{"id":15704,"date":"2025-04-03T17:03:20","date_gmt":"2025-04-03T21:33:20","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15704"},"modified":"2025-04-03T17:06:45","modified_gmt":"2025-04-03T21:36:45","slug":"dos-cronicas-de-mariano-picon-salas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cronicas-de-mariano-picon-salas\/","title":{"rendered":"Dos cr\u00f3nicas de Mariano Pic\u00f3n Salas"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>LEYENDA Y COLOR DE MARGARITA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El siena de algunas tierras esperando el agua pluvial: los cerros duros, de vegetaci\u00f3n espinosa, coronados de piedras y cardos como guerreros guaiquer\u00edes, y, por contraste, la suma dulzura y verdor de otros valles-oasis (San Juan, el Esp\u00edritu Santo) con sus cocales, lechosos y n\u00edsperos y su muy fl\u001forido pa\u00f1uelo de frutos menores; el mosaico l\u00edquido de la Restinga, aladinesco brazo de mar donde la vegetaci\u00f3n, el agua y la luz ensayan todos los colores, y el mar, siempre el mar cabrilleante, vestido cada d\u00eda de nuevas turquesas y cobaltos, \u001efijan la variedad y policrom\u00eda de Margarita entre todas las regiones venezolanas. Tan extraordinario microcosmos geogr\u00e1fi\u001eco se llam\u00f3 as\u00ed porque era un viejo nombre hisp\u00e1nico para las perlas y porque la primera ocupaci\u00f3n del territorio insular coincidi\u00f3 con las solemnes bodas de la princesa Margarita de Austria, hipot\u00e9tica heredera del milenario y fabuloso imperio de Carlomagno, con el pr\u00edncipe Don Juan, hijo de los Reyes Cat\u00f3licos. La bella princesa, educada en la suntuosa Flandes, agregaba a los brocados y encajes de su ajuar aquellas \u201cmargaritas\u201d enormes, de tan pulido y espejeante oriente, que llevaron a Sevilla las naos de Pedro Alonso Ni\u00f1o y de Crist\u00f3bal Guerra. Era \u00e9poca de sorpresas y maravillamientos. \u201cGrandes nuevas se publican por Espa\u00f1a y Portugal\u201d, dec\u00eda el deleitoso romancero del siglo XVI, y entre otras cosas que a la inmensa joyer\u00eda c\u00f3smica de la corona espa\u00f1ola se agregaba esta irisada perla indiana donde el mar pintor y escultor model\u00f3 los m\u00e1s brillantes n\u00e1cares.<\/p>\n\n\n\n<p>Duro rescate de perlas de aquellos \u00e1giles indios que en sus delgados cayucos salieron ya al encuentro de don Crist\u00f3bal Col\u00f3n, cuando buscaba bajo los primeros cielos y aires de Venezuela el sitio bals\u00e1mico en que debi\u00f3 localizarse el Para\u00edso terrenal, es la obertura hist\u00f3rica de Margarita. Disputa la isla con su vecina Cubagua la primac\u00eda de un dorado perl\u00edfero. Muchos de los aventureros espa\u00f1oles \u001fque antes de la conquista de M\u00e9xico se aburr\u00edan en Santo Domingo y otras antillas engordando cerdos y preparando casabe para las expediciones de rescate\u001f vienen a Margarita, donde, seg\u00fan la expresi\u00f3n popular, las perlas brotan como garbanzos. \u00a1Y cu\u00e1nta joya margarita decor\u00f3 los rojos y negros terciopelos de la nobleza; las grandes arracadas y aderezos para las v\u00edrgenes de Sevilla, el esplendor de aquel linaje de armi\u00f1os y coronas, de principados, ducados, archiducados y virreinatos: Flandes, Lombard\u00eda, Borgo\u00f1a, Austria, N\u00e1poles, Alemania, sat\u00e9lites del imperio de Carlos VI.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el margarite\u00f1o, el guaiquer\u00ed \u2014nombre de la raza aborigen \u2014, no era precisamente un indio triste, sumiso y ensimismado como el de otras tierras americanas. Sus m\u00fasculos estaban impregnados de yodo; sus piernas andaban m\u00e1s \u00e1giles que sus remos. De sus abuelos caribes hab\u00eda aprendido el manejo de dos instrumentos de dominio como la flecha y la canoa. Ya Col\u00f3n \u2014apresurado turista que pasa por esa costa\u2014 encomia la belleza y vigor de los cuerpos y hasta la tez, que parec\u00eda m\u00e1s clara que en otras partes de Indias. Hacia \u001e\u001d\u001c\u001b, Marcelo de Villalobos, oidor de la Isla Espa\u00f1ola, levanta en Margarita la primera fortaleza y poco tiempo despu\u00e9s la iglesia franciscana que, profanada por los tiempos, a\u00fan yergue sus contrafuertes y medieval espada\u00f1a sobre las tortuosas callejuelas de La Asunci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>El trabajo de la pesca de perlas hecha por los indios bajo el l\u00e1tigo de broncos mayorales espa\u00f1oles era singularmente cruel, y Bartolom\u00e9 de las Casas dej\u00f3 sobre ella una estampa pat\u00e9tica en su Historia de Indias. \u201cLl\u00e9vanlos \u2014dice el buen fraile\u2014 en las canoas que son unos barquillos y va con ellos un verdugo que los manda. Llegados a la mar alta, a tres o cuatro estadios de hondo, mandan que se echen al agua; zamb\u00fallense y van hasta el suelo y all\u00ed cogen las ostras que tienen perlas e hinchan de ellas una redecilla que llevan al pescuezo o asidas a un cordel que llevan ce\u00f1ido, y con ellas o sin ellas suben arriba a resollar. Si tardan en resollar dales priesa el verdugo que se tornen a zambullir, y a las veces les dan de varazos. Est\u00e1n en esto todo el d\u00eda desde que sale el sol hasta que se pone. La comida es alg\u00fan pescado, y el que tiene las mismas ostras donde est\u00e1n las perlas, y el pan cazabe y el hecho de ma\u00edz. Las camas que les dan a la noche son el suelo con unas hojas o hierbas, y los pies en el cepo para que no se les vayan. Algunas veces se zambullen y no tornan jam\u00e1s a salir porque se ahogan de cansados y sin fuerzas y por no poder resollar, o porque algunas bestias marinas los matan o tragan.\u201d Es decir, las perlas, que hab\u00edan sido para los indios sencilla diversi\u00f3n suntuaria, se les truecan en esclavitud econ\u00f3mica cuando adelantados y tratantes deben abastecer con esos n\u00e1cares del Nuevo Mundo la creciente exigencia de lujo y comercio de la Europa renacentista. Y las mujeres de Tiziano y de Rubens, venecianas y flamencas, y las princesas de Van Dyck llevan por eso collares y gargantillas cuyo roc\u00edo y espuma congelada extrajeron de su estuche de meleagrina los angustiados ind\u00edgenas de que habla el Padre Las Casas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero tambi\u00e9n los espa\u00f1oles \u001fcomo lo cuenta en su enorme cronic\u00f3n rimado Juan de Castellanos\u001f habr\u00e1n de sentir la belleza y apacible regazo de los valles tibios donde la fruta tropical es tan fresca y acendra tan maravilloso az\u00facar. Despu\u00e9s de la inicial tarea de despojo, el conquistador comienza a ser conquistado por la tierra. Del gran cuadro de guerras, aventuras y expediciones de Juan de Castellanos surgen unas p\u00e1ginas id\u00edlicas en que cuenta los a\u00f1os de paz, jubilosos coloquios y canciones de los vecinos de Margarita antes de que viniera a desconcertarlos la diab\u00f3lica aparici\u00f3n del Tirano Aguirre. Entre los pobladores hab\u00eda poetas y vihuelistas como Bartolom\u00e9 Fern\u00e1ndez de Viru\u00e9s, Jorge de Herrera, Fern\u00e1n Mateos y Diego Miranda que entretienen sus reuniones campestres evocando los romances y villancicos de Espa\u00f1a e improvisando otros:<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaban, pues, la vida dulcemente<br>todos estos soldados y vecinos<br>donde la \u001fesca sombra y dulce fuente<br>al corriente licor abre camino.<br>En el val de San Juan principalmente<br>eran los regocijos m\u00e1s continos<br>y a sombra de la ceiba deleitosa<br>admirable de grande y hermosa.<\/p>\n\n\n\n<p>La boca adolescente de Juan de Castellanos se solaza en su libro con los sabores nuevos del tr\u00f3pico margarite\u00f1o. Antes de Andr\u00e9s Bello y los poetas nativistas encomi\u00f3 las guan\u00e1banas, anones, pi\u00f1as, cotoper\u00edes, pitahayas, guayabas y mameyes que ofrec\u00edan sus vallecitos y oasis. Y con el elogio a los peces del Caribe hecho ya por Fern\u00e1ndez de Oviedo y Bartolom\u00e9 de las Casas, parece completarse aquella cornucopia de bienes naturales, aquella \u201cmesa de reyes\u201d que hallaba en el apacible territorio insular el soldado-poeta. <\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n hab\u00eda en la raza \u001fen el canoero y fl\u001eechero guaiquer\u00ed y en el mestizo\u001f un \u00edmpetu creador, un gusto del riesgo, la acci\u00f3n y la aventura que \u001dja muy tempranamente la psicolog\u00eda del margarite\u00f1o entre todas las comunidades venezolanas. De soldado espa\u00f1ol y cacica ind\u00edgena hab\u00eda nacido en plena conquista aquel primer gran caudillo mestizo que se llam\u00f3 Francisco Fajardo. Pudo convertirse, m\u00e1s que los gobernadores provistos de Reales C\u00e9dulas que enviaron Carlos V y Felipe II, en verdadero \u00e1rbitro de la tierra, si no lo asesinara con enga\u00f1o y alevos\u00eda el cruel Alonso Cobos. En sus proezas de guerrero anfi\u001dbio, de hombre de mar y de tierra \u001dfirme, de negociador y colonizador, en el sutil c\u00e1lculo e inteligencia con que este jefe genial asciende de su menospreciada condici\u00f3n a imponer sus puntos de vista a las autoridades peninsulares, se ejemplarizan ya las m\u00e1s viriles virtudes venezolanas y margarite\u00f1as. Con tres siglos de anticipaci\u00f3n parece Fajardo un precursor de los h\u00e9roes de Matasiete, de los invencioneros, veloces y osad\u00edsimos \u201cneoespartanos\u201d que burlan a la empavesada \u001fflota de Morillo y a los veteranos ej\u00e9rcitos de Bail\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Junto al hombre, en paz y en guerra, comparece tambi\u00e9n la ternura y la energ\u00eda de la mujer margarite\u00f1a. Al lado de Fajardo estar\u00e1n siempre los consejos y h\u00e1bil diplomacia de su madre, la cacica Isabel Charayma, como el hero\u00edsmo casi infernal de Arismendi se completa y sublima en la est\u00e9tica resistencia de Luisa C\u00e1ceres. Nunca hubo en Margarita sitio para la mujer indolente y ociosa. Como singular supervivencia de qui\u00e9n sabe qu\u00e9 matriarcado prehist\u00f3rico, cuando el hombre margarite\u00f1o rapta a la hembra, acude, para santi\u001eficar las nupcias, a pedir que la madre bendiga la compa\u00f1era, en ceremonia que suele preceder a la del matrimonio eclesi\u00e1stico. Y la misma mano maternal se yergue para desear buenos augurios a la goleta que se lanza al oc\u00e9ano y al grupo de muchachos esforzados a quienes la alta densidad demogr\u00e1\u001efica de la isla y la esperanza de mejor fortuna env\u00edan a trabajar y poblar en las h\u00famedas tierras del Delta del Orinoco o en las petroleras del Zulia y de Oriente.<\/p>\n\n\n\n<p>Semejantes a aquellos griegos de las islas, desafiadores \u001dcomo dec\u00edan las inscripciones egipcias\u001d de la \u201cgran verde\u201d, los margarite\u00f1os expedicionan, pueblan y colonizan en todos los rincones de Venezuela. Hubo algunos que despu\u00e9s de servir de buzos en la costa colombiana y en Manta, Ecuador, navegaron por todos los mares de la tierra y aun llegaron a conocer los bancos perl\u00edferos del Oc\u00e9ano Indico. Capitanes de trespu\u00f1os y goletas, tripulantes en naves de las m\u00e1s variadas banderas, a veces los he visto en bulliciosos consulados como el de Nueva York mostrando sus pasaportes poblados de ex\u00f3ticos sellos y contando viajes a Noruega y a Filipinas, a Nueva Zelanda y al Jap\u00f3n. Con suma decisi\u00f3n y prontitud de inteligencia, tienen una especie de esperanto propio para pasar de uno a otro barco y a otro idioma.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca pierden, sin embargo, su \u201cmargarite\u00f1ismo\u201d esencial. Aunque est\u00e9n trabajando en los muelles de Brooklyn, siempre se reconocen los \u201ccu\u00f1aos\u201d y se juntan para preparar un sancocho de pescado a la legendaria manera de Juan Griego y de Porlamar. El culto de la Virgen del Valle, especie de divinidad maternal y tot\u00e9mica de la Isla, los une tambi\u00e9n en patriotismo nost\u00e1lgico. A ella acude el hombre insular cuando parte para sus expediciones mar\u00edtimas, y a su santuario volver\u00e1 siempre a pagar la promesa por la buena navegaci\u00f3n y los \u00e9xitos y proventos recogidos en el ancho mundo. Tambi\u00e9n, como a una madre que admirara el valor y la osad\u00eda y perdonase las equivocaciones, a la Virgen han de contarle hasta las aventuras m\u00e1s censurables y peligrosas, como la de los buenos marinos que se convirtieron en agresivos contrabandistas. <\/p>\n\n\n\n<p>Democracia social y humana como acaso no exista en ninguna otra regi\u00f3n del pa\u00eds. El mar compartido, esa como zona colectiva de pesca y navegaci\u00f3n, el linaje solidario de generaciones enteras que durante a\u00f1os y a\u00f1os hicieron el mismo o\u001fficio, la espera jubilosa de los m\u00e1s plateados card\u00famenes abol\u00eda en el trabajo y la aventura todo prejuicio de clases. En pocos sitios como all\u00ed el hombre fue hijo de sus obras. Cordial tuteo y abrazo, riqueza de diminutivos y apodos para reemplazar la severidad de los nombres propios, parecen romper toda vanagloria geneal\u00f3gica; integran las gentes en solidaria y afectuosa comunidad. El amor a la isla y a su o\u001fficio mar\u00edtimo los unifi\u001fca a todos. El esp\u00edritu de comunidad rechazar\u00e1 al abusivo y demasiado ego\u00edsta. Discutir\u00e1n por tal o cual caudillo o principio pol\u00edtico, pero hay una tregua y fraternidad cuando en la olla est\u00e1 humeando el sancocho, cuando la lancha viene o parte para el Continente o cuando las campanitas del Valle a trav\u00e9s de los cocales y los cerros, en la brisa yodada del amanecer, convocan a la gran \u001festa anual de la Virgen. De los sitios m\u00e1s distantes de Venezuela, de Cabimas y Caracas, de Barquisimeto y Ciudad Bol\u00edvar, acuden entonces los peregrinos con sus velas y sus ofrendas a contar a la gran madre la humilde, entusiasta o heroica peripecia de sus vidas. A la sombra de la ceiba y el cotoper\u00eds est\u00e1n encontr\u00e1ndose y abraz\u00e1ndose, antes de embarcarse de nuevo, esos Chenchos o Juanes, Petras y Josefas que dispersos en toda la patria han de congregarse una vez al a\u00f1o en inolvidable v\u00ednculo de suelo y sangre. La perla, el sombrero de paja y la botellita de fragante \u201cponsigu\u00e9\u201d con que regresan ser\u00e1n a la distancia los m\u00e1s evocativos talismanes de Margarita.<\/p>\n\n\n\n<p>Los soci\u00f3logos tendr\u00edan mucho que meditar y defi\u001fnir en esa tierra encantada. Ciertas formas de producci\u00f3n determinan all\u00ed una estructura social espec\u00ed\u001fca. El tren de pesca cuya fi\u001fna hilaz\u00f3n tejen las mujeres-Pen\u00e9lopes impone una especie de propiedad comunitaria, ya que familias enteras, amigos y allegados deben asociarse en los implementos y la complicada faena. Los ojos, casi m\u00e1gicos, de los vig\u00edas atisban desde una colina o eminencia del litoral el paso r\u00e1pido y saltar\u00edn de los card\u00famenes. La voz del vig\u00eda anuncia desde la concha ac\u00fastica de su caracol salvaje el momento de comenzar la maniobra. Una tribu compacta de hombres, mujeres y ni\u00f1os se integra en la faena. El mar es de quien lo trabaja. Es m\u00e1s igualitario y premia al esforzado con mayor ecuanimidad que la tierra. Tornan ya las redes plet\u00f3ricas, tiradas por brazos herc\u00faleos, con su brincadora cosecha de peces vivos. Y en el campamento playero, como en una escena b\u00edblica, acontece el reparto de los bienes. Hasta el mocosuelo de siete a\u00f1os, aprendiz de lobo de mar, que tambi\u00e9n asi\u00f3 su pedazo de cordel, tendr\u00e1 participaci\u00f3n en el bot\u00edn. En tantas horas de comuni\u00f3n en el oc\u00e9ano, toda existencia individual parece sumirse en el esfuerzo colectivo. Ning\u00fan individuo sobra, porque todo se funde en el impulso de la comunidad. Hay una espont\u00e1nea y vital divisi\u00f3n del trabajo, distinta de aquel riguroso sistema mec\u00e1nico que ha debido imponer el industrialismo moderno. <\/p>\n\n\n\n<p>Y del mismo modo una cultura tradicional de canciones, danzas y leyendas parece transmitirse en el cotidiano coloquio de hombres y mujeres, de ni\u00f1os y ancianos, y cuando a la sombra del rancho la familia entera desconcha las ostras de cuya encantada cavidad azul brota la perla como una princesa cautiva. Danzas de tanta gracia m\u00edmica como la del Carite estilizan y llevan a un plano m\u00edstico la gran faena tribal; y con aires del siglo XVI espa\u00f1ol, alegremente modi\u001fcados por la fantas\u00eda mestiza, como el polo, canta el margarite\u00f1o su gesta y su viril humorismo. Aqu\u00ed hay demasiada luz y mar amistoso para sumirse en la melancol\u00eda y el menosprecio del mundo. Cada casita blanca pr\u00f3xima a la playa parece otro velero m\u00e1s, dispuesto a partir a la conquista de la fortuna.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy la industria y la tecnolog\u00eda comienzan a transformar un poco las condiciones ancestrales del h\u00e1bitat isle\u00f1o. Se enlata el pescado, que ya compite en Colombia y en las Antillas con las mejores marcas del mundo. Hay ya f\u00e1bricas y comercios regidos por el tiempo mec\u00e1nico, diverso del profundo tiempo c\u00f3smico que antes se\u00f1al\u00f3 las horas de enso\u00f1aci\u00f3n y faena del pueblo margarite\u00f1o. El turismo es otra industria inicial que empieza a erguir hoteles para que los visitantes del Continente se solacen en los colores de la Restinga, disfruten las olas y los crep\u00fasculos de El Tirano y de Juan Griego, o miren desde los patinados torreones de los castillos la verdura del valle y el yodado pecho guaiquer\u00ed de las monta\u00f1as. Mas a pesar de cualquier impacto de modernidad e irrespetuosa profanaci\u00f3n tur\u00edstica, Margarita seguir\u00e1 siendo como una perla encantada de la patria en cuyo oriente se refracta con la gracia y t\u00f3nico vigor del paisaje la luz de una extraordinaria historia: la de Francisco Fajardo y el Tirano Aguirre; la de Arismendi y los h\u00e9roes de Matasiete; la inagotable gesta de sus hombres de mar. Es, por excelencia, entre todas las venezolanas, una comarca fundadora.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>CARDONES Y HOMBRES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La visita a Carora me estimula una meditaci\u00f3n sobre los cardones, sobre estos duros patriarcas de la estepa plantados tan enhiesta y virilmente en el paisaje erosionado como brav\u00edos caciques ind\u00edgenas. Tienen algo de aquellos indios jirajaras que se opon\u00edan a los Welser y a los conquistadores enfurecidos por el sol y la alucinaci\u00f3n del oro, que anduvieron por estas tierras buscando los mil caminos indescifrables que conduc\u00edan a los siempre inasibles reinos de Manoa. El card\u00f3n les ense\u00f1\u00f3, por \u001ffin, la recia conformidad de la vida; fue viril maestro del viejo estoicismo hisp\u00e1nico tan enjuto y ayunador y del aguante y frugalidad ind\u00edgena. Y por all\u00ed, entre las empalizadas y los ranchos, junto al corral de chivos, hombres de gran sombrero y pecho desnudo, fabricando sus quesos y pastoreando sus ganados, tienen la misma nervudez y esbelta energ\u00eda de su espinosa planta tot\u00e9mica. Se cont\u00f3 con ellos para toda desesperada aventura venezolana de caballer\u00eda o cargas de machete que sali\u00f3 a buscar una justicia m\u00e1s distante que el oro de Manoa. Sol y crecientes que bajaban de las cabeceras hinchando las grietas de las quebradas secas y arrastrando chozas y sembrados y buenas mulas de silla, acostumbraron al labriego de la regi\u00f3n a su recio ejercicio tel\u00farico. El clima tan fuerte &#8211; \u001eclima de machos y de cabr\u00edos -\u001e marc\u00f3 tambi\u00e9n su erosi\u00f3n en los rostros morenos, en t\u00f3rax y espaldas que se yerguen como rocas quemadas. Los p\u00e1jaros cruzan entre los tunales con la rapidez que debi\u00f3 de tener la \u001fecha del indio apostado en su guaz\u00e1bara.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay algo de Arabia p\u00e9trea con sus Mahomas, due\u00f1os de caravanas, interpretando el rumor del desierto y los signos de las estrellas en las noches m\u00e1s claras, en estas estampas semiorientales del camino. Guerrilleros, poetas y m\u00edsticos \u001eproductos de todo clima donde la vida circula m\u00e1s ardiente\u001e salieron as\u00ed de estos parajes. Tambi\u00e9n es la comarca venezolana que recuerda m\u00e1s a Castilla, a La Mancha ocre y polvorienta cuyo cielo encendido y las nubes irisadas por el sol engendran los m\u00e1s quijotescos  espejismos. Por algo una leyenda regional dice que Don Quijote vino a morir a Carora. Fue el m\u00e1s enso\u00f1ador y al mismo tiempo el m\u00e1s voluntarioso entre todos los pasajeros de Indias. Y el \u00faltimo Quijano el bueno que conocieron los carore\u00f1os se llam\u00f3 don Ch\u00edo Zubillaga, hidalgo antiguo, fuerte como un card\u00f3n, con el radical idioma justiciero, pintoresco y sabroso con que el h\u00e9roe manchego imprecaba a los malandrines y ofrec\u00eda brazo y escudo a los desamparados. Una vieja justicia rural \u001eantiguo y venerable tema hisp\u00e1nico, dotado de nueva energ\u00eda mestiza por el patriarca de Carora: un tema que ya est\u00e1 en el Poema del Cid y en El Alcalde de Zalamea y en Fuenteovejuna y en el \u00edmpetu con que Don Quijote se atreve a liberar a los galeotes\u001e se ofrece en la obra valerosa y lib\u00e9rrima de Cecilio Zubillaga Perera. Fue abogado de campesinos pobres, de gentes vejadas y despojadas por el tradicional abuso de los r\u00e9gulos venezolanos. Ped\u00eda para el hombre la recta y nervuda libertad del card\u00f3n. Y la gran hamaca en que don Ch\u00edo preparaba sus activos sue\u00f1os, imaginaba sus art\u00edculos pol\u00e9micos, congregaba al humo de su cigarrillo fantasioso cortejos de nombres y sucesos venezolanos para enjuiciarlos rectamente, y absolv\u00eda consultas de las gentes que le tra\u00edan sus peque\u00f1os problemas de honor, trabajo o convivencia, es uno de los s\u00edmbolos de la m\u00e1s ejemplar tradici\u00f3n carore\u00f1a. \u00a1Qu\u00e9 pocas cosas necesitaba don Ch\u00edo para ser justo! En esta Venezuela del dispendio, del lujo extranjerista, de la riqueza recent\u00edsima y chabacana, pisaba las baldosas de su caser\u00f3n de ladrillos como un gran se\u00f1or campesino del siglo XVIII; su bast\u00f3n completando sus piernas de \u00e1rbol, su blanco liquilique, su boina de abuelo vizcaitarra, sus anteojos y sus chinelas le conduc\u00edan a todo sitio requerido de m\u00e1s luces o de m\u00e1s justicia. No transaba con todo lo aceptado y convencional. La \u00faltima raz\u00f3n, el argumento de don Ch\u00edo, siempre erguido y franco como un card\u00f3n carore\u00f1o, sol\u00eda templar los abusos, frenes\u00ed o malas intenciones de los poderosos. Por eso pudo ser tan buen contertulio de don Miguel de Unamuno cuando el vasco castellano y el vasco transoce\u00e1nico se encontraban en un caf\u00e9 de Par\u00eds y hablaban de cosas sencillas, pero en ellos profundas, como costumbres, regiones, alimentos y palabras extra\u00f1as para nombrar las cosas. Era como un di\u00e1logo simb\u00f3lico entre la encina de Salamanca y el dividive de nuestras tierras agrias. \u201cEl coraz\u00f3n del dividive \u001fdice un bot\u00e1nico\u001f es compacto, fort\u00edsimo, incorruptible y hasta dif\u00edcil de labrar con los \u00fatiles de mano. Antiguamente sustitu\u00eda al acero en las ruedas de maquinaria y pod\u00eda emplearse para muchas clases de objetos torneados.\u201d \u00bfY no era comparable el esp\u00edritu de don Ch\u00edo al del acerado y \u001efirme coraz\u00f3n del dividive? En don Cecilio Zubillaga y en su curiosa s\u00edntesis de justicia rural y de letrado se ejemplarizaba tambi\u00e9n lo mejor y m\u00e1s constante de los viejos linajes carore\u00f1os. Apellidos que desde hace varios siglos aprendieron a domesticar esa tierra \u00e1spera y permanecen en ella con su frugalidad, su trabajo y su dignidad sobre los vaivenes de otra Venezuela movible e inconstante, cortesana de pol\u00edticos y argonauta inescrupulosa de cualquier vellocino. En Carora se form\u00f3 \u001fcomo en pocas ciudades de Venezuela\u001f algo que muy l\u00edcitamente se pudo llamar una aristocracia celosa de su comarca y de su cultivo espiritual. Gente raizalmente atada al paisaje venezolano por esos alfi\u001eleres de energ\u00eda y reciedumbre con que atraviesan el pellejo de su tierra viril los verticales cardones. Estas casas carore\u00f1as de anchurosos patios \u001fun poco conventos y un poco fortalezas\u001f eran regidas por recios y austeros pater-familias. Albergaban una aristocracia, desde el punto de vista en que la primac\u00eda social puede ser defendida: \u201ccomo rango que les impone el deber de respetarse a s\u00ed mismas, de tener conciencia de s\u00ed mismas y tambi\u00e9n de someterse a la m\u00e1s dura crianza y, en ocasiones, de afrontar la muerte\u201d, seg\u00fan la cl\u00e1sica de\u001ffinici\u00f3n de Spengler. Y agregaba el mismo historiador, distinguiendo la aut\u00e9ntica y v\u00e1lida aristocracia sobre las espurias e irresponsables: \u201cEste rango confi\u001fere a las clases primordiales la superioridad hist\u00f3rica, el encanto del alma que no presupone fuerza pero la crea. No es una suma de t\u00edtulos, derechos y ceremonias, sino una posici\u00f3n \u00edntima, dif\u00edcil de adquirir, dif\u00edcil de conservar y que, si se entiende bien, parece digna de que se le sacri\u001fque una vida.\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>No s\u00f3lo sobre los antepasados que fueron, sino sobre los que ser\u00e1n por su trabajo, su digno sosiego, las virtudes de cultura, cortes\u00eda y frugalidad de una Venezuela que ya escasea, sustituida por otra aluvional y estridente, meditaba ante los caserones arcaicos y venezolan\u00edsimos de Carora. La ciudad es como un trofeo blanco arrancado a la recia tarea de la estepa. Dicen que m\u00e1s de un caser\u00f3n de \u00e9sos se blanque\u00f3 no s\u00f3lo con la cal casi mon\u00e1stica de las canteras, sino con leche espumosa de las dehesas provinciales. Y ante los muros y las gentes y el seco vigor del mestizaje bien logrado me puse tambi\u00e9n a pensar en ese arte de coraje templado de rectitud y moderaci\u00f3n que se llama la hombr\u00eda. En pocos sitios de Venezuela puede estudiarse mejor como en este paisaje penitente, guerrero y m\u00edstico de la campi\u00f1a carore\u00f1a. Los cardones est\u00e1n siempre ense\u00f1ando su recia y enjuta verticalidad.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mariano-picon-salas\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a> <\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>LEYENDA Y COLOR DE MARGARITA El siena de algunas tierras esperando el agua pluvial: los cerros duros, de vegetaci\u00f3n espinosa, coronados de piedras y cardos como guerreros guaiquer\u00edes, y, por contraste, la suma dulzura y verdor de otros valles-oasis (San Juan, el Esp\u00edritu Santo) con sus cocales, lechosos y n\u00edsperos y su muy fl\u001forido pa\u00f1uelo [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":15705,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[18],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15704"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15704"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15704\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15708,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15704\/revisions\/15708"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/15705"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15704"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15704"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15704"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}