{"id":15711,"date":"2025-04-04T14:58:29","date_gmt":"2025-04-04T19:28:29","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15711"},"modified":"2025-04-08T15:37:36","modified_gmt":"2025-04-08T20:07:36","slug":"dos-cuentos-de-pedro-sotillo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-pedro-sotillo\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Pedro Sotillo"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Los caminos nocturnos<\/h3>\n\n\n\n<p>I<\/p>\n\n\n\n<p>Mis negocios me llevaban hacia aquellas tierras del Llano Oriental en las cuales entrar\u00eda al d\u00eda siguiente. Me vi obligado a detenerme unos d\u00edas antes de emprender viaje, primero por solicitar un buen pe\u00f3n y, ya conseguido \u00e9ste, por esperar a un par de amigos que me acompa\u00f1ar\u00edan durante muchas jornadas. Fue tan agradable la parada; fui descubriendo tales cosas bellas que, al alejarme, lo hac\u00eda con una vaga tristeza, deseoso de volver por all\u00ed, de pasar una temporada en el \u00fanico pueblo con alma que en todos mis viajes hab\u00eda conocido. \u00a1Inocentes apreciaciones de comerciante joven que, en tal sentido, hasta entonces hab\u00eda viajado con los ojos ciegos!<\/p>\n\n\n\n<p>Y bastante que hab\u00eda viajado. Mi padre consumi\u00f3 sus a\u00f1os recorriendo los caminos de todas las regiones de la Rep\u00fablica. Ten\u00eda la jovialidad propia de los trabajadores incansables y bondadosos; un apetito constante, una apostura gallarda a fuerza de ser simplemente varonil. Cuando enviud\u00f3, me puso interno en un colegio, donde trataron de ense\u00f1arme aritm\u00e9tica comercial, hasta que resolvi\u00f3 le acompa\u00f1ara en sus viajes, para que completara mi deficiente preparaci\u00f3n para el trabajo. Despu\u00e9s, muri\u00f3 aquel hombre generoso, v\u00edctima de un mal violento que los m\u00e9dicos nunca supieron determinar con precisi\u00f3n; muri\u00f3, y por todo patrimonio \u2014hasta ahora me ha bastado\u2014, me dej\u00f3 la experiencia, la visi\u00f3n exacta que de las cosas me hizo tener en los muchos viajes en que le acompa\u00f1\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>En m\u00ed hay, pues, mucho del car\u00e1cter de mi padre, y, aparte de ciertas complicaciones intelectuales que \u00e9l nunca tuvo, he heredado su buen sentido pr\u00e1ctico y su natural inclinaci\u00f3n generosa. Adem\u00e1s, existe en m\u00ed un sometimiento invariable al sistema de vida en que me inici\u00f3. Puedo sonar mucho, anhelar grandes cosas, pero todo lo olvido, todo lo echo abajo apenas lo enfrento a la desnuda realidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Para aquella \u00e9poca ten\u00eda veintis\u00e9is a\u00f1os. Era un hombre no mal parecido, de exterior m\u00e1s bien simp\u00e1tico, pues aunque un tanto desma\u00f1ado en mis vestidos y en mis modales, ten\u00eda un comedimiento y un aplomo tan francos, que hac\u00edan olvidar mi falta de atildamiento. Respond\u00eda a mi car\u00e1cter.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00cdbamos, pues, a salir del pueblo por m\u00ed descubierto. Mi pe\u00f3n era un indio enteco, de ojos turbios de bebedor impenitente; su cabello largo y ralo, a ratos le ca\u00eda sobre la frente, y entonces parec\u00eda que la luz dispersa de sus ojos se encontraba con violencia y se disparaba por entre las rendijas de la pelambrera, en fulgor r\u00e1pido e inquieto. Aquel hombre me desagrad\u00f3 al present\u00e1rseme, pero juzgu\u00e9 fueran aprensiones necias y lo contrat\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando lo vi alejarse, cuando vi su andar tambaleante y de pronto recogido r\u00edgidamente, y su cabeza, habitualmente tumbada del lado izquierdo, de s\u00fabito recta, hacer varios movimientos secos que denunciaban miradas sospechosas dirigidas a los lados, tuve ganas de llamarlo y romper el contrato. Sin embargo, no lo hice.<\/p>\n\n\n\n<p>Un compa\u00f1ero era el doctor Manuel Palacios, hombre joven que ten\u00eda un a\u00f1o de haber terminado sus estudios de abogado. Hizo tales estudios por tener un doctorado, pues ni por temperamento ni por capacidad pod\u00eda ejercer con ventaja una profesi\u00f3n liberal. Desde su ni\u00f1ez estaba destinado a regir las vastas posesiones pecuarias de su familia; a ser la cabeza y unidad de sus hermanos, mocetones curtidos en el ejercicio \u00fanico y constante de las actividades del llanero. Palacios hablaba de muchas cosas, y yo escuchaba complacido las opiniones de aquel hombre con el cual encontraba grandes semejanzas. S\u00f3lo algo me chocaba en \u00e9l: el sentimiento de su seguridad; hablaba de su situaci\u00f3n en la vida como si se encontrara a horcajadas sobre ella, tan firme y due\u00f1o de s\u00ed como lo estaba en su mula, reciamente apoyado en los estribos. Le hab\u00eda conocido en la capital, muy encajonado en actitudes de estudiante. Yo alcanzaba oscuramente que al pasar los a\u00f1os, ya sembrado en su llanura, el antiguo doctor Manuel Palacios llegar\u00eda a ser totalmente dominado por la tierra, totalmente expresi\u00f3n de la tierra, como los altos \u00e1rboles que se empinan en la sabana. Un \u00e1rbol m\u00e1s en la llanura ilimitada.<\/p>\n\n\n\n<p>Era Diego Mar\u00eda Herrera el otro compa\u00f1ero. Quiz\u00e1s un poco mayor que yo, aunque deb\u00eda tener menos de la edad que representaba. Pocas veces he visto un rostro o, mejor dicho, un aspecto f\u00edsico general tan delicado y tan en desacuerdo con la fuerza nerviosa que le animaba. Aquel hombrecito, delgaducho y melanc\u00f3lico, pod\u00eda convertirse en una bestia, sometido a una emoci\u00f3n fuerte. A m\u00ed me hab\u00edan dicho que Herrera estaba dominado por su afici\u00f3n a no recuerdo qu\u00e9 droga heroica, y ello pod\u00eda ser cierto, pues siempre hab\u00eda estado manipulando medicinas y, para entonces, viajaba como representante de una poderosa farmacia de Caracas. Todo en \u00e9l resultaba desconcertante; algunos d\u00edas amanec\u00eda charlando desbordadamente, para despu\u00e9s quedarse callado, en un silencio de obstinada violencia. En \u00e9l era todo as\u00ed, todo daba impresi\u00f3n de esfuerzo, de lucha, de energ\u00eda que chocaba en su interior. Un d\u00eda se qued\u00f3 mirando con fijeza a Natividad, el indio pe\u00f3n m\u00edo, y \u00e9ste \u2014\u00bftembl\u00f3?\u2014 se fue pegado a la pared y en el resto del d\u00eda no volvi\u00f3 a aparecer.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche antes de salir, lleg\u00f3 Natividad. Los viajeros convers\u00e1bamos en el corredor con un reci\u00e9n llegado que hab\u00eda topado en el camino al pe\u00f3n de Herrera y al espaldero de Palacios. Las cajas de Herrera siempre iban delante, pues le volver\u00eda loco viajar con ellas, seg\u00fan explicaba, y el espaldero de Palacios iba a preparar posadas y potreros para cada parada. El viajero los hab\u00eda encontrado m\u00e1s all\u00e1 del Paso de la Monta\u00f1a. Natividad escuch\u00f3 mis \u00f3rdenes y se fue, sin levantar la vista hacia el lado de Herrera que, de vez en cuando, lo miraba con fijeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche di muchas vueltas en la hamaca pensando en Herrera y Natividad. Antes de acostarnos, Palacios me hab\u00eda llamado aparte y me hab\u00eda hablado con extra\u00f1eza de los dos incidentes que tambi\u00e9n \u00e9l hab\u00eda notado. \u00bfPor qu\u00e9 miraba Herrera tan fijamente al indio? \u00bfPor qu\u00e9 Natividad daba tales muestras de terror cuando el agente de comercio le clavaba sus ojos claros e inteligentes?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Algo debe de haber entre ellos \u2014me hab\u00eda dicho Palacios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El indio como que le tiene miedo \u2014le hab\u00eda indicado yo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hay que andar con cuidado \u2014termin\u00f3 el doctor, y agreg\u00f3 con voz muy baja\u2014: los indios cuando temen, se hacen peligrosos.<\/p>\n\n\n\n<p>Me cost\u00f3 gran trabajo conciliar el sue\u00f1o. No pod\u00eda explicarme los sentimientos que mov\u00edan a aquellos hombres. Entreve\u00eda cosas que me inquietaban. Y la luna, la luna embrujadora del verano, me excitaba y sembraba sus puntos de locura en el silencio en que dorm\u00eda la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;II<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edan movido las cabuyeras de mi hamaca. Entreabr\u00ed los ojos con dolor. Los abr\u00ed de un todo. \u00a1Qu\u00e9 impresi\u00f3n m\u00e1s desagradable! Frente a m\u00ed, estaba Natividad con un farol a la altura del rostro, y los ojos inm\u00f3viles perdidos en la inconsciencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya las bestias terminaron sus morrales.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tr\u00e1igame un vaso de agua y una taza de caf\u00e9. Y despierte a los compa\u00f1eros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed est\u00e1n el agua y la cafetera llena.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Llame a los otros, pues.<\/p>\n\n\n\n<p>Palacios despert\u00f3 al momento. Natividad se acerc\u00f3 a la hamaca de Herrera; me pareci\u00f3 verlo retroceder.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El se\u00f1or no est\u00e1 aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1C\u00f3mo! \u2014gritamos al mismo tiempo Palacios y yo, y nos echamos al suelo, descalzos y a medio vestir.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se habr\u00e1 levantado \u2014nos explic\u00f3 con naturalidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Palacios y yo nos vimos con silencio. Era cierto. Pod\u00eda haberse levantado. \u00bfQu\u00e9 derecho ten\u00edamos a no creer que se hab\u00eda levantado antes que los dem\u00e1s? \u00bfEstaba obligado a advertirnos algo? Pero \u00bfqu\u00e9 se hab\u00eda hecho? Terminamos de vestirnos. Callados, nos separamos un poco. Ten\u00edamos algo que decirnos, y pens\u00e1bamos que \u00edbamos a juzgarnos mutuamente tontos, si lleg\u00e1bamos a hacerlo. La luna llov\u00eda luz de leche. Se abri\u00f3 la puerta de escape y entr\u00f3 un hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAh\u00ed viene Herrera\u00bb \u2014pensamos a la par, y nos vimos con ojos inquietos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah\u00ed viene Herrera \u2014dijimos al mismo tiempo, como para justificarnos de aquella mirada. Y nos dirigimos al encuentro del compa\u00f1ero.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba acalorado\u2026 No pod\u00eda dormir\u2026 Prefiri\u00f3 irse de paseo\u2026 Sin embargo, \u00e9l estaba seguro de que Natividad le hab\u00eda sentido alejarse, y no se explicaba por qu\u00e9 fingi\u00f3 buscarle en la hamaca.<\/p>\n\n\n\n<p>Emprend\u00edamos la marcha pensativos.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda una luna l\u00edvida que daba la impresi\u00f3n de ser exageradamente grande. Es necesario haberse aventurado de noche o por la madrugada, por un camino de Los Llanos, para apreciar todo el horror de la luz lunar. Es necesario uno mismo haber sentido la influencia de la luna, para darse cuenta de la tremenda irrealidad que siembra en la vida. Los desdibujamientos lunares, que son familiares a los habitantes de las llanuras, florecen de miedo y de un espanto casi religioso la mente del viajero. Es una luz opaca que casi arroja sombra, que embadurna los seres y las cosas, los cambia totalmente con su maquillaje de fantas\u00eda. Es la luz que penetra en todos los rincones y que dilata las pupilas en un desmayo temeroso, en una infantil expansi\u00f3n hacia la muerte. La luna, la temible vieja que compacta el silencio de las noches, para luego rasgarlo con la hoja fr\u00eda de un aullido: cabal expresi\u00f3n de la tristeza y de la angustia de los pobres animales enloquecidos por ella misma.<\/p>\n\n\n\n<p>Natividad se nos hab\u00eda acercado y nos contaba con su voz rudamente cantarina:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El coronel Hern\u00e1ndez se empe\u00f1\u00f3 en que le vendiera mi caballo. Hasta siete onzas me lleg\u00f3 a ofrecer; pero yo creo que no hay real suficiente para pagar una buena bestia. Y de este bayo, no me despega a m\u00ed nadie\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hasta que se arme una guerrita y te lo quite cualquiera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya pas\u00f3 el tiempo de las guerras. \u00a1Aquellos d\u00edas de los alzamientos! Y el que se deja quitar un caballo, siendo baqueano, es porque le da la gana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ay, amigo! Es que la rapacidad es el mejor baqueano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Sin embargo, se han visto cosas\u2026 \u00a1Ah malhaya un trago de caf\u00e9!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ser\u00eda bueno, porque est\u00e1 pegando el fr\u00edo de la aclarada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya se apaga el lucero \u2014dijo en voz muy baja Herrera; pero todos los o\u00edmos y nos quedamos callados.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuvimos que interrumpir temprano aquella jornada. Ten\u00edamos un cansancio muy grande. El cansancio doloroso que sigue a las jornadas con luna plena, cuando el cuerpo se siente aporreado, molido, como si se hubieran andado muchas leguas. Martirio, agotamiento de los nervios sacudidos por el escalofr\u00edo lunar.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;III<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche resolvimos descansar. En la vasta cola de pato de un hogar campesino, colgamos nuestras hamacas. Tambi\u00e9n iban a dormir all\u00ed dos arrieros, un escotero joven y charlat\u00e1n, de airoso pelo de guama embriolado, y los varones de aquella casa. Se hablaba de cosechas. El viejo campesino explicaba:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cuando se afinca duro el invierno y las siembras no se aguachinan, tenemos cosechas abundantes y se pone barata la comida; pero nosotros vendemos por cualquier cosa, y para la otra sembrada, tenemos que comprar lo necesario y a precios que nunca bajan. Y cuando los frutos valen, es porque se nos ha metido el verano, y nos ha secado las mazorcas antes de granar, y ha quemado los yucales, y llevado la mancha a los platanales, y resecado toda la tierra, hasta sembrarla de arcos y rajaduras.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaba el tiempo y nos dejaba en los esp\u00edritus una emoci\u00f3n sosegada de bienestar humilde. Todo lo que all\u00ed se dec\u00eda ten\u00eda un ritmo suave, como la pulsaci\u00f3n regular en un ni\u00f1o que ha estado enfermo. Me dejaba dominar por la cadencia de aquel momento, y me sal\u00edan las palabras cantadas y se desatristaban mis opiniones. Los temas eran de una realidad cotidiana y, sin embargo, en ellos la amargura estaba como lejana; se hab\u00eda establecido una corriente de bondad melanc\u00f3lica que tamizaba su humilde belleza de filosof\u00eda simplista, de candor emocional, sobre los motivos, sobre las palabras, sobre los gestos.<\/p>\n\n\n\n<p>Natividad se hab\u00eda arrollado en su cobija; sin embargo, una vez me volv\u00ed de repente hacia \u00e9l y me pareci\u00f3 que vi sus ojillos muy abiertos observando a Herrera, quien, desde el extremo opuesto, semisentado en su hamaca, miraba fijamente el bulto del indio. No dije nada, pero instintivamente busqu\u00e9 la cara de Palacios, y en sus ojos le\u00ed que tambi\u00e9n cre\u00eda haber sorprendido lo mismo que yo.<\/p>\n\n\n\n<p>Como para olvidarlo, Palacios empez\u00f3 a hablar con vivacidad sobre la siembra del algod\u00f3n y unas semillas de calidad superior que iba a traer, y de las cuales ofreci\u00f3 al viejo campesino, quien acept\u00f3 y dio las gracias, pero haciendo constar que \u00e9l no cre\u00eda en esa gran superioridad, pues conoc\u00eda muy bien el algod\u00f3n para que vinieran a contarle cuentos.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la cola de pato se avistaba una parte del camino, por la cual se ve\u00eda avanzar con ligereza el bulto de una persona.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ese debe ser el compadre Domingo \u2014dijo el viejo campesino, con ese af\u00e1n pueril dominante en la clase, que los empuja a anticiparlo todo, a adivinar.<\/p>\n\n\n\n<p>Si en vez del bulto del compadre Domingo, hubiera asomado el de una bestia, hubiera sido la yegua de Nicanor o la novilla de Deogracias; pero no pod\u00eda aquel terrero impenitente dejar de anticiparnos lo que fuera. Y quiz\u00e1s hubiera siempre acertado, como en el caso que nos interesa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Salud para todos \u2014nos dijo Domingo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y luego, sin poner cuidado a nuestra respuesta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Compadre, es necesario que se levante. Hacia los lados de la casa, los animales estaban todos espantados y tuvimos que recogerlos. Y como pude darme cuenta de que algunos de los suyos andaban en lo mismo, tom\u00e9 la Pica de la Mula Maneada y me vine a cont\u00e1rselo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya el viejo, sus hijos y los arrieros estaban en pie Palacios les ofreci\u00f3 nuestro concurso, pero ellos lo declinaron y s\u00f3lo consintieron en que nos avisar\u00edan, si no se bastaban.<\/p>\n\n\n\n<p>Herrera se levant\u00f3 y dio algunos pasos. Se volvi\u00f3 a la hamaca. Por primera vez comenz\u00f3 a hablarnos. Escogi\u00f3 un tema imprevisto, que estaba muy fuera de las circunstancias: el suicidio. Yo jam\u00e1s he cre\u00eddo en el fervor de los suicidas te\u00f3ricos, y, aunque atento a la conversaci\u00f3n, casi me abstuve de hablar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es el \u00fanico acto de libertad \u2014dec\u00eda Herrera con su voz naturalmente vibrante.<\/p>\n\n\n\n<p>Palacios le discut\u00eda con entusiasmo. En su r\u00e9plica, expresaba m\u00e1s o menos las ideas que hubiera yo expresado; pero lo hac\u00eda con un calor que me hubiera faltado y que nunca sospech\u00e9 en \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La muerte no puede ser afirmaci\u00f3n de nada, \u2014sosten\u00eda con voz firme\u2014, y volv\u00eda su rostro hacia el incendio lunar de la sabana.<\/p>\n\n\n\n<p>La charla continuaba sobre el mismo tema, y cada vez se hac\u00eda m\u00e1s agudo el razonamiento de Herrera y m\u00e1s plena la r\u00e9plica de Palacios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Perd\u00f3name! \u00a1Perd\u00f3name! \u2014bram\u00f3 de pronto el indio Natividad, estremecido por una horrible pesadilla.<\/p>\n\n\n\n<p>La lividez de la luna fantaseaba en las expresiones de los rostros. Me pareci\u00f3 que Herrera temblaba. Sent\u00ed correr la sangre locamente por las venas y tuve tiempo de apreciar la cara de inquietud del doctor Palacios.<\/p>\n\n\n\n<p>Natividad se revolcaba en su chinchorro, como una bestia herida, y con una voz espantosa clamaba en el silencio de la noche:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Perd\u00f3name, hermano! \u00a1Perd\u00f3name!<\/p>\n\n\n\n<p>Busqu\u00e9 a Herrera, y lo vi encogerse sobre s\u00ed mismo, enfocando toda la luz de sus ojos sobre el cuerpo estremecido de mi pe\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Perd\u00f3name, hermano! \u2014bram\u00f3 por \u00faltima vez, y se qued\u00f3 repitiendo frases entrecortadas, tembloroso de horror, hasta que sus expresiones adquirieron el mon\u00f3tono rumor de las plegarias. Pas\u00f3 un rato. Palacios se acerc\u00f3 al indio:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 pesadilla tan fea, Natividad!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah! Doctor\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Encend\u00ed un cigarrillo. Me ech\u00e9 al suelo a dar paseos. Estuve largo rato as\u00ed, fumando, pensando en mil cosas disparatadas. El refresco del patio me calm\u00f3 un tanto. Cuando volv\u00ed a la cola de pato, de la hamaca de Palacios se elevaba la delgada columna de humo del cigarrillo; el indio se mov\u00eda en su chinchorro y, por encima de la cabeza, estiraba el brazo hasta agarrar las cabuyeras. Herrera dorm\u00eda regularmente, con el rostro vuelto hacia el camino. Me pareci\u00f3 que el \u00fanico ruido perceptible era el de la respiraci\u00f3n de aquel hombre, beat\u00edficamente dormido.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;IV<\/p>\n\n\n\n<p>Nos detuvimos dos d\u00edas en un pueblo donde Herrera ten\u00eda unas diligencias que cumplir. Tuve deseos de emprender mi camino solo; pero Palacios se empe\u00f1\u00f3 en que me quedara, y, como en ello hab\u00edamos convenido antes de emprender el viaje, tuve que complacerlo. Las horas se me fueron visitando gentes amigas y determinando en aquel pueblo grandes semejanzas con el que hab\u00eda descubierto, el que ten\u00eda alma.<\/p>\n\n\n\n<p>Vinieron dos d\u00edas de marcha y una nueva parada. Cuando continuamos ya estaba la luna grande perturbando otra vez los \u00e1nimos. Una noche cruz\u00e1bamos un banco muy extenso. La brisa estremec\u00eda blandamente las palmeras y se alejaba como un duende hasta perderse en los rumores lejanos. Otras veces el viento parec\u00eda correr m\u00e1s abajo de las palmas, y acuchillaba las hierbas bajas y menudas, hasta deshacerse en mil ruidos distintos. El cielo era de una diafanidad deslumbradora, y la vista se fatigaba en el n\u00famero infinito de las estrellas. Herrera conversaba con gran entusiasmo, y Palacios ensartaba jovialmente pintorescas evocaciones de su vida de estudiante. Natividad mismo se hab\u00eda acercado para contarnos un velorio de cruz que una vez celebraron, no recuerdo si en el Caura o en las tierras del Caron\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto me fue invadiendo un deseo agudo de correr un rato por aquella sabana abierta y luminosa. Me contuve lo m\u00e1s posible, pero al fin no pude m\u00e1s y piqu\u00e9 espuelas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Alc\u00e1ncenme! \u2014grit\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando quise repetir la invitaci\u00f3n, me hiri\u00f3 la voz inquietadora de Herrera:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1No! \u00a1no corra!<\/p>\n\n\n\n<p>Me molest\u00f3 aquello; pero dej\u00e9 la rienda suelta y corr\u00ed hasta que quise. Los esper\u00e9 desmontado. Palacios ven\u00eda delante.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 corri\u00f3 usted? \u2014me dijo cuando nos reunimos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No s\u00e9 qu\u00e9 mal pod\u00eda haber en ello.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es verdad. \u00bfQu\u00e9 mal puede haber en una carrera?<\/p>\n\n\n\n<p>Al poco rato se me acerc\u00f3 Herrera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfSabe usted? \u2014me dijo\u2014, tambi\u00e9n tengo yo ganas de correr.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues, \u00a1a la una, a las dos!\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1No! \u00a1Yo sabr\u00e9 contenerme!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 importa que no se contenga?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed importa. Su carrera fue una locura.<\/p>\n\n\n\n<p>Me volv\u00ed. Natividad lo hab\u00eda escuchado todo y con la cabeza hac\u00eda gestos afirmativos, como si hablara consigo mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Es la luna, pens\u00e9. Y tuve miedo de haber corrido; me vi las manos r\u00edgidas y blancas. Mis manos que ten\u00eda flojas y que la luna me hac\u00eda ver crispadas sobre las riendas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuve entonces el terror de aquella claridad sin fin; me invadi\u00f3 el miedo de aquella luz indefinible que transformaba la vida de manera tan radical. Los objetos se agrandaban o empeque\u00f1ec\u00edan, sin obedecer a ning\u00fan concierto, m\u00e1s bien en formas muchas veces contradictorias. Me puse delante porque no quer\u00eda ver las caras de mis compa\u00f1eros. Hubiera deseado no o\u00edr sus voces.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Las bestias est\u00e1n inquietas \u2014dijo Palacios.<\/p>\n\n\n\n<p>eentonces cuando me di exacta cuenta de ello, y record\u00e9 que era la tercera vez que en aquella noche el doctor hac\u00eda tal observaci\u00f3n. Las bestias se encabritaban. La de Palacios, por varias veces, casi me quita la delantera.<\/p>\n\n\n\n<p>A ratos nos her\u00eda la voz impresionante de Herrera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Morir en una de estas sabanas \u2014dec\u00eda\u2014 en una noche como \u00e9sta, debe ser la sensaci\u00f3n m\u00e1s completa de la muerte. Hay algo en estas soledades que a cada paso nos recuerda la muerte. Aqu\u00ed es donde mejor se comprende que, despu\u00e9s de morir, no hay nada; que la muerte es el fin irremediable y definitivo. Recorriendo las llanuras he aprendido a negar la existencia del alma.<\/p>\n\n\n\n<p>Herrera segu\u00eda hablando. M\u00e1s que las estrellas parpadeantes, alucinaban las palabras, a veces incoherentes, del agente de comercio. Sufr\u00eda la sugesti\u00f3n de la muerte, y hablaba de ella, y se repet\u00eda, transido de un \u00edntimo espanto.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel hombre era desconsiderado no callando sus pr\u00e9dicas de desolaci\u00f3n. Por lo menos en aquella noche, en que ten\u00edamos los cerebros repletos de luna enloquecedora. Pero hablaba con impaciencia, con rabia, bajo el temor de que se le fuera la vida sin acabar de decir cu\u00e1nto deseaba. \u00a1Qu\u00e9 combusti\u00f3n de luna hab\u00eda en aquel cerebro, que razonaba encarnizadamente, justificando todos los pesimismos y todas las negaciones!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mi desolaci\u00f3n viene de la llanura \u2014gritaba empin\u00e1ndose en los estribos, como buscando cumbres a que arrojar sus convicciones de amargado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mi desolaci\u00f3n viene de la llanura! \u2014En mi mente, con las cenizas de la luna que quem\u00e9 en mis viajes nocturnos, ha quedado firme el recuerdo de esta frase, en la cual dejaba ver nuestro compa\u00f1ero algo de su vida angustiosa.<\/p>\n\n\n\n<p>La claridad parec\u00eda haberse hecho m\u00e1s intensa. De pronto o\u00edmos un golpe seco, breve, en medio de un largo relincho ahogado. Una detonaci\u00f3n contenida en la soledad de aquel banco n\u00e1ufrago en la luna.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mi pobre bayo! \u2014gem\u00eda Natividad delante de nosotros\u2014. \u00a1Mi pobre bayo! \u2014clamaba su voz desgarradora y se abrazaba al cuello del animal inm\u00f3vil en mitad del camino.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mi pobre bayo! \u2014repet\u00eda yo mentalmente, y me desconsolaban aquellas palabras dolorosas. \u00a1Mi pobre bayo!<\/p>\n\n\n\n<p>Vi a Palacios desmontarse en seco y correr en actitud de ataque hacia donde gem\u00eda Natividad. Lo vi inclinarse sobre \u00e9l, forcejear brevemente y levantarse con un rev\u00f3lver en la mano. El indio se irgui\u00f3 como para echarse encima; sin embargo, se detuvo, volvi\u00f3 la vista hacia el caballo muerto y se ech\u00f3 sobre \u00e9l desoladamente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mi pobre bayo!<\/p>\n\n\n\n<p>Herrera se hab\u00eda desmontado y estaba inm\u00f3vil, cerca del indio, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el conf\u00edn de la sabana. Palacios se hab\u00eda sentado cerca, sobre una palma tumbada, y yo, a su lado, estrujaba un cigarrillo sin encenderlo, y conten\u00eda en mi boca el aluvi\u00f3n de preguntas que deseaba hacerle. Palacios se levant\u00f3 y se acerc\u00f3 tambi\u00e9n al caballo muerto. Herrera se mov\u00eda de vez en cuando, pero conserv\u00e1ndose siempre muy cerca del indio. Fui fumando uno, dos, tres, todos los cigarrillos que ten\u00eda. Nos dimos cuenta de que amanec\u00eda, cuando vimos a Natividad moverse y, sin decir palabra, ponerse a quitarle los aperos a su caballo. \u00a1Su pobre bayo muerto!<\/p>\n\n\n\n<p>V<\/p>\n\n\n\n<p>Ya hab\u00edamos olvidado un tanto aqu\u00e9l lamentable accidente del caballo de Natividad, que estuvo a punto de enloquecernos a todos. \u00a1Lo que hab\u00eda pasado era tan sencillo! Aunque es lo cierto que el indio nunca nos di\u00f3 sino explicaciones enrevesadas, acaso porque en \u00e9l fue m\u00e1s recia la impresi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuvo miedo, simplemente; y tal miedo, unido al desorden de sus ideas, le sugiri\u00f3 llevar el rev\u00f3lver en la mano. Despu\u00e9s, bueno; despu\u00e9s un movimiento falso, y el resto ya lo conocemos. Ahora, montado en la nueva cabalgadura que yo le proporcion\u00e9, se dir\u00eda olvidado de todo; parec\u00eda no tener m\u00e1s preocupaci\u00f3n que hablarnos de las cosas de la regi\u00f3n que atraves\u00e1bamos, vecinas al caser\u00edo donde hab\u00eda nacido.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez se nos adelant\u00f3 un gran trecho. Desde el principio, le\u00ed en los ojos de Palacios que el indio quer\u00eda ganarnos terreno. \u00bfPor qu\u00e9 hacer aquello? Apenas pens\u00e9. Prefer\u00ed disgustarme con aquel pe\u00f3n sin miramientos, que se permit\u00eda alejarse sin pedirme permiso. No dije nada, pero fui avivando m\u00e1s y m\u00e1s el paso de mi bestia, para alcanzar a Natividad y ordenarle que se pusiera a la retaguardia.<\/p>\n\n\n\n<p>Trot\u00e1bamos en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esta bestia como que est\u00e1 mal ensillada \u2014dijo Herrera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No puede ser, el indio sabe lo que hace.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esp\u00e9rense un momento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014M\u00e1s all\u00e1 veremos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, ahora. No se vayan. Sost\u00e9ngame usted la bestia, Pedro. Doctor, esp\u00e9reme un momento.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo complacimos. Todo se encontr\u00f3 bien. Herrera se excus\u00f3 vagamente, y, con gran paciencia, comenz\u00f3 a colocar otra vez la montura. Al fin seguimos. Quise volver al paso primitivo y el agente me detuvo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Me duele mucho la cabeza \u2014nos dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s tarde se empe\u00f1\u00f3 en tomar caf\u00e9 en una casucha que encontramos.<\/p>\n\n\n\n<p>Para esperar nos hizo desmontar y entrar en conversaci\u00f3n con un hombre p\u00e1lido y ventrudo que se mec\u00eda en un moriche remendado. Me pareci\u00f3 que Herrera sonre\u00eda cuando pudimos continuar nuestra marcha. Ello me hizo dirigirle miradas rencorosas y contestar con monos\u00edlabos a cuanto se me dijera.<\/p>\n\n\n\n<p>Al atardecer entramos a un poblado. Una de las primeras casas era la posada. All\u00ed encontramos a Natividad, quien no me explic\u00f3 nada, inform\u00e1ndome s\u00f3lo que el due\u00f1o de aquella posada era muy amigo de \u00e9l. Herrera se hab\u00eda sentado en un pretil y se manten\u00eda abstra\u00eddo, contemplando una y otra vez las techumbres de las casas no lejanas. Hab\u00eda tejados rojos y negruzcos; techos verdinegros y grises, de paja o de pencas de palmas; algunos hundidos, ondulantes; otros recortados por rectas finas que los calcaban en el papel borroso del atardecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Prefer\u00ed acercarme a Palacios que se hab\u00eda enredado en una de sus conversaciones familiares, con el posadero y dos o tres hombres que hac\u00edan rueda en el corredor delantero. Siempre los mismos temas, el mismo af\u00e1n de arrancar a aquellos hombres el secreto de sus relaciones con la tierra. Hab\u00eda un mocet\u00f3n cuadrado, de bigote desairado y nuevo que escuchaba al doctor con visible simpat\u00eda. Cuando Palacios hac\u00eda algunas de sus exposiciones, las que en el fondo no llegaban sino a acreditar que hab\u00eda estado en Caracas, los viejos lo arropaban en una mirada de indefinible socarroner\u00eda. El mocet\u00f3n hac\u00eda preguntas atrevidas, ped\u00eda detalles, tomaba en serio todo aquello.<\/p>\n\n\n\n<p>Natividad se acerc\u00f3 a pedirme permiso para ir al pueblo aquella noche. \u00a1Pedirme permiso! Estuve a punto de preguntarle por qu\u00e9 no lo hab\u00eda hecho cuando nos tom\u00f3 la delantera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Puedes ir \u2014le dije.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s fuimos a la mesa. Se com\u00eda. Se charlaba.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1ndo fue que le dio aquella peste tan fea al ganado, Nicolasa? \u2014pregunt\u00f3 el due\u00f1o a una vieja que nos atend\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No recuerdo bien el a\u00f1o. Esp\u00e9rese. \u00a1Ah! s\u00ed. Eso fue cuando la segunda aparici\u00f3n del chivato.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfDel chivato?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed se\u00f1or. Porque aqu\u00ed ha aparecido tres veces, y otras dos en que no se cabe si fue verdad, porque s\u00f3lo muy pocos lo aseguran.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dicen que deja muchos males.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si usted supiera que aqu\u00ed no. Los duendes s\u00ed. \u00a1Ay! amigo, \u00a1qu\u00e9 cosa tan seria es que se meta un duende en una casa!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero, volviendo a la peste\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Se charl\u00f3 aun despu\u00e9s de la comida. Los extra\u00f1os empezaron a retirarse. Hacia un corredor alejado dos viajeros colgaron sus chinchorros. Yo deseaba que Palacios se acostara para irme solo hacia el pueblo. A Herrera ya hac\u00eda rato que lo hab\u00eda victo acomodarse, debajo del naranjo del patio. Al fin no pude contenerme.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vamos a dar una vuelta por el pueblo, doctor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Precisamente le iba a invitar.<\/p>\n\n\n\n<p>Tomamos los sombreros. Cuando cruzamos el patio, nos volvimos hacia el naranjo. Herrera ya no estaba.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El compa\u00f1ero se nos adelant\u00f3 sin decirnos nada \u2014coment\u00f3 Palacios.<\/p>\n\n\n\n<p>La luna, para acompa\u00f1arnos, acaba de romper una gruesa malla de nubarrones.<\/p>\n\n\n\n<p>Mostr\u00e1base desnuda como una bailarina que est\u00e1 lista para una danza de lascivia y de terror. Como dos fantasmas nos perdimos por las solitarias callejas del poblado.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;VI<\/p>\n\n\n\n<p>En una de las mesas de juego estaba acomodado Natividad. Delante ten\u00eda dos montones de plata y, en la actitud de los otros jugadores era f\u00e1cil entender que el indio estaba ganando.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta entonces yo no me hab\u00eda fijado en las manos de Natividad; unas manos extra\u00f1as e impropias de su condici\u00f3n y de su raza. Eran delgadas y raramente alargadas. Mov\u00edan el dinero con una ligereza, con una habilidad que no pod\u00eda menos de llamar poderosamente la atenci\u00f3n. Pero cuando aquellas manos ten\u00edan m\u00e1s personalidad, era en el momento de actuar con los dados. En aquel acto se descubr\u00eda una mano sabia y de una gran sensibilidad. Toda la fuerza central de Natividad estaba reconcentrada en ellas cuando, con limpieza \u00fanica, recog\u00edan los dados. Despu\u00e9s, colocaba la izquierda como para proteger su dinero y tremolaba con la derecha. \u00a1Qu\u00e9 signos misteriosos los que dibujaba aquella mano sutil y obsesionante! La fortuna se escurr\u00eda al capricho de aquellos dados que se mov\u00edan por su cuenta, sin obedecer al cerebro obtuso que nunca lleg\u00f3 ni a desempe\u00f1ar el cristal turbio de los ojos de Natividad.<\/p>\n\n\n\n<p>Se multiplicaban las apuestas. El dinero corr\u00eda hacia los montones de mi pe\u00f3n. Natividad apenas hablaba; con una ligera se\u00f1a, casi invisible, determinaba al contrario. De vez en cuando perd\u00eda; pero al pagar, sus manos no dejaban ver sino sus grandes cualidades, ni un temblor, ni una contracci\u00f3n de disgusto.<\/p>\n\n\n\n<p>Un grupo de hombres entr\u00f3 a la sala. Estuvieron dando vueltas alrededor de las dos mesas. Al fin se fueron acomodando en los huecos. La lucha se encarniz\u00f3 de una manera terrible; por tres veces vi disminuir los montones de mi pe\u00f3n, hasta desaparecer uno y quedar mermado el otro; pero la suerte volvi\u00f3 y aumentaban los dos montones invisibles.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre los nuevos jugadores estaba un hombre recio, de rostro curtido. Los bigotes eran gruesos y las cejas violentas circundaban unos ojos fijos, de dureza marcada. Su estatura deb\u00eda ser notable, pues sentado y con el busto inclinado hasta acomodar la cara entre las manos, sobresal\u00eda o, por lo menos, parec\u00eda sobresalir, en la rueda de jugadores sentados. Miraba correr los dados sin haber intentado una apuesta.<\/p>\n\n\n\n<p>Natividad llenaba la atenci\u00f3n del desconocido, hasta que lleg\u00f3 un momento en que le vio con fijeza, y dio vueltas a los discos turbios de sus pupilas, como si quisiera arrancar un recuerdo que no llegaba a precisar. En otra ocasi\u00f3n, el desconocido habl\u00f3, dijo dos o tres palabras apenas, y las manos del indio se contrajeron r\u00e1pidamente e improvisaron varios movimientos extraviados. Parec\u00eda que aquellas manos inteligentes trataban de moldear un sonido que en tiempo lejano las hab\u00eda impresionado.<\/p>\n\n\n\n<p>Palacios estaba al lado m\u00edo. De vez en cuando se inclinaba hacia la mesa del monte y aventuraba una moneda sin que nunca le favoreciera la fortuna. Cuando yo m\u00e1s observaba al hombre desconocido que no hab\u00eda jugado, el doctor me apret\u00f3 por un brazo con cierta violencia y me susurr\u00f3 al o\u00eddo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Pruebe usted a ver si gana!<\/p>\n\n\n\n<p>No comprend\u00eda aquel deseo de que interviniera en el juego, pero instintivamente me volv\u00ed hacia la mesa en donde hab\u00eda perdido el doctor y vi a nuestro compa\u00f1ero Herrera que se deslizaba, como deseando que no lo vi\u00e9ramos. Me hice el indiferente, y me coloqu\u00e9 de manera de poder dirigir miradas r\u00e1pidas hacia el lado en que le vi desaparecer.<\/p>\n\n\n\n<p>En el dado corrido el desconocido hab\u00eda tomado la ofensiva. Jug\u00f3 de buenas. Sus apuestas crecieron hasta igualarse con las de los jugadores m\u00e1s atrevidos. Por varias veces el dado le favoreci\u00f3, y fu\u00e9 su mont\u00f3n el m\u00e1s grande de todos. La gente se apretaba a medida que aumentaba el inter\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Paro! \u00a1Topo! \u00a1Topo a todos! \u00a1Pinto! \u00a1Paro! \u00a1Topo!<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de todo, Natividad segu\u00eda fuerte y due\u00f1o de s\u00ed. Sus manos segu\u00edan siendo el centro de la partida. Por seguir el movimiento de una de ellas, levant\u00e9 los ojos, y me asombr\u00f3 distinguir detr\u00e1s del indio la fisonom\u00eda inteligente del agente de comercio.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dados pasaban de mano en mano. Llegaron al desconocido; \u00e9ste adelant\u00f3 una gran parte del dinero que ten\u00eda amontonado. Cada uno quiso hacerle frente y le incitaba a preferir su parada. Natividad reuni\u00f3 sus dos montones en uno, lo adelant\u00f3 al centro de la mesa e invit\u00f3 con voz m\u00e1s recia que de costumbre:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Paro!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Topo a Rancho de Tejas! \u2014le dijo el desconocido.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubo una sacudida brusca. Natividad cay\u00f3 en su asiento con los ojos espantados. Habl\u00f3 confusamente de algo que nadie pudo entender. Recogi\u00f3 su parada y se fue aturdido y tambaleante.<\/p>\n\n\n\n<p>No volvi\u00f3 a aparecer. Aquella misma noche se perdi\u00f3 de aquellos contornos. Fue Herrera quien me lo explic\u00f3 todo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfRecuerdan ustedes el crimen de Rancho de Tejas? Todos hemos le\u00eddo la narraci\u00f3n en \u00abLos Piratas de la Sabana\u00bb. El Correo del oro y su ayudante fueron asesinados en una emboscada, a la altura del sitio llamado Rancho de Tejas. Las comisiones policiales lograron rescatar casi todo el oro y apresar a los asesinos, menos uno que no se supo c\u00f3mo pudo escapar. El que logr\u00f3 huir hab\u00eda sido el m\u00e1s traidor de todos, el que remat\u00f3 con su lanza al correo ya herido. Este asesino era Natividad. A m\u00ed el indio me inquiet\u00f3 desde el principio, y la luna se encarg\u00f3 de llevar al m\u00e1ximo mi inquietud. Pero fue s\u00f3lo ahora, cuando la partida con el desconocido, cuando ca\u00ed en ello, despu\u00e9s de soportar a Natividad como una pesadilla. Cuando el topo del jugador, record\u00e9 que, a pesar de ser yo un ni\u00f1o, todos los amigos de casa me encontraron muy parecido al retrato del infeliz correo del oro que publicaron los peri\u00f3dicos, a ra\u00edz del asesinato. El mismo Natividad me hab\u00eda confesado que yo le inquietaba, porque le recordaba el rostro de un hombre a quien vio morir en forma que \u00e9l quer\u00eda olvidar.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el desconocido conversamos al d\u00eda siguiente. Aquel hombre se explay\u00f3 en informes difusos, pero nos retuvo con su voz de inflexiones poderosas. Era el anochecer. La luna se empinaba lentamente por encima de los \u00e1rboles distantes. Al saber que no ten\u00eda m\u00e1s pe\u00f3n, el desconocido se me ofreci\u00f3 y me dijo que ya le hab\u00eda servido satisfactoriamente a otros viajeros. Pero vi la luna y vi los ojos de mis compa\u00f1eros y prefer\u00ed aventurarme por los caminos nocturnos sin la compa\u00f1\u00eda de aquel hombre, qui\u00e9n sabe si empujado a la locura por un pasado semejante al del indio Natividad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">\u00a1Viva Santos Lobos!<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>Pasaron -en pelot\u00f3n los guerreros-de las contiendas civiles -rotos, desnudos, hambrientos-, dando gritos ululantes y pronunciando improperios. E. PLANCHART<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">\u2014!Y el que tenga miedo, que se quede!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">As\u00ed termin\u00f3 su improvisada proclama, con aquella voz marcial que, una vez o\u00edda, no era posible olvidar. Y ante sus tropas, alineadas de frente, dio media vuelta en seco al casta\u00f1o oscuro, que estuvo un rato detenido imponentemente sobre las patas traseras, haciendo destacarse la figura del jinete, alrededor de cuya cabeza parec\u00eda condensarse lo m\u00e1s luminoso del ambiente. Sus hombres lo miraron con entusiasmo y prorrumpieron:<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">\u2014\u00a1Viva Santos Lobos!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Despu\u00e9s vinieron unas \u00f3rdenes breves, terminantes, y ya en formaci\u00f3n regular, los pocos hombres que formaban aquel ej\u00e9rcito emprendieron la marcha. Se les ve\u00eda confiados y de sus pupilas parec\u00edan arrancarse, de cuando en cuando, ligeros destellos de alegr\u00eda. Y al mirarse uno al otro lo hac\u00edan con orgullo sostenido, como apreciando y elevando la honra de marchar juntos, de formar parte de aquella expedici\u00f3n. Los vestidos eran distintos, las mismas armas eran de una variedad extraordinaria y, sin embargo, sobre lo abigarrado del grupo se recalentaba una atm\u00f3sfera de marcialidad, de entusiasta belleza militar, como si la seguridad en su jefe y en su misi\u00f3n fuera la expresi\u00f3n cabal de su car\u00e1cter de guerreros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Ya dejaban las \u00faltimas casas del pueblo. Los habitantes, desde las ventanas, desde las puertas, desde las esquinas principales, los miraban alejarse con cari\u00f1o, con sonrisa de franco orgullo, con fe un tanto jactanciosa.  Acaso si el rostro de una anciana, que los desped\u00eda con mano excesivamente temblona, denunciaba una noche de angustia, de amargura resignada ante el nuevo empell\u00f3n del negro fatalismo familiar. All\u00ed todos se hubieran ido con la tropa, todos se hubieran movido complacidos a un gesto de Santos Lobos, hijo de aquel pueblo, quien a punta de haza\u00f1as hab\u00eda ganado su presillas de coronel. Pero hab\u00eda que esperar: \u00e9l los volver\u00eda a buscar con armas suficientes para llevarlos a todos: \u00a1Viva Santos Lobos! <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Todav\u00eda un grupo de jovenzuelos exaltados y de muchachos callejeros se fue detr\u00e1s de la montonera en marcha a acompa\u00f1arla un trecho por el camino que llevaban. Despu\u00e9s volv\u00edan en grupos peque\u00f1os y contaban los \u00faltimos detalles que hab\u00edan observado y las palabras sueltas que hab\u00edan escuchado al Coronel o a alguno de sus m\u00e1s conocidos oficiales. Leandro Pi\u00f1ango, el viejo Capit\u00e1n Leandro Pi\u00f1ango, era quien m\u00e1s cosas les hab\u00eda contado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Iban \u2014les dec\u00eda Leandro\u2014 a reunirse con Rolando, un hombre de las cabeceras del Llano que, cuando se pon\u00eda en campa\u00f1a, lo \u00fanico que sab\u00eda era ganarle una batalla por d\u00eda a los enemigos. S\u00ed, se reunir\u00edan con aquel guerrero y \u00e9l les ofrec\u00eda hacer que Rolando pasara por el pueblo y se detuvieran un tiempo, para que todos los muchachos pudieran saber lo que era un general.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Y mil cosas m\u00e1s les dijo el Capit\u00e1n Pi\u00f1ango. Cosas que enardecieron en los d\u00edas siguientes las conversaciones de los muchachos y hac\u00edan que en sus momentos de silencio y de soledad se dilataran sus pupilas con anhelante melancol\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">\u2014S\u00ed, pensaban; cuando ellos fueran hombres, estar\u00edan sus o\u00eddos alerta a todos los ruidos, para dejarlo todo y correr los primeros cuando la brisa empujara por la llanura el m\u00e1s leve llamamiento de Nicol\u00e1s Rolando. Y sus pobres nervios excitados con exceso, desde la llegada de Santos Lobos, los empujaban a enso\u00f1aciones dolorosas en las cuales se ve\u00edan \u2026 Qui\u00e9n sabe si ellos, con el mismo Santos, ir\u00edan alg\u00fan d\u00eda a ganar batallas, con un jefe invencible, hacia aquellas tierras lejanas, m\u00e1s all\u00e1 de las cabeceras del Llano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">Santos Lobos era el hombre m\u00e1s caracterizado de la regi\u00f3n. Ten\u00eda cuarenticinco a\u00f1os y ya iba a hacer quince de que fuera la uni\u00f3n y la fuerza de aquellas tierras. Alto, trigue\u00f1o, musculoso, de rostro regular, no hab\u00eda hombre que al conocerlo no quisiera ser su amigo. Algunos creyeron que los dos a\u00f1os anteriores de fatigada tranquilidad hab\u00edan destruido su prestigio, y ello pareci\u00f3 ser cierto, unos meses antes, cuando, casi sin guardia, en un m\u00edsero borrico, con cuatro o cinco compa\u00f1eros, lo sacaron preso para la capital del Estado. Pero hab\u00eda vuelto, y su vuelta y el suceso arriesgado y varonil de su fuga de la c\u00e1rcel regional, unificaron los \u00e1nimos a su alrededor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">\u2014\u00a1A botellazos!, contaban los viejos en las bodegas. A botellazos derrotaron la guardia de la c\u00e1rcel; la desarmaron y se metieron a la caballeriza del Presidente del Estado y a las de los empleados principales. Y se montaron todos, y Santos Lobos, que entr\u00f3 a la capital en un pollino, sali\u00f3 cabalgando en el mejor peruano que hab\u00eda en la regi\u00f3n, en aquel casta\u00f1o oscuro que era el caballo m\u00e1s bizarro que en el pueblo se hab\u00eda conocido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\">\u00a1Ah, el casta\u00f1o oscuro! \u00a1Cu\u00e1nta gente estaba dispuesta a dar cinco veces el valor de un buen caballo de silla si Santos Lobos quisiera venderlo! Isa\u00edas, un muchacho de ojos de inocencia, hermano del Coronel, les hab\u00eda contado que en el camino le hab\u00edan hecho m\u00e1s de seis proposiciones, y que hab\u00eda dicho que era in\u00fatil, que aquel casta\u00f1o morir\u00eda en su poder. Acaso la manera extraordinaria como lo adquiri\u00f3 influ\u00eda en su determinaci\u00f3n. Porque hab\u00eda que convenir: era la primera vez que un caballo tan bueno se compraba a botellazos.<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014As\u00ed me gusta, Coronel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Alg\u00fan d\u00eda ten\u00eda que ser. Y, despu\u00e9s del carcelazo, aunque no lo hubiera pensado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Conque en la propia capital! Le enceb\u00f3 las manos al Presidente del Estado y se le escap\u00f3 con diez compa\u00f1eros y \u00e9l casta\u00f1o de silla. \u00a1Ah, Coronel bien bregao!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hay que recordar los buenos tiempos, General.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubo una pausa. A Santos Lobos le hubiera gustado no toparse con el General Bernardo M\u00e9ndez. Aquel viejo barrig\u00f3n, que era General sin que se supiera a ciencia cierta d\u00f3nde hab\u00eda peleado, siempre m\u00e1s preocupado del azafate suculento que le enviaban a \u00e9l que de las m\u00e1s urgentes necesidades de sus hombres; aquel poltr\u00f3n que daba sus \u00f3rdenes acostado en una hamaca y gustaba de soltar m\u00e1ximas y consejos utilitaristas que destilaban inferioridad y malas pasiones; aquel viejo sin escr\u00fapulos que, en paz y en guerra, ten\u00eda un estado mayor de bribones que trabajaban con \u00e9l en su hacienda de cacao, en las tierras del norte, entre la Monta\u00f1a y la Costa; aquel cauto General M\u00e9ndez le inspiraba una violenta antipat\u00eda al soldado caballeresco que alentaba en Santos Lobos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues s\u00ed, Coronel, lo mejor es quedarse por estos lados. Por aqu\u00ed tambi\u00e9n hacemos falta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es que nosotros pensamos de manera muy distinta. Usted, cuando se alza, siempre encuentra lo mejor quedarse por aqu\u00ed, de pueblo en pueblo, y hasta puede tambi\u00e9n que se quede sin tirar un tiro despu\u00e9s de seis meses de andar guerreando.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero no ser\u00e1 por falta de gusto, Coronel, porque \u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Claro que no. Pero mi opini\u00f3n es que uno debe echarse a buscar al enemigo o, por lo menos, reunirse con quienes lo andan buscando.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero es que yo no debo permitir que estos pueblos queden a merced de la primera tropa enemiga que se presente. \u00a1Si hasta los simples amigos del gobierno son ya un peligro!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Usted sabr\u00e1 lo que hace. Lo que soy yo, me voy a reunir con el general Rolando.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e9ndez se enderez\u00f3 en la hamaca. Qued\u00f3 sentado. Sus pies, anchos y descalzos, no tocaban el suelo; los calzoncillos largos estaban abiertos desde la mitad de la pierna y con las trenzas sueltas. Se inclin\u00f3 a recoger las medias, comprimiendo el prominente abdomen, lo que le dificult\u00f3 la poderosa respiraci\u00f3n. Al poco rato estaba vestido, sentado en una silla, poni\u00e9ndose los botines.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014V\u00e9ngase, Coronel, que tengo algo que proponerle.<\/p>\n\n\n\n<p>Salieron. La casa daba a una ancha plaza sombreada por algunos \u00e1rboles. Los toldos de la tropa de M\u00e9ndez -como doscientos hombres- ocupaban una gran extensi\u00f3n. Un poco separada estaba la tropa de Lobos. En dos claros, entre los toldos de M\u00e9ndez, se agrupaban numerosos soldados, alrededor de cobijas tensas en el suelo y sobre las cuales corr\u00edan los dados.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQuiere decir que se va, Coronel?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya le he explicado a usted\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Bueno! Ahora \u00f3igame: yo quiero que usted me complazca en venderme el casta\u00f1o, que por dem\u00e1s usted lo va a matar en las marchas forzadas de una guerra. Yo le doy cinco onzas y mi caballo de silla.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le doy ocho onzas y el m\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No. General, no ofrezca. Por ning\u00fan precio le vendo mi caballo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le concedo algo m\u00e1s. Le doy la mitad de la tropa para que se la lleve en su expedici\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Santos Lobos lo vio en silencio. En el rostro se le ve\u00eda que estaba a punto de aceptar. \u00a1Cien hombres!, y en el camino recoger\u00eda lo menos cincuenta m\u00e1s. \u00a1Saldr\u00eda para el campamento de Rolando con m\u00e1s de doscientos hombres!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1\u00c9l nunca hab\u00eda mandado una tropa tan numerosa! Recorri\u00f3 con la vista el campamento de la gente de M\u00e9ndez y, al fijarse en los hombres agrupados en las cobijas, cambi\u00f3 bruscamente de expresi\u00f3n. Y record\u00f3 todo lo que sab\u00eda respecto a la tropa de M\u00e9ndez, y comprendi\u00f3 que hab\u00eda estado a punto de cometer la tonter\u00eda m\u00e1s lustrosa de su vida. S\u00ed, pens\u00f3, a los tres d\u00edas de marcha esos cien p\u00edcaros est\u00e1n cant\u00e1ndole a M\u00e9ndez lo f\u00e1cil que les fue desertar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, General. Yo no vendo mi caballo.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e9ndez lo envolvi\u00f3 en una mirada turbia. Pareci\u00f3 que iba a decir algo, que iba a intentar un \u00faltimo esfuerzo para convencer a Santos Lobos; pero se contuvo y dijo con voz grave, acerc\u00e1ndose al Coronel y palme\u00e1ndole en la espalda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mejor as\u00ed. Un hombre como usted, bien merece una buena bestia, la mejor posible. Yo no he debido proponerle que me vendiera el casta\u00f1o, porque al fin y al cabo yo me quedo por aqu\u00ed, de pueblo en pueblo, sin hacer gran cosa, como usted me dijo\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Y se alej\u00f3 r\u00e1pido, sin esperar respuesta de Santos, a quien movi\u00f3 la \u00faltima frase como la picada de una avispa.<\/p>\n\n\n\n<p>III<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel General M\u00e9ndez era un hombre zafio y sin ning\u00fan m\u00e9rito; se dec\u00eda a la siguiente ma\u00f1ana Santos Lobos; y adem\u00e1s -continuaba- le gustan los halagos de los p\u00edcaros y de los sinverg\u00fcenzas; pero, en el fondo, deb\u00eda de ser un hombre bueno, sin zamarrer\u00edas. Hasta un poco tonto le pareci\u00f3 a Santos, cuando le manifest\u00f3 de mil maneras que estaba muy apenado por haberle propuesto la compra del caballo. Y aquella humildad inesperada\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed \u2014le hab\u00eda dicho M\u00e9ndez\u2014, yo comprendo que nunca he hecho nada, que nunca he estado en primera fila cumpliendo con mi deber; pero cada uno hace lo que puede, ayuda en la medida de sus fuerzas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l no expon\u00eda gran cosa su vida; pero desde la costa hasta la entrada del Llano, manten\u00eda el prestigio de su causa e imped\u00eda que en los pueblos desguarnecidos, sin tropas de uno ni de otro partido, tomaran el mando los contrarios. Eso no era nada; \u00e9l sab\u00eda que no era nada en comparaci\u00f3n de lo que hac\u00edan otros; pero significaba algo, era su granito de arena, su m\u00ednimo aporte en la obra que acomet\u00edan y llevaban a cabo hombres m\u00e1s capaces\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Todo aquello conmovi\u00f3 el alma noble de Santos Lobos. Le sostuvo a M\u00e9ndez que no, que \u00e9l estaba equivocado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La gente honrada sabe lo que vale su obra, General, y ma\u00f1ana, cuando triunfe la Revoluci\u00f3n, se cometer\u00eda una de las m\u00e1s feas ingratitudes si se olvidaba lo mucho que ha hecho, humildemente, en apariencia poco. Las labores como la suya \u2014le dec\u00eda con ingenuo entusiasmo \u2014requieren m\u00e1s sacrificio que ninguna otra, porque en ellas se renuncia a todo lo brillante, a todo lo deslumbrador\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Santos Lobos sent\u00eda la necesidad de intimar con aquel hombre a quien hab\u00eda ofendido prejuzg\u00e1ndole mezquino, dominado por bajos apetitos, incapaz de toda acci\u00f3n hermosa. Hubiera deseado abrirle su coraz\u00f3n, darle una prueba inmediata de amistad. Pens\u00f3 regalarle el caballo, el casta\u00f1o oscuro que se hab\u00eda ganado a botellazo limpio, pero juzg\u00f3 que era ello algo material, algo grosero y de poca significaci\u00f3n. Lo que \u00e9l deseaba era un acto m\u00e1s expresivo, m\u00e1s lleno de profunda intimidad, con el cual, de un golpe, diera a aquel hombre toda la amistad que le ven\u00eda robando desde que lo conoci\u00f3. \u00bfC\u00f3mo pudo \u00e9l formar tan mal juicio del General M\u00e9ndez? \u2026 S\u00ed, \u00e9l encontrar\u00eda la prueba, una prueba de amistad hasta entonces desconocida que le aliviara de la amargura que le devoraba desde que descubri\u00f3 haber sido injusto con M\u00e9ndez. Despu\u00e9s de esta prueba le regalar\u00eda el casta\u00f1o, entonces s\u00ed le regalar\u00eda el casta\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Deseoso de acordar sus vidas, le habl\u00f3 de algo \u00edntimo, de algo de lo que s\u00f3lo hablaba a sus verdaderos amigos. Le habl\u00f3 del hueco que hab\u00eda dejado en su vida la inesperada muerte de su hermano Miguel, el m\u00e1s noble y m\u00e1s valiente de la familia.<\/p>\n\n\n\n<p>Miguel era todo un hombre, y, desde muy joven, hab\u00eda quedado como jefe de la familia Lobos. Alrededor de \u00e9l se congregaron los numerosos parientes y amigos, cuando todav\u00eda era muy mozo, despu\u00e9s de la inesperada muerte del viejo Lobos. Hac\u00eda ya quince a\u00f1os que hab\u00eda muerto Miguel, y ni Santos ni Isa\u00edas hab\u00edan podido averiguar las circunstancias de su muerte. Hasta aquel pueblo, en donde ahora se encontraban M\u00e9ndez y Lobos, hab\u00eda ido Miguel enamorado de la hija de uno de los jefes pol\u00edticos de la regi\u00f3n. Matilde Ponte, desde el d\u00eda en que conoci\u00f3 a Miguel, de temporada en el pueblo de \u00e9ste, se sinti\u00f3 tambi\u00e9n vivamente interesada por aquel hombre joven y respetado. Se amaron; pero el viejo General Ponte, duro y rencoroso, no perdonaba a los Lobos antiguos desacuerdos pol\u00edticos y se opuso en toda forma a la continuaci\u00f3n de los amores. Matilde fue llevada a su pueblo y tras ella se present\u00f3 Miguel Lobos.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo era oscuridad desde su arribo al pueblo. Algo se dijo de que algunos de los viejos amigos de los Lobos lo hab\u00edan llamado en secreto y le hab\u00edan recomendado que volviera hacia su tierra; hasta de una carta misteriosa, escrita con inquieta letra femenina, parece que habl\u00f3 uno de los \u00edntimos de Miguel. Pero todo esto era vago, aparec\u00eda como esfumado y d\u00e9bil ante la monstruosa realidad que luego se present\u00f3. Miguel Lobos, sin que pudieran explic\u00e1rselo sus hermanos, apareci\u00f3 complicado en una revoluci\u00f3n y fue hecho preso con dos o tres m\u00e1s y enviado a la capital del Estado; despu\u00e9s, \u00e9sta fue la versi\u00f3n oficial:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En el camino intent\u00f3 una fuga desesperada y en la persecuci\u00f3n result\u00f3 muerto. \u00bfQu\u00e9 oscura maquinaci\u00f3n se escond\u00eda tras esta tragedia que tan hondamente afect\u00f3 el \u00e1nimo de Santos Lobos? \u00c9ste, vagamente present\u00eda que todo hab\u00eda sido obra de una mano vengativa y esperaba poder determinarlo durante su permanencia en el pueblo \u00a1Y entonces!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e9ndez le escuch\u00f3 atentamente. Estuvieron un rato callados; M\u00e9ndez dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y entonces \u00bfqu\u00e9 piensa hacer, Coronel?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Todo depende de lo que descubra. Hablar\u00e9 con los viejos amigos de mi familia. Pero quiero hacerlo solo y para ello necesito de su ayuda, General. Esta tarde llegamos al pueblo; ma\u00f1ana usted sigue camino, y yo quiero que se lleve mis tropas y las acompa\u00f1e hasta El Zamuro; ah\u00ed, usted toma su rumbo y le da orden a mis hombres de esperarme en Acagua. Yo s\u00f3lo pasar\u00e9 un d\u00eda en el pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Muy bien, Coronel; cuente conmigo. Pero piense lo que va a hacer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Descuide, General. Por ahora no puedo hacer nada, porque estoy empe\u00f1ado en una causa que reclama mi vida. El mismo Miguel no me perdonar\u00eda si olvidara mis obligaciones de patriota por cumplir con una venganza de hermano.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se fue r\u00e1pido. A los pocos pasos se volvi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hasta ma\u00f1ana, General.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e9ndez le contest\u00f3 entre dientes y tambi\u00e9n se alej\u00f3 murmurando:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La cosa como que va a ser m\u00e1s f\u00e1cil, mucho m\u00e1s f\u00e1cil de lo que yo pensaba.<\/p>\n\n\n\n<p>IV<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfDescubri\u00f3 algo Santos Lobos? \u00bfDe lo que habl\u00f3 con los viejos amigos de la familia, surgi\u00f3 la verdad sobre el terrible asunto que lo hab\u00eda detenido en el pueblo? Nadie lo supo nunca. Santos Lobos lleg\u00f3, y en el pueblo, olvidado y polvoso, se vio levantarse un af\u00e1n desmesurado, en el cual una maligna curiosidad se mezclaba a una tr\u00e1gica inquietud; todos comentaron la llegada de aquel hombre, que recorri\u00f3 las calles en diferentes direcciones y en algunas casas se encerr\u00f3 con los due\u00f1os y sostuvo conversaciones largas, de las cuales nada se vislumbr\u00f3. En estas idas y venidas, s\u00f3lo dos hombres le acompa\u00f1aban: su hermano Isa\u00edas y su amigo Pedro Blanco, el telegrafista de la expedici\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Isa\u00edas, \u00fanicamente, de vez en cuando, lo miraba con ojos escrutadores. Santos no era hombre de hermetismos hoscos; sin embargo, s\u00ed muy capaz de no dejar traslucir lo m\u00e1s m\u00ednimo cuando resolv\u00eda guardar el secreto. Isa\u00edas siempre le hab\u00eda obedecido ciegamente, se hab\u00eda acostumbrado a no saber sino lo que Santos le dec\u00eda, y por eso iba de un lado para el otro, sereno, tranquilo, como si tambi\u00e9n lo supiera todo.<\/p>\n\n\n\n<p>En estas caminatas pasaron el d\u00eda. Lleg\u00f3 la noche y se acogieron a la posada. Hicieron una comida sobria y silenciosa. Despu\u00e9s Santos se alej\u00f3 hacia el interior y all\u00e1 se estuvo ensimismado, debajo de un tamarindo, aspirando las vivas emanaciones del patio, casi sin cambiar de posici\u00f3n. Isa\u00edas se le acerc\u00f3. Lo encontr\u00f3 en un trozo de tronco circular que hac\u00eda de silla; se cog\u00eda la cabeza con las manos. Pareci\u00f3 no o\u00edr los pasos de Isa\u00edas; \u00e9ste se detuvo. Santos murmuraba en voz muy baja: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Dios m\u00edo !, \u00a1Dios m\u00edo! <\/p>\n\n\n\n<p>Isa\u00edas se volvi\u00f3 sin decirle nada. Al d\u00eda siguiente, muy de ma\u00f1ana, salieron del pueblo. Tras ellos quedaba una estela de inquietudes, de preguntas bruscas que nadie hubiera podido contestar. \u00bfQu\u00e9 hab\u00eda descubierto Santos Lobos? \u00bfQu\u00e9 terrible verdad se llevaba de aquel pueblo, en donde nada se sab\u00eda?  <\/p>\n\n\n\n<p>V<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro Blanco era un hombre de temperamento en extremo impresionable. Hab\u00eda acompa\u00f1ado a los Lobos en diferentes campa\u00f1as y de ellas sacaba unos cuantos hechos que le sacud\u00edan fuertemente. Despu\u00e9s, de vuelta a la casa, y en muchas ocasiones a las humildes oficinas telegr\u00e1ficas, aprovechaba las horas de tediosa inacci\u00f3n en fijar tales recuerdos. Ahora, cuando supo de lo que me ocupaba, se lleg\u00f3 hasta mi casa. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo no soy escritor, me dijo. Lo que escribo es tan s\u00f3lo para m\u00ed, para yo recordar lo m\u00e1s posible algunos de los hechos, de los acontecimientos en que me vi envuelto y que llegaron a impresionar fuertemente mi esp\u00edritu. L\u00e9ase eso y vea qu\u00e9 le saca\u2026 Y se fue sin decirme m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>He le\u00eddo las notas de Pedro Blanco y he resuelto aprovechar \u00edntegramente el \u00faltimo cap\u00edtulo de sus narraciones. Parece haber sido escrito en previsi\u00f3n de que yo hiciera lo anterior y, adem\u00e1s, todo est\u00e1 presentado en una forma que me ha parecido interesante. Acaso los lectores, despu\u00e9s de leer, lleguen a considerar que hubiera obrado prudentemente no escribiendo yo nada y concret\u00e1ndome a copiar la narraci\u00f3n de Pedro Blanco.<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro, por su parte, dice que no es escritor, y cuando sepa la acogida que se d\u00e9 a sus cuartillas, si es que yo no me equivoco, sentir\u00e1 un ligero malestar, y es capaz de salirse a las calles diciendo que yo le he cambiado su escrito, se lo he corregido y modificado, hasta hacerlo presentable, pues \u00e9l escribe con muchos defectos. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es que, francamente, compadre, yo no soy escritor.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se ir\u00e1 camino del tel\u00e9grafo. Y termino yo. Ahora viene la narraci\u00f3n de Pedro Blanco, que yo nunca hubiera podido superar. Siempre me llevar\u00eda una ventaja: Pedro Blanco era como hermano de los Lobos.<\/p>\n\n\n\n<p>VI<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegamos a El Zamuro, nos sali\u00f3 de la casa, que estaba un poco desviada del camino, un mestizo viejo, con las alpargatas a rastras, y el busto cubierto por una franela cruda que, en los pu\u00f1os y en el cuello remataba con una delgada franja roja.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1\u00c9poca, amigos! Nos grit\u00f3 haci\u00e9ndonos se\u00f1a para que nos detuvi\u00e9ramos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Salud, contestamos, y recogimos riendas para darle tiempo a alcanzarnos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfVan para Acagua?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ese rumbo llevamos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEl Coronel Lobos qued\u00f3 en el pueblo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 quiere usted con el Coronel Lobos?<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre nos mir\u00f3 indeciso, y el Coronel, acerc\u00e1ndose, le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo soy Santos Lobos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah! Coronel, a m\u00ed se me hab\u00eda puesto. \u2014Y, despu\u00e9s de una pausa\u2014: Fue que el General M\u00e9ndez me dijo que le entregara esto.<\/p>\n\n\n\n<p>Y puso en manos de Santos Lobos un sobre manchado con huellas de dedos. Santos rompi\u00f3 el sobre y ley\u00f3. Un r\u00e1pido ce\u00f1o le encresp\u00f3 la frente. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014M\u00e9ndez tendr\u00e1 que explicarme, murmur\u00f3. <\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s le pas\u00f3 la hoja de papel a Isa\u00edas y \u00e9ste a m\u00ed. M\u00e9ndez le dec\u00eda que se vio obligado a llevarse toda la gente por razones que le dar\u00eda. Que no se preocupara y fuera a un\u00edrsele a San Juan, que ser\u00eda un peque\u00f1o retraso que algo muy grave justificaba. <\/p>\n\n\n\n<p>Durante el camino nos mantuvimos en silencio. Santos, en su soberbio casta\u00f1o, se nos hab\u00eda adelantado unos cuerpos y nosotros ten\u00edamos que apurar nuestras buenas mulas para que no nos dejara definitivamente detr\u00e1s. No pod\u00edan nuestras cabalgaduras competir con aquel gallardo tragaleguas. Despu\u00e9s de largo trecho, Santos como que se dio cuenta de que nos obligaba a un trote exagerado y<br>contuvo el impulso de su caballo.<\/p>\n\n\n\n<p>Isa\u00edas y yo tampoco habl\u00e1bamos. Yo lo miraba a veces y deseaba que recordara a Santos el ofrecimiento que nos hab\u00eda hecho de, despu\u00e9s de El Zamuro, contarnos el resultado de la parada en el pueblo. Pero nos volvimos a hablar. Despu\u00e9s del mediod\u00eda llegamos al pueblo de San Juan. Entonces fue cuando vinimos a probar bocado. Apenas comimos, nos dijo Santos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No me explico esto. M\u00e9ndez me trae la tropa desde El Zamuro y me dice que me espera en San Juan y aqu\u00ed me deja dicho que ha seguido hasta San Miguel. Estos son abusos de M\u00e9ndez. Ensillen y sigan hasta San Miguel. Si es posible, esta misma noche me despachan la tropa para ac\u00e1 y le dicen a M\u00e9ndez que aqu\u00ed estoy esperando sus explicaciones. Y si ma\u00f1ana mismo no vienen, entonces ir\u00e9 yo para que me lo explique todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Una hora despu\u00e9s entramos Isa\u00edas y yo al pueblecito de San Miguel, uno de los m\u00e1s risue\u00f1os, de los m\u00e1s claros y simp\u00e1ticos de cuantos se pueden encontrar por aquellas tierras, en el camino del Llano para la Costa. Al rato est\u00e1bamos en la plazuela: un peladero con cuatro o cinco grandes \u00e1rboles y otros tantos peque\u00f1os, repartidos sin orden. Nos acercamos a un hombre de tropa y le preguntamos por M\u00e9ndez. Casi sin hablarnos, nos mostr\u00f3 una casa de palmas, un poco larga, con un peque\u00f1o corredor delantero donde estaban colgados varios chinchorros y hab\u00eda un grupo de hombres. Nos llegamos hasta la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar echamos pie a tierra. Cuando pisamos el corredor, sali\u00f3 a recibirnos M\u00e9ndez, con tres o cuatro de sus principales oficiales. No le hab\u00eda dicho nada a Isa\u00edas, pero me hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n no ver ni uno de los hombres de la tropa de Santos. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014General, -dec\u00edamos Isa\u00edas y yo\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1R\u00edndanse! -grit\u00f3 M\u00e9ndez.<\/p>\n\n\n\n<p>Y nos encontramos rodeados de hombres armados que no nos dieron tiempo a nada. Al poco rato est\u00e1bamos amarrados en el patio de la casa. Isa\u00edas de un taparo rechoncho y yo de un botal\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Como que les madrugamos a los compa\u00f1eros \u2014 nos dijo ri\u00e9ndose el General M\u00e9ndez, cuando terminaron de amarrarnos\u2014. Y al Santos le va a pasar algo peor. \u00a1Conque quer\u00edan aprovecharse de la guerra para renovar el asunto de Miguelito! Y por fortuna que me lo cont\u00f3 todo. <\/p>\n\n\n\n<p>Algo m\u00e1s dijo M\u00e9ndez; pero ello no har\u00eda sino despertar mi indignaci\u00f3n al recordarlo. Haci\u00e9ndonos centinela se quedaron dos soldados y dos oficiales de confianza de M\u00e9ndez.<\/p>\n\n\n\n<p>Las ligaduras nos maltrataban. De vez en cuando se encontraban con los m\u00edos los ojos inocentes de Isa\u00edas y yo le\u00eda en sus miradas la inquietud que le martirizaba. Tambi\u00e9n en sus ojos vi aquella certidumbre siniestra: nuestra gente no estaba por todo aquello. Y aquel anhelo in\u00fatil y desconsolador: Hay que avisarle a Santos.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00e1 por la amanecida, uno de los hombres que usufructuaban la estimaci\u00f3n de M\u00e9ndez, se goz\u00f3 en referirnos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La carta de El Zamuro fue una trampa. La gente de ustedes sigui\u00f3 para Acagua y para m\u00e1s all\u00e1, de acuerdo con las \u00f3rdenes que les transmiti\u00f3 el General. Pero a Santos no hab\u00eda que dejarlo suelto, hab\u00eda que ponerle la mano para que no meneara el asunto de la muerte de Miguel. Y el hombre era vivo, pero ya hab\u00eda metido una pierna. \u00a1Y cuando Bernardo M\u00e9ndez maneaba!\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Vino la ma\u00f1ana. Desde el botal\u00f3n ya distingu\u00eda un buen trozo -m\u00e1s de una cuadra- de la calle por donde hab\u00edamos llegado, y hacia ella dirig\u00eda miradas inquietas, cada vez m\u00e1s llenas de miedo, porque sab\u00eda que en aquella calleja estrecha, de un momento a otro pod\u00eda pasar algo muy grave. A ratos, cerraba los ojos, que me dol\u00edan como si los tuviera atravesados por dos espinas. Ya mediada la ma\u00f1ana, o\u00ed una voz:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1All\u00e1 viene!<\/p>\n\n\n\n<p>Sin hacer caso de las ligaduras, me empin\u00e9 lo m\u00e1s que pude para ver mejor. All\u00e1, por el principio del trecho de calle que alcanzaba a distinguir, erguido en su casta\u00f1o oscuro, avanzaba el Coronel Santos Lobos. La conciencia del peligro que iba a correr parec\u00eda agrandar su figura, y as\u00ed se le ve\u00eda avanzar sereno y fuerte, avanzar contra todo. Llego un momento en que se hizo un silencio absoluto, definitivo, espeso; un silencio que daba la sensaci\u00f3n de ser un marco por el cual avanzaba con pasos mudos un hombre montado en una soberbia cabalgadura. Qued\u00e9 inm\u00f3vil, tenso; me parec\u00eda no ver nada a mi alrededor, ver solamente la figura de Santos cada vez m\u00e1s cerca, pero siempre como inm\u00f3vil.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014General M\u00e9ndez, \u00bfqu\u00e9 es lo que est\u00e1 pasando?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Era su voz! Era la voz c\u00e1lida y vibrante de Santos, era la voz que despu\u00e9s de o\u00edda nunca se llegaba a olvidar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed no pasa nada, Coronel\u2026 si usted se rinde sin alboroto.<\/p>\n\n\n\n<p>Vi caracolear el casta\u00f1o oscuro, e irse de lado hasta casi caer al suelo, y cuatro o cinco detonaciones me sacudieron con violencia. Hab\u00edan matado a Santos Lobos. Lo hab\u00edan matado a traici\u00f3n, como siempre han matado los cobardes a los hombres valientes y generosos. Hab\u00edan matado a Santos Lobos, sin darle tiempo para defenderse. Su cad\u00e1ver lo arrastraron hasta la plazoleta y all\u00ed lo dejaron tendido. Por la tarde, todav\u00eda el cad\u00e1ver sin enterrar, pude ver al General Bernardo M\u00e9ndez, montado en el casta\u00f1o oscuro, caracoleando por la plaza y por las calles del pueblecito. Al rato desmont\u00f3. Ya cerca de nosotros habl\u00f3 con dos de sus oficiales.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 tal el cabillo, General?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Como una seda, Zoilo. \u00a1Ah caballo bueno!<\/p>\n\n\n\n<p>-Bien sab\u00eda Lobos lo que hac\u00eda al no querer venderlo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, Zoilo; Santos Lobos no sab\u00eda lo que hac\u00eda. (Alguien dijo despu\u00e9s que Bernardo M\u00e9ndez dio remate a la conversaci\u00f3n con una risotada. \u00bfSer\u00eda cierto? M\u00e1s tarde, un d\u00eda en que se lo pregunt\u00e9 a Isa\u00edas, \u00e9ste se volvi\u00f3 violentamente, y me dijo: No s\u00e9).<\/p>\n\n\n\n<p>Como al anochecer, lleg\u00f3 hasta nosotros un vecino generoso. Se acerc\u00f3 a Isa\u00edas y le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or, si usted quisiera disponer que se enterrara a su hermano, el General M\u00e9ndez me ha permitido que me le ofrezca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A mi hermano lo asesin\u00f3 el General M\u00e9ndez. Que lo entierre \u00e9l o enti\u00e9rrelo usted, si quiere.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo comprendo su estado, se\u00f1or. Pero no tengo nada que ver con lo que ha pasado aqu\u00ed. Si pudiera, lo enterrar\u00eda por mi cuenta, pero soy un hombre pobre y no podr\u00eda hacer los gastos. <\/p>\n\n\n\n<p>Isa\u00edas lo vio apesadumbrado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Perdone, se\u00f1or, le dijo. Yo le estoy muy agradecido y no olvidar\u00e9 su acci\u00f3n. Yo tengo las manos amarradas, saque usted mismo de mi faja. El General M\u00e9ndez dice ahora que and\u00e1bamos saqueando pueblos, que rob\u00e1bamos a todo el mundo. En mi faja est\u00e1 todo lo que ten\u00edamos.<\/p>\n\n\n\n<p>El vecino quit\u00f3 la faja y la vaci\u00f3. Hab\u00eda seis o siete fuertes. Y con esa suma, en aquel pueblecito olvidado, se hizo el entierro del Coronel Santos Lobos, uno de los hombres m\u00e1s honrados y m\u00e1s valientes de los que por la sabana han galopado tras un ideal. Quince a\u00f1os antes, en un pueblo cercano, hab\u00edan matado a su hermano Miguel. Ambos murieron lejos de su pueblo y murieron como no merec\u00edan.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el rostro ca\u00eddo sobre el pecho, mordida la carne por las ligaduras, llorosos los claros ojos inocentes, Isa\u00edas Lobos, solo, lejos de sus hermanos, definitivamente, clamaba en el silencio de la noche:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Dios m\u00edo!<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/pedro-sotillo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los caminos nocturnos I Mis negocios me llevaban hacia aquellas tierras del Llano Oriental en las cuales entrar\u00eda al d\u00eda siguiente. Me vi obligado a detenerme unos d\u00edas antes de emprender viaje, primero por solicitar un buen pe\u00f3n y, ya conseguido \u00e9ste, por esperar a un par de amigos que me acompa\u00f1ar\u00edan durante muchas jornadas. 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