarrollo moder\u00adno (concentraci\u00f3n urbana, grandes edificaciones, v\u00edas de comunicaci\u00f3n, obras sanitarias) sino tambi\u00e9n la apertura pol\u00edtica que significa haber aboli\u00addo el \u00faltimo par\u00e9ntesis dictatorial del siglo. La renovaci\u00f3n pol\u00edtica y social que se instaura a partir de 1958 trae consigo (y a veces viene antecedida por) una importante renovaci\u00f3n est\u00e9tica que canaliza sus \u00edmpetus a trav\u00e9s de gru\u00adpos, revistas y exposiciones. La hora intelectual ajusta su reloj con el del mundo entero y ning\u00fan postulado cultural nos es ajeno. Son los tiempos, por ejemplo, en que la primera novel\u00edstica de Salvador Garmendia o los prime\u00adros relatos de Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n hacen irrupci\u00f3n en el escenario para mostrarnos a otros personajes, otras circunstancias. El pa\u00eds ha cambiado violentamente y las obras de estos autores as\u00ed lo demuestran.<\/p>\n\n\n\n<p>El muestrario al que hemos hecho referencia permitir\u00eda varios recorridos. Uno, por supuesto, es el de la evoluci\u00f3n est\u00e9tica (las t\u00e9cnicas formales, los planos temporales, la asunci\u00f3n del sujeto, la voz narrativa). Un segundo nos permite recibir los distintos tiempos hist\u00f3ricos que pueden convivir en un lapso tan breve. Un tercero nos habla del ramillete de intereses tan varia\u00addos como contrapuestos. Un cuarto nos podr\u00eda hacer ver c\u00f3mo la tentativa enciclop\u00e9dica del discurso (tan abundante en la literatura hispanoamerica\u00adna es abandonada en pos de un tono menor, m\u00e1s circunstancial, menos \u00e9pico. Sin \u00e1nimo, pues, de condicionar la lectura m\u00e1s all\u00e1 de estos se\u00f1ue\u00adlos, s\u00ed valdr\u00eda la pena subrayar la importancia de algunas piezas narrativas claves. Publicado inicialmente en 1948, cuando Oswaldo Trejo tenia ape\u00adnas veinte a\u00f1os, <em>Escuchando al idiota <\/em>es el relato emblem\u00e1tico de los nue\u00advos tiempos. En \u00e9l no s\u00f3lo se percibe un nuevo lenguaje (vanguardista, po\u00e9tico, objetivo) sino que tambi\u00e9n el espacio caracter\u00edstico de la narrativa venezolana anterior \u2014abierto, colectivo, hist\u00f3rico\u2014 se troca por uno que s\u00f3lo nos da cuenta de <strong>un <\/strong>encierro. La desconfianza ante el paisaje exterior era un signo desconocido en la narrativa venezolana del momento. \u00abTan desnuda como una piedra\u00bb es un relato de madurez de Salvador Garmen\u00addia, quien se da a conocer a finales de los a\u00f1os 50 con sus novelas <em>Los peque\u00f1os seres y Los habitantes. <\/em>Garmendia tiene una admirable destreza para hurgar tanto en los signos de lo real que es capaz de darle vuelta a cualquier tejido y desnudarlo: al final el lector s\u00f3lo percibe que ha sido v\u00edc\u00adtima de una portentosa fuerza narrativa que le demuestra que los hechos son consustanciales a los eventos que los animan. El relato \u00abEn el lago\u00bb de Gonz\u00e1lez Le\u00f3n, incluido en el libro <em>Las hogueras m\u00e1s altas <\/em>(1957), es una admirable tentativa por abordar las codicionantes sociales del llamado \u00abespacio petrolero\u00bb. Con una combinaci\u00f3n de planos narrativos y buen manejo de la incertidumbre, Gonz\u00e1lez Le\u00f3n construye un breve fresco de la \u00e9poca en torno a un tema crucial de la cultura venezolana de este siglo no siempre abordado con comodidad por los autores de la segunda mitad de la centuria. Con \u00abCampo\u00bb, de Jos\u00e9 Balza, pr\u00e1cticamente saltamos a la producci\u00f3n narrativa de la promoci\u00f3n siguiente (la que recibe el influjo est\u00e9tico de la llamada \u00abgeneraci\u00f3n del 58\u00bb, comienza a publicar en las pos\u00adtrimer\u00edas de los a\u00f1os 60 y logra su reconocimiento en los a\u00f1os 70). Balza introduce una especie de gravidez psicol\u00f3gica en sus personajes nunca antes vista. La subjetividad asume en sus relatos un papel protag\u00f3nico que dilata las acciones y llega hasta dudar de la realidad. Con \u00abHelena\u00bb, Luis Britto Garc\u00eda \u2014otro representante clave de la promoci\u00f3n de Balza\u2014 intro\u00adduce otro esbozo de acercamiento a las nuevas realidades: el de la vertigi\u00adnosidad que no puede asirse y cuyo m\u00e1s fiel reflejo en el terreno de lo for\u00admal es el experimentalismo. Con su libro <em>Rajatabla <\/em>(1970), prodigioso compendio que debe leerse m\u00e1s como los fragmentos de una totalidad desconocida que como relatos aut\u00f3nomos, Britto Garc\u00eda cierra una etapa y abre otra. Su discurso es fundamentalmente cr\u00edtico y esc\u00e9ptico, y quiere ver en los tiempos que corren un signo de la fatalidad. La fresca propuesta que Francisco Massiani \u2014\u00faltimo representante de esta promoci\u00f3n de autores\u2014expone en \u00abUn regalo para Julia\u00bb, recupera un hilo extraviado desde los tiempos de Teresa de la Parra: el de la conversaci\u00f3n, el del habla, el de las esferas emocionales. La breve obra de Massiani pervive como un hito de la expresividad narrativa que tiene en Venezuela un linaje que ya se remonta hasta comienzos del siglo XX. Luego habr\u00eda que agregar a un grupo de autores nacidos entre 1945 y 1950 y cuyo denominador com\u00fan es el de haber comenzado a publicar desde 1970. M\u00e1s conocido como cr\u00edtico y poeta, Julio Miranda ha publicado desde 1990 una noveleta y cuatro colec\u00adciones de relatos. Su pieza \u00abLodazal\u00bb, ambientada en los circuitos art\u00edsti\u00adcos de la Caracas de hoy, da cuenta de la inmutabilidad de la miseria huma\u00adna m\u00e1s all\u00e1 de cualquier condicionante del entorno. Ednodio Quintero \u2014pr\u00f3digo narrador que se inicia en 1974 y que ya tiene en su haber varias novelas y colecciones de relatos\u2014 cumple en \u00abMar\u00eda\u00bb un extra\u00f1o itinerario en el que los signos de la ni\u00f1ez se funden con los de la madurez y en el que la religiosidad se transmuta en verdadera adoraci\u00f3n carnal. Con \u00abIncen\u00addios\u00bb, Humberto Mata se hunde en la <em>terror incognita <\/em>del Orinoco para fun\u00addir de una manera casi pl\u00e1stica paisaje y pasi\u00f3n, contexto e historia. Por \u00faltimo, el relato \u00abLa luna no es de pan-de-horno\u00bb de la escritora Laura Antillano nos remite nuevamente a la atm\u00f3sfera anunciada por Teresa de la Parra pero, quiz\u00e1s en este caso, m\u00e1s te\u00f1ida de melancol\u00eda y desarraigo. Antillano ha sido una autora de la constante evocaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Estas diez piezas de la segunda mitad del siglo XX condensan en s\u00ed mis\u00admas las corrientes vigentes de la narrativa venezolana de los \u00faltimos tiem\u00adpos, ofrecen un signo demarcador de obsesiones y tendencias. Historia con\u00addensada pero cambiante, historia fija pero tambi\u00e9n variable, son muchos los tiempos que han coincidido en la Venezuela de los \u00faltimos a\u00f1os. Con mayores o menores aciertos, la apuesta narrativa ha querido ofrecer un reflejo posible de una realidad en cierta medida desbordante. Son muchos los signos visibles de una cultura y \u00e9stos no siempre se traducen en formas expresivas. Que el siglo XX venezolano sea visto de manera muy distinta durante el siglo entrante es una posibilidad nada remota. Se nos acusa con frecuencia de estar muy encima de los hechos y de no tener la perspectiva necesaria para que la operaci\u00f3n est\u00e9tica que es toda narraci\u00f3n asimile y decante los signos de la realidad \u2014objetiva o subjetiva, superficial u oculta, hist\u00f3rica o personal. Sirvan, no obstante, estos relatos como una demostra\u00adci\u00f3n del desvelo de nuestros narradores y como una constancia de la apuesta que d\u00eda a d\u00eda cifran nuestros autores en pos de los signos trascendentes de una cultura que parece ir triturando las mismas formas que crea.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tendencias y relatos de la nueva narrativa venezolana Antonio L\u00f3pez Ortega Dentro de los movimientos, fases o etapas que han condicionado la evo\u00adluci\u00f3n de la literatura occidental, Octavio Paz quiso ver en la segunda mitad de centuria ya concluida la hora de la irrupci\u00f3n de la literatura his\u00adpanoamericana. 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